A QUIEN LE INTERESE

En este rincón apartado he decidido publicar. La hipocresía que se vive en la página de TR (Todo Relatos) me obligó a abandonarla. Disfruto escribiendo y aún siendo consciente de que mis fantasías son minoritarias me parece injusto que aquellos que me seguían en TR se queden sin poder disfrutar de mis relatos.



No pretendo ser pretencioso. No quiero decir que mis escritos sean buenos, soy consciente de que no es así, pero aún lo soy más de que en este mundo retorcido de nuestras íntimas fantasías muchos buscamos algo que echarnos a los ojos que se acerque a nuestros fetiches, tabúes y quimeras eróticas.



Mi propósito es dejar al lector interesado y que se pueda identificar con mis inofensivos delirios una muestra de mi producción literaria dedicada al mundo de la sumisión, dominación, esclavitud y relaciones de poder. Fabulaciones en suma con las que más de uno sueña en secreto y que yo me dedico a poner negro sobre blanco con mayor o menor acierto.

Como que esta es una página abierta, he creado un grupo de admisión restringida en Yahoo (ver enlace) donde he puesto aquellos relatos que considero más fuertes, no sea que un alma sensible de esas que van por ahí salvando al mundo de la gente mala como yo se topase con uno de esos relatos y le salieran sarpullidos en el hipotálamo.



En este grupo sólo aceptaré miembros bajo petición expresa y siempre que me convenzan de su buena fe. Los relatos están en formato docx. y pueden ser descargados directamente.



Los relatos de ADELA también están en este grupo.



Aquí tenéis un enlace directo al grupo, pero recordad: miembros SOLO bajo admisión.



http://es.groups.yahoo.com/group/relatosdeluk



lunes, 15 de diciembre de 2014

CRIADAS Y SEÑORAS

Ésta es mi versión particular del libro y película del mismo nombre CRIADAS Y SEÑORAS.


Cuando la Secesión se consumó, con ochenta y cinco años de retraso, lo celebramos por todo lo alto. En los estados del Norte pusieron crespones negros en la bandera de la Unión en tanto que nuestras casas colgaron la querida Barras y Estrellas en cualquiera de sus seis o siete versiones. Había vencido la Segregación.

Los próceres de la Nueva Confederación habían sido muy cuidadosos con la terminología a utilizar. Había que evitar a toda costa una nueva conflagración civil, y sencillamente se había recurrido a desempolvar viejas leyes sancionadas y no derogadas y por tanto vigentes, como las antiguas leyes de Jim Crown y otras que a su sombra nacieron con renovado vigor. 

Yo me reí un montón leyendo las crónicas que publicaron diarios sesudos como el Washington Post o el New York Times, en las que vaticinaban una vuelta a la esclavitud en los nuevos estados segregados del Sur.

—Pero en qué están pensando toda esta gente, madre? Se creen que no hemos avanzado en cien años? Cómo se les ocurre generar alarma social diciendo que vamos a imponer la esclavitud a los negros? — comenté mientras tomábamos el desayuno, una semana después de la proclamación de la Segregación.

—Lo único que necesitamos es que nuestros negritos sigan muriéndose de hambre… es la forma más efectiva de esclavitud, más que las cadenas, verdad Telma Mae?

—Decía usted, missy? — respondió azorada una de nuestras criadas de color.

—Que espabiles y no pierdas el tiempo, hoy tienes que hacer la cubertería de plata del salón rosa.

—Sí missy.

—¡Mamá! — exclamé escandalizada por sus palabras.

—Dime cielo.

Mamá leía el «Southern Belle», una publicación que, según ella, debía leer toda mujer que se sintiera patriota, y por patriota entendía a los que se consideraban «sudistas de toda la vida», como ella, vamos.

—No hablabas en serio, verdad? — le pregunté cuando Telma Mae se hubo retirado.

—A qué te refieres, a que hoy toca cubertería de plata? — me responde sin dejar de hojear ese fanzin mientras se hurga con la uña algo que le molesta entre los dientes.

—A esa monstruosidad que has dicho referente a que los negros se mueran de hambre.

—Pues claro que hablo en serio. No debes tomar las palabras en su sentido literal, no quiero que nadie se muera de hambre, pero cuanta más hambre pasen nuestros negros más sencillo nos resultará tenerlos aplicados trabajando, bajo nuestra cristiana influencia. Digamos que… sometidos a nuestra voluntad. No se muerde la mano que te da de comer… en todo caso se besa…

Lanzo una mirada a madre de total incomprensión. Mamá me guiña un ojo y se mete en la boca una punta del croissant mojado en chocolate. Yo regreso a mi periódico serio y sigo con mi café sólo sin azúcar para no engordar.

Telma Mae regresa al comedor, lo sé porque oigo cómo arrastra sus pies. Me sonrío. En ese momento un ruido seco «plaf» y levanto la mirada. Madre ha cruzado una pierna y al hacerlo la zapatilla se ha desprendido de su pie y ha caído plana al suelo produciendo ese ruido, como de una bofetada.

—Telma… — mamá pronuncia el nombre de la criada con cierta musicalidad, alargando la última vocal más de lo que es necesario y sin apartar la vista del «Southern Belle».

Vuelvo a levantar la vista del periódico y veo a Telma que se arrastra literalmente, se acerca a la mesa, con resignación. Se agacha, se arrodilla y tras recoger del suelo la zapatilla caída la coloca de nuevo en el pie de mamá. Cabeceo mientras regreso a mi lectura.

—¡Tula Mei! — llamo elevando ligeramente el tono de voz.

—No puedes usar la campanilla para llamar a tu criada? — madre me fulmina con su tono severo y a la vez indolente propio de las mejores damas sureñas.

—Se hacen un lío. Lo de los llamadores en las habitaciones está muy bien porque todas saben a quién llamamos y quién las llama, pero la campanilla es un poco confusa, cuando llamo o no viene ninguna o vienen todas — me justifico.

Tula Mei entra en el salón, es mi doncella.

—Me llamaba missy?

—Sí, prepárame el baño.

—Vas a salir? — me pregunta madre.

—Aha… — no quiero darle más información que la estrictamente necesaria.

—Y a dónde vas, si puede saberse…

De nuevo escucho el seco «plaf». Mamá arquea un ceja y busca con la mirada a Telma Mae que a su vez se ha girado. Estaba sacando el polvo a los trofeos del mueble bar. No es necesario que mamá pronuncie su nombre con aquel sonsonete espeluznante, es como si el sonido seco, casi metálico, de la zapatilla al golpear el suelo contuviera su nombre.

Telma pone en marcha su lenta combustión y arrastrando los pies se dirige hacia la mesa donde seguimos mamá y yo desayunando.

—No te parece que tendrías que atarte la zapatilla esa? No hace más que caerse… — le digo con ironía que ella no aprecia.

—Es bueno para Telma Mae, agacharse y levantarse es un ejercicio ideal para conservar la salud, verdad Telma Mae?

—Seguro, missy — responde lacónica la criada.

No le contesto para no ser grosera. Espero a que Telma Mae acabe su genuflexión para ordenarle que me sirva más café.

Tula Mei entra sigilosa. Tiene mi edad y no se arrastra como su madre.

—El baño está a punto, missy. Querrá que la frote?

—Sí cariño, lo necesito — le digo dedicándole una sonrisa.

—Qué democrática eres con el servicio, Eugenia.

Apuro la segunda taza de café y antes de abandonar el comedor cojo un pequeño pastelito de crema de los que hace Minnie, nuestra cocinera, que como todas las criadas de Jackson, Mississipi, es negra.

Tula Mei se hace a un lado e inclina respetuosamente la cabeza cuando paso por su lado. Subo por las escaleras y detrás de mí escucho sus suaves pisadas. Pienso que debe estar mirándome el culo y eso me hace sentir violenta, pero ella debe caminar detrás de mí y no al revés. Son las normas.

No sé porqué me he de sentir violenta imaginando a Tula Mei clavando sus enormes ojos de susto permanente en mis nalgas si dentro de un minuto o dos me desnudará e incluso me frotará con sus manos todo el cuerpo. Mamá me dice que soy rara y estoy por pensar que tiene razón.

—Espero que el agua esté a su gusto, missy — me dice tartamudeando ligeramente mi sirvienta.

—Eso espero yo. La última vez me quemé al meter el pie y la anterior por poco me da un infarto de fría que estaba — le digo con desgana, por contestarle algo mientras me adelanta en el pasillo para abrime la puerta de la habitación y dejarme pasar a mí primero.

He adoptado un tono frío para que no se piense que puede ir metiendo la pata sin consecuencias. Sus errores con la temperatura del agua le podían haber costado el despido. Si se lo llego a decir a mamá seguro que la devuelve a trabajar a los campos por la mitad del jornal.

Tula Mei cierra la puerta detrás de mí y corre a desabrocharme la bata. Con un ligero movimiento de mis huesudos hombros dejo que caiga a mis pies. Tula se agacha y la recoge del suelo.

—Lávala — le digo al ver que duda sobre qué destino darle, si colgarla en mi armario o echarla al cesto de la ropa sucia.

Me encamino al baño que está adosado a mi habitación. El sol entra por la ventana y veo ascender nubes de vapor de la aquietada superficie del agua. Levanto una pierna y meto un poco el pie. La temperatura es correcta. Meto toda la pierna y luego levantando la otra me introduzco en la bañera. Me siento y el agua se sobra con un leve chapoteo.

—Ya la recogerás luego — le digo al ver que va a por la fregona.

—Sí missy — dice con su habitual timidez.

Tula Mei se remanga, se descalza las chancletas, se arrodilla junto a la bañera, coge la esponja, le echa un chorrito de gel de baño y empieza a frotarme la espalda. Cierro los ojos. Es una de las cosas que más me gustan de este mundo, eso y que me hagan friegas y masajes en los pies. Debe ser algo consustancial a todas las mujeres sureñas, algo con lo que se nace, consecuencia de siglos de la más pura tradición anglosajona sureña, porque no hay mujer blanca en todo el estado que no disfrute con las mismas cosas que yo… al menos en este sentido de la indolencia más pura.

Cierro los ojos y dejo que sus manos froten mis pequeños pechos. Y antes me he molestado porque pensaba que podía estar fijándose en mis nalgas, realmente soy un poco tonta.

—Le lavo la cabeza?

Me encanta que me laven la cabeza pero eso significará que estaré dos horas para secarme el pelo y sobre todo para que adquiera una forma que sea lo más parecida a un peinado. Tengo unos rizos tiesos que me dan mucha guerra, bueno, se la dan a Tula Mei que es quien tiene que peinarlos.

—Allá tú, luego ya sabes lo que te toca — le digo dejando que sea ella la que decida.

Si opta por no lavarme el pelo podría acusarla de no querer hacer su trabajo, cosa que no haría pero ella no lo sabe. Para los negros todas las señoritas blancas buscamos siempre una excusa para reñirlas, castigarlas… en fin, hacer de su triste vida un infierno. Opta por no arriesgarse y siento el agua caer sobre mis rizos.

La sensación es maravillosa. Cierro de nuevo los ojos, esta vez para que no me entre jabón, pero además me sirve para dejar volar mi imaginación. Pero mi imaginación está en huelga y en lo único que pienso es en qué voy a emplear hoy el día.


***


Dos horas y media después Tula Mei ha logrado dominar mi rebelde pelo. Me miro en el espejo y le sonrío. Estoy contenta de lo que ha conseguido. Son muchos años de enfrentarse a diario con mis rebeldes rizos. Cuando éramos más jóvenes le prometía una moneda de un cuarto de dólar si me gustaba el peinado que conseguía. Nunca le di ni una sola de esas monedas. Ella tampoco me las reclamaba a pesar de que me veía contenta por parecer una chica normal y no un personaje de Barrio Sésamo.

—Y ahora qué me pongo, Tula Mei? — le pregunto deprimida mirando los tres conjuntos que ha sacado de mi armario: uno de color verde manzana con motivos de cerezas a juego con el sombrero que más me gusta, la falda es demasiado corta; otro todo negro, de seda, demasiado formal, y los vaqueros con una mini short fucsia de tirantes, demasiado informal. No sé qué hacer.

—Pongase lo que se ponga le queda a usted bien, missy, usted es delgadita, no es como missy Hilly, que se ponga lo que se ponga parece…

—¡Calla! ¡No lo digas! — la corto antes de que blasfeme. — Si mamá se entera de que criticas a una señorita blanca, peor aún, que dices cosas groseras de alguna de mis amigas o sus amigas es capaz de… — no sé que ejemplo poner y veo que Tula Mei se tapa la boca para no reír.

Me doy la vuelta para que no vea que yo estoy igual, a punto de troncharme de risa. Hilly es mi mejor amiga pero es un poco especial. Tula Mei la odia porque siempre que viene a casa la humilla. Yo no voy por ahí humillando a las negras de mis amigas, ¿porqué tiene ella que ser tan odiosa?

Finalmente me decido por el conjunto de seda negro. Hoy jugaremos a la canasta, seguro, y la seriedad del conjunto se dice muy bien con la actividad desenfrenada que supone arrojar las cartas sobre el tapete verde intentando que no se vuelen debido a los enérgicos movimiento de Jula May con el aventador. Hilly hace permanecer a Jula May, una negra más alta que cualquiera de nosotras, moviendo un ridículo aventador para refrescarnos.

—¡Pon aire acondicionado, Hilly, so tacaña! — suele decirle Celia Footwhite con sus carcajadas habituales que nos hacen reír a todas.

—Tiene más clase que te abanique una negra, no creéis? Desde que vi «Lo que el viento se llevó» que me encanta tener críos negros en las habitaciones con un abanico de plumas de ganso — dice en su habitual tono afectado mi amiga Hilly.

—No digo yo que no, pero Jula May no es ningún niño y el abanico que usa es de esos que dan gratis en el supermercado que hay en la estación, por la compra de dos packs de cola barata — le responde Cinthya Beth, que es precisamente de las tres la que está peor situada social y económicamente, por eso debe saber lo del regalo del abanico de propaganda.

En fin, Tula Mei, recoge el vestido verde, que usaré en otra ocasión, los vaqueros y el mini short fucsia y lo guarda todo con su acostumbrado celo. Sabe que me gustan mis cajones ordenados.

―Qué zapatos quiere, Missy?

Estiro el cuello y miro el zapatero que Tula ha abierto de par en par para que elija entre el centenar de pares que guardan un simétrico orden por filas de diez en otras tantas hileras.

A qué chica joven, o mujer madura, da igual, no le chiflan los zapatos? Pues yo no me libro. Lo malo de tener tantos es que cada vez cuesta más decidirse y al final te das cuenta que del centenar que tienes podrías apañarte tranquilamente con una docena de pares que son los que acabas poniéndote habitualmente.

—Los escarpines negros, tacón pequeño — le digo y me giro para contemplarme la manicura de la mano derecha.

Debería decirle a Tula que me arregle las uñas pero si lo hago me retrasaré una hora más. Tula me trae los zapatos. Son unos clásicos salón de tacón de una pulgada escasa y con una puntera exagerada. Los miro y arrugo la nariz, como si los oliera.

―Por qué no brillan? — pregunto levantando la cara para mirarla ya que yo estoy sentada a los pies de mi cama y ella de pie, mostrándome los zapatos como un somelier mostraría un Chateaû Lafite del 28, con ceremonia estudiada.

Veo que Tula Mei traga saliva varias veces. La miro fijamente sin dejar translucir la menor emoción. Sigo esperando que me conteste. Creo que se va a poner a llorar y entonces estallo en una carcajada.

—Es broma tonta, pero si me tienes los zapatos que parecen gemas preciosas, tonta, no me digas que te lo has tragado.

Me he pasado. No lo he recordado, lo siento. Veo que Tula Mei arruga los músculos de la cara, agacha la cabeza que hunde entre sus hombros y estos empiezan a moverse. Está llorando, en silencio, pero llora. Me pongo en pie y… qué hago? Cogerla en brazos es lo que iba a hacer pero eso no está bien. Me han enseñado que una señorita blanca de buena cuna y posición como yo no puede abrazar a los criados y otras gentes de color.

Busco sobre la encimera del tocador y doy con un pañuelo de los míos. Se lo acerco. Ella lo coge y se seca las lágrimas. Oigo cómo inspira con fuerza. Luego se suena con más fuerza aún.

—Luego lo lavaré, missy — logra decirme sin que los sollozos le impidan del todo expresarse.

—Ya está Tula, ya te he dicho que era una broma. No estoy descontenta ni enfadada, sólo ha sido una broma.

Tula Mei deja de llorar pero ahora le entra el hipo. Uno, dos, tres, cuatro seguidos y no puedo evitar echarme a reír. La muchacha de color, con los nervios agarrotados por fin rompe a reír también. No nos tocamos, no es correcto, pero las dos sabemos que ahora podríamos acariciarnos y todo sería natural, pero yo soy blanca y ella es negra, yo soy rica y ella es pobre, yo soy su ama y ella es mi sirvienta. No puede ser. Las dos lo sabemos.

Me siento de nuevo en la punta de la cama y ella se arrodilla. Cruzo una pierna y le enseño el pie, calzo un cuarenta, un siete aquí en Mississipi. Ella me pasa la mano por la planta para retirar unas imaginarias motas de polvo antes de encajarme el escarpín. Luego el otro. Planto ambos pies en el suelo, me levanto y tras coger el bolso me voy.

—Recógelo todo, Tula Mei, el baño, no te olvides de limpiarlo, y me planchas los bombachos… ah, y cepillame las botas de montar, quien sabe, quizá salga a dar un paseo cuando vuelva — le digo desde la puerta antes de cerrarla y desaparecer de casa hasta dentro de unas tres o cuatro o cinco horas.

Bajo las escaleras de dos en dos, parezco una colegiala. No sé porqué estoy contenta, lo que voy a hacer es algo que me aburre soberanamente pero es nuestro estilo de vida, cuatro burguesitas acomodadas sin trabajo ni ganas de trabajar, en nada. Sólo disfrutando de la vida, dejando que esta fluya.

—¡Adios mamá! — grito desde la puerta — ¡me llevo tu coche!

Salto las escalinatas de la entrada y silbo largamente a Tom.

—¡El coche de la señora Charlotte! — le grito mientras tengo que pararme porque con las carreras se me ha salido el zapato.

Bajo hasta el pie del último escalón y espero un par de minutos a que Tom me traiga el coche de mamá, la furgo de color fucsia, la pick up. Mientras espero pienso que me he pasado con la pobre Tula Mei. Hay cosas con las que mejor no hacer bromas, es cierto, pero qué coño, yo no sabía nada de aquella historia hasta hace unas pocas semanas que me la contó mamá. En fin, Tula Mei es buena chica y me da pena que llore. Seguro que cuando regrese ya se ha olvidado, tiene trabajo suficiente para no tener que pensar en nada.


***


Mientras conduzco como una novata, aferrada el volante como si quisiera arrancarlo, no puedo dejar de pensar en Tula Mei. Pobrecilla, me ha dado pena verla llorar. De más pequeñas le hacía siempre esa broma, la de fingir que me enojaba porque mis zapatos no brillaban, o porque mi ropa estaba mal planchada. Luego cuando ya no podía evitar que se me escapara la risa las dos nos poníamos a reír como unas tontas.

Cuatro años ha sido mucho tiempo. Hace tan solo unos dos meses que regresé de mi periplo universitario en Boston, y la verdad es que me siento extraña entre los míos. Es como si notase que yo he evolucionado y ellos siguen anclados en el pasado, y ahora, con lo de la promulgación de la Segregación aún es peor.

Desde que he regresado noto que me está costando volver a adaptarme al peculiar modo de vida, nuestra apreciada y maravillosa «Southern Way of Life» de la que tan orgullosa me sentía cuando la añoraba y de la que ahora, tras cuatro años conociendo otros puntos de vista no estoy tan segura de que sea tan maravillosa y apreciada.

Mientras estuve en Harvard cursando la carrera de periodismo —menuda pérdida de tiempo según mamá— Tula Mei se ocupó de servir a mi hermana Marion. Mi hermana es el orgullo de mamá. Ella sí es una sureña de pies a cabeza y no yo, dicen en mi familia.

Marion no ha ido ni irá nunca a la universidad, piensa como mamá que es una pérdida de tiempo para una señorita. Lo que una buena dama sureña debe conocer no se aprende en la universidad: hacer pastel de queso, leer el «Southern Belle», cotillear con las amigas, buscar un buen marido y ser el terror de tus criadas.

Marion es muy estricta y severa con las criadas, igual que mamá. Por lo que sé, me enteré hace poco, a Tula Mei la llevaba por el camino de la amargura con la limpieza y el brillo de sus zapatos. Una vez llegó a pegarle con la suela del zapato que según Marion estaba sucio. Sé que hoy ha llorado cuando le he querido hacer la broma que le gastaba de pequeña porque ha recordado la humillación a la que la sometió mi hermana poco antes de mi regreso.

Trato de justificarme diciéndome que no he tenido ninguna intención de hacerla llorar, pero dos bocinazos potentes de un camionero que pretende que circule encajada entre las dos líneas blancas del carril, como si eso fuese tan sencillo, me crispan tanto que me veo obligada a concentrar todas mis energías en la penosa tarea de conducir por la ciudad.

Aparco en el callejón de la casa de Hilly. Es una casa grande, con jardín y piscina. Es de piedra caliza blanca y tiene dos plantas. En el jardín tiene enormes setos y frondosos árboles donde los niños se lo pasan estupendamente.

Todas mis amigas viven en la ciudad, en la capital como pomposamente la llama mi amiga Hilly Holbrook sólo porque su marido es senador por Jackson en el nuevo Parlamento con sede en Atlanta, Georgia, que ayer inició las sesiones de esta nueva singladura que nos tiene que llevar a una sociedad más justa… para los anglosajones, blancos, ricos y cristianos, por supuesto.

Celia Footwhite vive en las afueras, en una zona residencial y Cinthya Beth Lee, que dice ser descendiente del venerado general Lee, a cinco manzanas de Hilly. Todas tienen unas bonitas casas, unos guapos maridos y unos rollizos hijos que cuidan negras que no pueden atender a los suyos propios.

Yo ni tengo marido ni hijos ni perspectiva de tenerlos a corto plazo. Eso sí, vivo a las afueras de Jackson pero no en una urbanización prefabricada sino en toda una plantación de algodón que tiene más de doscientos años.

El nombre de mi familia está asociado a esta plantación desde generaciones que se pierden en la noche de los tiempos. En casa aún conserva madre los diarios escritos por mujeres de nuestra familia y que son parte de nuestro patrimonio cultural. El diario escrito por mi bisabuela Sonia, que murió poco después de nacer mi hermana y a la cual no llego a recordar porque tan solo tenía dos años cuando murió, es una especie de biblia para mamá.

Mi familia está muy orgullosa de su pasado. Después de la guerra que perdieron nuestros abuelos, las mujeres de mi familia, con la nunca reconocida e inestimable ayuda de muchos de sus antiguos esclavos, levantaron de nuevo la plantación que sigue a día de hoy dando trabajo a más de doscientos negros y negras en épocas de máxima actividad. El apellido Phelan es un referente en nuestra cerrada sociedad.

Salgo del coche, mejor dicho, de la furgoneta pues es una pick up, ya se sabe, la gente de campo tenemos esos cacharros con una gran trasera en la que dejamos cantidad de objetos inservibles pero invariablemente grandes y pesados, como el cortacesped estropeado que va dando bandazos con cada curva.

Nada más cerrar la puerta del conductor y girarme meto el pie en un pequeño hoyo, se me tuerce el tobillo, el zapato sale hacia un lado y yo pierdo el equilibrio y caigo cuan larga soy en medio de la calle.

Un rubor intenso cubre mi rostro pecoso. Siento vergüenza por si alguien me ha visto haciendo aquella pirueta tan ridícula, braceando en el aire para evitar la inevitable caída y lo peor, siento un terrible dolor en el tobillo.

Con dificultad me levanto. Suerte que estoy en un callejón sin tráfico y no había nadie. Soy muy vergonzosa y si alguien hubiese salido en mi ayuda me habría muerto de vergüenza.

Camino apoyando el talón descalzo hasta dar con mi zapato. Lo cojo y lo observo. Al principio he pensado que se me había enganchado el tacón y por eso me había caído. Lo examino pero está bien.

Me apoyo en la furgoneta con una mano mientras me calzo. Ahora sí que está sucio, horriblemente sucio, con dos claras manchas de barro en el empeine y los lados. En fin, me palpo, me miro en el espejo retrovisor y tras mojarme el dedo anular con saliva me quito una pequeña mancha en la cara. Me sacudo el vestido, que por ser negro recoge con odiosa claridad el polvo y el barro, y enfilo con la mayor dignidad posible el camino hasta la verja.

Cuando voy a llamar la cancela se abre. Me inclino para mirar más allá de los setos que la protegen del exterior y me doy un susto de muerte cuando veo la alta y negra figura de Jula May, la criada de Hilly que nos abanica con un aventador de propaganda mientras jugamos a la canasta.

—¡Joder, Jula May, es que pretendes matarme de un susto! — le digo a la alta negra.

—Lo siento, missy Eugenia, no quería asustarla — me contesta mirando al suelo, totalmente aturdida.

Por un momento pienso que debe haber presenciado mi estúpida caída y me irrito.

—¿Ya sabe tu ama que te dedicas a fisgar por la cancela? ¿Es que no tienes trabajo? ¡Ahora mismo hablo con miss Hilly y te vas a enterar! — le grito llevada por la indignación que me produce pensar que la negra ha sido mudo testigo de mi ridícula caída.

—¡Oh missy, no haga eso, por favor, yo no estaba espiando, no le diga eso a la señora Hilly, missy Eugenia, por lo que más quiera!

Ver a aquel pedazo inacabable de negra sollozando y suplicándome me conmueve. Al instante me doy cuenta de que no estoy siendo justa con la pobre Jula May.

Voy a decirle que lo olvide, que me perdone, que estaba nerviosa… pero algo me impide hacerlo. Yo soy una señorita blanca y ella no es más que una miserable sirvienta negra.

No tengo que rebajarme. Siglos de mentalización en el sentido de la superioridad de los blancos, años de vivir, comer, respirar y soñar actitudes racistas pueden más que mi deseo de disculparme.

Miro a la cara a Jula May y tengo la impresión de que está a punto de llorar. Ya no me importa si me ha visto caer como una tonta. Jula May teme que cumpla mi amenaza. No voy a disculparme pero tengo que hacerle saber que no la denunciaré.

—Está bien, olvídalo — le digo soltando un fingido soplido de hastío.

Jula May, que daba la impresión de estar al borde del colapso nervioso se desploma sobre sus rodillas en el cesped, coge mi mano y la cubre de besos mientras me agradece mi buen corazón.

No puedo evitar acercar la otra mano a la cofia blanca de Jula May y darle unos golpecitos de comprensión. La negra se levanta y con el almidonado y blanco delantal se seca las lágrimas.

Ver llorar a una mujer tan mujer, tan alta, por algo tan necio y ruín como lo que acabo de hacer me hace sentir culpable.

—Le he dicho a miss Hilly que tiene que reparar ese bache del medio del callejón, un día alguien se hará daño de verdad y entonces la denunciarán — me dice Jula May con un rápido guiño de su ojo sano.

Nos quedamos las dos mirándonos y de repente me echo a reír. La muy zorra me ha visto, jajajajaja… ahora ya me da igual, me río con ganas y ella deja escapar una comedida risita, sólo porque ve que yo me río con ganas.

—No se preocupe, missy, nadie lo sabrá, será nuestro secreto. Ahora le limpiaré los zapatos que se le han puesto perdidos, así nadie se dará cuenta. Espere… — me dice y me sacude el trasero con gracia — tenía un poco de polvo blanco de la cal, si quiere pasar primero por la cocina allí le dejo el bonito vestido como nuevo — y me vuelve a guiñar el ojo.

Asiento y la sigo. Me he portado injustamente con la pobre Jula May. De hecho me cae bien. Sólo por tener que aguantar a Hilly desde hace más de treinta años ya se merece mi respeto.

Mientras la sigo por el cesped rodeando la casa para entrar por la cocina pienso en las crueles palabras de madre de esta mañana: «Lo único que necesitamos es que nuestros negritos sigan muriéndose de hambre… es la forma más efectiva de esclavitud, más que las cadenas…». Sé que tiene razón. Es el miedo, el hambre, o el miedo al hambre lo que hace que Jula May soporte las humillaciones que le hace sufrir mi querida Hilly. Supongo que son las mismas razones que hacen que Telma Mae aguante las que le impone madre.

Entro en la cocina y me siento en una silla de fórmica. Teresa, una de sus hijas que ya tiene edad de trabajar, está hoy en casa de Hilly. Como su madre luce uno de esos grotescos uniformes que Hilly obliga a vestir a sus criadas.

—Buenos días missy — me saluda respetuosamente Teresa al verme entrar con su madre.

—¡Niña, descalza a missy Eugenia y límpiale los zapatos… quiero que brillen como las cacerolas de bronce de miss Hilly, niña, si no quieres que te rompa un garrote en la cabeza…! entendiste?

—Sí mami — responde vivaracha Teresa que se acerca a mí, me hace una reverencia antes de arrodillarse y descalzarme. Cruzo los pies y los meto bajo el hueco de la silla apoyándolos tan sólo con las puntas de los dedos que mantengo flexionados.

Teresa se va a un rincón, coge betún, gamuza y cepillo y mientras su madre repara las pequeñas manchas de mi vestido negro la niña me abrillanta los zapatos.

Recuerdo haber visto a Teresa muchas veces en casa de Hilly. Jula May no tenía con quien dejarla y se la tenía que llevar consigo a casa de su ama.

—Tendría que quitarse la falda, miss Eugenia — me dice Jula May.

—Sí, sí… claro, claro… —contesto nerviosa y me levanto de la silla de fórmica.

—Date prisa, Teresa, la señorita Eugenia está descalza — dice cuando ve mis grandes pies sobre las frías baldosas de la cocina.

—Espero que tengas el suelo de la cocina limpio, Jula May — le digo pensando en cómo se me quedarán las plantas de los pies.

—Pues claro que está limpio, miss Eugenia, pero usted no se preocupe, mi Teresita le limpia los pies antes de calzarla — me tranquiliza la negra.

Me siento de nuevo. Estoy pensando que si ahora entrara Hilly en la cocina me iba a dar un ataque al corazón. Estoy descalza y en bragas en su cocina. Santo Dios, qué pensaría de mí. Miro a Teresita y la apremio con la mirada. Jula May ya casi ha terminado.

Teresa se acerca y me muestra orgullosa mis propios zapatos que vuelven a brillar.

—Están bien así, missy? — me pregunta la niña

Asiento y le tiendo un pie. La niña me lo coge por el talón y me acerca la cabeza. Frota su pelo rizado contra la planta de mi pie y luego sopla. Me hace gracia la manera que tiene de solventar mi miedo a que tuvieran los suelos de la cocina sucios. Me calza en el otro pie justo cuando Jula me muestra mi falda negra impoluta.

—Qué le parece, como nuevo, no? — Jula May me guiña su único ojo y yo me pongo roja. Lo que acaba de hacer Jula es una desfachatez. Qué son esas familiaridades con una señorita blanca. Pero estoy tan sorprendida de su osadía que me limito a mirarme los zapatos después de asentir.

Sé que Jula May lo ha hecho con buena intención. De hecho somos cómplices. Comparte mi secreto —mi ridícula caída al llegar a casa de Hilly— y sé que con ella está  a salvo.

Me pongo la falda y la negra me ayuda a colocármela bien. Se debe pensar que soy una inútil como mis amigas pero yo he aprendido a vivir cuatro años sin doncella. En Boston teníamos una criada china para cada cuatro chicas en el College y tuve que espabilar.

Suspiro aliviada. Vuelvo a estar presentable y nadie, salvo Jula May, sabe de mi vergonzosa llegada cayéndome cuan larga soy delante de la mansión de Hilly. Abro el bolso de mano que no he soltado ni en pleno vuelo directo al asfalto y busco una moneda de cuarto de dólar para dársela.

—No haga eso missy, ha sido un placer ayudarla — me avergüenza  Jula May.

—No es para ti, es para tu hija — digo con aplomo y le tiendo la moneda a Teresa que mira a su madre con ojos que dicen «porfa, mami, deja que me la quede… a la missy le ha gustado como la he servido».

Jula May niega imperceptiblemente con la cabeza y su hija baja la mirada. Está decepcionada igual que yo. No puedo permitir que una negra me haga quedar como una estúpida y saco mi genio racial que yo creía aletargado por mis años pasados en Boston y arrojo la moneda al suelo. Mientras escucho el tintineo paso por delante de Jula May con la cabeza bien alta. La negra se aparta y baja la cabeza. Sabe que me ha ofendido y estoy segura de que lo lamenta.


***


Hace calor, no excesivo pero se nota que la primavera ha irrumpido con fuerza. Jula May nos abanica. Las pullas de Celia Footwhite parece que han hecho mella en el orgullo de Hilly y ha provisto a su criada de un aventador más digno que el soplillo de propaganda con que lo hacía antes. Ahora Jula May mueve un largo abanico de plumas, parecido a aquellos que usan las pequeñas esclavas negras en la película de «Lo que el viento se llevó» para hacer más placentera la siesta a las señoritas blancas.

—Veo que por fin has puesto un poco de clase, querida Hilly — suelta Celia que no deja pasar una sóla oportunidad de meterse con Hilly.

—Veo que te gusta el aventador de plumas de ganso con que nos airea Jula May — responde henchida y llena de orgullo Hilly.

Yo me miro las cartas que tengo en la mano. Me aburren soberanamente estas partidas. Lanzo una mirada a la alta negra que mueve el nuevo aparatito de Hilly con una dignidad encomiable. A mí me parece ridícula pero ella cumple con su deber como si en ello le fuera la dignidad. Podréis ordenarme que me humille y lo haré, no tengo más remedio, pero lo haré dignamente, parece decir Jula May.

Mae Mobley, la hija de Cinthya Beth se pone a llorar. Mi amiga suspira crispada. Creo que no soporta a los niños.

—¡Rhonda! ¡Rhoooondaaaaaaaaaa! — grita exasperada Cinthya Beth.

Medio milisengudo después aparece la cara de pastel de Rhonda, la negra de Cinthya que se lleva consigo a la pequeña para que su señora no tenga que preocuparse de ella.

Rhonda ha cogido en brazos a la pequeña Mae Mobley y la mece. Al segundo la niña se calla. Al ver a su nodriza extiende sus gordezuelos bracitos y cloquea de placer. Rhonda le frota su chata nariz contra la naricita respingona de la gordita.

—¡Rhonda! — casi grita Cinthya Beth — no la beses, no beses a la niña, sabes que te lo tengo terminantemente prohibido.

—Sí missy, perdóneme missy — se avergüenza la pobre Rhonda.

Rhonda tiene unos treinta y cinco años y muchos de experiencia cuidando los hijos de los blancos además de los suyos. Nunca le han prohibido que hiciera cariñitos a los niños que cuidaba, sólo Cinthya Beth se lo ha prohibido. Dice que le puede contagiar cualquiera de las innumerables enfermedades de las que son portadoras las negras.

Es el nuevo orden que ahora rige las vidas de este estado y otros siete que han impuesto por fin una rígida política de segregación racial cien veces más fuerte que la imperante en Sudáfrica en la que se habían inspirado para su puesta en práctica como ley fundamental. Todo lo que justifique nuestra pretendida superioridad sobre los negros está bien visto, todo lo que abunde en materia de segregación entre blancos y negros está bien visto.

Nadie comenta la estupidez que acaba de soltar Cinthya Beth, aunque creo que soy la única de aquella mesa que piensa que estamos llevando las cosas a extremos ridículos. A las cuatro que estamos aquí nos han criado mujeres negras que nos han querido tanto como a sus propios hijos y nos han arrullado, achuchado y besado, hasta lamido sin que ninguna de nosotras haya adquirido ninguna supuesta enfermedad propia de negros.

Me dan ganas de preguntarle a Hilly o a Celia, incluso a la propia Cinthya si a ellas no las ha cuidado una negra cuando eran niñas. Pero decido callarme. Serían capaces de negarlo con tal de no aparentar miedo ante el nuevo orden social imperante.

A Rhonda la recuerdo de cuando vivía en la plantación. No todos los negros están hechos para el duro trabajo agrícola. En casa tenemos una veintena de familias que viven y trabajan en la plantación todo el año y cuando es época de mucho trabajo se contratan eventuales por meses, o semanas, incluso por días. Hay familias que se marchan, o otras las hemos echado nosotros por diferentes motivos. El caso es que Rhonda vivía en la plantación con sus padres y servía en casa, al menos durante una temporada.

Veo que Rhonda se lleva a Mae Mobley al jardín y Cinthya Beth suspira. Parece que le molesta la cercanía de la pequeña.

—Qué va a pasar ahora con los negros? — se me ocurre preguntar después de ver a Jula May y Rhonda tan sumisas como siempre, igual de sumisas que Telma Mae o Tula Mei.

Parece que he tocado un tema estrella. Pronto nos olvidamos de la partida y entramos en una vorágine de preguntas y respuestas, de suposiciones y certezas, de deseos y realidades.

—Se les ha acabado vivir del subsidio que les daba el gobierno. Ahora el que no trabaje no come — afirma con un elocuente movimiento de cabeza Hilly, que parece ser la ideóloga del grupo.

—Eso es — tercia Cinthya Beth que siempre secunda y bendice todo lo que afirma o niega Hilly — se les ha acabado vivir del cuento. Ahora, si despedimos a una de nuestras sirvientas ya no podrá vivir del subsidio. Tendrá que buscarse un nuevo empleo, y quien se lo va a dar si nosotras damos referencias negativas… eh? Las tenemos pilladas, qué os parece… hay como para celebrarlo, no?

—Celebrar el qué? — pregunto inocéntemente.

—Pues qué va a ser… nuestra victoria total. Se acabó soportar sus insolencias. Si se pasan un pelo, fuera, a la calle, a morirse de hambre… verás cómo a partir de ahora miden y mucho sus formas. Ya lo veréis… ¡Rhoooondaaaa! — llama a su criada.

La pobre Rhonda asoma la cabeza. Lleva de la mano a la pequeña Mae Mobley.

—Me llamaba, missy?

—Sí, había olvidado decirte que esta noche no puedes irte a tu casa. Necesito que te quedes a cuidar a Mae Mobley, yo tengo cosas que hacer… — le dice Cinthya que nos guiña un ojo sin que lo vea Rhonda.

—Pero señora… tengo que ir a casa, mis pequeños… tengo que darles de cenar, y acostarlos… están solos… son pequeños… y no los he visto en dos días…

—Lo siento, pero tienes que quedarte con Mae Mobley… — insiste implacable Cinthya.

—Pero señora…

—¿¡Es que no hablo claro!? — estalla girándose hacia la sirvienta y dando un golpe en la mesa con la palma de la mano — si no te quedas ya puedes darte por despedida, Rhonda Sue… y si te despido olvídate de encontrar trabajo de sirvienta en todo el estado de Mississipi.

—Está bien señora… ya me las apañaré.

—Eso quiere decir que te vas a quedar? — pregunta Cinthya poco convencida.

—Sí missy, me quedaré a cuidar a la chiquitina…

—Y no la llames «chiquitina», para ti es miss Mae Mobley — dice apretando los labios ofendida mi amiga.

—Sí señora, lo que usted diga.

—Puedes volver a fuera, Rhonda — la despacha Cinthya, ahora mirándonos con el triunfo reflejado en su rostro.

—De verdad vas a salir esta noche, Cinthya Beth? — pregunta Celia Footwhite.

—Pues claro que no. Sólo lo he hecho para demostraros el nuevo poder del que disponemos. Antes tenía que pedirle por favor que se quedara si tenía que salir con Milton, y pagarle dos dólares por noche… ahora, ya lo habéis visto, hará todo lo que a mí se me antoje si no quiere que la ponga de patitas en la calle y sin referencias… miento, con referencias negativas.

»Han abierto un registro de referencias para sirvientas de color, centralizado. Cada negra que trabaje como criada tendrá su expediente y en él podemos anotar, sólo sus amas, claro, cualquier defecto, vicio o indisciplina que consideremos sea importante que pueda conocer el público en general. Si se la despide se anotan los motivos y si la quieren contratar como que forzosamente hay que recurrir al expediente, la nueva patrona podrá ver la clase de «joya» que pretende ser contratada.

—Magnífica idea… ha sido tuya, Cinthya Beth?

—No, de Hilly — responde humildemente Cinthya.

—Bueno, ya sabéis que Anthony se presenta para senador. Me ha parecido un buen mérito para su campaña. El nuevo orden espera mucho de sus mujeres y yo os invito a que aportéis ideas, especialmente en la ordenación del servicio doméstico… que como sabéis es vital para el destino de nuestro pueblo — comentó con voz engolada Hilly Holbrook.

Todas aplaudimos a la que considerábamos nuestra lider ideológica. Reconozco que yo también aplaudí, poco convencida porque veía la perversidad del sistema y el grado de indefensión de las criadas ante sus señoras pero no tenía intención de que me tacharan de abolicionista de buenas a primeras.

El término «abolicionista» se había recuperado del imaginario esclavista del siglo pasado, como casi todos los términos, iconos y liturgias del «nuevo orden», que eran una calca de los temidos «Códigos Negros» imperantes en algunos estados esclavistas anteriores a la Guerra de Secesión, sólo que adaptados a los nuevos tiempos.

Era como si durante los casi cien años que habían transcurrido desde la abolición de la esclavitud y la consiguiente pérdida de privilegios por parte de la sociedad blanca, cristiana y anglosajona, se hubieran conservado en estado de latencia los principios que habían inspirado una época que más de la mitad de los habitantes de la nación consideraban como una leyenda negra y el resto como la panacea del «Southern way of life», la peculiaridad diferencial de nuestra sociedad respecto al resto del mundo teóricamente civilizado.

Jula May fue relevada por su hija Teresa en el mantenimiento del «aire acondicionado» que nos permitía estar fresquitas para que aquella parase la mesa del comedor y sirviera la comida. La partida de canasta se había ido al garete ya que todas teníamos algo que decir sobre la problemática del servicio doméstico que era la máxima preocupación de las mujeres blancas, casadas, anglosajonas y cristianas en Jackson, Mississipi.

Mis amigas, como yo, rondaban los veinticuatro años, entre los veintidos de Celia y los veinticuatro de Cinthya Beth y Hilly estaba yo con veintitrés. Las tres estaban felizmente casadas, incluso mi hermana Marion, de veinte tenía novio y estaba a punto de casarse. Cuando lo hiciera entraría en el club de señoras casadas, blancas, cristianas y anglosajonas, conocido por sus siglas CSCBCA, que con mano de hierro dirigía nuestra amiga Hilly y del que las demás formaban parte de su consejo de administración como vocales.

Yo no, claro, sigo soltera, pero Hilly me había propuesto como Redactora y Editorialista de su boletín mensual. No es que me guste mucho pero sé que el Club de Damas, como se le conoce popularmente, va a tener mucha influencia en la constitución con la que nos estamos dotanto los estados segregados. Ser la editorialista de su órgano de comunicación puede darme prestigio.

Ese era mi mayor problema, bueno, mío no, según mis amigas y mi madre era el problema que yo debía tener en mente con el objetivo de que dejara de serlo, es decir, casándome.

Ciertamente a veces me sentía un poco desplazada cuando mis amigas se ponían a hablar de sus hijos, que si ya le ha salido el primer diente, que si es una fierecilla, que me saca malas notas y estoy desesperada, que no me come… pero si no les hacen puto caso, me digo cuando las oigo cloquear.

Siempre que voy a casa de alguna de ellas el niño o la niña está con la criada. Ahora mismo veo a Rhonda Sue con la pequeña Mae Mobley en el jardín. Cinthya Beth se lleva a la criada incluso cuando va a visitar a sus amigas y todo para que se ocupe de su hija.

A mí también me crió una negra, Telma Mae, como a todas mis amigas, como a todas las mujeres de mi familia desde que Eleonor Phelan se instalara en Jackson, Mississipi allá por el año 1.690, una criada negra se ha ocupado de críar a los hijos de los amos blancos.

Lo que más recuerdo es que de pequeña quería más a Telma Mae que a mamá. Incluso ahora me sabe mal ver a mamá humillar a Telma Mae, que por cierto, es uno de sus pasatiempos favoritos.

Siempre he reflexionado sobre esta característica de nuestra sociedad: a los hijos nos crían mucamas negras a las que adoramos pero después, cuando crecemos, las tratamos a ella y a sus descendientes igual o peor que nuestros padres las trataban a ellas y a sus crías. Es que no sirve de nada el afecto que se genera en esa época de la infancia?

Marion, mi hermana, adoraba aún más que lo hacía yo a Telma Mae, mi hermana era su «chiquitina del alma» —ventajas de ser la pequeña— y ahora la trata con tanto desprecio como hace madre. Yo misma, y no me siento un modelo típico de señorita sureña porque he pasado cuatro años en Boston, trato a Telma Mae y a su hija Tula Mei, no diré que con desprecio, pero sí, a veces, con cierto grado de despotismo.

A veces me sorprendo pensando en lo injustas que somos con esas pobres criadas, que se vieron obligadas a renunciar a criar a sus hijos para poder criar a los de sus amos, en el poco amor y aprecio que les devolvemos cuando dejamos de ser sus «chiquitinas» y las reñimos por cualquier tontería.

La mesa se ha convertido en un barullo de propuestas sobre el nuevo orden doméstico que Hilly abandera, todas quieren figurar en el índice de las ponentes de la nueva constitución que delimitará los derechos de las criadas de color en el estado de Mississipi y ampliará sustancialmente sus obligaciones.

Apenas las escucho porque me fijo en la escena que se desarrolla detrás del amplio ventanal que da al jardín: Rhonda Sue lleva una hora entreteniendo a la pequeña Mae Mobley, parece que le cuenta un cuento y la pequeña está abrazada a sus piernas y la mira con emoción.

Anoto mentalmente que quiero hablar con Rhonda Sue, quiero que me cuente lo que siente.


***


La pick up no se pone en marcha. Son las seis de la tarde, hemos comido, bebido, jugado a las cartas, hablado de nuestro tema estrella: las criadas negras y su nuevo estatuto tras la victoria de la segregación mientras Teresa nos abanicaba y Jula May y Rhonda Sue se ocupaban de recoger la mesa, fregar los platos, limpiar los suelos y atender cada uno de nuestros caprichos y necesidades, que puedo jurar que son infinitos.

Hilly se ofrece a ayudarme. Le digo que sólo necesito que me empujen. La furgoneta está cuesta arriba pero si nos ponemos todas me resultará fácil encararla hacia abajo y a partir de ahí un empujoncito, primera puesta, embrague a fondo y «voilà»… motor en marcha.

Me subo a la pick up, quito el freno de mano y piso el freno de pedal para que no se venza de espaldas y cuesta abajo. Giro el volante y saco la cabeza por la ventanilla para dar la orden de que empiecen a empujar con todas su fuerzas.

—¡Joder, pero qué hacéis todas aquí en la acera… poneos detrás de la furgo para empujar! — les digo medio indignada.

—Ya puedes soltar el freno de pie, querida, Celia las está dirigiendo — me dice Hilly satisfecha y radiante, algo achispada por la cantidad de copitas de anís que se ha metido entre pecho y espalda con el café.

Miro por el espejo retrovisor y veo a Celia sentada al final del maletero abierto de la pick up, con las piernas colgando y dirigiendo a Teresa, Jula May y Rhonda Sue que están empujando con todas sus fuerzas. Lanzo un suspiro de impotencia y levanto lentamente el pie del freno. 

Al principio la furgo recula un poco. Voy a claver el freno cuando veo que no sólo no retrocede más sino que empieza a recuperar y a avanzar, eso sí, muy lentamente, pero avanza. Giro el volante al máximo y poco a poco voy avanzando. Miro todo el rato por el espejo retrovisor. Las tres negras están sudando como mulas. Tienen los músculos tensos, las caras contraídas por el titánico esfuerzo. Hilly y Cinthya Beth las jalean y Celia salta sobre la trasera de la pick up de lo divertido que se lo pasa.

Estoy a punto de echar el freno, bajarme y pedirle a Celia que se ponga a los mandos que yo empujaré también, al menos les evitaría a las negras el peso de mi amiga, la más gordita de nosotras cuatro.

Pero no es necesario. Jula May tiene una fuerza considerable y Rhonda no le va a la zaga. Con la ayuda de Teresa logran hacer avanzar la furgo hasta que bajo mi dirección logramos colocarla encarada cuesta abajo. Clavo el freno y grito que ya es suficiente.

Hilly, Cinthya y Celia aplauden a rabiar. Jula, Rhonda y Teresa están agotadas, sudan como animales y jadean con el cuerpo doblado por el tremendo esfuerzo. No sé porqué me siento avergonzada. Si hubiese estada en mi casa yo misma habría ordenado a nuestras sirvientas que empujaran y lo encontraría lo más normal del mundo, pero que aquellas tres mujeres, bueno dos y una niña, me empujaran cuando yo se lo había pedido a mis amigas, no sé, no sé porqué, pero me hizo sentir fatal.

Mientras conduzco de regreso a casa ya me he olvidado de la vergüenza ajena que me han hecho pasar mis amigas con el tema de arrancar la furgo, ya está, considero que soy una tonta. Ahora que les vienen tiempos realmente crudos a las personas de color no sé porqué me ha afectado que mis amigas hicieran empujar el coche a sus criadas. Pero hay algo indefinido que me ronda por la cabeza, que no me deja estar tranquila.

Siempre he sido una persona calma, tranquila, que ha disfrutado de la vida cuanto ha podido y ahora no me siento relajada. Conduzco sin ver los coches que me pitan al pasar por mi lado. Algunos se asoman a la ventanilla y me insultan porque no estoy por lo que debo hacer. Ese algo que no sé que és me confunde, me angustia.

Enfilo el camino de la plantación y el sendero de árboles que reconozco me devuelve a la infancia y me tranquiliza su paisaje lleno de recuerdos. Estoy rara, muy rara, pero ahora mismo estoy más relajada, debe ser la seguridad que me da estar de nuevo en casa, reconocer el paisaje que me ha acompañado durante toda mi infancia y adolescencia.

Como el día alarga aún no se ha puesto el sol y desde la ventanilla puedo ver a los peones haciendo el aclarado del algodón a mano. En nuestra plantación todo se hace a mano: la siembra, el aclarado, el desmalezado, el despunte, el riego y la recolección y el posterior desmotado. Las cuadrillas las forman un hombre, dos mujeres y cuatro niños, que es el equivalente a una familia media de nuestros peones fijos.

Madre es partidaria de contratar familias enteras de negros cuando es época de mayor actividad en la plantación. Según ella es más fácil controlar el orgullo de un varón negro si tienes a toda su familia dependiendo de ti. Seguramente tiene razón.

Los pequeños se incorporan al escuchar el ruido del motor de la pick up y al reconocerme me saludan agitando sus bracitos. Toco el claxon para que sepan que los he visto y escucho de fondo sus carcajadas. No puedo comprender porqué son tan felices. Si su vida ya era dura, con las nueves leyes que nuestros sabios gobernantes han comenzado a aplicar con el apoyo de entusiastas como Hilly Holbrook y Cinthya Beth Lee, la vida que les espera a partir de ahora será mucho más dura.

Dejo la furgo atravesada delante de la puerta de la cocina y toco el claxon dos veces para que Tom salga a buscarla, la lave y la guarde en el garaje. Aún no he llegado a la puerta de la cocina y veo salir a Tom que está masticando mientras se pone la chaqueta.

―Buenas tardes missy Eugenia — me saluda inclinando repetidas veces la cabeza ante mí sin dejar de caminar.

No le contesto y entro en la cocina. Minnie está haciendo la cena, Telma Mae está sentada ante la mesa del servicio y toma una infusión, Tula Mei está leyendo una novela sentada en un rincón junto al fuego del hogar. Bonnie Sue, la criada de Marion, se está haciendo trenzas. Todas se ponen en pie al verme entrar. Es como si las hubiera pillado en falta y lo único que hacían era tomarse un respiro.

—Buenas tardes, miss Eugenia — hablan las tres a coro, Minnie no ha abierto la boca, es la «rebelde», y si está callada significa que mamá la ha reñido, seguramente le habrá dicho que algo de la comida no estaba a su gusto.

—Qué, no tenemos nada que hacer? — les suelto y veo que se quedan con la boca abierta y temblando, por lo que me apresuro a soltar una carcajada para que comprendan que era una broma.

Unas vagas sonrisas que más bien parecen muecas, es lo que consigo arrancarles. Vuelvo a maldecirme, hay cosas con las que mejor no hacer broma y está claro que nuestras negras no tienen el mismo sentido del humor que tengo yo, cultivado durante cuatro años en Harvard, el típico humor de los dobles sentidos que ellas no entenderán nunca.

Me detengo ante una fuente de muslitos  de crías de pintada asados que es uno de mis platos favoritos. Minnie los dora en manteca de cerdo hasta que quedan tan crujientes que te puedes comer hasta los huesecillos.

—No haga eso señorita — escucho detrás de mí la ronca voz de Minnie — luego su mamá nos acusa de robarles la comida — me suelta y me quedo helada, a medio masticar, sin saber si escupir lo que tengo en la boca o tragármelo.

—¡Calla Minnie, no digas tonterías! — interviene Telma Mae — qué va a decir eso la señora Charlotte, coma usted hija mía, que está muy delgadita — me anima Telma Mae con dulzura.

—Perdón, no sabía que mamá… — no acabo la frase y me pongo roja.

¿Será cierto lo que ha dicho Minnie? Seguro que sí, Minnie es de las que dice lo que piensa sin importarle mucho las consecuencias.

Las miro a todas. Ella me miran. Sé que allí abajo soy una intrusa y de alguna manera con su actitud fría me lo hacen saber, por mucho que mamá Telma, de pequeña la llamaba mamá Telma, haya intentado dulcificar la tensión que ha provocado Minnie con su osado comentario. Si mamá se entera de lo que ha dicho de ella la echa a la calle, fijo.

Pienso a toda velocidad algo que decir que rompa el hielo cuando el sonido del tablón de llamadas me salva. Se enciende una luz y suena una sirena. Alguien ha accionado el tirador del salón y Telma Mae se dispone a acudir.

—Tula, ven conmigo — le ordeno a mi doncella.

Mi sirvienta deja el libro y me sigue. Murmuro una frase de despedida que nadie entiende ni oye y subo por las escaleras de caracol que dan al hall. Telma Mae, con lo artrítica que está, lo gastadas que tiene las articulaciones y lo lenta que suele moverse ya está en el salón cuando llego yo.

—Hola madre — saludo pero mamá está tan metida en su papel de señora de la casa que ni me oye.

—Qué estabais haciendo, eh, desvergonzadas… dímelo… ya puedo yo estar llamando, desgañitándome como una loca, que las señoronas no mueven el culo ni «pa» Dios — oigo la queja de madre.

Desgañitándome como una loca? Pero si lo único que tiene que hacer es tirar del cordón que le cae justo detrás de la cabeza cuando está en la mecedora, que es su habitual posición de batalla la mayor parte del día.

—Cinco veces he tirado de la cuerda — prosigue y como para demostrarlo tira de nuevo de la cuerda y al hacerlo suena en la cocina aquella especie de sirena de campo de concentración que les hizo instalar mamá para llamar a las criadas.

Se puede oír desde el salón y desde luego desde el patio si la puerta de la cocina no está cerrada, y no lo estaba, por tanto, de ser cierto yo habría oído alguna de las teóricas cinco llamadas de madre con el llamador interplanetario, que así le llama Marion haciendo gala de un agudo sentido del humor que se dice poco con la mala uva que suele gastarse con los sirvientes.

Es evidente que madre miente. Telma me lanza una rápida mirada de angustia, como pidiendo socorro pero yo me limito a hacerle una señal a Tula Mei mientras tomo asiento en el sofá. Tula Mei ya sabe qué significa la señal. Se va sigilosa hacia mi habitación para regresar con el mismo sigilo y a gran velocidad con mis zapatillas.

Tanto la llamada que ha hecho madre para demostrar a Telma cómo suena el  llamador como los gritos de madre que se oyen en la cocina hacen que tras la puerta del salón asomen dos cabezas negras, la de Minnie y la de Little Bodie, una de sus hijas, que miran aterradas la escena que tiene lugar entre mamá y una cada vez más acongojada Telma Mae.

Mientras espero que regrese Tula —menos de un minuto— no me atrevo a mirar a Telma. Sé que madre miente, lo sé, estoy segura y convencida y lo sé, no sólo porque yo no he oído lo que debería haber oído de ser cierto lo que dice, sino porque en la mirada anterior de Telma lo he visto escrito en su angustiada mirada.

Y ahora qué? Me pregunto. Qué tiene que hacer Telma? Llamar mentirosa a mi madre, a su ama? O callar y aceptar la humillación de pedir perdón por una acción reprobable que no ha cometido… evidentemente opta por la segunda opción.

—Yo… señora… lo siento… no la he oído… le suplico…

—Sí, me suplicas… sí… qué me suplicas… que te perdone?

—Sí missy, le suplico que me perdone…

—Si no fuera por ese corazón tan grande que tengo… en la calle te habías de ver, con tus hijas y con tu marido… pidiendo limosna… porque si te echo no volverás a trabajar para ningún blanco en lo que te queda de vida, ni tú ni el torpe de Tom ni tus hijas… os moriréis todos de hambre.

Está claro lo que pretende madre… asustar a Telma Mae y de paso a las demás criadas que siguen mirando asustadas desde el quicio de la puerta, sin saber qué hacer.

Tula llega con mis zapatillas y se arrodilla silenciosamente a mi lado. Yo sigo con la mirada fija en la infame representación que está llevando a cabo mi madre. Ni siquiera me doy cuenta de cómo Tula me descalza. Antes de ponerme la zapatilla tiene que pasarme la palma de la mano por la planta del pie, es un ritual de siempre, desde que era niña, siempre me lo han hecho así, siempre he visto hacerlo así a todas las criadas de casa y de mis amigas.

—No sabéis lo que os espera, Telma Mae, ya se han acabado las contemplaciones, ahora en Mississipi nos hemos dotado de una constitución que nos pone a salvo de la malicia de los de tu raza. Se acabó el engañar impunemente a vuestros amos. Las cosas van a cambiar… ya están cambiando Telma Mae… y pronto lo notaréis.

Madre está dando un discurso de terror para nuestros sirvientes. Creo que ha ideado toda esa farsa para demostrarles a nuestras criadas y criados que ahora, como si no hubiese sido así siempre, los blancos tienen la sartén por el mango. Que pronto cambiarán las cosas, desde luego para peor.

En los ojos de Telma Mae bailan unas lagrimas. Me siento mal. Mamá no tiene piedad de la mujer que la sustituyó ante sus hijas. A veces pienso que mamá hubiese sido, de haber vivido antes de la Guerra Civil, una de esas amas crueles que reflejan las novelas baratas… o los diarios de nuestras antepasadas, como la abuela de mi abuela, Catherine Phelan, en cuyos diarios he leído cosas que me han puesto la piel de gallina.

Ni siquiera me he dado cuenta de que Tula Mei me ha descalzado y me ha puesto las zapatillas. La miro y la veo de rodillas, apretándose mis zapatos contra su pecho, angustiada mirando a su madre llorar ante la mía. Sólo falta que Telma se arrodille para pedir perdón, desde luego es lo que está esperando madre. Pero Telma aún conserva un poco de dignidad y piensa que es suficiente con haber comulgado con aquella rueda de molino, que no es necesario llevar la humillación más allá.



***


Me despierto temprano. Deben ser las nueve de la mañana y me sorprendo de ver a Tula Mei trabajando. Está en un rincón de mi habitación, a la que ha entrado sigilosamente al menos a las seis de la mañana, para empezar su jornada de trabajo. Toda la ropa que por la noche he tirado al suelo ya está recogida y ahora está sacando brillo a mis botas de montar, en silencio.

—Buenos días, missy — me dice con una sonrisa.

Tengo la boca pastosa y no me sale ninguna palabra. Me recuesto en el cabezal y la miro con expresión ida.

—Le subo el desayuno, miss Eugenia?

—Un café solo, muy cargado y sin azúcar. Lo necesito — replico llevándome las manos a la cabeza como si de esta manera pudiera aplacar el dolor permanente que martillea mi cabeza — y una aspirina… tengo la cabeza a punto de reventar.

No estoy acostumbrada a las bebidas de graduación y ayer estuve tomando aguardiente destilado por los negros en la cabaña de Telma Mae.

Cuando todos dormían salí de mi cuarto, me puse los zapatos y un chal encima del camisón de dormir, atravesé el patio, enfilé por el sendero de los Quarters y llegué al antiguo poblado de esclavos reconvertido hoy en viviendas para nuestros trabajadores.

Me sentía culpable por no haber intervenido mientras ha durado la farsa de las supuestas llamadas  de mamá no atendidas por las criadas.

Tom me ha dado de beber ese licor que frabica él mismo. No he podido estar mucho rato. Sé que ellos se sienten violentos con mi presencia, no dejo de ser una blanca que les puede traer problemas y soy además la hija del ama.

Creo que Telma Mae se ha tomado mi visita como un intento por mi parte de decirle que estoy con ella. Pero… ¿estoy con ella? No Eugenia, no te engañes me digo, tú eres blanca, cristiana, anglosajona, hija de terratenientes… no puedes estar con ella, con los negros. Tú eres una señora.

Entonces, porqué he ido a verles a su cabaña? Pues no lo sé. Sólo sé que bebí mucho y que Tula Mei tuvo que acompañarme de regreso a casa, desnudarme y meterme en la cama. Sólo entonces regresó a su choza insalubre para dormir un par de horas antes de levantarse para venir a mi habitación y empezar a trabajar.

—Aquí tiene el café missy.

No me he dado cuenta de que ha salido cuando ya está de vuelta. Es el colmo de la eficiencia.

Recojo las rodillas que subo hasta mi pecho y me tomo el caliente café a sorbitos. Tula Mei regresa a sus obligaciones que ha interrumpido para servirme mi frugal desayuno.

La contemplo sacar brillo a mis botas. Es una imagen que se repite en todos los hogares blancos, cristianos, anglosajones de clase media-alta: un negro o una negra limpiando los zapatos de los blancos para los que sirve.

Mientras la observo cómo trabaja de manera silenciosa y concentrada pienso en que en toda mi vida nunca he tenido que limpiarme los zapatos. Incluso en Boston, en el College, tanto mis compañeras como yo le entregábamos nuestros zapatos a la chinita que nos servía para que los limpiara. 

Pero Tula Mei lo hace casi con devoción. Ella no me mira. Está concentrada, incluso entre sus labios asoma un trocito de su lengua, como cuando los niños se afanan en realizar una labor compleja que requiere toda su atención.

Se me ocurre pensar qué sentirá Tula Mei que desde, como quien dice, tiene uso de razón cada día de su vida ha tenido que limpiar mis zapatos o los de otra mujer de mi familia. Pienso en Telma Mae, en cómo se sentiría ayer cuando madre la abroncaba por algo que no había hecho. Pienso en Rhonda Sue, la negra de mi amiga Cinthya Beth a la que ayer obligó a renunciar a estar con sus hijos por puro capricho, para demostrarnos cuanto habían cambiado las cosas en Mississipi. Pienso en Jula May a quien le falta un ojo por que Hilly le arrojó agua hirviendo a la cara en un arrebato de cólera de los suyos…

Pienso en qué deben pensar toda esa legión de silenciosas criadas que se ocupan de nosotras y de nuestros hijos, que planchan nuestros vestidos, que lavan nuestras bragas a mano, que abrillantan nuestros zapatos, que barren y friegan los suelos, que sacan brillo a nuestras cuberterías de plata, que nos hacen la comida y nos la sirven, que nos abanican cuando tenemos calor y que hacen que por regla general nuestra vida sea mucho más cómoda y agradable.

Entonces me viene aquella sensación extraña que experimenté ayer durante casi todo el día, la que me angustiaba mientras conducía la pick up de madre por las calles de Jackson, esa sensación de que quiero hacer algo y no sé qué es, sólo que ahora lo veo claro: quiero escribir un libro que hable de lo que sienten, de lo que experimentan en sus vidas nuestras negras criadas, pero quiero que hablen ellas.

Me levanto de un salto de la cama. Tula Mei se asusta por el ruido y al verme de pie deja mis botas y se pone a buscar mis zapatillas para calzármelas. Mientras me las pone me apoyo en su cabeza con dos dedos para no perder el equilibrio. Ahora estoy repentinamente muy contenta. Por fin sé lo que quiero.

—¡Tengo hambre, Tilie! — la llamo como lo hacía cuando éramos más pequeñas.

Tula me mira desde el suelo con expresión de asombro. Me río.

—Sí, ya sé que pensarás que estoy loca, pero me ha entrado de golpe un hambre canina. Me comería un caballo. Corre, ponme las botas… bajaré a la cocina…

—Así, missy? En camisón?

—Sí, no me dirás que nunca habéis visto una blanca en camisón — me río un poco nerviosa.

Tengo que prepararme el terreno para mis entrevistas, Tula será una de las elegidas, eso seguro, pero también quiero contar con otras de las criadas de casa, como Bonnie Sue, la doncella de mi hermana Marion. También con Rhonda Sue, con Jula May, y con Sussie  Pat, las criadas de mis amigas.

Me siento en el banco de delante de mi cama y Tula Mei me pone las botas. Por un momento pienso en decirle algo parecido a «qué pasa, Tilie, ya has olvidado cómo se limpian unas botas?» pero recuerdo que ayer, tras la misma broma, se me puso a llorar.

Bajo las escaleras de dos en dos. Son las nueve y ni madre ni Marion darán señales de vida antes del mediodía. Es un buen momento para hacer mi primera prospección.

—Buenos días, missy Eugenia — me dicen a la vez la media docena de criadas que están reunidas delante de una taza de té, levantándose de golpe como si fueran un solo hombre.

—Tengo un hambre canina, Minnie — le digo a la cocinera.

—Ahora mismo le mando a una de las niñas con una bandeja al comedor, o al porche, señorita.

—No, quiero desayunar aquí… — digo y veo la cara de espanto de las seis.

Dejo escapar una risita pero ellas siguen imperturbables. Evitan mirarme a la cara por respeto pero no parece que les entusiasme la idea de tenerme comiendo a su lado, máxime cuando mi desayuno es suculento y el suyo es más bien escaso.

Madre les paga lo que ella misma, con gran cinismo llama «salarios de hambre» y a cambio les proporciona el sustento, sólo que sigue el mismo sistema que se seguía en tiempos de la esclavitud: cada primerp de mes da a cada familia dos libras de carne en salazón, un saco de harina de diez quilos, un saco de tres quilos de alubias, un saco de maíz de otros tres quilos, un cuadrado de sal y una caja de arenques ahumados, cuyo montante les decuenta de sus tristes pagas.

«¿No querían ser libres?» Esa es la frase favorita de mamá cuando alguien la acusa de explotar a los negros. «Pues que sepan qué es ser libre… que sean libres para morirse de hambre» añade triunfal el final de su discurso que data desde los primeros años de la abolición y que en casa ha perdurado hasta nuestros días.

No se mueren de hambre pero sí de asco, o al menos yo moriría si siempre tuviese que comer lo mismo. Pienso que comer allí, delante de ellas, sería excesivamente insultante y cambio de idea.

—Está bien, haz que me suban el desayuno al porche. Desayunaré allí.

Subo las escaleras y me siento avergonzada. Aquellas mujeres, con su silencio hostil me han hecho sentir estúpida y hasta cruel.

Me acomodo en el porche, en uno de los muchos sillones de jardín y Megan me sube la bandeja en seguida.

—Dónde la pongo, missy? — me pregunta asustada Megan, que por lo que sé apenas ha cumplido ocho años y ya trabaja como doméstica en casa un promedio de dieciséis horas diarias todos los días de la semana y librando una tarde cada quince.

—Ponla ahí — le señalo una mesita que tengo al lado de donde me he sentado.

Megan agacha la cabeza, balbucea alguna incomprensible disculpa y deposita la bandeja donde le he dicho. Destapa los platos para que vea de qué se compone el delicioso desayuno y luego se retira tres pasos hacia atrás y se queda de espaldas a la pared.

Empiezo a comer mientras pienso en mi idea que acaba de aflorar de escribir un libro sobre las vivencias de las criadas y también rememoro las caras que se les ha quedado a las muchachas de la cocina cuando les he dicho que me apetecía desayunar allí, con ellas, en la cocina. Me preocupa no haber caído antes en la cuenta de que era algo más bien humillante para ellas. Si he de conseguir que me cuenten sus experiencias, que relaten su vida para mi libro voy apañada si no soy capaz de asegurarme su confianza.

Pienso que a nuestros negros los vamos a llevar, con la nueva Cosntitución, al límite de su dignidad. Será algo así como institucionalizar el sometimiento de los negros, al menos de la inmensa mayoría de ellos, los pobres, los más desvalidos de nuestra sociedad.

Los años pasados en Boston en algo me han cambiado y siento la necesidad de hacer algo por los negros: denunciar cómo vivien y sienten un segmento básicamente constituido por mujeres y niñas negras: el servicio doméstico.

Es posible que no pueda contar con la colaboración de todas las criadas que conozco. Sé que sería algo arriesgado. Si sus amas lo descubrieran se quedarían de inmediato sin trabajo, en la calle, y sin posibilidad de encontrar otro, al menos de criada, que es lo único que saben hacer. Tendré que ser sutil. Incluso me planteo sonsacarles la información acercándome a ellas pero evitando revelarles el fin último que no es otro que publicar la infamia en que viven.

Me excito y me animo. La empresa me motiva. Es como si fuese mi manera de contribuir a paliar una situación que cada día es más injusta, una manera de justificarme por aceptar tácitamente el modo de vida que he mamado desde niña.

Como lentamente, masticando cada bocado. Estoy ensimismada buscando la manera de afrontar el reto que me impuesto. «Cesar» el Fox Terrier de mamá, llega corriendo al olfatear la comida. Oigo su cascabeleo y lo veo a punto de lanzarse sobre mis rodillas.

—¡Quieto! — le grito — es una monada de perro pero no me gusta cómo lo malcría madre que le permite todo.

El animal se queda clavado con las cuatro patitas tiesas firmemente sobre el suelo de madera del porche, como esperando o bien mi autorización o que baje la guardia para saltar sobre mi falda desde donde llegaría cómodamente a meter su hocico en mis platos. No se lo permito.

—No vas a subirte encima de la amita — le digo en tono amenazador y el perrito mueve la cola nervioso a la vez que agita la cabeza y emite extraños ruidos, como si estornudase.

Me sonrío. Me gustan los animales pero soy partidaria de educarlos bien, todo lo contrario de madre. Cojo un trozo de huevo revuelto y corto un trozo de salchicha. Lo arrojo todo al suelo para que coma.

—¡Jo! — exclamo al darme cuenta de que soy tan torpe que la comida ha ido a caer justo encima de mis botas.

A «Cesar» no le importa lo más mínimo. Sin esperar permiso alguno se pone a lengüetear con pasión mis botas.

—¡Maldita sea! — rezongo exasperada — todo el trabajo de Tula al garete. Me van a quedar las botas pringosas de aceite, grasa y babas de perro — me digo con cierta desolación.

El animalito no ha dejado ni una migaja de lo que le he arrojado y mis botas tienen un brillo aceitoso.

—¡Tienes hambre, eh pillín…!

«Cesar» da dos pequeños y agudos ladridos mientras mueve la cola primero y luego se levanta sobre sus patas traseras mostrándome su sonrosada y jadeante lengua. Me río y cogiendo otra cucharada de mi plato arrojo al suelo su contenido. «Cesar» enloquece. Ladra y salta a la vez. Esparce la comida por el suelo y mis botas acaban de nuevo llenas de restos de huevo revuelto, salchicha, trocitos de tocino y cereales.

Ya no tengo más apetito. En mis platos ha quedado comida suficiente para que desayune otra persona. Cojo los platos y los bajo al suelo. «Cesar» se da un festín. Unos ladridos lejanos provocan que el pequeño perro tense las orejas y el rabo. Mira al plato, aún quedan unas migajas de comida, pequeños restos, pero parece que ya tiene suficiente. Mira a la lejanía de donde proceden los ladridos. La llamada de una perra ahora ocupa todo su deseo.

Seguro que son los ladridos de una hembra, me digo. En ese momento lo empujo con el pie y eso es suficiente para que el perrito salga a toda velocidad, ladrando su pasión por la hembra que le espera entre los algodonales.

Me miro las botas. Me las ha puesto perdidas. Entonces recuerdo que  Megan está detrás de mí, apoyada de espaldas a la pared del porche, sin hacer nada, esperando que la use cuando la necesite.

—Megan, recoge los platos y encárgate de decirle a Tula que tiene que volver a lustrarme las botas. Dile que la espero aquí, que no tarde.

—Sí missy.

Como que los platos están en el suelo, junto a mis pies, Megan se tiene que arrodillar. La contemplo y veo que se queda un momento como atrapada, mirando lo que ha dejado el perro. Debe tener hambre, pienso, mamá les da unas raciones ridículas. En lugar de darle las sobras al mimado de «Cesar» se las podía haber ofrecido a Megan que seguro que se ha pasado el rato mirando con delectación cómo desayunaba yo y seguro que ha maldecido al perro cuando ha visto que el animal se daba un atracón.

—Tienes hambre Megan? — le pregunto.

La niña sale del ensimismamiento en que se encontraba desde que se ha arrodillado y asiente tímidamente con la cabeza. Luego levanta sus tristes ojos y me responde.

—Sí missy.

—Aún quedan algunas migajas que ha dejado el perro… si quieres puedes comértelas.

A Megan se le iluminan sus grandes ojos.

—Puedo señorita? De verdad que me deja?

Intento sonreírle y le confirmo que tiene mi permiso. Megan, que sigue arrodillada en el suelo a mis pies inclina la cabeza y con auténtico frenesí lame lo que antes ha lamido el perro para obtener unas miserables migajas.

—Gracias missy, gracias — me dice la pequeña criada que está flaca como la mayoría de nuestras negras.

—Está bien, pero no le digas nada a missy Charlotte, a ella no le gusta que os demos sobras sin su permiso.

Mamá usa el hambre de nuestros negros para modular las recompensas y los castigos. A ella le gusta erigirse en la dueña suprema de los anhelos de sus negritos, como los llama ella. Premia y castiga con sobras de nuestros platos en función de las lealtades que le demuestran.

—Y no te olvides de avisar a Tula de que la espero aquí para que vuelva a lustrarme las botas.

—Descuide missy — me dice ya desde el patio mientras se dirige ufana y satisfecha hacia la cocina.

Me siento bien, como si hubiera hecho una buena obra. Son tan agradecidas, pobrecillas. Hay que ver lo contenta que estaba por dejarle lamer lo que el perro ha despreciado porque estaba harto.

Si quiero conseguir que colaboren en mi idea, tengo que ganármelas con pequeños actos de bondad que ellas seguro que aprecian, me digo satisfecha jactándome de mi bondadosa acción, acorde con mis intenciones de paliar un poco la situación de los negros de los estados Segregacionistas.




***




Esta vez viajo con el cádillac de mamá. Estoy harta de coger la pick up y el cádillac me gusta porque es descapotable. Llevo un pañuelo atado a la cabeza para recoger mis tiesos rizos que Tula Mei ha estado planchándome durante una hora al objeto de alisarlos.

Llevo dos días muy excitada, justo desde que se me materializó el objeto de mi angustia. Sabía que tenía que hacer algo pero no sabía el qué. Ahora que sé cual es mi objetivo estoy menos angustiada pero más nerviosa.

Aparco delante de la bonita casa de Cinthya Beth. Con la excusa de ser la redactora y editorialista de la revista del CSCBCA — Club de Señoras Casadas Blancas Cristianas y Anglosajonas— pretendo pedirle a Cinthya que me deje usar a su criada, Rhonda, para que me instruya, mejor dicho, para que confeccione ella misma, la columna dedicada a «Truquis del Hogar» una sección que más que a las señoras va dirigida a las criadas, aunque en teoría el súbtítulo de la sección signifique lo que no es: Consejos para ser una buena ama de casa, una buena madre y una buena esposa.

—Buenos días, miss Eugenia — Rhonda me abre la puerta y al verme humilla la mirada respetuosamente.

—Hola Rhonda, está tu señora en casa?

—Sí miss Eugenia, pase usted, está en el jardín, la acompaño…

Dejo que Rhonda me guíe aún cuando es absolutamente innecesario. Atravesamos el salón y por el amplio ventanal salimos al jardín. Veo a Cinthya Beth en bikini, recostada sobre una tumbona. Lleva el pelo recogido en un moño y gafas oscuras de sol. Fuma lentamente mientras se tuesta al sol primaveral y una negrita le hace friegas en los pies.

—Missy Cinthya, aquí está missy Eugenia…

Rhonda es siempre así de lacónica. Cinthya se sube las gafas y al verme suelta uno de sus hipócritas chilliditos.

—¡Eugenia, qué alegría! ¡Me pillas en mal momento, estoy muy estresada!

Me la miro incrédula. Estresada? Tumbada en su hamaca, fumando, con una copa en una mano y con una negrita masajeando sus pies puede sentirse estresada?

—Bueno, verás, de hecho sólo necesito a tu criada…

—A cual? Espero que a Beckie no me la toques, sin ella mis pies no son los mismos — se exclama asustada Cinthya que se ha vuelto a poner las gafas de sol.

—No, necesito a Rhonda. Es por lo de la columna de la revista del CSCBCA, esa de la perfecta esposa, madre y ama de casa…

―Y para qué quieres a Rhonda… es una revista para blancas, Eugenia, y Rhonda es negra — me dice dejando escapar su risa más tonta de su repertorio de risas tontas.

—Ya sé que es negra, Cinthya, se ve a simple vista, pero tal vez tú quieras responder a las preguntas sobre los productos que van bien para dejar un suelo de madera brillante, o qué ceras son mejores para lustrar los zapatos, o qué desatascador es más efectivo cuando se emboza el excusado — le digo con una ironía que la muy idiota no pilla y se limita a ponerme cara de horror y asco.

—¡Oh, por Dios, Eugenia, qué vulgaridad…! en fin, no me la entretengas, hoy tiene que abrillantar la plata y tiene mucho trabajo por hacer. Yo es que me tengo que ir a casa de Hilly… supongo que ya sabes que soy ponente en el desarrollo de la nueva ley de servicio doméstico…

—¡Por supuesto Cinthya, todas confiamos que seréis capaces de hacer una ley que por fin nos dé a las señoras blancas las prerrogativas y privilegios que por casta nos merecemos! — le digo también con ironía que ella sigue sin pillar.

Cinthya empuja con el pie la cara de Beckie para que sepa que tiene que dejar de frotarle los pies y calzarla. Beckie es hija de Rhonda. Cuando no puede con todo el trabajo que tiene que hacer se la lleva con ella para que la ayude. Cinthya no le paga nada a la niña, sólo permite que coma… es decir, que la comida que le da a Rhonda la comparta con su hija.

Le guiño un ojo a Rhonda y veo que la mujer se ruboriza. No sabe a donde mirar. Me digo a mí misma que debo evitar este tipo de familiaridades. Lo he hecho porque Rhonda había trabajado en nuestra casa de jovencita.

Voy a decirle a Rhonda que podemos hablar en la cocina si allí se siente más cómoda cuando veo que cierra los ojos y encoge los hombros. A continuación el sonido que capto a mi espalda me da la explicación de ese gesto convulso en el rostro de Rhonda: mi querida amiga Cinthya acaba de pegarle una terrible bofetada a Beckie.

Mi giro y veo la expresión de placer de Cinthya mientras acerca el pie a Beckie, que solloza en silencio arrodillada en el suelo, para que le ponga el escarpín que al parecer ha sido el motivo de la bofetada.

—Le has pegado a la niña? — pregunto con los ojos y la boca abierta por la sorpresa.

Cinthya no suele golpear a sus criadas. Ella prefiere gritarles de manera humillante, ordenarles cosas humillantes, pero no la he visto golpearlas nunca.

—Sí, la he pegado, y qué… a partir de ahora van a cambiar mucho las cosas, es mejor que se vayan haciendo a la idea — me contesta medio indignada por la forma y el tono que he empleado al interrogarla, como si se lo estuviera reprochando.

Cinthya se ha puesto roja. Es como si la necesidad que tuviera de justificar la bofetada que le ha dado a Beckie demostrara que en efecto se había pasado.

Beckie termina de calzarla  y tras levantarse de la tumbona espera impaciente que la niña le ponga la bata de seda que ella misma termina de anudarse a la cintura y se marcha taconeando con fuerza por las losetas de piedra caliza del jardín.

—¡No me la entretengas demasiado! — me grita desde el garaje antes de poner en marcha su cádillac para recorrer las cuatro manzanas que la separan de casa de Hilly donde tiene reunión del consejo asesor constituyente en su calidad de vocal del CSCBCA — ¡Ya te he dicho que hoy tiene que hacer la plata!

—Descuida — contesto a voz en grito y sintiéndome ridícula.

Miro a Rhonda y ésta agacha la cabeza y murmura que está disponible para lo que yo requiera.

Creo que en la cocina estará más cómoda. Es el habitat natural de las criadas.

Antes de abandonar el jardín veo a Beckie, que está recogiendo las zapatillas de su ama y un pañuelo que ha quedado en el suelo. La niña está realmente afectada por la humillante bofetada que le ha pegado mi amiga.

Rhonda me franquea el paso. La cocina de Cinthya Beth es enorme, espaciosa. La criada me señala las sillas que hay alrededor de la mesa de la cocina. Tomo asiento y saco mi blog, mi boli y mi grabadora.

—Siéntate Rhonda — la invito para que se sienta menos encorsetada pero ella niega con la cabeza.

—Estaré mejor de pie, missy Eugenia, no está bien que una negra se siente como una igual con una missy blanca — razona.

—Probablemente tengas razón. Tu ama se ha ido con el bañador a la reunión?

Se lo pregunto porque me ha chocado que sobre el bañador sólo se haya puesto la bata, sus zapatos de tacón y se haya marchado en el coche.

—Seguramente harán la reunión en la piscina de miss Hilly, missy Eugenia.

—Claro. Es verdad. Bueno… cómo estás Rhonda? — pregunto sonriendo y frotándome las manos con nerviosismo. No sé cómo empezar.

—Bien, missy — miente Rhonda.

Creo que lo primero será plantearle someramente lo que espero de ella.

—Verás, Rhonda, sabes por qué estoy aquí?

Rhonda se encoge de hombros. No parece muy suelta. Tengo que decirle lo de los consejos del hogar para poco a poco ir ingadando en su vida, sin que note que la estoy interrogando o investigando, se cerraría como una lapa.

—Estoy encargada de una columna en la Revista dominical del Club de Señoras Casadas Blancas Cristianas y Anglosajonas, que trata sobre consejos del hogar. Teóricamente las respuestas que tú me des representará que me las ha dado tu señora, miss Cinthya. Digamos que ella delega en ti para estas cuestiones porque se supone que tú debes saber cómo se hacen las tareas del hogar, no?

Rhonda me mira con cara de pensar que me he fumado algo. Cómo le digo que se supone que sabe cómo se hacen las tareas del hogar si es una criada, si lleva siendo criada casi desde que nació.

—En esta columna también se dan consejos en un apartado que titulo «La buena madre blanca, cristiana y anglosajona», en fin, espero que no te importe que también te pida a ti que me aconsejes cómo… no sé, por ejemplo, cómo hacer que se le pasen los gases a un niño pequeño, o qué hay que hacer cuando lloran porque les están saliendo los primeros dientes… ya me entiendes.

Rhonda me sigue mirando como si yo fuera idiota. Me siento mal.

—Te parece si empezamos?

Vuelve a encogerse de hombros. Empiezo a ponerme nerviosa. Me pide permiso para trabajar mientras yo pregunto y ella responde.

Le hago una serie de preguntas del tipo cómo quitar una mancha de café en un vestido de seda, qué tipo de hierbas son las más adecuadas para los niños que tienen retortijones, cuando es mejor destetar a los niños, qué trucos hay para aumentar el brillo de los zapatos… y el de las cuberterías de plata?

Mientras Rhonda desgrana respuestas de manera lacónica pero certera y sintética, no deja de frotar los cubiertos de plata de Cinthya Beth, supuestamente heredados de una hermana del general Lee de quien dice ser descendiente.

Me fijo en sus manos. Rhonda es joven, debe estar por los cuarenta, pero sus manos están deformadas. Le pregunto el motivo.

—Es de alguna enfermedad que tienes las manos así, Rhonda?

—Sí señora Eugenia, es de una enfermedad que se llama trabajo, trabajo duro. Cuando usas tus manos desde que tienes memoria dieciséis o dieciocho horas al día en tareas como abrillantar la plata, limpiar los suelos, fregar los platos, cortar verduras, lavar la ropa a mano porque queda mejor, cortar leña para que funcione la cocina y caldear la casa en invierno, pelar patatas, y masajear pies de señoras blancas apretando con fuerza con los dedos en sus plantas para aliviarles las molestias que les ocasionan sus altos zapatos de tacón sobre los que se pasan el día encaramadas dando ordenes incesantes del estilo: Rhonda haz esto, Rhonda haz aquello, Rhonda la niña, Rhonda la comida, Rhonda friega los cristales, Rhonda mis pies… lo siento missy, supongo que ese es el principal motivo de que tenga artritis aun cuando no soy ninguna anciana.

Me quedo callada. Ha sido un memorial de agravios en toda regla. Inaudito, una criada negra quejándose de la vida que la hace llevar su señora blanca ante otra señora blanca. No me lo puedo ni creer. Ha sido como apretar el resorte mágico. Una estúpida pregunta por mi parte ha despertado su orgullo y ha vomitado algo que le remueve el estómago desde casi que nació.

Me miro mis blancas manos. Son perfectas. Lo más duro que han hecho, a parte de recibir los cuidados de la manicura ha sido empuñar una fusta o escribir apuntes en la universidad. No son, ni serán nunca, como la de Rhonda.

Rhonda se ha quedado callada, como si fuese a reñirla por la nada soterrada queja que esconden sus palabras.

Se hace un silencio incómodo que rompe el quejido de una niña: Mae Mobley, la hija de Cinthya Beth.

—Perdone missy, es missy Mae, se ha despertado de su siesta y debe estar mojada.

—Te importa si te acompaño a su cuarto?

Rhonda se vuelve a encoger de hombros. De hecho no me lo puede impedir pero yo quiero que no se sienta obligada por mi autoridad como mujer blanca. Para que vea que no me ha molestado su hiriente descripción de su trabajo diario se lo hago saber.

—Me ha servido mucho lo que me acabas de contar, Rhonda. Quiero que sepas que todo lo que me cuentes no saldrá de entre tú y yo.

Por un momento veo un brillo especial en sus ojos de mirada cansada pero no contesta. Se encamina hacia la habitación de Mae Mobley y yo la sigo.

La regordeta niña está de pie en su cuna. Pienso que es demasiado mayor para dormir en una cuna pero no digo nada. Mae Mobley tiene ya casi cinco años y lleva pañal, usa chupete, toma teta y adora a su criada.

—¡Hola chiquitina! — le dice Rhonda a la que se le ilumina el rostro cuando la pequeña deja escapar grititos de alegría al verla.

La niña tiende sus brazos hacia Rhonda y ésta la coge con ternura y cuidado por debajo de las axilas y la levanta. La negra estrecha en sus brazos a la niñita y ésta grita de emoción mientras babea el rostro afable de la criada en su intento de demostrarle su amor besándola.

—La señora Lee —se refiere a Cinthya Beth— no me deja que la llame chiquitina — me dice Rhonda en una nueva señal de que algo de confianza debo inspirarle.

—No diré nada, palabra. Tú compórtate como harías si yo no estuviera aquí. Tengo que confesarte algo, Rhonda. Es cierto que necesito tus respuestas profesionales para mi columna, pero lo que más me interesa es conocer aspectos de tu vida como criada, lo que sufres, cómo te tratan, cómo te sientes. Voy a escribir un libro sobre la vida y los sentimientos de las criadas negras en Jackson, Mississipi.

Me lanzo en plan suicida porque pienso que sus dos confesiones son síntoma de que necesita desfogar toda la amargura acumulada en su corazón durante toda una vida de trabajo y humillación, pero al verbalizar mis intenciones Rhonda se retrae sobre sí misma y me mira a hurtadillas. Veo miedo en sus ojos.

Coge a la niña, que pesa más que un buey pero que ella la maneja con soltura y la tiende sobre la encimera donde la cambia. Se enfrasca en su trabajo para ahuyentar el miedo que le ha sobrevenido. A partir de confesarle mis intenciones parece que se ha bloqueado.

Mae Mobley se deja hacer. Rhonda la lava con una suave esponja que le pasa por su culito y su vulvita. La niña deja escapar unos gorgoritos de felicidad.

—Un día, cuando seas más mayorcita me insultarás, me reñirás e incluso es posible que llegues a pegarme — le dice besándole el ombligo lo que hace que apenas pueda entender lo que habla, pero sí he pillado el conjunto y lo que subyace. Me lo confirma lo siguiente que le dice a la niña: — pero eso no será ahora, ahora me quieres, porque me necesitas, y necesitas mi amor. Ahora me quieres, más tarde ya se verá.

Mae Mobley me mira. De repente nota que no está en intimidad con su nodriza. Aunque se comporte casi como un bebé, Mae Mobley tiene casi cinco años y empieza a ser consciente de que es ya una niña mayor, tal y como constantemente le repite su mamá.

—Hola Eugenia — me dice con su vocecita infantil, vergonzosa porque veo cómo Rhonda la mima.

—Hola Mae — le contesto con mi mejor sonrisa.

Rhonda Sue la maneja con habilidad. Le da la vuelta y la pone boca abajo. Me fijo en el cuerpo de niña rolliza de la hija de mi amiga y puedo darme cuenta de que la niña está disfrutando de las atenciones de Rhonda.

—Seguiremos otro día, Rhonda. Muchas gracias por tu sinceridad. No te preocupes, sé el camino, sigue atendiendo a la pequeña missy — le digo.

Rhonda gruñe algo. Ahora no está para nadie. Veo cómo se vuelca en dar amor y servicio a aquella bolita de carne sonrosada y rubia que es Mae Mobley.

De regreso a casa pienso en lo que he visto y en lo que me ha contado Rhonda y sobre todo en lo que no me ha contado pero que sé que está ahí, oscuro, que la retiene y la obliga.

Aparco el cádillac y Tom sale a recoger las llaves.

—Lávalo Tom, no quiero que mamá se enfade contigo. He pillado mucho barro.

—Si señorita Eugenia — me responde haciendo, como siempre, un sinfín de reverencias a mi paso.

Paso por el porche y me encuentro a mamá que está dormitando en su mecedora. Me descalzo para no hacer ruido. No quiero despertarla y que me cosa a preguntas. Telma Mae está detrás de la mecedora y abanica a mamá. Mi antigua nodriza me sonríe con una tristeza infinita. Aparto la mirada de ella, me hace sentir culpable y entonces me fijo que mamá descansa sus pies descalzos sobre el vientre desnudito de una negrita a la que no conozco.

Me detengo un momento y pregunto a Telma quien es la niña.

—Es mi nieta, señorita Eugenia, Rosse — me contesta entre orgullosa y avergonzada de que vea a la pequeña haciendo de cojín para los pies de madre.

Me agacho y miro a la pequeña. Debe tener un par de años a los sumo. Es una monada. De repente madre suelta un ronquido, se remueve y se acomoda poniendo los pies sobre la carita de la negrita.

La niña se ha asustado y Telma Mae le dice cosas para calmarla sin dejar de abanicar a mi madre.

—Qué mona es, Telma — le digo todavía acuclillada y acaricio sus ricitos.

—Es de mi Melva, señorita Eugenia.

Asiento. Miro a la niña que parece que se ha calmado. La acaricio y me levanto.

Subo a mi habitación y me encuentro a Tula Mei que está fregando el suelo. Me saluda y yo paso por su lado sin apenas mirarla. Tengo muchas cosas en la cabeza. Me siento ante mi escritorio e introduzco una hoja en blanco en mi Remington eléctrica de cabezal basculante.

Mientras Tula Mei friega el suelo, recoge mi habitación, hace la cama, limpia los zapatos que usé ayer y se lleva mi ropa para lavarla a mano yo escribo mis impresiones de mi primera entrevista.

Anoto la reticencia inicial de Rhonda y el cambio radical que da y que se convierte en una colaboración inesperada gracias a que he herido su orgullo al preguntarle el motivo de que tenga las manos tan estropeadas. Luego desmenuzo lo que me parece una relación asfixiante con la pequeña Mae Mobley. Tengo la impresión de que la niña quiere a Rhonda pero a su vez la utiliza. Cinthya Beth es una madre desastrosa, no se ocupa lo más mínimo de su hija. Lo sé porque lo he visto otras veces, cuando la molesta llama de inmediato a Rhonda para que se haga cargo de su hija.

Tendré que profundizar con Rhonda pero ya imagino ciertos rasgos de esa enfermiza relación con su «chiquitina». Anoto que la llame así delante de mí a sabiendas de que Cinthya Beth le ha prohibido que llame de ese modo tan familiar a la niña. En teoría Rhonda debería hablar a Mae Mobley como si fuese una adulta y tratarla de miss Mae como mínimo.

Anoto que la relación entre la niña y Rhonda es intensa y obsesiva. Creo que se debe a que Rhonda no puede criar a sus hijos y por tanto vuelca su amor en Mae, pero a su vez sufre porque sabe que esta etapa tendrá un día su fin, un final que atormenta a Rhonda, la misma angustia que deben haber sufrido tantas y tantas negras que en su vida han criado a los hijos de los blancos. El miedo al día en que la niña a la que ahora cambia los pañales la grite porque no brillan sus botas, o tarda demasiado en servirla.

He empezado mi reto. Sé que debo llevarlo en secreto. Si se supiera que estoy entrevistando a las criadas de mis amigas para escribir un libro me condenarían por alta traición a los principio sagrados de la Segregación.


***

Ordeno a Tula Mei que me prepare el baño. Me relaja que me bañe, que me enjabone con la esponja, que me frote la espalda y los pechos. Cierro los ojos mientras siento sus manos repasar mi cuerpo centímetro a centímetro. También pienso en las anotaciones que he empezado a hacer. He transcrito la grabación de Rhonda cuando se ha mostrado desafiante conmigo.

Saco los pies del agua y estirando las piernas los apoyo en la parte contraria de la bañera. Tula Mei deja de frotarme los pecho y se desplaza de rodillas hasta donde se encuentran mis pies. Empieza a frotármelos.

—Te gusta ser criada, Tula Mei? — le pregunto de repente.

Tula Mei me mira por encima de los dedos de mis pies que le tapan parcialmente el rostro. No sabe qué debe contestar, de hecho no se espera mi pregunta. Finalmente alza los hombros y me sonríe.

—Supongo que sí, señorita Eugenia — me dice — no sé hacer otra cosa que servir. Desde que tengo memoria he estado siempre sirviendo… — y como si no quisiera ofenderme añadió en voz muy baja: — casi siempre a usted, missy.

—Bien, entonces cambiaré la pregunta… te gusta ser mi criada?

Tula Mei se sonroja y se ríe. De repente esconde su cara entre las plantas de mis pies. No me contesta pero en su lugar me besa las plantas de los pies. Me gusta ese gesto suyo que denota tanta entrega, tanta sumisión. Me pongo a pensar en los diarios de mi bisabuela Sonia Phelan. «Los esclavos, todos, sin excepción, tienen que besarme los pies cada vez que se tienen que dirigir a mí. Es la forma de mostrarme su sometimiento, el acatamiento a mi poder absoluto» dicen aquellas líneas escritas por una mano suave pero firme.

(Continúa...)

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SALUDOS.


LUK.