A QUIEN LE INTERESE

En este rincón apartado he decidido publicar. La hipocresía que se vive en la página de TR (Todo Relatos) me obligó a abandonarla. Disfruto escribiendo y aún siendo consciente de que mis fantasías son minoritarias me parece injusto que aquellos que me seguían en TR se queden sin poder disfrutar de mis relatos.



No pretendo ser pretencioso. No quiero decir que mis escritos sean buenos, soy consciente de que no es así, pero aún lo soy más de que en este mundo retorcido de nuestras íntimas fantasías muchos buscamos algo que echarnos a los ojos que se acerque a nuestros fetiches, tabúes y quimeras eróticas.



Mi propósito es dejar al lector interesado y que se pueda identificar con mis inofensivos delirios una muestra de mi producción literaria dedicada al mundo de la sumisión, dominación, esclavitud y relaciones de poder. Fabulaciones en suma con las que más de uno sueña en secreto y que yo me dedico a poner negro sobre blanco con mayor o menor acierto.

Como que esta es una página abierta, he creado un grupo de admisión restringida en Yahoo (ver enlace) donde he puesto aquellos relatos que considero más fuertes, no sea que un alma sensible de esas que van por ahí salvando al mundo de la gente mala como yo se topase con uno de esos relatos y le salieran sarpullidos en el hipotálamo.



En este grupo sólo aceptaré miembros bajo petición expresa y siempre que me convenzan de su buena fe. Los relatos están en formato docx. y pueden ser descargados directamente.



Los relatos de ADELA también están en este grupo.



Aquí tenéis un enlace directo al grupo, pero recordad: miembros SOLO bajo admisión.



http://es.groups.yahoo.com/group/relatosdeluk



jueves, 21 de mayo de 2015

MISS BELLE

Shalerville. Mayo de 1920. Una fiesta inadecuada.-


Belle estaba algo molesta. Nelly llevaba más de una hora intentando que el rebelde rizo del flequillo se mantuviera allí dónde aquélla deseaba que se quedara. La negra batallaba con el calentador, la flamante pinza eléctrica que debía solventar cualquier problema con el pelo rebelde de su señorita.

―Déjalo ya Nell, no sé qué te pasa pero estás sumamente torpe, ya lo haré yo ― le dijo Belle de malo modos.

Nelly dio un paso atrás como si acabara de recibir un latigazo en pleno rostro. Belle la miró a través del espejo del tocador y se mordió los labios. Se dio cuenta que había sido excesivamente brusca con su querida Nell, pero el tiempo en que ambas jugaban juntas y compartían los secretos de la infancia hacía tiempo que había quedado atrás.

Por un momento Belle pensó que debía disculparse pero la disculpa llegó por parte de la criada.

―Disculpe señora pero no sé hacerlo mejor.

Belle la miró con una mezcla de rabia y a la vez de desolación. A sus diecisiete años estaba experimentando cambios en su personalidad que no lograba controlar del todo. Era una muchacha tan hermosa como insegura. Quería ser fiel a sus sentimientos pero estos entraban en contradicción con lo que se le exigía desde todos los frentes en los que se desarrollaba su vida.

Deseaba con todas sus fuerzas sentirse aceptada en su entorno familiar y social y para ello resultaba imprescindible que abandonara o hiciera de lado sus sentimientos. Tenía que aceptar a la fuerza que ya no era una niña, que pertenecía a la élite de Shalerville y por tanto se esperaba de ella un comportamiento en consecuencia.

Parecía que Nell lo había entendido mejor que ella. El que se hubiera dirigido a ella como señora así lo demostraba. La señora McAllister se lo había dejado claro a Cora y sus hijos, Nell y Nick, así como al resto de sirvientes: la señorita Isabelle es a partir de ahora la señora Isabelle. Era un paso más. Cuando cumplió los doce sucedió algo parecido. La señora McAllister comunicó a los sirvientes que la niña Isabelle sería a partir de aquel momento la señorita Isabelle. Había dado un nuevo salto. Primero pasó de niña a señorita y luego de señorita a señora.

―Cuando estemos a solas no es necesario que me llames señora, Nelly ― le dijo a la criada intentando edulcorar un poco el desprecio que acababa de hacerle a la voluntariosa Nell.

La negra bajó la vista pero no dijo nada. En su fuero interno se sentía sumamente dolida. Ella adoraba a la que había sido su amiga del alma. En todo caso Nell era aún más consciente de su posición. Siendo negra sólo había un camino que recorrer: el del sometimiento. Y lo sabía perfectamente.

Aunque interiormente le doliera el más mínimo desprecio que le hiciera la señorita Belle sabía que debía aguantarse, someterse. Ese era el discurso que había vivido desde niña. Cora, su madre, se había encargado de enseñárselo a diario. Pero no era fácil para ella aceptar que la señorita Belle no fuese su querida amiga.

Cora, su madre, no sólo se había dedicado a transmitir a sus hijos aquellos preceptos que consideraba inherentes a su condición de seres inferiores, también había procurado que la pequeña Nelly no albergara esperanzas que eran imposibles de realizar, como pretender ser la amiga de su señorita.

Pero era difícil, y Cora lo sabía. La señorita Isabelle había sido una niña especial. Distinta del resto de las niñas blancas que conocía. Eso dificultaba el que Nelly aceptara su condición inferior sin más.

―Los zapatos Nell ― ordenó Belle.

―Sí señorita.

Belle se sonrió. El hecho de que no la llamara señora significaba que Nell no le había tenido en cuenta el desplante que acababa de hacerle.

Nelly se dirigió al enorme armario zapatero, lo abrió y tras extasiarse contemplando los numerosos pares cogió los que sabía que quería Belle, unos preciosos zapatos de tacón de aguja negros que aquella misma mañana, mientras aquella dormía, ella misma les había dado lustre.

La negra se arrodilló delante de la señorita Belle y le mostró los zapatos para que diera su visto bueno al lustre que ostentaban.

―Eso sí lo haces perfectamente, Nelly, siempre llevo los zapatos relucientes gracias a ti ― le dijo a la vez que hacía intento de acariciarle la mejilla.

Nelly apartó la cara. No pensaba concederle a su ama tan pronto el perdón. Se sentía orgullosa de lo que acababa de decirle, pero la señorita Belle había de ser consciente de que la había herido antes.

Belle apartó la mano. A su vez a ella le molestó que la criada retirase la cara. Pero no dijo nada.

―Ponlos en esa bolsa y ponme los zapatos planos.

Dejó que la negra le calzara los insulsos zapatos de fiesta  y luego se levantó para coger su bolso y el paquete que contenía sus tacones así como una falda extremadamente corta que antes había puesto ella misma en la bolsa.

―¡Oh, Nell, tienes que hacerme un favor, cielo!

De repente Belle obvió las pequeñas tensiones que se habían producido momentos antes con su criada y adoptó su tono más meloso.

―Tienes que esperarme despierta, cielo, es imprescindible.

―Pero señorita… mamá confiaba que hoy iría a dormir con ella… es sábado… el único día que podemos cenar los tres juntos.

―Lo sé cielo, pero no te lo pediría sino fuera una cuestión de vida o muerte… ― Belle adoptó una expresión trágica, acorde con el tremendismo de su reciente afirmación ― no te puedo decir el motivo… mañana te lo contaré todo…

Se hizo un silencio tenso. Nell dormía con su madre y su hermano en la casita de los sirvientes. La señora quería que sus sirvientes estuvieran cerca, lo que se dice a mano, y por eso proveyó para Cora y sus hijos un viejo barracón próximo a la mansión. En tiempos, tan solo cincuenta o sesenta años atrás había sido una de las edificaciones donde se llevaban a término los castigos a los esclavos recalcitrantes. Tras la guerra civil que puso fin a la esclavitud, en las plantaciones que actualmente subsistían aún se conservaban vestigios de la época dorada de la esclavitud.

De hecho para los blancos de Shalerville aquella época aún revivía en sus mentes. Ninguno de los antiguos propietarios de esclavos había aceptado que ahora sus negros fuesen libres. Muchos los seguían considerando como animalillos que precisaban de la mano tutelar del amo. El racismo, si antes era evidente, ahora, terminada la época de la esclavitud, era exacerbado.

Los McAllister seguían siendo una de las más importantes familias de Shalerville. Antes de la guerra su plantación contaba con más de trescientos esclavos. Actualmente contaban con tres docenas de familias de negros, peones agrícolas que trabajaban las tierras de los McAllister por un salario de miseria.

Incluso los negros, en ocasiones, echaban en falta los tiempos de la esclavitud. Entonces tenían sus necesidades básicas cubiertas por el amo. Ahora eran ellos mismos los que debían procurarse los mínimos para subsistir. Y con los miserables salarios que recibían a cambio de su agotador trabajo difícilmente podían cubrir mínimamente esas necesidades vitales.

Los blancos seguían despreciando a los negros. Impelidos por la abolición habían aceptado sus términos pero habían creado un sistema que oprimía a los antiguos esclavos, ahora gente libre, más incluso que en tiempos de la esclavitud. Ese sistema no era otro que la Segregación.

Del mismo modo que la esclavitud había alienado las mentes de los negros, sometiéndolos a los caprichos de sus amos, la Segregación había sentado las bases de una relación aún más cruel que la que existía antes de la guerra. La segregación era un sistema racista de exclusión de una raza a favor de otra. Los negros apenas tenían derechos y las leyes sólo amparaban a los blancos.

Los negros vivían sometidos con mayor temor que en época de la esclavitud. Ahora necesitaban trabajar para vivir y el trabajo lo daba el hombre blanco. En una sociedad racista y cerrada como la que se daba en Shalerville el hombre blanco había impuesto una férrea dictadura racial al hombre negro y éste la había asumido con temor, igual que antaño asumiera su condición servil.

La trangresión de las duras normas impuestas por los blancos suponía para los negros el quedar al margen de los medios de subsistencia. Si un negro era despedido de su trabajo podía considerarse abocado a la miseria más absoluta.

Por esa razón, entre otras, una petición de favor como la que Belle había hecho a la pobre Nelly equivalía a una orden inapelable. No satisfacer los deseos del patrón podía suponer la ruina para un negro.

Nell asintió dolida. Se quedaría despierta a esperar el regreso de su señorita, aunque ésta no tuviera derecho a exigirle aquel esfuerzo.

―Gracias cielo, me acabas de salvar la vida. Mañana te contaré todo. Te lo prometo. Ahora me voy, la madre de Mimi Jones debe estar a punto de hacer sonar el claxon.

Belle se repasó los labios con carmín antes de salir de su habitación y lanzó un beso con la mano a su criada que se quedó desolada, lamentando perderse la cena del sábado por la noche que su madre preparaba ese día para su hermano y para ella.





***




Los sábados eran todos iguales para los jóvenes blancos, al menos para las chicas de la élite social, en la cerrada comunidad de Shalerville. Para que las muchachas adolescentes pudieran divertirse sin temor a exponer su honra, las madres de las familias más destacadas de la población organizaban cada sábado, en casa de cada una de ellas, por riguroso turno, una fiesta para que las muchachas tuvieran su dosis de diversión… sana, por supuesto.

Ese sábado se encargaba la señora Jones, la madre de Mimi, de organizar la diversión de las muchachas, unas quince, correspondientes a las quince familias más influyentes de Shalerville.

―Adios mamá ― gritó Belle pasando de largo, sin detenerse en el porche donde su madre descansaba del arduo trabajo de controlar a las criadas.

―¿No vas muy atrevida, palomita? ― la señora McAllister apenas vio a su hija pero le pareció que había visto color en los labios de Belle, y aquella falda… era sensiblemente más corta de lo que aconsejaban los buenos principios morales.

La señora McAllister volvió a recostarse en la hamaca. No había peligro, la señora Jones se ocuparía de arreglar el menor intento de las jóvenes de desviar el sano sentido del decoro y de la diversión que les habían inculcado a sus flamantes mocitas.

―Sigue con mis pies, Cora ― le ordenó con tono cansado la señora a su fiel criada.

Cora era nieta de esclavos, esclavos que lo habían sido de la familia de la señora McAllister. Era una mujer en extremo servicial y temerosa de las reglas sociales imperantes en la asfixiante sociedad sureña. Cora se había ganado la confianza de sus señores a base de mostrarse siempre dispuesta y complaciente con sus caprichos.

Belle respiró tranquila. Había pasado el primer examen: el de su madre. Si supiera lo que llevaba en el paquete que escondía como podía su madre se hubiera muerto del susto.

Mimi Jones asomó la cabeza por la ventanilla del Buick que conducía su madre y llamó a Belle que se acercaba corriendo por el sendero.

―¡Hola querida, vas muy guapa hoy! ― saludó a Belle la señora Jones.

―Gracias, señora Jones ― correspondió Belle sin resuello cuando se sentó en el asiento trasero con su amiga Mimi.

Belle tenía sus propios planes para ese sábado. En el colegio ―cursaba el último año de estudios― había conocido a Trudie, una joven distinta al resto de alumnas. Los padres de Trudie se habían trasladado a Shalerville aquel mismo año procedentes de Nueva Orleans, la cuna del vicio a juicio de los conservadores habitantes de Shalerville (Mississipi).

El resto de alumnas hacía de menos a la descarada Trudie. Sólo Belle había trabado amistad con ella. De resultas se había enterado de que existía vida fuera de las aburridas fiestas que cada sábado organizaban las madres para sus polluelas y ese día iba a conocer mundo.

Belle estaba nerviosa. Había quedado con Trudie Lacroix a las nueve en el Golden de Newport. A las ocho y media le diría a la señora Jones que tenía que marcharse. Tenía que ayudar a su madre en los preparativos de la celebración familiar del día siguiente.

A las siete llegaron a la casa de los Jones. La casa era parecida a todas las de la zona. Unas eran más grandes que otras pero mantenían la harmonía del conjunto. En Shalerville, que no dejaba de ser un barrio lujoso de Newport, sólo vivían blancos adinerados. Los negros sólo podían permanecer en Shalerville durante el día y siempre que pudieran demostrar que estaban trabajando. A partir de las diez de la noche existía un toque de queda sólo para personas de color. Cualquier negro que fuese sorprendido deambulando por las calles de Shalerville entre las diez de la noche y las seis de la mañana del día siguiente podía ser detenido y puesto a disposición de las autoridades.

La mayoría de los negros que trabajaban en Shalerville lo hacían en el servicio doméstico de las mansiones de los blancos. La finca de los McAllister contaba, además, con una pequeña explotación agrícola y por tanto tenían en el interior de la finca una serie de alojamientos para los trabajadores negros. Éstos, no obstante, no podían circular fuera del horario del toque de queda por las calles de Shalerville, debiendo permanecer dentro de los términos de la plantación donde trabajaban.

La segregación estaba muy arraigada en el estado de Mississipi, pero en Shalerville había sido llevado a su máxima expresión. Shalerville tenía leyes propias que se habían dado sus privilegiados habitantes. A modo de enumeración no exhaustiva había las siguientes leyes municipales:

Los negros no podían entrar en los establecimientos propiedad de los blancos ―todos lo eran, por supuesto― salvo que lo hicieran acompañando a un blanco.

Los negros no podían subir a los transportes públicos con la misma salvedad y en ese caso debían situarse en la plataforma trasera de pie, sin que pudieran ocupar ningún asiento.

Los negros tenían prohibido su acceso a los centros de enseñanza y a sus recintos sólo podían acceder en calidad de sirvientes cuando iban a recoger a los hijos de sus amos.

Los negros no podían circular libremente por las calles de Shalerville sin el correspondiente salvoconducto de sus amos. Además debían respetar el toque de queda vigente entre las 22 y las 6.

Los negros no podían entrar en ningún restaurante de Shalerville salvo que lo hicieran acompañando a sus amos blancos en calidad de sirvientes, y en este caso no podían ocupar silla ni mesa alguna, debiendo permanecer de pie detrás de sus respectivos patronos.

Los negros venían obligados a ceder el paso bajando de la acera si por ella circulaba un blanco.

Los negros estaban obligados a quitarse el sombrero delante de un blanco.

Los negros tenían prohibido mirar a la cara a los blancos.

Los negros tenían prohibido consumir alcohol, en cualquier circunstancia.

La lista de prohibiciones y restricciones era interminable. El gobierno de la ciudad satélite se pasaba el día implementando nuevas normas de obligado cumplimiento para los negros.

En casa de los Jones, los sábados que tocaba organizar la fiesta de las muchachas, no menos de doce sirvientes negros se veían obligados a pernoctar en la casa de sus amos puesto que la fiesta solía terminar sobre las doce de la noche, hora en la que ya no podían circular por las calles de Shalerville. En estos casos los sirvientes se irían a dormir cuando la fiesta de las señoritas hubiese terminado y lo hubiesen recogido y limpiado todo y dormirían de cualquier manera en las propias dependencias del servicio.

A pesar de todas las prohibiciones, de todos los impedimentos, de todas las humillaciones, los negros no se rebelaban ante las duras condiciones de vida que les imponían los blancos y hacían lo imposible por no perder sus empleos, lo que fortalecía en los blancos la convicción de que actuaban de forma correcta.

Belle entregó a una de las criadas de los Jones un pequeño paquete que había llevado consigo.

―Toma esto, Kissie, guárdamelo. Cuando me vaya me lo das. Es importante que nadie lo vea, ¿entendido?

―Sí señorita Isabelle, yo lo guardo.

―Buena chica…  Belle acarició la negra cabecita. La señora Jones siempre disponía de criadas muy jóvenes. Aquella no tendría más de siete años y a Belle le dio cierta pena la chica que por otra parte era muy espabilada.

Mimi y Belle ayudaron a la señora Jones con los últimos detalles de la fiesta y pronto empezaron a llegar el resto de invitadas. Belle estaba nerviosa. Aún no le había dicho a la señora Jones que se iría. Esperaría al momento mismo de tener que marchar, quería coger a la madre de su amiga por sorpresa. Si se lo digo ahora es capaz de llamar a mamá, en cambio si lo hago en plena fiesta andará demasiado ocupada.

Belle aguantó la hora y media, casi dos, de aburrida fiesta y cuando el reloj dio la hora indicada se armó de valor y buscó a la señora Jones. La encontró en la cocina, abroncando a una de las criadas. La señora Jones cogió a la negra por el moño y la zarandeó. Con la otra mano le soltó un terrible bofetón. Belle carraspeó para hacer notar su presencia en la cocina.

―¡Dios, qué haces tú aquí, Belle! ― la señora Jones estaba roja de ira ― lo siento, pero es que ésta negra es tonta, me saca de quizio ― trató de justificarse ante su joven invitada.

―Disculpe señora Jones, venía a decirle que sintiéndolo mucho debo marchar.

―¿Tan pronto?

―¡Oh, sí, he quedado con mamá que la ayudaría con los preparativos de mañana, mi abuela cumple setenta años y vamos a darle una bonita fiesta! ― mintió parcialmente Belle.

―Espera, le diré al señor Jones que te acompañe a casa, yo no puedo, ahora mismo tengo un problema domestico que debo arreglar inmediatamente.

―¡No se moleste, señora Jones, hemos quedado que Nell, mi criada, y su hermano me aguardarían en el cruce y me acompañarían a casa! De verdad, no es necesario.

 ―Está bien, como quieras… mañana nos veremos en el oficio, ¿no?

―Desde luego que sí, señora Jones.

―Bien, ahora déjame con ésta… tengo que hacerle ver que no me gusta cómo hace las cosas ― dijo la señora Jones dedicándole una sonrisa a Belle mientras con su enjoyada mano retorcía la oreja de la criada a la que había sorprendido Belle golpeándola.

Belle llamó a Kissie que estaba ocupada sirviendo refrescos a las señoritas.

―Tráeme el paquete que te he dado para que me guardes, Kissie, pero no me lo des aquí… espérame en el jardín y me lo das allí.

―Sí señorita Belle.

Se despidió de Mimi, la anfitriona y una de sus más íntimas amigas. Mimi le puso morritos pero luego le dedicó una sonrisa y la besó en ambas mejillas. Belle no le había contado la verdad a Mimi y se sentía un poco desleal con su mejor amiga, pero no se atrevía a compartir sus planes secretos ni siquiera con ella.

Una vez en el jardín Kissie se le acercó y le entregó el paquete. Belle rebuscó en su bolso y sacó un caramelo que entregó a Kissie.

―No digas nada a nadie de este paquete, Kissie.

―Descuide, señorita Isabelle. Soy una tumba.

Belle le dedicó una amable sonrisa y se marchó mirando hacia todos lados para comprobar que nadie la veía irse en dirección contraria a donde estaba su casa.





***




El cielo empezaba a oscurecer. Mayo era un mes luminoso pero a las nueve de la noche el sol ya se había puesto. Mientras caminaba por las calles de Newport se dio cuenta de que era la primera vez en sus diecisiete años de vida que se hallaba tan lejos de su casa estando sola. Sintió una cierta angustia mezclada con la excitación de lo prohibido.

El paquete que había dado a Kissie en custodia contenía sus zapatos de tacón de aguja que Nell le había lustrado antes de marchar y una falda cortísima. Se ocultó detrás de un enorme seto en un parque y con manos temblorosas se desprendió de la falda que le llegaba más abajo de las rodillas, se puso la faldita corta, se sacó los zapatos planos y se calzó los tacones. Puso todo en la bolsa y la escondió debajo de unas piedras junto a una fuente. Al regresar a casa lo recogería.

Una sobreexcitación nerviosa se apoderó de ella cuando se sintió lascivamente observada por un par de hombres mientras caminaba con paso algo inseguro, por la altura de los tacones, camino del Golden, el local de moda donde había quedado con Trudie.

Bell tuvo que aguardar un cuarto de hora la llegada de Trudie. Aquella espera, vestida de aquella manera tan provocativa y expuesta a los ojos de todo el mundo la angustió. Para la joven de diecisiete años aquella aventura loca suponía romper con todas las reglas que había aprendido sobre lo que está bien y lo que no. Empezaba a sentir el peso de la culpa cuando apareció su amiga.

―¡Por fin, Trudie, pensaba que no venías!

El suspiro de alivio de Belle hizo reír a Trudie. Ésta era una muchacha muy liberal, de vuelta de todo aquello que angustiaba a Belle y a la inmensa mayoría de jóvenes como ella. En realidad Trudie era un elemento totalmente anómalo dentro de la modosidad general que reinaba en Shalerville.

El señor y la señora Bancroft, los padres de Trudie, no formaban parte del selecto ramillete de familias que componían Shalerville. El pequeño condado dependiente de Newport sufría un rígido control de las costumbres de sus miembros, control que estaba en manos de una docena de madres de familia, las más poderosas, y éstas no veían con buenos ojos las costumbres liberales de los Bancroft.

A los castos oídos de las damas que velaban por la pureza moral de las niñas de Shalerville habían llegado rumores relativos a la laxa moral de la señora Jeminy Bancroft de quien se sospechaba que mantenía relaciones carnales ilícitas con uno de sus criados negros, un bello ejemplar adolescente que la acompañaba a todas partes.

―Cuando hay humo siempre hay fuego ― decían en el comité de madres de Shalerville en sus reuniones semanales en el Club Social, verdadero centro de decisión de la comunidad.

―Pura envidia de esas matronas ― le dijo Jeminy a su esposo el día que éste le hizo llegar las habladurías que el comité de madres se había encargado de difundir a toda velocidad por Shalerville ― ¿te piensas que no he visto cómo miran todas a mi Gastón? Si se lo comen con los ojos, querido ― y lanzó una breve carcajada que su esposo recibió como señal de que su amada esposa no pensaba dar su brazo a torcer en aquel tema. Seguiría haciendo ostentación de su hermoso negro sin cortarse ni un pelo.

En todos los estados segregacionistas, que eran los mismos que antes de la guerra eran esclavistas, estaban prohibidas las relaciones carnales entre blancos y negros, pero eso no era más que una ley que completaba la de los matrimonios interraciales. Estas leyes lo que hacían era llevar a la intimidad de las alcobas lo que en otros sitios era legal, aunque no bien visto.

Nadie podía entrometerse en lo que cada cual hiciera en la intimidad de su alcoba, pero la ley estaba ahí para marcar el camino de la decencia que el comité de madres procuraba salvaguardar.

La ley que prohibía el contacto carnal e íntimo entre blancos y negros servía para evitar escenas escandalosas en público pero no podía evitar que ambas razas se cruzasen en la privacidad de las casas de bien. Lo que si evitaba esa ley era la proliferación de mestizos legales dentro de las casas de los blancos.

El problema surgía cuando una mujer blanca quedaba preñada de resultas de una de esas relaciones interraciales. Como estaban prohibidas en teoría no debían producirse nacimientos de mestizos. Cuando esto sucedía el hijo o hija habidos era dado en adopción a una familia de negros, por lo general sirvientes de la familia de la propia madre.

La señora Jeminy Bancroft, criada en Nueva Orleans dentro de un marco de absoluta liberalidad, disfrutaba mostrándose en público afectuosa con su hermoso lacayo. Sabedora que su actuación enardecía a las puritanas mentes de Shalerville se dedicaba a exhibirse acompañada de su criado al que lanzaba insinuantes miradas lujuriosas sin el menor recato.

Sólo la inmensa fortuna de los Bancroft había permitido que éstos fueran tolerados en la cerrada sociedad racial de Shalerville y Trudie aceptada en el colegio para señoritas del pequeño condado segregacionista. Sus compañeras, alertadas por sus madres, hacían el vacío social a la guapa muchacha. Sólo Belle, fascinada por lo que había oído contar a su madre sobre esa pervertida familia, se había acercado a la muchacha, que por otra parte había resultado mucho más divertida y emocionante su compañía que la de la mayoría de sus amigas oficiales.

Tanto se sentía fascinada por la personalidad abierta de Trudie que se había dejado convencer para ir a uno de esos clubes modernos donde sólo acudían mujeres blancas pero de bajo nivel, tanto social como moral. Pero a Belle le fascinaba la idea de probar las cosas prohibidas y ahora contemplaba arrobada lo sexy que estaba su amiga.

Trudie también miró con admiración el aspecto de femme fatale de su modosa amiga y así se lo manifestó.

―Chica, no te hubiera reconocido. Pareces otra.

―¿De verdad? ― respondió arrobada y excitada Belle.

Se besaron, se rieron y Trudie la cogió del brazo para entrar juntas en aquel antro de perdición.

Trudie, con la seguridad propia del que conoce el ambiente, se encaminó a la barra pisando fuerte y contoneándose. Belle trató de imitarla y lo único que consiguió fue torcerse un tobillo. No tenía costumbre de caminar encaramada en aquellos, para ella, altos tacones.

Belle recuperó el paso perdido y disimuló el traspiés dando unos pasitos cortos y rápidos. Trudie pidió dos combinados. El camarero lanzó un par de desagradables miradas a las dos y Belle se sintió enrojecer. Luego buscaron un lugar estratégico desde el que dominar la pista de baile y todos los rincones del local.

Cinco minutos después Trudie estaba bailando con un tipo y Belle se había quedado sola. Se sintió desprotegida, vulnerable. ¿Qué debía hacer si uno de esos hombres se le acercaba? El combinado no sabía mal, pero llevaba mucho alcohol.

Belle dejó la copa a medio cunsumir sobre una mesa y con manos temblorosas rebuscó en el interior de su bolso hasta que dio con una cajetilla de tabaco que había robado a su madre. Se llevó un cigarrillo a los labios. Antes de que pudiera encontrar el encendedor una refulgente llama apareció ante sus ojos.

―¿Necesitas lumbre, monada?

La voz poderosamente masculina la asustó. Dio un respingo al tiempo que sus ojos se enfrentaron a un rostro adulto. Era un hombre guapo, mucho mayor que ella, de unos treinta años. A Belle empezaron a sudarle las palmas de las manos. La llama bailaba frente a sus ojos y los del hombre parecían penetrarla.

―Gracias ― dijo finalmente y acercó el pitillo a la llama.

Un arranque de tos dio al traste con su representación. El tipo se sonrió y dejó que terminara de toser antes de aconsejarle que si no estaba acostumbrada a fumar que no intentara tragarse el humo. Belle le dio las gracias de nuevo y forzó una sonrisa.

Jerome, así se llamaba el tipo, la sacó a bailar con extremada cortesía. Ese gesto amable dio tranquilidad a Belle que poco a poco se fue liberando de la tensión que la tenía agarrotada.

Tras dos piezas bailadas en las que Belle sintió que el tipo llamado Jerome la estrechaba más de lo permisible, según sus criterios morales, la muchacha le dijo que tenía sed. Jerome se presentó de nuevo ante ella con dos vasos largos. Le tendió uno.

―¿Qué es?

―Bebe, está bueno.

Ciertamente estaba bueno, pero diez minutos más tarde, tras un nuevo par de bailes, la cabeza empezó a darle vueltas. Definitivo, Belle no estaba habituada a consumir alcohol, lo que junto a la excitación, el calor, el dar vueltas y vueltas en los sucesivos bailes, el humo del tabaco, el propio y el extraño… todo hizo colapso en el cuerpo y la mente de Belle.

―Tengo que irme ― le dijo de repente.

―De eso nada, monada. Saldremos fuera, el aire fresco de la noche te sentará bien. Luego seguiremos la secuencia de las cosas ― le dijo con una sonrisa desagradable en su bello pero duro rostro.

Jerome la cogió de una mano y cuando quiso darse cuenta se hallaban bajo el manto de estrellas de la noche de Newport. Belle inspiró profundamente. Estaba mareada. El aire fresco la revivió.

―¿Estás mejor, nena?

Por respuesta Belle comenzó a reír. Era una risa un poco boba, como si no la controlase. Jerome se atusó el bigotito y se acercó a la muchacha. Belle retrocedió instintivamente. Estaba borracha, eso era seguro, pero no tanto como para no darse cuenta de las intenciones de aquel tipo.

―Vamos muñeca, te va a gustar lo que te va a hacer papaíto.

―¡Oh, no, déjeme, déjeme… quiero irme a casa! ― de repente la risa tonta se convirtió en un sollozo.

Antes de que pudiera darse cuenta el hombre había sujetado sus débiles muñecas con una sola mano y las apretaba fuertemente contra la puerta de madera en la que la había arrinconado.

―¡Suélteme, suélteme le digo! ― intentó Belle imponerse pero empezó a ser consciente de que estaba sola, que no tenía nada que hacer, que si alguien del local salía era posible que en lugar de ayudarla se uniera a Jerome para cobrarse la pieza que representaba ella, una chica de clase alta jugando a ser mujer.

Qué estúpida se sintió Belle. Pensó en Mimi Jones y sus amigas y deseó no haber hecho caso a Trudie. Pero ahora era tarde. Belle sintió el aliento cargado de alcohol del hombre muy cerca. Lo siguiente que sintió fueron las cerdas de su bigote y a continuación notó la lengua de Jerome que intentaba abrirse paso entre sus labios.

Un grito agónico brotó de la garganta de Belle cuando el hombre le metió la mano bajo la falda y le agarró la entrepierna como quien coge un conejo por el pescuezo.

―¡Déjela en paz señor, la señorita no quiere que la moleste!

Belle, en medio del miedo, del aturdimiento del alcohol y de la vergüenza que experimentaba reconoció aquella voz. Jerome se giró.

―Lárgate chico, aquí no está permitida la entrada a los negros.

―No estoy dentro del local, señor. Aquí puedo estar y le ruego que deje en paz a la señorita.

Jerome se sorprendió de la osadía del negro. Era un muchacho. A lo sumo veinte años. Parecía fuerte pero él no tenía ni para empezar con aquel pipiolo. Además era negro. Joder, qué asco.

―¡Lárgate si no quieres lamentarlo chico. No suelo hablar con negros pero cuando lo hago es para que me obedezcan!

La voz de Jerome atronó. Belle sintió un terrible estremecimiento recorrer todo su cuerpo. ¡Qué diablo hacía allí Nicky! ¿Es que estaba loco? Un negro enfrentándose a un blanco y encima a uno que hacía dos veces su tamaño.

―Lo siento señor ― Nicky no perdió las formas, sabía que a un blanco debía hablarle con respeto ― pero debo insistir en que deje a la señorita. Estoy aquí para llevarla a su casa.

―Vaya, te has traído al criado, eh bonita, jajajajajaja… pues a lo mejor eres tú quien tiene que llevárselo a él, pero en ambulancia.

Dicho esto Jerome soltó a Belle y con el puño cerrado y en alto se dio la vuelta y lo descargó con toda la fuerza de su poderoso cuerpo. El potente puño se estrelló en la cara de Nick arrojándolo de espaldas a varios metros de distancia y yendo a caer de espaldas sobre el suelo de piedras de la explanada.

Belle soltó un grito. Nick se levantó como si tuviera muelles en las piernas. El muchacho era fuerte. Muy fuerte. Y estaba decidido a que no volviera a sorprenderlo aquel animal que ya preparaba su segundo y definito golpe con esa maza que tenía por puños.

Pero Jerome también había bebido lo suyo, y aunque tenía mucha resistencia al alcohol sus reflejos y aptitudes habían mermado lo suficiente para que el ágil Nicky esquivara su potente derechazo.

Belle dio un grito cuando creyó que el puño enorme del hombre se abatiría sin remisión de nuevo en el bonito rostro de su criado.

Momentos después miraba alucinado el largo cuerpo de Jerome tendido en el suelo. Nicky, tras esquivar el puñetazo saltando ágilmente hacia un lado, descubrió el hígado desprotegido del blanco y le asestó una patada con todas sus fuerzas. Cuando Jerome se dobló por la mitad el otro pie del muchacho negro le propinó una terrible patada en la mandíbula que lo dejó sin sentido. El acto siguiente de Nicky fue encararse a Belle.

―¡Vamos señorita Belle, hemos de salir de aquí a toda prisa, ambos tenemos motivos suficientes para hacerlo!

―¡Pe…pero…, Nicky…! ¿qué estás haciendo tú aquí?

―De camino se lo cuento, pero por el amor de Dios, si éste recobra el conocimiento, que lo hará en breve, seré hombre muerto y a usted la va a violar, fijo… vamos, rápido. Confíe en mí.

Dicho y hecho. Belle salió de su aturdimiento y echó a andar. En cosa de dos minutos se hallaban lo suficientemente lejos del Golden y protegidos por la oscuridad de la noche nadie podría verlos aunque los buscaran con ahínco.

Nadie había presenciado la pelea, luego nadie sabía tampoco por donde habían huido. Aprovecharon los escasos minutos que el hombre seguiría inconsciente para poner tierra de por medio.

Jerome tardó diez minutos en levantarse. El alcohol que éste había consumido había ayudado gratamente a la victoria de Nicky. El hombre se mesó la mandíbula. Miró hacia todos lados y después de soltar un par de juramentos y comprobar que no había testigos de su humillante actuación con un casi niño negro decidió regresar al interior del local.

La noche era aún muy joven como para desperdiciarla por una niñata estúpida que había querido jugar a ser mujer y por su tonto criado. Seguro que había utilizado alguna artimaña deseleal para acabar con él, se dijo Jerome para aplacar su orgullo herido.





***




Belle tuvo que detenerse. Las emociones, el miedo, la tensión y el alcohol la obligaron a vomitar. Nick se detuvo. Se encontraban en una zona deshabitada. A la débil luz de un farol vio la figura de Belle doblada sobre sí misma y echando todo el contenido de su estómago.

El muchacho se acercó con timidez. Le hubiera gustado sujetarle la frente, apartarle el cabello, secarle el sudor, acariciarla, calmarla o consolarla, pero nada de todo eso se atrevía a hacer, ella era la señorita Isabelle y él un negro que para colmo era criado de su familia, por tanto criado suyo.

―¿Se encuentra bien, señorita Isabelle? ― preguntó con timidez.

―Es evidente que no ― le respondió con aspereza y al instante lamentó su descortesía. Él acababa de salvarla jugándose el pellejo, incluso había recibido un mazazo en toda la cara y ella se comportaba con altanero orgullo ― perdona Nicky, estoy bien, gracias… esto ha sido demasiado para mí ― añadió instantes después intentando no parecer una estúpida y prepotente desagradecida.

Nick, el hermano de Nell, tenía un par de años más que ambas muchachas. De pequeños habían jugado juntos los tres. Isabelle y Nelly, de la misma edad y ambas niñas, solían apartarlo de sus juegos infantiles en muchas ocasiones pero en muchas otras los tres parecían inseparables. Eso ocurría cuando no eran más que niños.

Belle, cuando llegó al inicio de la pubertad se enamoró del hermano de su amiga y criada. Nicky era un chico muy serio y formal. Siempre se mostraba sumamente atento y respetuoso con ella y por eso mismo a ella le gustaba coquetear con él. Belle era consciente de su supremacía. Era la hija del amo y era blanca. Nick era el hijo de la criada y era negro. Belle se aprovechaba de esa superioridad.

A pesar de que su educación la había llevado de despreciar a los negros, siempre había visto a Nell y a Nick, incluso a Cora, como seres distintos. La mezcla de sentimientos derivados de la cercana intimidad que habían compartido con el hecho mismo de que formaran parte del servicio doméstico de su casa desde siempre había provocado que Belle no equipase a Nell y a Nick con el resto de gente de su raza y condición.

Después había llegado la adolescencia. Sólo durante los primeros dos años, hasta los catorce, Belle había compartido su tiempo con los hermanos Preewitt, hasta que su madre, Katherine McAllister, decidió que ya era tiempo de que cada cual ocupara su lugar.

Con Nelly había seguido manteniendo esa ambigua relación que se da entre la amistad y el poder. Nelly compartía el trabajo de criada con su madre y a la vez hacía de doncella para la señorita Isabelle. Cora, la madre de Nick y Nelly, no paraba de repetir a su hija que intentara mantener las distancias con la señorita, que un día se llevaría un chasco, que no olvidara nunca que Belle era el ama y ella la criada.

Con Nick la relación había dejado de existir, al menos a nivel de intimidad, de amistad. El muchacho hacía trabajos para la finca que compaginaba con atender al señor McAllister y cuando era necesario ayudar en la casa a su madre y su hermana como cuando había alguna fiesta o cuando tocaba a la señora McAllister organizar las fiestas de los sábados para las amigas de Belle. Entonces Nick junto con su madre y su hermana hacía de sirviente atendiendo las necesidades de las caprichosas jóvenes.

Belle seguía mirando a Nick con cierta admiración. Él era dos años mayor que ella y a los diecinueve era todo un hombretón. Tenía unas facciones sumamente atractivas y unos inquietantes ojos de color ambarino. Pero Nick, que siempre había estado enamorado de la señorita Isabelle, no se prodigaba en cercanías que consideraba peligrosas. Hasta esa noche.

―Por cierto, ¿qué estabas haciendo tú en ese local, Nick? ― le preguntó Belle cuando se hubo limpiado los labios con el pañuelo que le acababa de ofrecer él.

―Pasaba por aquí.

―Claro, y yo soy la Virgen María… venga Nick, a mí puedes decírmelo, tu secreto estará bien guardado conmigo ― se rió coqueta y al instante se dio cuenta de que ni el momento ni el lugar se ofrecían para jueguecitos estúpidos.

―La vi salir de casa de los señores Jones y me extrañó. Primero por lo temprano de la hora. Segundo por la dirección que tomó. Tercero porque iba sola. La seguí.

―¿Me seguiste? ¿Quieres decir que me espías? ― Belle levantó la voz irritada pero al instante se dio cuenta de que no debía llamar la atención. Si alguien pasaba por allí y veía a un negro con una chica blanca en un lugar tan oscuro de buen seguro que se montaría un grave altercado.

―No señorita, no la espío. La seguí, cierto, pero porque intuí que iba a hacer algo de lo que tal vez pudiera arrepentirse…

―Como así ha sido, ¿no?

―Espero que esté bien. Ese hombre no pudo llegar más lejos de donde llegó.

Gracias a tu intervención, pensó Belle, pero no lo dijo. En cualquier caso Belle pasó por alto el hecho de que Nick la estuviera aguardando cerca de la casa de los Jones para seguirla.

Echaron a andar de nuevo, ella por delante, él dos pasos por detrás, como hacían siempre que un criado tenía que acompañar a su ama por las calles de Shalerville o de Newport. Si alguien los veía podían decir que el criado acompañaba a su señorita.

Belle empezó a reír en voz baja, pero Nicky se sorprendió al ver agitarse los hombros de la joven que caminaba por delante de él. Belle se detuvo y se volvió.

―Me río porque al final resultará que no le he mentido del todo a la madre de Mimi. Para marchar sola de la fiesta le he dicho que Nell y tú me estabais aguardando para llevarme a casa.

Nick asintió. Estaban a punto de entrar en Shalerville y allí regía el toque de queda para los negros. Si lo sorprendían caminando junto a una blanca era hombre muerto. Ni siquiera serviría que Belle les dijera que era su criado y la estaba acompañando. Para que pudiera hacerlo necesitaba una autorización por escrito del señor o la señora McAllister, y desde luego no la llevaba.

Belle pareció leer el pensamiento de Nick.

―Vamos a entrar en Shalerville. Debemos extremar las precauciones, Nick.

A Belle le salió una voz estrangulada. De repente, pasado el shock inicial empezaba a darse cuenta de su situación. Si los pillaban tendrían problemas, ambos, aunque los de él serían mucho más graves. Después de que la había salvado de ser como mínimo violada poniendo en grave peligro su vida no podía permitir que le pasase nada.

―Tendría que permitirme que fuera yo delante. Conozco un camino donde no pasa prácticamente nadie. Llegaremos en un cuarto de hora a la finca. Luego usted entra por la puerta principal y yo me las apañaré para llegar a la cabaña de mamá.

Belle estuvo de acuerdo y dejó que por una vez él caminara delante y ella detrás. En diez minutos divisaron la fachada de marmol blanco de estilo colonial que reflejaba la luz de la luna. Dos regias columnas enmarcaban la entrada que se encontraba a unos cincuenta metros de la cancela del jardín.

―Bueno, señorita Belle, aquí nos separamos, que tenga suerte y que la señora Jones no se le haya ocurrido llamar a su madre para preguntar si había llegado bien.

Belle no había previsto esta contingencia. Realmente podía decirse que era pésima haciendo planes. Un chico negro los hacía mejor que ella.

―Gracias Nicky, no sé qué habría sido de mí si no llegas a estar tú allí para rescatarme.

El agradecimiento de la joven sonó sincero y Nick se sintió en la gloria.

―Te saldrá un morado en la cara, por mi culpa ― comentó Belle con una sonrisa más coqueta de lo que había pretendido.

―No será nada. Seguro que Nelly usará sus manos mágicas para evitar que mañana parezca un mapamundi.

Belle se acercó al muchacho y pasó la yema de su pulgar con suavidad sobre los labios que empezaban a hincharse. Tenía sangre seca y la limpió con un gesto compasivo. Nick pensó que sus piernas no iban a sostenerle debido a la emoción.

De repente Belle cayó en la cuenta que Nell no estaría en la cabaña de su madre para curarle las heridas. Antes de salir para su noche loca le había pedido a su doncella que se quedara despierta a esperarla.

Belle sintió remordimientos. De hecho había sido más un castigo por la actitud insolente de Nell cuando la había reñido que por que tuviera necesidad real de su presencia.

Cuando llegue a mi habitación le daré permiso para que vaya a su casa, se dijo Belle después de despedirse con un gesto de la mano de Nicky que aguardó escondido hasta verla entrar en el porche de la mansión, como para estar seguro de que la dejaba sana y salva en su casa.

Belle estuvo de suerte. Su madre se había ido a dormir hacía rato, señal de que la señora Jones no la había llamado. Su padre estaba en su sillón. La llamó al verla entrar. Belle se encaminó hacia donde estaba su padre.

―Hola Samuel ― saludó Belle al chico negro que estaba arrodillado a los pies de su padre lustrándole las botas.

―Señora ― correspondió el chico al saludo de la hija del amo.

―Belle, querida, no saludes a los criados… sabes que a tu madre le disgusta profundamente que te muestres afable con ellos.

―Es verdad, perdona padre… pero qué hace Samuel a estas horas… ¿no debería estar durmiendo?

―Está castigado. Como que mañana quiero inspeccionar a primera hora la cosecha he revisado mi traje de montar y he visto que el maldito crío no me había lustrado las botas. Tu madre ha enviado a Cora a sacarlo de la cama y aquí lo tengo, lleva más de tres horas lustrándome las botas y lo tendré otras tres horas más dándole al cepillo. Sabes que cuando me tomo un whiskie me desvelo ―Tanner McAlister hizo sonar los cubitos de hielo del vaso que sostenía en su mano y guiñó un ojo a su hija.

―Pobrecillo ―se apiadó Belle del chiquillo.

Samuel, Sammy como lo llamaban, hacía diez años que junto con su hermana gemela Lala habían sido apadrinados por el señor y la señora McAllister en el momento que ingresaron en el Orfanato de la Pérpetua Caridad, recién nacidos y abandonados por su madre, una anónima prostituta negra, y hacía cuatro años que los habían acogido en su hogar.

Fruto de relaciones ilegales con blancos a cambio de dinero, o sencillamente porque no tenían trabajo y no estaban en condiciones de soportar la carga de una nueva boca que alimentar, desesperadas madres negras se veían obligadas a dar sus hijos recién paridos en adopción. Para ello recurrían al Orfanato de la Perpétua Caridad, institución financiada por las más poderosas familias blancas de Shalerville y dirigido por una congregación de religiosas ultraconservadoras en cuyo ideario figuraba la Segregación como hito indispensable para alcanzar su peculiar sentido de la vida en santa cristiandad.
  
Las monjas entregaban a la madre que les daba su hijo una cantidad de dinero nada despreciable para una mujer negra sin recursos y el niño o niña pasaba a formar parte del orfanato hasta que en unos seis años saldría de él para integrarse en alguna de las ricas familias blancas de Shalerville en calidad de sirviente.

Bajo la falsa apariencia de caridad cristiana las monjas cuidaban de aquellos niños con el único objetivo de formarlos en la obediencia y la sumisión hasta el momento en que tenían edad suficiente para dedicarse a aquello para lo que habían sido adiestrados: el servicio doméstico.

Las supuestas adopciones eran en realidad transacciones comerciales. Aquellos niños no tenían una existencia legal. En ningún lugar figuraban registrados. Todo se hacía de forma absolutamente discreta. En el momento en que se producía el ingreso de un nuevo bebé abandonado las monjas lo comunicaban al Consejo de Administración formado por las damas más relevantes de la comunidad blanca y éstas se encargaban de hacer llegar la noticia a sus asociados.

Si existía demanda, el niño en cuestión era apadrinado por una de esas familias y pagaban a las monjas lo acordado hasta que la criatura cumplía los seis años, momento en que los padrinos se lo llevaban a su hogar.

No se trataba de adopciones, ellos lo llamaban padrinazgo y en realidad lo que hacían era adquirir mano de obra doméstica servil y gratuita. 

Sammy y Lala eran dos hermanos gemelos que habían sido apadrinados por los McAllister diez años atrás, fruto de un deseo personal de la señora Katherine. Sammy era el criado personal de Tanner McAllister y Lala la doncellita exclusiva de la señora Katherine.

En todas las buenas familias de Shalerville había niños como Sammy y Lala, que prácticamente ejercían de mascotas humanas para sus poseedores.

―Me duelen las rodillas, amo ― se quejó Samuel creyendo que la presencia de la señorita Belle ayudaría a que el amo se apiadase de él.

―Sigue cepillando y calla. Me apuesto diez contra uno a que mañana la señora te hace probar su látigo ― se rió Tanner McAllister al ver la expresión de terror del niño que redobló el ritmo de su frenético cepillado.

―Buenas noches papi… y perdona ya a Samuel, mamá no se va a enterar.

―Buenas noches, cielo ― su padre obvió la recomendación de perdonar al chiquillo.

Belle se marchó. Mientras iniciaba el ascenso de la amplia escalera que llevaba a los pisos superiores donde estaban las habitaciones oyó la voz de su padre dirigiéndose al pequeño criado.

―Bien Sammy, ahora puedes dejar el cepillo. Continúa con la lengua. Quiero que le des brillo a mis botas lamiéndolas. Si me satisface tu trabajo quizás mañana interceda por ti ante la señora para evitar que te azote.

―Sí amo, gracias amo ― escuchó Belle la respuesta agradecida del pequeño sirviente y se lo imaginó lamiendo las botas de su padre.

Belle hizo una leve mueca de disgusto. Creía en la superioridad de la raza blanca sobre la negra pero le disgustaban los actos crueles. En Shalerville seguían manteniendo los castigos corporales para los sirvientes negros. La propia ley del condado lo permitía.

Cualquier blanco tenía garantizado por ley el respeto debido por los negros. La simple denuncia por parte de un blanco de la actitud irrespetuosa de un negro bastaba para que la oficina del sheriff tomase cartas en el asunto. El denunciado podía recibir hasta veinticinco latigazos. En el caso de que el negro fuese un sirviente doméstico la facultad de castigar quedaba trasladada a su amo.

Castigos moderados y proporcionados rezaba el texto de la ley. Las damas blancas hacían un uso constante de esa ley en el ámbito privado. Bofetadas, pellizcos, pisotones y un sinfín de pequeñas crueldades formaban parte de la relación diaria entre amas y criadas.

El caso de estos niños huérfanos era mucho más dramático. Legalmente no existían y por tanto su suerte dependía del buen corazón de sus propietarios. Belle conocía las circunstancias de Sammy y Lala y si bien no manifestaba rechazo a su situación le apenaba que sus padres fuesen extremadamente duros con esos chiquillos.




***




BELLE.


Cuando he entrado en mi habitación y he visto a Nelly acurrucada sobre la alfombra de mi cama vencida por el sueño me he sentido mal. Por capricho la había obligado a quedarse aguardando mi regreso. Lo que más me dolía era lo que Nicky pudiera pensar de mí al llegar a la casita de su madre y ver que su hermana no estaba allí porque yo se lo había impedido.

Me acerco a ella y le toco suavemente con la punta de mi zapato en el costado. Nell se ha asustado al verse despertada por mí. Abre los ojos sorprendida y al verme se incorpora murmurando disculpas.

―Lo siento señorita Isabelle, lo siento mucho, le ruego que me perdone. Me he quedado dormida.

Nelly sabe que madre castiga severamente ese tipo de faltas. Quedarse dormida durante el servicio es una falta grave. Y muchas de nuestras sirvientas en ocasiones se quedan como traspuestas. Es lógico. Madre las hace trabajar, a veces, durante dieciseis o diecisiete horas seguidas.

―No pasa nada ― la tranquilizo mostrándole una de mis sonrisas más amables ― ayúdame a meterme en la cama y luego puedes irte con Cora. No te necesitaré.

Nelly ha abierto los ojos sorprendida. Unas horas antes le había dicho que quería que me esperase despierta, que me iba la vida en ello, y ahora le decía que me desnudara y luego podía marcharse.

No ha hecho preguntas. Nelly está acostumbrada a obedecer por estúpidas que sean las órdenes. Se incorpora aún con el sueño reflejado en su bonito rostro y comienza por desabrocharme la falda.

Entonces caigo en la cuenta de que con el terrible incidente del Golden y la precipitada huida he olvidado recoger el paquete con mi falda y mis zapatos planos que había escondido en un parque de Newport. Mañana tendré que arreglar aquel asunto, ahora no hay remedio.

Nelly se ha fijado entonces en la escandalosa falda que acababa de sacarme. Ésta es la mitad de corta que las habituales. Me mira asombrada y me limito a sonreírle.

―Ya te contaré en otra ocasión, ahora tengo sueño.

Me ha descalzado los zapatos de tacón que estaban muy sucios. Los he mirado en sus manos y me he sentido horrorizada.

―No es necesario que lo hagas ahora, pero mañana, cuando me despiertes, los quiero relucientes ― le hablo con una sonrisa en los labios.

―Descuide señora ― me responde molesta, como si mandarle hacer su trabajo la molestara ― cuando se despierte sus zapatos brillarán como siempre.

Sé que se ha enfadado porque ha usado el término señora estando a solas.

―Lo sé, cielo. Y sé que lo harás, te lo digo porque mañana es el cumpleaños de mi abuela y he de estar muy guapa y todo en orden. Ya conoces a mi abuela ― me rio tratando de quitar dramatismo a nuestra especial relación.

Me pone el camisón de dormir y me abre el embozo de la cama. Nely tiene siempre mis cosas en perfecto estado de revista. Deja mis zapatillas alineadas en el suelo y aguarda a que me acueste.

Le tiro un beso por el aire junto con una sonrisa cuando ya se iba con mis zapatos en sus manos.

―Buenas noches, señorita Belle ― me ha devuelto la sonrisa.

Asunto zanjado. Nelly es como un puntal donde apoyarme. Es sencilla y amable, buena chica, dispuesta y sometida. A veces la hago enfadar recordándole lo que tiene que hacer, como si no lo supiera.

Mi relación con ella es muy especial. Cuando cumplí los catorce madre la puso a mi servicio. Tenía que alternar servirme con ayudar en el resto de tareas domésticas de la casa, pero básicamente era mi doncella.

Después de catorce años siendo uña y carne eso es difícil de llevar, para las dos, aunque me imagino que es más duro para ella. Pero Nelly es fuerte. Lleva la sumisión en la sangre. No en vano sus abuelos eran esclavos de los míos.

Recuerdo que un día lloramos las dos juntas. Mi abuela Megan me había hecho un regalo para mi doceavo cumpleaños: un libro. Pero no era un libro cualquiera, un libro editado, no, era un diario, el diario de su madre, de mi bisabuela: Elsie McAllister.

Elsie es el diminutivo de Isabelle en escocés, de donde son oriundos mis antepasados y en honor a esa Elsie me pusieron a mí Isabelle.

La abuela Megan había nacido en la época de la esclavitud. Tenía quince años cuando acabó la guerra y con ella el fin de la esclavitud. Tenía una esclava de su propiedad que le habían regalado sus padres. Esa esclava, Patty, seguía con ella en la actualidad y seguía considerando a mi abuela su dueña. Patty era de la familia de los Preewitt, esclavos de mi propia familia, en consecuencia era pariente de Nelly.

Mi Nelly la llamaba tía Patty porque debía ser hija de algún hermano o hermana de los abuelos de Cora. Mi abuela Megan vivió con nosotros hasta que yo cumplí los diez años. Fue entonces cuando murió el abuelo Olsen y decidió mudarse con sus negros a una bonita casa en la zona más lujosa de Shalerville.

Me gustaba ir a visitarla y siempre me acompañaba Nelly. A ésta no le gustaba tanto porque temía y mucho a mi abuela Megan. La abuela Megan trataba a Patty y a sus hijas con crueldad. Para ella la esclavitud no había terminado, y para sus negras tampoco.

La abuela Megan pidió al abuelo Olsen que preñara a Patty para que le diera negritos. El abuelo lo hizo en dos ocasiones de las que nacieron sendas niñas mulatas. Doris y Sira.

Mañana vendrían todos a casa a celebrar el setenta aniversario de mi abuela. Madre estaba escandalizada por el comportamiento de la abuela. Especialmente mostró su rechazo cuando muerto el abuelo Olsen la abuela Megan le pidió a su hijo, mi padre, que preñara a Doris y Sira.

Papá cumplió a la perfección y mañana acompañarían a la abuela y a Patty las hijas y los nietos de ésta. Si Doris y Sira eran mulatas debido a la sangre blanca del abuelo Olsen, la niña Maisie de quince años y el pequeño Sólomon de doce, eran casi blancos, pero todos, desde Patty hasta Sólomon, se sentían esclavos de la abuela Megan.

En Shalerville todo el mundo sabía de la vida de mi abuela Megan y nadie decía nada, al contrario, todos la respetaban por su audacia y por no haber aceptado nunca la derrota que nos quitó a los esclavos.

Nelly, que aún no era mi doncella oficialmente aunque sí trabajaba ya como sirvienta en casa, y yo leíamos juntas el Diario de la señora Elsie McAllister. Nelly lloraba muy a menudo porque en ese Diario se contaba el día a día de la que entonces era la próspera plantación de los McAllister.

Los Preewitt eran una numerosísima familia de esclavos que habían servido a mi familia desde que éstos se instalaron en Shalerville en 1.700. En el Diario, que de hecho estaba formado por diez volúmenes, uno por cada señora McAllister que gobernó nuestra hacienda desde el principio, mi bisabuela contaba todas las incidencias que acontecían en el devenir diario y Nelly y yo nos horrorizábamos de la crueldad de los castigos que recibían los esclavos, y lógicamente los Preewitt, aunque domésticos, no se libraban de sufrirlos.

A mí gustaba consolar a mi querida Nelly después de hacerla llorar leyendo algún episodio en el que algún familiar suyo era salvajemente torturado. La abuela Elsie detallaba los espantosos castigos con un sinfín de detalles que hacían de la lectura una auténtica vivencia real.

―No llores Nelly, piensa que ahora las cosas ya no son así. Además todos esos parientes tuyos, como los míos, de esa época ya están muertos.

―Pero lo que cuenta el ama Elsie sucedió realmente, señorita Belle ― me contestaba sorbiéndose mocos y lágrimas una abatida Nelly.

Hubo muchos episodios que nos hicieron llorar pero en concreto hubo uno que nos hizo llorar a las dos como un par de niñas, que es lo que éramos. Una hermana de mi bisabuela Elsie, llamada Hermione, se enamoró de un esclavo. Hermione era la pequeña de tres hermanas, mi bisabuela era la mayor.

Hermione al parecer era una muchacha muy bonita, tímida y de buen corazón. En una ocasión se cayó del caballo en los lindes de la hacienda. Por casualidad se encontraba por allí un esclavo de unos veinte años de edad llamado Neptuno.

A los esclavos, tanto a los nacidos en la plantación como a los comprados en el mercado de esclavos, mi bisabuela les ponía nombre. Neptuno había sido capturado en Africa y al ser comprado respondía al nombre de Ensala, pero mi bisabuela se lo cambió por el de Neptuno.

El muchacho era descendiente de reyes en su país de origen. Era altivo y orgulloso. Por lo que parece era todo un ejemplar bello. Tenía la espalda cosida a latigazos por no querer someterse a esclavitud.

Hacía cuatro años que había sido capturado y vendido. No pudiendo someterlo como sucedía con los demás esclavos, mi bisabuela decidió darle una ocupación que no alterase a los demás negros y como quien dice lo exilió dentro de la plantación a vigilar las lindes.

Neptuno vivía en el bosque. Cargado de cadenas para que no pudiera escapar se había construido su propia vida en soledad. Hermione quedó incosnciente en el suelo por un golpe recibido en la cabeza. Neptuno la encontró. La llevó en brazos hasta su choza que él mismo se había construido y la cuidó. Según parece el joven quedó prendado de la belleza de mi antepasada y estuvo dos días sin separarse del lecho en que la había depositado.

La cuidó como si fuera su propia esposa. La veneró. Hermione despertó y al verse en un lugar extraño tuvo miedo pero Neptuno le hizo ver que no quería más que restablecerla. Mi antepasada sucumbió al triste encanto del esclavo. Se dejó cuidar y mimar por él.

A los dos días estaba restablecida pero le costaba andar a consecuencia de la caída. El caballo había regresado solo a la hacienda. En casa la buscaron desesperadamente sin resultados. Neptuno la había escondido en su cabaña, de la que nadie conocía su existencia, y no la hallaron. La dieron por muerta.

Mientras tanto Hermione y Neptuno convivieron en los bosques. Él cazaba para ella, la cuidaba como si fuera una reina y ella se enamoró de él.

Pasaron un mes viviendo solos en el bosque. Hermione se entregó carnalmente al poderoso guerrero Ashanti. Entre ambos nació un amor más fuerte que el acero. Mi antepasada pensó que podría comprar a Neptuno e irse con él. Ella era rica y podría comprar tierras y esclavos y pensaba vivir con su esclavo como si fueran marido y mujer.

Pasado un mes Hermione reapareció en la hacienda. Hubo gran revuelo, fiesta, alegría. La habían dado por muerta y regresaba viva, sana y salva y con un aspecto de felicidad desconocido en ella.

En su ingenuidad explicó a mi bisabuela lo que había ocurrido y le pidió que le vendiera a Neptuno que aguardaba el resultado de sus gestiones escondido en el bosque. Neptuno se había enamorado tan intensamente de mi tía que dejó su destino en sus manos.

Mi bisabuela accedió, aparentemente, a las peticiones de su hermana menor. Hermione guió a los hombres hasta el escondrijo de Neptuno y una vez localizado lo cargaron de cadenas y lo llevaron a la hacienda.

Tía Hermione gritó, suplicó, lloró, luchó… todo en vano. Las órdenes de mi bisabuela eran tajantes: había que capturar al negro que había mancillado a su hermana. Era obvio que así había sucedido. Un mes cohabitando juntos en el bosque y reaparecía su hermana pidiendo comprar al esclavo. La bisabuela Elsie supo lo que tenía que hacer.

Cuando le llevaron a su presencia a Neptuno encadenado ordenó que preparasen la parrilla. El esclavo fue asado lentamente. Hermione se desgañitó suplicando a su hermana que perdonara la vida de Neptuno, pero todo fue en vano. El negro murió asado y tía Hermione tuvo que verlo con sus propios ojos.

Tras la muerte de Neptuno mi tía Hermione descubrió que estaba embarazada. La bisabuela Elsie dejó que se desarrollara el embarazo. Mi tía Hermione recuperó las ganas de vivir gracias al hijo que llevaba en sus entrañas. Neptuno había muerto pero viviría para ella en su hijo.

Nada más nacer el niño se lo arrebataron de las manos. Mi bisabuela mandó que lo vendieran a un tratante de esclavos, no podía permitir que la deshonra de la familia se manifestara en aquel odioso bastardo. Tía Hermione murió de pena dos años más tarde.

Aquella historia nos hizo llorar a las dos, a Nelly y a mí. Esta mañana, al despertar después de la incidentada noche en la que Nicky me había salvado de una deshonra segura aún a riesgo de su vida, he recordado esta historia. No sé porqué ha pasado, pero he llorado al recordarla.





***





Shalerville. Fiesta de aniversario de Megan McAllister. Mayo de 1.920.-


Megan McAllister llegó a media mañana con su cortejo de sirvientes, la vieja Patty y sus hijas y nietos. Isabelle se había despertado tarde. La noche anterior, llena de peligros y emociones la habían agotado.

Nelly la despertó poco antes de la llegada de la abuela, por orden directa de la señora Katherine. Le subió una bandeja con el desayuno y la despertó cuidadosamente. De todos los negros era sabido que las mujeres blancas tenían un despertar dañino para ellos. El malhumor de las mujeres blancas se tornaba en sufrimiento para sus criadas negras.

―Buenos días, señorita Belle ― le susurró varias veces al oído después de descorrer las cortinas para que la luz del sol ayudara a despertar a la joven sin sobresaltos.

Belle se desperezó, abrió los ojos y recordó de repente todo lo acontecido la noche anterior. Su primer pensamiento fue para Nicky. Sintió una intensa corriente de simpatía y agradecimiento por el hermano de Nelly. Después vino a su mente la historia de Neptuno y tía Hermione. Se la quitó de la cabeza. No sabía porqué de repente había recordado aquella historia tan triste.

―Has visto a tu hermano, Nell ― fueron sus primeras palabras después del cortés saludo de su criada.

―Lo vi anoche, cuando regresé a casa después de que usted llegara, señorita Belle.

―¿Y hoy, lo has visto hoy?

―Me he levantado a las cinco de la mañana, señorita. A esa hora mi hermano dormía. Ayer le tuvimos que coser un corte muy feo que llevaba desde el labio hasta media mejilla. Al parecer tuvo una pelea con otros negros en Newport. Ya sabe cómo son los muchachos, señorita, siempre metiéndose en líos. Le pregunté si fue por alguna chica guapa y me dijo que no. A saber.

Isabelle se mordió los labios mientras sacaba las piernas por un lado de su amplia y mullida cama. Mientras Nelly se arrodillaba para calzarle las zapatillas Belle le preguntó si Nicky le contó algo más.

―Nada más señorita. Ya sabe cómo es mi hermano. Es poco hablador. Dijo que se había tratado de una pelea sin importancia y de ahí no hubo quien lo sacara. No sabemos de verdad el motivo de la pelea, pero Nicky es como es y nada va a cambiarlo.

―¿Dijo algo de mí?

―¿De quién… de usted señorita? No, qué iba a decir de usted ― Nelly terminó de calzar los pies de Belle y se levantó para acercarle la bandeja del desayuno.

Isabelle respiró aliviada. Parecía que su secreto estaba a salvo con Nicky.

―Déjalo, no tengo hambre… tomaré sólo el café. El resto te lo llevas a tu casa sin que te vea mamá ― le dijo cuando Nelly ya se había arrodillado para acercarle la bandeja.

―¡Oh, gracias, gracias señorita, muchas gracias ― reaccionó Nelly con total agradecimiento servil, haciendo reverencias a su joven ama.

En tiempos de la esclavitud los amos alimentaban a sus esclavos, unos mejor que otros, pero el esclavo no debía procurar por su sustento. Con la libertad llegó también la preocupación por la manutención, que debía salir de los miserables sueldos que les pagaban.

La señora Katherine controlaba de manera minuciosa y exahustiva la despensa de la casa, llegando a contar y pesar todos los alimentos y llevando una rigurosa contabilidad de sus existencias para evitar que los criados le robaran. Cora, que entre otras ocupaciones domésticas se encargaba de cocinar tenía que pedir a la señora que le abriera la despensa que mantenía bajo llave. Al inicio de la jornada la señora Kathrine vigilaba que Cora sacase de la alacena los alimentos que se precisarían durante el día y después echaba la llave, no antes de haber contado y pesado lo que quedaba.

Cualquier necesidad posterior debía estar justificada y sólo entonces la señora de la casa abría la alacena para que Cora repusiera lo que se necesitara. Katherine también se encargaba personalmente de las compras. Se llevaba a Cora o a Nelly con ella para que cargaran con lo adquirido pero el dinero lo manejaba la señora.

De manera sorpresiva la señora de la casa realizaba inventarios extraordinarios del contenido de la despensa. Si encontraba a faltar cualquier alimento, la señora evaluaba su coste y se lo descontaba a Cora del salario que le pagaba.

Cora, al igual que debían hacer el resto de madres de las pocas familias de los peones que trabajaban las tierras de los McAllister, tenía que hacer auténticos milagros para sobrevivir alimentando a sus hijos con lo poco que ganaban. Nelly no recibía ningún salario por su trabajo, la señora consideraba que hasta que no cumpliera la mayoría de edad debía pagar a su madre, pero la realidad es que a la economía familiar de los Preewitt les faltaba un jornal entero puesto que la señora consideraba que estaba formando a Nelly como sirvienta.

Si por desgracia alguno de los Preewitt rompía alguna cosa el drama se cernía sobre la precaria economía de éstos. La señora tasaba el valor de lo echado a perder y lo descontaba del salario de Cora y Nicky, quien sí tenía su propio salario por ser mayor de edad.

―Esta vez te has metido en un buen lío, Cora ― le dijo en una ocasión la señora cuando Nelly rompió mientras la limpiaba, una estúpida figurita de porcelana ― ¿sabes cuanto te voy a descontar esta vez, Cora? ― le preguntó con insana satisfacción la señora Katherine.

Cora se puso a llorar. Estaban en la habitación de la señora en el momento en que Cora le comunicó la terrible desgracia de la figurilla. Katherine se encontraba descansando en su cama. Era un caluroso día de agosto y la señora decidió pasarla desnuda en su alcoba con la hija de una de sus familias de peones abanicándola.

―Tráeme la libreta de vuestros salarios, Cora ― le ordenó la señora recostada sobre una pila de almohadones, con sus blandas carnes blancas temblando de placer por la excitación que le producía aquel tipo de situación.

―Le suplico señora…

―Qué me suplicas Cora ― la interrumpió la señora con sequedad.

―Nelly no lo ha hecho queriendo señora… ella aún es muy pequeña…

―¡Solo faltaría! En tiempos de la esclavitud tu hija recibiría un castigo y asunto zanjado. Ahora las cosas son diferentes. Tienes que pagar lo que has roto y sólo cuentas con el salario que yo te pago.

―Pero señora, habrá una manera de poder compensarla por la pérdida de la figurilla, seguro que Nelly, o yo, o Nicky, cualquiera de nosotros puede hacer trabajos extra…

―¿Cuantos años tiene Nicky?

―Catorce, señora ― respondió asustada Cora.

―Está bien, mándamelo ahora y después veré si paso por alto la fechoría de tu hija. Si Nicky no se muestra complaciente tendrás que pagar.

El mensaje era meridianamente claro. Aunque a Cora le asqueaba pensar en qué debía ser complaciente su hijo, no tenía alternativa. Si la señora le descontaba el valor de la figurilla tendrían que robar para poder comer durante todo el siguiente año.

Cora instruyó a su hijo y éste, con su acostumbrada gravedad asintió y le dijo a su madre que no se preocupara, que de él no habría queja alguna por parte de la señora.

La pobre Cora agredeció profundamente a Dios que le hubiera dado un hijo tan bueno. No le preguntó nunca qué había tenido que hacer para complacer a la señora. El caso es que el incidente de la figurilla no llegó nunca al libro de salarios y los Preewitt pudieron seguir subsistiendo con la miserabla paga de Cora sin sufrir más descuentos.

Nelly conocía la historia. Había tenido lugar unos años antes, cuando ella contaba doce. Cora tuvo que consolarla cuando le dijo que tendrían que pagar lo que había roto y lo que eso suponía para su mermada economía familiar.

Fue el propio Nicky quien le dijo a su hermana que no se preocupase, que él había hablado con la señora y ésta había accedido a perdonarla.

Nelly hizo ver que se creía la historia que le contaba su hermano, pero no era tonta y sabía que algo tenía que haber dado Nicky a la señora para que ésta accediera a perdonar aquella falta tan grave cometida por ella.

La niña se lo contó a la señorita Belle. En aquella época aún no era su doncella y además estaban muy unidas ambas. Belle se compadeció de su amiga y sirvienta y durante unos días apartó de sus comidas algún trozo de lo que fuera que escondía como podía y luego se lo daba a Nell para que ella y su familia no pasaran hambre. Nelly, que adoraba a la señorita, desde aquel día besaba por dónde ésta pisaba.

Ahora, después de que Belle le dijera que no desayunaría y que podía llevarselo a su casa se le cubrieron los ojos de lágrimas mientras le daba las gracias.

―¡Oh, venga Nelly, sólo es un poco de comida, no hace falta que llores!

―Gracias señorita, gracias… no sabe lo mucho que todos nosotros le agradecemos este gesto ― y en un acto de agradecimiento servil se inclinó y besó las bonitas zapatillas que acababa de calzarle.

Luego Nell le mostró a su señorita los zapatos que la noche antes le había dicho que quería que estuvieran limpios. Se los mostró con una sonrisa en su bello rostro oscuro en el que resaltaban tanto sus dientes como el intenso fondo de sus ojos.

―Muy bien, Nelly, luego me los pones. Ahora ven a ayudarme en el baño.

La abuela Megan estaba extraordinaria. A sus setenta años daba la impresión de tener sólo cincuenta. Una vida plácida y buenos alimentos habían hecho de aquella mujer de curioso carácter toda una leyenda. Se comentaba su belleza de cuando era joven y todos los que la recordaban aseguraban que no había otra igual en todo Mississipi. A la anciana le gustaba verse aún atractiva y elegante.

―Katherine, querida, ¿cómo va todo? ― saludó la anciana a su nuera.

―Muy bien, madre, gracias por interesarse ― la señora Katherine llamaba madre a su suegra y eso complacía a la mujer.

―Eres una buena nuera, Katherine ― acarició con su perfecta mano a su nuera y ésta aprovechó la cercanía de sus agradables y finos dedos para besarlos en señal de respeto.

―Gracias, madre.

Ante la abuela Megan toda la familia se mostraba servil y la llenaban de atenciones. Era la matriarca, la conexión de un esplendoroso pasado que ella no estaba dispuesta a renunciar.

―Aaaahh ― suspiró la mujer ― siempre he sido una madre para todos, va con mi carácter maternal, bueno, ahora más que una madre soy una abuela, pero también disfruto de mi papel actual. Por cierto, donde están mis nietecitos… ¡Maissie, Sólomon! ― llamó a los nietos de la vieja Patty que se encontraba dos pasos detrás de su ama ― ¡Patty, ve a por los niños… y tú, Katherine, búscame un acomodo a la sombra. Tengo necesidad de descansar estos pies. Sólo me pongo zapatos de tacón en casa porque no tengo que andar. Caminar con estos finos tacones me cansa mucho a mi edad. Patty, ocúpate de que Maissie o Sólomon vengan de inmediato, sabes que me gusta verlos mientras me haces friegas en los pies.

―Sí ama. Ahora mismo ― respondió la vieja esclava que aún teniendo la misma edad que su dueña parecía diez veces más vieja.


Patty era extremadamente delgada, tenía arrugas profundas en su rostro y unas manos retorcidas, artríticas y artrósicas. Megan, ya desde niña, tenía el vicio de pisarle las manos para castigarla, o por simple capricho. Años de sufrir bajo las suelas de las botas o los zapatos de su ama habían degenerado en unas manos destrozadas que eran un puro dolor constante.


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LUK