A QUIEN LE INTERESE

En este rincón apartado he decidido publicar. La hipocresía que se vive en la página de TR (Todo Relatos) me obligó a abandonarla. Disfruto escribiendo y aún siendo consciente de que mis fantasías son minoritarias me parece injusto que aquellos que me seguían en TR se queden sin poder disfrutar de mis relatos.



No pretendo ser pretencioso. No quiero decir que mis escritos sean buenos, soy consciente de que no es así, pero aún lo soy más de que en este mundo retorcido de nuestras íntimas fantasías muchos buscamos algo que echarnos a los ojos que se acerque a nuestros fetiches, tabúes y quimeras eróticas.



Mi propósito es dejar al lector interesado y que se pueda identificar con mis inofensivos delirios una muestra de mi producción literaria dedicada al mundo de la sumisión, dominación, esclavitud y relaciones de poder. Fabulaciones en suma con las que más de uno sueña en secreto y que yo me dedico a poner negro sobre blanco con mayor o menor acierto.

Como que esta es una página abierta, he creado un grupo de admisión restringida en Yahoo (ver enlace) donde he puesto aquellos relatos que considero más fuertes, no sea que un alma sensible de esas que van por ahí salvando al mundo de la gente mala como yo se topase con uno de esos relatos y le salieran sarpullidos en el hipotálamo.



En este grupo sólo aceptaré miembros bajo petición expresa y siempre que me convenzan de su buena fe. Los relatos están en formato docx. y pueden ser descargados directamente.



Los relatos de ADELA también están en este grupo.



Aquí tenéis un enlace directo al grupo, pero recordad: miembros SOLO bajo admisión.



http://es.groups.yahoo.com/group/relatosdeluk



domingo, 26 de octubre de 2014

LA EXTRAÑA FAMILIA DE JUNO


Cuando llegué a la Hacienda de Sutpen no podía imaginar lo que me aguardaba, ni en qué tipo de familia me metía, ni cómo ni de qué manera iba a cambiar mi vida.

Tenía veinte años recién cumplidos y en mi fuero interno aún era una chiquilla. Había abandonado mi casa en Jefferson para recorrer doce millas en aquel carro destartalado sin tener claro que fuese aceptada. De hecho respondía al ruego que me hizo mi hermana antes de morir: «Ocúpate de mi hija, sólo te pido eso», pero cómo iba a ocuparme yo de nadie si toda mi vida había transcurrido entre algodones, sin tener responsabilidad alguna.

Detuve el carro y bajé. Me encaminé hacia el porche con miedo. Se abrió la puerta y apareció el rostro oscuro de Clite, la esclava de mi sobrina, la hija de mi hermana que tenía tres años menos que yo. Me temblaban las piernas esperando ver la reacción de Juno. Sabía que era una muchacha muy especial y dudaba que aceptara que me entrometiera en su vida.

Eché a andar hacia el interior de la casa. Clite me miró con cierto desdén. Aquello me ofendió pero tenía claro que a los blancos pobres incluso los negros nos despreciaban.

—Tía Rossie — oí que me llamaban.

Apareció en el quicio de la puerta la alta figura desgarbada de mi sobrina.

—Qué haces aquí?

No me parecía propio decirle que buscaba el consuelo de su compañía ni su protección cuando era yo quien debía protegerla. Thomas Sutpen, su padre, mi cuñado, había marchado al morir mi hermana. Lo había hecho antes, era una constante en su vida, desaparecía durante largas temporadas sin decir nada. Juno se había quedado al mando de la plantación, con un centenar de esclavos y cientos de acres de tierra algodonera bajo su responsabilidad.

—Tu madre me pidió que no te dejara sola, y ahora que sé que tu padre no está mi obligación es ocuparme de ti. Espero que no te ofendas.

—No, claro, no me ofende. Vienes a instalarte aquí, en Sutpen Mannor?

Asentí con un leve gesto de mi cabeza y Juno me tendió sus manos. Las cogí y noté que estaban ásperas. O tal vez eran las mías que eran demasiado suaves?

Los ojos de Juno brillaron de un modo especial al coger mis manos. Era de una belleza extraña. No era guapa pero sí muy atractiva y sentí que me ruborizaba cuando sus carnosos labios me sonrieron mostrándome una hilera de dientes poco rectos pero blancos y recios como lápidas de mármol.

Juno me hizo pasar. Clite, su esclava, me miró con ferocidad. Era evidente que mi presencia la molestaba.

—Te agradezco que hayas decidido trasaladarte a vivir conmigo, tía Rossie — me dijo Juno entrando en la casa — me serás de gran ayuda.

Sentí un profundo alivio. Yo había esperado una recepción muy distinta. La verdad es que nos conocíamos poco. Yo había vivido siempre con mis padres en la ciudad. Papá tenía un comercio y a mí me habían criado apartada de todo mal o de toda influencia maligna. En los veinte años de vida habría visitado Sutpen Mannor en otras tantas ocasiones, el doble a lo sumo. Papá se horrorizaba de pensar que su hija mayor había casado con aquel demonio.

Cuando visitábamos Sutpen Mannor padre no venía. Íbamos mamá y yo. Recuerdo que mi cuñado, Thomas Sutpen, me causaba miedo. Era un hombre muy cruel y depravado. Mi hermana Helen se había enamorado perdidamente de él y se lo perdonaba todo. Yo me hacía cruces de que mi puritana hermana viviese en constante pecado. En Sutpen Mannor se sucedían los escándalos más graves de todo el condado y yo veía en Thomas Sutpen, el Coronel como gustaba que le llamaran, la representación misma del demonio.

—Por favor, llámame Rossie, tenemos prácticamente la misma edad — le contesté obviando que ella era cuatro años menor que yo.

Clite seguía mirándome a hurtadillas con desprecio. Yo sabía que Juno y Clite mantenían una relación muy especial. De hecho eran hermanas, al menos por parte de padre. Clite era una de las muchas bastardas que poblaban Sutpen Mannor, sólo que era muy especial a ojos de su padre pues fue el fruto del único amor del Coronel, amor de verdad teniendo en cuenta cómo era él.

Thomas Sutpen se presentó en Jefferson, de eso hará unos veinticinco años, yo ni había nacido aún, y llegó con una cuarterona que era su esclava, cien bolsas de oro y una recua de esclavos. Compró las tierras que hoy forman parte de la plantación Sutpen, construyó una magnífica casa, desbrozó los campos, cultivó algodón, trigo y maiz y crió caballos. En dos años era el hombre más rico de Jefferson y mi hermana, que era una niña de quince años, se enamoró perdidamente de ese hombre rudo y cruel.

Cuando Thomas Sutpen, seguido de su esclava mulata vino a casa a pedir la mano de mi hermana mi padre se negó en redondo a acceder pero mamá, que era una mujer práctica, vio la oportunidad de dar a una de sus hijas un casamiento que la situaría como la mujer más rica del condado. Papá era un calzonazos, mal me está decirlo, pero madre me lo ha repetido durante toda mi vida y siempre me ha dicho que gracias a ella nuestra familia podía codearse, ni que fuera gracias a su hija mayor, con las fortunas del estado de Mississipi.

Mi hermana Helen tuvo que soportar durante toda su vida compartir a su esposo con aquella esclava por la que él sentía auténtica adoración. Madre la odiaba pero estaba tan enamorada de su esposo que consintió incluso que la esclava durmiera con ellos, en el suelo, para cuando él tuviera necesidad de ella.

Helen se opuso al principio a la presencia de la cuarterona pero su esposo no le hizo caso. Mi hermana tragó por amor, y seguramente por miedo ya que el Coronel era un hombre al que no podía llevarse la contraria en nada que él hubiera decidido.

A veces, después de que él le hubiera hecho el amor a su mujer llamaba a su esclava para que se la chupase. Helen se daba la vuelta en la cama para no presenciar aquella humillación. Después él enviaba la cuarterona a dormir al suelo y a su vez se agarraba al cuerpo de su esposa y se quedaba dormido.

La esclava, la mulata llamada Nerea, quedó preñada y su amo se sintió el hombre más feliz del mundo. Mi hermana se sintió en su fuero interno como si fuese yerma. No había conseguido darle herederos en tanto que aquella odiosa esclava sí lo había hecho.

Nerea, la esclava mulata amante del Coronel, se mostraba sumisa con mi hermana pero Helen lo interpretaba como una burla. Helen vivió el embarazo de la esclava de su marido como un calvario. El Coronel la dispensaba de todo en aras a la salud de la criatura que llevaba dentro.

Helen estaba desesperada, creía que nunca le daría un heredero y se imaginaba que la Hacienda de Sutpen la acabaría heredando un vulgar esclavo, el hijo de aquella zorra que tenía hechizado a su esposo.

La providencia vino en ayuda de mi hermana. Muy cerca dar a luz la mulata, el Coronel Sutpen hizo uno de sus típicos fundidos por el foro, es decir, sencillamente desapareció. Nadie sabía a donde iba en tales ocasiones, sólo sabían que un día volvería y Helen supuso que lo haría tras el parto de su esclava.

Mi hermana, en su desesperación por verse superada por una vulgar esclava en la única faceta que se le exigía, la maternidad, ideó un plan. Tal vez no lo ideó, tal vez sólo actuó movida por un impulso superior. El caso es que una semana después de la desaparición abrupta del Coronel entró en su habitación. Nerea seguía durmiendo en el suelo de la habitación de los esposos. La mulata no se encontraba bien. Tenía vómitos y dolores. Una negra que hacía de comadrona le dijo al ama que el parto había empezado.

—¡Levanta perra! — le ordenó mi hermana.

Con ayuda de la negra llevaron a Nerea, medio doblada por los dolores que sufría, al patio trasero donde lucía erecto un poste de castigo, una columna de madera donde eran atados los esclavos a los que se azotaba.

Mi hermana ordenó a la negra que atara a Nerea. La negra miró dubitativa a su ama. Sabía que la mulata era un bien exclusivo del amo. Imaginó las intenciones de su ama y sintió miedo. El amo Thomas enloquecería si alguien azotaba a su preferida, pero Helen la miró con tal determinación que no dudó en obedecerla. Ahora el amo no estaba y no podía hacerle daño pero el ama Helen se lo haría seguro si no la obedecía.

Por lo que sé mi hermana había dado muestras sobradas de que podía llegar a ser muy cruel con los esclavos y la negra se dijo que no le quedaba otra que unir su suerte a la de su ama obedeciéndola en lo que ella dispusiera.

—El amo te despedezará si me azotas — amenazó Nerea a mi hermana intuyendo lo que ésta pretendía.

—El amo sabrá sólo que no has sobrevivido al parto — le contestó mientras desenrollaba el tremendo bullwhiper, el látigo más temido por los esclavos, un auténtico asesino capaz de partir de un trallazo el cuerpo de un bebé si sabía utilizarse, y mi hermana había aprendido a manejarlo en estos años que había pasado como señora de la Hacienda de Sutpen.

Recuerdo que en las pocas veces que madre y yo visitábamos a mi hermana en la Hacienda de Sutpen, ésta solía mostrarnos sus habilidades con el látigo mandando que le trajeran alguna esclava que aguardara ser castigada y ella misma la azotaba.

Al amo Thomas le gustaba presenciar cómo su esposa, Helen, casi una chiquilla, deshollaba las espaldas de los esclavos a latigazos y mientras lo hacía él se aliviaba en la boca de la mulata.

Yo quedaba muy afectada al ver con cuanta crueldad se mostraba mi hermana con aquellas infelices. Mamá me decía que no se trataba de crueldad sino de que con los esclavos había que ser muy duro.

El caso es que mi hermana se había convertido en una experta en el manejo del látigo y aquella mañana lo puso de manifiesto. Helen tenía diseñado un plan y estaba dispuesta a llevarlo adelante.

En el patio trasero sólo estaban la negra que hacía de comadrona, Nerea atada al pilón de castigos y mi hermana enarbolando el temible látigo de piel de buey. Helen comenzó a azotar a la mulata. Los golpes fueron cayendo pesada y certeramente abriendo las carnes de la esclava como si las hendiera con un cuchillo.

La negra controlaba de cuando en cuando las contracciones de la castigada y cuando el parto se desató así se lo advirtió a su ama. Helen dejó de azotar a Nerea y contempló el nacimiento de la criatura. Podía haber dejado parir a la mulata y después matarla pero quiso poner un toque melodramático a su plan. Hacer que pariera mientras la azotaba fue una especie de venganza por todas las humillaciones que había sufrido en su lecho matrimonial durante los últimos años.

Cuando la negra tuvo en sus manos el cuerpecillo negro de una niña todos, incluida la agonizante Nerea, se quedaron boquiabiertos. En buena ley, habiendo sida preñada por un blanco, la niña debería ser bastante clarita, sin embargo parecía un tizón.

Mi hermana sonrió mientras miraba alternativamente a la recién nacida Clite y su exhausta madre que continuaba atada por las muñecas a lo alto del pilón de castigo.

—Creo que tu amo me agradecerá que acabe contio, furcia — le escupió con odio a la mulata que juró que ningún negro le había puesto ni la mano encima ni la polla dentro de su coño.

—A veces ocurre esto, ama — le comentó la negra a mi hermana — he visto muchos nacimientos en mi vida, ama, y he visto nacer niños negros como el carbón de cuarteronas preñadas por los amos. Son cosas de la naturaleza — le previno la esclava a mi hermana por si acaso pensaba modificar su plan.

—Es cierto eso que dices negra? Si me entero que me mientes te haré hervir en sebo, desgraciada — la amenazó agriamente.

La negra se postró a los pies de mi hermana y besó sus botas para demostrarle que le era leal, diciendo con eso que jamás se le ocurriría mentir a su dueña.

Mi hermana meditó un rato. La negra, que tenía fama de ser la mejor comadrona del condado, tanto que incluso a veces venían de plantaciones vecinas para pedir que mi hermana la prestase a fin de llevar a cabo algún parto complicado. Tenía fama de leal y se sustentaría en su testimonio si surgían problemas con su esposo.

—Está bien, desata a la puta y le atas las manos a la espalda. Estírala en el suelo, boca arriba.

La negra obedeció y al poco una agotada Nerea gemía con las cicatrices sobre el áspero suelo del patio trasero. Mi hermana se acercó a la mulata para rematar la faena. Le puso la suela de la bota en el cuello y empezó a pisar. Helen pisó y pisó con todas sus fuerzas, con todo su peso.

Lentamente Nerea, que al principio se retorcía bajo el pie de mi hermana, fue perdiendo vigor hasta que quedó con los ojos salidos y la lengua amoratada atravesada fuera de la boca en un patético rictus de muerte.

Ordenó Helen que cavaran una tumba donde metieron el cuerpo de Nerea y ordenó a la comadrona que lavara a la niña recién nacida y se la trajera.

El Coronel regresó a la semana. Se encontró a mi hermana con un bebé negro en brazos, acunándolo. Helen se lo ofreció y lo consoló por la pérdida de su esclava.

—Fue un parto difícil, imposible. Pascagula — ese era el nombre de la esclava comadrona — hizo todo lo posible. Mandé llamar al médico de Jefferson pero el borracho ese no estaba en condiciones de abandonar el catre. Tampoco hubiera podido hacer nada por ella. La niña venía de culo. Mandé enterrarla en el jardín porque imaginé que te gustaría tenerla cerca. Aquí está su hija.

—Pero si es negra, es una negra del demonio — estalló lleno de ira y dolor el Coronel.

Mi hermana le habló con serenidad y suavidad. Le explicó una teoría medio cierta y medio inventada sobre los caprichos de la naturaleza y la genética y al final el Coronel lo aceptó.

Todo resultó más sencillo de lo que había imaginado. Su esposo había tardado poco en tragarse la historia pergeñada por mi hermana, que por otra parte era de lo más verosímil.

—Qué vas a hacer con la niña? La llamo Clite, te gusta?

El Coronel asintió. Parecía ido. Era evidente de que aquel desalmado amaba a su esclava mulata y había quedado muy afectado por su pérdida.

—Quieres quedártela? Quieres que viva? Ha salido muy negra… no sé… también puedo dársela a alguna familia de esclavos o la podemos vender…

—¡No! ¡Es mi hija! ¡La quiero aquí! — reaccionó casi con violencia.

—Está bien, dámela a mí. Yo me ocuparé de ella. Será como si fuese mi hija.

—Harías eso por mí?

—Sí… pero sólo si la pones a mi nombre.

Segundos después el amo Thomas rellenaba los documentos de propiedad de Clite a nombre de mi hermana.


Pasaron dos años antes de que mi hermana quedara en cinta. Durante ese tiempo cuidó de Clite como una buena madre. Le puso una negra de leche para que la alimentara y pasaba el día con la pequeña Clite en sus brazos. Cuando la niña comenzó a gatear buscaba los pies de su «mamá» y Helen dejaba que pasara horas abrazada a ellos. La pequeña se dormía a los pies de Helen y jugaba con sus zapatos como si fuesen muñecas.

Clite no hablaba. Ni siquiera gruñía, tampoco lloraba nunca. Sólo miraba con extraña fijeza el rostro de quien creía que era su madre y buscaba dormirse a sus pies. Helen le ponía la planta desnuda de su pie sobre la barriguita y la niña se quedaba dormida besándole los dedos con devoción.

Cuando Clite cumplió los dos años mi hermana Helen quedó embarazada. Clite adivinaba algo diferente. La alegría de la que creía su madre era desbordante pero no tenía que ver con ella. La niña fue viendo crecer el vientre de Helen y le gustaba apoyar en él su carita negra. Helen hacía planes para la hija de la puta como seguía llamando en privado a la difunta mulata de su esposo.

Nació Juno y hubo una gran fiesta en la Hacienda de Sutpen. A los esclavos se les repartió brandy para que bebieran a la salud y en honor de la nueva amita. El Coronel había olvidado del todo a la mulata y ya no hablaba de ella. Incluso Clite pasó a un segundo plano, probablemente por el hecho de nacer con la piel tan oscura ayudó a que no la viera como la hija de su amada.

El Coronel se acostumbró a ver a Clite siempre pegada a las faldas de su esposa e incluso le divertía esa obsesión de la pequeña negrita por estar a los pies de su esposa. En cualquier caso, sin renegar de la pequeña esclava, el Coronel era sumamente feliz con su hija legítima a quien cogía en brazos y le hacía parecer algo humano.

Clite miraba con curiosidad a la niñita blanca que ahora ocupaba todas las horas y todas las energías y todas las atenciones de su madre, de quien creía que era su madre. Helen daba el pecho a Juno e invariablemente Clite se subía a las rodillas de Helen para tomar de su otro pecho. Mi hermana se lo permitía porque le liberaba de la leche que le mortificaba los pechos.

El Coronel contemplaba feliz a sus dos hijas, la blanca y la negra, colgadas de los pechos de Helen que parecía una matrona serena y feliz a pesar de su juventud.

Después de que las dos niñas quedaran saciadas con la leche de Helen, Juno se quedaba dormida en los brazos de su madre y la pequeña Clite, que seguía sin hablar ni llorar ni quejarse, se bajaba al suelo, descalzaba a Helen y ésta le ponía los pies en la carita y el vientre. Clite se quedaba dormidita a los pies de su madre blanca.

El día que Juno dijo sus primeras palabras estaban en el salón las tres, Helen, Juno y Clite. «Mamá» fue lo primero que dijo Juno y como si un milagro hubiera acontecido Clite repitió la palabra mágica: «mamá». La mano de mi hermana salió disparada como un rayo y abofeteó la carita de Clite.

—No Clite, tú no debes decir «mamá», debes llamarme «ama» — le dijo Helen experimentando un placer sin igual.

Clite miró a Helen con esa mirada tan suya que escondía cualquier sentimiento y que seguía poseyendo a día de hoy. Se restregó la mejilla ardiente y besó la palma de la mano que acababa de golpearla.

—Vamos, dilo, di «ama» — la conminó Helen.

—Ama — dijo Clite bien alto y bien claro.

—Muy bien, Clite, ahora bésame los pies. Cada vez que tengas que hablarme o te llame a mi presencia me llamarás ama y me besarás los pies.

—Sí ama.

 Juno y Clite crecieron juntas. Ambas se sabían hijas del amo y Clite, que desconocía la historia de la muerte de su verdadera madre, consideraba a Helen como su mamá.

Clite no tenía una clara conciencia del momento que supo que su madre, Helen, era también su ama. Dudo que lo supiera el día que habló por primera vez y Helen le pegó para recordarle que no debía llamarla «mamá» sino «ama». Posiblemente fue con el transcurrir del tiempo, a medida que fue viendo las diferencias que habían entre ella y su hermana.

Cuando Juno llamaba «mamá» a Helen, Clite la llamaba «ama», cuando Juno recibía besos y abrazos Clite miraba desde un rincón con envidia y se conformaba con besar los pies de Helen. Cuando su padre, su madre y su hermana estaban sentados a la mesa ella tenía que servirles. Cuando jugaba con Juno Helen le pegaba si aquélla se quejaba de ella, cosa que sucedía a menudo dada la diferencia de tres años en la edad.

Día a día Clite aceptaba con mayor naturalidad que era una esclava entre otras cosas porque a pesar de tener una vida privilegiada comparada con las verdaderas esclavas de la plantación —su vida no tenía ni una décima parte de la dureza de las demás esclavas— no era igual que la hija blanca del amo y el ama: siempre había algún detalle que le recordaba que en definitiva era una esclava.

Nunca le dijeron que era esclava pero con el paso de los años Clite supo que eso era en realidad: la esclava de su madre, de quien ella creía que era su madre.

Llegar a esa conclusión no le produjo ningún trauma. Clite era de buen conformar y una niña que se entregaba de corazón. Aunque hosca era leal.

La vida de Clite transcurría entre jugar con Juno y obedecer las órdenes de su ama. Si Juno le daba órdenes, las que fuesen, también las obedecía sin que eso le causara el menor problema. Clite era obediente y sumisa de natural y tenía un feroz sentido de la lealtad.

Con el paso del tiempo la devoción que Clite sentía por Juno alcanzó cotas casi obsesivas del mismo modo que adoraba a su madre y ama. Y con la llegada de la adolescencia Clite se convirtió en el juguete sexual de Juno del mismo modo que la usaba su padre e incluso su ama, mi hermana Helen.

Para Clite, alma sencilla y leal, representaba un orgullo que los seres a los que amaba, su padre, su ama y su amiga Juno, la usaran sexualmente. Cuando yo llegué a sus vidas, ausente su ama que había muerto y ausente su padre y amo que se había dado a una de sus frecuentes desapariciones, Clite vivía entregada a hacer feliz a su nueva dueña — en el testamento mi hermana legó su esclava a su hija Juno — y debió temer de mí que pudiese separarla de su ser amado.

Por mi parte sentía cierta repulsa a las costumbres que, según los rumores esparcidos en Jefferson, se daban en Sutpen Mannor entre los que destacaban la vida licenciosa de sus propietarios. A mí me había llegado que mi sobrina vivía amancebada con su esclava y quieras que no mi educación puritana me empujaba a anatemizar aquel especial modo de interpretar la vida y las relaciones entre amos y esclavos.

Yo podía ser pobre, de hecho lo era, pero tenía muy claro que los negros debían estar en el último peldaño del escalafón social de nuestra peculiar civilización.

Podía entender que un amo humillara a su esclavo pero no que el esclavo disfrutase con la humillación y para mí, el que mi sobrina y su esclava vivieran amancebadas significaba que la negra aceptaba las condiciones que le imponía su ama, y por la manera de mirarme entendí que me odiaba porque yo podía ser una amenaza a su estilo de vida, por lo tanto amaba ese modo de vida.

Desde niña había visto a las damas ricas que venían a la tienda acompañadas de sus esclavas y me fascinaba ver cómo éstas las obedecían sumisamente. A veces entraba alguna mujer, especialmente joven, y si la relación con su esclava se me antojaba muy familiar entonces me sentía molesta. Me gustaba ver a las damas comportarse con altivez y arrogancia, aunque a la vez me apenaba cuando las veía pegar a sus esclavas.

Ciertamente no solían pegarles cuando venían a la tienda pero sí las amenazaban con lo que les harían al regresar a sus haciendas si se mostraban inquietas. Y es que la mayoría eran niñas y es muy difícil hacer que las niñas o los niños se estén quietos como estatuas.

Luego, en mi habitación recordaba las crueles amenazas que sufrían aquellas pobres desdichadas e intentaba reproducir en mi imaginación la suerte de castigos que les harían sufrir. Aquello me producía un placer morboso lo que a su vez me causaba remordimientos.

Una vez que estaba en la parte de atrás de la tienda —en el piso superior estaba nuestra vivienda— en un jardincito que se accedía desde la trastienda, me llevé un susto de muerte cuando vi a una niña negra mirándome fijamente mientras yo jugaba con mi pala y mi cubo a hacer un agujero en la tierra que luego sembraría con un hueso de melocotón porque quería plantar un árbol.

»—Qué haces? — me preguntó la niña negra.

»—Quién eres? Qué haces aquí? Cómo has entrado? — le pregunté temerosa dando un salto hacia atrás como para tomar distancia y protegerme.

Sentí aversión por aquella niña tan oscura. Sabía que siendo negra debía ser la esclava de alguna clienta. La niña se me acercó, creo que le fascinaba la pequeña pala de madera con la que cavaba mi agujero. Alargó su negra mano y lancé un grito aterrorizada, como si pensara que me la iba a quitar o a hacerme daño.

Inmediatamente apareció mamá en el jardincito seguida por una joven dama que resultó ser el ama de aquella esclava. Me arrojé en brazos de mi madre llorando y temblando. La joven dama echaba chispas por los ojos.

La esclava se dejó caer de rodillas, esperando con gesto fatalista el castigo de su dueña. Aquella resignación me hizo mojar las braguitas.

Su ama se plantó delante de ella de dos poderosas zancadas, la agarró con una mano por una oreja y con la mano libre empezó a pegarle bofetadas en la cara.

Mi llanto cesó de inmediato ante la visión de la paliza que recibía aquella negra que me había asustado de manos de su dueña. La joven ama le dio no menos de dos docenas de fuertes bofetadas. Le pegaba con toda su alma. La negrita lloraba en silencio.

Cuando la joven señora se cansó y la soltó tenía la oreja medio desgajada y la mejilla contraria hinchada a consecuencia de los golpes.

»—¡Tobi, Tobi…! — gritó la joven señora y al cabo apareció el rostro asustado de un enorme negro que  corrió a arrodillarse ante su señora. — ¡Llévate a Crisie al herrero, que le dé diez latigazos y que le corte esa oreja que medio le he arrancado!

»—Sí ama, seguro ama, seguro — respondió el gigante esclavo que parecía un toro arrodillado ante la menuda dama.

El esclavo se llevó de allí a la negrita que me había asustado y aquella señora se me acercó para consolarme mientras pedí perdón a mamá por haber dejado que la tonta de la negra me hubiese asustado.

—Lo siento mucho señora Coldfield — dijo la dama — no se puede dejar de vigilar ni un momento a esos animales. Pero no se preocupe, esa no volverá a hacer de las suyas en mucho tiempo — dijo en referencia al castigo que había ordenado.

En Jefferson, como en la mayoría de los pueblos del Sur el herrero, además de su oficio ejercía de vergudo para aquellas gentes que no querían mancharse las manos aplicando por si mismos los castigos a sus esclavos o no tenían quien lo hiciese por ellos.

Me sentí muy importante por el hecho de que aquella refinada señora hubiese castigado a su esclava por haberme molestado pero cuando media hora más tarde Tobi, el gigante esclavo, regresó a la tienda llevando de la mano a Crisie y vi cómo había quedado su espalda y su cara tras los latigazos y la mutilación tuve que marchar corriendo a mi habitación, confundida, abrumada, dolida conmigo misma por haberme vanagloriado de que por mí, una niña pobre, pero blanca y por tanto superior a ella, había sufrido un castigo espantoso.

Cuando miré a Clite con determinación la esclava de mi sobrina que se había mostrado altiva conmigo me aguantó la mirada. Juno le ordenó que cogiera mi equipaje y lo subiera a la habitación de invitados.




***




Juno me aceptó de inmediato. Yo había temido que me hiciera de menos. Aunque técnicamente era su tía yo no dejaba de ser alguien inferior a ella. Juno era la heredera de la Hacienda de Sutpen y era rica. Yo era una chica pobre y por tanto mi llegada podía ser interpretada como que buscaba beneficiarme del parentesco para cambiar mi estatus social.

No negaré que esa también era mi intención pero juro que lo que me movió fue cumplir la palabra dada a mi hermana en su lecho de muerte: «Ocúpate de mi hija, sólo te pido eso», me había hecho prometer.

¡Ja, aquello parecía un despropósito, como si yo, desvalida y pobre, que nunca había hecho nada por mí misma, que siempre había ido a remolque de mi madre, yo que podía sentirme inferior a la altiva esclava de Juno, tenía que ocuparme de una joven que a sus casi diecisiete años llevaba prácticamente ella sola una plantación con más de cien esclavos! Qué sin sentido… pero ahí estaba yo, dispuesta a honrar la memoria de mi hermana y su recuerdo.

—Así que mamá te hizo jurar que cuidarías de mí — me preguntó Juno cuando mandó a Clite a que subiera mi escaso equipaje a la habitación contigua a la suya y quedamos solas en el salón.

Sólo aquel salón era más grande que nuestra casa de la ciudad incluida la tienda. Me sentía abrumada por la enormidad de todo en Sutpen Manor. No estaba decorada con lujo pero los muebles se veían recios, solemnes. Por fuerza tenían que ser caros.

Juno se me acercó en el sofá y me puso su mano sobre las mías que mantenía modosamente sobre mi regazo. Me sonrió y me sentí enrojecer. Una turbación me mareó.

Pensé en las cosas que se decían en el pueblo sobre la vida de los Sutpen y no sé si desée conocerlas de primera mano o seguir montando supuestas orgías en mi fantasía infantil.

Estuvimos hablando un buen rato. Juno tenía una voz armoniosa y dulce, de esas que invitan a confiar en ella. Me preguntó sobre mi vida en la ciudad. Qué poco tenía que contarle.

Se dio cuenta pronto que me sentía violenta de tener que confesar que me sentía como una pueblerina a su lado y tuvo la delicadeza de cambiar de tema. Hablamos de su madre y de la mía.

Eso sí era un buen tema para mí. Yo adoraba a mi madre y por lo que vi ella adoraba a la suya, a la sazón mi hermana. Hablé por los codos. De repente mi timidez y mi vergüenza trocaron en soltura y confianza. Ni siquiera me di cuenta de la presencia de Clite en el salón.

La negra de mi sobrina había bajado las escaleras en silencio. Sus pies descalzos no emitían el menor ruido si ella no quería, y se situó en un rincón del salón, de pie, protegida por la débil sombra de la araña de cristal que pendía del techo sin encender —sólo se encendían los cabos de vela de las lámparas en noches de fiesta— y se acurrucó contra la pared camuflándose con el papel pintado del salón.

Cuando la conversación empezó a decaer Juno miró hacia un lado y otro y chasqueó los dedos. Clite abandonó su rincón y avanzó hasta situarse frente a mi sobrina.

—Imagino que habrás traído unas zapatillas para estar cómoda, no, Rossie? — no me llamó tía Rossie y aúnque se lo había sugerido yo misma me sentí como si perdiera la escasa autoridad que podía pretender sobre esa joven que de por sí mostraba más aplomo del que podría alcanzar a poseer yo ni viviendo diez mil años.

—Sí, claro, iré arriba a buscarlas y me cambiaré de calzado — respondí avergonzada, mirándome los viejos zapatos de tacón que había heredado de mi madre en tanto que Juno calzaba unas preciosas y lustrosas botas de montar que emergían bajo los pliegues de su falda.

—¡Oh, no, no debes preocuparte por esas pequeñeces, para algo está Clite, ella irá a buscarte las zapatillas y te las traerá. También te descalzará, te pondrá las zapatillas y después dará brillo a tus zapatos! — me dijo Juno haciendo que me sintiera importante por primera vez en mi vida — ¡Clite, ya has oído, las zapatillas del ama Rossie…, y te traes las mías… rápido!

—Sí mi señora — respondió sumisa y obediente la negra y marchó a buscar nuestras zapatillas.

Cuando vi a la altiva esclava que me había mirado con aquella ferocidad arrodillada a mis pies descalzándome los zapatos para ponerme las zapatillas experimenté una sensación que sólo recordaba de las veces que en compañía de mamá había ido a alguna de las casas de nuestras clientas ricas y podía ver con mis ojos cómo vivían.

Cómo envidiaba a aquellas mujeres que habían nacido para no hacer nada, para que todo se lo hicieran. El recuerdo más lejano de una sensación similar se remontaba a cuando, siendo una niña de unos cinco o seis años acompañé a mamá a casa de la esposa del gobernador, la señora Martins.

Ver a aquella enorme mujer vestida con vaporosas sedas apoltronada en su sofá y descansando sus grandes pero bien cuidados pies sobre el vientre de una niña esclava me conmocionó.

La señora Martins era una de nuestras asiduas clientas, mujer muy rica y caprichosa, voluminosa de cuerpo y de facciones agradables. Vivía en una mansión, la más grande de Jefferson, por lo que trasladarnos a su casa no nos suponía un gran desplazamiento, al contrario que con otras clientas que eran esposas e hijas de acaudalados plantadores lo que nos obligaba a hacer largos trayectos en carromato.

Recuerdo que me excitaba mucho cuando mamá me decía que debíamos ir a la mansión del gobernador a llevar las fajas y bragas que había comprado la señora Martins y que previamente madre había tenido que ensancharle.

Aquella mujer se desplazaba por su inmensa mansión en silla de manos que cuatro fornidos esclavos negros transportaban allí donde su ama decidiera desplazarse.

Si no se encontraba en su silla de manos descansaba en algún sofá, en una hamaca o en su enorme cama. Siempre tenía varias negras a su alrededor dispuestas a atenderla en sus menores caprichos.

La señora Martins tenía a su negra de los pies, una niña esclava que era la misma que vi la primera vez que estuve en su casa sobre la que descansaba sus pies descalzos.

Cuando llegábamos a su casa buscaba con la mirada a esa negrita y me sorprendía sintiéndome excitada cuando la veía callada y sumisa bajo los pies de su ama. Al llegar a casa no podía evitar rememorar la escena e imaginarme a mí misma en lugar de la señora Martins, aunque a veces, sin saber porqué en mis ensoñaciones a quien sustraía el puesto era a la negrita y entonces me estremecía porque desconocía qué significaba aquella antinatural desviación.

Clite me puso las zapatillas y fue a arrodillarse ante Juno. Le sacó las botas, le calzó las zapatillas y esperó arrodillada.

—Llévate mis botas y los zapatos del ama Rossie para lustrar, Clite.

—Sí ama.

Me sentí recompensada por toda una vida de ausencia de lujo y poder. En aquellos momentos mi sobrina me elevaba el estatus y me asemejaba a aquellas mujeres y señoritas, esposas e hijas de los ricos plantadores del condado a las que en compañía de madre llevaba sus compras en nuestra tienda y las envidiaba por su vida regalada, por tener esclavas que las obedecían con sólo mover los párpados o hacer un mínimo y displicente gesto con la mano.




***





Rápidamente fui aceptada por Juno, con naturalidad. Ella hacía su vida de la misma manera que la había hecho hasta el momento en que llegué yo. El que tuviéramos prácticamente la misma edad ayudó mucho a ello, y el natural modo de ser de Juno.

Mientras vivió mi hermana, la madre de Juno, madre y yo —padre por supuesto que no— visitamos poco la Hacienda de Sutpen a consecuencia de que papá no aceptaba al Coronel. Había incluso repudiado a Helen, su hija mayor y adorada por haber cedido al abrazo del demonio, como lo llamaba padre.

La fama del Coronel era tremenda. Yo oía historias que me ponían la piel de gallina a la vez que incitaban mi imaginación y me hacían desear pertener a su mundo, pero mi fragilidad emocional y lo poquita cosa que siempre me he sentido me impedían aceptar como cristiano lo que a todas luces no podía serlo.

En las veces que madre y yo viajábamos las doce millas que separaban Jefferson de la Hacienda de Sutpen yo pasaba por un calvario de contradicciones emocionales que me desarreglaban el cuerpo.

Me ponía enferma cada vez que regresaba de visitar la Hacienda de Sutpen pero no por lo que padre pensaba sino por que entraba en crisis con mis contradicciones entre lo que era y lo que desearía ser.

Una vez dado el paso, tras la muerte de mi hermana, de aceptar el reto que le juré en su lecho de muerte de proteger y cuidar de su hija, y después de vencer la ardua resistencia que mi conciencia me enviaba para impedirme hacer lo que no era correcto, me encontré que la vida en la Hacienda de Sutpen me gustaba.

Mi sobrina, a quien yo debía proteger, me asiló bajo su manto y yo me dejé abrazar como si fuese una niña débil que necesita del manto protector de un adulto.

Juno, mi protegida, se convirtió en mi protectora. Iba con ella a todas partes y eso me hacía sentir la ira de su esclava que parecía desear que yo desapareciese de sus vidas para recuperar a su dueña.

Juno se portaba muy bien conmigo. Ella hacía lo mismo que había hecho siempre con toda la naturalidad del mundo. No se privaba de hacer nada de lo que solía hacer por el hecho de estar yo allí y al hacer las cosas con naturalidad no me parecieron tan monstruosas.

Ella reinaba en la plantación sobre sus esclavos negros cual si fuese una Diosa sencilla. Los esclavos la temían y la adoraban a la vez y yo me iba enamorando de mi sobrina a medida que la veía reinar con sencillez.

Mi cuñado, el padre de Juno, el Coronel Sutpen, que en aquella época se hallaba de viaje, en una de sus frecuentes desapariciones de la plantación, era inmensamente rico pero a diferencia de la mayoría de los plantadores del condado no exhibía sus riquezas sino su poder y su hija, Juno, había heredado de él ese porte seguro pero sencillo. Juno emanaba poder con su sola presencia.

Juno trataba a los negros con familiaridad pero exigía de ellos devoción y sometimiento sin límites que debían demostrar en su relación con ella. Juno exigía que los esclavos, salvo a Clite, que se arrodillasen y le besaran los pies cada vez que se dirigía a uno de ellos.

Los negros, cuando ella los llamaba o ellos se tenían que dirigir a ella, se arrodillaban y le besaban los pies, sólo después de eso podían hablar o esperar sus órdenes. Y lo hacían con tal naturalidad que a mí se me antojaba como lo más normal del mundo, y ella recibía el sometimiento de sus esclavos con tal naturalidad que hacía que lo viera como algo intrínseco a la naturaleza de la relación entre ella, el ama, la diosa, la reina y ellos, los esclavos, los acólitos, los súbditos.

Durante las primeras semanas no iba a ningún lado si no era acompañada de Juno. Clite se convertía en nuestra sombra. Silenciosa, negra, furiosa. Acataba con devoción cualquier orden o deseo de su ama pero yo veía que sufría por mi culpa. No me hablaba con aquella negra, ni siquiera me atrevía a darle órdenes, era como si perteneciera por entero a mi sobrina, pero yo podía leer en su furia silenciosa que me odiaba.

Juno la ignoraba y a Clite no parecía importarle. Muchas veces me quedaba contemplando la extraña relación entre aquellas dos mujeres, una blanca y hermosa, el ama, la otra negra y no diré fea pero sí extraña. A pesar de ser hija de un blanco, mi cuñado, y una cuarterona, Clite, obedeciendo a las erráticas leyes de la genética, amaneció al mundo con una piel muy negra. Creo que eso era el estigma que la hacía someterse.

Clite consideraba que por ley natural ella había tenido que nacer casi tan blanca como su hermana y ama, pero el destino quiso someterla, afrentarla por el negro color de su piel. En aquella sociedad racista hasta la médula, el color de la piel determinaba la existencia de las personas.

El Coronel no parecía tener en cuenta que su hija bastarda hubiera salido negra como los demás negros de la plantación a pesar de que su madre era casi blanca.

Para el amo Thomas, la pequeña bastarda era alguien especial porque había habitado el vientre de la única mujer que había amado aunque fuese su esclava, por eso amaba también a Clite, pero también tenía claro que era una esclava, primero de Helen y después, por herencia, de su hija Juno.

A mí me fascinaba la relación que tenían mi sobrina y su esclava. Por las noches pegaba el oído a la pared porque de la habitación contigua, donde dormía Juno con su esclava, salían los gemidos más sensuales que jamás había escuchado.

Me ponía nerviosa escuchar los grititos de placer de la negra unas veces, de mi sobrina la mayor parte de ellas. Las oía jadear y decirse cosas. Oía sus cuerpos rozarse, revolcarse entre las sábanas de seda de la amplia y adoselada cama de Juno. Después, tras el climax, el silencio denso de la paz satisfecha. Luego una orden:  «Vete al suelo, Clite» le decía Juno y oía el ruido de los muelles del colchón gruñir mientras Clite abandonaba el lecho y el roce de su cuerpo al estirarse sobre el jergón que tenía siempre dispuesto a los pies de la cama de su dueña.

Yo me quedaba sentada en el suelo, la espalda contra la pared, sudada, con mis blancas piernas abiertas y mi mano dulce entre los pliegues de mi sexo, manchándome, amándome, sufriendo en silencio mi deseo tan deseado y nunca concedido.

A veces me inventaba una excusa para ir a la habitación de Juno cuando sabía que ya habían hecho el amor y una dormía en su cama y la otra en el suelo. Llamaba quedamente con los nudillos y esperaba a que Juno me autorizara a entrar. Juno tenía el sueño muy ligero y si dormía la despertaba al llamar.

—Qué pasa Rossie? Entra — me dijo desde la cama.

Yo entré. Las brasas del hogar que caldeaban la habitación también le daban una luz tenue y dramática que proveía a la estancia de un aspecto misterioso que me hacía estremecer. Juno se incorporó en la cama, me gustaba ver sus camisones de dormir, eran preciosos, de seda, de colores pastel, muy bonitos.

Siempre asomaba, o estaba a punto de asomar un pecho entre el cordaje que protegía el escote, un cordaje de seda provocativamente suelto, como suelto estaba su cabello que abandonaba en la noche la rigidez de sus peinados de día.

Entré descalza en la habitación y pude ver en la penumbra mal iluminada la furia en los ojos de Clite que me miraba desde el suelo, con odio y con desprecio. Era como si me pasara por la cara el que ella gozara del favor de su ama cuando sabía que eso era lo que yo más anhelaba en este mundo y a la vez temiera que usurpara su sitio de privilegio.

—No puedo dormir, tengo frío.

—Clite no ha encendido el fuego de la chimenea?

Me entraron ganas de decir que no, que lo había encendido mal a propósito para que se apagara haber si así castigaba a Clite, pero no me sentía capaz de hacer eso.

—Sí, pero no es de ese frío del que me quejo, es otro frío, el que se mete en el alma.

Juno me sonrió y a la escasa iluminación del cuarto pude ver el resplandor de sus dientes, algunos, unos pocos, torcidos, pero densos, duros, implacables y bellos, unos dientes por los que hubiera querido ser mordida, devorada.

Me senté en la cama y Juno me atrajo hacia ella. Me dejé estrechar en sus brazos. Sentí su aliento fresco y vi los ojillos rabiosos de Clite que no perdían comba de lo que pudiera ocurrir con mi llegada, con mi aparición repentina, pidiendo ayuda a gritos con mi actitud desvalida.

—Necesitas un machito? Podemos ir al poblado de los esclavos y volver con un negro joven que te caliente la cama. O tal vez preferirías una hembra?

Me puse roja como las brasas del fuego. Cómo podía hablarme de aquella manera? Ni  negué ni afirmé, sólo me acurruqué contra su cuerpo tibio y ella me abrazó con ternura. Clite seguía mirándome con odio desde el suelo.

Esa noche no pasó nada. Juno me hizo un sitio en su cama y dormimos abrazadas. Experimenté una pasión que me estuvo corroyendo durante muchas noches. Al alba me levanté. Clite estaba despierta y me miró desde el suelo. Pasé por su lado temiéndola y me fui a mi habitación a oler el aroma que Juno había dejado en mis manos y en mi camisón.




***




Habían pasado seis meses desde mi llegada a Sutpen Manor. Poco a poco había ido ganando confianza en mi misma gracias a la actitud protectora y tierna de Juno hacia mí. Yo, que la tenía que proteger, había caido por entero bajo su custodia, bajo su amantísimo abrazo.

Era domingo. Juno y yo estábamos desayunando en la cocina. Clite nos servía, en silencio, sin dejar de mirarme torvamente. Ya me había acostumbrado a la presencia feroz de la esclava aunque seguía produciéndome inquietud, cosa que no me había atrevido confesar a Juno.

—Has lustrado mis botas como te dije, Clite? — le preguntó Juno a la esclava.

—Sí ama.

—Pues a que esperas a ponérmelas. Ve a por ellas, rápido.

—Sí ama.

Cuando Clite salió de la cocina Juno me sonrió mirándome por encima del borde de la taza de té que estaba tomando.

—Tu presencia la tiene transtornada, Rossie — me dijo.

Abrí los ojos fingiendo sorpresa. Juno me sonrió.

—Creo que teme que le quites el sitio.

—Que me convierta en tu esclava?

—¡Jajajajajaja… no, eso no… que te conviertas en mi amante!

Por un momento pensé que iba a decir que sí, que Clite tenía miedo de que ocupara su lugar de manera total, es decir, que me convirtiera en su esclava y me sorprendí mojando la entrepierna.

Creo que mis pensamientos se reflejaron en mi rostro porque Juno levantó una ceja y se me quedó mirando con extrañeza.

—Te gustaría ser mi esclava acaso, tía Rossie?

—No, no, no… claro que no… qué tontería — respondí medio tartamudeando por la impresión de oír mis pensamientos en su boca.

Los silenciosos pasos de Clite reclamaron nuestra atención. Llevaba las altas botas de montar de Juno en las manos. Se arrodilló y las mostró a su ama. Juno las examinó mientras seguía tomando el té.

—Bien, pónmelas — le ordenó volviendo a mirarme.

Clite casi tuvo que meterse bajo la mesa de la cocina para calzarle las botas a mi sobrina. Tardó más de la cuenta por lo difícil de su postura pero al fin salió airosa y con la satisfacción reflejada en su bonito rostro negro.

—Estás preparada, tía Rossie? — me preguntó.

Me la quedé mirando interrogativamente. No tenía ni idea de a qué se estaba refiriendo.

—Para qué?

—El castigo de Perla y sus hijos… no lo recuerdas?

La sangre se me heló en las venas. Lo había olvidado. Entonces caí en la cuenta porqué Juno había querido que sus botas relucieran más que nunca. Era uno de los símbolos más fuertes en la liturgia de la relación de los amos con sus esclavos., especialmente a la hora de castigarlos.  El caballo, el látigo y las botas eran los símbolos del poder absoluto de los amos sobre los esclavos.

De pequeña siempre me había preguntado porqué algunas de esas señoronas gordas y adineradas calzaban altas y relucientes botas cuando parecía del todo imposible que pudiesen montar sobre un caballo, como mucho entre varios esclavos las transportaban en sillas de mano. Madre me explicó que se debía a que los negros asociaban las botas de los amos con su enorme poder sobre ellos.

—Fíjate que todas, sin excepción, se hacen besar las botas y los pies por sus esclavos. Es una manera de recordarles cual es su sitio, cuánto es el poder que ellas tienen sobre ellos — me explicó madre.

Juno me miró con una sonrisa. Noté que me flaqueaban las piernas por dos motivos, el primero porque no sabía si sería capaz de aguantar el ver cómo eran castigados Perla y sus hijos y el segundo porque cada vez se me hacía más evidente que me estaba enamorando de mi sobrina, y esa sonrisa suya me producía tanto placer como escalofríos.

—Qué pasa Rossie? Ya lo habías olvidado? Te recuerdo que fuiste tú quien se quejó de Perla.

—Sí, claro que lo recordaba… solo que…

—Solo que qué… — volvió a sonreírme con aquella expresión tan dulce que me hacía subir el rubor a las mejillas y me notaba cómo me ardía la cara.

—Bueno… pensaba que tal vez… en fin… el otro día estaba de mal humor… y claro… no sé… tal vez no fui ecuánime a la hora de contarte lo que había hecho la hija de Perla… tal vez exageré un poco…

Juno me cogió la mano entre las suyas y sentí un calambrazo recorrer todo mi cuerpo, de la cabeza a las puntas de los pies. Se inclinó un poco hacia delante y me miró frunciendo ligeramente el entrecejo, poniéndose todavía, si eso era posible para mí, más hermosa.

¡Dios mío, me estaba derritiendo ante su mirada!

—Y…? — fue lo único que respondió medio burlona ante mi retahíla de incongruencias.

—Pues que podrías perdonarla.

—Ni hablar — me contestó secamente, apartando sus manos de la mía e irguiéndose como un palo de escoba — una vez se le ha dicho a un esclavo que se le va a castigar se le castiga y punto. No hacerlo indicaría una señal de debilidad. Apréndete esto, tía Rosse, con los esclavos no valen las sensiblerías. Llevo una plantación de más de cien esclavos… ¿cómo te piensas que logro mantener la disciplina? Desde luego no mostrándome débil o dubitativa a la hora de azotarlos. A mí también me gusta Perla y también sus hijos, pero no voy a hacer ninguna excepción. Perlita te ofendió y pagarán su madre y todos sus hermanos, es la ley.

Asentí avergonzada de que una chiquilla, porque a mi sobrina la seguía considerando una chiquilla a pesar de que tuviera los arrestos de los que yo carecía, me diera lecciones sobre cómo gobernar a unos infelices esclavos que se desvivían por agradar a sus amos so pena de sufrir crueles castigos.

—Está bien, Juno, tú mandas — accedí.

—Clite, trae a Perla y sus hijos. Muéstrate bien cuando vengas con ellos, que todos sepan que van a ser castigados — recomendó Juno.

Yo temía cual iba a ser el castigo que Juno iba a aplicar. Cada vez que de pequeña venía con mamá a visitar a mi hermana invariablemente ese día había un castigo u otro. Helen, que cuando se casó a los quince años con el Coronel, era tanto o más mojigata que yo ahora, había acabado adaptándose a lo que su esposo esperaba de ella.

Mi hermana mostraba absoluta indiferencia por el sufrimiento de los esclavos, igual que veía ahora comportarse a Juno. Helen solía recibirnos en el jardín, donde nos servían té y pastas. Varias esclavas aguantaban el cenador hecho con parasoles para que estuviéramos más cómodas y mi hermana impartía justicia como si fuese una reina sentada en su sillón del jardín, de madera blanca, dictando sentencias en lo que ella llamaba «justicia pública, o justicia de plantación» que quería decir que sancionaba las faltas y mandaba ejecutar los castigos al instante y en presencia del resto de esclavos. Normalmente los «ajusticiados» eran esclavos domésticos.

A mamá perecía no importarle presenciar aquellos espantosos castigos que imponía su hija mayor, mi hermana, incluso creo que se sentía orgullosa, pero yo, nada más escuchar los primeros alaridos, me alejaba corriendo y llorando hacia el interior de la casa grande.

Más de una vez, en mi huida, había tropezado con, por aquella época, pequeña Juno que se entretenía jugando con Clite, su hermana y esclava. A Juno parecía no molestarle los alaridos que llegaban del patio y seguía con sus cosas como si nada.

En una de esas ocasiones en que huí del jardín dónde estaban rompiendo los brazos a un esclavo por orden de mi hermana, me metí corriendo en la biblioteca, el primer sitio que me pareció que podía esconderme y evitarme aquel deleznable espectáculo.

No me di cuenta hasta que oí un gemido. La habitación estaba en penumbra porque las luces estaban apagadas pero llegaba claridad a través de las persianas entornadas que daban al jardín. Dejé escapar un respingo y busqué con la mirada el origen de aquel gemido que indicaba claramente que no estaba sola allí.

—Acércate, pequeña, no temas — oí una voz ronca que seguí sin localizar.

De detrás del amplio respaldo de un sillón de cuero orientado hacia el ventanal medio protegido por las persianas entornadas vi moverse una mano que sostenía un cigarro puro de cuya brasa ascendía una azulada columna de humo.

De buena gana hubiese huído de allí pero la voz, masculina y grave, había captado mi curiosidad. No podía ser de nadie más que del Coronel Thomas Sutpen.

—Ven, no temas, ven con tu cuñado — me dijo sin que entendiera el significado del título de parentesco que me daba.

Me acerqué casi de puntillas, sin hacer ruido. La respiración me iba acelerada. Estaba asustada. Aquel hombre me daba miedo, pánico. Sin embargo en lugar de salir corriendo me acerqué al sillón, lo rodeé y me puse frente al hombre del cigarro.

El Coronel Sutpen tenía el pantalón bajado, arrugado sobre sus altas botas. En medio de sus muslos separados estaba arrodillada una esclava negra que le lamía el erecto miembro. Me llevé una mano a la boca al darme cuenta de qué era lo que hacía la esclava pero la ferrea mano del Coronel me había tomado de la muñeca y me asió con firmeza.

—No tengas miedo. No es más que una esclava. Me está dando placer. Te gustaría ocupar su lugar? — me preguntó con un tono de voz meloso.

Negué de manera imperiosa con enérgicos movimientos de cabeza y el Coronel Sutpen soltó una risotada que me hizo estremecer. Me acarició con la mano entre cuyos dedos sostenía el cigarro puro y sentí el calor de la brasa cerca de mi cara.

—Quédate a hacerme compañía. Contemplaremos los dos juntos cómo tu hermana castiga a los esclavos.

Me quedé tiesa a su lado, sintiendo un miedo atroz. Temblaba, quería marcharme pero era incapaz de desobedecer el deseo de aquel hombre que me aterraba.

—Te gusta ver cómo castigan a los negros, Rossie? — me preguntó en el momento que un alarido amortiguado atravesó los cristales del ventanal de la biblioteca.

Miré a través de las persianas entornadas y vi al esclavo al que mi hermana había decidido romper los brazos con el rostro desencajado por el dolor. Una de las feroces negras que aplicaban el castigo siguiendo las órdenes de mi hermana acababa de pisar el brazo partido por el codo del joven negro.

—Di, te gusta?

Negué de nuevo aunque sin la misma vehemencia que antes.

—A tu hermana tampoco le gustaba demasiado cuando vino aquí… y mírala ahora.

Mis ojitos infantiles miraron al amo Sutpen. He de reconocer que el terror que me había causado hasta ese momento la sola visión de ese hombre se estaba convirtiendo en fascinación. Tenía un rostro duro pero hermoso. Su barriga, que por entonces empezaba a ser prominente, subía y bajaba por efecto de la respiración acelerada que empezaba a apoderarse de él.

—Sujeta el cigarro, niña — me dijo con la voz algo entrecortada.

Cogí con asco el enorme y humeante puro por el extremo húmedo y mordido y acto seguido me fijé en la esclava que seguía arrodillada entre sus lechosos muslos. La cabeza de la sirvienta negra se movía arriba y abajo lentamente. Entonces me percaté que estaba totalmente calva. No tenía ni un pelo en su cabeza monda. En el cráneo se veían unas ronchas brillantes.

—Apóyale la brasa en la cabeza, pequeña — oí la voz trémula del amo Sutpen a la vez que su enorme mano me empujaba hacia su entrepierna.

Cuando apoyé el cilindro incandescente en la calva escuché un leve chisporroteo y el olor a quemado llegó casi instantáneamente a mi nariz. La esclava gimió pero no gritó, sólo sacudió la cabeza para evitar la quemadura, pero sin soltar la enorme polla de su amo y al hacerlo me di cuenta de que aumentaba el jadeo de él.

Yo estaba horrorizada. Estaba quemando a aquella chiquilla y lo hacía como una autómata. Iba a retirar mi mano pero la más fuerte del amo Sutpen me agarró la muñeca y me obligó a mantenerla donde estaba, sobre la cabeza calva de la negra, con la brasa del puro lacerando su piel cruelmente.

Cuando el amo Sutpen eyaculó me liberó la mano y la retiré asustada. Miré el rostro del Coronel y vi en sus facciones relajadas el efecto del placer que acababa de experimentar.

El amo Sutpen, que tenía los ojos entrecerrados los abrió y me miró. Me sonrió y antes de que pudiese hacer nada me arrebató el cigarro puro que seguía sosteniendo en mi mano asustada.

La esclava seguía amorrada al pene de su dueño, solo que ahora no movía la cabeza, estaba quieta. Del jardín seguían llegando alaridos. Ya no era el muchacho al que habían roto un brazo, ahora era una negra a la que estaban azotando los pechos. Vi a madre que sonreía ante el sufrimiento de la esclava y mi hermana concentrada —era ella la que manejaba la larga vara de bambú forrada de cuero— en acertar en las aureolas de los pezones.

—Puedes irte si quieres, pequeña. Ahora voy a mear y prefiero estar solo — me dijo poniendo ambas manos sobre la cabeza de la esclava que seguía con su polla en la boca.

Salí de la biblioteca absolutamente conmocionada por lo que había visto y por lo que me habían obligado a hacer. Me crucé con Juno y su esclava que seguían jugando tranquilamente mientas del jardín seguían llegando los gritos de la castigada.

La llegada de Clite seguida por Perla y sus hijos me devolvió a la realidad. Estábamos bajo el cenador que sostenían varias esclavas en el patio. Juno tenía en su mano un látigo al que daba vueltas en sus manos como calibrando la cantidad de dolor que podía arrancar a los temerosos esclavos que se habían arrodillado ante ella.




***



Casi hacía un año que vivía con Juno en la plantación Sutpen. Ya no tenía la menor duda de que estaba enamorada de mi sobrina. No se lo había dicho ni lo haría bajo ningún concepto, me moriría de vergüenza, Juno me daba miedo. El mismo que me producía su padre.

Quiero pensar que el temor que me producía se debía a que a su lado me sentía poca cosa. Yo era cuatro años mayor que ella y para cualquier observador externo le parecería evidente lo contrario, es decir que ella ostentase el ser la mayor de las dos. Era más alta que yo, más fuerte, más mujer, más segura.

A veces sentía vergüenza de mí misma cuando veía que los esclavos la temían tanto como a su padre en tanto que yo no inspiraba el menor temor ni a los más pequeños. Sólo había que verla con qué decisión, con qué talante enfrentaba el menor problema. Si éste era de disciplina adoptaba las medidas con aplomo y seguridad y no se dejaba enternecer por las súplicas de los esclavos.

En ocasiones me estremecía al verla decidir castigos inhumanos sin que se alterase mínimamente su bello rostro. No albergaba el menor sentimiento de piedad cuando daba órdenes que sabía causarían gran dolor a los esclavos si con ello satisfacía sus propias necesidades o su vanidad.

Una vez, era pleno invierno, estábamos en el interior de la casa, era por la tarde, hacia las seis, el sol se ponía. Hacía un frío del demonio. Juno y yo estábamos sentadas juntas en una gran butaca y cubiertas por una manta. He de decir que yo me hallaba en la gloria por cuanto la cercanía de Juno me hacía estremecer de placer.

Clite avivaba el fuego del hogar y nos lanzaba miradas cargadas de envidia. Hacía un año que estaba en Sutpen Mannor y era evidente que la esclava personal de mi sobrina me odiaba. El día antes me había atrevido a decirle a Juno lo que pensaba de Clite, y ella se rió de mí aunque me confirmó que también había notado la furia contenida de su esclava cuando yo estaba cerca.

—¡Ronda! — gritó Juno de repente.

Ronda era una de las esclavas de la cocina. Iba siempre cargada con uno de sus pequeños. Juno la llamaba «la coneja» por la facilidad que tenía la negra de quedar preñada.

Al poco entró en la sala la esclava. Cogida a su descolorida falda una de sus hijas pequeñas, desnuda como vino al mundo y colgando de un fardo atado a la espalda su último bebé, un machito cercano al año, muy pequeño, muy poca cosa.

Ronda se arrodilló ante nosotras que bajo la manta parecíamos una.

―Tengo hambre… cuanto falta para la cena?

—Media hora, ama.

—Espabila.

—Sí ama — respondió Ronda mientras se ponía en pie penosamente.

A mí seguía fascinándome que Juno obligara a sus esclavos a arrodillarse cada vez que los llamaba a su presencia y si no le había besado los pies era sencillamente porque los tenía bajo mis muslos, para que les diese calor, cosa que me agradaba mucho.

—Espera, dale el pequeño a Clite — ordenó Juno.

Ronda se volvió y miró a los ojos directamente a mi sobrina pero al instante los bajó, sometida. Por un momento me pareció ver una reacción de odio en los ojos de la esclava. No entendía el  motivo, pensé que era instinto materno de protección, pero también pensé que era una reacción exagerada por parte de la esclava, dudaba que Juno fuera a hacerle algo malo al bebé.

Clite no le dio tiempo a la esclava a moverse cuando ya le había arrebatado el retoño. El niño se encontraba en brazos de Clite y ésta se lo llevó a su pecho en un gesto muy maternal.

—Vuelve a la cocina, Ronda, si la cena no está en media hora ve despidiéndote del bebé — la amenazó Juno.

Ronda marchó a paso vivo. Miré a Juno, inquisitivamente. Me parecía una bajeza tomar al pequeño de rehén y así se lo dije.

—No seas tonta, es una forma de estimularla, a las esclavas hay que darles motivos para trabajar deprisa y bien y no siempre puedo usar el látigo — se rió Juno con esa risa cristalina, mostrando sus blancos dientes de los que alguno estaba ligeramente torcido y le daban un aspecto curioso.

—Pero vas a pegar al pequeño si Ronda se retrasa? — insistí.

—Que no, ya te lo he dicho. No quiero al niño para eso.

—Y para qué lo quieres?

—Para la noche.

—Para la noche? — repetí la frase en forma de pregunta.

—Sí, para que me caliente los pies en la cama. ¡Clite, acércame al niño!

La negra se acercó y se arrodilló ante nosotras presentándole al pequeñin. Juno lo tocó con su mano en el vientre.

—Está frío — dijo.

Yo alargué un brazo que había sacado de debajo de la manta y toqué también la cabecita del niño. Frío no era la palabra, pero desde luego no estaba caliente.

—Y cómo va a calentarte los pies?

Juno me sonrió y me miró con lascivia.

—Lo pondré al fondo de la cama y le pondré los pies encima, pero como hace mucho frío tú me calentarás las tetas… querrás dormir conmigo esta noche, tiíta… hace tanto frío…

Pensé que me iba a desmayar. Me ruboricé como una tonta. Clite me miró con tanto odio que noté su mirada quemando mi piel. Juno también se dio cuenta y lanzó una de sus típicas carcajadas al aire.

—Desnuda al pequeño, Clite — le dijo Juno.

La silenciosa negra obedeció y los trapos que envolvían al pequeño esclavo acabaron alimentando el fuego que ahora crepitaba.

—Desnúdate tú también Clite. Y sal fuera, con el niño. Carga un cubo de agua del pozo y se lo echas por la cabeza al niño. Luego te echas uno tú por encima. Quiero que estéis los dos empapados. Y te quedas delante del ventanal, quiero veros.

Clite ni siquiera se quejó. Yo miraba a Clite, al pequeño, a Juno y a nadie más porque no había nadie más. No entendía nada. Con el frío que hacía. El sol se había puesto y estaba helando.

Clite abandonó el salón totalmente desnuda cargando el cuerpecillo del bebé también en cueros. Escuché el aire gélido cuando abrió la puerta y me estremecí arrebujándome bajo la manta. Luego el ruido del cerrojo al cerrar y giré la cabeza para mirar por el ventanal que daba al patio.

Clite, desnuda, caminó hacia el pozo. Sin soltar al niño echó el balde al interior y lo izó con una mano. Dejó al esclavo en el suelo y terminó de sacar el cubo cargado de agua helada. Lo vació sobre el pequeño que gemía por el frío y se puso a llorar al sentir la helor del agua sobre su piel desnuda. Luego volvió a cargar un nuevo balde que se arrojó por encima.

La esclava de mi sobrina cogió al pequeño y avanzó con él en brazos hasta situarse delante del ventanal que daba al salón. La oscura mirada de Clite nos observaba con terquedad mientras Juno y yo la veíamos desde el otro lado, desde el interior de la casa, en la comodidad de la gran butaca, tapadas con la manta y acariciadas por el calor del fuego del hogar.

—¡Por qué has hecho eso! — le grité más que le pregunté a mi sobrina que ahora había modificado su postura, apoyando la espalda en el alto brazo del sillón para poder mirar hacia el patio y había sacado los pies de debajo de mis muslos y me los había puesto encima. — ¡Por Dio, Juno! ¿es que no ves que se van a helar?

Juno me sonrió y movió los dedos de sus pies tocándome el muslo sobre el que se posaban.

—El niño estaba frío — se limitó a contestar.

—¡Y cómo esperas que esté después de mandarlo desnudo a fuera y echarle un cubo de agua del pozo que debe estar a punto de escarcha!

—Tengo los pies fríos, tía, y tú también. El pequeño nos los calentará.

—¡Pero si va a coger una pulmonía! — repliqué.

—Eso espero — y volvió a mirarme con esos ojos que me desbordaban de lujuria.

Entonces lo entendí. Lo entendí y me horroricé. No podía ser. Aquello subvertía todos los órdenes humanos. Aquello era la máxima expresión del poder absoluto, era la vinculación del poder al mal, era la banalización del mal.

—Y Clite? La vas a usar también para que te caliente los pies?

—Nos caliente, tiíta, que tú dormirás conmigo esta noche y te aprovecharás de la febrada del pequeño. No. Lo de Clite es un castigo. Esta noche no dormirá. La pasará de pie, encadenada por el cuello, mirándonos. Será una mala noche para ella.

Ronda entró con el puchero de sopa humeante y paró la mesa. Buscó a su pequeño y no lo vio. Buscó a Clite y tampoco la vio. Ronda comenzó a ponerse nerviosa. Juno la contemplaba sin decir nada, disfrutando de la angustia que se iba apoderando de la esclava.

—Ama — susurró Ronda mientras terminaba de poner la mesa y mirando hacia todos lados con los ojos a punto de salírsele de las órbitas.

Yo me escondí con la manta. Aquel juego de Juno me parecía una cruel infamia. La pobre Ronda estaba angustiada porque no veía a su bebito por ninguna parte, y casi mejor que no sepa donde está, pensé para mí.

—Ama — volvió a susurrar la angustiada madre.

—Ya te he oído antes Ronda, no vuelvas a llamarme o te azotaré. Aún no has aprendido cómo debes dirigirte a tus amos?

La joven esclava, pues no debía tener más de veinticinco años aunque parecía una vieja, dejó la mesa y se acercó al butacón que ocupábamos mi sobrina y yo. Juno levantó la manta y sacó sus bien torneadas piernas girando el culo para sentarse recta pero dejando los pies descalzos ligeramente en el aire.

—Las manos al suelo, Ronda — ordenó Juno.

La esclava apoyó el dorso de ambas manos juntas en el suelo dejando las palmas abiertas mirando arriba. Mi sobrina entonces le apoyó las plantas de los pies sobre las manos.

Me fijé en los pies de Juno. Eran preciosos. Estaba enamorada de sus pies. A veces me sorprendía soñando que era su esclava y tenía que besárselos. No eran unos pies menudos, eran más bien grandes aunque proporcionados, con dedos grandes y uñas grandes que brillaban gracias a que Clite cada día se las cuidaba con clara de huevo que le aplicaba con un algodoncito uña a uña.

Los pies de mi sobrina se veían blancos y sus plantas ligeramente sonrosadas. Juno se inclinó hacia delante y apoyando los talones sobre los dedos de la esclava levantó ligeramente los pies. Fue como una invitación. Ronda se inclinó y pasó la lengua por debajo de los bonitos dedos de los pies de mi sobrina.

—Cómo están mis pies, Ronda?

—Buenos ama.

—Te he preguntado cómo están no si te gusta su sabor.

—Fríos, ama.

—Exacto. Tu hijo se está calentando ahí afuera, con Clite.

Ronda levantó la cara y miró a través del ventanal cuyas cortinas y persianas estaban abiertas y podía verse fuera gracias a la luz interior que iluminaba un par de metros del patio, justo donde Clite y el pequeño tiritaban muertos de fríos, helados, desnudos, el cuerpo chorreando de agua del pozo que se les congelaba en la piel.

Ronda soltó un grito. Un grito de angustia al ver a su pequeño al que no oía pero podía ver llorar mientras su cuerpecito temblaba y Clite, a quien le castañeaban los dientes, intentaba hacer entrar en calor frotándole la espalda con su mano que pasaba en círculos y arriba y abajo friccionándolo, aunque sin conseguir apenas resultados debido a que la temperatura en el exterior debía estar ya por debajo de los cero grados.

—No grites Ronda, sabes que me molesta que los esclavos griten.

Ronda calló como por ensalmo. Se volvió hacia mi sobrina que la contemplaba desde arriba como si mirase a un perro. Me estremecí. Cada vez que veía a Juno comportarse como una tirana, como una déspota se me rompían los esquemas.

Por mi naturaleza apocada no soportaba la visión de castigos y sufrimientos pero cuando era Juno quien los provocaba me dejaba arrastrar por un sentimiento de devoción capaz, no solo de justificar los actos más crueles que ella llevara a cabo sino de experimentar placer viéndola convertida en una Diosa.

—El niño está tomando calor, Ronda, aunque a ti no te lo parezca. Se está preparando para calentarme los pies a mí y al ama Rosse esta noche en mi cama.

Ronda boqueaba. No entendía nada. No sabía qué decir. No podía decir nada según las leyes de Juno, que eran las leyes de mi hermana, que eran las famosas «Leyes del Ama» que regían la vida de los esclavos de cada plantación.

Abatida y resignada, Ronda besó los pies de Juno y cuando ésta los regresó bajo la manta, sobre mis muslos, se levantó y terminó de preparar la mesa.

Cenamos en silencio. Nos colocamos de manera de poder ver a Clite y al pequeño congelándose desnudos en el patio. Apenas pude probar bocado. Por mucho que la crueldad de Juno me fascinara no tenía estómago para ver el sufrimiento que producía. Aun odiando a Clite me daba pena ver cómo su cuerpo temblaba como un saco de huesos vapuleado.

Tras la cena regresamos al sillón y nos acomodamos bajo la manta para estar calentitas, lo que hacía que la visión de los dos esclavos que estaban fuera tiritando resultara más impactante.

Cuando Juno decidió que era hora de irse a la cama se levantó, se calzó las botas que estaban tiradas en el suelo y echándose la manta sobre los hombros salió al patio. Segundos después Clite y el niño entraban en la casa. Juno cogió al bebé. Estaba moradito. A pesar de ser negro su piel había cogido un tono azulado y sus ojitos estaban vidriosos.

—¡Uff, está helado! — comentó Juno acercándose a mí con el niño en brazos, como si pudiera estar de otra manera — Clite, sube arriba, nos vamos a dormir.

Clite temblaba como si sus músculos tuvieran vida independiente de sus huesos, de su cuerpo. Me levanté del sillón y me puse los zapatos. Estaba medio desnuda y sin la manta, a pesar de que el ambiente estaba caldeado, tenía frío.

Subimos a la habitación y dejamos a Ronda sollozando. Creo que había comprendido el juego de su ama, el cruel juego de su ama. No volvería a ver nunca más a su niño con vida. El corazón se me encogió pero seguí a mi sobrina por las escaleras, admirando sus caderas, su culo y sus piernas mientras subía con la elegancia de una dama, una característica que no sabía de dónde la había sacado, salvo que la heredara de su madre, mi hermana, que toda la vida se había sentido una señora en mayúsculas, una dama.

Cuando llegamos a la habitación de June me invitó a pasar con una mirada sensual. Mi habitación era la contigua. Cuantas veces me había pasado las horas escuchando con la oreja pegada a la pared que separaba ambas habitaciones para escuchar los gemidos que Clite arrancaba de su dueña por las noches.

Juno dejó al niño sobre la cama. Se quedó inmóvil. Parecía muerto pero no lo estaba. Se sentó en el banco de delante de su cama y golpeando levemente con la palma de la mano a su lado me invitó a tomar asiento junto a ella.

—Venga Clite, desnúdanos. Cuando estemos en la cama nos pones al niño en los pies y tú bajas la cadena del techo y te la enganchas al collar. Pasarás la noche de pie. Como he visto que te gusta mirar con rabia tendrás toda la noche para hacerlo, porque haremos el amor…

Se me saltó el corazón cuando escuché las palabras de Juno. Clite no dijo nada, nunca decía nada, al menos cuando yo estaba presente. Se arrodilló y nos descalzó, nos desnudó y nos puso el camisón de dormir. Luego Juno y yo nos metimos en la cama y Clite tomando al pequeño que parecía estar más en el otro mundo que en éste lo metió dentro de la cama a nuestros pies.

—Ponle los pies encima, tiíta — me dijo Juno que ya lo había hecho — verás qué maravilla.

Tenía las piernas recogidas por el frío y empecé a desplegarlas hasta que con las puntas de los pies noté que tocaba un bracito del niño. Los retiré al acto. Me había quemado.

—¡Jajajajajaja! — la risotada de Juno casi me hirió.

—A que parece que quema…? Es la fiebre. Debe estar a más de cuarenta grados. Es como una estufa — se rió Juno y me besó.

Volví a acercar los pies con miedo al cuerpecito hirviendo del esclavo y acabé por apoyar mis frías plantas en el lugar que los pies de mi sobrina me dejaban libre. Sentí el calor en los pies como si tuviera un ladrillo calentado al fuego. Era increíble.

Clite descolgó una cadena que estaba colgada de una viga y se unció por el cuello tras ponerse de puntitas sobre los dedos de sus pies. Estaba diseñada para que una vez enganchada al collar de Clite ésta se quedara suspendida y sólo podría aguantarse prácticamente sobre los dedos de sus pies.

Miré a Clite que seguía mirándome con odio. Su cuerpo se balanceaba ligeramente debido a la escasa estabilidad de la postura. Debía ser una tortura de lo más brutal pasar la noche en aquella posición, luchando por seguir de puntillas para no ahogarse o no desnucarse. Imposible dormir.

Al cabo de una hora Clite echó las manos al collar para intentar evitar el roce pero las rampas en las piernas empezaron a hacer su aparición y tuvo que apoyarse con las manos en la pared para mantenerse estable.

Juno, mientras tanto me besaba y yo respondía a sus besos tocándole los pechos con dulzura.

—No crees que el niño morirá?

—Estoy convencida. Si notas que se enfría es que ha muerto, basta con que lo empujes con los pies y caerá al suelo.

Me quedé helada del absoluto desprecio que mostraba Juno por la vida de los esclavos.





***





En primavera llegó la tía Fanny, la hermana mayor del amo Sutpen. Su llegada cambió mucho nuestra vida. La tía Fanny era una mujer muy alegre. Tenía unos cincuenta y pico de años —el pico era todo un misterio— y vino con su nieta Dovie, una muchacha que en muchos aspectos me recordaba a mí.

Dovie tenía doce años y vino con su inseparable esclava negra, Dita, abreviatura de Afrodita, una negra de su misma edad. La tía Fanny tenía dos hijas ya casadas y de la menor era hija Dovie. La hija menor de tía Fanny se desentendió de Dovie y fue la abuela quien se hizo cargo de la chiquilla.

Cuando Thomas Sutpen llegó a Jefferson, de eso hace más de veinticinco años, nadie sabía nada de sus orígenes, de su procedencia. Había quedado como un misterio.

Fue gracias a la tía Fanny que averigüé, averiguamos puesto que Juno también estaba en el limbo en cuanto al conocimiento de la historia de los Sutpen, cual había sido el recorrido por la vida que había llevado al Coronel hasta Jefferson.

A Juno le pareció magnífico que su tía Fanny decidiera venirse a vivir a la Hacienda Sutpen. A ésta no le extrañó que su hermano no se encontrara en casa.

—Hace más de un año que falta de la hacienda, tía Fanny — le explicó mi sobrina.

—Muy propio de tu padre querida, seguro que está en Nueva Orleans. Sé que allí tiene una esclava de la que está encoñado. Una de esas mulatas peligrosas que tanto excitan a nuestros hombres.

Juno se quedó de piedra. Sabía que la madre de Clite había sido una esclava mulata de su padre. Clite también escuchó lo que había dicho tía Fanny y por una vez vi en su rostro algo diferente a la máscara que solía llevar puesta. Imaginé que pensó en la madre que nunca conoció.

Para Clite su madre, su auténtica madre había sido mi hermana, pero conocía sus orígenes y alguna fibra sensible debió tocar el comentario de tía Fanny. En Juno me pareció más bien que se trataba de irritación más que de emoción. En cualquier caso mi sobrina alargó el brazo y cogiendo a Clite por el hombro la atrajo hacia sí.

—Ésta es tu esclava, prima Juno? — preguntó Dovie a mi sobrina al ver cómo en un gesto de inusual ternura abrazaba a Clite que se desmoronó y se puso a sollozar en el hombro de su ama.

La tía Fanny tragó saliva, no se hubiese podido imaginar que su comentario sobre la actual amante esclava mulata de su hermano generase aquel torbellino de sentimientos.

—Sí, se llama Clite. ¡Venga Clite, ya vale, saluda a la amita Dovie como debes!

Clite se separó del hombro de Juno y se secó las lágrimas con la manga gastada de su saya desleída de tanto lavarla. Se arrodilló y besó los pies de la niña, de Dovie.

—Bueno, Clite os enseñará vuestras habitaciones, tía, te has traído esclava?

—Sí, debe estar descargando mis baúles. Se llama Misa, la verás junto al carromato — le dijo a Clite.

—Ve a ayudar a Misa a llevar las cosas de su ama y del ama Dovie a sus habitaciones y de paso cambia las sábanas… y encárgate de que les suban una bañera… ¿Querrá tomar un baño, tía?

—Me encantaría.

—Ya has oído, dile a Ronda que saque varios cubos de agua del pozo y ponga a calentar el agua.

La llegada de la tía Fanny y la jovencita Dovie nos pilló por sorpresa pero la revolución que supuso en la casa fue una bendición.

Misa, la esclava de la tía Fanny, que era la abreviatura de Artemisa, —por lo que se ve tenían afición a poner a sus esclavos nombres de la mitología griega y romana— me recordaba mucho a Clite, no en apariencia sino en actitud. La pobre negra era todo devoción para con su ama. Soportaba con verdadero estoicismo todos los caprichos de la tía Fanny y nunca se quejaba.

La tía Fanny tenía también una debilidad llamada Venus: una mulatilla de cuatro años de edad que era algo así como su mascota. Venus, al igual que Dita, la esclava de Dovie, era hija de Misa. Era el perrito de tía Fanny quien además la usaba para castigar a su esclava.

—¡Misa, negra estúpida, mira qué has hecho! ¡Traéme a Venus ahora mismo!

Eso fue el mismo día de su llegada. Yo no sabía quien era Venus. Al parecer venía dormida en el faetón donde habían viajado y hasta el mediodía no supe de su existencia. Estábamos comiendo y Misa, la esclava de tía Fanny, hizo algo mal, no recuerdo qué fue, cualquier tontería. El caso es que esa tontería irritó a su ama.

—Venus? Quien es Venus, tía? — preguntó Juno.

El rostro ancho y fofo de la tía Fanny se iluminó cuando nos habló de su Venus.

—¡Oh, no la habéis visto al llegar, estaba dormidita y me la han subido directamente a mi habitación! Es mi esclava mascota. Es una mulatilla deliciosa que me tiene robado el corazón. Es hija de Misa. La hice preñar por tu padre en una de sus visitas de hace cinco años. La adoro. Es mi mascota… pero pobrecilla, tiene un destino muy triste: la utilizo para castigar a su madre.

—Cómo? 

La tía Fanny se rió y al hacerlo toda su voluminosa humanidad se agitó. Era una de esas típicas mujeres que la menor tontería las hace reír hasta desternillarse.

—¡Cómo que cómo! Pues es muy sencillo. Por motivos que ahora no vienen al caso yo tenía experiencia en la materia pero fue fundamental que tu madre, que en paz descanse, me comentara que era el sistema que utilizaba ella misma con sus esclavas — le dijo a Juno —, para no deteriorar a la esclava que tiene que servirte castigas a sus hijos. Eso es lo que hago. Misa adora a Venus, y quien no, yo misma siento devoción por la mulatilla, por eso castigando a la pequeña Venus castigo a Misa… es incluso peor que si castigara a Misa.

—Pero la niña es muy pequeña… cómo aguanta tantos castigos?

—¡Oh, vamos, no creerás que saco el látigo y azoto a mi pequeña Venus cada vez que su madre se equivoca! No mujer, claro que no. Hay muchas, muchísimas maneras de castigar a los esclavos sin necesidad de destrozarles la espalda o mutilarlos o quebrarles las caderas, no cielo, para hacer llorar a una esclava como Venus no es necesario recurrir a castigos cruentos.

Mientras tía Fanny nos hacía su discurso sobre la conveniencia de usar un método u otro para castigar a nuestras esclavas, Misa permanecía cabizbaja.

—¿Aún estás aquí? ¿No te he dicho que fueras a buscar a Venus? ¡Corre a buscar a tu hija, estúpida! — le gritó tía Fanny a su esclava de manera desaforada, con los ojos a punto de salírsele de su rubicunda cara.

Seguimos comiendo en silencio. Dovie arrojó al suelo un poco de comida de su plato y Dita se arrodilló para cogerlo con la boca. Dovie se aguantó una risita y me fijé que su esclava hacía lo mismo, como si entre ambas niñas existiera un código de complicidad del que los mayores estábamos excluidos.

Al poco regresó Misa. Llevaba en sus brazos a una diminuta mulatilla que al parecer estaba dormidita. Se acercó a su ama y se arrodilló.

—¡Mirad, mirad que encanto, fijaros… pero si está dormidita ella… ay madre mía, qué cosa tan linda! — dijo en medio de aspavientos y cogiendo de brazos de Misa el cuerpecillo de Venus.

La niña se despertó y sonrió a su ama. La tía Fanny le acercó su enorme cara redonda y rozó con su nariz la de la pequeña mulata mientras le decía cariñitos y se reía. Por un momento pensé que aquella mulatilla tal vez fuese su nieta. Pero no lo era. Sencillamente aquella mujer era una enferma porque acto seguido pasó un cuarto de hora haciendo llorar a la niña.

—Pónmela en el suelo, Misa, a mis pies… toca llorar — ordenó a su esclava devolviéndole el cuerpo ínfimo de la pequeña esclava.

Misa obedeció y dejó a Venus en el suelo, a los pies de su ama. La tía Fanny retiró un poco hacia atrás su silla para poder maniobrar mejor.

—Ahora ponle la manita debajo del tacón de mi sandalia — ordenó tía Fanny mientras levantaba ligeramente el pie por el tacón, manteniendo la punta en el suelo.

Yo tenía a tía Fanny, que ocupaba la cabecera de la mesa, en mi linea visual y pude contemplar el desarrollo del castigo. Misa le cogió el bracito a la niña y lo estiró hasta que logró ponerle la mano bajo la perpendicular del tacón alzado del zapato de su ama.

Tía Fanny mantenía la cabeza inclinada para cerciorarse de que Misa seguía al pie de la letra sus indicaciones. Cuando le pareció que todo estaba como ella pretendía se levantó de la silla y bajó el tacón de la sandalia hasta atraparle la manita.

Un alarido espeluznante brotó de la garganta de la niña. El peso de tía Fanny, que era considerable —Juno y yo lo calculamos en no menos de 170 libras por lo bajo— se trasladó al tacón de su zapato y de éste a la manita de la niña.

—No os preocupéis por sus alaridos, Venus es muy sensible al dolor. Aguanta poco y enseguida llora. ¡Venga Misa, ya puedes empezar a besarme los pies! No dejaré de pisar a Venus hasta que me convenzas de que estás arrepentida de ser una estúpida esclava — le dijo y se puso a reír… a cloquear como una gallina

Un cuarto de hora tuvo tía Fanny a Misa besando sus pies hasta que dejó de pisar a la niña. Venus se desgañitó y se retorció como un gusano pero la tía Fanny no se apiadó del sufrimiento de la pequeña.

—Ya puedes seguir con tu trabajo — le dijo la tía Fanny a Misa al tiempo que levantaba el tacón de su sandalia liberando la mano destrozada de la pequeña y con agilidad se agachó y recogió del suelo el cuerpecillo de Venus.

Entonces aquella mujer empezó a acunar a la pequeña moviéndola arriba y abajo y hacia los lados de la misma manera que acunaría un bebé.

—¡Ea, ea, ea… ya está, ya pasó… ya… ya pasó… la amita ya no te pisa más la manita, ya está, no llores mi vida, no llores…!

Juno y yo nos miramos alucinadas. De no ser por lo demencial de la situación me hubiera puesto a reír.

La tía Fanny se sentó de nuevo a la mesa y pasó el resto de la comida con la niña acomodada en su brazo izquierdo. Mientras comía le iba dando besos en los deditos ennegrecidos tras habérselos pisado durante más de un cuarto de hora.



***




Dovie era una monada de niña. Tenía el cabello rubio lleno de angelicales bucles y un rostro encantador plagado de pequeñas pecas que adquirían una tonalidad espúrea cuando se sonrojaba. Dita, su esclava, que también era hija de Missa, al igual que Venus, adoraba a su joven ama.




EL RELATO CONTINÚA. SI QUIERES LEERLO TODO LO ENCONTRARÁS EN MI GRUPO DE YAHOO. GRACIAS POR LEERME.

LUK.