A QUIEN LE INTERESE

En este rincón apartado he decidido publicar. La hipocresía que se vive en la página de TR (Todo Relatos) me obligó a abandonarla. Disfruto escribiendo y aún siendo consciente de que mis fantasías son minoritarias me parece injusto que aquellos que me seguían en TR se queden sin poder disfrutar de mis relatos.



No pretendo ser pretencioso. No quiero decir que mis escritos sean buenos, soy consciente de que no es así, pero aún lo soy más de que en este mundo retorcido de nuestras íntimas fantasías muchos buscamos algo que echarnos a los ojos que se acerque a nuestros fetiches, tabúes y quimeras eróticas.



Mi propósito es dejar al lector interesado y que se pueda identificar con mis inofensivos delirios una muestra de mi producción literaria dedicada al mundo de la sumisión, dominación, esclavitud y relaciones de poder. Fabulaciones en suma con las que más de uno sueña en secreto y que yo me dedico a poner negro sobre blanco con mayor o menor acierto.

Como que esta es una página abierta, he creado un grupo de admisión restringida en Yahoo (ver enlace) donde he puesto aquellos relatos que considero más fuertes, no sea que un alma sensible de esas que van por ahí salvando al mundo de la gente mala como yo se topase con uno de esos relatos y le salieran sarpullidos en el hipotálamo.



En este grupo sólo aceptaré miembros bajo petición expresa y siempre que me convenzan de su buena fe. Los relatos están en formato docx. y pueden ser descargados directamente.



Los relatos de ADELA también están en este grupo.



Aquí tenéis un enlace directo al grupo, pero recordad: miembros SOLO bajo admisión.



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miércoles, 16 de abril de 2014

LA DECISIÓN DE BERENICE

Berenice abrió los ojos y los tuvo que volver a cerrar inmediatamente al sentir la punzada de dolor causada por el rayo de sol que inundaba la habitación. Las nauseas propias de una dura resaca la atacaron con violencia y se incorporó en la cama para evitar vomitarse encima. Respiró hondo varias veces y expulsó el aire de sus pulmones con tiento, como si temiera que junto con el aire salieran los varios litros de cerveza que trasegó la noche pasada.

—Demonios, pero qué coño hice ayer por la noche — se preguntó intentando ordenar sus caóticos recuerdos —. ¡Platko… Platko… maldito esclavo… echa las cortinas…! ¿Me quieres matar o qué, pedazo de asno? ¡Si logro ponerme en pie prepara tus inútiles huesos porque te voy a dar una paliza como nunca te han dado! — gritó aunque la última frase apenas pudo escucharla ella misma porque se vio obligada a bajar el volumen de su voz para controlar el terrible dolor de cabeza sobrevenido con el esfuerzo.

Un viejo esclavo encorvado entró en la habitación de la noble Berenice arrastrando los pies mientras musitaba ininteligibles frases que tanto podían representar peticiones de clemencia como insultos soeces dirigidos a su irascible ama disfrazados de serviles excusas.

Cuando las artríticas manos del viejo esclavo corrieron las cortinas y la penumbra volvió a adueñarse de la amplia habitación Berenice suspiró y se dejó caer de nuevo en su amplia cama.

—Prepárame uno de esos infames bebedizos que le preparabas a madre cuando agarraba una de sus sonadas melopeas — ordenó a Platko con la boca pastosa.

—Sí ama Berenice, ahora mismo.

—¡Ja! ¡Ahora mismo… dice el muy animal…! A la velocidad que te mueves antes le saldrán pelos a las ranas… — dijo riéndose Berenice aunque tuvo que parar porque con las sacudidas de la risotada le dolía más la cabeza.

El viejo esclavo salió de la habitación de su ama con el mismo paso con el que había entrado, es decir, a paso de tortuga. Berenice hizo un nuevo intento de incorporarse y esta vez las arcadas no la acompañaron. Se quedó un buen rato sentada en la cama, completamente desnuda. Se contempló ensimismada el ombligo en el que relucía un brillantito que lo adornaba y con la yema del dedo índice se lo acarició.

Berenice estaba distraida esperando que el esclavo le trajera la tisana especial para las resacas más salvajes. Miró el reloj de la mesilla. ¡Las doce! ¡Joder, pero si había quedado en ir a comer a casa de mamá… ya me puedo espabilar!

—¡Plat…! — el nombre de su viejo esclavo murió en sus labios antes de completarlo. Berenice cerró los ojos varias veces y luego se los frotó para volver a mirar hacia el rincón de su alcoba—. ¿Quién eres tú? ¿Qué haces aquí? ¿De dónde has salido? — se dirigió sorprendida al rostro que arrodillado en un rincón la miraba con una mezcla de respeto y miedo.

—Soy Fabián, mi ama Berenice, tu esclavo de alcoba — respondió una voz aniñada y temblorosa.

—Mi esclavo de qué…?

—De alcoba, ama Berenice… supongo que no lo recuerdas, pero me ganaste ayer noche… en la apuesta en la que tú y tus amigas participasteis.

—¡Joder… no recuerdo nada…! ¿Y dices que te gané en un sorteo?

—Así es ama Berenice. Ahora te pertenezco.

—Debe haber un error… en la vida he participado en ninguna apuesta de esclavos — iba a añadir el motivo, que aún no había alcanzado la mayoría de edad pero se calló.

—Pues en la documentación… el título de propiedad lo dice bien claro: desde ayer mismo pertenezco a la noble ama Berenice De Arcadia… tú eres esa Berenice, ama Berenice?

—Sí, soy yo, y muéstrate más respetuoso sino quieres probar lo afilados que son los tacones de mis zapatos — le contestó airada Berenice — si quieres referencias pregúntale al inútil de Platko… por cierto, dónde coño se ha metido ese recordman de la velocidad.

En ese preciso instante cayó en la cuenta de que estaba completamente desnuda. Delante de Platko, su esclavo de toda la vida, no se molestaba en cubrirse, pero ese joven, aunque él dijese que era suyo… aquello era distinto. Se estiró a través de la cama y alcanzó con la punta de los dedos su camisón de seda. No es que esto cubra demasiado pero algo hará, se dijo mientras se lo ponía.

—¡Platko, vieja acémila…! — le gritó al anciano esclavo cuando entró llevando sobre una pequeña bandeja de plata la infusión contra la resaca que su ama le había ordenado — ¿puedo saber por qué no me has dicho nada sobre ese tipo de ahí que dice ser mi esclavo?

—Esta madrugada mi señora lo ha dejado atado a esa argolla y después de vomitar me ha ordenado que no la molestara en diez años.

—Otro que quiere probar los tacones de mis zapatos… ¡Platkoooo… no te pases de listo conmigo que sabes que si lo haces te calentaré el pellejo con lo primero que pille! Está visto que los esclavos ya no tienen el menor respeto por sus amos — se quejó Berenice — llévate esta mierda, hazme unos huevos con tocino… y mucho pan… y una cerveza… estoy hambrienta… ¡y espabila…! — le gritó de nuevo al viejo que con extrema lentitud dio media vuelta y con los hombros encogidos se fue por donde había venido mascullando dios sabía qué, pero que Berenice no quiso saber porque ya se lo imaginaba.

Platko tenía sesenta años, para un esclavo era hallarse en el final de su vida. Muchos no alcanzaba esa edad y por tanto se sentía un privilegiado. Hacía menos de tres meses que Berenice había abandonado el hogar materno porque quería ser independiente. Pero aún no disponía de ingresos propios. Estaba a punto de graduarse y entonces podría comprarse los esclavos necesarios, pero de momento tenía que aguantarse con aquel deshecho que le había dejado su madre.

—Dame a Nica, madre — le había pedido al marcharse de casa para el traslado a su nueva residencia — Platko está ya muy viejo y yo necesito un sirviente más presentable, más joven… qué diran mis amigas cuando las invite a mi casa y ese vejestorio tarde dos días en arrodillarse para mostrarles sus respetos?

—Pues les dices que Platko no puede arrodillarse más deprisa, que hace más de sesenta años que es esclavo y a tus hermanas y a ti os ha mecido en sus brazos cuando llorabais por las noches, os ha cambiado los pañales cuando los ensuciábais, os ha llevado a todas sobre su espalda cuando lo usabais de caballito, que se ha pasado más horas de rodillas en su vida que todos los esclavos de tus amigas juntos y que se ha ganado el derecho a que ahora se tome su tiempo para arrodillarse — fue la respuesta de su madre.

Berenice puso los ojos en blanco pero aceptó llevarse al viejo Platko como esclavo. Era evidente que se trataba de una pequeña venganza de su madre por querer abandonar el nido. Bueno, en unos pocos meses cumpliría los diecisiete años, terminaría los estudios, entraría a trabajar en la Guardia de Corps y entonces podría comprar ella misma los esclavos que quisiera.

Berenice se levantó de la cama y puso los pies descalzos sobre la alfombra de cama. Tuvo que sujetarse a la pared porque la cabeza aún se movía a ritmo diferente que su cuerpo.

—A ver, enséñame la documentación donde dice que eres mío — le ordenó a Fabián.

El esclavo, que estaba arrodillado, mostró sus manos, palmas hacia arriba, a la vez que hacía un leve encogimiento de hombros para indicarle que estaba atado a la argolla. Efectivamente, de su collar de esclavitud salía una cadena que estaba atada a una de esas abrazaderas que en las casas se encontraban diseminadas por casi todas las estancias y que tenían por misión atar a ellas a los esclavos.

Berenice tuvo un pequeño flash en su mente. No le era extraño del todo lo que Platko le había dicho: «Esta madrugada mi señora lo ha dejado atado a esa argolla y después de vomitar me ha ordenado que no la molestara en diez años». Tal vez sí era cierto que ella misma lo había traido consigo a casa la pasada madrugada, pero por más que intentaba recordar lo acaecido en aquella contundente orgía en que había devenido la salida nocturna con sus amigas no lograba ordenar sus pensamientos.

Con un paso algo más seguro se acercó a Fabián y desató la cadena de la argolla. El esclavo se desplazó sobre sus rodillas hasta un montón de ropa perteneciente a su ama que se hallaba desperdigada por el suelo y de uno de los bolsillos traseros del pantalón pirata extrajo un pliego de documentos que alcanzó a Berenice.

—¡Hostias, pues parece que eso es lo que dicen los papeles… esta sí es buena!

Fabián se la quedó mirando con cara de bobo. El muchacho se había enamorado desde el primer momento que lo entregaron a esa muchacha que ahora era su dueña.

—No me mires así. Yo no he jugado ni apostado nada porque no puedo. Hasta dentro de un par de meses no seré mayor de edad, por tanto no puedo participar en ese tipo de juegos.

—Me temo que tus amigas lo hicieron por ti, mi ama. Eso sí es legal. Entiendo que no recuerdes gran cosa porque realmente llevabas un pedo de consideración, si me permites que te lo diga, mi señora…

—No te lo permito. Ya te he dicho antes que si tienes ganas de probar el filo de mis tacones sólo tienes que seguir mostrándote insolente — le dijo con severidad Berenice.

En ese momento sonó el móvil de la joven. El timbre del teléfono sonaba fuerte e insistentemente. Berenice se puso a buscar el aparato pero no se hallaba a la vista. Fabián la ayudó. Siguiendo la pista de la estridente tonada fue el esclavo el que sacó el móvil de dentro de una de las botas que Berenice llevaba la noche anterior.

Fabián le tendió el móvil que Berenice tomó con un movimiento brusco.

—¡Hola Bere…!

—¡Claudia!

—Qué, ya has probado el «regalo»? — preguntó Claudia en tono travieso.

—¡Oye, explícame qué coño pasa! ¡El inútil de mi esclavo acaba de despertarme y me encuentro a un tipo encadenado en mi habitación que me dice que se llama no sé qué y que es mío!

—¡Joder Bere… menuda mierda llevabas! No me digas que no recuerdas nada?

—Pues no, nada, tengo encefalograma plano, tía, así que empieza a explicarme — respondió Berenice al tiempo que tomaba asiento en el silloncito de estampado de cretona que tenía en un lado de la estancia, junto a la mesa ratona donde en aquel momento Platko depositaba un humeante plato de huevos fritos con tocino, un enorme vaso de zumo de naranjas recién exprimidas, dos panecillos blancos, un cuadrado de mantequilla, los cubiertos, una pieza de fruta y una taza de café negro que echaba más humo que una chimenea.

Berenice cruzó una pierna sobre la otra y mientras escuchaba atenta las explicaciones de su amiga iba picando trocitos de bacon muy tostado, como le gustaba a ella.

Platko se puso a recoger la ropa de su joven ama diseminada por la habitación, la olía y decidía si echarla al cesto de la ropa sucia o la doblaba primorosamente para guardarla en el amplio vestidor que se encontraba en un extremo de la coqueta pero desordenada habitación.

Cuando terminó de adecentar la alcoba hizo la cama y al terminar su ama seguía pegada al telófono y se limitiba a emitir gruñidos que significaban afirmaciones. Berenice levantó la vista del plato de tocino frito y le hizo una señal con la mano libre a Platko al tiempo que balanceaba la pierna que mantenía cruzada.

El anciano esclavo entendió la orden muda. Con evidente dificultad inició una lenta genuflexión hasta quedar arrodillado delante de la joven. Luego con sus manos deformadas por la artritis provocada por infinidad de castigos en aquellas esclavas extremidades y con una mueca de dolor en su rostro cogió el pie desnudo de su ama y comenzó a masajearlo dificultosa pero eficazmente. Llevaba cincuenta años masajeando pies de mujeres, todas pertenecientes a la familia de los De Arcadia, por lo que la supuesta dificultad que representaban sus deformes manos quedaba ampliamente superada por una técnica depuradísima lograda tras cientos de horas de masajes.

Veinte minutos después Berenice, con cierta expresión de sorpresa en su bonito rostro, cortaba la comunicación del móvil y se acomodaba mejor en el sillón para que su pie siguiera recibiendo el homenaje de aquellas serviles manos.

—Bueno, aclarado. No suelo dar la razón a los esclavos pero en justicia tengo que dártela, Fabián. Efectivamente mis amigas apostaron en mi nombre y te gané.

Fabián se inclinó tanto que tocó el suelo con la cabeza.

—Aparte de dar satisfacción sexual en la cama, qué sabes hacer, esclavo? — le preguntó con la boca llena de pan untado en la cremosa yema de uno de los dos huevos.

—La verdad es que llevo relativamente poco tiempo ejerciendo de esclavo de alcoba, ama Berenice. Antes era un sirviente doméstico más. Supongo que las medidas de mi miembro empujaron a mi antigua ama a darme otra utilidad.

Berenice esbozó una sonrisa malévola.

—Enséñame esos argumentos que convencieron a tu anterior dueña — dijo con una risita nerviosa.

El esclavo se levantó el faldellín blanco y a la vista de Berenice mostró sus atributos. Eran excepcionalmente grandes y Berenice los recibió con una largo silbido de admiración.

—¡Joder! — se le escapó pero enseguida recobró la compostura y le hizo una señal con la mano para que se cubriera.

Sus amigas se habían pasado tres pueblos al regalarle un esclavo de alcoba. Siempre había rehuido las relaciones puramente físicas. Salvo con Platko, a quien incluía en la categoría de animal doméstico, con el resto de hombres se sentía violenta si se hallaba en una situación de evidente tensión sexual. ¿Y qué tipo de relación esperaba tener con un esclavo de alcoba? Berenice se dijo que debía meditar sobre la nueva situación en que se hallaba, pero eso sería después de superar la resaca que seguía martirizándola.

—Es suficiente, Platko, recoge y límpialo todo —le dijo al anciano esclavo apartándolo con el pie— y prepárame el baño.

Platko se levantó del suelo con su irritante lentitud y la siempre colérica Berenice, satisfecha tras haber llenado el estómago, lo miró con lástima. A pesar de que la molestaba depender de un esclavo tan deteriorado no podía evitar sentir algo parecido al afecto por él. Su madre tenía razón cuando le dijo que Platko era como una institución en la familia.

Cuando un esclavo no podía seguir sirviendo a sus amos con eficacia y rapidez solía ser vendido a los desguazadores ambulantes, gente que iba por las casas en busca de deshechos que compraban a bajo precio y después vendían a los propietarios de los circos o bien a los zoos, donde acababan sus miserables vidas divirtiendo al público que pagaba por comprobar la resistencia de estos estropeados y ajados esclavos a los golpes.

Otra solución era llevarlos al matadero de esclavos donde por un precio razonable se encargaban de dar muerte al esclavo. Esta práctica era menos humillante pero también podía ser muy violenta pues el amo podía escoger el tipo de muerte que el esclavo iba a recibir.

La madre de Berenice, se había negado a dar ese triste final al esclavo que había dedicado toda su vida a servir fielmente a su familia y se lo había regalado a Berenice en lo que ésta consideraba una especie de broma pesada.

Más de una vez en estos últimos dos meses, desde que Berenice se independizara, había estado a punto de llamar a uno de esos traficantes de carne ajada para deshacerse de Platko pero a la hora de la verdad no había podido hacerlo. Su tía Hermione, hermana de su madre, con quien tenía una estrecha relación de confianza, le había dicho en más de una ocasión que ellos, los amos, no debían encariñarse con los esclavos pues hacía más difícil deshacerse de ellos.

—Pero cómo puedes evitar cogerles afecto, tía Hermione? — le había respondido ella.

Su tía no le había contestado nunca esa pregunta. Siempre se había limitado a encogerse de hombros, sonreirle mostrando su perfecta dentadura y acariciarle la mejilla con dulzura, pero ni una palabra al respecto de sus dudas.

Berenice permaneció sentada en el sillón de su alcoba mientras Platko acababa de recogerlo todo y preparaba el baño.

Bueno, se dijo meditabunda, y ahora qué se supone que debo hacer con ese? — mirando a Fabián que permanecía de rodillas en el rincón. Me lo llevaré a casa de madre, seguro que le hará gracia saber que tengo mi propio esclavo de alcoba. Ella siempre ha tenido uno, en todo caso me podrá aconsejar.

Se levantó del sillón y se fue al cuarto de baño contiguo. Platko ya había llenado la bañera y estaba comprobando la temperatura del agua introduciendo un codo como había visto hacer a las esclavas nodrizas cuando tenían que bañar a los hijos de sus amos.

—Prefieres que te bañe el nuevo, mi ama? — preguntó el viejo esclavo.

—Hoy no, no… hoy no. Más adelante ya veremos.

Berenice se introdujo en el agua. La temperatura estaba en su justo punto, como siempre. Se sentó en el fondo de la bañera y dejó que el agua le cubriera hasta la barbilla. Después se tapó la nariz —no soportaba que le entrara agua— y se sumergió para que le cubriera totalmente. Mantuvo la respiración cuanto pudo y al final emergió con la boca abierta, tratando de atrapar una bocanada de agua y soltando un largo suspiro después.

Platko miró desolado el suelo. Con el movimiento brusco una gran cantidad de agua se había salido de la bañera y había mojado el suelo. Berenice dejó escapar una risita cuando vio la cara de horror del esclavo pensando que después tendría que recogerla.

—Enjabóname — le ordenó recostando la cabeza en la parte superior de la bañera, cerrando los ojos y sacando las piernas para apoyar los pies en el otro extremo.

A Berenice le gustaba cuando la bañaba Nica, la esclava que había compartido con su hermana pequeña cuando vivía en la casa familiar. Con Nica no tenía problemas de pudor y aunque Platko tuviese la consideración de animal doméstico no dejaba de ser un hombre y una cosa es que la viera pasearse desnuda y a ella no le importara y otra que la tocara toda con sus manos, las piernas, el culo, las tetas y el coñito. ¿Cómo si no iba a lavarla?

Media hora después salió de la bañera. Platko la envolvió con su albornoz y le ciñó la cabellera mojada con una toalla.

—Primero ven a secarme el cabello, después ya recogerás el baño — le dijo a Platko que la siguió hasta la alcoba.

Fabián seguía de rodillas. Berenice pensó que debían dolerle. Al menos llevaba seis horas en aquella postura. Se apiadó del muchacho.

—Debes tener las rodillas hechas polvo. Puedes levantarte para desentumecer. Aprovecha y busca unas botas altas en el vestidor y sácales brillo mientras Platko me seca el pelo.

—Gracias mi señora ama Berenice.

Fabián caminó torpemente por la moqueta de la habitación. Al cabo de un momento tuvo que preguntar.

—Qué botas quieres mi ama? Aquí hay al menos media docena de pares.

—Las marrones de tacón plano… quiero ir cómoda.

—Sí mi ama.

—Que brillen, me gusta que brillen.

—Sí ama.

Así, mientras Platko se ocupaba de secar a mano las densas guedejas de bucles de intenso color azabache, Fabián se sentó en el suelo y se puso a abrillantar las botas de su nueva propietaria.





***



A eso de la una del mediodía Berenice salió de su casita con jardín situada en el lado Norte de la ciudad. Fabián había sido previamente encadenado por los tobillos y las manos esposadas a la espalda. Era un esclavo nuevo y había que tomar precauciones.

Platko se fue a la parte de atrás de la casa unifamiliar y Berenice se sentó en el murete de piedra que marcaba las lindes de su propiedad a esperar, junto a Fabián que permanecía a su lado, de pie, con la cabeza gacha.

—Cuando pueda estar segura de ti serás tú quien se encargue de llevarme. Platko ya no está para esos trotes — le comentó Berenice a su nuevo esclavo, quien se limitó a asentir con la cabeza.

Poco después el ruido de las ruedas al rodar por el camino de grava que daba a la calle precedió a la visión de Platko arrastrando un ligero rickshaw de dos plazas. Berenice ni siquiera se fijó en los resoplidos que hacía el anciano, podía imaginárselos. Cuando el carruaje estuvo estacionado delante de su casa Berenice se subió al asiento y esperó a que Platko atara a Fabián al eje del rickshaw mediante una cadenita corta que pendía de su collar de esclavo.

—Date prisa, viejo inútil, fíjate la hora que es — le recriminó Berenice irritada.

Platko no alteró el ritmo cansino. No era insolencia ni desobediencia, sencillamente no podía hacer más, y de eso la joven era perfectamente consciente, pero no por ello dejaba de zaherirlo con sus pullas.

El carruaje dio un tirón cuando Platko se agarró con toda la fuerza de sus artríticas manos a los palanquines de tiro y echó a andar.

Berenice extrajo de un tubo de aluminio agujereado situado junto a la palanca de frenada situada en el lado derecho del carruaje, una larga y flexible vara de bambú con la que los amos estimulaban las espaldas de sus esclavos de tiro. Con el extremo de la caña dio unos golpecitos suaves sobre uno de los hombros de Platko.

—Espabila, viejo, que quiero llegar a casa de madre antes de que se haga de noche… te recuerdo que voy a comer, no a cenar — le dijo.

Platko tensó cuanto pudo la musculatura de su viejo cuerpo e imprimió algo más de velocidad a su marcha. Fabián tenía algún problema para seguir el rickshaw debido a la escasa movilidad que le proporcionaban los grilletes de los tobillos. Berenice miró hacia su izquierda, donde estaba Fabián y le hizo un gesto con la cabeza para señalarle que no debía rezagarse.

La casa de la familia de Berenice se encontraba al otro extremo de la ciudad, en el barrio alto. Berenice añoraba la pureza del aire que se respiraba en las alturas, cerca de la montaña, pero a su vez estaba encantada con su recién estrenada independencia y su casita junto al mar. Lo peor era que desde que había abandonado el nido materno se había visto privada de las ventajas de tener un amplísimo servicio doméstico esclavo.

No obstante Berenice confiaba en escalar puestos relevantes en su recién iniciada carrera militar. La fiesta de la noche anterior había tenido como objeto celebrar su graduación y en cuanto cumpliese los diecisiete años, cosa que sucedería en un mes y medio, podría acceder a una plaza de Oficial del cuerpo privado de Su Majestad la Reina Deméter, una especie de guardia pretoriana a la que tan sólo podía accederse por vínculos de sangre con la nobleza mayor del Reino.

Claudia, una de sus mejores amigas y artífice principal del regalo de Fabián la noche pasada, ostentaba el cargo de Teniente Oficial de dicho cuerpo y en medio año de servicio ya había recibido tres esclavos para su uso y disfrute como recompensas por sus notables éxitos en el desempeño de su labor.

La Guardia Pretoriana, desde hacía dos años, era la encargada, además de dar protección a la Familia Real, de la custodia, vigilancia, administración y control de los llamados Campos de Transito y Readiestramiento, CTR en lenguaje interno. Las ventajas de trabajar en aquellos campos eran muchas: trabajo descansado, fácil, nada peligroso, daba prestigio, estaba bien pagado, con posibilidades de hacer carrera, en fin, que Berenice ansiaba el momento de dar el salto de alumna en prácticas a miembro oficial de la Guardia de Su Majestad.

Como el trayecto era siempre cuesta arriba y Platko, a mitad del recorrido, se encontraba al límite de sus fuerzas, Berenice notó que el rickshaw perdía velocidad, lo cual la sacó de sus pensamientos.

—Venga gandul, que aún queda lo peor — le animó Berenice con una risita.

Platko sudaba a mares. Berenice se irritó porque veía claro que el viejo esclavo no iba a poder seguir dentro de poco.

—Tú, chico… me parece que no me va a quedar más remedio que empezar a confiar en ti. ¡Párate Platko… Fabián te va a sustituir!

El anciano esclavo detuvo el carruaje y se puso a desenganchar a Fabián y a quitarle las esposas que le mantenían las manos a la espalda.

—Los grilletes de los pies no se los quites, Platko — ordenó Berenice que instalada en el rickshaw seguía atentamente las evoluciones de sus dos esclavos en aquella especie de cambio de guardia — ¡Venga, venga, daros prisa, que se hace tarde!

Fabián se escupió en las manos, se las frotó con energía y asió con fuerza los extremos de los dos palanquines de tiro. Platko se encadenó el mismo a su collar de esclavitud con la cadena que Fabián había dejado libre. El rickshaw arrancó y el cambio de tirador se notó en la velocidad que pronto alcanzó el vehículo.

El sonido de las cadenas de los tobillos hacía el efecto como si Fabián llevase cascabeles. Los ciudadanos adinerados solían tener esclavos especialistas. Los esclavos de tiro solían llevarlos con gran profusión de adornos: plumas en la cabeza, bocados de freno encajados en la boca, orejeras y muchos iban aderezados con campanillas y cascabeles que anunciaban con su sonido el paso de sus amos a los que transportaban.

A medida que se acercaban a su destino la cuesta se empinaba más y Fabián tuvo que hacer un considerable esfuerzo para llegar a la plazoleta frente a la que se encontraba la señorial mansión de los De Arcadia.

Un guardia que reconoció a Berenice se apresuró a abrir la verja y el rickshaw la cruzó para hallarse en un esmerado y cuidado jardín donde varios esclavos se dedicaban a su mantenimiento.

Platko, ya recobrado el resuello tras hacer el tramo más agotador sin tener que tirar del carruaje, se liberó de la cadena y ayudó a Berenice a bajar del rickshaw.

—¡Berenice, Berenice…! — una muchachita de unos catorce años salió corriendo del interior de la mansión y cubrió de un salto los cinco peldaños de la entrada principal.

—Qué tal Julia?

—¡Berenice, hermana, qué alegría! — la jovencita se abrazó a Berenice y saludó a Platko con un fustazo en las corvas — ¡Platko, vejestorio, aún vives, lástima, había apostado con mamá que te ibas a deshacer de él esta misma semana!

—Señorita ama Julia — dijo respetuosamente el esclavo haciendo una profunda inclinación de cabeza a la joven que tanto parecido físico guardaba con su actual dueña.

—¡Joder, Berenice! ¿Quién es ese? ¡Coño, qué apuesto! — exclamó admirada al reparar en Fabián.

—Claudia y las chicas… ayer me dieron una sorpresa y me lo regalaron. Es un esclavo de alcoba — le contó Berenice — ¡Fabián, ven… acércate y saluda al ama Julia, es mi hermana y debes tratarla con el mismo respeto como si fuera yo… arrodíllate y bésale los pies!

—Sí ama Berenice… ama Julia — Fabián pronunció con claridad ambos nombres y se arrodilló ante la adolescente, inclinó la cabeza y posó sus labios, ahora resecos por la deshidratación, sobre los bonitos pies descalzos de la adolescente.

—¡Mmmm… es guapo el condenado…! ¡Yo también quiero un esclavo de alcoba pero mamá no me permite! — dijo enfurruñada Julia, cruzando los brazos bajo sus incipientes pechos.

Julia tocó con su inseparable fusta de equitación la cabeza de Fabián que seguía pegada a sus bonitos pies descalzos para indicarle que estaba satisfecha con la muestra de obligada devoción del esclavo de su hermana.

Julia ladró una orden y dos esclavos acudieron a llevarse el rickshaw de Berenice para limpiarlo y aparcarlo. Ambas hermanas, cogidas del brazo, subieron la pequeña escalinata de la mansión de los De Arcadia seguidas de Platko y Fabián que caminaban tras ellas encorvados tal y como exigían las normas.





***




Leonor de Arcadia, la madre de Berenice, estaba ocupada en el jardín interior de la mansión adiestrando a un pequeño esclavo mascota. La mujer, cerca de la cincuentena, le arrojaba su sandalia y el pequeño partía veloz como un galgo, desplazándose a cuatro patas con gran habilidad, para recuperar el tesoro y regresárselo a los pies de su ama.

—¡Más rápido Tontín, más rápido! — le gritaba la señora de la casa a su nueva mascota infantil — Bubo, toma nota de advertir en la cocina de que no quiero que le den de comer nada sin mi autorización, tiene que estar listo para la carrera del próximo domingo — le dijo al esclavo negro que permanecía arrodillado a su lado para que doña Leonor pudiera apoyar la gordezuela planta de su pie sobre su pelada cabeza.

—Sí ama — respondió con la boca llena de hierbecitas el esclavo.

Bubo era un negro del Senegal que le habían regalado a Leonor cuando ésta no era más que una niña. La madre de Leonor, cuando Buba cumplió los diez años, un par de años menos que su hija, mandó que lo castraran. El eunuco era el más fiel esclavo de Leonor a la que adoraba por encima de todas las cosas.

—¡Mamá! — gritó Berenice al entrar en el jardín — ¿no me digas que tienes otro esclavo?

—¡Hija! ¡Ya era hora, quedamos para comer, no para cenar! — se quejó fálsamente indignada doña Leonor.

—Se llama Tontín, es un esclavo mascota — intervino Julia que llamó al niño que ya regresaba con la sandalia de su madre entre los dientes.

Berenice miró al niño y luego a su madre.

—Y qué quieres que haga si el inútil de Platko es todo el servicio con que cuento… él tiene que limpiar, cocinar, lavar, planchar, atenderme a mí y encima es el esclavo de tiro. Estoy agobiada mamá… ¿Por qué no puedo llevarme a Nica?

—Porque ahora Nica es mía — interrumpió Julia que acariciaba el lomo de Tontín que, tras dejar la sandalia de Leonor en el suelo, se frotaba contra el pie descalzo que mantenía apoyado sobre la cabeza calva del esclavo.

—¡Oh, mamá, no sé porqué me haces eso! Hay chicas que se han independizado y sus padres les mantienen un servicio digno mientras yo tengo que aguantar a ese saco de huesos al que no puedo ni castigar porque si lo hago me queda inservible durante días.

—Ya sabes qué opino de esa moda de las chicas de hoy de independizarse. Quieres independencia? Pues independencia para todo. A ver, dónde está mi viejo Platko? ¡Platko, Platko… ven a saludar a la amita! — dijo doña Leonor que consideraba al viejo esclavo como una institución en la casa.

Platko, que al igual que Buba sentía auténtica devoción por la señora de la casa, hincó sus maltrechas rodillas en el cesped del jardín y se dobló cuanto pudo para besar los pies de doña Leonor.

Platko había nacido esclavo en casa de los De Arcadia y con once años lo responsabilizaron de que a la nueva amita no le sucediera nada. Su misión consistía en vigilarla constantemente y evitar que cayera o se hicera daño. La madre de Leonor, doña Teófila, aleccionó al pequeño Platko con las siguientes palabras: Cada vez que tu ama llore tú llorarás también.. me encargaré personalmente, así que procura que no llore.

Tremenda responsabilidad para un chiquillo tímido y apocado. El pobrecillo vivía en permanente estado de ansiedad y angustia porque la amita Leonor resultó ser una niña muy movida. Por mucho que lo intentara había veces en que le resultaba imposible evitar que la pequeña se cayera de bruces y cuando eso sucedía el llanto atroz de la niña hacía que doña Teófila saliera inmediatamente a ver qué había ocurrido.

De esa época le venía a Platko la artritis crónica que padecía en las manos. La señora, una vez la pequeña se había calmado y dejado de llorar, mandaba a Platko ponerse a cuatro patas en el suelo con ambas manos delante de sus pies y entonces ella se las pisaba metódicamente, se las trituraba con demoledora eficacia con los afilados tacones de sus zapatos.

Cuando Leonor se hizo más mayor comprendió la relación causa efecto entre su llanto y el castigo de Platko y durante un tiempo se dedicó a amargar al muchacho fingiendo llorar cuando su madre estaba cerca.

Pero Platko no le tenía en cuenta a la amita esas triquiñuelas que ideaba para que lo castigasen. Él aceptaba el castigo con imperturbable resignación.

—Te ha hecho mucho daño mamá, Platko? — le preguntaba Leonor alguna vez cuando estaban a solas y el muchacho siempre le decía que no, aunque Leonor sabía que no era verdad.

Leonor había presenciado los castigos que su madre infligía a Platko y era imposible que no le hiciera daño. Además sus manos… ¡Dios, cómo tenía el pobrecillo las manos! Con tan solo veinte años tenía los dedos retorcidos de tantas veces que la señora se los había roto pisándoselos.

Buba soltó un chillido repentino. El eunuco tenía ciertos comportamientos afeminados y era absolutamente refractario al dolor. Cuando recibía un castigo, por liviano que fuese, sus alaridos se oían por toda la casa.

—¿Qué pasa, Buba? — preguntó irritada doña Leonor.

Berenice se había desplazado ligeramente y sin querer había aplastado bajo la suela de su bota la mano del eunuco. La joven ni se preocupó en retirar el pie. Las tres hijas de Leonor habían crecido haciendo gritar al eunuco. Les fascinaba la escasa resistencia que tenía al dolor.

Artemisa, que ya estaba casada y ya era madre, había sido la que más se había ensañado con el asustadizo esclavo de su madre. De pequeña gustaba de clavarle la aguja del pelo o lo quemaba con un cigarrillo que robaba a su padre o a su madre con el único propósito de ver y oír cómo chillaba el esclavo, cómo se retorcía de dolor.

—¡Berenice, deja ya de pisarle! — exclamó fálsamente irritada doña Leonor y al cabo de un momento las tres se echaron a reír.

Después de comer doña Leonor se acomodó en el sofá y llamó a Tontín.

—¡Bajo mis pies, Tontín! — le ordenó.

El chiquillo se arrodilló y descalzó las sandalias de su ama. Leonor levantó los pies lo justo para que el esclavo se deslizara bajo ellos y finalmente posó sus plantas sobre el vientre del niño.

Berenice insistió quejosa sobre la creciente inutilidad de Platko.

—Mamá, Claudia me ha contado que la princesa Diana ha creado un centro para esclavos ancianos. Los cuidan con cierta dignidad y les dan una muerte rápida, no sería un mal final para Platko. Si no hubiera tenido a Fabián hoy no hubiera llegado hasta aquí. A mitad de camino Platko ya no podía con su alma.

—Yo también pienso que se debería hacer algo con el viejo, mamá — intervino Julia que se entretenía tirando al suelo bolitas que hacía con miga de pan para ver a una de las esclavas de la casa recogerlas del piso con la boca.

El anciano esclavo, que permanecía de rodillas al lado del sillón que ocupaba Berenice, al escuchar la conversación que versaba sobre su destino se deslizó hacia el suelo y comenzó a lamer las brillantes botas de su joven ama. Todas escucharon los contenidos sollozos del viejo esclavo.

—No te da pena, Berenice? — dijo su madre al ver la reacción sumisa y entregada del esclavo — lo tienes llorando a tus pies.

—¡Mamá! — se exclamó molesta Berenice — ¿Qué es lo que quieres? ¿Que un día le dé un ataque al corazón mientras me lleva a casa? ¿O que una mañana me despierte y me lo encuentre muerto en la cocina o en el salón? Nadie mantiene esclavos que ya no pueden trabajar. No estoy diciendo de venderlo para el zoo o para esas fiestas que ahora están tan de moda en los prostíbulos… estoy hablando de darle una salida digna.

Platko dejó de lamer las botas de Berenice y reptando lentamente se dirigió hacia donde se hallaba doña Leonor. El esclavo frotó su rostro con insistencia sobre los mullidos pies de su dueña y señora.

—Creo que Platko te quiere pedir algo, mamá — terció Julia.

—Qué quieres, viejo carcamal… — le dijo en tono cariñoso Leonor que levantó uno de los pies del vientre de Tontín y se lo acercó a la cara para que le besara la planta.

—Sé que soy viejo, mi señora ama, que tardo en arrodillarme, que soy lento en hacer mi trabajo, que ya no tengo fuerzas para llevar a la amita Berenice en su calesa… sé que no tengo ningún derecho, pero quiero pedirte una cosa. Un favor en base a toda una vida de servicio leal y fiel a ti a tu madre y a tus hijas.

—Habla.

—Quisiera morir aquí, donde he vivido y servido siempre, pero no quiero esperar la muerte como un perro viejo, me gustaría que fueras tú quien acabara con mi vida. Me gustaría morir bajo tus pies, mi señora Leonor. Por favor, mi señora, no me envíes al matadero de esclavos, ya sea ese tan fino que ha creado su alteza real o bien el sórdido matadero municipal. Deja que muera bajo tus pies.

Las tres, Leonor y sus dos hijas, se quedaron mudas de asombro.

—¡Oh Platko, mi buen Platko… no me pidas eso… no me lo puedes pedir!

El esclavo se quedó tendido en el suelo, con el rostro sobre los pies de su dueña. Julia dejó escapar una risita tonta.

—Sería divertido — dijo la niña — si tú no quieres seguro que a Berenice no le importará hacerle ese favor. Tiene esos zapatos de tacón de aguja con los que podría perforarle la tráquea con pasmosa facilidad.

Berenice fulminó con la mirada a su hermanita pero no le respondió. Sin embargo intentó apoyar la petición del esclavo.

—Sería una manera bonita de poner fin a tantos años de leales servicios, mamá.

—Pues hazlo tú si te resulta tan placentero.

—¡Yo no he dicho que me dé placer! — se revolvió molesta Berenice.

—Yo tampoco he dicho eso. Lo que digo es que eres tú quien quiere librarse de Platko, pues ten agallas y mátalo tú misma.

—¡Él quiere que seas tú quien acabe con su vida, no yo! — siguió defendiéndose Berenice mientras su odiosa hermanita se reía con esa especie de risa de hiena que tanto enfurecía a aquélla.

—Entiendo a Platko, pero no voy a darle muerte. Me llena de orgullo que me pida morir bajo mis pies pero no sería capaz de hacerlo. Lo siento viejo, tu ama no va a concederte esta petición. Mira Berenice, ahora Platko está bajo tu responsabilidad. Si crees que ya no te sirve tienes mi autorización para deshacerte de él. Mañana, o cuando quieras, te lo llevas al matadero de esclavos y pagas bien para que le den una muerte rápida. No se hable más, Berenice.






***





Fabián tiró del rickshaw a la vuelta. El camino era de bajada y no se cansó tanto. Platko iba atado al eje de la calesa y Berenice le lanzaba miradas angustiadas. Ahora que tenía la oportunidad de deshacerse del viejo animal le daba pena, sobre todo después de aquella curiosa petición de morir bajo los pies de la que lo había sido todo en su vida.

Llegaron a la casita de Berenice y Platko ayudó a entrar la calesa. Fabián vio estacionado un descapotable junto al que guardaron la calesa. ¿Para qué se harán llevar en esos cacharros si tienen automóviles de lujo?, pensó Fabián.

Ya aposentada en el salón Berenice llamó al viejo que llegó arrastrando los pies como de costumbre e inició una lenta postración a los pies de su joven ama.

—Enséñale a Fabián todo… a partir de mañana se encargará él de mí. Ya has oído a madre, a primera hora te llevaré al… — Berenice no continuó, la simple mención del horrible lugar al que tenía que llevarlo la avergonzaba.

—Sí señorita ama, así lo haré — dijo con su pausada entonación el anciano que parecía como si en lugar de llevarlo a que lo ejecutaran tuviera que salir de pic-nic.

Berenice siempre maldecía los huesos del viejo esclavo pero ahora se sentía culpable de la decisión de su madre que en realidad lo único que había hecho había sido traspasarle la responsabilidad. Ella sabía que su mamá no quería acabar con la vida de aquel esclavo entrañable pero, pensó, debido a mi terca insistencia al final ha claudicado, soy una miserable.

—Me permite que la descalce, ama Berenice?

—Eh…? Cómo…? Esto… sí… sí claro… sácame las botas — acertó a decir Berenice que se sentía extremadamente ruín.

El viejo esclavo procedió como tantas y tantas veces había hecho en su vida. Daba la impresión de querer despedirse de sus rutinas. Al día siguiente dejaría de ser esclavo para siempre… sencillamente dejaría de existir, única forma de dejar de servir para un esclavo.

Platko descalzó las botas de Berenice y se las llevó para abrillantarlas. Fabián entró en el salón y se acercó a su ama. Berenice estaba como ensimismada, pensativa. Era evidente que no paraba de darle vueltas a la cabeza sobre la terrible decisión que había tomado.

—Puedo hacer algo por ti, mi señora ama? — preguntó Fabián arrodillándose delante del sofá donde Berenice se había recostado, con las piernas recogidas.

La joven miró al esclavo como entre una bruma. Estiró las piernas y le acercó los pies a la cara.

—Puedes besarme los pies, al menos me relajarás.

Fabián tomó los tobillos de su ama entre sus manos y posó los labios delicadamente sobre las suaves plantas de sus pies. Estuvieron un buen rato en silencio. Tan solo se oía el cadencioso cepillar de Platko en la habitación contigua. Fabián acarició con sus labios las yemas de los dedos de los pies de Berenice y tras pasar brevemente la lengua por la parte inferior se decidió a hablar.

Entre los preceptos generales de comportamiento que servían para todos los esclavos estaba el principio general de silencio. El esclavo no podía dirigirse a su amo si éste no le daba permiso o previamente se había dirigido a él. Fabián, como la mayoría de esclavos, sabía que ese precepto no se aplicaba de forma rigurosa y tajante. Muchas veces la situación creada llevaba a algunos esclavos, especialmente en situaciones de cierta intimidad o complicidad, a incumplirlo, sabedores de que sus amos o amas no se lo tendrían en cuenta.

—Perdona mi señora ama… no he podido evitar oirte al entrar…

—Y qué has oído, si puede saberse? — replicó Berenice a la defensiva pero sin reprocharle el incumplimiento del precepto de silencio lo que tácitamente le estaba autorizando a mantener una conversación que terminaría cuando ella lo estimase conveniente.

—Eso de que mañana vas a llevar a Platko a… ni tan siquiera te has atrevido a mencionar el nombre de ese infame lugar, en fin… lo tienes decidido?

—Y a ti qué te importa lo que decida hacer con Platko? No has escuchado a mi madre? Ahora Platko es mi responsabilidad y yo decido qué hacer con él… — replicó con una mezcla de miedo y altivez.

—Perdona mi ama, no pretendo decirte qué debes hacer… sólo te pregunto si estás convencida de lo que le has anunciado y lo hago porque creo que noto que estás sufriendo.

Berenice se incorporó en el sofá. Fabián seguía sujetando sus tobillos y como para pedirle perdón por su atrevimiento retomó la tarea que había interrumpido y se puso a besarle de nuevo los pies.

Por un instante Berenice pensó en abofetear a aquel esclavo al que apenas conocía pero, qué diantres, tenía razón, tenía toda la razón. Aún no lo había llevado al matadero y ya tenía remordimientos. Se dejó caer de espaldas contra el respaldo del sofá y permaneció durante un rato en silencio, enrocada en sus propias contradicciones.

¿Cómo pretendo entrar en la guardia de corps de su majestad la reina si soy incapaz de hacer algo tan sencillo y tan lógico como llevar al matadero a un esclavo que tiene más años que el mundo y que cada vez está más imposibilitado para desempeñar el trabajo que se espera de un esclavo doméstico? Por lo que me ha contado Claudia en los Campos de Readiestramiento tienen lugar ejecuciones y yo no seré capaz de llevarlas a cabo.

Claro que eso es distinto, enteramente distinto. A esos esclavos no los conoceré de nada, ningún lazo afectivo me impedirá cumplir con mi deber, pero con Platko es diferente. Cómo puedo llevarlo al matadero y dejarlo allí sabiendo que acabarán con el esclavo que se ha desvivido durante toda su vida por mamá, por Artemisa, por mí, por Julia y seguiría haciéndolo por nuestros descendientes hasta que quedara un soplo de aliento en su corazón.

—Ama? — dijo Fabián viendo que Berenice se había quedado como ausente.

—¡Ocúpate de tus asuntos, besa mis pies, ese es tu asunto en el que debes ocuparte… y la próxima vez no olvides que no puedes dirigirte a mí si no te autorizo! ¿Entendido?

—Sí señora ama, discúlpame ama. No volverá a suceder.






***





A la mañana siguiente Platko abrió las cortinas de la habitación de Berenice como de costumbre. La joven abrió un ojo y se cubrió con la sábana. Odiaba el momento de levantarse, pero al ver la figura del encorvado anciano recordó lo que se había propuesto hacer.

—Tu baño está preparado, mi señora — murmuró Platko que se había arrodillado junto a la cama de Berenice con sus zapatillas en las manos, dispuesto a ponérselas cuando ella sacara las piernas fuera.

Desayunó en la cocina sin apetito. La figura permanente de Platko haciendo todas las labores de la casa de manera lenta pero efectiva la transtornaba.

—¡Fabián! — llamó Berenice.

El esclavo de alcoba que le habían regalado y que aún no había ejercido como tal se presentó en la cocina y se arrodilló.

—Prepara la calesa. Nos vamos al… a ese sitio que ya sabes — dijo sin volver a atreverse a pronunciar la palabra que le quemaba en los labios.

Platko que estaba de espaldas fregando los platos del desayuno de Berenice se volvió lentamente y por primera vez en su vida osó mirar a una de las amas directamente a los ojos. Berenice apartó la mirada. Podía azotarlo o castigarlo como se le antojara por semejante muestra de insolencia pero no se atrevió.

—Deja ya esto, Platko. Fabián se ocupará a la vuelta. Vamos, es la hora.

—Sí mi ama — respondió lacónicamente el anciano.

Fabián encadenó los tobillos de Platko por orden de Berenice. Era altamente improbable que el anciano intentara huir a su destino pero por si acaso Berencice se aseguró de que no se le pasaba por la cabeza. Platko era un esclavo de probada sumisión pero nadie podía saber qué podía pensar en aquellas circunstancias ni cómo podía reaccionar.

El matadero de esclavos encogió el corazón de Berenice cuando llegaron. Sabía de su existencia y su función pero nunca antes había estado allí. Dos empleados se hicieron cargo de Platko. Berenice no quiso despedirse de él. Se quedó en la calesa hasta que desapareció por uno de los corredores.

La relaciones públicas salió al encuentro de la clienta. Berenice se hizo acompañar por Fabián.

—En la sala de ejecuciones podrá ver la de su esclavo a través de un falso cristal sin que él pueda verla a usted. Mientras lo preparan puede distraerse contemplando la ejecución que tendrá lugar previa a la de su esclavo. Antes de empezar con el suyo vendré a interesarme por los detalles de la ejecución.

—Cómo dice? — preguntó Berenice que todo aquello la superaba.

—Que le preguntaré cómo querrá que lo… en fin, ya me entiende. Puede ser una muerte rápida o por el contrario muy lenta. Depende de usted. Ahora piense en cómo querrá que sea y luego hablamos. Diviértase con el espectáculo que está a punto de comenzar.

La relaciones públicas era una chica joven vestida con elegancia, traje chaqueta verde pálido y zapatos de tacón alto bien lustrados. Despareció con un seguro taconeo y Berenice se acercó al cristal. Los acompañantes del esclavo que iba a ser ejecutado estaban allí. Eran una madre y su hija. La hija debía tener la edad de Julia. Las dos mujeres se sentaron en los asientos destinados a los propietarios y Berenice se colocó detrás, con Fabián a su lado.

Una esclava oriental se arrodilló entre la madre y la hija que la miraron con desdén.

—Puedes besarme los zapatos, Tamako, antes de que comience la ejecución — dijo la señora y su hija se rió como solía hacerlo Julia.

—No te preocupes Tami — dijo la niña — yo te contaré lo que le van haciendo a tu padre — y dejó escapar otra cruel risita.

La esclava se inclinó y comenzó a lamer los zapatos de su ama al tiempo que sollozaba con angustia.

La relaciones pública volvió a entrar en la sala. Se dirigió a las dos mujeres que estaban sentadas delante del falso y cristal y le preguntó a la mayor.

—Desean oír los alaridos?

—Sí, por favor, ya que su hija no podrá verlo al menos que escuche los gritos de su padre.

La eficaz empleada se acercó a un panel de control y activó el sonido del interior de la sala de ejecuciones. Por los altavoces comenzaron a oirse los lamentos del esclavo al que estaban atando. Suplicaba que no le hicieran daño.

Berenice se mareó cuando por el altavoz comenzaron a oírse los espeluznantes alaridos del esclavo cuando le cortaron las manos. Se dio la vuelta y ocultó el rostro en el pecho de Fabián que estaba a su lado. El esclavo estuvo tentado de abrazarla cariñosamente pero se contuvo.

La lenta ejecución duró casi media hora. La esclava llamada Tamako lloraba a lágrima viva pero sin dejar de lamer los zapatos de su señora y de la hija de ésta quien también exigía de aquella atenciones similares mientras no perdía detalle de los tormentos que infligían al esclavo y que se encargaba de narrar a Tamako sin omitir el menor detalle, por escabroso que éste fuera.

Cuando por fin regresó la relaciones públicas para preguntarle a Berenice si había decidido el tipo de muerte con que quería obsequiar a su esclavo, Platko estaba siendo atado en la misma silla que antes ocupara el anterior ejecutado.

—¡He cambiado de opinión, sáquelo de aquí. Me lo llevo a casa. Hoy no va a morir, de eso estoy segura.

La relaciones públicas, muy profesional ella, le dirigió una sonrisa condescendiente. Seguro que no era la primera vez que se enfrentaba a jovencitas que llegado el momento de la verdad no tenían valor para seguir con la ejecución de algún esclavo.

Cuando Platko fue devuelto a Berenice ésta y Fabián estaban fuera. Fabián tenía cogidos los palanquines de la calesa y Berenice esperaba impaciente de pie. Platko casi corrió y se arrojó al suelo. Berenicie se sorprendió de la agilidad del esclavo y casi se sonrió pensando que hasta la fecha probablemente les había tomado el pelo a todos.

Platko besó con auténtica pasión los zapatos de tacón que calzaba su ama mientras le daba las gracias una y otra vez.

—Vale ya Platko, venga, tienes que encadenarte a la calesa. Volvemos a casa.





***





Durante el regreso a la casita de Berenice el sol, que inicialmente estaba escondido por densas nubes que presagiaban lo funesto del día, hizo su aparición saludando la compasiva decisión de la joven. Berenice lanzó varias ojeadas hacia el anciano que seguía la calesa al paso y recibió de éste una oleada de mudo agradecimiento expresada en furtivas miradas.

Pondré a Platko de portero. En el jardín. Sí, eso haré. Le construiré una caseta de vigilante y que permanezca allí de rodillas o tumbado todo el día. Pobrecillo, no merecía una muerte tan horrible. Ni que ésta hubiera sido rápida, por Dios, qué sórdido, reflexionaba Berenice satisfecha de su decisión.

Al llegar a la casa y descender del rickshaw Berenice dio instrucciones a Fabián para que fuese a comprar material para construcciones prefabricadas. Los guardias de la zona donde residía Berenice ya habían tomado nota de que Fabián le pertenecía por lo que el esclavo tendría nulas posibilidades de escapar.

Mientras Fabián construía la caseta de perro para Platko éste preparó para su ama el baño. Berenice permitió, satisfecha, que el anciano le mostrase su gratitud mientras le besaba los pies tras descalzarla.

—No pienses que tu vida, lo que te quede de ella, te va a resultar cómoda y placentera. Te he perdonado la vida pero no para que la disfrutes, entiendes, esclavo?

—Sí señora ama, gracias señora ama — le decía Platko con los ojos acuosos por las lágrimas de la emoción.

—A partir de ahora ejercerás de esclavo perro, pero perro guardián, no como mascota, tú ya no tienes edad para divertir a nadie como mascota. Vivirás en el jardín. Ladrarás cuando alguien cruce la cancela y no volverás a hablar nunca más. Sólo ladridos. Recibirás a las visitas como un buen perro guardián— le dijo Berenice mientras el esclavo, tras el baño, la secaba con primoroso cuidado — y si te pillo alguna vez durmiendo, o simplemente despistado te aseguro que desearás que hoy no te hubiese perdonado la vida.

—¡Wow, wow… wooooooooooow…!

Platko, ya puesto en su papel emitió varios ladridos de agradecimiento, con el último de ellos prolongado, como el ulular de un cachorro que llora. Aquel repentino cambio provocó la primera sonrisa del día en Berenice. El nuevo esclavo custodio, al ver la amplia sonrisa que iluminaba el bello rostro de su joven ama sacó la lengua, jadeó y se puso a lamerle los dedos de los pies.

Berenice se sonrió satisfecha de haber encontrado una nueva utilidad que dar al anciano esclavo.

En el trayecto de regreso desde el matadero de repente recordó que la madre de Lucila, una de sus amigas, había hecho lo mismo con una esclava ya mayor que prácticamente no servía como doméstica a causa de la inutilidad de sus manos retorcidas y destrozadas por miles de castigos anteriores.

La vieja esclava estaba tan agradecida a su dueña por dejar que los últimos días de su vida transcurrieran en la tranquilidad del cometido propio de los esclavos custodios que a pesar de que no había sido nunca instruida como perro se había esforzado tanto que ahora cumplía su función con eficacia y fervor.

Estaba segura de que Platko haría lo mismo. No. Lo haría aún mejor a la vista de su entusiasmo.

Fabián terminó la construcción de la caseta de Platko. La mayoría de casas que podían permitirse tener suficientes esclavos tenían uno que cumplía esa función y en la mayoría de jardines podían verse construcciones como la que Fabián había llevado a cabo, muy parecidas a las típicas casetas para perros.

Platko se instaló en su nueva morada y Berenice, satisfecha con su brillante idea, le ciñó a su collar de esclavitud la cadena de perro que simbolizaba su nueva función.

—Fabián, no debes preparar comida para Platko. Desde hoy tendrás que comprarle comida preparada para perros… esas latas que venden en el supermercado, entendido?

—Sí ama Berenice… comida para perros, no?

—Sí, eso he dicho, te pasa algo? Estás sordo? Tienes algún problema? — Berenice había detectado un cierto tono… como de reproche sin llegar a manifestarlo explícitamente.

Fabián se sonrió pero de inmediato humilló la mirada. Estaban en el jardín donde la joven acababa de instalar a Platko. Berenice, con los brazos en jarras, tenía que levantar la cabeza para mirar al esclavo porque él era bastante más alto que ella, cosa que la enfurecía.

—¡Arrodíllate cuando te estoy riñendo!

Fabián, intentando evitar la sonrisa inclinando más la cabeza, se arrodilló y se quedó erguido, con la barbilla casi tocándole el pecho y mirando los bonitos pies descalzos de su ama.

—¡Esto es increible! ¿A ti quien te ha adiestrado? ¿Es que no sabes que si tu ama te riñe te tienes que arrodillar a cuatro patas por si me apetece pisarte las manos?

—Lo siento, ama Berenice — contestó Fabián haciendo verdaderos esfuerzos por no echarse a reír, y se puso a cuatro patas.

A Fabián le hacía muchísima gracia comprobar que su joven ama era una muchacha más bien desorientada. Pronto corregiría ese pequeño defecto que se debía únicamente a su inexperiencia de la vida, pero en aquellos momentos era obvio que luchaba por imponerse, tal y como seguramente había sido educada, pero cuando una adolescente intentaba poner en práctica lo que había aprendido de niña, salvo raras excepciones, se notaba que le faltaba el empaque y la seguridad que da la experiencia.

Algunas de las hijas de las clases más pudientes solían pasar por esa etapa de desconcierto cuando daban el paso de volar solas, de independizarse de la protección de las madres controladoras y dominantes y a Berenice se le notaba mucho la inseguridad que la embargaba, por mucho que intentara suplirlo con una actitud despótica que no lograba disimular sus dudas e incertidumbres.

Berenice se dio cuenta de que iba descalza. Poco daño iba hacerle así, sobretodo teniendo en cuenta que las manos de Fabián se posaban sobre la mullida alfombra de cesped del jardín. La joven dio un bufido y girando sobre sus talones se marchó hacia el interior de la casa.

Atravesó la puerta corredera del salón que era un gran ventanal y se detuvo.

—Voy a estudiar un rato en mi habitación. Cuando hayas preparado la comida me avisas.

—Sí ama Berenice.

Fabián, que siguió en el suelo a cuatro patas, giró la cabeza y miró al viejo Platko que ya se había estirado en el suelo, con más de la mitad de su cuerpo dentro de la caseta y apoyando el peso de su cuerpo y cabeza erguidos sobre los codos y los antebrazos, atento a su nueva función en la vida. Fabián le guiñó un ojo y Platko dio un ladrido.






***





Fabián se sentía extraño. Había sido regalado como objeto meramente sexual. Muchas mujeres tenían un esclavo de alcoba y normalmente los usaban para que les dieran placer. Muchas se limitaban a juguetear con los, normalmente grandes, atributos sexuales de este tipo de esclavo, pero Berenice lo obviaba absolutamente en ese aspecto.

Suerte que durante años he sido esclavo doméstico, de lo contrario ahora tendría un serio problema, se dijo mientras preparaba una ensalada y unos espaguetti para Berenice.

Como una perfecta doncella Fabián preparó la mesa del comedor y fue a avisar a su ama que estudiaba en su habitación.

—Su comida está lista, ama Berenice — susurró Fabián desde la puerta.

Berenice levantó la mirada del libro y miró al esclavo. Hay que reconocer que es guapo, se dijo como si hasta el momento no se hubiera percatado de ello.

Hasta cierto punto era normal. Cuando lo vio por primera vez, el día anterior, fue tras despertar de una resaca monumental. Luego la mente de Berenice no había parado de ocuparse del problema de Platko. Primero para convencerse que hacía lo correcto llevándolo al matadero y después buscando una salida airosa a su evidente fragilidad a la hora de la verdad.

Ahora, relajada tras encontrar acomodo para el anciano esclavo que justificara el que lo siguiera conservando a su servicio, por fin podía reparar en aquel esclavo que en realidad le había caído del cielo. De hecho, desde el mismo momento que se convenció de que el muchacho era suyo y no fruto de un mal sueño, precipitó el plan de dar salida al pobre Platko.

—Ven a calzarme — le ordenó después de estar un rato mirándolo, tiempo que para Fabián se hizo eterno y que lo obligó a mostrarse sumiso, aguardando su respuesta con la cabeza gacha.

Fabián cruzó la estancia hasta el pequeño escritorio que Berenice usaba para estudiar y ante el que se hallaba sentada con una pierna cruzada. Llevaba una bata de seda casi transparente y corta que dejaba a la vista sus espléndidas piernas. En el suelo descansaban sus escarpines negros, como una bailarinas pero con un poquito más de tacón, calzado que solía usar en casa.

Fabián se arrodilló y tomó en su mano uno de los zapatos y en la otra cogió por el tobillo el pie de la pierna cruzada de su ama. Demoró unos instantes. Berenice lo observaba en silencio. Fabián levantó el delicado pie al tiempo que inclinaba la cabeza y posó sus labios brevemente sobre los deditos de uñas recortadas y sin esmaltar de Berenice. Luego le acomodó el zapato.

A Berenice le gustó que le besara el pie sin tener que decírselo. Era una muestra de servilismo que agradaba a cualquier amo. Después de que le calzara el otro escarpín, Berenice se levantó y se dirigió al salón comedor. Tomó asiento a la mesa y contempló con satisfacción que estaba perfectamente compuesta.

Con una señal de los ojos le ordenó que la sirviera. Fabián se movía sigiloso alrededor de su ama proporcionándole todo lo que necesitaba. Luego se retiró tras la silla.

—Ponte enfrente. No me gusta hablar y no verle la cara a mi interlocutor — le dijo Berenice con la boca llena.

Fabián obedeció y se colocó, no exactamente delante, más bien a un lado para poder seguir sirviendo a su dueña y satisfacer su capricho de verle mientras comía.

—Estos spaguetti están de muerte, dónde has aprendido a cocinar? Y a componer una mesa como si fueses una doncella de salón, y te apañas bien con mis prendas… y tienes la cocina impecable — dijo Berenice realmente impresionada — no me habías dicho que eras esclavo de alcoba?

—Esa fue mi última función, mi señora, pero como ya te dije ayer, sólo llevaba un par de meses como esclavo sexual. Hasta ese momento había hecho de simple criado.

—Y por qué se desprendió tu ama de una joya como tú?

—Soy un esclavo, no le pregunté a mi ama porqué me vendía.

Ante aquella impertinente respuesta del esclavo Berenice reaccionó arrojando el tenedor al suelo y mirando con mal disimulado enojo al esclavo le dijo:

—Pues mejor que no olvides que eres un esclavo. No vuelvas a responderme con insolencia o probarás los tacones de mis zapatos — le dijo visiblemente enojada Berenice.

—No lo olvidaré, mi…

—¡Al suelo, a cuatro patas! — le interrumpió Berencie a gritos — ¿No te he dicho antes que cuando te estoy riñendo te quiero a cuatro patas? ¡Es el mismo error de antes! ¡Cuando me despiertes de mi siesta recuérdame que tengo que castigarte!

Fabián se arrojó al suelo inmediatamente y permaneció silencioso. El brillante tenedor estaba en el suelo. El esclavo sabía que debía recogerlo, cambiárselo por uno limpio y limpiar los restos de comida que habían manchado el piso, pero en aquel momento tenía que permanecer allí, como un niño, mostrando temor y respeto.

—No te quedes ahí como un pasmarote. Tráeme un tenedor limpio y recoge todo esto.

Fabián iba a levantarse cuando oyó de nuevo la voz enojada de su joven ama.

—¡No te levantes! ¡Ve de rodillas!

El esclavo hizo lo que se le ordenaba. Se desplazó a cuatro patas. Le puso un tenedor limpio, recogió del suelo el que Berenice había arrojado, fue a la cocina y regresó con un paño. Limpió el suelo y volvió de nuevo a la cocina. Lo hizo todo desplazándose sobre sus rodillas. Al final regresó al comedor y se quedó a cuatro patas junto a su ama que siguió comiendo en silencio.

—Sírveme más vino — fue la única orden que le dio y después el esclavo volvió a su posición de postración.

Fabián se dijo que no debía menospreciar a su joven ama. Era una muchacha insegura, pero tenía mucho carácter. Era la típica niña bien acostumbrada a humillar a los esclavos de su casa.

Era muy típico aplicar pequeñas humillaciones a los esclavos a modo de castigo, como hacerlos ir de rodillas. De hecho Berenice había reaccionado, ante lo que ella había considerado una provocación por parte de Fabián, haciendo lo que había visto hacer en su casa cuando era niña.

Berenice repetía con fidelidad lo que había aprendido de su madre y de su hermana mayor. Hacer que una esclava torpe tuviera que pasarse el resto del día yendo a todas partes a cuatro patas era algo habitual.

—Tomaré el café en la terraza — le dijo Berenice mientras se levantaba de la mesa.

Fabián dudó un momento. ¿Podía levantarse para hacer lo que le había ordenado? Berenice no se quedó para sacarlo de dudas. El esclavo decidió que sí podía, así que cuando quedó solo se levantó del suelo, recogió el servicio y dejó en la cocina los platos sucios. Ya fregaría después. Le preparó un café y se lo llevó en bandeja a la terraza. Berenice se había acomodado en un sillón de mimbre, junto a una mesita redonda. Fabián le sirvió el café.

—Vuelve a arrodillarte… aquí delante — le ordenó Berenice, ahora sin mostrarse enfadada, y le señaló el suelo delante de sus pies con un gesto displicente del mentón.

Berenice se andaba preguntando cómo castigaría a Fabián. De momento que siguiera de rodillas, así aprendería.

Cuando Fabián volvió a hincar las rodillas en el suelo ella se desprendió de sus zapatos y levantando las piernas le apoyó los talones en sus hombros. Usarlo para descansar los pies tenía una doble función: su comodidad y una humillación añadida para el esclavo.

Fabián mantuvo la mirada baja. Para él resultaba evidente que lo estaba humillando. Si tuviese muchos esclavos habría alguno dedicado a ese menester pero en su caso él era el único esclavo. Con un montón de cosas por hacer, si lo mantenía allí era con el único objeto de vejarlo.

Berenice parecía relajada. La tensión que se había generado durante la comida, cuando su ama se había enfadado por una respuesta de él y se había olvidado de arrodillarse mientras le reconvenía, parecía haberse esfumado. Pendía sobre la cabeza del esclavo un castigo que su ama decidiría tras su siesta, pero a Fabián le daba la impresión de que su dueña estaba ahora muy tranquila.

Berenice se tomó su café a sorbitos. Mientras lo hacía vio la nueva caseta de Platko. Se sintió satisfecha de la decisión que había tomado. De hecho aquella construcción añadía prestigio a su nuevo hogar. En aquel barrio marinero no se veían muchas casetas para esclavos custodios, lo que conllevaba que la gente que pasara por delante de su jardín se detuviera brevemente a contemplar un aditamento propio de los barrios donde vivía la clase más pudiente y adinerada.

Platko permanecía alerta. Estaba echado sobre el suelo de cesped pero se le veía atento. Berenice lo llamó.

—¡Platko, ven aquí!

El viejo esclavo se puso tenso de inmediato al oír la voz de su adorada ama. Se puso en cuatro patas y se desplazó por el jardín hasta llegar a la terraza que se encontraba bajo cubierta. La cadena de perro que lo mantenía atado era lo suficientemente larga como para permitirle desplazamientos largos como el que acababa de realizar.

—¿Cómo te sientes en tu nueva función? — le preguntó.

Platko ladró varias veces, ladridos cortos y alegres que hicieron reír a Berenice.

—¡Jajajaja…! ¡Parece que lo hayas hecho toda la vida! — y dirigiéndose a Fabián le ordenó —: ¡Tú, ponte a cuatro patas!

Berenice, con las piernas extendidas, cruzó los pies sobre la espalda de Fabián  y se dirigió de nuevo al viejo esclavo:

—Venga Platko, puedes besarme los pies, que sé que te gusta…

El viejo acercó su cara a las plantas de los pies de su ama y las hociqueó, las olisqueó como haría un perro y después las lamió.

Menuda capacidad de adaptación que tiene el anciano, se dijo a sí misma Berenice, sorprendida y admirada por lo rápido que había asumido Platko el nuevo rol que le había concedido. Creo que me está profundamente agradecido porque le he perdonado la vida.

Berenice movía ligeramente los pies para que Platko pudiera rendirle el homenaje que se merecía. Dejó que el anciano retozara un buen rato a sus pies emitiendo largos y quedos aullidos, como haría un auténtico perro satisfecho.

—Puedes volver a tu puesto, Platko — le dijo empujándole suavemente la cara con la planta de uno de sus pies.

Luego dio con ese mismo pie un par de suaves golpecitos con el talón en la cabeza inclinada de Fabián que seguía a cuatro patas. El esclavo interpretó los golpes como que quería que volviera a erguirse sobre sus rodillas. Lo hizo y Berenice volvió a acomodar sus pies apoyandole los talones en los hombros.

—De alguna manera Platko te debe la vida — le dijo Berenice.

Fabián, escarmentado por las dos veces que había contestado a su ama ganándose en ambas sendas rerpimendas y en la última un castigo aún por definir, se limitó a asentir con la cabeza y musitar un apenas perceptible «si mi señora ama».

A Berenice le hizo gracia la prudencia que adoptaba ahora Fabián. Se dijo que las regañinas, las humillaciones y el temor al castigo que aún no había decidido, habían empezado a domeñar el aparentemente espíritu contestatario de su nuevo esclavo.

En el fondo le gustaba que Fabián le provocase. Siempre había estado rodeada de esclavos temerosos y encontraba que la sutil impertinencia de Fabián le suponía una diversión añadida por lo que de reto le suponía.

Berenice era consciente de que con las piernas extendidas mostraba al esclavo hasta más hallá de sus muslos, justo hasta la hendidura de su entrepierna. De repente tomó conciencia de que era un esclavo sexual y el pudor que había experimentado el día anterior cuando lo vio por primera vez al despertar ahora no existía.

—Esta mañana estaba decidida a deshacerme de él pero después he pensado que teniéndote a ti como esclavo doméstico bien podía darle la oportunidad de una función más acorde con su edad. Además, tener un esclavo custodio de la casa da prestigio, no crees?

Fabián volvió a asentir con la cabeza que mantenía gacha aunque de manera furtiva daba rápidas ojeadas a la entrepierna de su ama que se le aparecía ante la vista.

—Además seguro que a Platko le gusta su nuevo puesto. Hacer de perro siempre le ha gustado. Mamá le permitía que durmiera a sus pies y Platko parecía feliz. Luego supe que se excita besando y oliendo los pies de las mujeres. Te has fijado cómo jadeaba ahora cuando le he permitido que me besara los pies? Seguro que se le ha puesto dura la polla.

Berenice movió uno de los pies que mantenía en el hombro de Fabián y acercó la planta a su rostro. Instintivamente la muchacha miró hacia la entrepierna del esclavo para ver su reacción genital. De un tiempo a esta parte había descubierto algunas cosas relativas al sexo, como por ejemplo que entre los esclavos era bastante común que se excitaran con los pies de sus amas.

Fabián reaccionó posando sus labios en la suave planta del pie de su ama al tiempo que mentalmente se esforzaba por contener su excitación. Él, como muchos otros esclavos nacidos en cautividad, sufría de esa misma desviación de su sexualidad, de la cual, debido a su etiqueta de esclavo sexual, se avergonzaba.

Berenice se fijó con gran interés en la entrepierna del esclavo cuando le acercó el pie a la cara. Le pareció que la fina tela del faldellín se había movido. Soltó una carcajada seca y echó la cabeza hacia atrás.

—¡Jajaja…! ¿No me digas que tú también…? — no terminó la pregunta y le apoyó las yemas de los dedos del pie sobre los labios.

Fabián los besó delicadamente pero no contestó.

—No tienes que hablarme si yo no te pregunto pero cuando yo te hablo tienes que contestarme — le dijo seriamente.

—Sí mi ama.

Berenice dejó el tema de la supuesta sexualidad desviada de Fabián. Ya tendría tiempo de verificarlo.

—Por qué te vendió tu ama?

Berenice se retrepó un poco en el sillón de mimbre y cruzó un pie sobre el otro de manera que ambos se apoyaban ahora en un solo hombro del esclavo.

—No me lo dijo, mi señora.

—Pero te amenazó alguna vez? Hiciste algo que la disgustara? Ya sé, seguro que se cansó de un esclavo listillo que da respuestas impertinentes, fue eso, no?

—No lo sé, mi señora. Siempre intenté complacer a mi dueña.

—Pero tendrás alguna impresión, seguro que en tu fuero interno sabes o te imaginas el motivo de que se deshiciera de ti.

—La verdad es que sí, pero eso pertenece al ámbito de mis sentimientos.

—Qué significa eso de que pertenece al ámbito de mis sentimientos? ¡Será posible!

—No puedo hablar mal de mi antigua ama, mi señora.

—Ni yo te pido que lo hagas.

Los dos quedaron un rato en silencio. Fabián seguía buscando mirar a escondidas la bonita raja que se insinuaba entre los muslos asequibles a su mirada.

—Si mi señora ama me lo permite y no me necesita tengo la cocina por limpiar.

Berenice lo miró sorprendida. Pero reaccionó rápidamente.

—Tu trabajo lo harás cuando no te necesite. Tienes todo el tiempo del mundo para trabajar. Cuando yo duerma puedes ponerte a fregar y limpiar la cocina. Ahora te necesito aquí, tal y como estás, de rodillas. Bésame los pies. Me gusta que me besen los pies. Y mientras lo haces quiero que me hables de tu antigua ama. Venga, empieza ya — le dijo plantándole la planta del pie sobre los labios.

Fabián sostuvo entre sus manos el pie de Berenice sujetándolo por el tobillo y mientras le iba besando la planta y los dedos comenzó a hablar.

—Mi ama era una mujer muy hermosa. Pertenecía a una familia muy adinerada. Cuando ella tenía seis años su madre le regaló una esclava de su edad para que la entretuviera y de paso la sirviera. Mi ama y su esclava crecieron juntas y se hicieron muy amigas… todo lo amigas que pueden ser un ama y su esclava, claro — puntualizó Fabián sin dejar de acariciar con sus labios las plantas de los pies de Berenice.

»Mi ama le decía constantemente a su esclava que la quería mucho y que nunca le haría daño. La esclava no entendía que su ama permitiera que a menudo la llevaran a los aposentos del amo, el padre de su ama, para que éste la violara. Mi ama, por su parte, no entendía que su esclava se quejara del privilegio que suponía ser elegida para dar placer al amo. La esclava le recordaba lo que le había prometido, que nunca le haría daño y mi ama le respondía que no se lo hacía.

»Un día, cuando la esclava ya había cumplido dieciséis años, descubrió que estaba preñada. Sólo podía ser del amo, algo habitual en todas las casas con esclavos. Mi ama se puso muy contenta por la noticia. Su esclava le iba a dar un esclavo. Y nací yo, a quien mi ama puso el nombre de Fabián. Mi madre, una vez preñada dejó de ser llevada a los aposentos del amo quien ya había seleccionado a otra niña para aliviarse con ella.

»La madre de mi ama conocía el vicio de su marido para con las esclavas jovencitas de la casa y aunque a él no le reprochaba nada luego se vengaba con las pobres esclavas, a las que una vez que el amo perdía interés las hacía pasar un infierno en vida a base de hacerlas trabajar hasta reventar, de castigarlas constantemente y de portarse cruelmente con sus pequeños bastardos. Como que el amo se desentendía absoluta y totalmente de los pequeños que traían al mundo las esclavas con las que él se aliviaba, la gran señora los usaba para martirizar a sus madres.

»Tanto mi madre como yo tuvimos la suerte de pertenecer a mi ama. De este modo la gran señora no pudo hacernos lo que hacía con otras esclavas que se encontraban en la misma situación de mi madre. La gran señora, la mamá de mi ama, dejaba que las concubinas se encariñaran con sus hijos y cuando estos tenían edad de trabajar, sobre los cuatro o cinco años, los vendía para terminar su venganza sobre las pobres esclavas.

»Recuerdo con gran angustia los desgarradores llantos de las esclavas a las que la gran señora vendía sus hijos. Yo vivía permanentemente aterrorizado pensando que un día me llamaría la gran señora y me vendería a otra ama y me separaría de madre, pero mi ama me decía que no debía tener miedo, que ella nunca me vendería. Y cumplió su palabra hasta hace un par de meses. Creo que fue por celos. Mi ama tenía a mi madre no sólo como esclava sino como amante. Mi ama siempre había sido muy exigente con ella en ese aspecto y mi madre aquejada de una enfermedad incurable no podía seguir su ritmo.

»Al principio mi ama era comprensiva y cuando descubrió que yo estaba bien armado me puso a su servicio como esclavo sexual. A mamá le dolía mucho ver cómo tenía que dar placer a nuestra ama y el caso es que ella, el ama, no acababa de disfrutar conmigo por que es una lesbiana de las auténticas. Ella sólo disfruta con otras hembras.

»La paciencia de mi ama se agotó y exigió de madre que volviera a mostrarse sexualmente activa con ella. Madre lo intentó pero cuando estaba lamiendo al ama entre las piernas le entraban arcadas que no podía evitar. Mi ama se enfurecía, como si mi madre lo hiciera expresamente, y aunque mamá le decía que era a causa de esa rara enfermedad ella no se avenía a razones. Al principio la amenazaba con castigarme a mí si volvía a interrumpir su dedicación sexual por las nauseas. Yo sufría mucho viendo a mamá contenerse como podía sin que el ama se mostrara clemente con ella.

»Entonces mi ama concibió un plan. Me ordenó que poseyera a mi madre. Lo hice durante un mes cada día varias veces. Mamá se tenía que poner a cuatro patas ante nuestra ama y mientras le besaba los pies yo la tenía que violar. Como que mi madre aún era fértil al final la preñé. Desde ese momento pude dejar de violar a mi madre.

»Cuando nació mi hermanita nuestra ama decidió quedarse a la niña para ella, venderme a mí para castigar a madre y antes aún de que se me llevaran supe que mi ama había llevado a mamá al matadero de esclavos, el lugar al que hemos ido hoy con Platko.

»Me enteré de que mi ama había dado a madre una muerte rápida en virtud de los muchos años que la había servido fielmente. Luego le puso una nodriza a mi hermanita para que la amamantara. Mi señora piensa usar a Marilyn, ese es el nombre que le puso a mi hermanita, primero como mascota, después, cuando tenga unos seis años, como sirvienta personal y cuando alcance la pubertad espera que le dé placer de mujer.

El silencio se hizo denso cuando Fabián terminó su largo relato. Berenice estaba acongojada. Fabián la miró mientras seguía dando pequeños besos a las plantas de sus pies y vio que tenía los ojos anegados de lágrimas.

Qué triste, pobrecillo, qué vida más injusta la de su madre, e incluso la de él. Berenice se secó las lágrimas de los ojos con el dorso de la mano e inspiró un par de veces con fuerza para evitar un sollozo.

Había sido educada para no sentir piedad por los esclavos pero lo cierto era que la historia triste de Fabián y su madre la había conmovido hasta la médula. Buscó decir algo, unas palabras de consuelo para el esclavo, pero ni sabía cuales ni parecía decoroso que le mostrara su turbación. Decidió comentar el tema de la venta de los hijos bastardos de las esclavas. Sabía que era un recurso ancestral que usaban las amas que se sentían ultrajadas por el ardor sexual de sus esposos con las esclavas.

—Conoces la leyenda de la señora Von Banner?

—No mi señora — respondió Fabián sin dejar de pasar sus labios por las yemas de los dedos de los pies de su dueña.

—Lo que hacía la mamá de tu ama, esa a la que llamabas la gran señora, me ha recordado mucho a la leyenda de la señora Von Banner. Mi madre nos la contaba a mis hermanas y a mí cuando éramos pequeñas y lo hacía en presencia de las esclavas domésticas de la casa. Recuerdo que cuando mamá terminaba de contarnos la historia nuestras esclavas acababan llorando y postradas de rodillas ante nosotras nos juraban que serían obedientes y buenas esclavas.

Berenice sonrió al evocar aquellos recuerdos de infancia. Fabián la miró intrigado.

—Y qué dice esa leyenda de la señora Von Banner que tanto miedo causaba en vuestras esclavas, ama?

—La señora Von Banner era la esposa de un conde alemán en  Zimbawe, en el África Austral. Eso sucedió hace cientos de años, en el siglo XIX. Los alemanes habían colonizado ese país y hecho esclavos a los negros. El conde era el terrateniente más importante de la zona y poseía cientos de esclavos. Entre el personal de servicio que no era esclavo había una muchacha muy hermosa que trabajaba como lavandera y criada de la condesa. La señora condesa tenía la salud muy delicada y murió siendo muy joven, sin dejar hijos al conde. Éste decidió buscar esposa para asegurarse la descendencia pero no había muchas mujeres nobles en Zimbawe debido a que los negros eran muy belicosos y la seguridad era mínima para los colonos.

»Un día el conde Von Banner se fijó en la que había sido criada de su esposa, la joven Verónica, que en ese entonces contaba catorce años de edad. El conde quedó cautivado por la sencilla belleza de la lavandera y decidió que ella sería la madre de sus hijos. Le propuso hacerla su esposa y lógicamente la muchacha aceptó encantada.

»Durante los primeros años el conde, hombre de una gran potencia sexual que había engendrado multitud de bastardos con sus esclavas en vida de la difunta condesa, sólo tuvo ojos para la dulce Verónica. La nueva condesa le dio cuatro hijos en dos años, dos camadas de gemelos dos niños y dos niñas, con lo que su papel principal ya había sido cumplido y con creces. Lo que ocurre con los hombres, que se cansan de una misma mujer, acabó por sucederle al enamorado conde. La dulce Verónica por su parte dejó de ser la hermosa muchacha que había cautivado el corazón del conde y éste volvió a sus correrías sexuales con las esclavas de su plantación.

»Pero la dulce Verónica demostró que de dulce ya no le quedaba nada. Amenazó a su esposo con abandonarlo si seguía fornicando con las negras, a lo que el conde le respondió que ya sabía dónde se hallaba la puerta. Evidentemente la nueva condesa no iba a perder su nueva y privilegiada posición en esta vida por unas cuantas esclavas y decidió adoptar otra táctica. Dejó que su esposo gozara con las negras que le diese la gana pero le exigió que los bastardos que nacieran de sus relaciones pasaran a ser de su exclusiva propiedad. El conde reconoció que era una petición justa y de este modo evitaba el escándalo de un abandono de hogar que siempre sería algo engorroso e incómodo de lidiar. Además, el conde no sentía nada por aquellos hijos con que iba incrementando su capital de esclavos… si a su mujer le complacía quedarse con ellos que lo hiciera y le dejara gozar de las madres, se planteó el conde.

»Ella sabía que él se cansaría pronto de la favorita del momento, máxime cuando tenía tanto ganado humano a su disposición y además estaba convencida de que en el momento en que quedaran preñadas se buscaría carne nueva. Efectivamente, cuando la favorita quedaba preñada el conde dejaba de interesarse por ella y se buscaba una sustituta, más joven y a poder ser virgen. En ese momento empezaba la venganza de la cruel Verónica que tomaba a su servicio a la «reina» destituida.

»Verónica Von Banner gozaba humillando a las negras que iban cayendo en sus garras, las martirizaba de manera cruel pero cuidando de que no perdieran la criatura. Después dejaba que la madre tuviera al niño y permitía que lo tuviera con ella hasta que el pequeño alcanzaba los cuatro o cinco años de edad. Entonces la condesa Von Banner asestaba el golpe final de su venganza. Cuando más unidos estaban madre e hijo, ella, como propietaria del niño, sencillamente lo vendía a los traficantes de esclavos.

»El dolor de las madres era tan grande que muchas se suicidaron, pero eso no hizo a Verónica Von Banner replantearse su procedimiento extremadamente cruel de castigar a las antiguas concubinas de su esposo. Tenían excedentes de esclavos y no le importaba perder algunas hembras transidas de dolor por la separación cruel de sus hijos.

»Al conde no le importaba lo que su esposa hiciera con las concubinas que él ya había dejado de lado y menos aún lo que hiciera con los pequeños bastardos. Al contrario. En su vejez dicen que le divertía ver a su esposa castigar tanto a las madres como a los hijos.

»Como que el conde era treinta años mayor que la condesa llegó un día que lo encontraron muerto en la cama de su última adquisición, una niña recién entrada en la pubertad. Todo, tierras, plantación, casas y esclavos pasó a manos de su esposa, porque los cuatro hijos eran pequeños.

»Desde ese momento Verónica Von Banner se convirtió en la vívida representación del mal. Llegó a creerse reencarnación de una divinidad de los propios negros, se hacía adorar como una diosa, implantó un reinado de terror nunca visto. Había llegado a odiar tanto a las concubinas de su esposo que desarrolló una aversión tan grande contra todas las hembras que se abasteció de un haren de esclavas a las que hacía castigar por la más leve nimiedad.

»Se dice que andaba entre sus esclavas calzada con unos zapatos de afilado tacón y si alguna cometía el crimen de mirarla a los ojos se los vaciaba pisándoselos con sus tacones. Hacía violar a diario a las hembras más jóvenes para que quedaran preñadas y obtenía su máximo placer cuando vendía a sus hijos pocos años después.

»Dicen que murió siendo muy anciana y hasta el día de su muerte estuvo impartiendo espantosas torturas a las hembras y a sus vástagos y que se regodeaba con sus alaridos hasta obtener placer sexual. Ha quedado su nombre como una horrible leyenda. Ahora, cuando alguien vende al hijo de una esclava como medio de castigo se dice que se porta como la Von Banner.

Fabián quedó horrorizado por aquella leyenda que tenía visos de realidad. Fabián sabía que la esclavitud, ese sistema por el que un hombre es propietario de otro, lleva en su seno el germen de las mayores atrocidades que la mente humana pueda llegar a diseñar.

Berenice no hizo la siesta esa tarde, y tampoco castigó a Fabián tal y como le había anunciado a la hora de la comida.





***





Hacía un mes que Fabián era propiedad de Berenice y aún no lo había usado para aquello que le fue regalado. Fabián se portaba como un criado eficaz y solícito pero seguía mostrando una cierta actitud irónica que si bien agradaba a su ama en ocasiones la sacaba de quicio. No obstante aún no había castigado ni una sola vez a su nuevo esclavo.

Platko se había adaptado perfectamente a su nuevo papel de esclavo perro o esclavo custodio del hogar de su ama y ejercía con mucha dignidad su papel. No había vuelto a pronunciar una sola palabra desde que Berenice le dijera que a partir de aquel momento sólo podría emplear ladridos para comunicarse  con ella y con quien se dirigiese a él.

Aquella mañana llegó un rickshaw a la casita de Berenice a quien los ladridos de Platko advirtieron de una presencia no esperada. Berenice estaba en el salón, tumbada en el sofá y cambiando canales con el mando de la televisión, aburrida porque no hacían nada de su agrado mientras Fabián pulía la plata.

—¡Fabián, ve a ver qué le pasa a Platko! ¡Está ladrando como si le acabara de pisar con mis tacones!

Fabián no tuvo tiempo de salir al jardín. Se detuvo a medio camino y se dejó caer de rodillas postrando la cabeza en el suelo. Berenice miró hacia la puerta y soltó un grito de alegría.

—¡Claudia! ¡Claudia! ¡Cuánto tiempo, amor mío! — se levantó y pasó por encima del cuerpo postrado de Fabián para abrazarse a su amiga del alma.

Las dos jóvenes se besaron y rieron como hacían siempre que se encontraban. Era como si ambas necesitaran la una de la otra para seguir viviendo, o eso parecía a tenor de los aspavientos, alharacas y carantoñas que se dedicaban mutuamente.

—Ese de ahí es el esclavo que te conseguimos el día de la juerga? — preguntó Claudia mirando al postrado Fabián.

—Sí Claudia, ese es. Gracias por todo, me salvásteis la vida, necesitaba un esclavo como agua de mayo, Platko ya no daba para más, pobrecillo.

—Por lo que veo le has perdonado la vida. ¿No decías que tenías en mente deshacerte de él el día que consiguieras un nuevo esclavo?

—Es cierto, eso decía, pero al final no tuve valor. Lo llevé al matadero de esclavos pero cuando iban a acabar con él me desdije y me volví a casa trayéndolo conmigo. Al final lo he reconvertido en custodio y creo que tomé una buena decisión.

—Y que tal ese? — señaló a Fabián, que seguía con la cabeza pegada al suelo y el culo en pompa, con un gesto del mentón — ya lo has probado? Nos aseguraron que era un portento.

Berenice no pudo evitar sonrojarse como una colegiala. Negó nerviosa con la cabeza.

—No, no lo he usado aún como esclavo sexual… de hecho está supliendo a Platko y lo hace a las mil maravillas. Más adelante, tal vez, bueno, seguro que más adelante lo probaré — se libró Berenice de aquel tema al que temía enfrentarse.

Al contrario que la mayoría de jóvenes de la clase alta que tenían esclavos que les proporcionaban alivio sexual, Berenice en este tema se mostraba altamente insegura. No había gozado de miembro viril en su vida y sólo pensar en ello le producía ansiedad. El sexo era para ella un tema tabú y se decía que debía darse tiempo.

—Lo vas a tener todo el tiempo postrado? — dijo Claudia mirando la figura arrodillada del esclavo.

—¡Oh, que tonta soy! ¡Fabián… ven a besar los pies del ama Claudia, rápido! — le ordenó Berenice muy puesta en su papel de anfitriona.

El esclavo levantó lentamente la cabeza y se quedó en cuatro patas. Se desplazó ligero hasta llegar donde se encontraban su ama y la amiga de ésta. Fabián inclinó la cabeza hasta que sus labios se posaron en el terso y cálido cuero de las brillantes botas negras que calzaba Claudia.

La muchacha iba vestida con el uniforme de Guardia de Korps de su majestad, cuerpo de élite al que pertenecía y en el que, a pesar de su juventud, ya ostentaba el grado de teniente.

—Qué bien te sienta el uniforme, Claudia, tengo ganas de haber pasado ya el examen y de que me admitan. Creo que sólo por el uniforme ya vale la pena el esfuerzo de estudiar.

El uniforme tenía reminiscencias de las antiguas amazonas, un mito que seguía vivo y que las amazonas de su majestad, nombre oficioso con el que se conocía a los integrantes de su guardia femenina, lucían con auténtico orgullo. Un pectoral dorado que dejaba a la vista el pecho izquierdo cuyo pezón llevaba pintado en pequeños círculos de colores vivos, azul y rojo. Un faldellín plisado de lino de la mejor calidad que le llegaba justo al nacimiento de los muslos y dejaba ver las más hermosas piernas de la ciudad, unos muslos fuertes y atléticos que se ocultaban a la altura de las rodillas por las altas botas de montar de escaso tacón que calzaba.

—Dónde se ha metido mi perrita? — preguntó Claudia mirando a uno y otro lado cuando apartó con el pie a Fabián en señal de que era suficiente su homenaje.

Al instante se escuchó un alegre cascabeleo y una niña pequeña, negrita como el carbón, desnudita salvo por un pequeñísimo delantalito rosa, con dos moñitos de rizado cabello negro a cada lado de una cabecita totalmente calva que llevaba cascabeles en los tobillos y en las orejas, corrió torpemente, medio tropezándose y fue a caer de bruces sobre las relucientes botas de Claudia.

—¡Dónde te habías metido, Beckie, bandida! — le dijo Claudia en un tono entre divertido y amenazante.

La niña se abrazó a las botas de su ama y restregó su carita contra ellas jadeando. Claudia la miraba complacida, orgullosa de la demostración de fervorosa devoción de su pequeña esclava.

—No me digas que no es una monada, Berenice?

—¡Oh, Dios mío, es magnífica! — contestó la joven admirada.

—Es la última moda en mascotas. A que no te imaginas que edad tiene?

—No sé, parece poco más que un bebé… ¿Tres, cuatro años?

—Catorce.

—¿Cómo? ¿Catorce? ¡Imposible!

—Te lo juro. ¡Beckie, basta, en posición!

La pequeña esclava se colocó de rodillas delante de los pies de su ama, la cabecita pegada al suelo, el culito en pompa, los brazos apretados contra el cuerpo, y los antebrazos y las manitas apoyadas en el suelo. Claudia sonrió satisfecha, especialmente al comprobar la cara de alucinada de su amiga.

—Es el último grito en mascotas. Lástima que Beckie no sea mía.

—A no? Y a quien pertenece?

—A su alteza real la princesa Diana. Se la he sacado a pasear. Espero que un día de estos me regale a uno de estos especímenes. Son de la cuadra de su majestad la reina. Cuando quieren distinguir a alguno de sus servidores les regalan una de esas mascotas.

—Pero cómo puede ser que tenga catorce años? Si no es más que una niñita…

—No lo sé del cierto, pero por lo que oí comentar a la princesa son una mezcla de dos razas muy especiales. Hace ya muchos años, una antepasada de nuestra reina descubrió en los confines del reino una tribu de características prehistóricas, un pueblo que no había evolucionado posiblemente por quedar aislados del resto del mundo. Su reproducción endogámica permitió que siguieran conservando los aspectos morfológicos que mantenían en sus genes desde la noche de los tiempos. Creo que se trataba de la reina Arsinoe, abuela de la abuela de la abuela de la abuela de nuestra actual reina. Ella misma tomó a su cargo la protección de ese extenso poblado y prohibió, no ya el acceso a su territorio sino que incluso se hablara de tal descubrimiento.

»Los científicos se llevaron una muestra significativa de especímenes para estudiarlos en profundidad. Concluyeron que eran seres primitivos, no evolucionados con una morfología que los hacía similares a los ancestros del homo hábilis: escasa estatura y embergadura, inteligencia limitada por una menor cavidad craneal, impedimento para el habla, etc.

»La reina Arsinoe tomó entonces la decisión de experimentar con unos cuantos de esos seres y tuvo la idea de cruzarlos con los Bosquimanos San que viven en la reserva de esclavos que tiene la reina en el Africa Austral. Como sabes los San también son un pueblo extremadamente primitivo, también tienen una complexión enana, aunque son muy resistentes, pero morfológicamente pertenecen a la especie sapiens, por lo que tienen capacidad de habla.

»Tras varias generaciones de cruzamientos seleccionados cuidadosamente los científicos del reino lograron modificar la morfología de los híbridos nacidos de esos cruces en el sentido que los nuevos especímenes tenían capacidad de habla, cosa de la que carecían sus antepasados más recientes, ganaron en capacidad craneal, pero conservaron genéticamente las características de enanismo, y se acentuó el raquitismo oseo congénito que impide su crecimiento y dota a sus huesos de una extraordinaria fragilidad, lo que junto con su increible docilidad los hace idóneos para ejercer de mascotas. El resultado lo tienes justo pegado a mis pies. Beckie es una de las muestras evolucionadas.

—¡Hay mi madre, yo quiero una, Claudia, quiero una! — Berenice se puso a saltar y dar palmas y grititos como una niña pequeña ante la sonrisa condescendiente de su amiga.

—No depende de mí, cariño. Cuando ingreses en la Guardia Personal de la familia real tendrás opciones, seguro. No obstante imagino que, tras los exitosos resultados de los últimos experimentos, en poco tiempo la reina se decidirá por poner a la venta las primeras remesas de Sanimanos.

Sanimanos?

—Sí, así los llama su majestad. Por aquello de la contracción de San y Bosquimanos.

—¡Jajajaja… muy apropiado!

—Todo lo que hace o decide la reina es apropiado, Berenice — le dijo Claudia haciendo alarde de su condición de miembro al servicio de la realeza — pero para abreviar les llaman San.

—Desde luego, desde luego — rectificó temerosa Berenice, que era consciente de que ofender a un miembro de la familia real podía traer consecuencias desastrosas al más elevado noble del país —. Pero vamos a sentarnos a la terraza… ¡Fabián, sírvenos té helado en la terraza y abanícanos!

—Sí mi ama.

Claudia y Berenice se encaminaron hacia la terraza. La pequeña Beckie, que seguía en posición tal y como le había ordenado Claudia, se levantó y corrió torpemente tras ella cuando escuchó el chasquido de sus dedos llamándola.

—Es deliciosa, un encanto… es como una muñequita… — dijo Berenice que parecía maravillada con la pequeña esclava.

Se acomodaron en los sillones de la terraza y Fabián les sirvió en una bandeja sendos vasos escarchados de té helado. Después se colocó entre las dos jóvenes cargando un enorme aventador y se puso a abanicarlas.

Claudia cruzó una pierna y la balanceó lentamente. Beckie había llegado junto a ella y al ver el balanceo de la brillante bota se abrazó a ella, se sentó a horcajadas sobre el empeine y empezó a restregarse emitiendo gruñidos indescifrables pero que a oídos de Berencie significaban excitación.

—Los Sanimanos tienen una increible sensibilidad, una innata necesidad de aliviarse sexualmente y viven obsesionados por los objetos brillantes. Beckie se pirra por las botas. Tendrías que verla cuando su alteza la princesa Diana le da permiso para que le bese las botas. Enloquece… mira cómo se frota contra mi bota — comentó Claudia — ¡Beckie, al suelo, rápido, al suelo! — le ordenó a la niña que rápidamente obedeció y se estiró en el suelo de la terraza boca arriba.

Claudia descruzó la pierna y apoyó la suela de su bota sobre la barriguita de la niña quien rápidamente se puso a gemir.

—La estás pisando? — preguntó entre sorprendida y angustiada Berenice.

—¡Jajajajaja… no, no la piso! ¡La oyes gemir porque con el tacón le estoy rozando la vulva y se excita. A Beckie le gusta que la usen para descansar los pies! Aunque los científicos han logrado modificar la morfología de los híbridos aún no dominan correctamente el lenguaje. Cuando están excitados les cuesta mucho articular frases coherentes y recurren a los gemidos que son la base genética de expresión que tienen codificada. No obstante hay que ir muy en cuenta con pisarlos. Estos híbridos tienen una fragilidad ósea muy grande. Es algo genético. Si la pisara le quebraría los huesos con una facilidad increible — añadió Claudia dando unos golpecitos sobre  el pecho de la niña con la suela de su bota — no obstante esa debilidad la compensan con una extrardinaria capacidad de regeneración ósea. Nuestro cuerpo precisa de un mes aproximadamente para regenerar las fracturas de los huesos, los San tan sólo unos días. Pero no te preocupes, Beckie pertenece a la princesa y no le gustaría nada que le devolviera a su mascota destrozada.

Berenice respiró aliviada. A Claudia le hacían gracia las infantiles reacciones de su amiga. Claudia era dos años mayor que Berenice y en cierto modo la trataba como a una adolescente inmadura.

Cuando Claudia acabó con su té helado se giró un poco hacia Fabián y sin mediar palabra le metió la mano bajo el faldellín. El esclavo de Berenice demudó el rostro cuando sintió que la mano de estilizados dedos de la amiga de su ama le rodeaba el miembro viril.

Berenice, que se había dado cuenta de la maniobra de su amiga se ruborizó intensamente.

—¡Santo Cielo, está bien armado el cabroncete! — exclamó Claudia con una expresión perversa — ¡Chico, no dejes de mover el abanico!

Fabián se había quedado parado por la impresión del repentino contacto. A pesar de que su dueña lo convirtió en esclavo sexual toda su experiencia la había desarrollado penetrando a su madre y no estaba acostumbrado a ser tratado como un mero objeto. Sabía que muchas señoras ricas se complacían simplemente con tocar a sus esclavos sexuales como en ese momento hacía Claudia con él, pero experimentarlo en su propia carne le causó vergüenza y turbación.

—No deberías permitir que el chico exprese sus emociones cuando lo están usando, Berenice, no queda elegante. Te recomiendo que lo adiestres en ese sentido. Cuando lo adquirimos para ti pensamos que ya estaba domado pero veo que nos dieron pura fachada. Este esclavo dista mucho de estar domesticado como esclavo sexual.

—Sí… bueno, lo… lo tendré en cuenta… gracias Claudia — contestó Berenice sin atreverse a mirar ni a su amiga ni a su esclavo.

—¡Beckie, en pie! — ordenó Claudia al tiempo que retiraba sus pies de la barriga de la niña San.

La esclava híbrida se incorporó con su acostumbrada torpeza e intentó abrazarse a las rodillas de Claudia, pero ésta la apartó.

—Chúpale la polla al esclavo — le ordenó señalando el erecto miembro de Fabián que levantaba el faldellín.

La pequeña sonrió y al instante se arrojó sobre aquel palo de carne. Lo asió con sus diminutas manitas y con gran esfuerzo se lo introdujo dentro de su boquita. Fabián sintió que las rodillas se le hacían de agua y dejó de batir el aventador otra vez. Un latigazo con la fusta en sus pantorrillas lo devolvió al trabajo que no debía dejar abandonado. Berenice se sobresaltó al ver la expresión cruel de su amiga que empuñaba la fusta amenazadoramente.

—Látigo Berenice, látigo es lo que precisan los esclavos, no lo olvides… ahora me voy, su alteza real seguro que echa de menos a su mascota. Venga, Beckie, deja ya el caramelo.

Claudia tuvo que arrancar a la esclava del miembro erecto de Fabián y cuando la envió al suelo de un manotazo se puso a llorar, pero no por el dolor del golpe sino porque le habían quitado su caramelo.

—¡Pasa, pequeña puta depravada, cuando lleguemos a palacio le contaré a tu dueña lo cochina que eres y ya sabes qué te hará…! — la amenazó Claudia después de besar a Berenice en las mejillas y echar a andar por el jardín para montar en el rickshaw que le esperaba junto a la cancela.

Berenice estuvo saludando con la mano a su amiga hasta que ésta partió. Entonces se volvió y vio a Fabián, con el aventador en las manos, cabizbajo y humillado y su descomunal erección apuntando hacia el cielo.

—¡Por el amor de Dios, esconde eso, Fabián, por favor!

Berenice entró con paso vivo en la casa y se marchó aturdida a su cuarto.




***





Berenice estuvo varios días sin dirigirle la palabra a Fabián más que para darle órdenes y cuando lo hacía evitaba mirarlo a la cara. En su mente inmadura convivía el relato que el mismo esclavo le había contado sobre su vida, el cual la había impresionado muchísimo, junto con el deseo casi infantil de poseer una mascota humana como la que Claudia le había mostrado.

Fabián se mostró circunspecto. Viendo el azoramiento que experimentaba su ama cuando él tenía que servirla intentó comportarse y mostrarse lo más asepticamente posible. Desde el primer día de convivencia con su nueva dueña Fabián se había formado un juicio que a medida que la conocía más se confirmaba en casi todos los órdenes.

Es una niña mimada con pretensiones de mujer. Una inmadura caprichosa y voluble que cree saber de la vida cuanto precisa para transitar por ella pero está totalmente desconcertada, desorientada, diría yo, se decía Fabián en sus largas horas de soledad en las que se abandonaba a sus propias reflexiones.

Berenice llamó a su madre el mismo día de la visita de su amiga. Una idea rondaba por su cabecita y movería todas sus influencias por hacerla realidad. Aprovechando la amistad de su familia con la mismísima reina Deméter, embaucó a su madre para que le concertara una audiencia con la princesa Diana o con cualquier otra de las hijas de la reina, las princesas Juno y Minerva

Al cabo de una semana de la visita de Claudia, Berenice parecía volver a ser la muchacha despreocupada de siempre. Aquella mañana, nada más despertarse, Fabián le trajo en una bandeja de plata un sobre lacrado que el esclavo reconoció como de la Casa Real.

Berenice casi dio un salto de la cama al ver el sello real estampado en el lacre. Abrió el mensaje con dedos temblorosos y lo devoró con la mirada, leyendo y releyendo varias veces el escueto mensaje.

—¡Rápido Fabián, mi desayuno… hoy tengo un apetito atroz!

Se la veía pletórica. Fabián se alegró. En toda una semana no le había dirigido la palabra más que para darle órdenes habituales.

Cuando Fabián entró en la alcoba de su ama para anunciarle que el desayuno estaba servido en la mesa se la encontró todavía en la cama.

—Desayunaré aquí, Fabián, en la cama. Rápido, te he dicho antes que tenía un hambre atroz. No me hagas esperar más.

El esclavo asintió y recogió los platos dispuestos sobre la mesa y los colocó en una bandeja. Regresó a la alcoba y buscó con la mirada dónde dejar la pesada bandeja. Berenice le sacó de dudas.

—Aquí — señaló el lado derecho de su cama — ponte aquí, y aguanta la bandeja — le dijo sentándose con la espalda apoyada en el cabezal de la cama.

Fabián optó por arrodillarse. Permanecer de pie sosteniendo la bandeja resultaría más fatigoso que hacerlo de rodillas.

—Sabes de quien es el mensaje que me has entregado?

Damián se sintió feliz al ver que de nuevo volvía a hablarle.

—Parecía de la Casa Real, ama.

—Exacto. Y sabes qué decía?

Fabián negó con la cabeza. Berenice estaba radiante, contenta.

—Me han concedido audiéncia esta mañana, Fabián, ¡Audiencia Real, Fabián!

—Verás y hablarás con su majestad la reina Deméter, mi ama?

—No, me la han concedido con su alteza real la princesa Juno. La reina no está para audiencias privadas aunque sea de importantes ciudadanos como es el caso de mi familia, su secretaria suele repartir este tipo de audiencias entre sus altezas reales. Por lo que me ha explicado mamá, que conoce personalmente a la reina, sus hijas reciben las peticiones. La primera en recibirlas es la princesa Diana, si esta la deniega pasa a la siguiente, la princesa Juno y si ésta también la rechaza pasa a la pequeña princesa Minerva, quien puede autorizarla o también denegarla. La princesa Juno la ha autorizado y será hoy. Tienes trabajo Fabián, serás capaz de arreglarme como se merece una visita de este calibre?

—Espero que sí, mi ama.

—Así lo espero yo también, de lo contrario te azotaré hasta que se me canse el brazo… o mejor, te llevaré a que te azoten…

Fabián frunció el ceño pero Berenice se puso a reír. El pobre esclavo no sabía si la amenaza iba en serio o sólo había sido una broma, pero en cualquier caso mejor no comprobarlo.

Cuando Berenice hubo saciado su apetito nervioso Fabián se hallaba al borde del colapso muscular. Sus brazos, espalda y hombros se encontraban al límite de su resistencia. Si Berenice se hubiera demorado un par de minutos más se habría desplomado. El caso es que Berenice ni siquiera se fijó en los temblores que sacudían los músculos agarrotados del esclavo ni dio importancia al sudor que perlaba todo su cuerpo en tensión. Ella sólo comía y hablaba sobre la cita que le esperaba.

—Venga, puedes llevarte la bandeja. Han sobrado algunos cosillas. Si me gusta cómo me peinas dejaré que te las comas — cocedió generosa Berenice mostrándose amable.

Durante toda la semana Fabián tan sólo había comido el insípido preparado a base de mijo hervido que solía darse a los esclavos como alimentación. La dieta de los esclavos sólo se complementaba con las sobras de sus amos pero sólo si éstos daban su permiso para que se las comieran. Mientras duró el estado de azoramiento de Berenice sobrevenido tras la visita de su amiga Claudia, después de cada una de las comidas Fabián había esperado de rodillas el permiso de su ama que no había sido concedido hasta ahora.

—Tira las sobras a la basura — había dicho Berenice sin mirar a su esclavo cada vez que a lo largo de la semana había terminado de comer.

Fabián experimentó una enorme alegría al oír que su ama le daba permiso, aunque condicionado, para comer algo con sabor a comida de verdad. Se esmeraría al máximo en complacerla, no por temor a los presuntos latigazos que le había prometido, no sabía si en serio o en broma, sino por la posibilidad de llenar el estómago con algo que no fuera el odioso e insípido pienso balanceado.

Fabián ayudó a su ama en el baño. En toda la semana Berenice no había tomado un solo baño por evitar que Fabián la tocara. La imagen del esclavo de pie, con las manos asidas al enorme aventador, el falo descomunal emergiendo bajo el faldellín y la pequeña esclava San aferrada a él y chupándolo como si fuera un caramelo volvía una y otra vez a sus recuerdos y la cohibía, si bien era cierto que en lo más hondo de su ser pugnaba por atreverse a usar a su esclavo en la verdadera función para la que se lo habían regalado.

Alegre y feliz como estaba esa mañana, imaginando su audiencia con la princesa Juno, apenas reparó en que las manos de Fabián temblaban cuando le enjabonaba los pechos.

A pesar de que los De Arcadia eran una de las familias fundadoras del reino y por tanto pertenecientes a la nobleza denominada mayor con suntuosos privilegios, entre los cuales figuraba solicitar audiencia a la reina, Berenice sólo recordaba una vez en que hubiera asistido con su madre a palacio. De eso hacía muchos años, no era más que una niña.

De aquella experiencia recordaba que había jugado con la princesa Juno que tenía su misma edad. De hecho la visita a palacio se había hecho con motivo de la celebración del octavo aniversario de la princesa Juno que se producía el mismo día que el de Berenice. Para la joven fue un auténtico regalo ser invitada a palacio.

Después del baño, y mientras tumbada en la cama Fabián le masajeaba la espalda y las piernas, Berenice recordó aquel día que seguía muy vívido en su memoria. Recordó que en el momento de postrarse a los pies de la reina la embargó una emoción intensa. La reina estaba sentada en su trono y recibía a los cortesanos que en fila esperaban turno. Berenice iba cogida de la mano de su madre y contemplaba nerviosa cómo todos los invitados se estiraban en el suelo. Cuando la reina decía su nombre se incorporaban sobre las rodillas y sin mirarla a la cara le besaban las plantas de los pies que la reina les presentaba, para lo cual tenía un esclavo negro arrodillado sobre el que descansaba las piernas.

Cuando les tocó el turno a su madre y a ella Berenice estuvo a punto de sufrir una lipotimia debido a la tensión y a la emoción acumuladas. La familia real estaba investida de un aurea de divinización que ancestralmente había calado muy hondo en sus súbditos, fueran estos de la condición social que fueran. Del más miserable al más elevado, todos se sentían empequeñecidos ante la divina figura real.

Al lado de la reina estaba la princesa Diana, la mayor de sus hijas, que por haber cumplido ya diez años había sido divinizada y por tanto era acreedora de similares homenajes que los recibidos por su madre por parte de sus súbditos.

Tras enterrar su rostro en las plantas de los pies de su divina majestad Berenice tuvo que postrarse ante su divina alteza real la princesa Diana. Ésta miraba a sus súbditos con desprecio, pero a Berenice no le importó y aunque tuvo que reconocer que la joven princesa la hizo sentir como una vulgar esclava lo cierto es que para la muchacha fue una experiencia maravillosa que perduraría por siempre en su memoria.

Pero aún tenían que vivir emociones tanto o más intensas que el besapies al que había tenido que someterse de buen grado. Fue cuando la princesa Juno se presentó en la sala de la audiencia real. Berenice quedó prendada de la belleza natural de aquella niña que casualmente cumplía los años el mismo día que ella. Era la criatura más hermosa que jamás hubiera visto y eso que sólo tenía ocho años.

Los cortesanos tuvieron que desfilar ante la princesa Juno para desearle larga vida y entregarle sus regalos. Éstos eran magníficos, pieles traidas de todas partes del mundo, joyas de incalculable valor, perfumes delicados, plumas exóticas, cajas con zapatos, sombreros, estolas… de todo.

Uno por uno se postraban ante la princesa Juno, besaban sus pies que reposaba sobre el vientre de una esclava y le hacían entrega del regalo. La princesa lo contemplaba con amable sonrisa y luego lo pasaba a una esclava que los iba apilando.

Berenice temblaba. Si esas joyas tan magníficas las mira casi con aburrimiento, qué pensará de mi pobre regalo? La niña manoseaba con nerviosismo la pequeña cajita que llevaba en las manos, temerosa de que su regalo no agradara la hermosa princesa.

Doña Leonor, la madre de Berenice, intentó calmarla al darse cuenta de que la mano de su hija estaba sudada y fría a causa del miedo. Ella, su madre, llevaba una tiara de diamantes, todo iría bien quería pensar Berenice pero no podía evitar sentir miedo a que rechazara su regalo.

Cuando les llegó el turno doña Leonor, tras postrarse, tocar con la frente el suelo tres veces como exigía el protocolo y besar las uñas de los dedos de los pequeños pies de la princesa, le hizo entrega de la fantástica tiara de diamantes.

—Gracias, dama Leonor — le dijo la princesa al tiempo que echaba hacia atrás la mano con que sujetaba la bonita tiara para que la recogiera su esclava.

Doña Leonor se apartó satisfecha para que Berenice pudiera rendir tributo a la niña princesa y hacerle entrega de su regalo. Berenice demoró más de la cuenta al besar los pies de Juno. Se quedó maravillada ante la perfección de aquellos deditos reales que descansaban displicentes sobre el pecho de la esclava. La princesa los movió ligeramente al notar que Berenice se había quedado como obnubilada besándolos.

—Alteza, no os enfadéis conmigo pero a lo mejor mi regalo es insignificante comparado con los que veo que has han hecho — musitó Berenice nerviosa mientras arrodillada alzaba las manos y le entregaba la cajita que contenía su regalo.

La princesa Juno tomó la cajita con curiosidad y la abrió. Su bonito rostro se iluminó de verdad por primera vez en toda la tarde.

—¡Mamá… perdón, Majestad…! — exclamó tan emocionada que olvidó que se encontraba en una recepción pública y se le escapó el familiar mamá — ¡…es un monito, una preciosa y diminuta cría de mono…!

Berenice, ilusionada por la entusiasta acogida de su regalo se atrevió a intervenir.

—No es un monito, alteza, es una monita — rectificó a la princesa — y se llama Kiki

—¡Una monita! ¡una monita preciosa! ¡Gracias…!

—Berenice De Arcadia — le susurró al oído un chambelán.

—Gracias Berenice, me ha gustado mucho tu regalo.

A continuación dio inicio la fiesta. Un pantagruélico banquete servido de manera informal por casi un centenar de esclavas que pasaban entre los invitados ofreciéndoles comida y bebida que transportaban en enormes bandejas.

La situación social y económica del reino era la misma que se daba en otros lugares de la tierra. Una aristocracia fuerte y poderosa vivía en una vergonzante abundancia en tanto que el pueblo sufría hambre y privaciones. Muchos de los súbditos se veían obligados a vender a sus hijos como esclavos a los terratenientes y aristócratas, incluso se vendían a sí mismos como esclavos con tal de poder sobrevivir.

La esclavitud era el sistema social y económico imperante  y al que muchos se veían abocados a entregarse. El vasto reino que controlaba la dinastía a la que pertenecía la actual reina Deméter, basaba su fuerza y su poder en el sometimiento de las naciones y pueblos conquistados por sus ejércitos de los que obtenía esclavos que nutrían la fuerza de trabajo necesaria para mover la economía nacional.

La familia real, la aristocracia y las clases altas vivían de la explotación brutal de sus esclavos. La mayor parte de los esclavos se obtenían de los pueblos sometidos y otra nada desdeñable de los propios súbditos que acababan en la esclavitud por propia voluntad, por deudas incumplidas o por actuaciones de la justicia.

Aquel pantagruélico banquete estaba en consonancia con la costumbre de las clases dominantes de exhibir y hacer vergonzosa ostentación de su poder a base de derrochar aquello de lo que el pueblo carecía. La comida era un bien escaso y los cortesanos la consumían y la desperdiciaban en un acto más de refinada crueldad.

Berenice contempló con los ojos admirados el suntuoso banquete sin dejar de perseguir con la mirada a los fascinantes miembros de la familia real, en especial no quitaba ojo de la princesa Juno.

—Mamá, sabe la princesa que hoy también es mi cumpleaños? — le preguntó mientras daba buena cuenta de un plato de langosta que una esclava famélica sostenía arrodillada ante ella.

—No hija, lo dudo, pero debes estar muy orgullosa, la princesa Juno se ha mostrado encantada con tu regalo.

Berenice comía con apetito de todas las fuentes que sumisas esclavas le presentaban de rodillas. Luego, sentada junto a su madre se dedicó a lo que más la fascinaba: mirar a la reina y a las princesas.

La reina Deméter exhibía su poderoso cuerpo en su trono mientras dos esclavas le daban de comer en la boca y los cortesanos intentaban llamar su atención acercándose para besar las plantas de sus pies. La princesa Diana, recientemente divinizada, se paseaba entre los invitados ofreciendo su mano para que fuera besada y era seguida por dos pequeñas esclavas que se desplazaba a cuatro patas y que iban pegadas a sus pies. La pequeña princesa Minerva, la más pequeña, que tenía seis años, hacía saltar a su mascota a la que daba órdenes con su pequeño látigo y reía sin parar ante las cabriolas que obtenía de su esclavo.

Pero Berenice buscaba una y otra vez la presencia dulce de la princesa Juno a la que veía que no se separaba de su monita.

Cuando llegó la hora los invitados comenzaron a desfilar. Doña Leonor y Berenice recorrían ya el lujoso pasillo hacia la salida cuando escucharon detrás de ellas el ruido sordo de unos pasos descalzos corriendo veloces.

—¡Dama Leonor, dama Berenice! — jadeó una esclava postrándose en el suelo a los pies de madre e hija cuando estas se dieron la vuelta para atender a quien las llamaba.

—¿Qué ocurre, muchacha? — preguntó con cierta angustia doña Leonor.

—Su alteza la princesa Juno desea que la damita Berenice se quede un rato más. La princesa desea darle personalmente las gracias por su regalo.

Berenice se quedó asombrada con la boca abierta mirando a su madre. Doña Leonor la sonrió orgullosa.

Esperaron como media hora en un salón inmenso hasta que una nueva esclava vino a buscarlas. A doña Leonor la condujeron a los aposentos privados de la reina, a quien conocía por lejanos vínculos de amistad de sus familias, en tanto que Berenice fue llevada al ala de palacio perteneciente a las princesas.

La esclava que acompañaba a Berenice, en el momento de entrar en una gran sala decorada con motivos infantiles en la que se encontraba la princesa Juno sentada en un pequeño trono de marfil se estiró en el suelo y reptó como un gusano hasta llegar al pie del sitial. Apoyó los labios sobre los pies de la joven princesa y se quedó inmóvil como si hubiera muerto de un ataque al corazón. Juno jugaba con la monita y dejó un rato que la esclava permaneciera a sus pies hasta que la apartó golpeándole la nuca con el tacón de su sandalia. En ese momento la esclava se incorporó y avanzando de rodillas sin darle la espalda se ocultó en un rincón hasta hacerse invisible.

—Berenice, verdad? — habló la princesa en un tono amable y dirigiendo a la joven invitada una cálida sonrisa.

—Sí majestad… pedón alteza… — respondió nerviosísima Berenice que no acababa de creerse que se encontrara en la sala de juegos de palacio en compañía de una de las princesas.

Berenice reaccionó rápida. Avanzó hasta el trono y se tumbó en el suelo tal y como había hecho durante la recepción para besarle los pies.

—Puedes levantar la cabeza, Berenice — le autorizó la princesa.

—De verdad os ha gustado mi regalo, alteza?

—Sí, mucho, el que más… y puedes llamarme princesa Juno, olvídate de alteza, estamos solas. Además, aún no he sido divinizada como mi hermana Diana.

Berenice no cabía en sí de gozo. Aquella hermosa criatura que un día tendría el rango de Diosa le estaba diciendo que su monita había sido el regalo que más le había gustado.

—Mira que monada la monita — le dijo Juno mostrándole la diminuta cría que cabía en la palma de su mano — y me encanta su nombre… Kiki, ha sido un regalo genial.

Las dos niñas estuvieron jugando con la pequeña mascota durante un rato, hasta que vieron que el bebé de mono empezaba a estar agotado. La princesa Juno chasqueó sus dedos y la esclava que permanecía invisible en un rincón reptó por el suelo hasta llegar a sus pies.

—Tráeme uno de los zapatos de mi madre — le ordenó.

La esclava abrió los ojos aterrorizada. Se quedó inmóvil pensando en cómo iba a conseguir ella una zapato de su majestad. Juno tomó la fusta que descansaba sobre el brazo del trono y azotó el rostro de la esclava.

—¡Obedece esclava!

Berenice soltó una risita tonta viendo el estupor de la esclava que tras postrarse tres veces ante la princesa desapareció en busca de un zapato de su majestad.

Las dos niñas se quedaron acunando a la monita hasta que regresó la esclava. Había conseguido cumplir el deseo de la princesa y trajo con ella un zapato de calle de la reina. Juno lo tomó y acomodó el pequeño cuerpo de la monita en su interior.

—Aquí estará calentita — dijo Juno.

—Y feliz por dormir rodeada de la fragancia de los pies de su majestad — añadió Berenice y ambas jóvenes se echaron a reír.

—¡Tú, vigila el sueño de mi mascota! — le ordenó a la desconcertada esclava —. Ven, te voy a enseñar el palacio — le dijo a Berenice levantándose del trono y ofreciéndole la mano para que se levantara del suelo.

Cogidas de la mano las dos niñas abandonaron la estancia y Juno la llevó a recorrer las maravillosas salas, habitaciones y dependencias del fantástico palacio, residencia de la familia real.

Berenice, sin soltarse de la mano de Juno, iba admirando todo cuanto veía, fascinada por el lujo desmedido. Por todas partes se cruzaban con esclavas que se postraban en el suelo cuan largas eran al paso de las dos jovencitas que ni las miraban. Luego le mostró los inmensos jardines cuya fragancia impresionó los sentidos de Berenice. Vio árboles y flores que no había visto en su vida más que en fotos de los libros de texto. Juno le contó que en el inmenso jardín convivían especies de toda la flora del reino.

La princesa le mostró con orgullo el lago por el que se deslizaban dos enormes cocodrilos como si fueran maderos flotando. Berenice se asustó y apretó con fuerza la mano de Juno a la que iba cogida. La princesa se rió divertida ante la reacción de estupor de su nueva amiga, la misma reacción que tenía cualquiera que veía por primera vez uno de los caprichos de la reina.

—Son una pareja de macho y hembra. Uno de los caprichos de mamá. Con las crías manda hacer zapatos para nosotras. Sólo se alimentan con carne de esclavo. Mamá dice que así las crías nacen con la piel más fina.

—Con carne de esclavo? — preguntó sorprendida Berenice.

—Sí, una vez a la semana les arroja a un par de esclavos y se los devoran en un santiamén — se rió Juno ante el evidente estremecimiento de Berenice.

Aquella tarde pasaron tres horas juntas. Para Berenice fue una experiencia increible. Cuando se marcharon de palacio y después de que le besara los pies a la princesa, ésta la tomó por los hombros, le dio las gracias por el regalo y la besó en la mejilla.

Berenice tenía grabado a fuego aquel recuerdo de manera indeleble. No había vuelto a ver a la princesa Juno pero la llevaba en su corazón de forma permanente. Ahora, mientras Fabián le hacía un relajante masaje había recordado con nitidez aquella excepcional vivencia.

—Es suficiente, ahora peiname, pero antes saca mis vestidos y zapatos y los alineas en la cama. Mientras me peinas decidiré con qué me vestirás.

—Sí mi ama.


***




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LUK