A QUIEN LE INTERESE

En este rincón apartado he decidido publicar. La hipocresía que se vive en la página de TR (Todo Relatos) me obligó a abandonarla. Disfruto escribiendo y aún siendo consciente de que mis fantasías son minoritarias me parece injusto que aquellos que me seguían en TR se queden sin poder disfrutar de mis relatos.



No pretendo ser pretencioso. No quiero decir que mis escritos sean buenos, soy consciente de que no es así, pero aún lo soy más de que en este mundo retorcido de nuestras íntimas fantasías muchos buscamos algo que echarnos a los ojos que se acerque a nuestros fetiches, tabúes y quimeras eróticas.



Mi propósito es dejar al lector interesado y que se pueda identificar con mis inofensivos delirios una muestra de mi producción literaria dedicada al mundo de la sumisión, dominación, esclavitud y relaciones de poder. Fabulaciones en suma con las que más de uno sueña en secreto y que yo me dedico a poner negro sobre blanco con mayor o menor acierto.

Como que esta es una página abierta, he creado un grupo de admisión restringida en Yahoo (ver enlace) donde he puesto aquellos relatos que considero más fuertes, no sea que un alma sensible de esas que van por ahí salvando al mundo de la gente mala como yo se topase con uno de esos relatos y le salieran sarpullidos en el hipotálamo.



En este grupo sólo aceptaré miembros bajo petición expresa y siempre que me convenzan de su buena fe. Los relatos están en formato docx. y pueden ser descargados directamente.



Los relatos de ADELA también están en este grupo.



Aquí tenéis un enlace directo al grupo, pero recordad: miembros SOLO bajo admisión.



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sábado, 4 de abril de 2015

SAIRA


La fiesta estaba en su apogeo. Durante toda la mañana y toda la tarde Raima y sus hijas, Karima y las gemelas Tula y Nula, se habían deslomado para que la vajilla de plata reluciera, las copas brillaran, los adornos lucieran, y la comida y la bebida estuviera lista en grandes cantidades. Había que celebrar la fiesta de bienvenida del más occidentalizado miembro de la familia Anwari: la pequeña Saira.

Acababa de cumplir veinte años y a pesar de ello seguiría siendo la pequeña Saira para el resto de la familia. Y aunque no pertenecieran a la familia, los Gaim, sus ancestrales sirvientes, también la consideraban la pequeña Saira, sólo que para ellos era la pequeña ama Saira.

La música sonaba a gran volumen en la gramola que Omar Anwari había comprado hacía diez años en un bazar de Pesawhar, elemento más decorativo que funcional debido a la antigüedad del aparato, pero que seguía llenando de orgullo al señor de la casa.

Los músicos contratados para amenizar la fiesta estaban en estos momentos en pleno receso, atiborrándose de canapés y cocacola’s que las gemelas les habían llevado al pie del escenario.

Akim, el hijo mayor de Raima y Gaül Gaim, sudaba a chorros dentro del traje de lacayo que la señora había decidido que llevase esta noche. Por regla general Akim no servía en la casa como criado sino era en ocasiones especiales, y la de esa noche lo era.

El muchacho intentaba evitar a toda costa acercarse al lugar dónde Saira, su amor platónico de la infancia, lucía su bonito, gracioso y frágil cuerpo, rodeada de sus antiguos amigos y amigas.

Nazrá Anwari iba de un lado a otro riñendo a los sirvientes. No podía quedar mal. La fiesta de bienvenida de la recién licenciada servía de pantalla para el otro objetivo, el verdadero: quedar bien ante la élite cortesana del reciente monarca repuesto en el trono, Zahir Sha.

La princesa Ranma Shan, hermana del nuevo monarca, hacía los honores reales a la familia Anwari con su noble presencia y Nazrá Anwari sudaba sangre sólo de pensar que el más ínfimo detalle pudiera dar al traste con sus reales aspiraciones.

Gaül Gaim, el patriarca del clan Gaim, padre de Akim, Karima y las gemelas, seguía a todas partes al amo Omar. Akim odiaba de su padre esa espíritu sometido, esa alma sumisa de la que tan orgulloso se sentía éste. Akim estuvo a la distancia de un microscópico pelo de no dar al traste con la fiesta. Fue cuando vio a su padre en una de las típicas situaciones humillantes que el amo Omar gustaba de colocarle.

Vestido también de lacayo Gaül Gaim servía a los tres tertulianos y al amo Omar que departían cómodamente sentados en los sillones que habían sacado los Gaim aquella misma tarde a la terraza.

Gaül les acercaba una bandeja repleta de canapés y uno de los invitados se le cayó al suelo el que acababa de coger, con la desgracia añadida que fue a caer sobre sus inmaculadas y brillantes botas.

―¡Estúpido! – arrastró el amo Omar el insulto para hacerlo más despectivo – ¿es que no te he enseñado nada? – la palma de la mano del amo Omar se abatió sobre el rostro del criado cuando éste comenzaba a arrodillarse para limpiar el desaguisado del que no tenía la menor culpa – ¡Rápido, imbécil, límpiale las botas! ¡Malditos animales… no sirven para nada! –  gruñó el amo Omar entre las risotadas de sus invitados.

―No te preocupes Omar, nos hacemos cargo… todos sabemos que estos hazaras son torpes como los asnos – dijo uno de los tertulianos.

―En mi casa sucede lo mismo. Nuestros sirvientes hazaras parece que sólo reaccionan ante el látigo – añadió el invitado ofendido que acercaba la bota manchada a un abatido Gaül para que se la limpiara.

—Deja las botas del caballero relucientes, Gaül, y ya pasaremos cuentas después, no vayas a pensar que te vas a librar de tu torpeza con una simple regañina.

—No amo, desde luego que no, amo, le ruego que me disculpe amo — musitó Gaül mientras con un trapo empezaba a frotar enérgicamente las botas del amigo del amo Omar.

Los tres hombres siguieron charlando de sus cosas mientras el pobre Gaül permaneció arrodillado y enlustrando las botas del invitado.



***




Akim había presenciado la escena de la terrible humillación de su padre. No era la primera vez. Lo mismo les sucedía a su madre y hermanas… y a él mismo.

Akim tenía los puños apretados. Se decía de los hazaras que eran sumisos por naturaleza, mentira, decía Akim, siglos de sometimiento ha hecho sumisa a mi gente, pero no todos estamos dispuestos a tolerar tantas vejaciones.

En secreto Akim soñaba que un día devolvería golpe por golpe, vejación por vejación y esa esperanza lo mantenía vivo.

―¡Vigila por donde vas, estúpido criado! – la voz chillona de una joven invitada devolvió a Akim a la realidad.

Sin percatarse, había estado desplazándose por la fiesta, con la bandeja cargada de bebidas, los ojos perdidos en la reciente visión de la humillación de su padre.

Aquella muchacha de voz aflautada acababa de sacarle del peligroso ensimismamiento en que había caído.

―Perdón, señorita, le ruego que me disculpe…

―¡Estúpido hazara, no sé ni porqué os permiten servir en una fiesta de calidad como ésta… en las cuadras, con los animales, es donde deberíais estar todos… – le respondió con desdeñoso desprecio y cogiendo una de las copas de champagne de la bandeja lo miró por encima del cristal mientras daba un larguísimo trago hasta apurar el contenido.

A continuación dejó la copa vacía en la bandeja y tomó otra de llena. La joven giró sobre sus talones haciendo revolotear los volantes del bajo de su vestido, de color naranja claro que sentaba perfectamente al tono moreno de su piel, y se alejó dejando al pobre Akim sumido en la vergüenza de ser humillado por una chica.

Si terrible era que un hombre humillara a otro, peor aún era ser humillado por una mujer, una chica en este caso. Los Gaim eran hazaras, sirvientes hazaras; ocupaban en aquel mundo un par de escalafones por debajo de los perros y vivían sometidos permanentemente a humillaciones y vejaciones que recibían de la etnia y clase dominante: los pashtunes.

Akim, que vivía permanentemente guionizando la venganza que un día se tomaría contra todos aquellos que alguna vez lo habían humillado, escribiéndola reescribiéndola mentalmente, se frustraba terriblemente cada vez que él era el objeto de las vejaciones de los amos y los invitados de estos.

Akim odiaba con toda su alma a aquellos que los avergonzaban y humillaban pero lo peor era el sentimiento de impotencia que lo embargaba cuando llegaba a la conclusión de que nada podía hacer para cambiar las cosas.

Cada vez que sufría la iniquidad de los que lo sometían tanto a él como a su familia terminaba por agachar la cabeza y murmurar palabras de perdón que le quemaban los labios.

Rebelarse contra los amos tenía consecuencias funestas. La ley afgana era muy dura con los hazaras, a los que jurídicamente asimilaba a meras propiedades, como los esclavos en la antigüedad.

Toralay, el hermano mayor de Saira y nominalmente el amo de Akim, chasqueó los dedos frenéticamente cuando vio a su sirviente en medio de la fiesta con la bandeja de bebidas en la mano. El joven le hizo aparatosas señas de que se acercara.

―¡Acércate estúpido! – gritó Toralay que iba algo bebido.

Toralay estaba en un rincón del jardín con un par de amigos y tres chicas, probablemente primas lejanas de él, puesto que en Kabul las clases dominantes tenían la costumbre de reproducirse endogámicamente.

Toralay estaba de pie y a su lado, sentada en una de las cómodas sillas su último romance femenino.

―Sírvenos de beber, Akim, jodido perro, ¿no ves que estamos sedientos? – le dijo Toralay.

―Sí amo.

Akim hizo varias reverencias con la cabeza y pasó la bandeja por los distintos invitados que fueron tomando copas llenas. La amiguita de Toralay miró las copas e hizo un gesto de desprecio con la mano.

―Quiero un labán frío, con hielo y un poco de vodka – ordenó sin mirar a Akim.

El joven sirviente se quedó mirando la exuberante belleza de la muchacha, aunque lo hizo de manera furtiva, para que no pudiera ser interpretado su gesto como una falta de respeto.

Pero a Toralay le molestó que su sirviente no reaccionara rápidamente a la orden de su novia y le pegó una patada en el culo. Akim se volcó hacia delante y se produjo un terrible estropicio de copas y vasos altos rotos.

Las risas del grupito de amigos de Toralay restallaron en los oídos de Akim que había quedado estirado en el suelo.

―Todos los hazaras son unos estúpidos – comentó Armín, la novia de Toralay – a mi sirvienta me tengo que pasar el día riñéndola y castigándola para conseguir que haga las cosas rápido y bien… y no lo consigo nunca – un nuevo estallido de risas coreó el comentario despectivo de la muchacha.

Akim intentó levantarse del suelo pero una de las jóvenes, para divertirse, le puso la suela de su sandalia de tacón en la nuca impidiéndole moverse.

―Antes tendría que limpiar todo esto, ¿no os parece? – dijo la muchacha.

Todos asintieron. La música sonaba tan fuerte que nadie en la fiesta se había percatado del incidente. Todo el mundo seguía bailando y cantando salvo en el rincón en el que se encontraba Toralay con sus amigos y amigas.

―A mí me ha manchado las sandalias nuevas de cubalibre… ¡puagh, tengo los dedos pegajosos! ¡Toralay, dile que me los limpie!

―Claro Aziza… ¡tú, burro, limpia los pies de la señorita… con la lengua! – una nueva salva de risotadas y carcajadas acompañó la humillante orden de su anfitrión.

Akim quería fundirse. Era evidente que aquellos jóvenes estaban bebidos y no iba a acabar ahí su humillación. En seguida Armín se sumó.

―Pues a mí se me han manchado las suelas de mis sandalias, Toralay, quiero que el hazara me las limpie.

Akim, una vez hubo recogido el estropicio de vidrios y secado el suelo de las bebidas derramadas tuvo que humillarse más lamiendo y chupando los bonitos dedos de los pies de Aziza y limpiando con la lengua las suelas de las sandalias de Armín.

Finalmente recibió el permiso de Toralay para ir a por más bebida, y traer el labán de Armín.




***




La fiesta se prolongó durante bastantes horas más. Los invitados acabaron bañándose vestidos en la bonita piscina de los Anwari, entre gritos de las chicas y la condescendiente sonrisa de los padres.

Los Gaim, a quien tuvieron que unirse sus primos porque la señora decidió que hacían falta más sirvientes a medida que los invitados empezaban a sufrir los efectos de la gran ingesta de comida y alcohol, iban de un lado a otro cargando las pesadas bandejas con bebida.

Algunas señoras, poco acostumbradas a la bebida acabaron vomitando en el jardín entre el regocijo de los más jóvenes por aquello de aparentar más aguante y fortaleza que sus mayores.

Tres orondas damas acabaron vomitando y la señora echó mano del resto de su numerosa servidumbre.

En un principio había encomendado el servicio de la fiesta a la familia directa de Gaül, es decir, Raima, Karima, Akim, Nula y Tula y el propio Gaül, pero a medida que se hizo evidente que eran necesarios más servidores para controlar los desatinos propios del alcohol, la señora Nazrá decidió que acudiera el resto del clan de los Gaim.

―Suerte que su alteza real la princesa Ranma Sha ya había abondonado la fiesta cuando estas idiotas han empezado a vomitar y los chicos y chicas se han vuelto locos tirándose a la piscina – le contaba una agotada Nazrá a su hija Saira, ambas sentadas en el sofá que los amigos de Omar Anwari hacía rato que habían dejado libre.

―No estés tensa, mamá… la fiesta ha sido un éxito mientras la princesa ha estado presente. Ahora la fiesta es como… no sé… más libre. Su presencia parecía encorsetar demasiado a los muchachos – comentó Saira elevando la voz para hacerse oír en medio del griterío juvenil que venía de la piscina.

―Ves desde aquí si están todos los sirvientes con toallas esperando a los chicos… especialmente a las chicas, al borde de la piscina?

―Sí mamá… no te preocupes… y si alguna de las chicas se queda sin toalla se lo tendrá bien merecido…

―No digas eso hija… pensarían que no tenemos suficientes criados y mañana lo sabría todo el mundo – confesó angustiada Nazrá Anwari.

―¡Jajajajaja… veo que nada ha cambiado en estos años que he estado fuera! – se rió Saira.

Nazrá se sonrió ante el comentario de su hija a modo de reproche cariñoso y acercó su mejilla hasta besar la de Saira. Las manos de madre e hija se encontraron y se entrelazaron. Hacía cuatro años que Saira faltaba del hogar y aquél era demasiado tiempo para una madre amante de su hija.

―¿Cómo está Karima? Apenas la he visto desde que he llegado, y esta noche ha estado ocupadísima sirviendo en la fiesta.

―Está perfectamente bien. Y espero que ansiosa por volver a servirte… aunque tengo mis dudas… la juventud de estos días no acepta su destino como antaño.

―¿Quieres decir que sigue siendo mía? – preguntó Saira, obviando el sermón generacional de su madre.

―Pues claro… salvo que quieras que te sirva otra muchacha… ya sabes, Gaül y Raima tienen al menos media docena de sobrinas. Si quieres a otra no tienes más que decírmelo.

―No, no, claro que no. Me gustaría seguir contando con Karima como doncella. Hace tanto tiempo… sabes una cosa… después de vivir cuatro años en Inglaterra ahora nuestro modo de vida se me hace extraño… no sé… hoy en la fiesta me he fijado cómo tratamos a nuestros sirvientes… somos crueles con ellos… ¿no te parece?

―¡Ay, hijita mía… ya le decía yo a tu padre que no sería buena idea mandarte a vivir tanto tiempo con esos salvajes por civilizar que son los occidentales! No voy a decir que sea justo el trato que reciben, pero has de saber que siempre, desde hace siglos, los hazaras viven sometidos… no los consideramos como nosotros. Y ellos lo aceptan. Saben que las cosas son así porque así deben ser. No te preocupes por nuestros sirvientes, ellos son felices viviendo a nuestro servicio.

―Puede que tengas razón… pero no estoy segura.

Los jóvenes que se bañaban en la piscina fueron saliendo. Los criados se ocuparon de secarlos con toallas limpias, esperándolos al pie de la piscina para cubrirlos y frotarlos con energía.

El jolgorio poco a poco fue remitiendo a partir de que algunos propusieron ir a terminar la fiesta a un conocido local de copas del centro de la ciudad.

Toralay vino a pedirle a su hermana que se uniera a ellos pero Saira desestimó con educación el ofrecimiento alegando estar muy cansada del largo viaje.

Nazrá y Saira seguían sentadas en el cómodo sofá, observando cómo ahora los criados empezaban a recoger el desastre en que se había convertido el jardín tras la fiesta.

―¡Dioses! ¿Has visto cómo ha quedado el jardín? Los sirvientes van a necesitar al menos cuatro horas para dejarlo en condiciones… y fíjate en esas dos – señaló Nazrá a dos de las señoras que habían vomitado y que ahora roncaban plácidamente tendidas sobre la hierba – le diré a Raima que prepare un par de habitaciones y que las trasladen allí para que duerman en una cama.

Nazrá se desperezó. Eran las tres de la madrugada. Ya sólo se oía el rumor del trabajo silencioso de los criados recogiendo todo lo que había por el suelo y limpiando bajo la luz de los focos de la fiesta la gran cantidad de restos, incluidos los repugnantes vómitos y los pegajosos licores derramados por la piedra caliza que decoraba el jardín.

―¡Raima, no os vayáis a dormir hasta que el jardín quede recogido, ordenado y limpio… no quiero ver mañana el menor resto de que aquí ha habido una fiesta… mejor dicho, una bacanal…! ¡Limpiadlo todo… y mañana que no me despierten… estoy cansada y dormiré hasta que me harte…! ¿entendido?

―Sí señora Nazrá, desde luego ama… trabajaremos hasta que no quede el menor rastro de que aquí ha habido una fiesta – le respondió Raima mostrando su lado más servil.

―Y como os habéis portado muy bien y no he tenido queja alguna de los invitados os doy permiso para comeros todas las sobras que recojáis.

Raima se dejó caer de rodillas ante la señora que seguía apoltronada en el sofá de piel, al lado de su hija. La sirvienta se llevó las manos juntas en actitud de adoración y de nuevo agradeció a la señora su extrema bondad.

Raima se quedó un momento de rodillas. Tenía unas ganas enormes de saludar a la señorita Saira. Prácticamente la había criado ella con la leche de sus pechos ya que la señora no iba a estropear los suyos dando de mamar a la niña. Nazrá ya lo había hecho con Toralay y había decidido que su criada se ocuparía también de hacer de ama de cría para la niña.

Raima no se atrevía a dirigirle la palabra a la señorita Saira. De hecho no podía hacerlo. Un criado hazara debía siempre esperar a que su amo le hablara o le diera permiso para hablar, y Raima tenía muy asumido su rol. Era lo que Akim llamaba el alma esclava de sus padres.

―¡Venga, venga…! Espabila, qué haces aquí parada. Así no vas a limpiar y hay mucho por hacer – le recriminó la señora Nazrá a la sirvienta que se hubiese quedado de rodillas.

Saira se sonrió al ver el apuro en que Raima, la buena de Raima, se encontraba. Tenía muy claro que la criada esperaba poder felicitarla por su esperado regreso. Decidió que no iba a hacerla sufrir manteniéndose más rato en silencio.

―No la riñas, mamá. Seguro que Raima quiere darme la bienvenida… ¿no es así Raima?

La señora Nazrá lanzó un soplido. Su vida en el extranjero había ablandado a su hijita. No obstante, Saira siempre había conseguido de ella lo que se había propuesto, y ahora no iba a ser una excepción.

―Hola Raima. Apenas hemos tenido tiempo de vernos… con el trajín de la fiesta…

Pareció que a Raima le llegaba la liberación. Las palabras de la señorita Raima le daban permiso para saludarla. Levantó la cara, que había permanecido gacha todo el tiempo, y miró a Saira con los ojos anegados en lágrimas por la emoción.

Un nudo en la garganta le impedía hablar y lo que hizo fue mostrarle sus respetos besando sus manos y mojándolas con las lágrimas que empezaron a salirle como si de un torrente se tratara.

―¡Oh, Raima! – dijo Saira emocionada al ver la actitud servil de la criada – no sabes cuanto he echado de menos todos estos años tus guisos, y tus mimos… no me han vuelto a hacer un masaje en los pies desde que marché a Inglaterra – dijo Saira como un cumplido a las añoradas habilidades de la sirvienta.

―Mi pequeña ama… cuánto la hemos echado de menos, todos… los sirvientes también. Me permite que le dé la bienvenida besando sus pies, señorita Saira?

―Claro, Raima, puedes besarme los pies.

―He de reconocer que Raima sí sabe cual es su sitio. No es como Karima y Akim, ese par están resentidos y parece que no sepan qué lugar ocupan en la sociedad – despotricó la señora Nazrá.

―Es lo que te he comentado antes, mamá. Ellos tienen su orgullo y nosotros no hacemos más que pisoteárselo. Es normal que estén disconformes con la vida que les ha tocado llevar.

Raima se había doblado como un junco, había descalzado las sandalias de la joven Saira y tras tomarle los pies con sus callosas manos se los había llevado a sus labios para cubrirlos de besos.

―Bueno, bueno… yo ya sé lo que me digo. No es bueno que un sirviente no sepa cual es su sitio. Espero que no hayas olvidado tú también cual es el tuyo y sepas poner a Karima en su lugar. Esta chica necesita mano dura.

―Ya está bien, Raima… puedes dejar de besarme los pies. Ponme las sandalias y vete a trabajar… y dile a Karima que cuando termine suba a mi habitación… y si estoy dormida que me no me despierte hasta mañana mediodía.

―Sí ama Saira… se lo diré. Seguro que mi Karima se alegrará de saber que vuelve a ser su doncella – respondió Raima que calzó a Saira y marchó a la dura tarea de limpiar el jardín y todo lo que la fiesta de bienvenida de Saira había provocado de suciedad.

Nazrá miró a su hija y meneó la cabeza negativamente.

―No me creo que esté muy contenta de volver a servirte. Ya te he dicho que tanto ella como su hermano Akim parecen resentidos. Creo que tendrás que sacar el látigo antes de lo que deseas.

―¡Por Dios, madre…! ¡El látigo! ¿Aún seguís azotando a los sirvientes? Esto es medieval…

―Será medieval, no lo dudo, pero es efectivo. Es el mejor método para mantener la disciplina y hacer saber a los hazaras cual es su lugar: humillados y obedientes.

Nazrá liberó a la pequeña Tula, una de las pequeñas gemelas de Raima, para que la sirviera en el momento de desnudarse.

―Si quieres puedes llevarte a Nula, para que te desnude. Las pequeñas bajarán a seguir trabajando cuando estemos ya en la cama.

Saira aceptó. Nazrá hizo venir a las pequeñas gemelas de Raima y les dio las instrucciones de lo que harían. Las niñas, de ocho años, estaban muertas de agotamiento y de sueño. Tanto Saira como su madre les encargaron que les llevaran las sandalias. Madre e hija, cogidas por el talle caminaron descalzas hacia sus bonitas habitaciones.

―Si tienes una necesidad… ya sabes a qué me refiero… Nula está bien adiestrada… en fin, ya me entiendes – le dijo Nazrá en voz baja a su hija.

―¡Mamá! – se quejó Saira ruborizándose hasta la raíz por el descarado y lascivo, aunque discreto, comentario de su madre.

En la habitación, la pequeña Nula desnudó a Saira. Ésta se dejó caer en la cama. Hacía calor. Nula se quedó de pie, con la cabeza inclinada, esperando órdenes. Saira miró a la niña. Notó que entre los muslos le nacía un agradable cosquilleo. «Nula está bien adiestrada…» recordó las palabras de su madre.

A la mañana siguiente, sobre el mediodía, Saira Anwari abrió los ojos. La sábana se le había enrollado en una pierna. La otra estaba totalmente desnuda. Tenía la cabeza sobre la almohada y bajo ella los brazos remetidos. Ladeó ligeramente la cara y vio a Karima recogiendo las ropas que la noche anterior habían quedado esparcidas por el suelo.

Estaba guapa. Karima siempre había sido guapa y ahora, a los veinte aún lo era más. Se dio la vuelta y tras incorporarse recostó la espalda contra el respaldo.

Karima oyó el susurro producido por el cuerpo de Saira al deslizarse por las suaves sábanas. Se giró. Ambas se quedaron mirando la una a la otra. Karima decidió bajar la mirada, tal y como debía hacer un buen sirviente.

―Hola Karima. Cuanto tiempo… ayer apenas te vi. Tuviste mucho trabajo con lo de mi fiesta, ¿no?

―Sí ama Saira – respondió escuetamente, sin levantar la mirada del suelo.

―Debes estar cansada. ¿A qué hora os pudisteis retirar a dormir?

―A las seis, ama Saira… pero a esa hora es cuando nos levantamos, así que…

―Claro… no me acordaba. Bueno, estoy hambrienta, sabes… me apetece desayunar en la cama.

―Sí, ama Saira. Ahora mismo le subo una bandeja con su desayuno.

―¿Tu ya has desayunado?

―No ama Saira… los criados no tenemos derecho más que a una comida al día. Al mediodía, ¿no lo recuerda?

―Es verdad, esto también lo había olvidado. Bueno, ve a por mi comida… y mientras me desayuno me lustras las botas… después iré a montar a caballo.

―Sí ama Saira, como ordene, ama Saira.

Karima abandonó la habitación y Saira se cubrió un poco con la sábana. Se desperezó y degustó el placer de volver a estar en casa. Hacía cuatro años que no podía desayunar en la cama, con una sirvienta preocupada porque no le faltase de nada.

Realmente pensaba que trataban a sus criados con excesiva crueldad, que no se los respetaba en absoluto, incluso tenían el poder de azotarlos y eso tan monstruoso era tomado en su tierra como algo perfectamente normal.

A Saira le parecía algo medieval, anacrónico, brutal… pero no iba a cuestionar el orden social imperante. De alguna manera la sociedad de castas a la que pertenecía no difería en mucho de la inglesa en la que se había educado durante los últimos cuatro años. Si había una sociedad clasista entre los occidentales esa era la de la vieja Inglaterra. Tal vez no recurrían a metodos brutales en la actualidad pero su historia colonial, e incluso la propia historia de Gran Bretaña estaba escrita con el sufrimiento de los sometidos y la altivez de sus clases dominantes.

Mientras regresaba en avión desde Londres, dos días antes, meditó mucho sobre ésta y otras cuestiones de índole social. Volvía a una sociedad clasista y racista pero de donde venía no le habían podido demostrar que ellos fuesen mejores que los suyos.

Sus amistades de la nobleza británica se comportaban con sus sirvientes con el mismo desprecio que ellos trataban a los suyos, y si no los sometían a castigos físicos no era por falta de ganas, sencillamente no estaba bien visto, pero tenían otros mecanismos más sutiles para someterlos.

Saira, por aquello del espíritu patriótico, había intentado defender ante sus amigas el sistema de castas que imperaba en su país. La hipocresía británica la había herido en más de una ocasión. Incluso la habían hecho llorar. Con su característica ingenuidad había intentado defender las costumbres de su tierra pero sólo había logrado que la avergonzaran.

Desde el momento de poner los pies en su tierra se había propuesto superar los prejuicios que los ingleses habían ido cultivando en su corazón respecto a su pueblo, sus costumbres y tradiciones.

«Sí ama Saira, como ordene, ama Saira» las últimas palabras de Karima volvieron a su mente mientras esperaba que su doncella regresara con el desayuno.

Qué bien sonaban a sus oídos esas palabras que implicaban el sometimiento y la humillación de sus sirvientes hazaras, sin tapujos, sin hipocresía. Había regresado a sus orígenes y si bien seguía pensando que no trataban bien a sus sirvientes en el fondo era incapaz de renunciar a unos privilegios que sus amigas inglesas le habían criticado con ferocidad.




***



Comió con apetito un poco de todo del exhuberante desayuno que Raima le había preparado. Karima le había acomodado los almohadones para que se sintiera cómoda y le había colocado la bandeja sobre los muslos.

—¡Mmmm… cuánto he echado de menos esta vida, Karima! Tu madre no se ha olvidado de lo que más me gusta. Es un cielo de mujer — comentó Saira mientras daba cuenta del pan blanco recién horneado untado con mermelada casera de fresas — no sé si podré seguir mucho tiempo con ese ritmo. Desde que he llegado no he hecho otra cosa que comer.

Karima, que se había sentado en el suelo con las botas de su joven ama en el regazo para sacarles brillo, asintió mirándola furtivamente. Ella no era como su hermano Akim, era más bien dócil, pero tampoco era un alma sometida como sus padres. No aceptaba con servilismo su situación de trato degradante e injusto pero tampoco hacía nada para rebelarse.

La joven hazara tenía la misma edad que su ama. De manera natural Karima había pasado a ser la doncella de Saira. Era lo propio. Nadie se planteaba que pudiera ser de otra manera, del mismo modo que Akim, de la edad de Toralay, era su lacayo.

Para Karima y Akim, de una generación diferente a la de sus padres, su situación de sometimiento suponía una losa que debían soportar, pero para Karima el problema no era tanto de sentimiento de opresión, que también, sino que en su caso se mezclaban otros condicionantes que nada tenían que ver: Karima estaba enamorada de su ama, en secreto, claro.

Siempre había envidiado la hermosura de la hija de los amos, pero sin resentimiento. No le molestaba servirla, sólo le dolía cuando se portaba con ella de manera altanera. Durante estos cuatro años de ausencia la había añorado mucho. Cuando en la casa se recibía carta de la señorita Saira, Karima escuchaba a la señora leerla a toda la familia, esperando que se acordase de ella. Sólo en la primera de sus regulares cartas Saira tuvo un recuerdo para su doncella y Karima se sintió inmensamente feliz. Después, en las sucesivas cartas esperaba una mención que nunca llegaba.

Saira se ha olvidado de mí, se decía la joven mientras sacaba el polvo y limpiaba su habitación como si ella estuviese allí. Una vez al mes, por orden de la señora, subía a la alcoba de su ausente ama y se ponía a limpiar toda su gran colección de zapatos, botas y sandalias como si tuviera que ponérselas aquel mismo día. La señora Nazrá se lo ordenaba pero para Karima era como una bendición pasarse tres o cuatro horas a solas en la habitación de Saira cuidando de su calzado.

—Te he traido un regalo para ti, Karima — oyó ésta la voz de su ama.

Saira apartó la bandeja del desayuno y la dejó atravesada en su amplia cama. Sacó las piernas de debajo de las sábanas y se sentóen el borde de la cama con los pies descalzos sobre la alfombra. Karima levantó la cabeza y la miró. Aquello sí que no lo esperaba.

—¿Un regalo? ¿Para mí, ama Saira?

—Sí, un regalo… para ti, Karima — le confirmó Saira con voz dulce y sonriéndole.

Karima se incorporó, nerviosa. Dejó las botas en el suelo y se acercó de rodillas a la cama.

—Mira en mi armario. En la maleta — le dijo Saira que se había emocionado al ver la carita de sorpresa a medio camino entre la felicidad y la incredulidad.

Karima se levantó y fue directa al armario. Era un vestidor enorme, con muchísimos vestidos colgados en perchas, sombreritos, cinturones, bolsos, hileras de zapatos, blusas, pantalones, ropa interior moderna. El olor que desprendía el vestidor embriagaba a la pobre hazara. Era como si la riqueza tuviera olor, un aroma agradable que la hechizaba.

Sacó la maleta, la apoyó en la cama y la abrió. Dentro había un paquetito muy bien envuelto, como los regalos que recibía Saira en su cumpleaños o en Navidad. Era el mismo tipo de envoltura para regalo que ella, simpe hazara, no recibía nunca. Lo tomó con manos temblorosas.

—¿Es esto, ama Saira? — dijo con vez trémula.

—Ahá… ábrelo — le contestó Saira que se había sentado en la cama sobre sus piernas cruzadas porque tenía frío en los pies.

—Qué es, ama Saira?

—No seas boba y ábrelo.

Saira estaba disfrutando viendo la ilusión desbordada que manifestaba su sirvienta. Con dedos temblorosos desgarró el papel del envoltorio. Karima abrió la boca desmesuradamente y de manera instintiva se la tapó con la mano abierta. Siara se sonrió.

—¡Oh, Dios mío, ama Saira… qué bonito, qué bonito! ¿Seguro que es para mí?

—Pues claro que es para ti.¡Qué pasa…! ¿acaso no puedo hacerte un regalo?

Karima, aún con la boca abierta, desplegó el largo pañuelo de fina seda estampada con extraños símbolos y bellos colores. Cuando lo hubo desplegado lo extendió sobre su menudo pero bien formado cuerpo y miró a Saira con una luminosa sonrisa en los labios que daba buena muestra del grado de felicidad que la embargaba en aquellos momentos.

—¡Es precioso, ama… precioso…! — musitó sin dejar de acariciar la suave textura del largo fulard.

—¿Sabes cómo se lleva? — le preguntó Saira levantándose finalmente de la cama y dirigiéndose a ella.

—No sé… ¿cómo?

Saira le rodeó el cuerpo, le pasó el pañuelo alrededor del cuello, le dio una vuelta y después le cubrió la cabeza y se lo ató detrás de la nuca.  Saira dio un par de pasos atrás por tener una mejor perspectiva.

—Estás muy guapa.

—Gracias, ama — musitó Karima bajando la mirada al suelo y posándola sobre los desnudos pies de Saria.

—Bueno, basta ya de perder el tiempo… si has terminado de abrillantarme las botas pónmelas. Saldré un rato a cabalgar.

—Sí ama.

Karima se quitó el fulard, lo dobló con cuidado y se lo guardó. Se arrodilló y calzó las botas a su ama.

—Recoge todo esto y haz la habitación — le dijo Saira cuando vestida de amazona se disponía a salir.

Con la mano en el pomo de la puerta se dio cuenta de que en la bandeja del desayuno habían quedado muchas sobras.

—Por cierto… si tienes hambre puedes acabarte las sobras de la bandeja. Tendré que decirle a tu madre que no me ponga tanta comida o me va a cebar en cuatro días.

—Gracias ama Saira, gracias — Karima le hizo un par de profundas reverencias para agradecerle el detalle de permitirle comerse las sobras de su desayuno.

Karima abandonó la habitación con el sentimiento de haber hecho una buena obra. Era consciente de que su madre mataba de hambre literalmente a sus sirvientes. Podía haber ordenado que vaciara los restos directamente a la basura —esa era una potestad de los amos— pero le pareció una crueldad y un desperdicio.

Antes de cerrar la puerta tras de sí Saira pudo ver con qué ojitos miraba Karima los platos que ella había rechazado después de hartarse y se sintió bien. En las casas ricas era habitual que los sirvientes contemplaran con gran desazón cómo se tiraban a la basura grandes cantidades de comida que los amos, saciados y haítos, despreciaban. Desde bien pequeña le había parecido un despilfarro lo que se hacía en muchas casas con las sobras y le apenaba ver, sobre todo a los niños, salir a mendigar un poco de comida porque sus amos no les permitían alimentarse con lo que ellos tiraban.




***




Cuando llegó a la planta principal se detuvo al escuchar la dulce voz de su madre. Venía de su gabinete, una especie de lugar sagrado donde la señora de la casa trataba los asuntos domésticos con la sirvienta de confianza, en este caso Raima.

La puerta estaba entornada y a medida que se acercó pudo discernir el sentido de la conversación que en esos momentos tenía lugar dentro del despacho. Su madre, la señora, hablaba con firmeza aunque, como siempre, en un tono suave. Saira recordaba que de niña sentía veneración por su madre porque los criados la temían sin necesidad de gritarles e insultarles como hacían otras matronas conocidas.

Llevaba mucho tiempo fuera de casa y Saira sentía la necesidad de volver a empaparse del ambiente que exhalaban las relaciones entre amos y sirvientes. Era muy diferente que en Inglaterra. Allí la relación era fría. Aquí era mucho más pasional. Se mezclaban sentimientos de afecto con sentimientos de casta. No pudo aguantar la curiosidad y finalmente entró en el gabinete sin llamar.

Su madre levantó la mirada y la vio. Saira temió que la riñera como hacía cuando era niña pero esta vez su madre dulcificó la expresión al verla. Ella también estaba necesitada de la cercanía de su amada hija.

—Hola Saira, pasa, pasa y siéntate… estoy dirimiendo algunos asuntos de los sirvientes y me va bien que estés presente… pronto la responsabilidad de gobernar la casa reacerá sobre tus hombros y tienes que empezar a ver cómo se toman decisiones.

—Claro mamá… hola Raima — dijo mientras tomaba asiento en el sofá que se hallaba encarado al escritorio tras el que estaba sentada su madre.

—Buenos días, ama Saira — respondió la criada circunspecta.

—Estaba diciéndole a Raima que he decidido rebajar la dotación alimentaria de su familia. La vida está muy cara y hemos de hacer economías. Lo entiendes, ¿verdad Raima?

La sirvienta estaba al borde del llanto. No pudo ni contestar, en su lugar asintió levemente con un movimiento de cabeza.

—No te oigo Raima… he preguntado si lo entiendes, ¿es así?

—Sí ama, lo entiendo — musitó Raima — pero quería pedirle…

—¿Sí Raima? — la señora Hazrá levantó la mirada y la clavó en la sirvienta.

—La señora ya debe saber que mi familia ha aumentado recientemente, Galufa y Nisrín han sido madres… en fin, los pequeños…

—¡Oh Raima, no me vengas con chantajes de este tipo! Es muy fácil para vosotras pasarlo bien en la cama y luego venir a pedir que os dé más comida… lo siento, haberlo pensado antes de fornicar como conejas, Raima. Los niños tendrán que apañárselas con lo que haya.

—Sí ama, eso haremos.

Raima se calló que los dos nuevos nacimientos habidos en su clan no eran fruto de la lascivia de sus sobrinas sino del derecho de pernada ejercida por el señor y el joven amo Toralay, pero probablemente escuchar una excusa de ese tipo enfurecería a la señora, quien por otra parte bien lo sabía.

—Bien, aquí tienes la lista de la compra para esta semana. Asegúrate de que las ostras sean frescas, Raima, si sale una sola mala os la haré comer a vosotros. A la señorita Saira le gusta el marisco bien fresco. En la parte de atrás está la lista de vuestros alimentos. Verás que he suprimido la harina de trigo. Tendréis que apañároslas con arroz. Lo que he dicho antes, Raima, los precios están por las nubes y hemos de apretarnos el cinturón.

—Sí ama. Gracias ama Nazrá. Si no desea nada más…

—Sí, una última cosa. Esta mañana he encontrado a Nula dormida. La he tenido que llamar varias veces para que me trajera las zapatillas. Me estaba meando y eso sabes que me molesta mucho. He decidido que la encadenes a la noria… hasta mañana por la mañana — añadió la señora.

Raima abrió la boca sorprendida por la dureza del castigo. La noria era eso, una noria colocada en el patio que se movía por tracción animal. En lugar de un caballo la niña tendría que mover las aspas en sentido circular. La misión de aquella construcción no era otra que accionar las palas de los ventiladores del interior de la casa.

—Pero señora… — Raima se calló al ver la dura mirada de su ama.

—¿Prefieres que saque el látigo?

—No ama, la noria es un castigo justo.

—Bien, puedes retirarte.

Raima hizo una profunda reverencia hacia la señora. Luego se volvió y se inclinó ante la señorita Saira que estaba con una pierna cruzada y se golpeaba la bota con la fusta, produciendo un rítmico sonido.


—¿No has sido muy dura con la pequeña Nula, mamá? — preguntó Saira distraida, mientras se miraba las uñas de la mano derecha y pensando que tenía que decirle a Karima que tendría que arreglárselas...


(CONTINÚA)

EL RELATO CONTINÚA. PARA PODER LEERLO AL COMPLETO VISITAR MI GRUPO DE YAHOO: 

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LUK