A QUIEN LE INTERESE

En este rincón apartado he decidido publicar. La hipocresía que se vive en la página de TR (Todo Relatos) me obligó a abandonarla. Disfruto escribiendo y aún siendo consciente de que mis fantasías son minoritarias me parece injusto que aquellos que me seguían en TR se queden sin poder disfrutar de mis relatos.



No pretendo ser pretencioso. No quiero decir que mis escritos sean buenos, soy consciente de que no es así, pero aún lo soy más de que en este mundo retorcido de nuestras íntimas fantasías muchos buscamos algo que echarnos a los ojos que se acerque a nuestros fetiches, tabúes y quimeras eróticas.



Mi propósito es dejar al lector interesado y que se pueda identificar con mis inofensivos delirios una muestra de mi producción literaria dedicada al mundo de la sumisión, dominación, esclavitud y relaciones de poder. Fabulaciones en suma con las que más de uno sueña en secreto y que yo me dedico a poner negro sobre blanco con mayor o menor acierto.

Como que esta es una página abierta, he creado un grupo de admisión restringida en Yahoo (ver enlace) donde he puesto aquellos relatos que considero más fuertes, no sea que un alma sensible de esas que van por ahí salvando al mundo de la gente mala como yo se topase con uno de esos relatos y le salieran sarpullidos en el hipotálamo.



En este grupo sólo aceptaré miembros bajo petición expresa y siempre que me convenzan de su buena fe. Los relatos están en formato docx. y pueden ser descargados directamente.



Los relatos de ADELA también están en este grupo.



Aquí tenéis un enlace directo al grupo, pero recordad: miembros SOLO bajo admisión.



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jueves, 28 de agosto de 2014

EL PALACIO DE CRISTAL


La princesa Devi, la tercera en la linea de sucesión, rota definitivamente cuando en 1885 su padre se rindió ante el coronel Pemberton de las tropas del Imperio Británico, tenía cinco años cuando en compañía de su familia y de los esclavos que les permitieron llevar abandonó el palacio real de Mandalay para exiliarse a Ratnagiri, en la costa sudoeste de la India, en el estado de Maharastra. Su padre, el rey Thibaw Min, último rey de Birmania, se recluyó en un abandono absoluto a causa de la profunda depresión que le causó la derrota. En esas circunstancias fue la madre de Devi, la reina Supayalat, quien luchó para conservar los privilegios reales que por derecho les correspondía, aunque fuera en el exilio.

Los británicos no permitieron que los mil esclavos domésticos que servían en el palacio real acompañaran a los reyes depuestos y sus cuatro hijas al exilio. El presupuesto para mantener semejante comitiva de servidores se dispararía más allá de lo que estaban dispuestos a gastar y tras reunir en la explanada del palacio al casi millar de esclavos el gobernador les dijo que eran libres, que podían marchar.

La reina Supayalat se opuso y se enfrentó a Lord Pemberton sin éxito. Los británicos habían vencido y ellos ponían las leyes y las normas. Pero ante la corrosiva insistencia de la menuda reina accedió a sufragar los gastos de aquellos sirvientes que, a pesar de haberles concedido la libertad accedieran a seguir sirviendo a sus amos de manera voluntaria.

Supayalat creyó que todos los esclavos aceptarían en masa continuar en esclavitud por devoción a sus reyes pero se llevó una más que desagradable sorpresa cuando comprobó que sólo dieciséis de ellos renunciaban a ser libres para seguir a sus amos al exilio y seguir siendo esclavos de por vida.

Dolly, que entonces tenía siete años, fue una de los dieciséis que renunció a su libertad. Lo hizo por varios motivos. El primero es que no habría sabido a donde ir. El segundo porque siempre había sido esclava de la pequeña princesa y no entendía que su vida pudiera disociarse libremente del de la niña y el tercero porque bajo la protección de la familia real tendría asegurado el pan de cada día.

Llevando a la princesa Devi en sus brazos, Dolly subió al carro junto a las otras tres esclavas de las demás princesas que habían rechazado la libertad ofrecida por los británicos por los mismos motivos que lo había hecho Dolly.

En el carromato principal viajaron el rey Thibaw Min y su esposa la altiva reina Supayalat. Dejaron atrás el palacio real de Mandalay camino del puerto donde embarcarían en dirección al exilio dorado. Dolly derramó lágrimas de tristeza mientras vio alejarse los techos curvos de tejas rojas de las edificaciones del palacio dorado que ya no volvería a ver. En su inocencia y docilidad Dolly consideraba el lujoso palacio como su único hogar, el único que había conocido.

El rey no supo mantener la dignidad real. La derrota lo abrumó y lo avergonzó tanto que se sumió en una profunda depresión de la que no saldría nunca. La reina en cambio sí supo mantener el decoro, la altivez y la dignidad que se suponía a un miembro de la realeza, que en los momentos difíciles como el que estaban viviendo debía mostrarse con más energía y orgullo que cuando todo transcurría bajo el orden inmutable de las cosas. La reina se encargó de que ese orden roto por la agresión británica se mantuviera durante los años de exilio como si nada hubiera cambiado… o casi nada.

El mentón de la reina Supayalat se mantuvo erguido y altivo durante todo el recorrido desde el palacio hasta el muelle. Cientos de miles de birmanos, sus súbditos, acudieron a presenciar el momento de la derrota. Los ingleses habían acabado con siglos de dominación feudal por la fuerza de las armas pero para muchos birmanos ver la imagen altiva de su reina en el camino de la vergüenza y el oprobio fue motivo de gran orgullo. Muchos otros se alegraron del final ignominioso de la dinastía Min que había reinado en Birmania durante los últimos doscientos cincuenta años, y lo había hecho sustentando su poder sobre la explotación despiadada y cruel de su pueblo.

Algunos tomates podridos emprendieron el vuelo anónimo tras la muchedumbre aglomerada para presenciar el fin de la dinastía. La reina Supayalat ni se inmutó cuando el primero de ellos se estrelló contra la corona de piedras preciosas que llevaba con orgullosa altivez sobre su regia cabeza. Otros tomates y algunas piedras y también boñigas de caballo impactaron en la espalda de la reina pero ésta ni siquiera hizo el menor gesto de evitarlos. Su figura permaneció inmóvil, desafiante hacia la chusma ignorante y resentida.

Las esclavas que acompañaban a las princesas protegieron a éstas con sus cuerpos cuando la lluvia de proyectiles lanzados desde el anonimato comenzó a arreciar. La cara y la cabeza de Dolly recibieron varios impactos pero se hizo fuerte ante el pánico que la invadió al ver con qué regia apostura soportaba la reina el cruel desafío de una parte de su ingrato pueblo.

Los soldados ingleses no hicieron nada para impedir aquel sacrilegio, al contrario, muchos rieron al ver a la altiva reina con sus sedas manchadas por los tomates y las inmundicias del rencor.






***





El vapor que llevó a la familia real y a su séquito de esclavos al exilio no reunía las comodidades que podía suponerse reclamaran para sí tan egregios personajes. La reina, liberada ya del papel revestido de dignidad que se había visto obligada a adoptar durante el vergonzante abandono del palacio real, se puso de inmediato a organizarlo todo. Era una mujer decidida y fuerte y era consciente de que su vida y la de su familia no iba a ser la misma que habían gozado hasta el momento de la derrota.

En un único y amplio camarote puso a sus cuatro hijas acompañadas de sus correspondientes servidoras. Otro camarote lo cedió para su abatido esposo al que acompañaba su esclavo Parwá, un muchacho de doce años que había sido el último capricho del rey, quien gustaba de efebos aniñados en su lecho después de que renunciara a volver a preñar a su esposa, la reina, en busca del heredero varón que los dioses le habían negado sistemáticamente.

El tercer y último camarote decente del vapor lo ocupó para sí la reina Supayalat. Se instaló en él con los restantes once esclavos, dos varones y nueve hembras que habían decidido seguir su vida de esclavitud al servicio de la familia real.

El gobernador británico había concedido a la reina que podrían llevarse al exilio todo aquello que pudieran cargar en las cinco carretas que puso a su disposición. Las riquezas en forma de tapices, esculturas y el oro y piedras preciosas con que estaban construidos los aposentos del palacio tuvieron que quedarse allí.

En los carromatos había logrado cargar innumerables vestidos, zapatos, sombreros, abrigos, bolsos y cuantas prendas de vestir cupieron en las cajas que lograron encontrar. El resto de cajas de madera fue llenado con joyas, monedas de oro y pequeños regalos valiosos tales como un juego de palos de golf de oro macizo, pinturas de incalculable valor enrolladas de cualquier manera desechando los lujosos y aparatosos marcos de oro que los contenían y cuantas tallas de marfil y jade que por su tamaño les permitió acomodar en las cajas que se les dejó llevar.

Ahora todas aquellas cajas estaban apiladas en la bodega del vapor. La reina dispuso que los dos esclavos varones que la habían seguido viajaran en la bodega del barco para vigilar sus reales propiedades. El resto, ocho muchachitas temerosas del inmenso poder de la reina se encontraban en su camarote tiradas boca abajo en el suelo esperando escuchar una orden de su majestad o un simple chasquido de sus dedos.

Supayalat contempló con cierto desánimo lo que quedaba de sus súbditos, aquellas pocas esclavas postradas a sus pies, mientras Uma, su doncella personal y esclava de confianza la despojaba de las vestimentas cargadas de pedrería y manchadas con la furia de sus súbditos que habían osado arrojarle desperdicios de todo tipo para despedir el reinado de la más cruel de las parejas reales que hubiera conocido el reino de Birmania.

Uma, la esclava personal de la reina, tras despojarla de las ropas maculadas por el odio de los ingratos súbditos acomodó en el menudo cuerpo de la reina una de los túnicas de seda que solía llevar en sus estancias privadas de palacio. Finalmente la descalzó de sus zapatos con incrustaciones de esmeraldas y se postró en el suelo para besarle los pies.

El protocolo que regía las relaciones entre los miembros de la casa real y sus súbditos, ya fueran libres o esclavos, exigía de estos besar sus pies en posición de postración como reconocimiento de su supremo poder y autoridad, y la reina no iba a permitir que se abandonaran las buenas costumbres. Allá donde fuera ella y su familia siempre serían los reyes y príncipes de Birmania.






***





El viaje hasta Ratnagiri, en la costa sur de la India, duró una semana. En el pequeño muelle de aquella bonita población humilde de pescadores fueron recibidos por el comisionado de Su Majestad la reina Victoria, el gobernador de Ratnagiri Kangha Shagi, bengalí formado en la metrópoli y uno de los nuevos indios que empezaban a ocupar cargos de responsabilidad en la administración colonial británica. Junto al joven Kangha Shagi se encontraba su bella esposa Beni, una mujer hermosa, procedente de Madrás, de una familia muy rica y que como su esposo había sido educada en Londres.

La reina miró con desprecio a sus anfitriones, especialmente por su vestir occidentalizado,  pero estos se comportaron con suma cortesía y desplegaron formas rayanas en el servilismo para no molestar a tan regios y especiales «invitados».

—Majestad — Kangha Shagi se dobló por la mitad en una profunda y respetuosa reverencia — mi esposa y yo os damos la bienvenida a vuestro nuevo hogar y de vuestra real familia. Ahora nos trasladaremos a vuestra residencia. Cualquier queja relativa a la comodidad de la que podréis disfrutar os ruego me la hagáis saber de inmediato para tratar de resolverla a vuestro agrado y conformidad.

La reina se quedó de pie en el último peldaño de la escalerilla y miró a los dos jóvenes que seguían en casi postración ante ella. Cuando se incorporaron la mirada de la reina los fulminó.

—El tratamiento real exige que cualquier inferior a mí, o sea, todo el mundo, debe postrarse y besar mis pies. Lo mismo vale para mi real esposo y para mis reales hijas.

—Lo comprendo, majestad — dijo tratando de guardar la compostura el joven comisionado — pero debo advertiros que en mi caso, y por tanto también en el de mi esposa, en nuestra calidad de representantes de un imperio que ha vencido a vuestro reino no sería de recibo mostraros tan arcaica forma de respeto. Espero que por el bien de nuestras futuras relaciones lo comprendáis. Ahora, si sois tan amable, ordenad a vuestro séquito que cargue vuestras pertenencias en estos carromatos — el comisionado hizo un gesto con la mano para mostrar los cinco carruajes que aguardaban en la salida del muelle — y vos, vuestro real esposo y vuestras reales hijas acomodaros en los palanquines que he logrado disponer para el traslado de vuestras reales personas a vuestra nueva residencia. Por favor — hizo de nuevo una reverencia profunda y sin permitir respuesta alguna de la reina se dirigió hacia un palanquín que los llevaría a él y a su joven esposa.

La reina tuvo que morderse los labios. Aquel joven no iba a dejarse impresionar por sus títulos y atributos reales. Con firmeza pero con excelente educación y cortesía la había puesto en el nuevo sitio que ahora ocupaba en la sociedad que le iba a permitir seguir con un estilo de vida parecido al que había llevado como reina absoluta de los birmanos pero con notables diferencias a las que debería amoldarse.

Dolly viajaba en un palanquín con su amita sobre las rodillas. La pequeña princesa rodeaba con sus bracitos el cuello de su esclava. En compañía de su fiel Dolly la niña se sentía segura. Dolly la calmaba acariciándole los bonitos bucles que ella misma había peinado aquella mañana y que caían con gracia a ambos lados de la morena carita de la princesa.

La comitiva permaneció silenciosa. Sólo se oía el respirar fatigoso de los porteadores y el constante rozar de sus pies descalzos sobre el sendero de tierra que ascendía hacia una loma suave donde se hallaba el pequeño palacete que el gobernador había decidido habilitar como residencia oficial de la familia real birmana en el exilio.

El palanquín que debía llevar a la más pequeña de las cuatro princesas, la princesa Sirín, viajaba de vacío. La niña princesa que sólo tenía tres años se había puesto a llorar y su esclava se había visto incapaz de calmarla. La reina dedicó una mortal mirada a la esclava y le hizo un casi imperceptible gesto que la pequeña esclava supo interpretar.

Cogiendo a su pequeña ama en brazos abandonó el palanquín y la llevó hasta aquél en que viajaba su madre, la reina. Ésta tomó a su hija más pequeña en brazos y Juno, la esclava de cinco años tuvo que caminar al lado del palanquín donde ahora viajaba su pequeña señora en brazos de su regia madre.

El gobernador, Kangha Shagi, viajaba en el palanquín que iba en cabeza en compañía de su joven y hermosa esposa. El alto funcionario bengalí de la corona británica se iba girando a cada pocos metros para comprobar que la larga comitiva real se encontraba bien.

El hombre sudaba y no sólo por el pegajoso calor húmedo de la zona sino porque tener que tratar con la realeza destronada se le antojaba una tarea de lo más desagradable e ingrato.

Llegaron sin contratiempos a la nueva residencia. Los porteadores aparcaron frente a la entrada los respectivos palanquines y poco a poco fueron bajando los regios pasajeros.

La princesa Sirín seguía en brazos de su real madre pero poco después de poner pie a tierra entregó su regia carga a la pequeña esclava Juno que la cogió con un amor y una devoción digna de encomio.

El resto de princesas, ya en tierra, miraban su nuevo hogar con cierta aprensión. Se trataba de un palacio antiguo y sobrio que en casi nada recordaba el lujoso recinto imperial donde ellas habían crecido.

Alineados formando un corto pasillo se encontraban frente a la entrada principal cuatro mujeres y dos hombres que el gobernador presentó a la reina como los integrantes del servicio doméstico cuyos emolumentos debería costear la propia familia real.

—Nunca he pagado a mis sirvientes y no voy a hacerlo ahora — dijo con entonación regia y desdeñosa la reina Supayalat.

—Bien, ya hablaremos de estos temas domésticos cuando estén instalados, majestad. Si me permite se los presentaré.

Los sirvientes miraban aterrados e impresionados a sus nuevos amos. Todos, los seis, eran humildes habitantes de Ratnagiri y habían respondido a la llamada del gobernador cuando convocó plazas de sirviente para atender a la nueva familia que ocuparía en breve el palacete que a partir de ese día tomó el nombre popular de palacete Min, en honor a la honorable dinastía real a la que pertenecían sus nuevos moradores.

La reina había hablado en urdú, el idioma habitual de aquella parte de la India de modo que todos habían entendido las palabras de desprecio con que se había referido a ellos.

—No se le ocurra presentarme a ninguno de esos shudrás — dijo con auténtico desprecio la reina — que se retiren de mi vista ahora mismo. Luego quiero que vengan a postrarse a mis pies como es preceptivo.

—Como desée majestad — claudicó rápidamente Kangha Shagí que tenía la difícil misión de contentar a la real familia Min cediendo en todos aquellos aspectos que no vulnerasen el equilibrio entre la razón y la ley.

La esposa del gobernador, al tanto de la tensa conversación de su esposo con la reina se adelantó y disolvió al grupito de sirvientes que estaban muy nerviosos ante los evidentes desprecios que les hacía la reina.

El gobernador ofreció su brazo a la reina pero ésta lo ignoró y entró ella en primer lugar en su nueva residencia, mirándolo todo con el ceño fruncido y la nariz ligeramente arrugada como si oliera mal. Detrás de la reina siguieron el rey y las cuatro princesas que iban de la mano de sus sirvientas personales.

Después de recorrer todas las estancias y habitaciones del palacio y después de que la reina asignara los aposentos a todos los miembros de su familia aquélla accedió a que los sirvientes le presentaran los respetos que su alta condición exigía.

Adiestrados por el propio gobernador y por su esposa los seis criados desfilaron ante el rey y la reina que habían tomado asiento en sendas sillas de alto respaldo con apoyabrazos que semejaban tronos a todos los efectos. Uno a uno se fueron postrando primero ante la reina y acto seguido ante el rey. Todos besaron los zapatos de la reina y las botas del rey. El gobernador, situado de pie junto a la reina le iba diciendo al oído el nombre de aquel que en aquellos momentos le besaba los pies y le explicaba sus funciones.

De las cuatro mujeres una era la cocinera, otra su pinche, dos eran criadas para todo y los dos jóvenes hombres mozos de cuadra y lacayos para todo. La reina asentía con un leve movimiento de párpados a las explicaciones que le facilitaba el gobernador.

—Aleccióneles a todos sobre cómo deben comportarse con nosotros. Ante la llamada de cualquier miembro de la familia real el sirviente deberá postrarse en el suelo y besar sus pies, manteniendo los labios sobre los reales pies hasta recibir autorización para ponerse de rodillas. Nunca deberán estar de pie en presencia de cualquiera de nosotros y menos aún mirarnos a la cara. Su vista siempre al suelo, a nuestros pies. ¿Entendido?

—Entendido, majestad. Haré lo posible para que lo entiendan.

Ninguno de los criados puso la menor objeción a las exigencias de la reina. Todos ellos pertenecían a la casta más baja, los shudrás, casta de siervos, y se habían pasado la vida padeciendo similares humillaciones de parte de los amos a los que habían servido. Lo que realmente les preocupó fue conocer las intenciones de la reina de no pagarles el mísero sueldo que habían convenido.

—Aquí viviréis bien. Tendréis un techo bajo el que dormir y comida asegurada. Me comprometo a influir ante la reina para que acceda a daros alguna propina si está satisfecha con vuestro servicio. No puedo obligarla a que os pague ni puedo obligaros a que aceptéis el trabajo sin remuneración. Sois libres para marcharos pero sabed que otros estarán dispuestos a ocupar vuestras vacantes a cambio de poder comer cada día.

—¿Podrá castigarnos? — preguntó una da las criadas asustada.

—Igual que podía pegarte tu anterior ama, pero confío en que detrás de esa máscara de autoritarismo lata un corazón compasivo.

Ninguno de los sirvientes decidió abandonar el servicio para el que habían sido reclutados. A los argumentos del gobernador había que añadir uno no menos importante: el morbo de poder conocer las interioridades de toda una familia real.






***





La vida en Ratnagiri al principio fue muy dura para la exiliada familia real. No resultaba fácil renunciar a una vida de lujo vergonzante y de poder absoluto. El aburrimiento pronto hizo mella en la reina. Mujer acostumbrada a dirigir un país, a dictar leyes, a presidir juicios, a nombrar y destituir ministros… una mujer que disfrutaba del inmenso y omnímodo poder que detentaba… una mujer que gozaba viendo sometidos a los poderosos, verlos temblar a sus pies pues la vida del más alto funcionario hasta el más mísero de sus siervos dependía de su humor y de su voluntad… de repente vio circunscrito su ámbito de actuación a una docena de esclavos y media docena de sirvientes.

El gobernador y su esposa al principio sufrieron el altivo desprecio de la reina y el depresivo silencio del rey, pero la dama Beni supo granjearse la confianza de la altiva reina. Y lo hizo gracias a su, para la reina, exótica manera de vestir. Cada día visitaba el palacio Min ataviada con un modelito diferente y calzando los zapatos exclusivos que se hacía traer de los más prestigiosos zapateros de Italia.

Una tarde, mientras tomaba el té en las dependencias privadas de la reina, la dama Beni, joven de veintialgunos años de cabello negro y melena abundante plagada de bucles lustrosos que enmarcaban un rostro alegre, oval y risueño, habiéndose fijado que la reina no quitaba ojo a sus bellos escarpines de tacón de aguja decidió entrarle por el lado de la moda.

—¿Os gustan mis zapatos, majestad? Me los acaban de traer de Italia, aunque puedan parecer incómodos le aseguro que es como si llevara guantes en los pies — le dijo moviendo el pie de la pierna que tenía cruzada sobre la rodilla para que la reina pudiera ver de todos los ángulos posibles aquellas joyas de brillante tafilete negro con unos tacones estilizados como estiletes.

—Ni me había fijado — mintió la reina removiéndose incómoda en su sillón.

—Pues son la última moda en occidente. Las mujeres de clase alta sólo calzan sus pies con modelos similares — Beni siguió moviendo el pie con la pierna totalmente estirada.

Ese día la dama Beni no consiguió sacar a la reina de su impostado mutismo pero era consciente, a tenor de las furtivas miradas que sorprendió de aquélla hacia sus pies, que no sólo no decía la verdad sino que había abierto una pequeña grieta en su hierática postura en la que ahondaría más adelante.

Y así fue. Un día fueron los zapatos, otro un vestido con la falda escandalosamente corta — la dama Beni enseñaba tobillos y pantorrillas con absoluta falta de pudor — en otra ocasión fue un perfume de París, y en otra un sombrero que logró que los ojillos crueles de la reina perdieran la compostura.

Finalmente, después de dos meses de diarias visitas y exhibiciones casi impúdicas, la reina le preguntó, como quien no quiere la cosa, cuánto le habían costado aquellos zapatos de los que tanto alardeaba.

Una gran sonrisa de triunfo iluminó el bonito rostro de Beni Shangí. Era la señal que había estado esperando paciéntemente. La dama Beni se lanzó a poner al día a la reina en todo lo relacioando con la moda occidental. Una semana después dio el golpe de gracia. La dama Beni se presentó a su diaria visita con una caja envuelta en papel de satén que depositó a los pies de la reina.

—¿Qué es esto?

—Un regalo, majestad, que espero aceptéis. Si no os gusta no estáis obligada a fingir conmigo.

—La reina de Birmania no tiene necesidad de fingir ante una plebeya.

—Por supuesto majestad, por supuesto — se apresuró a corregir su desliz la joven esposa del gobernador.

Tomaron el té y la caja siguió en el suelo sin que la reina se decidiera a abrir el regalo. Finalmente, Beni se marchó y la caja seguía envuelta en el bonito papel de regalo. Hizo la acostumbrada reverencia a la reina y se marchó prometiendo girarle visita al día siguiente.

Cuando Beni se marchó la reina cogió el paquete, lo subió a su regazo y con dedos nerviosos se deshizo del papel satinado. Cuando abrió la caja y vio que dentro había un par de zapatos idénticos a los que la joven solía llevar y que tanto le habían gustado a ella tuvo que reprimir un grito de alegría

Llamó a Uma que se presentó como de costumbre, estirándose en el suelo y pegando sus labios a los pies de la reina.

—¡Levanta Uma, déjate de tonterías ahora! Descálzame y ponme estas maravillas en los pies… mira, ¿has visto que zapatos tan increíbles? Esa muchacha zafia es insoportable — dijo refiriéndose a Beni— pero he de reconocer que tiene buen gusto.

Uma se sonrió. Era la primera vez que veía a su dueña reconocer algo, ni que fuera en privado como ahora. Uma tenía tres años más que su majestad y era su esclava desde que a la edad de seis años le encargaron el cuidado, protección y servicio exclusivo de la por entonces pequeña princesa Supi que ascendería al trono con el nombre de reina Supayalat.

La tradición entre la nobleza y la realeza birmana exigía que a las princesas, al poco de nacer se les asignara una esclava entre dos y tres años mayores que aquellas que se convertían en una especie de madres, hermanas mayores, confidentes, amigas y esclavas de por vida. La pequeña Supi estaba predestinada desde el mismo momento de su nacimiento a esposar con su hermano, el futuro rey Thibaw, y en consecuencia Uma, que había sido escogida como esclava de la princesa, gozaría siempre de más privilegios que las otras esclavas encargadas de las demás princesas de la dinastía.

Ahora, con la dinastía truncada ninguna de las cuatro hijas de la reina Supayalat iba a suceder a ésta. Para colmo el rey Thibaw no había sido capaz de engendrar un solo hijo varón para desposarlo con la primogénita de sus hermanas. En la tradición birmana se seguía escrupulosamente la sucesión endogámica al trono para lo que el primer varón debía esposar con la primera hija.

La abrupta interrupción británica de la dinastía Min había evitado a la hija mayor de la reina Supayalat, la princesa Osma, tener que esposar a su propio padre pues en ausencia de hijos varones competía al padre procrear el vientre de su hija primogénita.

Osma aún era una niña y no era consciente de la situación. Al igual que sus hermanas su mundo en el exilio pronto devino su verdadero hogar. Las niñas seguían disfrutando de una vida cómoda y placentera alejada de los sentimientos de amargura que consumían a sus padres a causa de la derrota y derrocamiento del poder que habían ostentado. Uma, en su calidad de esclava de la reina madre ejercía a su vez de severa instructora de las esclavas de las princesas.

Uma calzó los elegantes escarpines de alto tacón en los pies de la reina y se apartó para ver el efecto que hacían.

—Dime, Uma, sinceramente, ¿qué te parece?

—Que te quedarían mejor con una de esas faldas que muestran las pantorrillas que con esta túnica larga hasta los pies que te los esconde, majestad.

La reina frunció el entrecejo. En la intimidad de sus aposentos permitía a Uma que relajara en algunos aspectos el estricto protocolo de relación con su majestad. Además Uma, que ahora tenía treinta y seis años y hacía treinta que la servía, siempre le decía la verdad, aunque a veces le hubiera costado más de una paliza de látigo o, en el mejor de los casos, unas cuantas bofetadas dadas por la propia reina molesta por su franqueza.

—Aquí no dispongo de cámara de torturas pero te aseguro que puedo hacerte aullar de dolor durante horas si me lo propongo — le dijo muy seria la reina.

—Sí majestad, sé que mi vida te pertenece, pero siempre te he dicho la verdad aun a riesgo de enfurecerte, aunque si prefieres que mienta… — Uma dejó la frase en el aire.

La reina miró a su esclava con sus ojillos crueles. Disfrutaba sintiendo el miedo de sus súbditos en su presencia, pero Uma no le tenía miedo, lo que Uma sentía por la reina era verdadera devoción. Pasado un minuto de tenso  silencio la reina rompió a reír.

Un mes después la joven señora Beni comunicaba a su esposo, el gobernador Kangha Shagi, la buena noticia. Los Shagi vivían en un palacete situado a media milla del palacio Min, con todo el lujo que requería su elevada posición. Beni entró en la biblioteca donde su esposo atendía los asuntos oficiales de su cargo, una estancia amplia situada en la planta baja con enormes ventanales que se inundaban de luz natural filtrada a través de las hojas de los árboles del jardín.

—Esposo, una de las esclavas de la reina Supayalat acaba de traer un mensaje que creo supone una buena noticia para tus aspiraciones de mantener calmada a esa bruja.

El rostro de Khanga se iluminó y apartó por un momento la vista de su sirviente, que en aquellos momentos le estaba cepillando las botas, para clavarla en el hermoso rostro de su adorada y joven esposa.

—La reina me pide que haga venir a mi modista. La nota no dice nada más, pero creo que es mi primera victoria.

Khanga Shagi chasqueó los dedos y el sirviente se apartó al instante quedando de rodillas en el suelo para dejar camino libre a su amo, quien avanzó dos pasos para situarse frente a su esposa a la que abrazó y besó con ternura.

—Es la mejor noticia desde que esa gente desembarcó en Ratnagiri, mi amor. Confiaba plenamente en tu capacidad.

Beni se estremeció de placer ante los halagos de su esposo y sintió el rubor subir a sus mejillas por aquella sincera muestra de reconocimiento. La joven Beni, al igual que su esposo, procedía de una rica y aristocrática familia bengalí. Al igual que él había sido educada en Inglaterra pero a pesar de su exquisita educación y capacidad intelectual necesitaba del halago y reconocimiento de sus logros para apuntalar la seguridad en sí misma y sus capacidades.

Khanga Shagi, por el mero hecho de ser indio debía demostrar a los ingleses que era capaz de ejercer el cargo oficial que había logrado. El gobernador, ni que lo fuera de un estado minúsculo y pobre como era Ratnagiri, debía conseguir mantener la paz y la armonía en su territorio y en su caso tenía la difícil misión de lograr que la molesta familia real birmana aceptase si situación de pérdida de poder sin causar problemas a la administración colonial. Y Khanga sabía que la clave radicaba en tener dominada a la bruja de Supayalat, y su joven esposa iba a lograrlo con sus artes de mujer.

Beni besó a su esposo satisfecha del reconocimiento que éste acababa de hacer de sus capacidades. El triunfo de su esposo como gobernador colonial era su propio triunfo. Entre los dos demostrarían a esos estirados ingleses que eran capaces de manejar con exquisito tacto a la problemática familia real birmana.

Khanga Shagi volvió a chasquear los dedos y su sirviente se desplazó inmediatamente sobre sus rodillas para volver a situarse a sus pies y continuar lustrándole las botas.






***





Beni llegó al palacio Min en su silla de manos. Caminaba a su lado su modista, una mujer india de maravillosas manos perteneciente a la casta vaysía, la de los artesanos. Aunque los vaysías no eran rechazados como los shudrás, Beni, que pertenecía a la casta superior, no permitiría por nada del mundo que la simpática Meulá, su modista, se sentara a su lado y menos aún en la misma silla de manos.

—Meulá, debes postrarte ante la reina y besar sus pies. No lo olvides.

—Pero ama Beni, yo no soy una sierva… — se quejó la modista.

—Lo sé, pero ella es una reina. Si yo no fuera la esposa del gobernador también vendría obligada a besar sus pies. Si quieres el trabajo no olvides este detalle.

—Gracias ama Beni. No lo olvidaré — aceptó la mujer a quien molestó tener que comportarse como una shudrá cualquiera, pero la perspectiva de convertirse en la modista de la familia real, con las ganancias y el prestigio que eso conllevaba ayudaron a aceptar aquella humillación.

Pasaron la mañana en las dependencias privadas de Supayalat. La pobre Meulá tuvo que soportar las constantes muestras de desprecio de la reina pero con el pensamiento puesto en las ganancias que podría obtener aguantó con serenidad sus desplantes y desprecios.

Para la reina era de vital importancia que no pareciera interesada por cuestiones mundanas como por ejemplo la moda occidentalizada en el vestir, y Beni, que era plenamente consciente colaboró adjudicándose a sí misma el supuesto interés por que renovara su vestuario, como si partiera de ella.

—Dentro de la tristeza que debe suponer para vos veros lejos de vuestro hogar y de vuestros súbditos, debéis ver la parte positiva: aquí, lejos de las rigideces protocolarias de la corte os podéis permitir el lujo de gozar de los placeres que toda mujer libre tiene a su alcance, máxime disponiendo de una fortuna que invertir en ellos — dijo Beni mientras la reina se probaba un precioso vestido de corte parecido al que ella misma llevaba.

Supayalat estaba tan entusiasmada con aquel vestido, y tan preocupada por que no se la viera deseosa que apenas respondió con un gruñido y Beni se sonrió por lo que consideraba un pequeño triunfo sobra aquella estirada arpía: la reina estaba disfrutando como una colegiala el día que se prueba su primer vestido de fiesta.

Durante el regreso Beni le dio una suculenta propina de su parte a la modista por haber logrado captar los deseos de la reina. Meulá se guardó los billetes entre sus generosos pechos y se relamió pensando en la factura que presentaría a la estúpida y engreída reina que le había hecho un encargo de una docena de vestidos de los más caros.

La reina se escandalizó ante el importe de la factura pero sus ojos mostraban la emoción contenida al ver sobre su amplio lecho la exposición de las doce maravillas que Meulá le había confeccionado en tiempo record.

La modista tuvo que permenecer de rodillas con la cara entre los pies de la reina por espacio de casi media hora mientras ésta contaba el dinero del que iba a desprenderse. Fue su pequeña venganza. Supayalat arrojó al suelo el dinero para ver cómo la modista lo recogía.

Antes, cuando reinaba en su país, nunca había tenido que pagar una factura, antes al contrario, recibía óbolos de todo tipo de los proveedores a fin de lograr convertirla en su clienta.

El siguiente viaje de Meulá al palacio Min lo hizo cargada con varias docenas de modelos de los más hermosos zapatos, de todo tipo, zapatos de salón, sandalias de tacón, chinelas, zapatillas, botas de montar… Supayalat aún experimentó más placer que el día de los vestidos. Verse con aquellas joyas en sus pies y luciendo los nuevos vestidos la llevó a un punto de excitación que sólo había sentido cuando firmaba sentencias de muerte o asistía a sesiones de tortura de alguno de sus desdichados súbditos en el ejercicio de su autoridad.

La siguiente compra de Supayalat fue un pura sangre árabe que le costó una fortuna. Llegado ese momento tuvo que reflexionar seriamente sobre sus finanzas.

—El tesoro que nos llevamos con nosotros es ciertamente grande, pero si sólo gasto no durará para siempre — le planteó una tarde a Kangha Shagi en una de sus protocolarias visitas para conocer el estado de los huéspedes de la corona inglesa.

—Muy acertada observación, majestad — dijo el gobernador pensativo.

Beni, que además de visitar casi a diario el palacio también acompañaba a su esposo en las visitas protocolarias, carraspeó ligeramente para llamar la atención de la reina. Ésta le dirigió una de sus acostumbradas miradas glaciales y desdeñosas y con un leve alzamiento de cejas la invitó a hablar.

—Veríes, majestad. El mes que viene en la residencia del gobernador daremos una fiesta con motivo del aniversario de la reina Victoria. Asistirán, a parte de altos funcionarios de la corona de los estados vecinos, hombres y mujeres de la más alta aristocracia de esos mismos estados.

—Sigue — la conminó la reina dejando en el platillo que sostenía Uma arrodillada a su lado la taza de té de la que acababa de dar un sorbo.

—Bien, yo no soy muy entendida en negocios, majestad, pero tengo el don de saber escuchar. Hace cosa de un año, antes de que nos honrárais con vuestra real presencia, en una de esas fiestas que de vez en cuando debo organizar como esposa del gobernador, asistí a una conversación entre varios de los más eminentes hombres de negocios del país y les oí hablar de plantaciones de caucho en Malasia e Indochina. Dijeron que en pocos años sería el negocio más rentable de cuantos podían obtenerse de la tierra.

»Las zonas agrícolas donde crecen las heveas hoy en día son muy baratas y que su cultivo era fácil; que sólo se requería abundante mano de obra que podía sacarse de las zonas más deprimidas del sureste asiático. Miles de hombres, mujeres y niños se mueren de hambre y por un plato de arroz están dispuestos a dejar la vida trabajando. Son gente leal y sometida. En la próxima fiesta están invitados esos hombres a los que oí hablar del caucho. Podría ser una oportunidad para invertir.

Kangha Shagi se quedó de piedra al escuchar la propuesta de su esposa. La amaba por su belleza y además por su inteligencia, por ese don de saber abordar y manejar a la reina quien parecía haber depositado en ella toda su confianza lo cual le facilitaba sobremanera su difícil misión.

—Creo que la sugerencia de mi esposa es perfecta, majestad — salió rápidamente en apoyo de Beni.

—De momento he confiado en ti, pequeña, y me ha ido bien. ¿Estamos invitados a esa fiesta?

—Sin vuestra real presencia no sería una fiesta. Además, todos nuestros invitados arden en deseos de verse deslumbrados por vuestra comparecencia y morirán de placer si pueden tener el honor de besar vuestros pies.

Supayalat se infló como un pavo y Kangha Shagi supo que su pequeña, lista y hermosa joven esposa acababa de ganarse un nuevo tramo de confianza de aquella maligna mujer.






***






Beni, en salto de cama, y su esposo Kangha Shagi totalmente desnudo, apuraban la última copa de champgne francés recostados en la barquilla del columpio del jardín  mientras sus dos sirvientes personales les masajeaban los pies en silencio.

—Eres la mejor esposa que podría desear cualquier hombre, mi Beni. Tienes a la reina en el bolsillo. Con el contrato que ha firmado le llenarás de oro los bolsillos y no tendrá más remedio que agradecértelo mientras viva — le dijo Kangha Shagi mientras se acercaba al bello rostro de su amada esposa para besarla suavemente en la comisura de los labios.

Beni soltó una risita apartándose lo justo para que su marido sólo lograra rozarla con sus labios, lo cual sabía, avivaría sus deseos. Kangha Shagi se levantó y la cogió en brazos y se dirgió hacia su alcoba. Los sirvientes los siguieron en silencio y se arrodillaron en un rincón de la gran alcoba de sus amos. Eran shudrás, siervos, invisibles. Para Beni y su esposo sus sirvientes eran transparentes. La mayoría de las veces ni siquiera se dignaban hablarles. Recurrían a chasquear los dedos y los criados debían interpretar las órdenes.

El gobernador y su joven esposa hicieron el amor hasta el alba y los criados ni siquiera cambiaron un ápice su posición. Arrodillados en el suelo fueron mudos testigos del placer de sus amos.

Sólo al final de la gran batalla de sexo y lujuria los sirvientes gatearon hacia la gran cama al oír el chasquido de los dedos de sus amos que los llamaban para que los limpiaran.

El gobernador apoyó la mano en la cabeza de su criado y éste supo que su amo quería que permaneciera con el miembro de él dentro de su boca hasta que se durmiera. Beni mandó a su criada al final de la cama con un gesto de la mano. La sirvienta supo que su ama deseaba que le besara los pies hasta que se despertara, probablemente doce horas después.

Las castas superiores en la India y otras zonas del sureste asiático en donde imperaba el rígido sistema de castas, hacían uso de sus prerrogativas y privilegios sin mesura. La aristocracia hindú podía someterse a los designios de sus colonizadores europeos pero gobernaba a su propia gente de una manera mucho más autoritaria y sin contemplaciones de cómo eran gobernados ellos. Si la sociedad británica era considerada la más clasista entre las occidentales, la sociedad india la superaba con creces con su sistema de castas. 






***





Dolly estaba agotada. La princesa Devi había recibido un potro nacido del pura sangre de la reina con motivo de su quince aniversario. Para las princesas reales el palacio donde habían nacido quedaba en la bruma de los recuerdos de infancia. Su realidad era el mucho más pequeño palacio Min de Ratnagiri.

Hacía diez años que vivían en el exilio y para ellas esa era la forma de vida que conocían. Las inversiones realizadas por Supayalat gracias a la iniciativa de la gobernadora habían dado inmensos réditos que habían permitido a la familia real birmana seguir derrochando dinero sin temor a acabar con las reservas de oro y joyas con las que habían abandonado su país. La plantación de caucho en Malasia era una mina que no dejaba de reportar beneficios.

—¡Venga Dolly, perezosa, otra carrera! — le dijo riendo la princesa Devi con la más maravillosa de sus sonrisas.

—Alteza, te lo ruego, los pulmones me estallan. Permite que me reponga o moriré si doy un paso más — le contestó jadeando y cubierta de sudor la pobre esclava.

—Debería azotarte por desobediencia, Dolly — le contestó la princesa haciendo corcovear a su fogoso potro mientras se sujetaba con habilidad clavando las rodillas en los flancos de su montura.

Dolly se estremeció ante la amenaza pero en el bonito rostro de su joven ama volvió a aparecer la luminosa sonrisa.

—Está bien, «Lunes» necesita un buen lavado y un cepillado. Ayúdame a desmontar.

Agradecida Dolly se desplomó en el suelo quedando a cuatro patas para que la joven princesa usara su espalda como escabel. El potro, al que llamó «Lunes» por ser ese el día que lo recibió en propiedad como regalo de su doceavo aniversario, era un animal joven pero alto. Había heredado la nobleza de su madre, la fantástica y carísima pura sangre árabe que en su día adquirió la reina, y tenía ya una estampa elegante con largas patas finas que le daban una altura aún excesiva para que Devi pudiera montarla sin ayuda y Dolly se ponía a cuatro patas para que su ama usara su espalda tanto para montar como para desmontar.

—¡Rajú, animal, ven inmediatamente! — gritó Devi hacia dos sirvientes que estaban reparando la puerta del establo.

El tal Rajú era su mozo de cuadras. Tras afianzar su posición económica y tras dejarse convencer por la gobernadora Beni que se había convertido en la mano derecha de la reina, Supayalat accedió a contratar más servicio entre los más humildes habitantes de Ratnagiri. Viviendo de la pesca y de la caridad había en aquella población pesquera varios miles de shudrás dispuestos a servir a  la familia real por unas pocas monedas y un plato de arroz y aceptar casi con emoción el maltrato moral e incluso físico que les dispensaban sus amos.

Rajú dejó el martillo en el suelo y voló más que corrió hacia donde se encontraba la joven princesa, la más admirada por todos los sirvientes porque además de su atractivo natural, su sonrisa encantadora y su permanente buen humor era, de largo, la más compasiva de las princesas y a menudo premiaba la devoción que le mostraban los sirvientes con alguna moneda de cobre o con alguna palabra amable.

—Lo siento memsahib Devi, no te he visto llegar, perdona a este gusano memsahib princesa, no merezco ni besar el suelo que pisas, memsahib excelencia — dijo Rajú postrándose a los pies de Devi y besando sus botas con devoción.

Devi tuvo que contenerse la risa. Le hacía mucha gracia la manera servil en que se expresaban los nuevos shudrás que su madre había contratado. Acostumbrados a mostrarse serviles con todo aquel que se encontrara por encima de ellos en la escala social, es decir, todos, con la familia real a la que servían no sabían cómo tratarlos, pues en ellos intuían la pureza de su sangre que los situaba incluso por encima de los más encumbrados de los mortales.

—Tendría que aplastarte bajo mis botas… ¿no dices que eres un gusano? — se rió Devi provocando el azoramiento del joven Rajú, que como todos los sirvientes de palacio estaba terriblemente enamorado en secreto de la dulce Devi como todos la llamaban en privado — encárgate de «Lunes» y que no vuelva a repetirse una distracción como ésta.

—Gracias memsahib Devi, gracias, gracias mil veces gracias — respiró aliviado el sirviente que hacía funciones de palafrenero de la princesa Devi mientras redoblaba los devotos besos en los pies de la joven alteza.

—Vamos Dolly, tienes trabajo.

—Sí mi señora.

Dolly caminó detrás de su ama con la cabeza gacha como era preceptivo y entraron en el vetusto palacio que Devi reconocía ya como el único hogar que conocía. Lejos quedaban los días en la lujosa corte birmana, en el palacio de Mandalay donde habían transcurrido los primeros cinco años de su existencia. Sólo algunos retazos borrosos de memoria le traían a la mente ecos de su infancia birmana.

En uno de los salones vio a su madre; la reina había cambiado muchísimo. Tenía ahora cerca de cuarenta años. Seguía siendo una mujer menuda pero que irradiaba una autoridad innata en su hablar, su mirada y el menor de sus gestos. Los pesados mantos cubiertos de pedrería que se llevó en los cinco carruajes que lord Pemberton, su derrocador, le permitió cargar con lo que quisiera  habían sido desmontados piedra a piedra y las joyas habían servido para iniciar la inversión en la plantación de caucho de Malasia que ahora era, aún en la distancia, el entretenimiento favorito de la reina.

Supayalat se había transformado en una elegantísima dama que vestía los mejores trapitos procedentes de Cocó Chanel quien diseñaba vestidos exclusivos para su majestad la depuesta reina de Birmania. La gobernadora Beni la había ido puliendo en la forma de maquillarse y había pulido sus abruptas y desdeñosas maneras para ganarse la admiración de acaudalados hombres de negocios y la simpatía y devoción de sus gordas esposas.

Devi se detuvo en el arco de medio punto que daba acceso a la parte del salón que su madre usaba a modo de gabinete y contempló al administrador de la plantación postrado a los pies de su madre, de bruces en el suelo y temblando como una hoja mecida por el viento esperando que la reina lo autorizase a hablar.

—¿Qué significa esto, Rakjumar? ¿Tan solo un millón de rupias? Eso no es lo que acordamos — dijo Supayalat en un tono frío, cortante como el acero afilado.

—Mi reina, mi diosa, mi luz, divina bondad, elegida de los dioses… la fiebre del moscón ha hecho estragos en las heveas que plantamos hace dos años y en tanto no logremos recuperar su salud no producirán la sagrada goma como se espera que hagan unos ejemplares tan hermosos. Mis cálculos se hicieron contemplando un escenario de normalidad y no ha sido así sin que tenga culpa de ello.

—Me molestan tus lamentos de mujerzuela, Rakju — si los árboles no dan lo que se espera de ellos saca el beneficio rebajando sueldos y racionando la comida de esos gusanos.

—Los tengo al límite de su resistencia, majestad, oh divina entre los dioses, ni puedo pagarles menos ni reducir más su ya escasa ración y además esperar que rindan como se espera de ellos.

—No me molestes con tus quejas absurdas. Quiero los dos millones que me prometiste. Tengo que casar a la princesa Osma y necesito ese dinero. No voy a permitir que la maharaní esa me pase por la cara sus riquezas si no puedo costear la dote que Osma se merece. Hazlo como quieras, es más, no quiero saber cómo lo vas a hacer, pero tienes un mes para regresar con el millón que falta. Ahora vete, yo tengo trabajo y tú no tienes tiempo que perder.

Rakjumar, un joven emprendedor, antiguo esclavo de una de las hijas del sultán de Brunei que se había hecho a sí mismo, besó los pies de la reina con respeto y totalmente abatido se retiró caminando de espaldas y con el cuerpo doblado en una profunda reverencia.

—¡Cuidado! — casi gritó Devi cuando el joven Rakjumar tropezó con ella al no verla porque seguía caminando de espaldas.

Rakjumar se volvió sorprendido y sus ojos se posaron en el oscuro abismo de las luminosas pupilas de la joven princesa. Rápidamente el joven evaluó a quien tenía delante. Vestía traje de amazona con altas botas de montar y llevaba una fusta en la mano. Una joven con apariencia de criada permanecía detrás de ella con la cabeza inclinada y las manos cruzadas delante en actitud sumisa.

Tiene que ser una de las princesas, se dijo Rakjumar que sólo conocía a Osma, la primogénita por cuya próxima boda estaba él en apuros, pero sabía que la reina Supayalat, esa mujer altiva de corazón duro como el pedernal, tenía otras tres hijas y ésta no podía negar que fuera una de ellas, era el vivo retrato de su madre.

—Dis…disculpad ex…excelencia, no os he visto… no era mi in…intención… — a Rakjumar se le enredaban las palabras en la boca. Se había visto sorprendido por el rostro más maravilloso que él jamás hubiera visto. Eso, y el convencimiento de que estaba ante una de las princesas reales, a lo que había que añadir la turbación que le había generado la intransigencia de la reina con su cometido en la plantación, habían logrado hacer tartamudear al seguro de sí mismo Rakjumar.

Devi quedó prendada, enamorada en ese mismo instante del leve tartamudeo de aquel joven que a ella se le antojó el más guapo de cuantos conocía. Tampoco a ella le salieron las palabras que le hubiera gustado pronunciar y antes de ponerse roja como la grana y balbucear algunas incoherencias decidió mostrarse altiva, recurso que por herencia y sangre noble dominaba a la perfección.

—¡Vigila por donde andas, gusano si no quieres que use mi fusta en tu cara de perro!

Devi no pudo evitar enrojecer. No era eso lo que quería decir pero ni el recurso a la altivez le había dado resultado. El corazón le iba a mil por hora y al ver que el hermoso joven se doblaba en una profunda reverencia y aceptaba su desmedida reprimenda se sintió mal y optó por dejarlo en aquella forzada postura y chasquando lo dedos para que Dolly la siguiera se encaminó hacia la escalinata que conducía a sus aposentos.






***




—¿Le has visto Dolly? ¿Has visto lo guapo que es?

—Sí ama Devi, muy guapo, pero no es para ti. Aunque sea el administrador de las tierras de tu madre, que dios guarde eternamente, es un plebeyo. Tú te tienes que casar con un noble, ya sea birmano, hindú o europeo, tanto da, pero noble, y si puede ser perteneciente a una casa real, tal y como va a hacer próximamente tu noble hermana, que dios guarde eternamente, casándose con el heredero de un pequeño reino de este inmenso país que es la India.

—¡Ja! ¿Tú te piensas que me voy a casar con un seboso barrigudo y pervertido como ese Gutra Bayán por muy heredero que sea? Compadezco a mi hermana cuando tenga que compartir lecho con esa vaca viciosa… ¿vas a terminar de sacarme las botas de una vez, Dolly? — interrumpió su discurso al ver que su esclava tenía serios problemas para sacarle las altas botas de montar que tanto le gustaba cazlar a Devi. A veces ella misma se decía que si montaba a caballo era precisamente para tener una excusa para calzar esas majestuosas botas que Dolly pasaba horas y horas lustrando y cuidando tanto o más que a ella misma.

—Perdona mi señora, pero te van tan ceñidas que como se te engorden una pizca las pantorrillas ya no te las podré sacar nunca.

—¡Jajajajaja… eso estaría bien! — venga, ponte de espaldas y cógeme la bota que yo te empujaré con la otra por el culo.

—¡Esto no es decoroso, mi ama! — se quejó Dolly aunque era incapaz de negar nada a su joven ama, a la que idolatraba.

Dolly la había tenido en sus brazos siendo una niña y había estado con ella a todas horas desde el día que la reina Supayalat la puso como esclava de su tercera hija. Además Devi se hacía querer. Podía mostrarse muy dura con su sirvienta pero sólo en escasas y contadas ocasiones, por lo general la trataba con mucha bondad. Incluso a veces se mostraba tierna y afectuosa con su querida esclava.

—Pero sí efectivo. Anda, no me vengas ahora con decoros después de lo que me haces a la hora de la siesta — dijo Devi haciendo que su esclava enrojeciera como una amapola.

Con resignación se levantó, se puso de espaldas y separó las piernas. Devi introdujo la bota por el arco de los muslos de la esclava y ésta la atrapó por el tacón y la puntera, procurando no pincharse con la afilada espuela y esperó a sentir la suela de la otra bota apoyarse en sus nalgas.

—¡Venga, ahora, tira con fuerza! — le animó Devi empujando con el pie sobre el trasero de Dolly quien a su vez empezó a tirar con toda su alma de la bota que tenía entre sus manos.

Finalmente el pie de Devi encontró el camino para librarse de la prisión a la que se hallaba sometido. Debido a la tensión ejercida por Dolly y la presión de la otra bota en su trasero, la criada salió por los aires y acabó con la bota entre las manos pero caída de manera grotesca en el suelo, con las piernas levantadas y la falda caída hacia abajo por la fuerza de la gravedad cubriéndole el rostro.

—¡Jajajajaja… no me negarás que es divertido! — se exclamó Devi retorciéndose de risa en el banquito situado a los pies de la cama donde solía sentarse para que su criada la calzara o descalzara.

—Muy divertido mi señora, al menos para ti, pero yo he estado a punto de perder un ojo por culpa de esa maldita espuela ¿Es que no piensas en el daño que le causas al pobre potro cada vez que se las clavas en los ijares? — se quejó molesta Dolly.

Una sonrisa maravillosa aflorada a los labios de la princesa desarmó totalmente a la molesta esclava. Devi era a todas luces la menos bella de las cuatro hermanas, era muy delgada, no muy alta, de rostro moreno aceitunado, ojos oscuros y llameantes y larga cabellera trufada de brillantes bucles que posiblemente constituía el bien más preciado de su cuerpo.

Su rostro no respondía a la belleza de porcelana de sus hermanas pero denotaba una personalidad arrolladora, que junto a su permenente sonrisa que le había llegado a formar unas perennes arruguitas a los lados de su carita alargada, la dotaban de un irresistible atractivo.

Precisamente Rakjumar había caído hechizado por esa belleza diferente con la que había topado por sorpresa al abandonar el palacio Min y Dolly tampoco era inmune a ese atractivo especial, mezcla de belleza exótica y arrolladora personalidad de la princesa que la hacían adorarla a pesar de que en ocasiones se había mostrado muy antipática con ella, incluso cruel. Pero eso lo olvidaba Dolly fácilmente para volver a caer a la mínima en sus redes seductoras.

La segunda bota no pilló desprevenida a Dolly y cuando cedió a causa de la presión que ejerció el pie desnudo de la princesa en su trasero apenas trastabilló pero logró mantener el equilibrio sin llegar a caer en una postura tan humillante como le había sucedido con la otra bota.

—Perfecto Dolly, ahora hazme un masaje en los pies — le ordenó Devi tumbándose en la cama atravesada para gozar de las expertas manos de su esclava.

Dolly dejó las botas de su ama en el armario zapatero para lustrarlas después y se arrodilló detrás de los pies de Devi que emergían por uno de los laterales de la cama. Con gran mimo y cuidado la esclava acercó el rostro a las plantas de los pies de su dueña y contra ellas frotó sus mejillas y sus labios en un ritual que todos los miembros de la casa real birmana disfrutaban con evidente placer, desde el rey y la reina y todas y cada una de las princesas reales, desde Osma hasta Sirín, pasando por Sipilimía, la segunda y acabando en Devi, la tercera en el orden de prelación.

—¿Sabes algo de ese muchacho, Dolly?

—¿De qué muchacho me hablas, mi señora?

—No te hagas la tonta conmigo, sabes perfectamente a quien me refiero, al joven administrador

—Algo sé, mi ama.

Dolly calló para frotar sus labios contra las plantas de los pies de Devi. Ésta, que estaba boca abajo y apoyada sobre los codos giró la cabeza al ver que su esclava había callado.

—¿Qué sabes?

—Si tengo que besarte los pies no puedo hablar, mi dueña.

—Pues móntatelo como quieras pero habla y besa, seguro que puedes hacerlo — le recriminó algo irritada Devi por la excitación que le producía saber algo más de aquel muchacho que la había sorprendido haciéndole brincar su joven corazón.

Dolly siguió en silencio mientras ahora movía los labios en los deditos de los pies de Devi. La joven se volvió furiosa.

—Está bien, deja de besarme los pies. Ven aquí, me besarás las manos y no tendré que partirme el cuello para hacerte obedecer. Si no me hablas te clavaré la aguja de carey que me regaló Beni en los ojos — la amenazó desmintiendo con una risa cristalina las preocupantes intenciones mostradas.

Dolly se levantó, rodeó la amplísima cama adoselada de su dueña y se arrodilló en el lado contrario, frente al rostro radiante de Devi que asomaba resplandeciente y hermoso. Devi le ofreció las manos para que se las besara. La familia Min no había renunciado al trato que en tiempos recibían de sus esclavos y súbditos y hacerse besar los pies o las manos era una de sus predilectas aficiones.

La esclava vio la larga aguja del cabello hecha de fino carey con que la había amenazado Devi sobre la cama y por un momento pensó en si realmente su adorada princesa sería capaz de torturarla de la manera que la había amenazado.

—¿Qué sabes de ese muchacho, Dolly?

—Muchas cosas y ninguna buena — dijo con aire protector la esclava.

—Venga Dolly, sé buena… dime qué sabes de él. Yo lo único que sé es que cuando se ha vuelto de cara a mí y me he abismado en sus profundos ojos verdes he creído que se me paraba el corazón… o era que se me ha desbocado con tanto ímpetu que parecía «Lunes» cuando le clavo espuelas para que brinque.

La esclava demoró unos segundos más besando los largos y suaves dedos de las manos de la joven princesa antes de aplacar su curiosidad.

—Lo primero y más importante y que impide de raíz cualquier pretensión que tengas de esposarle: Rakjumar nació esclavo.

A Devi se le abrió la boca de la sorpresa. Sus mandíbulas parecían haber perdido vigor. Dolly sonrió satisfecha de lo que sabía había sido un golpe de efecto demoledor. Pero si pensaba que había ganado la batalla del desánimo sobre su idolatrada dueña es que aún no la conocía lo suficiente.

—Bien, eso significa que ya no es esclavo. Has empleado el verbo en pasado imperfecto: nació. Además, si fuera un esclavo no sería el hombre de confianza de madre en esa plantación que parece ser que es la que nos da todo o la mayor parte del dinero que gastamos a manos llenas. Sigue. ¿Qué más sabes de él?— atajó Devi una vez recuperada del impacto inicial y recuperado el control sobre sus músculos faciales para poder cerrar la boca.

Dolly soltó un suspiro de resignación. Había gastado su cartucho más demoledor al principio sin hacer blanco en el ánimo de su dueña. Seguramente había equivocado la estrategia. Debería haber empezado por datos brillantes, que los había para ir descendiendo en los orígenes del joven hasta llegar al momento clave: el sello de esclavitud que marcaba sus orígenes acabaría por desbaratar los locos sueños de aquel corazón romántico y joven.

—Es mestizo. Hijo de un presidiario inglés que fue comprado por el sultán de Brunei para cumplir con el capricho de una de sus hijas, y la dueña de aquél. La hija menor del sultán se enamoró de su esclavo y el asunto acabó con una criaturita mamando de los reales pechos de la altiva princesa… algo así como tú ahora pero mucho más rica — le dijo Dolly un poco para molestar a su ama que la miró con altivez, molesta por la comparación.

—Ves… la cosa de los orígenes se va arreglando. En realidad tiene sangre real si era hijo de una princesa del sultanato de Brunei.

—Sí… era hijo de la princesa Magnolia, pero no sólo era su hijo, era ante todo su esclavo. Un esclavo amado por su ama y madre pero su esclavo a fin de cuentas. El sultán cuando se enteró de que su tonta hija había quedado en estado de su esclavo mandó hervir al inglés en aceite y conminó a su hija a abortar. La princesa se negó y entonces su madre intervino, le dio a escoger: o se deshacía de aquella mácula en su real vientre o el fruto, fuera niño o niña, sería su esclavo de por vida.

—Por lo que se ve la princesa eligió tener al niño aunque eso significara tenerlo como esclavo. Yo habría hecho lo mismo — dijo Devi ensoñada mientras se miraba el barniz de las uñas que Dolly le besaba devotamente, advirtiendo un ligero desportillón en uno de los pulgares.

—La princesa fue obligada a presenciar la cruel muerte de su esclavo y padre del hijo que llevaba en su seno. El martirio del inglés afectó profundamente la mente de la pobre princesa que ya nunca más volvió a ser la muchacha alegre y frívola que se encaprichó de un presidiario que era vendido como esclavo y que logró convencer a su padre, el sultán, de que se lo regalara sin que sus atributos pasaran por la cuchilla afilada de los hacedores de eunucos.

»La princesa tuvo a la criatura. Tener en sus brazos a aquel ser acabó por trastocarla. Se enternecía dándole el pecho y después, como si se transformara, ordenaba a sus esclavas que pusieran al bebé a sus pies para no verle la carita. Las esclavas estaban angustiadas porque a veces su dueña aplastaba al pequeño bebé con sus pies con la clara intención de acabar con su vida. Pero la sultana, su madre, no iba a permitir que su hija se liberase del castigo que le había impuesto por haber yacido con un infiel que para colmo era su esclavo y dio instrucciones a las esclavas de su hija de impedir como fuera que ésta hiciera daño a la criatura. La reina quería que Magnolia sufriera su maternidad teniendo a su hijo como esclavo.

»La constante vigilancia a la que era sometida por sus propias esclavas impidió que la princesa Magnolia pudiera matar a su hijo. Según parece el niño creció sano y bien alimentado. Su madre lo evitaba y al parecer pasó la mayor parte del tiempo con su abuela quien en ocasiones obligaba a su hija que atendiera al pequeño. Cuando eso sucedía la madre, que lo rechazaba, lo hacía llorar con la excusa de que era su esclavo. El pequeño sólo podía estar con su madre a sus pies, y lo que dicen ahora de él es que esa situación le provocó grandes carencias afectivas.

Devi escuchaba anonadada aquel relato espantoso. Ella que había crecido mimada por su madre no concebía que la de aquel joven pudiera repudiarlo e incluso hacerle daño.

—¿Y cómo fue que acabó administrando la finca de madre?

—Lo único que sé es que la madre del muchacho murió cuando éste tenía doce años y su abuela, que le había cogido cariño, le dio la libertad. El joven marchó del palacio y sólo sé que se buscó la vida hasta llegar a donde ha llegado.

—Encomiable — suspiró Devi.







***





Un mes más tarde, a punto de celebrarse la boda de la princesa Osma, Rakjumar se presentó en el palacio Min con el millón de rupias que la reina le había exigido. Devi se puso muy nerviosa cuando supo de la presencia de aquel joven que tan honda impresión le había causado la primera vez que lo vio. Hizo que Dolly la arreglara de la mejor manera posible y bajó al salón donde el muchacho, pues no tendría más de veinte años, estaba postrado a los pies de la reina mostrándole sus respetos de la manera tradicional, besando sus pies hasta que su majestad le autorizó a dejar de hacerlo.

—Ves como no era tan difícil, Rakjumar… — dijo la reina contemplando el pequeño tesoro que le había hecho llegar su fiel administrador.

—Soy vuestro sirviente y obedezco, majestad — respondió el muchacho inclinando la cabeza.

Supayalat alargó la mano y acarició el bello rostro de Rakjumar.

—Para recompensarte permitiré que descanses en palacio unos pocos días antes de regresar de nuevo a tus obligaciones. Mañana son los esponsales de mi hija y he autorizado a mis sirvientes que a su término lo puedan celebrar con las sobras del banquete. Tienes mi permiso para celebrarlo con ellos… ah, y te dejaré escoger una esclava de mi propiedad para tu disfrute personal que podrás llevarte contigo de regreso a «Ladera de Oro», aunque estoy segura de que allí ya debes surtirte a placer… ¿me equivoco?

Rakjumar enrojeció ante la insinuación lasciva de la reina e hizo como si no la hubiera oído. Inclinó la cabeza sumisamente y dijo:

—Es un honor que no merezco, graciosa y augusta majestad.

—Puedes besarme los pies. Uma te acompañará a las dependencias de los criados donde seguro que encontrarás un hueco para pasar la noche. Ahora vete, Rakjumar.

El administrador caminó de espaldas como era preceptivo hacer delante de la reina cuando ésta recibía en audiencia, pero en esta ocasión anduvo atento para no chocar con nadie. Devi, que había permanecido en la puerta mostró su sonrisa más seductora al joven cuando éste se giró y sus miradas se encontraron.

—Alteza… — Rakjumar hizo a la joven una profunda reverencia sin dejar de observar el bello rostro que un mes antes le cautivara.

Había soñado con aquella cara día y noche desde su primer encontronazo y ahora volvía a verla. La sangre se le alteró y se avergonzó de sentir el rubor en sus mejillas.

—Esta vez has ido con más cuidado de no atropellarme — se rió nerviosa Devi.

—Sí alteza, aunque en el fondo es una lástima no haber podido repetir la experiencia de chocar contra vos — respondió Rakjumar recuperando la apostura y el control sobre sus emociones.

Esta vez fue Devi quien se quedó sin poder responder a lo que a todas luces parecía un requiebro.

Rakjumar se instaló en las dependencias de esclavos y criados. En «Ladera de Oro», ese era el nombre de la plantación que él administraba, vivía en una casita no muy grande pero sí bien provista de la que se ocupaba una criada que también se ocupaba de calentarle la cama por las noches. En la mansión principal, que era conocida como «Palacio de Cristal» por los amplios ventanales que permitían a sus antiguos propietarios ver desde el salón trabajar a los cientos de campesinos a los que explotaban, no vivía nadie. Rakjumar hacía ir a diario a cuatro o cinco sirvientas para que limpiaran. La actual propietaria, la reina Supayalat, no había estado nunca allí pero podía darse el caso que un día decidiera ir o lo hiciera alguna de sus hijas y la mansión había de estar en perfecto estado para vivir en ella.

El joven se sentía en el palacio Min como fuera de lugar. Le gustaba su trabajo en «Ladera de Oro» donde era considerado como el amo de la plantación por los trabajadores  puesto que desde la compra de la hacienda por parte de la familia real birmana nunca habían visto a sus verdaderos propietarios. Muchos de ellos habían trabajado para los anteriores dueños, a quienes la reina Supayalat compró tanto la plantación como el más de centenar de malayos que la trabajaban, alrededor de una veintena de familias a las que había que sumar las adquisiciones que había realizado Rakjumar en nombre de la reina Supayalat, otro centenar de hombres, mujeres y niños tamiles a los que genéricamente llamaban culies.

Los tamiles, o culies, procedían de los asentamientos formados a lo largo de la cuenca del Iradawi. Miles de refugiados, expulsados de sus tierras de la India y Ceylán, habían acabado desplazados en Birmania. Grandes oleadas de muertos de hambre, despreciados por los indios, por los birmanos y por los malayos, quienes los consideraban de la casta más inferior, incluso por debajo de los shudrás, constituían una fácil, barata y servil fuerza de trabajo, a merced de los tratantes que los capturaban sin escrúpulos y los vendían como ganado a los ricos plantadores de la zona.

En las plantaciones se les asignaban los trabajos más duros y más bajos. Gentes sencillas y de gran tradición servil, no causaban problemas a sus amos. Trabajaban duro y sin quejarse y todo por un miserable cuenco de arroz y unas habas secas que era el pago que recibían.

Los culies tamiles vivían en situación de casi esclavitud toda vez que oficialmente no existían y los plantadores los explotaban impunemente sin que nadie les pidiera cuentas de sus actos.

Rakjumar, que conocía la temerosa y servil actitud de estas gentes, capaces de tragarse las humillaciones más serviles por un cuenco de arroz, se decidió por adquirir, en nombre de la reina, unas cien cabezas para engrosar las fuerzas productivas de la plantación.

En «Ladera de Oro» era temido y respetado. Era el representante del amo, la reina Supayalat, y en consecuencia su palabra era ley. Sin embargo allí, en el palacio Min no tenía categoría para asistir a los esponsales de la hija de su patrona.

Comió en las cocinas con los criados y esclavos y se fue a dormir pronto a un catre que le proporcionó Uma, quien en su condición de esclava de confianza de la reina tenía potestad y mando entre el servicio, ya fuera libre o esclavo. Nadie osaba contradecir sus órdenes y disposiciones porque temían que la mujer fuese a ir con el cuento a la reina y todos conocían el carácter irascible e imprevisible de la gran señora.

Por la tarde del día siguiente quiso ayudar a los sirvientes que andaban colapsados con la inminente fiesta de los esponsales. Se encargó de limpiar la plata junto con una sirvienta que no paraba de mirarle de soslayo. Después ayudó a preparar bandejas con comida. Esa gente sí sabe vivir bien, se dijo mientras rellenaba ingentes cantidades de tarros individuales con caviar iraní. Lo último que hizo fue trasegar botellas de champagne francés de la bodega a los cubos con hielo que más tarde serían transportados al gran salón.

Cuando la fiesta dio comienzo lió un cigarrillo y salió al jardín. Se sentó bajo un sauce y vio ponerse el sol en el mar. Del interior del palacio emergían las notas de la orquesta y mientras silbaba por lo bajo la melodía que estaban tocando oyó un ruido como de una ramita que al ser pisada se resquebraja. Se giró y vio allí a la joven Devi con el pie medio levantado tras ser consciente del ruido que había provocado por no fijarse donde pisaba.

Rakjumar se levantó de un salto. Sin saber porqué se puso rojo. La visión de nuevo de aquella jovencita lo había sobresaltado. Ella también parecía incómoda. Él carraspeó levemente.

—Perdón excelencia… tal vez no debería estar aquí — se disculpó Rakjumar.

—Oh, no, no… claro que puede estar aquí. Oí a madre que le invitaba a quedarse hasta después de la fiesta de la boda de mi hermana.

—Excelente fiesta, si me lo permite, alteza — hizo una pequeña reverencia a la joven.

—Sí, pero no es la mía.

—¿Se aburre?

—Digamos que no me divierto. Las caras que hay dentro las tengo muy vistas.

—Claro, me hago cargo — Rakjumar notaba que le sudaban las manos.

—¿Tiene un cigarrillo? — preguntó Devi señalando con el mentón el que él sostenía entre los dedos.

Rakjumar no se enteró de la pregunta. En ese momento se encontraba ensimismado contemplando lo bella que estaba esa noche la princesa. La primera vez que la vio vestía de amazona, y calzaba elegantes y altas botas de montar. Ahora llevaba un vestido largo, de noche, de color manzana pálido, de tirantes que dejaban a la vista sus juveniles y bronceados hombros y brazos. En el cuello llevaba un fabuloso collar de esmeraldas y en la mano derecha lucía dos enormes brillantes engarzados en oro blanco. Esta vez en sus pequeños pies calzaba unas elegantes sandalias de tacón a juego con el vestido que la hacían más alta de lo que era.

—¿No suele responder a las preguntas directas? — atajó Devi algo molesta.

—¿Perdón?

—Le he preguntado si tiene un cigarrillo.

—Por Dios, qué estúpido. No la he oído. Estaba… — se calló, no podía decirle que la estaba contemplando embelesado por su turbadora belleza — …estaba pensando que es usted muy hermosa.

Ahora fue el turno de Devi de encenderse. Las mejillas le ardían y casi podía ver reflejado su rubor en las aguas cálidas del mar que se divisaba a lo lejos.

—¿Puedo sentarme aquí? — Devi señaló con el pie el lugar que había ocupado Rakjumar.

—Desde luego, alteza, es su palacio. Yo no tengo ni la posibilidad de estar en la fiesta, así que… — hizo un gesto con la mano, se sacó un pañuelo del bolsillo y lo colocó extendido en el suelo junto al tronco del sauce.

Devi le sonrió y se sentó. Se abrazó las rodillas y con un gesto de la cabeza invitó a Rakjumar a sentarse también, cosa que el muchacho hizo con escasa gracia debido a los nervios que lo atenazaban. Rakjumar, recordando la pregunta sobre el tabaco le tendió el cigarrillo a medio consumir. Ella lo tomó con elegancia entre dos elegantes dedos y se lo llevó a los labios, dio una fuerte calada y expulsó el humo lentamente devolviéndole el cigarrillo a medio consumir.

—¿Qué es esto? ¡Dios, qué fuerte! — Devi tosió un par de veces y Rakjumar se rió.

—Lo único que puedo permitirme con el sueldo que me paga su madre, alteza — dijo y volvió a reírse con franqueza.

—Tendré que hablar seriamente con ella, tampoco es cuestión de que su administrador se deje los pulmones por no poder pagarse unos cigarrillos decentes.

Rakjumar vio la increible sonrisa de Devi y se sintió embargado por una profunda emoción. ¿Qué hacía aquella joven aristócrata, una princesa real, vestida para deslumbrar en la fiesta que tenía lugar en el interior del palacio, llevando unas joyas cuyo valor serviría para erradicar el hambre en todo el estado de Maharastra, sentada con él en el suelo, compartiendo un horrible cigarrillo y haciendo bromas con él?

—No será necesario, alteza, su madre me paga un sueldo justo, en todo caso es culpa mía. No lo he tenido fácil en esta vida y ahorrar es mi obsesión. Usted no tiene que preocuparse por el dinero pero yo sí. En cualquier caso le prometo que si nos volvemos a ver llevaré conmigo una cajetilla de rubio americano sólo para invitarla a fumar algo digno de una princesa.

Devi experimentó una enorme corriente de simpatía por aquel joven de profundos ojos verdes. Lo contempló sin disimulo, llenándose la vista de las formas de su rostro. Le gustaba, no tenía la menor duda. Sus facciones eran distintas a las de todos cuantos había conocido. No era de aspecto malayo, tampoco parecía birmano y no parecía inglés. En cualquier caso el resultado de cruzar sangre europea con sangre real de una de las princesas de Barein había dado un ejemplar único, bello, hermoso.

—Pero como que lo único que tenemos es ese matarratas déjeme que le dé otra calada a ver si logro no ahogarme en el intento — le dijo Devi mientras sus dedos buscaban el cigarrillo que Rakjumar sostenía entre los suyos.

Devi esta vez aspiró poco y evitó tragarse el humo. A Rakjumar se le antojó sensual la manera que tenía la princesa de expulsar el humo.

—La primera vez que coincidimos me mostré como una verdadera grosera — dijo Devi mientras con el dedo índice sacudía la ceniza del cigarrillo.

—No alteza, en absoluto. La culpa fue mía, por no mirar por dónde iba.

—Pero me mostré muy desagradable.

—En absoluto. Usted es una princesa, tiene derecho a tratar a los estúpidos como yo con altivez. No debe disculparse.

—No lo estaba haciendo — dijo Devi mostrándole una de sus sonrisas que sabía tenían un efecto demoledor en los jóvenes que la cortejaban.

A sus quince años estaba harta de deshacerse de pesados moscones que la pretendían. Hijos de la aristocracia venidos incluso de Bombay para ver si lograban hacerse con una de las tres hijas de la reina Supayalat que aún seguían solteras. A Devi no le gustaba ninguno de los pretendidos pretendientes. Todos eran fátuos y pomposos, arrogantes y estúpidos. Sin embargo aquel simple empleado de su madre le había entrado por el ojo derecho de su corazón, pero iba a hacerle sudar. Ella ya había detectado que él la miraba arrobado y que podría gobernar en su corazón, pero, qué caray, tendría que lucharla.

—Disculpe mi arrogancia alteza, no sé cómo he podido pensar por un momento que pretendiera disculparse. Lo siento.

Devi dio otra calada y le pasó el cigarrillo. La joven sintió que su táctica era la adecuada.

—Hábleme de la hacienda de mamá… ¿cómo se llama? ¿«Ladera de Oro»?

—Efectivamente, así se llama.

—¿Y por qué ese nombre?

—La hacienda ocupa una extensión de bosque de más de mil hectáreas. Se encuentra en una vaguada inmensa y está flanqueada por una colina cuya ladera, vista desde la mansión, produce el efecto de los destellos del oro al atardecer, cuando el sol incide sobre los tejadillos dorados de un antiguo monasterio budista.

—¿Hay monjes?

—No. Está abandonado y pertenece a la hacienda. Se asciende por una carretera sinuosa y desde él se contempla todo el valle, con los bosques de heveas y la fabulosa mansión que lleva el nombre de «El Palacio de Cristal».

Devi enarcó las cejas en una muda pregunta. Rakjumar se rió dando una última calada al cigarrillo.

—Su anterior propietaria se hizo construir una mansión de mármol y cristal. Toda la fachada exterior, a donde dan los salones, tiene grandes ventanales de cristal. La propietaria gustaba de ver trabajar a su gente desde el salón de la casa.

—¿Es bonito? Me refiero a todo, a la casa, a la plantación…

—Es maravilloso. Las heveas son los árboles de los que se extrae el caucho, y son altísimos y muy verdes. Crecen manteniendo una alineación simétrica y regular y vistos desde la casa paracen un ejército.

—¿Y cómo se obtiene el caucho?

—Hay que hacer una hendidura profunda en la corteza y colocar un cubo justo debajo para recoger la savia. Se empieza en la parte más alta del árbol y se va bajando. Cuando el cubo está lleno se cambia si aún sigue sangrando. Es sencillo.

—¿Y ya está?

—Bueno, después hay que vaciar los cubos y llenar los bidones con el caucho. Los ingleses y los alemanes nos lo compran y pagan lo que les pedimos. Al parecer el caucho, que es como una goma elástica, tiene aplicaciones industriales muy importantes. Lo importante es que el caucho sea de gran calidad y el clima y el tipo de suelo de «Ladera de Oro» reune las características necesarias para que nuestras heveas den el mejor caucho posible.

Devi, con la barbilla apoyada en las rodillas que tenía recogidas hacia su pecho, lo escuchaba como si realmente estuviese interesada en los detalles del negocio que hacía cada día más rica a su madre, pero lo que en verdad le interesaba era que Rakjumar siguiera hablando. Se hubiera pasado el día y la noche oyéndole hablar. Tenía una voz suave, acariciadora, y escucharlo la llenaba de paz.

—¡Por fin os encuentro, alteza! — una voz masculina  puso en alerta a Rakjumar a la vez que sacaba a Devi de su ensimismamiento — me habíais prometido un baile y ya no quedan muchos.

Rakjumar se había puesto de pie. Un joven vestido con frac, más alto que él y mucho más grueso, lo miraba con altivez, desprecio y franca hostilidad. Rakjumar inclinó respetuosamente la cabeza. Devi alargó los brazos para que la ayudaran a levantarse y fue el muchacho recién llegado quien acudió en su rescate.

Devi se sacudió el vestido por la zona de las nalgas y se atusó el cabello.

—¡Dolly, Dolly! ¿Dónde se habrá metido esa idiota? Las esclavas nunca están cuando se las necesita — dijo irritada Devi.

Dolly tardó poco en hacer acto de presencia. Había permanecido cerca todo el rato por si su dueña tenía necesidad de ella y de paso había estado espiando a ese chico que nació esclavo y ahora parecía haber hecho mella en el corazón de su alteza.

—Mi ama — Dolly se postró en el suelo y besó los pies de la princesa mientras el joven aristócrata indio y Rakjumar contemplaban la escena absortos.

—Deberíais castigar a vuestra esclava, princesa — intervino el arrogante joven — es intolerable que haya tardado tanto en acudir a vuestra llamada.

Devi miró furiosa a su supuesto pretendiente.

—Dolly es la esclava más fiel que jamás pueda tener. No pienso castigarla por darte a ti un capricho — le espetó con rabia y desprecio al joven aristócrata — ya me han dicho que tienes debilidad por castigar a tus sirvientes.

La incipiente papada del joven tembló de indignación, pero se contuvo. Devi podía ser muy áspera si se lo proponía y para sus fines, o mejor dicho para los fines de su familia que no eran otros que acordar la boda de la tercera princesa real con el vástago casadero, le convenía no ponérsela abiertamente en contra.

—Claro, claro, no era más que una sugerencia. ¿Vamos a bailar?

Devi miró a Rakjumar con carita de pena y con una mirada que venía a decir: lo siento, no tengo otro remedio, soy hija de mi madre y eso conlleva deberes y responsabilidades ineludibles, aunque sean tan desagradables como bailar con ese gordo seboso de Arjún.

El joven Arjún lanzó una mirada de arrogante desprecio a Rakjumar que de nuevo inclinó la cabeza hasta casi tocar el suelo.

—Ve pidiéndome una copa de champagne. Antes tengo que ir con Dolly a que me arregle — comentó Devi cogiendo de la mano a su esclava que se había asustado ante la sugerencia del amo Arjún de que la castigase.

Rakjumar encendió un nuevo cigarrillo y contempló por la espalda a Arjún que caminaba al lado de la maravillosa Devi y ambos eran seguidos a dos pasos por la temerosa Dolly. Lanzó una bocanada de humo a la vez por la nariz y la boca y pensó que mejor le valía irse olvidando de la joven princesa. No tendría nunca la menor posibilidad de casarse con alguien que estuviera tan por encima de sus posibilidades y Arjún contaba, además de con su sello de nacimiento, con la inestimable influencia de Beni, la gobernadora, de quien era tía carnal.






***





Rakjumar permaneció bajo el sauce durante al menos otras tres horas esperando por si la princesa Devi regresaba, pero no lo hizo. Rakju tuvo tiempo de analizar friamente sus sentimientos. Cuando empezó a entrarle frío debido a la hora y deshechando la posibilidad de volver a ver a la princesa Devi, decidió irse a acostar.

Le habían asignado un cuartito en la zona de los sirvientes, uno sólo para él, para que tuviera un mínimo de intimidad. A pesar de ser un empleado de la reina, Rakjumar no tenía la categoría de simple sirviente, era el administrador de su plantación, por lo que Uma decidió darle un tratamiento ligeramente superior al que merecería un simple criado.

A pesar de la hora que era en las cocinas había una gran actividad. Los sirvientes no se podrían acostar hasta que hubieran dejado la mansión impoluta de los restos producidos por los invitados que aún apuraban las últimas copas de licor. Docenas de criadas fregaban vasos, platos, copas, cacerolas y todo tipo de menaje. Algunos sirvientes, viendo que la reina Supayalat y la princesa Osma en compañía de su flamante esposo, ya se habían retirado a sus aposentos, habían empezado a limpiar en los salones principales.

Una criada entró llorando. La cocinera, que en unión de Uma ejercía de máxima dirigente del servicio doméstico, la interpeló sobre el motivo de su llanto. La niña, entre hipidos, suspiros y sollozos entrecortados le mostró el pómulo amoratado. De la carne abierta manaba un hilillos de sangre y podía apreciarse la esquirla blanca de un hueso fracturado.

—¿Pero qué ha pasado? ¿Cómo te has hecho eso?, ¡Virgen Santa! — exclamó la mujer.

Rakjumar se detuvo picado por la curiosidad. Por las explicaciones inconexas de la pobre criada supo que había tenido un encontronazo con dos jóvenes bastante borrachas a las que había molestado ver a la criada limpiando los ceniceros y recogiendo los vasos vacíos mientras ellas aún estaban allí. La mayor de ellas le había arrojado el vaso de whisky vacío a la cara con tan mala fortuna que el grueso cristal del fondo le había roto el malar.

—¡Recoge este vaso y tráeme uno limpio con más hielo y más whisky! — bramó la indignada joven sin siquiera percatarse del daño que había causado su irresponsable y frívola acción.

—Madula, llévale tú el vaso a la señorita — ordenó Uma que se encontraba allí vigilando que todo se hiciera correctamente.

La tal Madula demudó de color. Empezó a balbucear nerviosa. No quería enfrentarse a aquella desalmada que a buen seguro podría repetir lo mismo que había hecho con su compañera. Uma se tuvo que imponer y Madula accedió muerta de miedo.

—Yo llevaré el whisky a esas señoritas.

La totalidad de sirvientes con la cocinera y Uma a la cabeza, giraron hacia el lugar de donde procedía aquella voz tranquila y vieron a Rakjumar que se dirigía hacia la acongojada Madula y le cogía la bandeja que temblaba en sus manos.

—No es procedente, señor Rakjumar — dijo Uma — ese es trabajo de criados y usted no lo es. Deje a Madula que cumpla con su obligación.

—Ya sé que no es mi trabajo, señora Uma — Rakjumar dio tratamiento de señora a la esclava personal de la reina para ganársela con facilidad — no se preocupe, me presentaré ante ellas y les rogaré que se tomen la copa en el jardín pues los sirvientes tienen que limpiar. Si ven a otra pobre criadita lo más probable es que quieran seguir divirtiéndose a su costa. Yo sabré defenderme.

Uma se quedó sin respuesta. Evidentemente no era algo propio pero las palabras del administrador de la plantación de la reina sonaban sensatas. Era consciente de que aquellas jóvenes arrogantes y encima bebidas eran un peligro para las pobres sirvientas. Tal vez no se atreverían con alguien que, aunque no fuera de su clase al menos no se encontrara tan abajo en la escala social.

—Está bien, como quiera. Lo único que le suplico es que si ve que la cosa toma un cariz feo abandone rápidamente. Yo misma iré a buscar a la reina si las cosas se ponen feas.

Rakjumar hizo una leve inclinación de cabeza dirigida a Uma y dejó el vaso con el whisky sobre la mesa. Cogió un vaso limpio y lo llenó con limonada que había en una jarra. Luego, ante la atónita mirada de todo el servicio enfiló escaleras arriba hacia el salón.

Cuando llegó al salón identificó inmediatamente a las responsables del incidente. Por el amor de dios, si son dos crías — se dijo Rakjumar tomando aire y dirigiéndose a los sofás donde se encontraban repantingadas.

—Perdón señoritas, ¿Cuál de las dos ha pedido un whisky?

Las dos muchachas dejaron de reír y parlotear y levantando sus rostros clavaron sus miradas desconcertadas en el rostro de Rakjumar que se mostraba sumiso pero digno.

—Yo he sido. Ya era hora. Creo que me quejaré a Devi de que tiene unos criados insoportablemente lentos y torpes… trae, estúpido.

Rakjumar compuso una estudiada sonrisa y antes de acercarle la bandeja a la joven que se había limitado a estirar un poco la mano le dijo:

—Lamento comunicarle que el whisky se ha terminado. De hecho su majestad la reina ha dado orden de que una vez ella se retirase se dejara de servir alcohol. Me he tomado la libertad de prepararle una limonada que espero sea de su apetencia.

Rakjumar acompañó su pequeño discurso del ofrecimiento del vaso a la joven que se lo había quedado mirando, al igual que su compañera, con cara de no entender nada. ¿Dónde se había visto que porque la anfitriona se retirase los sirvientes dejaran de servir bebidas con alcohol?

Mientras le ofrecía el vaso de limonada con el brazo extendido que la joven no parecía querer coger, Rakjumar añadió sin variar el tono respetuoso pero firme:

—Si son tan amables de terminarse el refresco en el jardín. Dentro de un momento una brigada de sirvientas, por orden expresa de su majestad, va a empezar a limpiar el salón y de seguro que les va a resultar molesto. Fuera hace una temperatura excelente y, dicho sea de paso, les irá fantásticamente bien para despejarse de los vapores etílicos.

—¡Qué insinúas, patán! — la joven que había arrojado el vaso a la pequeña criada se levantó trastabillándose pero se sujetó al brazo de su amiga y se puso de pie mirando colérica a Rakjumar que en ningún momento dio muestras de acobardarse.

—Es un consejo que los miembros del servicio de su majestad le ofrecemos gratis, señorita, es evidente que de no hallarse afectada por el alcohol no le habría roto el pómulo a la muchachita a la que ha arrojado el vaso a la cara.

La mirada de Rakjumar se endureció mientras reprendía a la joven aristócrata. Ésta se hallaba sorprendida por el atrevimiento, por la osadía, por la insolencia que mostraba aquel criado estúpido. Era guapo, cierto, pero arrogante y eso la puso frenética. Echó el brazo hacia atrás y lanzó su mano abierta cargada de joyas hacia el rostro de Rakjumar. La mano de éste interceptó la muñeca de la muchacha deteniendo el golpe a escasos centímetros de su mejilla.

—¡Suéltame, no me toques, qué te has creído! ¡No sabes con quien te la estás jugando estúpido, te aseguro que le contaré tu comportamiento insolente a la princesa Devi… puedes darte por despedido, patán, desgraciado… criado insolente!

La amiga se levantó y cogió a la irascible muchacha por los hombros intentando calmarla. Rakjumar le soltó lentamente la muñeca y volviendo a poner el vaso de limonada en la bandeja dio media vuelta y se marchó con toda la dignidad de la que fue capaz.

Cuando llegó a la cocina le temblaban las piernas y los brazos.

—Creo que las señoritas van a retirarse a dormir la borrachera. Compadezco a sus criadas — dijo Rakjumar a su entregado auditorio que esperaba en ascuas saber cómo había sucedido todo.

Madula, que había seguido sigilosa al apuesto joven que se había ofrecido a cumplir en su lugar la desagradable misión que le había encomendado Uma empezó a explicar con todo lujo de detalles cómo había sido la escenita. Incluso Uma se rió.

Rakjumar no tenía sueño. Después del desagradable enfrentamiento, del que aún desconocía las consecuencias que le iba a reportar, salió de nuevo al jardín para fumarse un cigarrillo. Le costó varias cerillas prender lumbre al tabaco debido a que las manos le temblaban como si tuvieran vida propia.

Apoyado en una acacia contempló la luna sobre el océano Índico. Hacía una noche estrellada y de agradable temperatura. La exhuberancia del jardín llenaba de aromas delicisoso el ambiente. Media hora después unas pisadas detrás de él lo obligaron a darse la vuelta. Ahí estaba ella, la princesa Devil. A Rakjumar le dio un vuelco el corazón.

—Acabo de enterarme de tu travesura — le dijo Devi cogiéndole de entre los dedos lo que quedaba del cigarrillo y dio una calada expulsando el humo sin toser — no debería felicitarte, al contrario, debería regañarte, pero esas dos estúpidas se lo tenían bien merecido. Lo que le han hecho a la pequeña Indira no tiene justificación.

—¿Indira? ¿Quién es Indira? — preguntó Rakjumar que se encontraba perdido buceando en la oscuridad brillante de las pupilas de Devi.

—La criada a la que han roto el pómulo esas dos estúpidas.

—Ah, ya… claro… pobrecilla. Lamento haberme tomado tantas libertades. Sé que no es propio pero cuando he visto lo que le habían hecho a la chiquilla por capricho he notado que me hervía la sangre. Supongo que se lo dirán a su majestad y es posible que me destituya de mi cargo. Pero si no lo hago reviento.

—Has sido muy valiente, Rakjumar… y a mí me encantan los hombre valientes — le dijo Devi acercándosele peligrosamente.

A Rakjumar le llegó el aroma a lavanda que despedía el cuerpo ligeramente sudado de la joven. Estaba muy cerca de él, cada vez más cerca. A Rakjumar se le antojó que era más bajita de cómo la recordaba. Miró hacia el suelo y vio que iba descalza. Devi llevaba sus sandalias colgando de los dedos de su mano izquierda.

—Son preciosas estas sandalias, pero estos tacones se convierten en un martirio cuando los has de llevar tantas horas — Devi susurró la frase mientras se ponía de puntillas y acercaba sus labios entreabiertos al rostro de Rakjumar.

—Lamento que unos pies tan hermosos tengan que sufrir tanto, alteza — le contestó él poseído por un nerviosismo desconocido.

La cercanía de los pechos de Devi se materializó con un roce sensual que lo hizo estremecerse.

—No te preocupes por mis pies. La buena de mi esclava ya se ocupará de ellos cuando me meta en la cama… de lo que deberías preocuparte es de mis labios. Los tengo ardientes. Afebrados diría yo. Necesitan que alguien los aplaque — le dijo las últimas palabras casi tocándole los labios a Rakjumar que sintió el delicioso aliento que emanaba de su boca.

Las manos de Devi rodearon el cuello del joven que notó cómo las suelas de las sandalias que ella llevaba en la mano le rozaban la espalda. Se sintió acorralado. La princesa acababa de cercar a su presa y no tenía escapatoria.

—¿Se ha divertido en el baile con aquel caballero que la ha venido a rescatar de mi aburrida compañía? — prosiguió Rakjumar componiendo salidas a la situación.

Intentó retroceder pero su espalda chocó contra el tronco del árbol. Los tacones de las sandalias que Devi sostenía entre sus manos se le clavaron en la espalda. No pudo más. Inclinó la cabeza con los labios entreabiertos y se fundió en el beso más increíble que jamás hubiera experimentado y la rodeó con sus brazos nervudos.

Devi notó la fuerza de aquellos brazos delgados y se abandonó completamente. Se besaron en un beso largo, inacabable, como si el mundo acabara de detenerse.

—Arjún es medio bobo pero un buen bailarín — dijo entre susurros Devi cuando las bocas de ambos se dieron un respiro — ¿tú sabes bailar?

—Puedo intentarlo.

Sin música, bajo la luz de la luna índica y al compás de la brisa que llegaba del puerto de Ratnagiri, Rakjumar la rodeó por la cintura y comenzó a tararear una melodía que les sirvió para realizar un pequeño baile en el que ambos se fundieron el uno con el otro.






***






Cuando Rakjumar regresó a las dependencias de los sirvientes estos seguían trabajando para dejar todo limpio. Entró en su pequeño cuartucho dispuesto a echarse en el catre y esperar el amanecer rememorando aquel encuentro maravilloso con la princesa Devi.

Iba a dejarse caer en el catre cuando vio que éste estaba ocupado. Asustado se echó hacia atrás de un salto y encendió una cerilla con la que prendió la luz de una lámpara de aceite.

—¿Quién eres tú? ¿Qué estás haciendo aquí en mi cama? — interrogó entre sorprendido y asustado a una chiquilla desnuda que en aquellos momentos abría los ojos y a la que había despertado de un plácido sueño.

La muchachita se restregó los ojos y se incorporó. Cuando fue consciente de que estaba despierta se asustó y se echó hacia atrás.

—Uma me ha enviado para darte placer, amo — dijo con una vocecilla infantil.

Rakjumar recordó que la reina le había prometido una esclava. ¿Sería esa la esclava?

—¿Qué edad tienes, niña?

—No lo sé, amo — dijo encogiéndose de hombros.

No podía echarla, pero se hubiese sentido mal de intentar obtener placer con aquella niña.

—Bueno, échate a un lado, y procura dormir — le dijo Rakjumar quitándose la ropa y metiéndose en la estrecha cama.

Le costó dormir. Por un lado sentía el calor humano del pequeño cuerpo de la esclava que se había dormido pegada a él. Por otro rememoraba una y otra vez el maravilloso beso con la princesa, e iba intercalando la escena en la que se había enfrentado a aquellas dos estúpidas muchachas de la aristocracia que se habían divertido rompiendo el malar a la pequeña Indira.

Finalmente logró dormirse cuando comenzaba a clarear. Se despertó a media mañana. Abrió los ojos y recordó a la esclava. La buscó con la mano a su lado pero no estaba. Sintió alivio de pensar que se había marchado pero en ese mismo momento se abrió la puerta de la habitación y la vio entrar cargando una bandeja con un humeante café y dos tostadas.

—Buenos días, mi amo. Supongo que estarás hambriento — le saludó la chiquilla con una sonrisa maravillosa.

—Buenos días. Dos cosas, una, dime cuál es tu nombre, dos, no soy tu amo.

—Me llaman Minu, mi amo.

—Bien Minu, ya te he dicho que no soy tu amo.

—Uma dice que sí. Ella me ha escogido para que te sirva. Me ha dicho que soy un regalo de la reina.

Rakjumar dio un sorbo al café. Estaba muy caliente y le sentó bien a su cuerpo.

—Está bien — claudicó — así que la reina ha decidido que seas mi esclava.

—Ahá — asintió Minu que se había arrodillado junto a la estrecha cama.

—Dentro de unos días me iré de aquí.

—Y yo iré contigo, soy tu esclava.

—Sí, claro. Dime una cosa Minu, ¿quieres ser mi esclava?

Minu asintió enérgicamente con la cabeza y sonriendo. Rakjumar la observó atentamente. Era una chica muy guapa. Todo en ella rezumaba sencillez pero tenía una belleza natural espléndida.

—¿Puedo hacerte una pregunta, amo?

—Pregunta — dijo dándole la taza de café vacía que Minu depositó sobre la bandeja que sostenía sobre sus rodillas.

—¿Tienes más esclavos?

—No. Tú eres mi primera esclava. Aunque vivo en un sitio donde hay muchos.

Minu sonrió y a Rakjumar le pareció ver los rasgos de la princesa Devi en su rostro bronceado.

A mediodía Rakjumar se decidió por apurar el último día de su estancia en el palacio Min recorriendo sus fastuosos jardines. Minu le seguía a todas partes, como si temiera que la abandonara. Se topó con una brigada de niños que arrancaban las malas hierbas. Minu le explicó que eran hijos de vecinos de Ratnagiri que venían a diario a mendigar a palacio y la reina accedía a darles un cuenco de arroz a cambio de que limpiaran su jardín de malas hierbas.

El jardín tenía una zona que emulaba la selva de Birmania. Rakjumar quedó abrumado por la similitud con las zonas selváticas de las orillas del Irawadi que quien lo había diseñado había conseguido emular, incluso vio los típicos titis que solían habitar los árboles de la zona boscosa del Irawadi.

Salieron a una zona despejada donde confluían algunos senderos. Rakjumar vio acercarse un caballo al trote montado por una amazona. Cuando la tuvo más cerca se dio cuenta de que se trataba de la princesa Devi. El corazón le dio un vuelco.

—Hola Rakjumar — le dijo con su radiante sonrisa Devi deteniendo la montura al lado de Rakju — ¿Quién es esa monada? — preguntó Devi señalando a Minu con su látigo de montar.

—Se llama Minu, alteza, me la ha regalado su majestad — confesó medio avergonzado Rakjumar.

—Vaya, así que le han regalado una esclava. Eso está bien. Significa que madre está contenta con su trabajo — de nuevo Devi volvía a darle un tratamiento respetuoso. Durante el interludio de la fiesta, cuando se habían besado, lo había tuteado abiertamente, pero ahora volvía al más formal de usted.

Rakjumar se extrañó que Devi no conociera a una esclava de su madre, pero pensó que debían tener tantas que era fácil que se confundiera. Devi sí la conocía, y mucho, pero simuló no concerla para no entrar en detalles sobre la pequeña. De alguna manera Devi conservaba ciertos principios morales que Minu, o mejor dicho, la existencia de Minu, vulneraban.

Rakjumar no dijo nada más sobre su nueva esclava y Devi en silencio se lo agradeció porque lo que realmente quería Devi era repetir con el plebeyo el maravilloso beso de la noche pasada.

Devi se moría de ganas de bajar del caballo y echarse en brazos de aquel joven que la había cautivado, pero las circunstancias eran ahora muy diferentes a las de la noche anterior. No obstante le complació ver que Rakjumar la miraba con adoración.

—¿Se marcha pronto?

—Mañana, alteza.

—Tenga siempre a punto el Palacio de Cristal, a lo mejor un día consigo que mamá me deje visitar la hacienda.

—Descuide, alteza, lo tendré todo dispuesto y rezaré para que ese día llegue… pronto — añadió casi en un susurro pero que Devi oyó claramente.

En ese momento Rakjumar vio llegar por el mismo sendero por donde había aparecido Devi, una muchacha que venía al límite de sus fuerzas, corriendo desmadejada. Reconoció a Dolly, la esclava de la princesa. Dolly llegó junto al caballo jadeando. Tenía el cuerpo empapado de sudor, un sudor blanquecino, como el de los caballos.

—Ya era hora de que llegaras, Dolly — la reconvino su ama.

Dolly estaba agarrada al estribo con una mano y tenía el cuerpo doblado por la mitad, intentando hacer llegar oxígeno a sus pulmones.

—Venga Dolly, ve hacia la casa y ve preparándome el baño.

—Sí ama… sí ama…— jadeó con dificultad.

Dolly levantó el rostro aún congestionado por el esfuerzo y siguió corriendo. Rakjumar la contempló con cierta pena. Devi se dio cuenta.

—Cada día le hago correr diez millas. Para que esté en forma — dijo y sonrió a Rakjumar.

El joven consideró el comentario de la princesa frívolo y cruel, pero la sonrisa de Devi le hizo olvidarse de lo injusto que era para la esclava atender el capricho de su ama.

Devi se llevó el extremo de su fusta al gorrito de equitación a modo de saludo y picó ligeramente espuelas. Rakjumar se apartó y la siguió embelesado mientras se alejaba con gracia y elegancia, acompasando sus movimientos al trote del jamelgo.





***




Rakjumar tuvo que marcharse aquella misma tarde. La reina así lo dispuso. Al joven le dolió no poder despedirse de Devi pero no tenía otro remedio que obedecer aquello que su majestad dispusiera.

Hizo el viaje en barco. Como que se lo tenía que costear él mismo y por añadidura pagar el pasaje de Minu decidió tomar un mercante. Era menos cómodo pero más económico.

Minu hacía todo lo posible por agradar a su nuevo amo. Rakjumar se ponía violento cuando su esclava se le ofrecía para que la poseyera. Rakjumar no sabía la edad de la niña pero la consideraba eso, una niña. En su fuero interno concluyó que no debía tener más de diez años cuando la realidad es que Minu tenía catorce primaveras, pero ciertamente sus formas eran aniñadas. Lo único que lo hacía dudar de su propia conclusión respecto a su edad era que Minu parecía conocer perfectamente todos los rituales del sexo.

Minu se ponía triste cuando su amo la rechazaba. Ella pensaba que era porque no le gustaba y por mucho que Rakjumar le razonara que él no pensaba beneficiarse a una niña ella seguía considerando que era debido a su escaso pecho.

Finalmente, el último día de navegación, después de más de diez días sin aliviarse, sucumbió a la insistencia de su esclava y permitió que se la chupara. No se lo podía creer. En la plantación tenía una criada malaya con la que solía encamarse. Gonnah lo llevaba al paroxismo con su habilidad para el sexo oral, pero lo que acababa de experimentar con Minu le pareció insuperable.

Minu, arrodillada entre sus piernas, lo miró triunfal con una espectacular sonrisa manchada por la catarata de semen que le había resultado imposible tragar.

—¿Dónde demonios has aprendido a hacer eso? — le preguntó su nuevo amo mientras Minu, que ya se había quitado los restos de la lefa de la cara le lavaba el miembro con agua templada.

—¿Te ha gustado mi amo?

—Contesta a la pregunta que te he hecho.

—Mi primer recuerdo de la infancia es estar chupando el miembro de mi padre — le explicó como si nada.

—¿Tu padre? ¿Y quién es tu padre? ¿Qué clase de monstruo permitiría que su hija le masturbase… y menos con la boca? — se escandalizó Rakjumar, más por la ausencia de turbación de Minu que por el hecho en sí.

—El rey Thibaw, amo. Soy hija de una de las primeras concubinas del rey. Cuando mi padre empezó a llevarse niños a la cama se despreocupó de mí. Entonces la reina me puso a su servicio. Durante varios años he sido la mascota de la reina,  la alfombra de los pies de su majestad, hasta que el otro día la reina, me regaló a ti, mi amo.

Rakjumar sintió un leve mareo. Pensó que sería por el calor que hacía en el camarote y decidió salir a tomar el aire pero pronto se dio cuenta de que las nauseas le nacían de lo más profundo de sus entrañas. Lo que le había contado Minu sin darle aparentemente la menor importancia tenía grandes semejanzas con su propia vida.

Apoyado en la barandilla de popa vio pasar episodios dolorosos de su existencia. Sintió el contacto de Minu en su pierna. La esclava lo había seguido y ahora se abrazaba a él. Ella había notado su repentina tristeza y sólo quería aliviársela.

—¿Estás triste por algo que yo he hecho o dicho, mi señor?

Rakjumar desvió la mirada hacia la muchacha y pasándole un brazo por el hombro la atrajo hacia sí en un gesto cariñoso.

—No Minu. Tú no tienes la culpa de nada. No te preocupes. Estoy bien, sólo que he recordado algunas cosas de mi niñez que no me gusta recordar.

Minu recostó su cabecita en la cintura de Rakjumar y permaneció todo el tiempo a su lado, en silencio, reconfortándole con su muda pero solidaria presencia. Rakjumar se sonrió al recordar que la primera vez que vio a Minu le encontró un notable parecido con la princesa Devi. Cómo no se iban a parecer si eran hijas del mismo hombre y por tanto hermanas de padre.

Qué diferencia tan abismal daba la cuna al nacer. De la misma simiente una era princesa y la otra esclava. Rakjumar cabeceó y apretó el cuerpo de Minu contra sí.






***




Taypé, el esposo de Gonnah, su criada, era también sirviente de Rakjumar. De hecho primero tomó a Taypé a su servicio de entre los trabajadores malayos y posteriormente Taipé le pidió permiso para tomar a Gonnah como esposa. Rakjumar se lo concedió y luego, cuando ya pensaba en buscar un nuevo lacayo fue el propio Taypé quien le propuso seguir a su servicio y además incorporar a sus flamante esposa que se ocuparía de cocinar, de limpiar y otros servicios en los que el amo pudiera estar interesado. Rakjumar miró a su criado cuando le hacía aquella sórdida proposición, extrañado de que le estuviera ofreciendo a su esposa para usarla en la cama, porque a eso se refería al decir lo de otros servicios en los que pudiera él estar interesado.

—¿Te das cuenta de lo que me propones, Taypé? — le preguntó Rakjumar atónito.

—Sería un honor tanto para mí como para Gonnah poder satisfacer al amo en todas sus necesidades. Aunque si al amo no le gustan las mujeres y prefiere usarme a mí también estoy dispuesto, amo.

Rakjumar no salía de su asombro. Sabía que señores y capataces de plantaciones vecinas se comportaban como auténticos tiranos con sus campesinos malayos y a los culies los trataban peor que a esclavos, pero él, que había sido esclavo, sólo quería ser justo y la entrega servil de aquella gente le empujaba a convertirse en un tiranuelo como otros de sus iguales.

Finalmente Gonnah y Taypé le suplicaron de rodillas que les permitiera seguir a su servicio y que los tomara como quisiera. Rakjumar terminó cediendo a sus escrúpulos y aceptó la proposición.

Desde ese día por las noches, después de cenar sus criados aguardaban pacientemente de rodillas a que terminara su cigarro y escogiera a cual de los dos deseaba poseer. En un principio se negó pero las tensiones sexuales acaban por explotar y pensó que, habida cuenta de que eran ellos los que se ofrecían, nada perdía por darles la razón. Como no tenía necesidades homosexuales se decidió por la muchacha.

Gonnah resultó ser en extremo complaciente. A medida que pasaba el tiempo y Rakjumar veía la dicha en sus sirvientes cada vez que podían complacerle terminó por acostumbrarse a que Gonnah lo desnudara, lo bañara y luego se lo follara, porque era ella la que lo poseía a él, mientras Taypé, feliz y satisfecho por la entrega de su esposa para con el amo, aguardaba sentado a la puerta de la habitación mientras cepillaba sus botas con denuedo para que el amo estuviera satisfecho cuando se las calzara por las mañanas.

Rakjumar bajó de un salto del carruaje y cogió a Minu en volandas cuando ella se lanzó desde lo alto de la carreta confiando en que su amo la atraparía al vuelo.

—¡Tay! — gritó Rakjumar acercándose al Daytona negro aparcado en la estación en cuyo interior el criado se había quedado dormido.

Taypé se asustó al despertarse y oír su nombre gritado por una voz conocida. ¡El amo, y me he quedado dormido! — se dijo el muchacho herido en su alma de siervo por haber fallado a su dueño.

—Amo, amo, lo siento… no sé qué me ha pasado… me he quedado dormido… — le dijo Taypé arrodillándose en el suelo para besar las botas de Rakjumar.

—Levanta Taypé… mira, te presento a Minu. Su majestad la reina Supayalat ha quedado tan satisfecha de la recaudación que le he llevado que me ha regalado a Minu. Es mi esclava. Ayudará a tu mujer en las tareas de la casa.

Taypé miró con franca hostilidad a la casi niña que tenía delante de sus ojos. Rakjumar se dio cuenta.

—¿Qué pasa Tay? ¿Algún problema?

—No amo, ningún problema.

Rakjumar quiso dejar claras sus prioridades antes de que las tensiones se disparasen. Cuando llegaron a la plantación Gonnah salió a recibirle postrándose a sus pies.

—Mira Gonnah, ésta es Minu. Es mi esclava. Trabajará en la casa ayudándote. Tú tendrás sobre ella la misma autoridad que tengo yo. Si es necesario tienes carta blanca para castigarla. Eso sí… si me entero que la castigas por capricho o por celos entonces te azotaré y os echaré a los dos de mi casa. Desde hoy Minu calentará mi cama. Tú ya tienes esposo y no me gusta pasar por encima de Tay en sus derechos conyugales. Has sido una amante increíble, pero es hora de que los dos podáis disfrutar de vosotros mismos por la noche.

Gonnah se puso a llorar con desesperación. Rakjumar se dio cuenta de que la muchacha se sentía herida en su amor propio. La rechazaba por una niña. ¿Es que el amo no sabía dar valor a un cuerpo de mujer como el suyo?

Rakjumar tuvo que convencerla de que estaba muy contento de ella y de que era una amante sensacional, pero que no lo hacía por que no estuviera satisfecho de ella y su actitud sino porque moralmente no se sentía cómodo con aquella situación. Finalmente Rakjumar tuvo que prometerle que alguna vez dejaría que ella también participara en darle placer.

La situación en la casa del administrador, el amo a los ojos de los campesinos malayos y de los esclavos culies porque nunca habían visto a los verdaderos dueños, se mantuvo en un inestable equilibrio. Minu, no obstante, se reveló como una muchacha lista y al cabo de un año había acabado por tener a Gonnah a su servicio.

Rakjumar evitaba inmiscuirse en las cuitas entre las dos hembras y Taypé en el fondo era un alma tan servil que pronto cayó en las redes de la pizpireta Minu.

Dos años después de la llegada de Minu a «Ladera de Oro», la antaño aniñada esclava se había desarrollado como mujer tanto física como mentalmente y tanto los campesinos malayos como los culies y desde luego Taypé y Gonnah la consideraban como el ama de la plantación.

Minu seguía siendo oficialmente esclava de Rakjumar pero la joven había sabido jugar sus cartas con habilidad y se comportaba como la esposa de éste.

—Has crecido mucho Minu, te has convertido en una mujercita maravillosa — le dijo un día Rakjumar cuando al regresar del trabajo la encontró recostada en la cama que ahora compartía en pie de igualdad con su amo, mientras una niña culie la refrescaba abanicándola y otra, arrodillada en el extremo de la cama, la relajaba besándole los pies.

—¿Te gusta el peinado que me ha hecho Gonnah, mi señor? — preguntó haciendo el gesto coqueto de almohazarse ligeramente el cabello en la parte de la nuca con una mano mientras exhibía la sonrisa que le había llevado a conquistar el corazón de Rakjumar.

—Estás preciosa — Rakjumar apoyó una rodilla sobre el lecho e inclinándose besó suave y cariñosamente la comisura de los labios de su esclava.

Rakjumar se estiró en la cama y se recostó contra la cabecera de la cama. Taypé entró y le descalzó las botas solícito, como hacía siempre. Rakjumar se fijó en la niña que besaba los pies de Minu. Tenía el rostro amoratado. Se volvió hacia su amada con el rostro serio.

—¡Has vuelto a pegarle a Michi, Minu! ¡Te tengo dicho que no me gusta que pegues a los esclavos!

—Me ha faltado al respeto, Rakju — se enfurruñó Minu cruzando los brazos bajo sus bonitos pechos y frunció los labios — ¿quieres que todos se rían de mí? Michi es perezosa y no me obedece. No he tenido más remedio que castigarla.

—Por el amor de Dios, Minu, hay muchas formas de castigar a una niña como Michi. ¿Qué le has hecho? ¿Has vuelto a pegarle con el tacón de tu zapato en la cara?

Minu fingió avergonzarse mientras asentía sin mirarlo. Rakjumar soltó un suspiro de resignación. Se daba cuenta de que mimaba en exceso a Minu, pero no podía hacer nada por evitarlo, lo tenía totalmente abducido.

La muchacha lo miró con fingida inocencia y cuando vio que a Rakjumar se le curvaba ligeramente hacia arriba la línea de los labios en lo que era el inicio de una sonrisa de claudicación le arrojó los brazos al cuello y entre risitas lo besó como si pretendiera devorarlo.

La regañina por haber maltratado a la pequeña Michu terminó con Rakjumar poseyendo el cada vez más apetitoso cuerpo de su esclava mientras Taypé aguardaba de rodillas con las botas de su amo entre las manos.

Minu se sentía dichosa. El día que la reina se deshizo de ella entregándola como premio a su administrador vio la oportunidad de salir de la esclavitud. Dos años después ejercía de señora de «Ladera de Oro» con todos los privilegios que poseía cualquier esposa de un plantador más todos aquellos que ella misma se fue concediendo ante la entregada anuencia de Rakjumar.

El tiempo y la distancia todo lo curan y Rakjumar vivía únicamente para conseguir que los campesinos generasen ganancias suficientes para satisfacer a la reina Supayalat y para complacer a Minu. El recuerdo de aquella noche en la que besó a la princesa Devi se iba borrando paulatinamente hasta quedar reducido a una vaga sensación entre dolorosa y agradable.





***




—El telegrama no deja lugar a dudas: «Princesa Devi y su esposo llegarán a «Ladera de Oro» lunes 16. STOP. Esperen en Kluang llegada comitiva. STOP. — leyó Rakjumar.

A Minu le cambió la expresión de su rostro. ¿Sería una visita formal a sus propiedades? ¿Vendría a ocuparse de la plantación? No. Eso no era posible. Más bien sería lo primero. En cualquier caso la muchacha vio peligrar su elevado estatus.


Rakjumar estaba nervioso. Por un lado la perspectiva de volver a ver a la princesa Devi lo hacía feliz, pero el telegrama era claro, estaba casada. Hacía más de dos años de la última vez que estuvo en el palacio Min y los recuerdos de la noche de la fiesta de la boda de la princesa Osma regresaron vívidos a su memoria. 





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Saludos...

LUK