A QUIEN LE INTERESE

En este rincón apartado he decidido publicar. La hipocresía que se vive en la página de TR (Todo Relatos) me obligó a abandonarla. Disfruto escribiendo y aún siendo consciente de que mis fantasías son minoritarias me parece injusto que aquellos que me seguían en TR se queden sin poder disfrutar de mis relatos.



No pretendo ser pretencioso. No quiero decir que mis escritos sean buenos, soy consciente de que no es así, pero aún lo soy más de que en este mundo retorcido de nuestras íntimas fantasías muchos buscamos algo que echarnos a los ojos que se acerque a nuestros fetiches, tabúes y quimeras eróticas.



Mi propósito es dejar al lector interesado y que se pueda identificar con mis inofensivos delirios una muestra de mi producción literaria dedicada al mundo de la sumisión, dominación, esclavitud y relaciones de poder. Fabulaciones en suma con las que más de uno sueña en secreto y que yo me dedico a poner negro sobre blanco con mayor o menor acierto.

Como que esta es una página abierta, he creado un grupo de admisión restringida en Yahoo (ver enlace) donde he puesto aquellos relatos que considero más fuertes, no sea que un alma sensible de esas que van por ahí salvando al mundo de la gente mala como yo se topase con uno de esos relatos y le salieran sarpullidos en el hipotálamo.



En este grupo sólo aceptaré miembros bajo petición expresa y siempre que me convenzan de su buena fe. Los relatos están en formato docx. y pueden ser descargados directamente.



Los relatos de ADELA también están en este grupo.



Aquí tenéis un enlace directo al grupo, pero recordad: miembros SOLO bajo admisión.



http://es.groups.yahoo.com/group/relatosdeluk



miércoles, 21 de enero de 2015

TENTACIONES

Mi madre era una joven campesina ingenua y cándida de dieciséis años cuando mi supuesto padre la encandiló durante una fiesta de San Juan a orillas del Danubio. Fue el sueño de una noche de verano.

El que fue mi padre biológico era el típico caradura y sinvergüenza simpático, que no daba un palo al agua, conquistaba a las chicas con su personalidad, su simpatía, su verbo fácil y su apostura de galán de Hollywood. Mi madre cayó en sus redes y se entregó a él en un pajar.

Se dio por entero, le ofreció su virginidad y su amor, creyó haber encontrado al príncipe azul, se enamoró en una noche, en la noche del solsticio de verano, con los albores del calor, el olor del verano recién parido y la dulzura de una manos sabias y expertas que le robaron todo lo que ella quiso entregar.

A la mañana siguiente, cuando despertó, él ya no estaba. Aún no lo sabía pero le había dejado un regalo que lloraría y le exigiría que calmara su hambre. Madre se consoló con el recuerdo de las caricias de aquel don Juan por el que todas sus amigas suspiraban.

La había dejado, pero qué esperaba… al menos le quedaba su olor de hombre y el orgullo de haber sido la elegida de entre un ramillete de alegres muchachas que como madre buscaban en el ardor de la fiesta y la noche cálida el sueño de que un galán las sacase de pobres.

No sólo no la sacó de pobre sino que dos meses después mi madre se vio hundida en la miseria.

Intentó por todos los medios acabar conmigo, no porque no quisiera tenerme —era devota cristiana y aceptaba la maternidad de buen grado— sino porque si apenas ganaba para vivir ella cómo iba a hacer para que viviéramos los dos.

Mi madre era criada en una casa acomodada. Tenía que hacer auténticos malabares para sustraerse del acoso del amo ante el odio reconcentrado de la señora.

El día que madre comunicó al ama que estaba en estado la señora sintió un placer morboso al decirle que la despedía. Madre le juró que el padre no era el amo.

—Y quién es entonces, puta? — le espetó la señora regodeándose en la venganza.

—Un joven que conocí en la fiesta de San Juan.

—Cásate con él, entonces.

—No puedo.

—Que no puedes?

—Se fue. Al día siguiente desapareció y no he vuelto a saber de él.

—Puta, eso es lo que eres. Lárgate con tu bastardo, no te quiero en mi casa. Hay miles de muertas de hambre que esperan ansiosas ocupar tu lugar. Todas sois iguales, escoria que sólo servís para vaciar los orinales de la gente decente. Fuera de mi casa.

Mi madre se humilló. Se arrodilló a los pies de aquella señora y le suplicó que no la echara.

—Señora Marec, usted es una buena cristiana, si me echa me condenará a mí y a mi futuro hijo a una muerte segura por inanición. ¿Quién dará trabajo a un embarazada?

—Haberlo pensado antes de ofrecer tu coño al primero que pasó, puta, más que puta.

—Trabajaré gratis, señora, sólo por comida. Seré una esclava para usted, su esclava, pero no me arroje al arroyo — sollozó mi madre postrada y besando los pies de su patrona.

La señora Marec la contempló con un gozo mal sano y dejó que se humillara de la forma más abyecta. La mujer vio la oportunidad de su vida: tendría a la estúpida de Nica sometida, la haría trabajar como una mula, la humillaría y la maltrataría y ella tendría que agradecérselo para evitar que la echara a la calle.

Cuando mi madre se hubo humillado y rebajado sus propias condiciones laborales a niveles de esclavitud la señora Marec accedió a mostrarse compasiva.

—Está bien, que no se diga que no soy una cristiana decente. Te permitiré que sigas trabajando para mí con condiciones: no verás ni un florín por tú trabajo, sólo recibirás como pago nuestras sobras y siempre que considere que te las has ganado, penarás con humildad obedeciendo mis órdenes sin rechistar, te mostrarás sumisa y sometida a mí y a mi esposo, y si algo en tu comportamiento o actitud no me complace te echaré a la calle. Digamos que eres como un condenado a muerte al que han aplazado la ejecución de la sentencia sine die.

—Gracias ama, gracias por mostrarse tan bondadosa y comprensiva con esta pobre pecadora — se deshizo madre en sollozos y besos en los pies de su señora.

La vida de madre durante su embarazo se convirtió en un auténtico calvario. La señora Marec la trató con verdadera crueldad. 

No le pagó ni un florín mientras estuvo preñada, no le dio ni una sola tarde libre, tan sólo le permitió comer las sobras que ellos dejaban y eso siempre que a juicio de la señora Marec las mereciera.

Mamá no se quejó ni una sola vez. Sabía que una criada despedida y encima preñada y sin marido no tendría la menor posibilidad de emplearse en ninguna casa decente.

El término decente significaba: familia burguesa, cristiana y conservadora que eran los únicos que podían permitirse tener criados, excepción hecha de la nobleza aristocrática, pero ahí mamá no hubiera conseguido trabajo de ninguna de las maneras.

La señora Marec no se conformó con no pagarle, hacerla trabajar como una mula de sol a sol, darle las sobras de vez en cuando y negarle el más pequeño de los permisos, también se ensañó con mamá a base de humillaciones constantes y en su afán de venganza incluso la pegaba.

El marido de la señora Marec era un picapleitos, lo que implicaba un título muy por encima de la media de los pequeño burgueses.

Tal vez los tenderos y demás oficios de la pequeña burguesía ganaran más dinero pero no podían lucir el título de excelencia reservado a los altos cargos políticos, la aristocracia y los académicos.

En consecuencia la señora Marec se sentía por encima de la mayoría de sus iguales en su entorno social. Como esposa de un abogado, aunque fuera un leguleyo de baja categoría, tenía derecho a exigir el tratamiento reservado a su marido, excelencia, tratamiento que ninguna de sus amistades le prodigaba y eso la ponía enferma, pero a mamá la obligó a que se dirigiera a ella como excelencia.

La señora Marec se hacía servir el desayuno por mamá en la cama, como si fuera una condesa, revisaba todas las tareas de mamá y aunque las hubiera realizado perfectamente la obligaba a repetirlas por el insano placer de humillarla, de demostrarle su poder.

Cuando recibía a sus amigas solía reñir a mamá de manera desaforada, incluso a veces la pegaba bofetadas, humillantes bofetadas a las que mamá debía responder con humildad: «gracias, excelencia».

Entonces la señora Marec miraba a sus amigas por encima del hombro, satisfecha por haber alardeado de su poder sobre la estúpida de su criada.

Cuando me dio a luz, el primer día del año del Señor de 1920, la señora Marec la obligó a deshacerse de mí.

—Si quieres seguir trabajando para nosotros tendrás que enviar a tu hijo al hospicio. No quiero bastardos correteando en mi casa.

Madre había aguantado todo porque no había tenido alternativa, pero la perspectiva de abandonarme en un hospicio y seguir trabajando para aquella bruja que no sólo la explotaba y humillaba hasta límites intolerables, no le resultó en absoluto esperanzadora. Pero de momento no tenía alternativa.

Yo tenía unos pocos días y mamá le pidió a la señora Marec que la permitiera tenerme con ella hasta que me destetara. Luego me colocaría en una casa de niños y ella seguiría trabajando para su excelencia en las mismas condiciones que hasta ahora.

La señora Marec vio el cielo abierto. Le dijo que sí, con la condición de que mi crianza no destorbara sus obligaciones. Mamá se lo agradeció besándole los pies igual que había hecho cuando meses atrás le suplicó que no la echara a la calle.

De esta manera viví dos años con mi madre. La pobre estaba agotada y preocupada. La señora no le daba tregua y mi madre temía por mí. Me abandonaba en su cuartito inmundo y sólo acudía cuando calculaba que tenía que darme la teta. Yo devoraba sus pechos y luego me tenía que volver abandonar porque la señora la reclamaba con insistencia.

Si el embarazo se le hizo duro, mi lactancia y crianza hasta que tuve dos años, fue el infierno en vida.

La señora Marec, cuando empecé a caminar al año, no pudo evitar que me desplazase por su casa siguiendo a mi mamá con mis torpes andares.

Pero mi presencia la ponía de un humor pésimo y tomó afición a hacerme llorar.

La señora Marec me tentaba. Toda mi vida ha sido una lucha continuada contra la tentación y empecé a conocerla a temprana edad. Como cualquier niño me chiflaba por las galletas y por los dulces. Evidentemente yo tenía absolutamente prohibido coger nada de la señora y en aquella casa todo era suyo.

Una vez a la semana se reunía en su casa con sus amigas para jugar a las cartas y merendar, todo servido por mamá. A mí me encerraban en el cuartito en el que dormíamos y no me permitía salir hasta que sus amigas se habían marchado.

Cuando la señora Marec detectaba mi presencia le ordenaba a mi madre que le trajera un cuenco de cristal tallado en el que siempre había galletitas y caramelos que ofrecía a sus amigas los días que la visitaban.

A mí se me ponían los ojillos vidriosos al ver los reflejos del cristal tallado a cuyo través vislumbraba aquella orgía de sabores que se me negaba sistemáticamente.

La señora Marec se ponía el cuenco de cristal en el regazo y destapaba la tapadera del mismo material que tenía un pomo de plata labrada al que mamá tenía que sacar brillo a diario.

—Acércate bastardo — me decía la señora con malicia voluptuosa.

Con mis patitas zambas corría hacia la señora pero ella me apartaba con su mano de largos dedos y uñas largas y bien cuidadas para que no asaltara con mis manitas sucias de bastardo el tesoro que acunaba en su regazo. Entonces cogía una galleta del interior y me la mostraba.

—Te gustaría comerte esta galleta, Bela?

En esas ocasiones me llamaba por mi nombre en lugar de bastardo que era la manera que tenía la señora de dirigirse a mí habitualmente.

—Sí — contestaba sin apartar los ojos de la galleta que sujetaba sus bonitas manos.

—Di: sí, excelencia.

Alargué el bracito para coger la galleta y la señora me pegó un tortazo. No lloré. Seguí con la mano extendida.

Madre, que andaba cerca faenando por que temía a la señora Marec y lo que pudiera hacerme se acercó a mí y me susurró al oído que dijera sí, excelencia.

Lo dije y la señora Marec se sonrió. Pero no me dio la galleta, al contrario se le metió en su boca y la mordió haciéndola crujir. Los jugos gástricos se me revolvieron y me acerqué más a ella.

—Enciérralo, me molesta — le ordenó la señora a madre.

Se me llevó a la fuerza mientras yo lloraba impotente. Quería aquella galleta que la señora me mostraba. Escuché a la señora reírse mientras se comía otra galleta.

En otra ocasión hizo lo mismo. Me llamó cuando ya tenía el cuenco de cristal de Bohemia en su regazo y me mostró un dulce que hacían unas monjas de clausura.

No los había probado nunca pero no es necesario haber probado el pollo asado para saber que es bueno.

Me preguntó si quería el dulce que me mostraba. Esta vez dije la fórmula adecuada a la primera:

—Sí, excelencia.

Me miró con ojillos rebosantes de maldad. La dejó caer al suelo y antes de que yo pudiera abalanzarme sobre la galleta le puso el pie encima. Me arrodillé como si me hallara ante un tesoro enterrado.

Sólo veía su pie, el negro brillante de su zapato de tacón. La señora Marec siempre andaba por casa como si fuera a ir al teatro, bien vestida y con sus elegantes zapatos de tacón.

Creo que todas mis obsesiones de índole sexual nacieron en esa época. A la señora Marec debo cómo soy, cómo siento ante la visión de unos pies femeninos o unos zapatos de tacón.

—Sabes dónde está el dulce, Bela? — me preguntó con falsa ternura la señora.

No contesté, apenas sabía hablar. Me limité a tocar su zapato.

—Muy bien, Bela, muy bien… ya sabes dónde está el dulcito. Y seguro que te gustaría comértelo, verdad?

No contesté. Levanté mi carita y la miré con los ojos turbios. Tenía hambre pero sobre todo deseo, quería aquel dulce de miel y almendra que era el objeto de la tentación. La señora Marec lo pisó. Lo aplastó y lo desmenuzó bajo su zapato y al cabo de un rato levantó el pie. El pastelito estaba aplastado contra su suela. Me la acercó a la cara.

—Pues si quieres comértela tendrás que lamerla de mi zapato, pequeño bastardo.

Le cogí el pie con mis manitas pequeñas y sucias para que no lo retirase de mi alcance y lamí la suela del zapato hasta que no dejé ni una migaja del aplastado pastelito.

A partir de aquel día muchas tardes se repetía la ceremonia con un dulce o con una galleta. La señora Marec disfrutaba con mi involuntaria humillación. Evidentemente yo no tenía conciencia de humillarme pero eso era lo que hacía: aprender cual era mi destino.

Había variaciones, por supuesto, la ceremonia nunca era igual, para no aburrir. Unas veces lograba comerme la galleta, aunque fuera lamiéndola de sus zapatos, otras veces sólo conseguía una bofetada y sus risas dolientes mientras yo lloraba.

Otras veces había variaciones litúrgicas; la señora se descalzaba el zapato y desmigajaba la galleta en su interior para luego acercarme la embocadura a la cara. Yo tenía que recoger las migas con la lengua y allí empezó mi primer contacto con los pies de la señora y fue a través del olor que despedía el interior de sus zapatos recién descalzados.

El siguiente paso que dio la señora Marec fue adiestrarme como si fuera un perro, su perrito. Me llamaba con el cuenco de cristal tallado en el regazo, cruzaba una pierna sobre la otra y balanceaba el pie haciendo que el elegante zapato quedara suspendido de los dedos de su pie.

No recuerdo cómo llegó a adiestrarme pero el caso es que yo me quedaba arrodillado ante ella mirando fijamente el vaivén del zapato hasta que éste se desprendía de los dedos y caía al suelo.

¿Qué sucedía entonces? Sencillo. Acercaba la carita a su planta desnuda y metía la nariz y los labios en el nacimiento de los dedos del pie. Inspiraba con fuerza y luego lamía y besaba la planta.

Si la señora quedaba satisfecha quebraba un trocito de galleta y me la acercaba para que la lamiera de su mano. Luego tenía que coger el zapato del suelo y volverlo a colocar de manera que quedara en equilibrio sobre sus dedos. Y vuelta a empezar el vaivén.

Así hasta que la señora se cansaba de mí y mandaba a mi madre que me encerrara en el desván o en el cuartito que compartíamos.

Creo que la señora Marec llegó a tenerme afecto. Yo no lloraba aunque me pegase. Siempre estaba pendiente de sus pies, sus zapatos y sobre todo de la galleta que era la recompensa, la tentación.

Llegué a soñar con el olor de los zapatos de la señora Marec y en sus pies. Un día me mandó estirarme en el suelo y tras descalzarse me puso los pies sobre el vientre y la cara.

Ella se durmió y yo también. A veces me daba la galleta sin necesidad de que me la ganara humillándome, otras veces sólo me ganaba unos tortazos que me daba con sus elegantes manos.

Mamá sufría al ver lo que la señora me hacía pero no se atrevía a quejarse por miedo a que nos echara a los dos a la calle y hasta que cumpliera dos años no podría hacer efectivos sus planes.

Llegó un momento que cuando veía a la señora Marec corría a acurrucarme a sus pies. No sé si quería sus recompensas o simplemente estar a sus pies. No recuerdo el rostro de la señora Marec, lo cual es lógico porque yo era muy pequeño, pero no se me ha olvidado el olor y la forma de sus pies.






***





Cuando cumplí los dos años mamá me llevó a su pueblo, a cincuenta millas de Budapest. Resultó que la señora Marec se había encaprichado conmigo y entonces le ofreció un nuevo trato: permitiría que ambos nos quedásemos a su servicio, ella en las mismas condiciones, algo mejoradas, y yo en calidad de lacayo de ella, aunque lo que quería decir era en calidad de perrito, de mascota.

Madre dudó, estuvo a punto de aceptar la oferta de la señora Marec pero finalmente le llegó una oferta que la apartaba de la esclavitud a la que vivía sometida y que por el mismo motivo iba a alcanzarme a mí en caso de aceptar la propuesta de la señora Marec: una viuda joven con una hija le ofreció entrar a su servicio como criada con un sueldo, miserable pero un sueldo a fin de cuentas, con comida regular, vestido de doncella, habitación propia, dos tardes libres al mes y una de domingo. Eso sí, yo no entraba en el trato.

—Lo siento, excelencia, búsquese otra esclava — fue la respuesta final de mamá a la señora Marec.

Yo me sentí triste, me había acostumbrado a sus pies, a su olor, a sus bofetadas, a sus besos que me daba después de pegarme, a dormir bajo sus plantas, a sus zapatos de tacón con los que a veces incluso había llegado a pisarme. Pero yo sólo tenía dos años y no podía dar mi opinión.

La nueva patrona, que procedía del mismo pueblo que mamá, le había dicho que una tal tía Zenobia, acogía muchachos bastardos para criarlos a cambio de dinero.

De lo que la nueva ama le pagara podría mi madre costearse mi mantenimiento en casa de la señora Zenobia, porque la nueva patrona tampoco quería que mi madre me tuviera con ella. Mamá debería ocuparse de la hija de su ama.

La señora Marec insultó a mamá e incluso la abofeteó, pero madre se marchó con sus escasas pertenencias y conmigo agarrado a su falda. La que para mí ya se había convertido en mi dueña y ama, la señora Marec, me despidió clavándome una última bofetada pero me dio una galleta para el viaje.

No lo recuerdo pero mi madre me contó más adelante que tras pegarme y darme la galleta yo me arrodillé a sus pies y los besé. Ese día lloré, y no por el dolor de la bofetada sino por separarme de los pies que adoraba.

Viajamos en tren hasta Goldic, el pueblo de mamá. Tardamos casi todo el día en recorrer las 50 millas. Era la primera vez que veía el pueblo en el que viviría hasta cumplir los catorce años.

La señora Zenobia nos recibió en su casa que se hallaba a la salida del pueblo. Era una casona grande aunque desvencijada. Tenía un porche amplio, jardín y huerto detrás, planta baja, una planta superior y desván, y muchas estancias amplias.

Me agarré a las faldas de mamá cuando estuvimos frente a la que se iba a ocupar de mí y de mi crianza. Era una mujer de unos cuarenta años, alta y algo gruesa.

En su juventud había ejercido la prostitución en un pueblo vecino, motivo por el cual mamá no la conocía. Había ganado mucho dinero y un día lo invirtió en adquirir su actual casona.

La adecentó un poco y se ofreció para criar los hijos bastardos de las sirvientas que como mamá no podían encargarse de criarlos ellas por el mismo motivo que sufría madre: sus patronas no querían criadas que tuvieran que ocuparse de sus propios hijos, preferían que lo hicieran de los suyos propios.

Madre negoció con la señora Zenobia el dinero que debería pasarle mensualmente para que se ocupara de mí. A mamá le pareció mucho dinero y la señora Zenobia le dijo que si no pagaba lo estipulado tendría que pagar yo a base de trabajo o comiendo menos — «O ambas cosas» — dijo la mujer.

Finalmente madre, que ya se había despedido de la casa de la señora Marec, no tuvo más alternativa que aceptar las condiciones de la señora Zenobia.

Se despidió de mí en el porche de la casona. Mamá lloró y me prometió que vendría a verme un domingo al mes, cuando librara. Pero eso no pudo cumplirlo durante los primeros años de mi nueva vida. La señora Úrsula, su nueva patrona, resultó que no era como mamá había creído cuando le ofreció el trabajo.

Pasarían aún cuatro años antes de que volviera a ver a mi mamá. Cuando lo hizo me contó porqué no había podido venir antes, pero yo no comprendí porqué los demás chicos y chicas que vivían conmigo recibían visitas de sus mamás los domingos y yo no.

De los primeros cuatro años de mi vida con la tía Zenobia no tengo recuerdos claros. Lo qué sí tengo grabado era el miedo que nos inspiraba a todos la señora.

Cuando estaba de buenas permitía que la llamáramos tía Zenobia, incluso mamá Zenobia, pero cuando estaba molesta o alterada, las más de las veces, sólo podíamos dirigirnos a ella como señora.

La señora Zenobia era una mujer guapa. Había sido puta durante muchos años, desde los dieciséis hasta cerca de los cuarenta. Era una mujer calculadora que todo lo que había ganado lo había guardado para poder retirarse del oficio a la menor posibilidad de hacerlo.

Aunque tenía su base en un vecino pueblo de la Putsza su ámbito de actuación la había llevado a recorrer todas las aldeas, pueblos, pedanías, villas y villorrios de la comarca.

Tanto Goldic como media docena de villorios de la Putsza pertenecían a su excelencia la condesa Malic. En las primeras dos décadas del siglo se habían producido en Hungría dos intentos revolucionarios y ambos habían sido sofocados a sangre y fuego por la nobleza y la burguesía aliadas contra el peligro obrero y campesino.

En cada una de las revueltas los ricos se habían hecho más poderosos y los pobres más miserables. Y entre los ricos y los pobres estaban los caraduras y aprovechados, los sinvergüenzas y los cínicos, como la señora Zenobia.

A principios de los años veinte ya no había siervos en el campo, los nobles no podían disponer de las vidas de sus campesinos como antaño, pero la tierra seguía perteneciéndoles y a los segundos no les quedaba otra que trabajarla para poder vivir.

Pero los nobles, dolidos por los dos intentos revolucionarios superados imponían fuertes rentas a sus aparceros de tal manera que cualquier familia de campesinos debía trabajar doscientos cincuenta días al año antes de empezar a obtener beneficios de su propio trabajo.

La nobleza no se ocupaba de mejorar sus propiedades, se limitaba a sangrar a los campesinos que las trabajaban y vivir en el lujo más indecente donde se codeaban con los grandes burgueses y nuevos ricos nacidos al amparo de la dictadura salida del último aplastamiento revolucionario del año 18.

La situación de los obreros y los campesinos en la Hungría de Miklos Horthy era desesperada. El campo se había despoblado. Muchos campesinos habían emigrado a la ciudad a engrosar las filas de obreros no cualificados.

El paro era de dimensiones abominables. La gente se moría de hambre, buscaban trabajo por miles y sólo se empleaban unos pocos. Las leyes permitían despedir a los obreros sin necesidad de requisitos.

En el campo, los que se habían quedado, no estaban en mejor situación. Trabajaban de sol a sol para poder pagar a los propietarios y lo que les quedaba no les alcanzaba para vivir con un mínimo de dignidad. En la Hungría de Horthy se pasaba hambre. Sólo los burgueses y los nobles tenían derechos y dinero. La vida era de ellos, una vida de lujos, placeres y vicio.

Las mujeres de las clases bajas se peleaban por entrar a servir en casa de señoras ricas que las trataban peor que a los animales.

La situación de los sirvientes domésticos era similar a la de los obreros y a la de los campesinos. Las clases bajas vivían de las sobras que dejaban los ricos. Era angustioso.

Y entre los ricos y los pobres medraban los sinvergüenzas, los que traficaban con la miseria de los más pobres. Los que se enriquecían con la necesidad de las clases más bajas.

Esa vergonzante capa de la población, la de los sin escrúpulos, la de los listillos, la de los sinvergüenzas, se doblegaba ante los poderosos y pisaba a los menesterosos.

La señora Zenobia era de los que se humillaba ante los poderosos y pisaba a los pobres. Ante su excelencia la señora condesa Malic se deshacía en adulaciones.

A los nobles y ricos les encantaba que las clases inferiores se mostraran sumisos y serviles y esa actitud le valió a la señora Zenobia estar a bien con el poder, lo que le permitió ejercer su inmoral negocio, porque era inmoral lo que hacía.

Mamá Zenobia ejercía de madre para sus bastardillos a la vez que abusaba de ellos como una tirana. Además estaba medio loca. Igual nos trataba con ternura, pocas veces, dicho sea de paso, como nos imponía implacables castigos por la menor contravención de sus egocéntricas normas.

He de reconocer que yo estaba fascinado por su belleza. Ciertamente conservaba buena parte de la belleza que le llevó a ser considerada la puta más codiciada del condado, pero su comportamiento desequilibrado en el ejercicio de su tiránico poder bajo el que nos sometía nos causaba a todos una angustia desorbitada.

Yo era el más pequeño de todos. En la casona vivíamos cinco pequeños bastardos, Jana, la mayor, de seis años, Baba, una niña de cinco, Janos, el mayor de los niños, de cuatro, Cloty, la pequeña de tres y yo, Bela, que empecé a convivir en aquella cárcel a los dos años.

Además de los niños y la señora Zenobia en la casona trabajaba como criada Lilí, una campesina de veintipocos años que la señora consideraba y trataba como a una esclava. No lo supe hasta años después, pero Lilí era su hija.

Los cinco bastarditos, como se nos conocía en el pueblo, estábamos necesitados del cariño materno que nuestras madres estaban imposibilitadas de ofrecernos.

Teóricamente competía a la tía Zenobia cubrir nuestras carencias afectivas, pero lo cierto es que el poco cariño que recibimos lo obtuvimos de la pobre Lilí.

Cuantas veces no habré llorado en el regazo de la joven campesina después de que la señora me humillara o me castigara. Como era el más pequeño gozaba del cariño y la simpatía de la muchacha.

Lilí consiguió que no me muriese de hambre en las épocas que mamá no podía mandar todo el dinero acordado en su trato con la señora Zenobia.

—Lilí, Bela comerá en el gallinero… lo mismo que comen las gallinas, su madre no ha cumplido otra vez con el pago acordado — decía la señora Zenobia cuando comprobaba a primeros de mes el giro que le había mandado mamá.

Lilí se inclinaba en una profunda reverencia y decía «Sí señora» pero a escondidas me procuraba pan duro y algo de leche y tocino para mitigar mi desnutrición.

La primera vez que mamá se retrasó en el pago de la cuota fue cuando ya había cumplido tres años. El primer año lo había pasado mal que bien sin excesivos apuros.

Me aclimaté al ritmo de vida que imponía la señora con sus normas extravaagantes y sus cambios de humor imprevisibles sin que resultara en exceso perjudicado.

Cuando fui castigado a comer lo mismo que las gallinas lo fui por todo el mes, hasta el siguiente giro. Si mamá se ponía al día se me levantaría el castigo, sino lo aumentaría.

En menos de dos semanas bajé de peso de manera evidente. La señora vigilaba que Lilí no contravieniera sus órdenes de manera que a la criada le resultaba casi imposible burlarlas. A partir de la segunda semana la señora relajó la vigilancia y fue cuando Lilí me llevó una noche a su cuartito.

—Toma Bela, come hijo… te estás quedando en los huesos — me dijo y se sacó de entre las bragas un pedazo de pan duro y una onza de tocino que había escondido para dármelo.

Lloré de felicidad. Comer lo mismo que las gallinas no era lo peor. Lo peor era que tenía que disputárselo. Cuando todos se sentaban a la mesa que presidía la señora de manera ceremoniosa, yo me iba al huerto donde estaba el corral de las gallinas a las que Lilí acababa de dejar un pozal lleno de maiz hervido durante toda la noche.

Me llevé cientos de crueles picotazos de las gallinas que veían en mí un adversario que les quitaba su pitanza. Al principio, los primeros días no logré llevarme a la boca ni un puñado de maiz y sí un montón de dolorosos picotazos en la cara.

Aprendí a defenderme de las gallinas. Con el gallo no me atrevía, le tenía terror. Primero comía él, y lo hacía solo. Era el macho alfa. Cuando se retiraba saciado la veintena de gallinas se lanzaban sobre el pozal y entonces era cuando yo intentaba comer algo.

Tras cuatro días recibiendo más picotazos que comida de las belicosas gallinas entendí que yo debía ser el segundo macho alfa del gallinero.

Me armé con un palo y la emprendí a golpes con las cluecas que parecían gobernar el gallinero en ausencia del gallo. Dejé a dos fuera de combate y les arreé a las otras cuatro sendos palazos en el lomo.

Una nube de plumas y una sinfonía de cacareos después, me encontré solo ante el pozal. Comí solo, con todas las gallinas mirándome con odio. Luego me retiré y ellas ocuparon mi sitio. Había ganado mi primera batalla por la subsistencia.

La noche que Lilí me obsequió con el oloroso tocino y el húmedo mendrugo la pasé con ella. La criada tenía buen corazón y se apiadó de mí.

Me metió en la cama con ella y dormí abrazado a sus grandes pechos de campesina de los que de manera inverosímil, por una cuestión de desarreglo hormonal, siempre manaba algo parecido a la leche materna.

Era un líquido claro y dulce al que me acostumbré en seguida. Lilí, cuando la señora Zenobia se quitaba el malhumor en mi espalda, si no era castigado a dormir en el desván, me llevaba a su cuartito y me dejaba dormir con ella.

Me ponía uno de sus hermosos pechos en la carita y me dormía mamando dulcemente de su pezón.

Los niños temíamos a la señora como si fuese el mismo diablo. Ella era el poder y la autoridad absolutos en nuestras miserables existencias. Ella decidía quien comía, quien era feliz, quien lloraba, quien reía, quien pasaba hambre, quien sufría.

En su presencia, según el humor que le detectábamos, la llamábamos señora, o tía o mamá, pero a sus espaldas la llamábamos, al menos entre nosotros, la vieja, y no porque lo fuera sino porque así nos lo parecía, especialmente cuando estallaba en alguno de sus coléricos arrebatos.

La vieja era aficionada a la bebida, no en exceso, pero siempre tenía a mano su petaca a la que daba pequeños sorbos. El alcohol la hacía más imprevisible.

Cuando bebía en exceso podía mostrarse más tierna o más cruel que nunca. Éramos incapaces de preveer qué actitud adoptaría.

La vieja, según decía, no había tenido hijos, una bendición del cielo que le había permitido ejercer su oficio durante años sin tener que preocuparse por las consecuencias.

Aunque esto no era del todo cierto puesto que tuvo una hija nada más empezar a ejercer la prostitución. Después de parir a Lilí perdió la capacidad reproductura.

Entregó a la niña a una familia de campesinos que hicieron con ella lo mismo que luego hizo ella cuando se retiró de puta: le criaron a su hija a cambio de dinero.

Cuando la señora Zenobia pudo se pudo permitir retirarse del oficio, fue a buscar a su hija. No la había visto en dieciséis años más que el día de su cumpleaños.

Lilí sabía que aquella mujer hermosa y provocativa que le traía un regalo cada doce de enero era su madre, aunque la pobrecilla considerase como su verdadera madre a la campesina que la cuidaba.

Lilí, dentro de lo que cabe, había tenido una infancia feliz. La familia que se había ocupado de ella lo había hecho por el dinero, pero se habían portado bien con ella.

La señora Zenobia había pensado en convertirse en la madama de su hija pues Lilí era una buena moza, de generosos pechos, bonita de cara y bien proporcionada, y así lo hizo en sus inicios, antes de decidirse a montar su negocio de madre de sustitución para hijos de sirvientas en apuros, pero Lilí no colaboraba, no le gustaba aquello y los hombres a veces se marchaban enfadados por la actitud de la muchacha y muchos ya no querían repetir.

—Si no quieres ser puta serás mi criada. Aquí hay que ganarse el pan, bonita — le espetó la señora Zenobia a la pobre Lilí el día que obtuvo el permiso de la señora condesa para instalar su negocio en el pueblo.

A pesar de dos revoluciones o intentos de revolución, el feudalismo en el campo húngaro en parte seguía manteniendo sus viejas estructuras de poder y relación.

Los ignorantes campesinos, con su actitud reverencial y temerosa hacia los nobles, ayudaban a que siguieran vivas y vigentes las arcaicas relaciones de poder y sometimiento. Para iniciar cualquier actividad o cualquier negocio en el Condado de Malic era necesaria la autorización o visto bueno de la señora condesa.

Lilí aceptó aliviada el nuevo cambio de rol. De hecho siempre había sido una sirvienta. Su madre de sustitución no la trataba mal pero la usaba como sirvienta.

Qué más daba que su verdadera madre hiciera lo mismo… además, la señora Zenobia le recordaba permenentemente a Lilí todo el dinero que ella había pagado a su familia de adopción durante dieciséis años y le decía que ahora le tocaba a ella devolvérselo trabajando.






***





Cuando llegaba el domingo de visitas yo me ponía muy triste. Desde que mi madre me dejó en la casa de mamá Zenobia no había venido ni una vez a verme. Yo me quedaba con Lilí mientras las mamás de los otros chicos y chicas estaban con sus hijos.

—Echas en falta a tu mamá, verdad, guapo? — Lilí siempre me llamaba guapo, según ella era el más guapo de todos.

Yo me quedaba triste y asentía. Entonces ella me llevaba a la cocina, su reino, su imperio, se sentaba en el banco junto al fuego del hogar y me sentaba en su regazo.

—Toma, chupa, tal vez eso te recuerde a tu mamita — me decía sacándose uno de sus generosos pechos y ofreciéndome su sonrosado pezón.

Debido a la extraña capacidad de los pechos de Lilí de estar siempre llenos yo pensaba que a todas las mujeres les sucedía lo mismo y recuerdo que las veía como fuente permanente de alimento.

No tendría que esperar demasiados años para comprobar que los pechos femeninos más que de alimento eran fuente de placer.

Las mamás de mis colegas bastardos solían traerles pequeños obsequios en sus visitas del domingo mensual, en consecuencia yo era el único que no tenía nada de lo que presumir.

Lilí, que se compadecía de mí, en uno de esos tristes domingos, me regaló un pollito recién nacido.

—Toma, para ti. Serás su mamita… ¿qué te parece?

Tomé en mis pequeñas manos aquella bolita de algodón amarillo que piaba lastimosamente y lo acaricié. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Estaba emocionado.

De hecho ya tenía cuatro años y era el primer regalo que recibía en mi vida si no tenía en cuenta los trozos de pan y tocino que se sacaba Lilí de dentro de las bragas y que me daba para compensar el hambre que me hacía pasar la señora.

Pero mejor hubiera sido no recibir aquel regalo. Durante diez días sufrí lo indecible porque era evidente que debía conservarlo en secreto. Si la señora se enteraba las consecuencias podrían ser terribles para mí y para Lilí.

Por las mañanas Lilí me lo traía cuando iba a recoger los huevos de las gallinas y por la tarde lo regresaba al gallinero cuando iba a llenar con agua los bebederos antes de apagar la luz.

Durante el día tenía a mi pollito escondido en el desván, donde me escapaba cada vez que podía para ir a verlo. Amaba aquel animalito.

—Adónde vas, Bela? — me preguntó la señora un día, cuando hacía más o menos diez días que tenía al pollito.

—A limpiar el desván, señora — contesté.

Aún era un niño pequeño y por tanto no tenía picardía. La señora se había dado cuenta de mis constantes escapadas por la escalera que llevaba al desván y yo no había caído en intentar disimular mis súbitas desapariciones.

—Iré contigo.

—Pero tía Zenobia…

—Nada, nada… quiero ver lo bien que limpias, vamos — me dijo levantándose de su sillón donde pasaba horas y horas controlando todo cuanto acontecía a su alrededor.

Me angustié. Recé para que el pollito estuviera durmiendo en la caja de zapatos que le había puesto con comida y agua. Si estaba allí había una posibilidad que la señora no lo descubriera.

Cuando entré en el desván miré y no vi al animalillo. Una agradable sensación de alivio me invadió. Cogí la escoba y me puse a barrer como un desaforado.

La señora se paseó lentamente por la amplia y abarrotada estancia, escrutando todos los rincones en busca de algo que le indicara el motivo de mis constantes escapadas al desván.

Cuando creí que había salido airoso de la situación se escuchó el piar alegre de un pollito. A la señora se le iluminó la mirada.

Siguió la dirección de los cacareos hasta que, desolado, vi aparecer, ufano e ignorante del peligro que corría, mi querido pollito.

Ya no era aquella bolita de algodón dorado pero seguía siendo un ser muy pequeñito al que yo quería proteger. No pude hacerlo. La señora se dirigió hacia él y le puso el pie encima, sin aplastarlo, sólo manteniéndolo prisionero bajo la suela de su zapato.

—Vaya, un fugitivo… qué haces tú aquí, pequeño — la señora le hablaba al pollo cuando en realidad me hablaba a mí — te has escapado? No… no creo que pudieras hacerlo tú solo. Te ha traido alguien hasta aquí? — me temblaban las piernas, intuía que algo desagradable iba a suceder — ¡Bela! ¿qué hace aquí este animal?

—No lo sé, señora… de verdad, no lo sé — mentí con gran inseguridad mientras no podía apartar los ojos del zapato de tacón de la señora que presionaba el pequeño cuerpecillo del pollito.

—Si tú no has sido sólo puede haber sido Lilí. Ve a buscarla, rápido — me ordenó endureciendo el tono.

No tuve que ir demasiado lejos. Lilí había oído a su madre decir que me acompañaba al desván y se encontraba en el rellano espiando, muerta de miedo.

—Lilí, qué puedes decirme de esto? — la señora pisó un poco más fuerte el cuerpo del pollito y éste comenzó a piar con desesperación.

—No sé señora, no sé nada… pero Bela no ha sido, eso es seguro.

Lilí estaba tan atemorizada como yo.

—Entonces no tengo otra opción. Si nadie lo ha traído hasta aquí es que se ha escapado, y si lo ha hecho una vez volverá a hacerlo. No puedo permitir que se me escapen los pollos… imaginaros si cunde el ejemplo, nos quedaríamos sin gallinas…

La señora Zenobia se rió con fuerza. Lilí y yo no osábamos mirar nada más que no fuera el pie de la señora.

Se me escapó un sollozo cuando la señora aplastó al pollito bajo la suela de su zapato. Nos miró a mí y a su hija mientras aplastaba el cuerpecillo desmadejado del animal, haciendo girar el pie hacia un lado y el otro.

La señora levantó el pie y con él se llevó el cuerpo reventado del pollito que se había quedado enganchado a su suela. Sacudió con energía la pierna hasta que se desprendió del cadáver y salió del desván con paso firme y seguro.

—Lilí, limpia esta mierda… y Bela un mes comiendo lo de las gallinas en el gallinero, parece que siente mucho amor por estos sucios animales.

Lilí me abrazó cuando nos quedamos solos. La muchacha se sentía culpable de mi sufrimiento por haber sido idea suya lo de regalarme aquel pollito.

Estuve como varios meses traumatizado recordando los estertores del animalito mientras la señora lo reventaba bajo la suela de su zapato.

Me despertaba en el cuarto donde dormíamos los cinco niños con gran angustia, sudando y sollozando hasta que me calmaba gracias a que Jana, la mayor, que entonces tenía ocho años, y que ejercía de hermana mayor responsable gracias a su gran corazón, venía hasta mi catre y me pasaba su pañuelo por la cara y el pelo sudados.

Jana y Lilí eran mi tabla de salvación. Ellas cubrían mis necesidades afectivas y por eso las quería mucho.

Mi madre volvió a retrasarse con los pagos a la tía Zenobia. Ésta, además de tomar represalias conmigo enviándome al gallinero para comer el insípido pienso hervido de las gallinas, decidió que incluso ese gasto que hacía extra de alimentarme tenía que ganármelo.

—El pienso de las gallinas también cuesta dinero y tendrás que pagarlo con trabajo. Ayudarás a Lilí en los trabajos domésticos — sentenció tía Zenobia.

Acababa de cumplir cinco años. En la aldea su excelencia la señora condesa Malic tuvo a bien contratar una maestra para desasnar a los hijos de los campesinos. Nosotros, los bastardos, como éramos conocidos en el pueblo, también tendríamos una educación.

Al principio la tía Zenobia nos excluyó, dijo que nosotros teníamos el destino escrito, que no seríamos otra cosa que sirvientes, mozos o criados y que estos no necesitaban saber leer, escribir o contar hasta cien, pero su excelencia le dijo a la señora Zenobia que todos los niños del pueblo debían ir a clase.

La tía Zenobia se cagaba en las bragas ante su excelencia y cambió de parecer cuando supo que la condesa se había molestado al comprobar que nosotros no estábamos inscritos en la flamante escuela que ella patrocinaba.

—Pero excelencia, sólo son bastardos, campesinos… qué instrucción necesitarán para doblar la espalda y decir, sí excelencia, no excelencia, trabajar de sol a sol como mulas en el campo o limpiando la plata de aquellos que los quieran a su servicio — intentó justificarse la tía Zenobia ante la condesa el día que ésta la citó para hablar de nuestra falta de inscripción en la escuela.

—Precisamente por eso, querida, debemos instruirlos para que acepten con alegría su destino que no es otro que el que acaba usted de explicar. Matricúlelos inmediatamente, querida. Es mi deseo — sentenció su excelencia.

A primeros de septiembre del año de 1925 los cinco bastardillos nos presentamos ante la maestra.

Me quedé embobado viendo a aquella hermosa joven que me iba a enseñar a leer y a escribir. Era una chica de la edad de Lilí y era preciosa. Hija de un médico de la Corte, de alguna manera emparentada con la familia de la condesa, supongo que por ese motivo había accedido al cargo.

La señorita Belinda era elegante, guapa, dulce y de aspecto bondadoso y risueño. Siguiendo las instrucciones de su excelencia la condesa, además de meter en nuestras estúpidas cabezotas campesinas las letras del abecedario su misión principal era hacernos ver mediante la sugestión de su plácida belleza que nuestros destinos estaban escritos y que lo más razonable por nuestra parte sería no pretender alterarlos ni modificarlos, en resumen, teníamos que aceptar con resignación, e incluso alegría, que el mundo se dividía entre los ricos y poderosos que gobernaban y los pobres y miserables que obedecían.

Asistíamos al colegio por las mañanas, hasta la una del mediodía desde las nueve de la mañana. En total 35 niños hijos de campesinos de edades comprendidas entre los cinco años y los doce.

Yo me sentaba con Jana en el primer pupitre y me pasaba las horas embelesado mirando a la señorita Belinda. Escuchaba su dulce voz y me perdía en fantasías en las que ella me tomaba a su servicio.

Yo daba por sentado que mi destino sería servir a alguien de la alta sociedad y no se me antojaba a nadie mejor que la maestra para que yo la sirviese.

Me imaginaba sirviéndole el té, haciéndole reverencias, limpiando sus zapatos, haciendo la lessive. Era muy afrancesada y nos enseñó algunos términos en francés que se me quedaron grabados para siempre.

La lessive era el cuidado y limpieza a mano de las prendas íntimas femeninas y yo me imaginaba oliendo sus bragas antes de lavarlas.

Su excelencia quería conocer de su propia mano los avances de sus pupilos. Para la condesa éramos el futuro ejército de sirvientes a los que había que inocular en sus pequeñas mentes campesinas que servir a los ricos y poderosos debía llenarnos de orgullo y satisfacción.

Por ese motivo dos, o más días a la semana, en realidad cuando a su excelencia le apetecía, la señorita Belinda iba directamente al palacio Malic para pasar su informe.

Esos días la señorita Belinda acudía a la escuela vestida de amazona, calzando unas impresionantes botas de montar y en traje entallado que se me antojaba incómodo para cabalgar pero que a ella le sentaba de maravilla.

La señora condesa era una gran aficionada a la equitación y a los perros de caza. Siempre que la veíamos aparecer por el pueblo era montada en su precioso caballo árabe, un costoso ejemplar que le regaló un potentado turco, negro como el azabache con dos manchas blancas alrededor de los ojos que le hacía parecer que llevara gafas.

Los días que la señorita Belinda debía acudir a Palacio lo hacía a caballo y por eso venía a la escuela vestida de elegante amazona. Esos días yo desconectaba de todo y me quedaba atrapado en la visión sugerente del brillo de sus botas.

La señorita tenía su mesa en una tarima lo que la elevaba por encima del nivel de la clase y por mi cercanía desde el primer pupitre que ocupaba podía recrearme en cada movimiento de sus pies.

El escritorio de la señorita era diáfano por lo que ante mí se ofrecía una clara perspectiva de ella sentada en su silla.

Solía cruzar una pierna y balancear la bota rítmicamente y cuando eso sucedía ya podían caer bombas en la escuela, yo me quedaba atrapado en el brillo del vaivén de su bota.

El que fuese dulce en su aspecto y en sus movimientos, formas y lenguaje no implicaba que no fuese una maestra como las de siempre, sólo que ella no gritaba ni soltaba groserías como los maestros al uso. Ella lucía una dulce autoridad.

Cuando nos pegaba por borricos lo hacía con una dulce sonrisa en su preciosa cara de ángel, de tal manera que nos daban ganas de que nos volviera a pegar, incluso a uno le daban ganas de darle las gracias por el bofetón o de besarle la mano con que nos había pegado.

Yo no lo sabía pero al parecer estaba bien dotado para los estudios. Aprendía rápido y eso me colocó en una posición casi de privilegio ante la maestra que me utilizaba de ejemplo ante los más duros de mollera.

Me moría de vergüenza cuando a niños más mayores que yo les afeaba que no leyeran como el pequeño Bela. Eso, claro, me granjeó el odio de los chicos del pueblo.

Si ya nos miraban por encima del hombro porque sabían que éramos los hijos de la puta, así llamaban a los bastardos que cuidaba la tía Zenobia, cuando empecé a despuntar por mi inteligencia superior me granjeé su odio además de su desprecio.

Cuando no vestía su elegante traje de amazona venía a clase con finos vestidos que debían costar una fortuna. Siguiendo la moda de los países occidentales, la señorita Belinda, lucía vestiditos más bien cortos por lo que mostraba sus piernas y siempre calzaba bonitos zapatos de tacón que eran tan finos que no entendía cómo podía caminar sobre ellos sin torcerse los tobillos.

Asistir a la escuela no era gratis. Los padres de los alumnos tenían que pagar cada mes una cuota. La señora condesa no iba a dar gratis lo que costaba un dinero.

La tía Zenobia consiguió que nuestras cuotas fuesen más bajas ofreciendo a su excelencia que nosotros nos ocupásemos de la limpieza de la escuela, obviamente de forma totalmente gratuita y voluntaria, lo que hacíamos al terminar las clases y los sábados por la mañana ya que ese día no era lectivo.

La escuela se convirtió en mi válvula de escape. Cuando regresábamos a casa le contaba a Lilí todo lo que había aprendido. A Lilí le hacía mucha ilusión que le explicase las letras.

La pobre era totalmente analfabeta. Con la familia que la crió no hizo nada más que trabajar y luego con su madre más de lo mismo. A la señora Zenobia la enfurecía ver que Lilí perdía el tiempo conmigo cuando le mostraba el cuaderno de la escuela.

Una tarde nos sorprendió a los dos sentados en el jardín. Yo le enseñaba a poner los labios para deletrear. La señora Zenobia cruzó el jardín a grandes zancadas y le soltó un terrible bofetón a Lilí.

—¿No tienes trabajo, imbécil?  — le gritó.

Lilí nunca se revolvía. Aceptaba sumisamente que su madre la tratara como una esclava e incluso que la golpeara con saña cuando algo no la complacía. La buena de Lilí se levantó y se marchó llorando hacia la cocina. Yo estaba sentado con la libreta en la mano, angustiado. Ahora me tocaría recibir a mí.

Me agarró de la oreja y me llevó tras ella. Fuimos a su cuarto. La casona era muy grande, vieja y algo destartalada, pero sus aposentos estaban bien cuidados. La tía Zenobia sólo gastaba para ella.

Me sorprendí al ver la zona prohibida. Los niños teníamos terminantemente prohibido entrar en sus aposentos que constaban de un cuarto de baño —no teníamos agua corriente y Lilí se encargaba de llenar la bañera de su madre cargando cubos desde la cocina— una sala o gabinete y una habitación dormitorio muy grande.

Las dependencias de la tía Zenobia estaban en la planta baja y se accedía a ellas después de cruzar un descansillo que partía del salón comedor que a su vez se accedía desde la cocina. Luego estaban los accesos al jardín y el huerto y las escaleras que llevaban a nuestros dormitorios y otra escalera independiente que llevaba al desván.

La señora abrió un inmenso armario y vi que tenía más vestidos que una princesa. En la parte inferior de aquel armario había lo que se llama un zapatero.

Varios estantes llenos de todo tipo de calzado, zapatos de tacón, sandalias de verano y botas de montar así como diversas zapatillas de estar por casa muy elegantes.

—Tu madre se sigue retrasando en los pagos, así que te toca limpiar todos mis zapatos. Si encuentro una sola mota de polvo, suelas incluidas, te azotaré hasta hacerte sangre — fueron sus órdenes precisas y dadas con una voz autoritaria que me hizo sentir las rodillas blandas.

La tía Zenobia se marchó y me dejó solo ante aquella visión monumental de zapatos y sin pretenderlo a mi mente vino la imagen de la señora Marec.

También recordé la manera que la señora Zenobia acabó con la vida de mi pollito en el momento de tener en mis manos los negros zapatos de tacón que había usado aquel día horrible en mi memoria.

Estaba a punto de cumplir seis años y lejos de sentirme mal por el castigo que me había impuesto la señora me sentí muy feliz rodeado de zapatos.

No obstante no volví a intentar enseñarle nada más a Lilí porque su madre, tras dejarme ante la ardua tarea de lustrar todos sus zapatos, se fue a buscarla y le propinó una severa paliza pegándole con la zapatilla que se descalzó. La golpeó con saña hasta que se le puso la cara como un mapa.

Me sentí culpable.






***





Jana, mi especie de hermana mayor, se enamoró de la profesora, la señorita Belinda. Me di cuenta un día que dejé de lado mi permanente embeleso por la joven profesora al percatarme que Jana, que era mi compañera de pupitre en la primera fila, ponía la misma cara de ensoñación que debía poner yo cuando seguía el vaivén de su pierna visto a través de la mesa diáfana del escritorio.

—Qué miras Jana? — le pregunté dándole un codazo flojito en las costillas.

Jana se ruborizó. Era una muchacha dulce y tímida de piel clara y pecosa, rubia como el trigo en verano y de ojos profundamente azules. Las pecas de alrededor de la nariz se le iluminaron, como si se hubiera encendido por dentro.

—Na…nada… nada… — balbuceó con apabullante timidez.

Tuve claro que su actitud algo escondía. Me dediqué a observarla y vi que sus ojos seguían con atención el menor movimiento que pudiera hacer la señorita Belinda.

Aquel día debía tener que reportar a su excelencia y lucía su acostumbrado traje de amazona. A duras penas podía apartar la mirada del brillo de sus botas pero hice un esfuerzo y me concentré en Jana. Ella también parecía encandilarse con lo mismo que a mí me obsesionaba.

Aquella tarde la abordé después de terminar de fregar los suelos. Mamá seguía retrasándose en sus pagos y yo cada vez hacía más tareas domésticas para ganarme las sobras de comida de los demás.

—Dime un cosa, Jana… qué te pasa a ti con la señorita Belinda? — le pregunté directamente.

—A mí, qué me va a pasar? — intentó irse pero la sujeté por el codo.

—A mí me pasa lo mismo, Jana… la amo — me aventuré.

Pensé que me iba a pegar una bofetada. Jana nunca pegaba a nadie pero una vez que Baba la hizo enfurecer le soltó un sopapo. Pero no se enfadó. Al contrario. Se desinfló. Parecía tensa pero mi comentario había sido tan certero que se sintió descubierta y precisamente por eso aliviada. Éramos amigos y debió pensar que su secreto estaría a salvo conmigo.

—Es cierto, la amo. Es la mujer más maravillosa que he visto nunca — dijo juntando las manos como si fuese a rezar y parpadeando rápida y repetidamente como embelesada, enamorada — es tan bonita, y tiene tanta clase, y es tan dulce… y… y… y… — noté que enrojecía, se había quedado como bloqueada.

—Y qué? — la ayudé.

—Nada. Que me gusta.

—He visto que te quedas como atontada mirándole los pies cuando está sentada ante la mesa escritorio.

—Y tú también, te piensas que no me he dado cuenta? — se revolvió molesta. Era como si hubiese descubierto algo innoble en sus sentimientos. Tuve un presentimiento. Si yo andaba fascinado por los pies de las damas por qué a Jana no podía pasarle algo parecido? Me lancé.

—Te gustan sus botas, a que sí… — le solté.

Vi que se ponía de nuevo roja como la pulpa de la sandía. Había dado en el clavo.

—No te preocupes, a mí me sucede lo mismo.

Le conté mis vagos recuerdos de niñez, cuando la señora Marec me tenía a sus pies y pisaba una galleta que yo lamía de la suela de su zapato, o cuando me descansaba sus pies cálidos y descalzos en mi vientre y mi cara y me dormía con su olor. Jana me miraba con asombro.

—De verdad? — me preguntó.

—Supongo. Yo era muy pequeño y no tengo memoria, pero en mi interior ha quedado algo que no se me puede borrar y es eso que te estoy contando.

—A mí me pasó lo mismo, o parecido — me confesó en susurros como para que nadie pudiera oirla.

Enarqué una ceja reclamando más información. Jana seguía roja como la grana pero ahora había llegado a alcanzar lo más profundo de sus secretos. Había abierto una puerta herméticamente cerrada e iba a ser el depositario de los secretos de aquella niña a la que quería como a una hermana.

—Algo parecido me hacía a mí la señora Zenobia. Yo fui su primera niña a la que acogió. Tenía tres años. Yo no quería dormir sola en el piso de arriba y lloraba. Lilí venía a buscarme y me llevaba a la habitación de la señora. La tía Zenobia me pegaba con su zapatilla en el culo y después me permitía dormir con ella… pero a sus pies.

»Durante un año dormí cada día dentro de su cama abrazada a sus pies. El tacto y el olor de los pies de la señora llegaron a darme tranquilidad. Ahora muchas noches se hace llevar a Cloty. En aquel entonces yo era su niña. Ella decía que me quería. A veces me pegaba con una correa pero a mí no me importaba porque después me cogía, me besaba y me permitía echarme en el suelo a sus pies. Nada más sentir su olor me tranquilizaba.

»Luego llegó Janos, y Baba, también Cloty y luego tú. La cosa ya no fue lo mismo. Ella se volvió más altiva, más distante. Sólo le preocupaba que nuestras mamás le pagasen. Hace poco me llamó a sus aposentos. Lilí le estaba pintando las uñas de los pies. Me quedé como una tonta mirándoselos. Ella se sonrió y apartó a Lilí con el pie y me dijo si me gustaría besárselos. Me sentí en una nube al volver a sentir su tacto mórbido y su olor.

»El día que vi a la señorita Belinda vestida de amazona tuve un shock. La señora Zenobia, a pesar de tener mala prensa entre la gente del pueblo por su pasado es temida porque tiene alguna relación con la señora condesa. A ésta le gusta siempre montar a caballo y nuestra señora se defiende bien con los equinos. Algunas veces que la condesa la había invitado a alguna de las cacerías que suele organizar, se vestía con un traje de equitación y botas de montar. Lilí tenía que limpiárselas y yo iba a la cocina sólo para ver cómo lo hacía.

»Cuando vi a la señorita Belinda con esas botas relucientes pensé en los pies de la señora Zenobia y la recordé cuando iba a las cacerías de la condesa. No sé que me pasa cuando veo a señoras vestidas así, se me altera toda la sangre. En clase, cuando viene vestida de amazona pienso que me gustaría ser su criada para poder darle lustre a esas botas, ayudar a calzárselas, sacárselas cuando regresa de cabalgar y besarle los pies para que tenga descanso.

Lancé un suspiro de alivio. Había encontrado un alma gemela y eso hacía que no me sintiera como un bicho raro.

—A mí me pasa algo parecido — le confesé — crees que la señorita Belinda tendrá criada?

—Pues claro que debe tener criada. Es rica, eso se nota a la legua y todos los ricos tienen sirvientes. Un día seré yo su criada, su sirvienta — dijo entornando los ojos como si ya se imaginara vestida de doncella con las botas de su ama en las manos lista para ponérselas.

A partir de ese día de confesiones inconfesables, entre Jana y yo nació un vínculo indestructible.





***





Cuando cumplí los seis años tuvo lugar mi reencuentro con mamá. Habían pasado cuatro años desde que me dejara en manos de la tía Zenobia y desde entonces no la había vuelto a ver.

Fue un domingo de marzo. El domingo de las visitas. Llegaron las mamás de mis compañeros y yo pensaba en irme con Lilí para no tener que presenciar las escenas de besos, arrumacos, caricias y lágrimas que se desataban cada vez que las madres hacían su aparición en escena. Lilí en esas ocasiones me hacía de madre. Me llevaba al desván y me dejaba que mamara de sus pechos.

No obstante ese domingo Lilí no estaba disponible, la señora Zenobia la había enviado a limpiar a la casita que la profesora había adquirido en el pueblo.

Hasta ese día la señorita Belinda vivía en el único hotel del pueblo pero después de que la señora condesa aprobara su gestión al frente de la escuela había optado por hacerse con una vivienda y mientras esperaba que le llegara la sirvienta que le había regalado la propia condesa nuestra señora Zenobia, siempre bien dispuesta con los poderosos, le había ofrecido los servicios de Lilí para que adecentara su nuevo hogar.

Yo me había ido a dar una vuelta. Era domingo y la señora Zenobia estaba ocupada recibiendo a las madres, quejándose de los gastos que suponía alimentar, vestir y educar a sus vástagos para sonsacarles más dinero, por tanto no estaba disponible para que me tiranizara como tenía por costumbre.

Marché caminando hasta el pueblo, con las manos en los bolsillos y descalzo, caminando sobre la nieve que aún el débil inicio de la primavera no había deshecho.

Si el hambre era una de mis compañeras en esos días de mi infancia, el miedo y el frío eran los suyos y los tres se confabulaban para acompañar mi existencia de día y de noche.

La casa en que vivíamos estaba al final del pueblo y tenía que recorrer una larga avenida para llegar al centro. El pueblo no era muy grande y toda la vida social se daba en la avenida principal que llevaba el nombre de su excelencia la condesa en claro homenaje que sus moradores hacían a la dueña de vidas y haciendas.

La escuela se hallaba de entre los primeros edificios justo a la entrada del pueblo y la casita que había adquirido la señorita Belinda casi lindaba con ella salvo por un huerto que también le correspondía.

Vi a Lilí arrodillada en el porchecito de la casa fregando el suelo de piedra y a la señorita Belinda sentada en una mecedora, tomando un café humeante y leyendo una novelita de esas románticas.

—¡Bela! — me llamó la señorita Belinda cuando me vio apoyado en la verja de su jardincito — ven, entra… ¡Lilí, ve a abrir la cancela, rápido! — pude oír que le ordenaba.

Lilí se levantó del suelo y vino corriendo, atravesando el pequeño jardín y me abrió la puerta.

Me sonrió como tenía por costumbre. Vi que tenía las mejillas enrojecidas y pensé que sería por el frío, pero una mirada más atenta sorprendió los dedos de una mano marcadas en la carne de ambos carrillos y unos chorretes sucios que los surcaban me indicaron que había llorado. Había sido la señorita Belinda?

Abracé a Lilí fugazmente y me dirigí hacia el porche. La señorita Belinda no se levantó para saludarme pero me ofreció una de sus impagables sonrisas.

—Qué haces aquí, Bela? Hoy no es el día que os visitan vuestras mamás?

Asentí y mis ojos se posaron en las zapatos de tacón, de ese tacón que parecía una aguja de fino que era, y que calzaba esa mañana y asomaban bajo la falda de su vestido.

Hoy no vestía moderna, como otros días, con faldas cortas sino que llevaba un vestido de falda larga hasta los pies, pero al estar sentada con una pierna cruzada como tenía por costumbre podía verse perfectamente sus bonitos zapatos,

—Mi mamá no viene nunca a visitarme — musité avergonzado.

—Vaya, qué penita. Y vas descalzo, no tienes frío?

—Sí tengo, pero no tengo zapatos y la señora Zenobia no me da porque mi mamá le debe dinero.

—Qué historia más triste. Te gustaría ganarte unos florines?

Asentí con vehemencia. Deseaba tener algo de dinero para poder comprar caramelos. Los hijos de Zenobia nunca podíamos ir a la tienda del viejo Lucas porque no solíamos disponer de dinero y a la salida del colegio solíamos ir con los otros niños por ver si alguno se apiadaba de nuestras caritas y nos daba un caramelo.

Lo único que lograba es que Maresha, una de las niñas más guapas de clase me diera la envoltura para que la lamiera y degustara el sabor dulzón que el contacto del caramelo había dejado en él.

—Qué tengo que hacer para ganarmelo, señorita? — le pregunté sin poder apartar la mirada de sus elegantes zapatos de tacón.

—Durante este tiempo he vivido en el hotel y aunque no tenía sirvientes podía disponer de las camareras y mozos del establecimiento. Lauro, el mozo, me limpiaba los zapatos cuando yo iba a trabajar, pero ahora ya no estoy en el hotel y mis sirvientes no llegarán hasta la tarde. Querrías tú dar un repaso a mis zapatos? Lilí está aquí para que limpie la casa, pero ya que has venido… ella ya los ha acomodado todos en el armario… ven conmigo, te los mostraré. Si quedo satisfecha te daré dos florines.

La perspectiva de poder limpiar los zapatos de la señorita Belinda me puso contento. Aunque no me diese dinero se los lustraría con todo mi amor.

Se levantó y me cogió con dulzura por la nuca, posando en el cuello su fina mano.

—¡Tú, espabila, no te entretengas. Cuando vuelva quiero que la terraza está limpia, te queda mucho trabajo por hacer! — le reprendió con violencia la profesora a Lilí que seguía de rodillas frotando con ímpetu la porosa piedra de la terraza.

La señorita Belinda me llevó con ella hasta su alcoba. Cuando abrió las puertas del armario zapatero me quedé extasiado contemplando las tres hileras de estantes llenas de zapatos, sandalias y botas de montar.

Me sucedió lo mismo que el día que la señora Zenobia me obligó que lustrara toda su colección, mi mente se refugió en los zapatos y los pies de la señora Marec y por primera vez en mi vida experimenté un cosquilleo extraño en mi entrepierna.

La señorita Belinda trajo una caja vieja donde había todo lo necesario para limpiar los zapatos y me la dejó en el suelo.

Me senté junto a la caja y mis manos cogieron con devoción las altas botas de montar que tanto me fascinaban cuando ella las llevaba los días que iba a reportar a la señora condesa.

—Qué sucede Bela? Las botas no se van a limpiar solas… te has quedado atontado mirándolas — se rió la profesora y me sentí enrojecer hasta las cejas.

Ella estaba allí, de pie. Yo sentado en el suelo con las piernas cruzadas y sus elegantes botas en mis manos. Levanté la cara y la miré. Estaba más hermosa que nunca.

—Es que son muy bonitas, señorita — le dije sin apenas voz.

Ella se rió con una risa fresca y cantarina y se agachó para revolver mi cabello denso y alborotarlo.

—Es cierto. Son preciosas, muy elegantes. Pero ahora límpialas, y bien… me voy a vigilar a la vaga de Lilí.

Estuve tres horas encerrado en su alcoba dando lustre a todos sus zapatos y botas. Cuando terminé tenía la cosita dura. Me topaba contra la costura del vasto pantalón y me dolía pero cada vez que metía la nariz en el interior de sus zapatos o en la embocadura de sus botas de montar y me llegaba el olor que emanaba de su interior más dura se me ponía la cosa.

Cuando finalmente volvió a entrar en su alcoba yo había terminado y ella se mostró más que satisfecha con mi trabajo. Me dio dos florines y un beso en la frente.

Marché de su casita mareado, con dificultad para caminar por culpa de lo dura que se me había puesto la cosita de mear.

Regresé a la casa sintiendo el frío en mis pies pero más sentía el hambre que atenazaba mi estómago. Probablemente hoy comería pienso de gallina en el gallinero pero tenía tanta hambre que no me importaba.

Los demás niños comerían lo que sus mamás les habrían traido. Con suerte Jana me guardaría algo para darme luego, por la noche. Yo le contaría lo que había estado haciendo en casa de la profesora y ella se moriría de envidia.

Crucé la cancela del jardín delantero de la casona y vi una figura femenina de pie que se paseaba nerviosa en la entrada. Me acerqué. No la reconocí. Tenía dos años la última vez que la había visto y ahora contaba seis.

Pero ella me vio y me miró y yo supe, tuve la certeza de que era mi madre.

La mujer abrió los brazos y se agachó. Corrí hacia ella y me arrojé a sus pechos. Me besó convulsivamente mientras me palpaba con ansia. Era ella, mamá.

—Mi Bela, mi pequeño Bela, mi querido Bela… cuánto te he echado de menos… hijo, hijito… deja que te vea mamá… pero si estás hermoso y qué alto…

Alto sí estaba, pero lo de hermoso sería amor de madre. Estaba escuálido, y ella también lo vio pero no iba a decirme que parecía un cadáver ambulante.

Rebuscó en el bolso y sacó una torta de pan con arenques que desenvolvió de un papel aceitoso y me la dio. La devoré. Pasaba hambre, mucha hambre y aquella torta típica de los campesinos pobres me sabía al mejor manjar del mundo, además me la daba mi madre.

Se incorporó y me dio la mano. Echamos a andar por el jardín. Hacía frío pero no lo sentía. Entonces ella reparó en mis pies descalzos.

—¡Dios mío… esa mala puta! — masculló mamá entre dientes. Se desenrolló la bufanda de lana que llevaba, la cortó por la mitad con una navaja y me vendó los pies morados por el frío con ella.

Aún me estaba comiendo la torta y lloraba de emoción. Era mamá, mi madre, y venía a salvarme de la cruel señora Zenobia.

—Tenía que haberlo imaginado. Esa vieja puta te hace pagar a ti el que en ocasiones no pueda pagarle a tiempo, pero ahora cambiará. Aún no puedo llevarte conmigo, sólo serán un par de añitos que pasarán volando y luego vendré en tu busca. Ahora mi ama, la señora para la que aún trabajo, ha hecho un buen matrimonio. Era una viuda joven y bonita con una buena posición pero ahora ha pescado a un barón.

»Lo he pasado mal, no voy a engañarte, pero ahora todo va bien. Al principio la señora y yo teníamos algunas diferencias y me lo hacía pagar, pero he aprendido a tenerla contenta y ahora le resulto imprescindible. Y está la señorita Nina, Irina se llama, tiene tu edad, para ella soy como una madre. Conseguiré convencerlas para que me dejen traerte de vuelta conmigo. Ahora es imposible, eres demasiado pequeño y a las señoras no les gusta que sus sirvientas se distraigan por culpa de sus hijos, pero cuando crezcas un poco más ya podrás trabajar y entonces será distinto. Entonces vendré a buscarte.

Mi madre me mentía. No es que quisiera mentirme pero no podía decirme la verdad. Lo descubriría más adelante, pero ahora no tenía más remedio que creerla, creer que en cosa de un año se acabarían mis problemas con la señora Zenobia y volvería a estar con mi madre para siempre.

La miré. Ya no iba con andrajos como cuando servía a la señora Marec. Se notaba que era una criada pero de buena casa. Llevaba un vestido sencillo pero de calidad aceptable y calzaba zapatos de tacón.

Eran como los de la señora Zenobia, como los de la señorita Belinda, con un tacón muy fino, sólo que los de ella parecían más gastados, más viejos, no brillaban tanto como los de ellas.

Eso no me importaba. Mi madre estaba allí, conmigo, prometiéndome que volvería pronto a por mí, calzando mis helados pies con unas alpargatas que había fabricado allí mismo con su bufanda y dándome de comer una deliciosa torta de arenques.

Entramos en la casa para calentarnos. La temperatura seguía siendo gélida. La semana anterior había nevado como si estuviéramos en pleno invierno y la primavera recién estrenada no hacía acto de presencia.

En la casa crepitaba el fuego en el hogar. Miré orgulloso a mis compañeros porque estaba por fin con mi mamá.

La señora Zenobia nos miró con esa malicia que siempre asomaba a sus ojos crueles cuando vislumbraba debilidad en su oponente.

—Quédate a calentarte junto al fuego, mami tiene que ir a hablar con la tía Zenobia. Le voy a cantar cuatro verdades — dijo poniendo el entrecejo muy fruncido.

Me besó en los labios. Seguía viéndola joven, muy joven, y guapa, muy guapa, la mujer más hermosa que existía… salvo quizás la señorita Belinda.

No le cantó ni cuatro ni una verdad. La tía Zenobia era mucha señora para mamá. No oí lo que decían pero el lenguaje corporal de ambas indicaba claramente quien se comía a quien. No me importó. Al menos mamá se enfrentaba a ella.

Después mamá me dijo que todo estaba arreglado con la tía Zenobia. Fue una mentira piadosa. Nada se arregló. Las condiciones no sólo continuaron igual para mí sino que empeoraron.

La propia señora se encargó de comunicarme los acuerdos que ella y mamá habían alcanzado sobre mi personita.

A las siete de la tarde y por primera vez, marché con todos los niños acompañando a sus mamás a la estación. Iba muy feliz. Me entristecí cuando le dije adios desde el andén.

Mamá me prometió volver muy pronto, pero ese pronto se hizo esperar un par de años más. No volví a verla hasta cumplir los ocho.

Esa noche la señora me comunicó mi nueva situación. Lo hizo en su dormitorio donde me citó.

—Pasa Bela, y desnúdate — me ordenó mientras ella empezaba a quitarse la ropa y los zapatos — esta noche dormirás con mamá Zenobia — me sonrió frunciendo los labios enigmáticamente.

Obedecí. Cuando terminé la señora estaba desnuda y se ponía un corto camisón de seda transparente.

Era un niño, cierto, pero me quedé impresionado por la magnitud de la belleza de su cuerpo. No en vano había sido considerada la mejor puta del condado.

—Ven aquí, hombrecito — me dijo sentándose en un lado de su amplia cama.

Me encogí. Por un momento me vi reflejado en el espejo de cuerpo entero. Intintivamente me cubrí la cosita. Me daba vergüenza que me viera. También se la veía a ella.

Tenía abundantes carnes, bien puestas, no estaba gorda pero sí maciza. En cambio yo parecía un esqueleto. Ella parecía no tener vergüenza de mostrar todas sus carnes.

Me cogió por el brazo con sus manos de largos dedos. La señora se cuidaba mucho. Lilí le hacía la manicura y la pedicura casi a diario. Se ponía cremas en la piel, se bañaba con sales perfumadas y se maquillaba a menudo.

Me hacía daño. Sus largas uñas se clavaban en la piel de mi escuálido brazo. No me quejé. Estaba aterrado.

Me fijé en sus labios rojos. Los llevaba pintados. Tiró de mí y me besó en la mejilla. Luego se rió y mojándose el pulgar con la lengua retiró la marca de pintalabios que me había quedado marcada en la cara.

—Tu madre es una estúpida. Se piensa que es alguien y no es nada, tan sólo una esclava, destinada a lamer los pies de señoras a las que tiene que retirar el orinal, hacerles reverencias y agradecer las miserables sobras de sus copiosas comidas. Se ha puesto al día, es cierto, pero me debe todos los intereses de cuatro años de constantes retrasos y ahora me los voy a cobrar… y tú los vas a pagar. Puedes pagar con sufrimiento y hambre o, si eres listo, con trabajo y, porqué no, con placer.

No entendía qué quería decir la señora. De repente volvió a cogerme, esta vez por el cuello y me atrajo hacia su cara.

Me besó en los labios. Intenté cerrarlos pero su lengua me los separó y me la metió dentro de la boca. Intenté resistirme pero ella me tenía bien cogido.

—Te ha gustado? — me dijo cuando retiró sus labios de los míos.

No sabía si me había gustado o no, pero el miedo me hizo asentir mirándola de hito en hito.

La señora me miraba con un brillo extraño en sus ojos. Entonces bajó la mirada hacia mi entrepierna y su rostro adquirió la luminosidad de sus ávidos ojos.

—Santo Cielo, pequeño, parece que lo poco que comes lo atesoras todo en el mismo sitio — dijo soltando una risotada.

Su mano descendió a mi entrepierna y sus largos y suaves dedos se enroscaron en mi cosita. Me estremecí.

—Muchas luces no te ha dado Dios, pero a poco listo que seas sabrás aprovechar el Don que te ha procurado ahí abajo — dijo mientras me amasaba dulcemente el rabito.

Con Jana nos habíamos toqueteado como hacen todos los niños pero aún desconocía todo lo relativo al sexo. No obstante la señora, con sus toqueteos y sus comentarios me hacía sentir incómodo.

—Por tu edad deberías tener una pollita, pero tú tienes un auténtico rabo de toro… sólo habrá que esperar unos pocos años, de momento tendré que conformarme con otro tipo de servicio, pero te reservo para un futuro no lejano.

Seguía sin intender nada, lo único que tenía claro es que la cosita, o el rabito como lo llamábamos los niños, se me había endurecido como cuando olía el interior de los zapatos de la señorita Belinda.

La señora Zenobia se recostó en su cama y se abrió de piernas. Se golpeó entre los muslos animándome a colocarme donde ella me decía.

—Venga, hombrecito… no tengas miedo, pon aquí la carita… — con la misma mano que había golpeado la colcha entre sus muslos se separó los pliegues de la entrepierna.

Me horroricé. Conocía la cosita de Jana pero aquello, aunque debía ser lo mismo era totalmente distinto. Lo de Jana era como un corte limpio, sin pelitos, suave y olía ligeramente a restos de pipí. Sabía que las mujeres meaban por aquel agujero. Qué quería la señora? Por qué debía poner la cara ahí donde sueltan el pipí? Quería mearme?

La tía Zenobia insistió. Había levantado las rodillas y tenía las piernas separadas. El cuello inclinado hacia delante le permitió mirarme y sus ojos me dieron miedo.

De repente sentí como un garfio en mi revuelto cabello. Me tenía cogido, con sus dedos engarfiados tiraba de mi cabeza hacia ella. Sentí ganas de llorar y gritar.

—Ahí… sé un buen chico. Sólo tienes que dar besitos ahí… y pasar tu lengüecita por dentro del agujero — me dijo separándose más la entrada de su gruta con la otra mano.

Recibí el penetrante olor a hembra en la nariz e instintivamente traté de echar la cabeza hacia atrás, pero no podía.

—¡Jajajajaja…! ¿Qué pasa? ¿No te gusta cómo huele? — se rió la tía Zenobia que con la mano libre se había acomodado la almohada para apoyar la cabeza y poder verme sin necesidad de estar en tensión.

Aquello no tenía nada que ver con el olor a pipí suave de Jana. La primera impresión que tuve al recibir la bofetada en forma de tufo golpeando mis narices fue como si se hubiera destapado una cloaca.

Intenté resistirme pero la señora era mil veces más fuerte que yo, su poderosa mano me tenía sometido y yo estaba débil, muy débil para tratar de oponerme.

Cedí finalmente y aterricé con la cara en medio del pantano de fluidos, pelos y carne blanda y me ahogué.

Creo que un espasmo me recorrió la espina dorsal y la señora aflojó ligeramente la presión para que pudiera sacar la nariz y aspirar aire limpio.

—No temas, llegarás a acostumbrarte al olor. Después, cuando estés a mis pies te parecerá que huelen a rosas — se rió la señora Zenobia — ahora sé bueno y empieza a mover tu lengua.

Tenía razón. Al cabo de un tiempo de permanecer entre sus muslos ya no me resultaba desagradable, incluso con el paso de los días llegó a gustarme. Lo malo, al principio, era la cercanía de su culo que también me obligaba a lamer.

De vez en cuando, cuando mi lengua se introducía en su ano dejaba escapar una olorosa y sonora masa de gases entre sus risotadas.

Al cabo de casi veinte minutos con la cara metida en su gruta, tragándome pelos y chorros de viscosos efluvios sentí cómo la señora Zenobia empezaba a estremecerse.

Hacía rato que gemía pero en un momento determinado sus gemidos se convirtieron en algo parecido a los rugidos. Sentí miedo y me esforcé en mi trabajo de lamedor.

Cuando se inició el orgasmo en el rechoncho y macizo cuerpo de la señora cruzó sus piernas alrededor de mi escuálida espalda y apretó como si pretendiera engullirme.

El asunto finalizó con un estremecimiento más grande de los que le habían invadido y un grito que le salió del fondo del estómago.

La presión de sus piernas se aflojó, igual que la de sus dedos que seguían aferrados a mi largo cabello grisáceo.

Mamá me decía que tenía cabello de persona mayor, como medio encanecido y que eso me daba un aspecto distinguido.

Con mucho cuidado aparté la cara de sus trémolas carnes. La señora tenía los ojos entrecerrados y jadeaba sonoramente. Su mano volvió a mi cabeza pero esta vez se limitó a acariciármela.

—Ha estado bien, pequeño hombrecito… sigue así y a lo mejor comes caliente alguna vez — me dijo con la boca pastosa, como cuando bebía aquel aguardiente que le cambiaba el carácter y añadió al tiempo que volvía a aferrarme el cabello con su mano firme —: ahora escúrrete al fondo de la cama. Te estás quietecito. Sin moverte. Quiero que me beses los pies hasta que notes que me he dormido. Luego te largas a tu cuartucho de mierda con tus compañeritos de mierda… y ni se te ocurra comentar nada con ninguno… ni siquiera con Lilí.

Estaba aterrorizado. Obedecí cuando me soltó de nuevo el cabello y me deslicé por las sábanas de raso hacia el fondo de la cama. La señora se colocó bien la almohada y se estiró totalmente.

Sus pies llegaron a mi cara antes de que se tapara con la colcha y las sábanas. Tuve tiempo de ver el perfil de sus grandes plantas. Tenía los pies grandes pero muy bonitos, muy bien cuidados.

La señora tenía razón. Después de la experiencia buceando en su cloaca, el olor de sus pies me supo a gloria. Me abracé a ellos y los besé. De nuevo a mi mente acudió el subconsciente trufado con la experiencia vivida de niño con la señora Marec. Comprendí que nunca iba a librarme del deseo y la obsesión por los pies de las mujeres.

El olor de los pies de la señora me devolvió al refugio que había creado mi mente y me sentí seguro y complacido. Los besé durante mucho rato.

Se había dormido porque la oía roncar y yo seguí en el fondo de la cama besando y pasando la lengua por los grandes pies de la señora Zenobia.

Tenía que marcharme cuando se hubiera dormido pero estaba tan a gusto a sus pies que al final me quedé yo también adormilado.

Me desperté cuando caía de la cama al suelo. La señora se había movido y me había empujado, dormida, con los pies hasta echarme fuera de la cama.

A tientas me levanté. Esperé hasta tener conciencia de qué hacía allí y cuando recordé lo sucedido me marché sin hacer ruido tras recoger mis harapos que estaban en el suelo, donde los había dejado al desnudarme.






***




Aquella noche fue la primera  de cientos similares. Llegué a acostumbrarme al olor que despedía su entrepierna, es más, creo que llegó a gustarme.

Lo que más me gustaba de todo era que cuando ella había alcanzado el orgasmo me enviaba al fondo de la cama a besarle los pies.

Lo que no hice fue callarme. Todos los niños eran conscientes de que mi posición era la más baja en aquella especial estructura jerárquica que encabezaba la señora. Su manera despótica de tratarnos adquiría en mi caso tintes de verdadera crueldad.

Yo era menos que la pobre criada. En su afan por humillarme para castigar los retrasos de mamá en sus pagos llegó a permitir a los demás niños que podían ordenarme que les sirviera.

Salvo Jana, con quien tenía una cada vez más sólida amistad, los demás parecían disfrutar humillándome. Por eso, cuando me convertí en el pequeño hombrecito de la señora que por las noches le daba placer no pude callarme.

Todos tenían que saber que ahora tenía un cargo más elevado que el suyo. Pero la señora no revocó la orden de que tenía que servir a todos en la casa y si bien al principio logré intimidarlos con lo que les conté sobre lo que hacíamos la señora y yo, poco tardaron en considerarlo más una vejación que un privilegio.

Pero yo era mucho más feliz. Complacer a la señora por las noches tenía como premio que no volví a comer pienso hervido de gallinas en el gallinero. E incluso conseguí que me comprara unos zapatones viejos para el invierno y no tuve que padecer más el frío de la nieve en mis pies.

Sólo tuve un problema, y gordo. Fue al cabo de un año de iniciado mi nuevo servicio de dar placer a la señora, y fue por culpa de Baba. No sé el motivo pero a Baba no le caía bien.

Era con diferencia la que más me hacía sentir que yo era como una mierda, escoria según ella. Y no entiendo porqué ya que como yo y como los demás ella también era una bastarda. Su madre era una campesina que servía como criada en Budapest, como el resto de madres de mis compañeros.

La señora Zenobia un día que yo tenía altas fiebres, vómitos y el cuerpo lleno de sarpullidos, decidió que no podía prescindir de su servicio sexual y decidió usar a Baba.

A Janos ni se le pasó por la cabeza utilizarlo, era dos años mayor que yo y aún se meaba y cagaba encima. La señora le pegaba con la correa cada vez que Lilí, que no le decía nada, le lavaba los calzoncillos. La señora veía la ropa colgada en el jardín y sabía que Janos se había vuelto a hacer todo encima.

En más de una ocasión en que castigaba a Janos públicamente — hacía que se bajase los calzones en el comedor y delante de todos los niños le pegaba correazos en las nalgas hasta que le hacía sangre — por la noche notaba que me costaba menos hacerla llegar al orgasmo.


Empecé a fijarme que cada vez que castigaba a alguno de nosotros la señora se corría con mayor facilidad que en los días que no había castigo. Llegué a la conclusión de que gozaba haciéndonos sufrir.


(Continúa...)


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