A QUIEN LE INTERESE

En este rincón apartado he decidido publicar. La hipocresía que se vive en la página de TR (Todo Relatos) me obligó a abandonarla. Disfruto escribiendo y aún siendo consciente de que mis fantasías son minoritarias me parece injusto que aquellos que me seguían en TR se queden sin poder disfrutar de mis relatos.



No pretendo ser pretencioso. No quiero decir que mis escritos sean buenos, soy consciente de que no es así, pero aún lo soy más de que en este mundo retorcido de nuestras íntimas fantasías muchos buscamos algo que echarnos a los ojos que se acerque a nuestros fetiches, tabúes y quimeras eróticas.



Mi propósito es dejar al lector interesado y que se pueda identificar con mis inofensivos delirios una muestra de mi producción literaria dedicada al mundo de la sumisión, dominación, esclavitud y relaciones de poder. Fabulaciones en suma con las que más de uno sueña en secreto y que yo me dedico a poner negro sobre blanco con mayor o menor acierto.

Como que esta es una página abierta, he creado un grupo de admisión restringida en Yahoo (ver enlace) donde he puesto aquellos relatos que considero más fuertes, no sea que un alma sensible de esas que van por ahí salvando al mundo de la gente mala como yo se topase con uno de esos relatos y le salieran sarpullidos en el hipotálamo.



En este grupo sólo aceptaré miembros bajo petición expresa y siempre que me convenzan de su buena fe. Los relatos están en formato docx. y pueden ser descargados directamente.



Los relatos de ADELA también están en este grupo.



Aquí tenéis un enlace directo al grupo, pero recordad: miembros SOLO bajo admisión.



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domingo, 4 de septiembre de 2016

INCH, EL ESCLAVO

1. La llegada a puerto.-


La llegada a Nueva Orleans supuso para Etienne Lacroix un cúmulo de recuerdos y sensaciones de la infancia ocultas en su mente. Había pasado los últimos cuatro años en Francia formándose como caballero y ahora regresaba a Harrow, la plantación de sus padres.

El viejo Fox, André Lacroix conocido con el sobrenombre de Fox, había muerto hacía solo unos meses, motivo que había precipitado su vuelta a casa antes de finalizar sus estudios. ¿Pero para qué quería títulos un joven que sería uno de los plantadores más ricos de toda Luisiana?

—Etienne, ¿por qué huele tan mal? — le preguntó Damien, un íntimo amigo del Licée al que había invitado a conocer su país.

—Aquí no tenemos un sistema de cloacas como en París. Los excrementos y las inmundicias se abocan todos en la desembocadura del río. Este es un gran país, pero nos falta aún mucho por civilizar, amigo mío.

Ambos jóvenes estaban en cubierta sentados bajo un parasol. Inch, el negro esclavo de Etienne permanecía de pie, rígido como un palo de escoba, al lado de su amo.

—¿Inch, tienes preparados nuestros equipajes?

—Sí amo Tien — respondió el negro mirando al vacío.

—Entonces haz algo de provecho y límpiame las botas.

—Sí amo.

Inch se arrodilló ante su joven amo y tomando un pañuelo de los bolsillos se puso a frotarle las botas para quitarles el polvo.

—No sé porqué te muestras tan desagradable con el pobre Inch — comentó Damien algo molesto por la arrogancia con la que su amigo acababa de tratar al negro — desde que salimos de Francia no has parado de humillarlo con tu despotismo.

Damien pertenecía a una familia de clase medie parisina y no estaba acostumbrado a tener criados, por eso mismo no le gustaba que a estos se los tratara con despotismo.

—Mandarle que haga su trabajo no es ser despótico, querido Damien — se rió Etiene.

—Inch te ha servido durante tus años en Francia con absoluta corrección, yo he sido testigo, Etienne…

—Pero ahora hemos vuelto a mi tierra. Aquí Inch es mi esclavo. Los años que he pasado en París he descuidado su disciplina pero ya es hora de volver a las sanas costumbres sureñas, mi querido amigo… verás… Inch, maldito vago, lámeme las botas… así es como un esclavo debe limpiar las botas de su amo — se vanaglorió el joven Etienne ante su escandalizado amigo.

Inch guardó su pañuelo y obedeció las humillantes órdenes de su amo y antaño compañero de juegos. Inch fue regalado al amito Etienne cuando éste nació. Inch, de hecho, era su hermano bastardo, hijo del amo con una esclava. Su piel era menos oscura que la de los demás negros de la plantación pero a todos los efectos era un esclavo más. Pertenecer al hijo del amo le había servido para pasar cuatro años como criado en Francia donde había llevado una vida relativamente alejada de las humillaciones y los castigos que se prodigaban en Harrow, la hacienda de los Lacroix, pero ahora regresaban al lugar donde los hombres de color eran tenidos por menos que animales domésticos.

—Ya te acostumbrarás, Damien, la vida de un plantador es muy agradable. Siempre rodeado de esclavos y esclavas que tienen por única misión en su vida hacerte la tuya lo más agradable posible. Deja ya mis botas, Inch y baja nuestros equipajes a la bodega. Búscanos en el muelle cuando lo tengas todo en un carruaje que deberás alquilar en mi nombre.

—Sí amo.

Inch se levantó, hizo una profunda reverencia y se marchó a cumplir las órdenes de su amo.

—Y verás qué mujeres tenemos aquí en Luisiana, Damien, cuando alguna de ellas te eche el lazo no querrás volver a Francia.

—Sabes que mi idea es comprar tierras en tu país, iniciarme como plantador y asentarme en Luisiana. Mi madre me confió todos sus ahorros, no la puedo fallar. En menos de uno o dos años he de mandar por ella y mi hermana.

—Lo sé, y debes estar tranquilo. Si mi padre viviera seguro que él te habría patrocinado, pero mi madre se ocupa ahora de los negocios y ella es incluso más hábil y dura de lo que lo había sido mi padre. Puedes confiar en ella.

—Gracias Etienne, confío en ti y en tu familia. ¿Cuántos años dijiste que tenía Julie?

—¡Oh, mi dulce hermanita…! Cuando la veas caerás rendido a sus pies. Aunque no te garantizo que ella siquiera se digne a mirarte. Pero no te preocupes, en Nueva Orleans están las mujeres más deliciosas de toda América. Y además están las cuarteronas libres. Son cruces de mulata y blanco que da unas mujeres elegantes, seductoras y hermosas… sólo un cierto tono algo oscuro de su piel las delata como poseedoras de llevar sangre negra, incluso algunas pueden pasar perfectamente por blancas. Hay que ir con cuidado con ellas, piensa que nuestras mujeres las odian porque saben que son sus más temidas adversarias.

—No me has dicho cuántos años tiene Julie.

—Es cierto, creo que debe haber cumplido quince. Nos llevamos tres años, por tanto…

—Toda una mujercita…

—Sí, de armas tomar… jajajajaja…

Etienne y Damien se acercaron a la barandilla de primera clase para ver las maniobras de aproximación del buque al muelle. Una vez atracado salieron junto a los demás privilegiados pasajeros de primera clase y aguardaron en el muelle la llegada de Inch.

—Tendrás que comprarte un esclavo, Damien… aquí todos los caballeros tienen el suyo.

—No sé si sabría…

—Vamos hombre, cómo no vas a saber… es fácil. Sólo tienes que dar órdenes, él tiene que obedecerlas… y ya está. ¿Sencillo? Jajajajaja… en cualquier caso cuando lleguemos a Harrow le diré a madre que te regale uno de nuestros machitos de crianza.

—¿Qué es un machito de crianza?

—El orgullo de mamá. Tenemos un criadero de negros del que madre cuida personalmente. Cria esclavos domésticos, de compañía, de cama… todo para sibaritas, un lujo al alcance de los más ricos. Cuando cerraron el tráfico negrero madre tuvo la idea de hacer crecer la población esclava a base de la reproducción natural de las hembras.

»Compró tantas hembras en edad fértil como pudo, incluso canjeó nuestros mejores machos por buenas hembras reproductoras. De hecho el algodón no precisa excesivo músculo y las hembras y sus crías pueden ocuparse de cultivarlo y recogerlo, por lo que madre decidió prescindir de la mayoría de machos para adquirir las mejores hembras reproductoras de todo el estado.

»De eso hace ya más de veinte años y ahora nuestro criadero de esclavos es famoso en todo el Sur. Piensa que vienen de Alabama, Georgia y hasta de las Carolinas a comprarnos nuestros negritos.

—Pero… pero esto que dices es… es vergonzante…

—¿Insinúas que mi madre es una desvergonzada, Damien? Prepárate a morir, perro… te voy a hacer tragar tus palabras…

—¡No, no… por favor Etienne, no he querido insultar a tu madre…! ¡No por Dios, cómo has podido siquiera pensar que podría insinuar nada malo de tu madre sabiendo que es la madre de mi mejor amigo…! No, yo me refería al concepto en sí. Poner a una mujer a preñar y cuando la conviertes en madre venderle la criatura… no sé… moral y conceptualmente me parece reprobable.

Etienne se había engallado. Damien conocía la facilidad de tomar pendencia de su amigo y su reacción lo había asustado.

—Cualquiera que mencione a mi madre debería besar el suelo si no quiere que le parta la crisma — añadió Etienne que ya empezaba a calmarse al ver que Damien había rectificado.

—Cálmate hombre… no he querido faltar al respeto a tu madre… antes me cortaría la lengua y me la tragaría — siguió calmando a su irascible amigo.

Damien se daba cuenta de que sus reproches a la idea conllevaban la reprobación a aquel que la llevaba a la práctica, pero Etienne se había calmado y ahora no iba a darle más vueltas a un tema tan peliagudo como aquel e iba a dejar las cosas en calma. En cualquier caso aprovecharía la menor oportunidad que se le presentase para elogiar a la señora Camila Lacroix.

—Cuando veas a mi madre entenderás porqué me he puesto furioso. Es la mujer más bella y más santa que existe. En su pensamiento nunca existe ni existirá el pecado. Te agradeceré que midas mucho tus palabras antes de referirte a ella, Damien, no quisiera verme obligado a retarte en duelo.

—Descuida Etienne, te juro que cuando vea a tu madre me postraré a sus pies y le pediré perdón por haber insinuado que su idea de crear un criadero era algo moralmente reprobable…

Etienne, ahora sí más calmado, tomó como buenas las últimas palabras de su amigo y consideró que se trataba de buenas disculpas.

—Jajajaja… vamos a tomar un trago. El imbécil de Inch aún no ha aparecido con el vehículo y nuestro equipaje. Cuando lleguemos a Harrow tendré que mandar que lo azoten. Tanto tiempo fuera de la plantación me lo ha estropeado.

Entraron ambos amigos en la cantina y tomaron sendos vasos de brandy mientras aguardaban la llegada de Inch.





***




2. Una parada para comer.-


Inch se presentó con un coche de punto y vio a su amo y al amigo de éste bebiendo dentro de la cantina del muelle. El mulato entró con el sombrero en la mano. Inch iba mucho mejor vestido que cualquier esclavo porque en Francia no podía ir como iban los negros en la plantación. Ningún negro se atrevería a entrar en un local público en Nueva Orleans si no era en calidad de esclavo que va en busca de su amo. La cabeza gacha y el sombrero en la mano, en sus dos manos, dándole continuas vueltas, en actitud temerosa y servil había de servirle para que lo identificaran, a pesar de su vestimenta, como esclavo.

—Amo Etienne… el coche está fuera, tal como me ordenó.

—Bien negro bien… quítate esta chaqueta que llevas… esto no es París… aquí los negros no visten elegantemente — le respondió Etienne algo achispado.

—Sí amo.

Inch obedeció y se quitó la chaqueta negra.

—Ahora arrodíllate… que vean todos que a pesar de tu elegancia no eres más que un perro esclavo. ¡Arrodíllate he dicho! — le gritó Etienne de repente.

Los parroquianos dejaron un momento sus conversaciones ante el repentino grito, pero al ver que se trataba de un señorito aleccionando a su esclavo regresaron de nuevo a sus cosas sin darle mayor importancia. Estaban acostumbrados a escenas de aquel tipo.

Inch se arrodilló y permaneció cabizbajo durante el rato que su amo y Damien terminaron de apurar sus copas, éste último algo apurado por el trato que su amigo daba a su esclavo.

En Francia Etienne apenas había tenido tiempo para mortificar a Inch, el que tenía lo empleaba en acudir a fiestas y emborracharse hasta perder el conocimiento. Inch se ocupaba de rescatarlo, llevarlo a la habitación que su padre le había alquilado a través de sus abogados, lo metía en la cama y al día siguiente la resaca lo tenía totalmente abatido. Etienne usaba ese período de semiconsciencia que era la fuerte resaca para reponerse de modo que a la siguiente noche pudiera volver de fiesta.

Inch se había pasado los cuatro años haciendo de mucamo de su señorito y cuando estaba solo y había terminado con sus pocas labores domésticas aprovechaba el tiempo para leer y estudiar. Pero ahora regresaban al lugar donde la esclavitud era el modo de vida de los ricos y él era un esclavo. Los años pasados leyendo y formándose lo habían imbuido de ansias de libertad que ahora, al regresar a la dura realidad, se le hacían terriblemente dolorosas. Pero Inch era paciente.

Damien y Etienne se acomodaron en el asiento de la calesa adaptada para transportar equipajes. Etienne no permitió que Inch se subiera con las maletas.

—Tú camina a mi lado.

—Sí amo Etienne.

—Pare en el Mon Ami, cochero — ordenó Etienne — Harrow está aún bastante lejos, por lo tanto nos detendremos en el mejor restaurante de la zona francesa para almorzar — le explicó a Damien.

Diez minutos más tarde la calesa se detenía ante el más lujoso restaurante de todo Nueva Orleans.

—Aguarda hasta que hayamos comido. Luego seguirás viaje hasta Harrow… ¿conoces Harrow?

—Sí señorito, es la mayor plantación de este lado del Mississipi.

—Jajajaja… ¿lo ves Damien? Somos importantes mi familia y yo… vamos, comeremos como dioses. ¡Inch! Entra tú también.

—Sí amo.

—¿Va a comer con nosotros? — preguntó asombrado Damien.

—Técnicamente sí… pero no… jajajaja… — y Etienne le dio una fuerte palmada en el hombro a su amigo a la vez que abría la puerta del lujoso local.

El maître salió a recibir a los recién llegados. Por las vestimentas parecían gente de bien. Inch, ya sin chaqueta y sin el sombrero parecía lo que era: un esclavo.

—Monsieurs, si me hacen el favor — el maître se dobló servilmente como un junco a la vez que les cedía el paso — al fondo si son tan amables… tengo una discreta mesa para dos caballeros como ustedes que les gustará — dijo oliéndose que se trataba de gente adinerada por sus vestimentas.

Etienne caminó pavoneándose ante las muestras serviles del empleado y mirando a Damien con arrogante suficiencia. El maître les ayudó a acomodarse en las sillas de alto respaldo. Inch se colocó detrás de su amo aguardando lo que éste tuviera a bien disponer. El muchacho estaba hambriento. Esa mañana se había perdido el desayuno en el buque porque Etienne lo había tenido ocupado con el equipaje.

Etienne pidió por los dos: ostras y vino blanco alemán y asado de lechal regado con vino tinto francés.

—¿Para su esclavo, señor? — preguntó el maître doblándose servilmente ante Etienne que era evidentemente el que llevaba la voz cantante.

—Traigale una escudilla vacía. Le diremos a la camarera que le eche nuestras sobras.

—Desde luego señor… al instante.

Una camarera mulata trajo las ostras y el vino blanco alemán así como una escudilla vacía.

—Déjala aquí, a mis pies chica… es para mi esclavo.

—Sí amo.

—¡Inch… de rodillas chico!

—Sí amo.

Cuando la camarera retiró el primer plato a los dos comensales vació las conchas vacías en la escudilla después de preguntar con la mirada a Etienne, porque allí no había sobras que se pudiesen comer.

—Sí chica, échale las conchas… seguro que puede sacarles sustancia lamiéndolas.

Mientras su amo y Damien daban cuenta del jugoso asado de lechal, Inch estuvo chupando conchas vacías de ostras. La escudilla estaba pegada a las botas de Etienne.

—¡Inch… mis botas chico!

—Sí amo.

El esclavo sabía que debía aprovechar la proximidad de las botas de su amo para de vez en cuando pasar por la bruñida piel su pañuelo que como todo esclavo debía tener siempre a mano para ocasiones como aquella.

Etienne golpeaba rítmicamente el suelo con el tacón y la puntera de su bota, lo cual ponia nervioso a Inch. Le recordaba las veces que, antes de partir hacia Francia, su amo le había hecho comer en el suelo, a sus pies, como ahora. Cuando Etienne empezaba a mover los pies como lo hacía ahora terminaba siempre pisándole las manos. No obstante esta vez Inch no sufrió ninguna agresión.

—Retírale las conchas, creo que ya no les queda sustancia — dijo Etienne a la camarera negra — puedes echarle los restos de nuestros platos en su escudilla. Tráenos ahora dos cognacs y un par de habanos.

—Sí amo.

Inch tuvo tiempo de dejar limpia su escudilla en la que encontró junto a la salsa y los huesos del asado algunos restos de tierna carne junto con otros más duros que previamente habían sido masticados por los dos comensales y devueltos al plato por considerarlos de escasa calidad. El estómago rugiente de hambre de Inch no hizo concesiones al paladar y engulló todo lo que sus muelas pudieron triturar.

—Si ahora estuviéramos en Harrow nos iríamos a hacer la siesta. Es uno de los mejores momentos del día. Antes de ir a Francia me llevaba a Inch conmigo para que me aliviara con una mamada. Ya te he dicho que ser plantador es un oficio al que uno se acostumbra enseguida — se rió Etienne.

En el momento de pagar Etienne le dijo al maître que lo anotara en la cuenta que sabía tenía abierta su padre desde hacía años y que ahora su madre seguramente seguía manteniendo.

—Anótelo en la cuenta de Harrow — dijo.

Al maître se le iluminó la cara al escuchar el nombre de la famosa plantación.

—¡Oh, señor…! — el maître aguardó a que Etienne le diera su nombre.

—Etienne, Etienne Lacroix.

—Por Dios, cómo no me lo advirtió cuando llegaron, caballero… les hubiera dado trato preferente, como le damos a su madre y le dimos a su padre mientras vivió.

—Bien, me servirá que me recuerde para la próxima vez que les conceda el honor de venir a comer aquí.

—Por supuesto, monsieur Lacroix, por supuesto — se deshizo el maître en serviles reverencias que tanto halagaban la vanidad de los ricos plantadores.

El cochero había aguardado pacientemente. Al final recibiría una propina y eso valía todas las esperas e incomodidades que pudieran suponer.





***




3. Llegando a Harrow.-      


Una hora después la calesa enfilaba la avenida flanqueada de tilos que llevaba a la inmnesa mansión de Harrow. Inch estaba agotado. Había hecho todo el camino a pie caminando y corriendo al lado de la calesa. Su amo quería tenerlo permanentemente a la vista lo que implicaba un esfuerzo constante del esclavo.

Si para Etienne la visión de la Casa Grande le produjo un sinfín de recuerdos y emociones tras cuatro largos años de ausencia, para Inch no fueron menos ni los unos ni las otras.

Su madre, la negra a la que se había follado el amo Fox, había muerto cuando él tenía dos años. Ese fue el plazo de tiempo que le concedió la señora antes de ejecutarla. Lady Camila, procedente de Virginia, inglesa de pura cepa, actuó del mismo modo que había visto hacer a su madre y de igual manera que las damas luisianenses también hacían con respecto a que sus esposos se solazasen con las esclavas. Todas consentían que ellos se aliviaran con las negras pero si alguna de ellas quedaba preñada se quedaban el fruto de su vientre, permitían que lo alimentara de sus pechos y luego mandaban que fueran ejecutadas de manera particularmente cruel.

El caso de la madre de Inch tuvo una muerte horrenda: fue hervida en agua. Las elegantes, católicas y afectadas damas sureñas de la sociedad luisianense demostraban tener una imaginación fuera de lo común para llevar a cabo sus personales venganzas.

Era la manera que tenían las damas de la aristocrática sociedad de plantadores de lavar su honor.

Virtudes, la madre de Inch, alimentó también al amito Etienne puesto que su embarazo coincidió con el del ama. Lady Camila aprovechó a la esclava como ama de cría de su vástago evitándose así tener que buscar nodriza. Luego, en el momento que Etienne destetó, coincidiendo con sus dos primeros años de vida, lady Camila ordenó la cruel muerte de la esclava.

Inch era muy pequeño para recordar a su madre. Por su parte, lady Camila, quiso compensar haber dejado al esclavo de su hijo sin mamá por lo que abrió su bondadoso corazón al afecto del negrito. Lady Camila fue para Inch, siendo su ama, lo más parecido a una madre que tuvo. Pero un ama, por buenos sentimientos que tenga nunca puede hacer el papel de madre, puesto que siempre prevalecía, así debía ser, la autoridad del ama antes que los sentimientos de una madre.

Para Inch, la cercanía de lady Camila, especialmente a partir de la pubertad, supuso una gran sensación de perturbación e incluso angustia. Pensar ahora en volver a verla le hizo sentir un intenso sudor frío que se sumó al propio de llevar más de dos horas corriendo tras la calesa.

Cuando el vehículo giró por la última curva de la avenida apareció la majestuosa mansión. Etienne se extasió ante su visión. Cuatro años era mucho tiempo. El sonido semejante a unos ladridos lo distrajo de sus recuerdos.

—¡Para el coche! — ordenó Etienne.

El negro detuvo la calesa y Etienne enfocó la vista hacia una caseta de perro situada al final de la avenida. Siempre habían tenido un esclavo que hacía las veces de perro guardián que avisaba con sus ladridos de la presencia de personas, coches o jinetes que llegaban de visita a la mansión.

—Ven Damien — le dijo Etienne a su amigo y ambos descendieron de la calesa.

Damien siguió a su anfitrión que encaminó sus pasos hacia la caseta de perro donde un esclavo negro arrodillado a cuatro patas y el cuello atado a una cadena emitía ladridos de forma regular.

—¡Por todos los diablos… pero si es Bastón! ¡Madre mía, Bastón, viejo animal! ¿Qué haces tú aquí? — Etienne se acerco lo suficiente para acariciar la cana cabeza de aquel viejo que cuando sus ojos reconocieron la figura del amito Etienne se puso a sollozar y se arrojó a sus pies para lamerle las botas.

—¿Qué es eso, Etienne? — preguntó con timidez Damien que suponía de qué se trataba pero no acababa de aceptarlo racionalmente: un hombre haciendo de perro.

—Es Bastón. El viejo esclavo de papá. Quiero suponer que a su muerte madre lo destinó a hacer de perro guardián. ¡Bastón, viejo perro gandúl… jajajajaja… qué alegría verte!

El anciano esclavo no hacía más que frotarse contra las botas de Etienne y besarlas con devoción.

—¿A ver cómo lo haces, Bastón? ¡Ladra, vamos chico, ladra! — le gritó Etienne divertido al anciano esclavo.

Bastón se esforzó y estirando el cuello como si fuese un perdiguero emitió media docena de ladridos , orgulloso de satisfacer al nuevo amo de Harrow.

—Muy bien Bastón… muy bien… vuelve a tu sitio… y mantente alerta, viejo gandul, si se cuela una visita que no hayas anunciado con tus ladridos te cortaré la única oreja que te queda, viejo perro, jajajajaja…

—¡Por Dios, Etienne! ¿Qué hace ese anciano en la caseta del perro, y ladrando, con un collar al cuello atado a una cadena?

—Bastón se debió quedar muy triste cuando murió papá. Era su esclavo desde que nació. Madre podía haberlo vendido porque este tipo de esclavos que se han pasado la vida sirviendo al mismo amo no valen para servir a otro. Son como los perros que mueren aullando sobre la tumba de su dueño. Mamá al parecer se apiadó de él y lo puso de perro guardián. Su trabajo es fácil: ladrar siempre que se acerque alguien a la casa, conocido o desconocido.

Damien miraba al viejo esclavo arrastrarse a los pies de Etienne y éste parecía complacido con la actitud perruna del negro. Etienne se agachó ligeramente y tomando con ambas manos el rostro ajado del anciano esclavo lo obligó a abrir la boca.

Damien contempló con horror las encías descarnadas del esclavo. Algo sabía Damien de medicina por haber estudiado junto a Etienne algunos años en la Sorbona.

—Pero, Etienne, este hombre… no tiene dientes — dijo cuando vio con horror la boca desdentada del esclavo — y no los ha perdido por la edad a tenor de las brutales cicatrices que se le aprecian a simple vista…

—No. Se los hizo arrancar mi padre. Papá era un buen hombre pero tenía sus pequeños vicios — Etienne le guiñó un ojo a su amigo al tiempo que soltaba el rostro del negro que cayó casi desplomado sobre sus lustrosas botas.

Damien estaba horrorizado. En su cabeza no cabía aquel desprecio supremo por la dignidad de un hombre. Estaba confuso y Etienne lanzó una de sus características carcajadas al aire al verlo tan aturdido.

—Jajajajaja… no te inquietes Damien, es muy normal que un amo use a su esclavo personal para sus alivios momentáneos y los dientes de Bastón le molestaban, eso es todo — le dijo como si con aquello justificara tamaña crueldad e ignominia.

Regresaron a la calesa para que los llevara hasta la Casa Grande. Damien estaba transfigurado. Lo que le contó Etienne a continuación no ayudó a librarlo de la angustia que sentía.

—¿Sabes por qué le llamaba Bastón? Jajajaja… papá debía tener mi edad, o probablemente era algo más joven que nosotros ahora. Al parecer cuando quería castigar a su esclavo le daba a elegir, le decía: ¿látigo o bastón? Y el pobre siempre elegía bastón. De ahí le quedó el nombre, jajajajaja… curioso, ¿no?

—Sí, curioso.

Etienne pagó al cochero  que descargó los baúles al suelo y a continuación salió a toda prisa de la hacienda Harrow.

—Inch, ocúpate de subir mis maletas y las del amo Damien.

—Sí amo.

Damien se despejó de pronto. Los opresivos pensamientos que habían acudido a su mente después de la escena con Bastón y lo que Etienne le había contado, se disiparon como por arte de magia cuando en la galería vio a lady Camila. La madre de Etienne era una mujer cercana a los cuarenta años, aún en la flor de su belleza sureña. La mujer abrió sus brazos y Etienne corrió hacia ella como un niño.

—¡Dios bendito, hijo, qué guapo estás! — los ojos de la bella lady Camila se nublaron de lágrimas de felicidad — ¿Por qué no me avisaste de tu llegada hoy? ¡Maureen, Maureen… rápido todas las esclavas a trabajar… la casa tiene que brillar. Pon a dos negras para las habitaciones del amo Etienne y de su acompañante.

—Madre, le presento a Damien Lampin, compañero mío durante estos años en Francia. Un muchacho excelente.

—Caballero — la gran dama tendió lánguida su mano y el joven Damien se inclinó para besarla.

—Lady Camila, la descripción que su hijo me hizo de usted es absolutamente falsa. Me decía que era usted una mujer hermosa, y puedo comprobar que miente como un bellaco — lady Camila enarcó las cejas y Etienne apretó los puños — porque es usted más que hermosa, es la representación de la hermosura, la diosa de la belleza hecha mujer. A sus pies, mi señora.

Las cejas de Camila volvieron a su sitio con una sonrisa de satisfacción al tiempo que los puños de Etienne se relajaban y acompañaba a su madre en una sonrisa vanidosa.

—¡Virgen Santa… Inch… tú también estás irreconocible…! — exclamó lady Camila al reconocer al esclavo que cargaba los baules de su hijo y de su amigo en dirección a sus aposentos.

Inch se estremeció de alegría al ver que el ama se acordaba de él. Dejó el pesado baúl en el suelo y se arrodilló ante los pies de la señora de Harrow, que como siempre llevaba calzados en altas y relucientes botas. El negro de Etienne besó aquellas botas con absoluta devoción.

—Levanta Inch, levanta… deja que te vea bien, hijo…

De pequeño la señora le había llamado hijo algunas veces y cuando lo hacía todo el pequeño cuerpo del negro huérfano temblaba de emoción. La gran dama de Harrow seguía mostrándose maternal con él y eso era algo que a Inch le ayudaba a superar sus odios y le permitía momentáneamente aparcar sus ansias de huir y de vengarse de su cruel amo.

Inch retomó los pesados baúles que cargó sobre sus espaldas y se encaminó hacia los aposentos de los señoritos. Lady Camila no dejaba de contemplar gozosa la fornida estampa de su hijo primogénito.

—Estás echando barriga, hijo — su madre le apretó el blando abdomen que el joven se apresuró a remeter sin conseguir ocultar su incipiente obesidad.

—Es culpa del alcohol, madame — dijo Damien.

Los tres rieron cuando el estrépito de unos cascos atronó de repente haciendo que se volvieran en la dirección del ruido. Un caballo corría a toda velocidad por la avenida de los tilos montado por una joven amazona que lo hacía a horcajadas, como los hombres, moviendo sin parar su fusta con la que golpeaba las ancas de la bestia que espumeaba por los belfos.

—¡Dios mío, esa chica… va a reventar el caballo! — se exclamó lady Camila.

—No puede ser… ¿es Julie esa que se acerca como un torbellino desatado, madre?

—Quien sino iba a ser.

Un negrito salió al encuentro de la amazona. La muchacha desmontó casi antes de que el caballo hubiera detenido del todo la marcha y le arrojó las riendas al esclavo. Siguió corriendo y subió los cinco peldaños de dos saltos mientras gritaba:

—¡Etienne, Etienne… has vuelto!

—¡Julie, mi pequeña Julie…! — respondió emocionado Etienne que tuvo que afirmar los pies fuertemente en el suelo para que su hermana no lo derribara tras el salto que dio y que terminó con ella prácticamente montada sobre su amplio pecho.

—¡Julie! — tronó su madre — haz el favor de comportarte… tenemos invitados.

Damien se había quedado absorto mirando la salvaje belleza de aquella pequeña deidad, una reproducción en joven de lady Camila.

La muchacha desenrolló las piernas con las que había abrazado el corpachón de su hermano y saltó veloz al suelo. Un rubor intenso cubrió las numerosas pecas de su bonito rostro cuando reparó en el joven que más que mirarla la admiraba totalmente absorto.

—Hermanita, te presento a Damien Lampin, mi mejor amigo durante estos cuatro años. Ha venido para instalarse. Madre, usted le ayudará a que adquiera tierras, ¿verdad? Damien quiere convertirse en plantador y una vez se haya instalado mandará traer de Francia a su madre y a su hermana.

—Desde luego que lo ayudaré. El señor Damien goza de mis simpatías por el mero hecho de ser tu amigo… y por lo que se ve un buen amigo. ¡Julie! ¿puede saberse de donde vienes cabalgando como una loca?

—Me he llegado a la oficina del sheriff de Baker para ver si había noticias de los dos esclavos fugados. Y me he dicho que los han detenido cerca de la frontera con Mississipi. Estaban a punto de meterse de polizones en un vapor que zarpaba de Natchez. Mañana los tendremos aquí, madre… ¿no es fantástico Etienne?

—Oh, sí, sí lo es hermanita. He estado cuatro años sin poder presenciar un buen castigo… ardo en deseos de presenciar uno de los gordos, jajajajaja… y a Damien seguro que le encantará.

Julie miró hacia el amigo de su hermano y comprobó que estaba pálido como la muerte y sudaba gruesas gotas que le empapaban la frente. Apartó la mirada cuando vio que él se había dado cuenta de su insistente contemplación. Julie volvió a enrojecer. Aquel muchacho le parecía delicadamente bello, nada que ver con los jóvenes que la pretendían y a los que ella invariablemente daba calabazas.





***



4. En la plantación Harrow.-


—Monsieur Lampin — llamó Camila cuando éste y Etienne, bañados y cambiados de ropa bajaron para la cena — necesitará un esclavo. Julie le acompañará a que seleccione uno de su agrado.

—Muchas gracias, señora.

Damien iba a rechazar la oferta de que le pusieran un esclavo porque vulneraba todos sus principios morales, pero cuando oyó a lady Camila decir que la hermosa Julie lo acompañaría cambió de opinión y aceptó de buen grado.

—Julie, acompaña a monsieur Lampin al criadero para que escoja un valet de chambre. Id ahora que aún falta una hora para la cena.

—De acuerdo mamá — se oyó la voz de la muchacha proviniente de alguna parte de la casa.

—Le ruego que me llame Damien, señora, lo de monsieur Lampin se me hace un poco extraño.

—De acuerdo Damien, así lo haré.

En ese momento apareció Julie. Ella no se había cambiado de ropa, seguía vistiendo su bonito traje de amazona, con sus altas botas que ahora relucían y llevando su fusta en la mano como cuando había desmontado de aquel caballo desbocado.

—¿Preparado, Damien?

—A punto, mamzell Julie.

—Prefiero el miss, si no le importa.

—En ese caso, a punto, miss Julie.

Damien caminó al lado de la joven luchando para que no se notara que le costaba dios y ayuda dejar de mirarla. Realmente era bonita.

—Ahora verá usted la joya de Harrow, señor Lampin.

—¡Oh, por favor, miss Julie, llámeme Damien, nada más, se lo ruego!

Julie le dedicó una mirada cariñosa que motivó un ligero rubor en las lampiñas mejillas de Damien.

—¿De qué se trata? Me refiero a la joya, miss Julie.

—¡Ah, al criadero, por supuesto! Es la niña de los ojos de mamá. Vienen clientes de todos los estados a comprarnos negritos domésticos, ¿sabe? Tienen fama…

—Sí, algo me ha contado Etienne.

Los dos jóvenes caminaban paseando. Habían cruzado el enorme patio principal que a estas horas estaba vacío de esclavos. Damien alternaba su constante examen de la preciosa Julie con el de las edificaciones que se alzaban en aquella zona. Julie le explicó a qué correspondían.

—La herrería, es muy importante en cualquier plantación, los esclavos suelen estropear las herramientas y tienen que ser reparadas rápidamente para que la producción no se resienta, este edificio es el almacén y también el secadero del algodón, ahora está casi vacío pero el mes que viene no se podrá entrar cuando comience la cosecha. Aquél de allí es el ahumadero, el otro el establo de los caballos y ese otro es la enfermería de los esclavos.

—¿Tienen médico en la plantación?

—Por fuerza. Piense que poseemos más de quinientos esclavos. Una amiga de mamá se ocupa de la enfermería. Alisa, una de nuestras esclavas, la ayuda y si de noche se produce una emergencia la avisa o incluso puede atenderla ella misma, es una chica muy lista.

—¿Una amiga de su madre? ¿Es médico?

—No, en absoluto. Pero tampoco es necesario. Con que tenga algunas nociones ya vale, sólo son negros.

Damien tragó saliva. Julie parecía comulgar plenamente con los postulados de su hermano. Si quería obtener sus favores debería tragarse más de un sapo.

—Miss Rebeca Dupré vino de la vecina isla de Saint Domingue cuando el levantamiento de esclavos. Lo perdió todo y tuvo que ponerse a trabajar. Es perfecta para nuestros intereses, un esclavo ha de estar muriéndose para que ella no lo envíe a trabajar — se rió la muchacha con una risa cristalina que hizo estremecer de placer a Damien.

—¿Y esa otra cabaña? La más alejada.

—Bueno… mamá la llama la casa del dolor. Ahí miss Rebecca Dupré lleva a cabo los castigos de los esclavos — Julie bajó un poco la voz.

—¿Pero esa señora no es la que se encarga de curar a los esclavos?

—Sí… y también es la que los castiga. Es perfecto. Ella sabe el estado en que los deja después de azotarlos o de lo que sea que les haga cumpliendo nuestras órdenes, por tanto le resulta más fácil luego su curación.

Damien arqueó las cejas sorprendido. Reparó en un solitario poste a veinte metros de esa cabaña y preguntó por él.

—¿Y ese poste solitario?

—Es donde se ata a los esclavos que han de ser azotados.

—¡Dios mío! — murmuró Damien.

El joven dedujo que tanto el poste como la casa de los castigos se hallaban en el extremo más alejado de la Casa Grande como si quisieran esconderlos. Julie le leyó el pensamiento y se lo aclaró.

—Ambos, el poste y la casa del dolor están tan alejados porque no es agradable escuchar cuando estás comiendo los alaridos de aquellos que son castigados.

—Ya — fue lo único que dijo aunque no fue lo único que pensó pero que se calló.

No entiendo cómo una joven tan hermosa y agradable como Julie puede hablar de los castigos de los negros como si fuera algo normal. Pero se lo calló.

—¡Ahí está el poblado de los esclavos! ¿Le gustaría verlo?

—Tal vez en otra ocasión, su madre ha dicho que cenaríamos en una hora y aún hemos de buscar mi esclavo.

—Tiene razón, qué tonta soy, le ruego me perdone.

Julie enrojeció. Los rasgos casi femeninos de Damien la perturbaban. Lo encontraba muy guapo. Había detectado ciertos reparos en él cuando le había hablado de los castigos de los esclavos y eso la había hecho avergonzarse. De repente se sorprendió rezando para que Damien no fuera uno de esos insoportables abolicionistas.

No debe serlo, dedujo Julie, si ha aceptado tener un esclavo mientras esté con nosotros es que no es abolicionista, concluyó aliviada.

—Vamos, el criadero está cerca.

Julie apretó el paso y Damien la siguió. Llegaron a una especie de barracón.

—Ahí está miss Rebecca Dupré, aprovecharé para presentársela.

Damien fue presentado a una mujer de rostro afable. Le calculó entre cuarenta y cinco y cincuenta años de edad. De estatura normal, estaba algo rolliza, lo cual daba a su rostro mayor sensación de ser una persona tratable y solícita. De no ser por el temible látigo que llevaba enrollado en una mano y las afiladas espuelas que lucía en sus altas botas nunca hubiera adivinado a qué se dedicaba aquella mujer a la que él veía más cuidando de sus nietos que arrancando alaridos de dolor a los negros a los que tenía que castigar.

—El caballero se llama Damien Lampin y es invitado de mi hermano Etienne. Venimos a proveerle de un esclavo de alcoba. ¿Todo en orden miss Rebecca? — preguntó Julie para que Damien viera que a ella la respetaban los empleados de su madre a pesar de tener tan solo quince años.

—Su madre estaba algo preocupada por Perla. Ya sabe usted que tuve que azotarla hace un par de días y su señora madre estaba un poco angustiada por si perdía el bebé.

—¿Y?

—Nada, Perla tiene una buena encarnadura. Puede decirle a su señora madre que puede estar bien tranquila, en unos días tendrá un maravilloso ejemplar de mandingo de pura cepa — le explicó miss Rebecca con su rollizo rostro manifestando gran alegría.

—Menos mal. La verdad es que yo también estaba preocupada. Llegué a temer incluso por la propia Perla.

—No tema miss Julie, estas mandingas son de pura raza, necesitan algo más que el matanegros para acabar con ellas. Presente mis respetos a su madre, miss Julie. Yo ya me retiro, vamos Perkins… pasa bonito, que esta noche tendrás mucho trabajo — le dijo miss Rebecca a un muchachito que Damien descubrió de rodillas tras las botas de la Dupré.

Damien quiso deshechar la idea que se había formado en su cabeza respecto al tipo de trabajo que Perkins tendría esa noche. No puede ser, sino es más que un púber, se dijo el joven. Julie se encargó de confirmarle que lo que había deshechado era la verdad.

—Miss Becca tiene permiso de mamá para llevarse un machito del criadero cada noche. Ella ocupa la casita de la guardera y está sola, no tiene marido. Esos críos le alivian la soledad… y lo que no es la soledad…

Julie se tapó la boca con la mano que sostenía la fusta para ocultar una risita.

—Venga, entremos.

Damien asintió y la siguió al interior de la edificación.

En una inmensa sala convivían dos docenas de hembras preñadas en avanzado estado de gestación con otras tantas que daban de mamar a unos chiquillos más una treintena de niños y niñas. Cuando vieron entrar a la señorita todos, sin excepción, se postraron en el suelo. Julie esbozó una sonrisa. Le gustaba que los esclavos le mostraran repeto y sumisión.





***




5. Damien selecciona esclavo.-


Damien notó que le sudaban las manos. ¿Pero qué hago yo aquí?, pensó por un momento el joven que no daba crédito a hallarse a punto de escoger un esclavo. Si he de instalarme en este país debo acostumbrarme a sus modos y maneras. Debo superar mis escrúpulos, trató de convencerse.

—¿Qué prefiere, machito o hembra? — le preguntó Julie que ahora lo miraba embelesada. Sería que la incertidumbre y el desasosiego lo hacían más atractivo, pensó la joven.

—Esto, un varón, claro — se ruborizó al oirse a sí mismo.

—Si prefiere una hembra no tenga reparos. Mi madre y yo entendemos las necesidades de nuestros hombres — le comentó haciendo un rápido parpadeo que a Damien le pareció una picardía.

Cuando regresaron a la Casa Grande los seguía Numa, un esclavo de catorce años que sería el lacayo de Damien.

—En el criadero lo máximo que tenemos son esclavos de catorce años — le explicó Julie — cuando cumplen los quince o van a los campos, o pasan a casa como domésticos o los llevamos a vender. Numa es de los pocos que tenemos de esa edad. Por lo general los vendemos mucho antes.

—Lo siento pero me parece monstruoso. Vender seres humanos como si fuesen reses, no lo entiendo.

—Son negros, señor Lampin, sólo son esclavos. La ley nos permite venderlos.

—No digo que aquí no sea legal, lo que digo es que me parece inmoral.

Julie se encogió de hombros. Ella había crecido en este sistema esclavista y lo encontraba lo más natural del mundo. No le suponía ningún cargo de conciencia.

—Pues así son las cosas aquí…

A pesar de su aparente indiferencia por el juicio de Damien, Julie estaba incómoda. De alguna manera la estaba llamando inmoral. Y ella era católica creyente. La iglesia nunca se había opuesto a la esclavitud por tanto lo que hacía su familia estaba amparado en la ley de Dios.

Damien se mordió los labios. Tenía que reprimir sus escrúpulos si quería obtener el favor de los Lacroix y dando lecciones de moralidad no conseguiría su simpatía.

—Perdone Julie, no pretendía ofenderla. Compréndame, todo esto es nuevo para mí… debe entender que…

—No tiene que disculparse, no me he ofendido — mintió Julie a quien el amigo de su hermano le había gustado desde el primer momento.

—Usted me parece una buena persona, miss Julie, y nada más lejos de mi intención que ofenderla, pero compréndame, qué pensaría usted si tuviera un hijo y viniera otra persona y le dijera que lo iba a vender…

—Eso no pasará nunca, no soy negra, ni mucho menos soy esclava.

—Es un supuesto…

—No puedo siquiera suponerlo. Mire monsieur Lampin, yo respeto sus ideas, respete usted las mías.

—De acuerdo. Firmemos la paz — Damien se detuvo y le tendió la mano que Julie estrechó después de dudar unos segundos.

Damien sintió un escalofrío al contacto de la suave mano de la joven. Era consciente de que le gustaba Julie y que por tanto tenía por delante un largo y tortuoso camino que debería recorrer si quería conquistarla. Julie le dedicó una bonita sonrisa que podía interpretarse como una tregua y Damien respiró aliviado.

Numa acompañó a su nuevo amo a su dormitorio cuando tras la opípara cena se retiró a dormir. Cuando hubo cerrado la puerta de su habitación Damien estaba nervioso. No sabía qué debía hacer. Nunca había tenido siquiera criados y menos aún esclavos. No tenía ni idea de cómo comportarse.

—¿Mi amo quiere que lo desnude? — preguntó Numa que se había arrodillado y le hablaba mientras le besaba las botas.

—S…sí… e…eso… desnúdame chico.

Con gran habilidad Numa desnudó a su amo en apenas un par de minutos. Damien se vio totalmente desnudo salvo las botas que aún llevaba puestas. Iba a cubrirse los genitales cuando Numa le rodeó el miembro con sus manos. Damien dio un respingo.

—¿Q…qu…qué haces? — balbuceó Damien.

—He imaginado que mi amo desearía que se la chupase.

Damien tardó en responder. A su mente acudieron algunos de los consejos que lady Camila le había dado durante la cena.

—Por lo que me ha comentado mi hija encuentra usted reprobable nuestra peculiar institución.

Lady Camila se refería a la esclavitud. Así se referían a ella en los estados sureños y Luisiana era tal vez el más sureño de todos ellos.

—No me debo haber explicado bien, milady… el caso es que todo esto me viene de nuevo… y comprenda — Damien estaba muy nervioso, sobretodo porque Julie lo miraba con una sonrisa divertida.

—No se preocupe Damien… usted no es uno de esos abolicionistas engreídos que se creen moralmente superiores a nosotros, de lo contrario no habría usted aceptado tener un esclavo, y eso es lo que es Numa, un esclavo… muy bueno por demás…

—¡Oh, sí… no soy… bueno… la verdad… verá usted…! — el pobre divagaba, lady Camila lo abosorbía con su belleza y su personalidad.

—Cálmese hombre, que no nos comemos a nadie. Con el tiempo nos dará la razón. Lo único que tiene que hacer es probar nuestro estilo de vida. Cuando se marche usted de Harrow, algo que confío pase dentro de mucho tiempo — implicitamente le estaba invitando sine die lo que significaba que lo aceptaba —, será usted un acérrimo defensor de la esclavitud.

—Puede ser que llegue a tolerarla, no se lo niego, pero de ahí a defenderla… creo que eso no lo haré nunca.

—Ya lo veremos, no le apuesto nada porque no me gusta ganar fácilmente. Y deje de justificarse. Lo que tiene que hacer es seguir mis consejos: cuando mire a Numa no vea un ser humano, vea una propiedad. Equipárela con lo que quiera, un libro, un caballo, un perro. Una cosa. Muéstrese siempre arrogante. Castíguelo si no hace las cosas a su gusto, y si las hace también, aunque no siempre, para mantenerlo en zozobra y en desconcierto permanentes. Recuerde, usted es el amo, él es el esclavo, usted manda, él obedece.

Damien dejó caer las manos a sus costados y permitió que Numa le chupara la polla. En un principio creyó que sus graves problemas morales con la cuestión de la esclavitud y su cargo de conciencia por haber aceptado tener un esclavo, le impedirían tener una erección. Por eso se sorprendió tanto cuando notó que tras un par de chupadas su pene reaccionaba como un toro de lidia.

Numa se tragó la abundante secreción de esperma que vomitó el enorme pene de Damien sin inmutarse. Numa le ayudó a recostarse en la cama cuando vio que las piernas le flaqueaban.

—Acuéstese amo, ahora le saco las botas.

Numa lo descalzó y acercó su negra cara de labios gruesos y nariz chata a las plantas de los pies de Damien. Las besó con suma delicadeza. Damien se escandalizó consigo mismo cuando sintió que alcanzaba de nuevo un erección tan poderosa como la que momentos antes había tenido mientras Numa le chupaba la polla. 




***




6. Los fugitivos son devueltos a sus amos legítimos.-


Al día siguiente el sheriff de Baker llegó a Harrow llevando tras su montura a dos esclavos encadenados, una pareja de macho y hembra, ella preñada. Se les vía agotados, de aspecto demacrado, abatidos.

Habían logrado esquivar a las patrullas de negreros durante dos meses, pero no habían logrado salir del estado. Se escondieron en los pantanos y cuando comprobaron que las expediciones de los negreros se iban reduciendo a cada día que pasaba, consideraron que ya habían dejado de buscarles. Entonces intentaron colarse como polizones en un vapor de pasajeros que remontaba el Mississipi hasta San Luís y de allí hacia las tierras del norte por el Missouri. Una empresa improbable pero no imposible.

Y lo habrían conseguido de no ser por una muchacha yankee, una abolicionista que viajaba con sus padres. Ella los descubrió cuando hambrientos, Jack y Tonia tuvieron que aventurarse a buscar alimento entre las sobras de la cocina del barco. Molly Anderson se sintió conmocionada al ver a los dos negros comiendo peladuras de patata en la bodega. La muchacha había querido ver el esclavo que sus padres habían comprado con el fin de llevarlo a Boston y allí darle la libertad.

Los alaridos de Molly cuando vio a los dos fugitivos devorando las inmundicias que habían obtenido de las basuras llamó la atención al personal del barco. La muchacha se había asustado al ver el aspecto lamentable de aquellos dos negros que parecían animales. El capitán y dos de sus hombres irrumpieron en la sentina armados y redujeron a los dos esclavos.

Molly tuvo que ser consolada por sus padres cuando entendió que acababa de entregar a dos negros esclavos fugitivos. Se había asustado. Cuando el capitán le dio las gracias por haber descubierto a dos peligrosos esclavos fugitivos la muchacha se puso a llorar. Con su actitud infantil había ayudado a capturar a dos negros que ahora serían devueltos a sus amos.

Inch fue el primero en ver la cordada. Además de Jack y Tonia el sheriff llevaba otros diez esclavos encadenados. Eran fugitivos que habían sido capturados y ahora el representante de la ley los devolvía a sus legítimos propietarios.

—Avisa a lady Camila, chico — le dijo el sheriff a Inch.

—Sí amo.

Inch entró en la casa y se dirigió al comedor donde los amos estaban desayunando. Su dueño, el amo Etienne, aún dormía. Miss Julie, el señor Lampin y lady Camila estaban terminando de desayunar.

Julie, que aún no había visto a Inch dio un gritito de alegría. El esclavo de su hermano se quedó aturdido al comprobar que la niña de once años que había dejado en Harrow cuando marchó con su amo a Francia, se había convertido en toda una hermosa, muy hermosa señorita.

Inch se arrodilló y Julie se le acercó contenta de ver de nuevo al esclavo de su hermano y a la vez medio hermano de ambos.

—¡Oh, Inch, estás hecho todo un hombre!

Inch inclinó la cabeza y besó las botas de la joven.

—¿No piensas decirme nada?

—Que usted es ya toda una mujer… y muy hermosa, si me lo permite.

Julie se ruborizó. Inch, en sus recuerdos, era el esclavo que la hacía reír, que la enseñaba a disparar flechas, que le corregía la postura sobre su potro para aprender a montar adecuadamente. Además, Inch, tenía unas facciones suaves y era muy guapo.

—Jajajaja… qué pasa hermanita, ¿quieres quedarte con mi esclavo? — la voz de Etienne hizo girarse a Julie. Aprovecha ahora porque después lo haré azotar.

—¿Por qué? — preguntó Julie con cierta exasperación.

—Porque me he despertado, le he llamado y no ha aparecido. Me he tenido que vestir yo solo, y ponerme las botas… y porque sé que te molesta que lo azote. ¿Recuerdas cuando eras más pequeña? Siempre lo defendías.

—Inch, ve a suplicar perdón a tu amo. Dile que no volverás a hacerlo y yo me encargaré de que los latigazos sean los menos posibles — le dijo Julie.

Etienne ya se había sentado a la mesa. Inch gateó hasta llegar junto a su amo y se inclinó para besarle las botas. En lugar de suplicarle lo que hizo fue buscar una excusa que lo salvara.

—Perdón, mi amo. Estaba en su dormitorio mientras terminaba de lustrar sus botas. Miraba por la ventana y he visto que llegaba el sheriff de Baker con una recua de esclavos fugados. He visto que no había nadie para recibirlo y he ido yo. Ahora mismo venía a avisar a lady Camila de que el sheriff estaba fuera con los dos fugados.

Julie dio un gritito acompañado de un pequeño salto sobre las puntas de sus pies. La joven estaba contenta. Etienne dibujó una cruel sonrisa en su rostro. La noticia también le agradaba. Lady Camila se levantó de un salto y marchó hacia la galería seguida de Julie.

—Por esta vez te vas a librar, pero la próxima vez que no estés para ponerme las botas te voy a desollar la espalda a latigazos. ¿Entendido?

—Sí amo Etienne.

—Quédate en el suelo mientras desayuno.

—Sí amo.

Inch odiaba más las constantes humillaciones a las que su amo lo sometía que si lo hubiera castigado atrozmente. El orgullo de Inch sufría mucho más que su cuerpo.

Julie regresó al salón con las mejillas arreboladas. Miró a Damien que estaba terminando su desayuno con Numa de pie tras su silla.

—Jack y Tonia ya están de nuevo en Harrow, Etienne. Y no sabes lo mejor. Tonia está preñada. Supongo que fue ese el motivo de que escaparan.

—No querría que su vástago fuese a parar al criadero — comentó Etienne.

—Algo de lo más lógico y normal, ¿no les parece? — terció Damien.

—Son nuestros esclavos, señor Lampin, nuestra propiedad. Si huyen nos desproveen de nuestros derechos — le replicó Julie ligeramente alterada.

Damien volvió a maldecir su incontinencia verbal. No lo podía remediar. Consideraba cruel tratar a los negros como meras propiedades. No obstante se obligó a reflexionar, si pretendía convertirse en plantador tendría que comprar esclavos. ¿Qué haría él si se le escapaban? Tratar de recuperarlos como habían hecho los Lacroix, ¿no?

—¿Y piensan castigarlos?

—Evidentemente — respondió Julie cada vez más molesta por las pullas de Damien.

No podía evitar sentirse atraída por el amigo de su hermano pero le molestaban sus constantes escarnios relativos al tema espinoso de la esclavitud.

—Ha dicho que la muchacha está preñada… ¿a ella también la van a torturar?

—No se preocupe usted, Damien — esta vez no lo llamó señor Lampin, lo que agradó al joven — tenemos métodos para castigar a las esclavas sin perjudicar su carga. Piense que el niño que lleva nos pertenece.

—Puedes acabarte esto, Numa — le dijo a su esclavo.

—Gracias amo Damien, gracias por su bondad y su generosidad amo — le dijo el muchacho negro postrándose a sus pies y besando sus botas con auténtico frenesí.

Damien notó la sacudida de su miembro al ver el sometimiento y el servilismo de su esclavo. La noche anterior ya había sentido algo parecido cuando después de chuparle la polla le besó los pies. Julie se percató de la incomodidad de Damien.

—Parece que usted habla mucho pero por lo que se ve no evita a los siriventes que se le adjudican la humillación que según usted infligimos a nuestros esclavos — lo dijo Julie con cierto tono de burla.

Damien enrojeció y eso aún agradó más a Julie que se envalentonó.

—No se prive, hombre, posiblemente se dará cuenta que tener a uno de esos pobres diablos a sus pies lo hace más hombre… pruebe a pegarles, es aún más evocador de nuestra superioridad racial — y soltó una risa hiriente que perturbó a Damien.

—No le he dado ninguna orden a Numa. Si lo hace es porque ustedes los obligan a comportarse como perros rastreros, y, lo admito, no tengo ninguna intención de perturbar la armonía que ustedes tienen en su feudo. Espero que disfrute usted del sufrimiento de los dos fugitivos… especialmente de la preñada. Ya veo que tiene usted un alma generosa y compasiva, buenos días.

Damien salió del salón seguido por Numa quien a duras penas había logrado dar cuenta de los restos que le había dejado su amo. Julie sintió cómo la sangre se agolpaba en su rostro y le hacía arder las pecas como si estuvieran en combustión. Le molestaba ver cuestionados sus principios morales por alguien de quien podía enamorarse.

Algo parecido le sucedía a Damien, que batallaba constantemente consigo mismo en varios frentes: Contra su moral presbiteriana, contra sus propias contradicciones que se ponían de manifiesto cuando Numa le mostraba su abyecta sumisión y contra el deseo de no enamorarse de alguien que abrazaba sin siquiera cuestionarse moralmente la causa esclavista.

Sus pasos llevaron a Damien a la galería donde se encontró con lady Camila que estaba despidiendo al sheriff en aquellos momentos. Los dos negros fugados y capturados yacían en el suelo, encadenados, a los pies de la señora de Harrow.

Damien se quedó admirando aquella estampa. La madre de Etienne lo tenía totalmente subyugado. A ella no se le ocurriría nunca discutirle sus ideas sobre la esclavitud. Es más, estaba convencido que si ella se lo pidiese podría llegar el mismo a ser peor que el propio Etienne.

Dios mío, qué me está pasando, reflexionó Damien cuando se percató que sus ojos no podían apartarse de la estampa de los dos negros abatidos a los pies de aquella noble y bella dama.

—¡Oh, Damien, venga… verá a nuestros negritos desagradecidos que se fugaron! ¡Aquí los tenemos! No sé porqué se empeñan en escapar cuando saben que el 99 por ciento de los intentos fracasan.

—Será que piensan que ellos serán el uno por ciento que lo consigue.

—Supongo que yo haría lo mismo. Debe ser muy triste ser esclavo ¿no le parece, querido Damien?

—Si yo fuera su esclavo no querría escapar de usted ni por todo el oro del mundo, señora Lacroix.

—¡Adulador! Jajajajaja… ¡Miss Becca… llévese a estos dos a la casita del dolor y encépelos! Más tarde decidiré qué hago con ellos.

—¿Piensa castigarlos?

—Por supuesto, es necesario. El escarmiento no es tanto para ellos como para el resto de mis esclavos. Será un castigo público y lógicamente será muy duro. Los negros han de temernos, monsieur Lampin, es necesario.

—Claro, lo entiendo… pero… ¿y la hembra? Me ha dicho su hija que está preñada. Si el castigo que tiene previsto aplicar va a ser atroz… ¿no repercutirá en la vida del feto?

—No se preocupe, Damien, Tonia no sufrirá ningún castigo hasta que me haya dado a su hijo. Una vez lo tenga en mi poder le amputaré los dos pies.

Damien se puso pálido. Aquello era una crueldad bárbara. Pero no se atrevió, como hacía con Julie, a poner en cuestión las decisiones de la dueña de Harrow.

—Me imagino que pensará que soy un ser cruel y desalmado por ordenar castigos tan brutales, pero cuando sea usted plantador y propietario de esclavos verá que hago lo que debo hacer. ¿Quiere acompañarme al criadero, Damien? Tengo que ver a Perla.

Damien recordó que la tarde anterior, cuando Julie le llevó al criadero, miss Becca había comentado algo sobre una tal Perla.




***




7. Etienne se ceba en Inch.-


Esa noche Damien meditaba en la biblioteca frente a una copa de cognac francés. Etienne, medio recostado frente a él en un tresillo de cuero rojo lo examinaba con curiosidad.

—Inch — dijo Etienne al tiempo que alargaba la mano que sostenía el grueso habano que fumaba.

El esclavo,  que permanecía pegado a la pared de detrás de donde estaba su amo con un cenicero en la mano no llegó a tiempo. El dedo índice de Etienne golpeó el extremo del cigarro y una gruesa volva de ceniza gris estalló suavemente en el suelo. Inch se arrodilló para recogerla. La luz del candil reflejaba el brillo de las botas de Etienne y el esclavo las miró porque sabía qué había pasado. Lo hacía siempre. Al arrojar la ceniza al suelo siempre se manchaba las botas. Iba a limpiarlas de ceniza pero Etienne no le dio tiempo.

—Inch, no debería tener que recordártelo… mis botas…

—Sí amo, perdóneme amo.

Inch frotó con la manga de su camisola las botas de Etienne. El esclavo ya no vestía el elegante traje que llevaba el día que regresó junto con su amo de Francia, ahora vestía como cualquier esclavo de la plantación.

Damien regresó de sus reflexiones sobre la conversación que un par de días antes había tenido con lady Camila al ver a Inch limpiando las botas de su amigo y anfitrión. Una semana antes habría considerado un acto degradante hacerse limpiar las botas por otro hombre y se habría sentido molesto presenciando las humillaciones que Etienne hacía pasar a su esclavo. Sin embargo ahora sentía vibrar su pene entre sus piernas.

Numa estaba de pie a su lado. Damien levantó la cara y lo miró. El esclavo tenía la vista fija en un punto indefinido. Era como si no estuviera allí. Empujó con el codo un libro que había estado leyendo hasta que cayó al suelo. Numa se agachó para recogerlo. Damien se sintió como un niño travieso y se sonrió. Etienne se fijó en la sonrisa de su amigo.

—No he dicho que puedas dejar de limpiarme las botas, estúpido — le dijo Etienne a su esclavo cuando éste iba a levantarse.

—No amo. Perdóneme amo — respondió con servilismo y siguió frotando las botas de Etienne.

—¿Te sientes a gusto en Harrow, Damien?

—¡Oh, sí, desde luego, Etienne! Tu familia y tú sois muy amables conmigo.

—La legendaria hospitalidad sureña. ¿Qué te parecen mamá y mi hermana?

—Tu madre una diosa y tu hermana una princesa.

—¡Jajajajajajaja!

—Lo digo en serio. Tu hermana es una muchacha bonita y alegre y tu madre… en fin, tu madre es algo increíble, es la madre que todos desearíamos tener.

—Sí, así es. Ella es fantástica. La adoro.

Damien vio en los ojos de su amigo un brillo especial mientras hablaba de lady Camila. Rápidamente desechó la idea del incesto que había cruzado fugaz por su mente, aunque, pensó, si fuera mi madre no excluiría ser su amante. Se sintió turbado por esos pensamientos. De nuevo la actitud de Etienne con su esclavo lo devolvió a la realidad.

—Estás perdiendo reflejos Inch… estos años de relativa libertad en Francia no te han hecho bien. Pero ahora estamos en casa Inch y voy a domarte. ¡Lámeme las botas, perro!

—Sí amo.

—Dime una cosa Etienne, ¿te excita tener a Inch humillado a tus pies?

—Lo cierto es que me la pone morcillona. ¡Las suelas de las botas también, Inch! — le ordenó a su esclavo mientras las levantaba ligeramente para que pudiera meter la lengua debajo — me lo pasé muy bien en Francia, todos los días de juerga, borracho, con las chicas más bonitas, en fin, cuatro años de ensueño, pero tengo la sensación de que tuve a mi esclavo un tanto abandonado. Apenas lo usaba. Era mi criada pero lo usaba poco, a lo sumo me orinaba de vez en cuando en su boca. Pero ahora he vuelto a mi vida real y voy a recuperar el tiempo perdido. Por de pronto mañana empezarás una nueva dieta, Inch.

—¿Qué tienes pensado?

—Orina, pieles muertas y uñas.

—¿Cómo dices?

—Inch, descálzame las botas.

—Sí amo.


El esclavo dejó de pasar la lengua por las suelas de las botas de Etienne y procedió a sacárselas.





(Continúa...)


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LUK.