A QUIEN LE INTERESE

En este rincón apartado he decidido publicar. La hipocresía que se vive en la página de TR (Todo Relatos) me obligó a abandonarla. Disfruto escribiendo y aún siendo consciente de que mis fantasías son minoritarias me parece injusto que aquellos que me seguían en TR se queden sin poder disfrutar de mis relatos.



No pretendo ser pretencioso. No quiero decir que mis escritos sean buenos, soy consciente de que no es así, pero aún lo soy más de que en este mundo retorcido de nuestras íntimas fantasías muchos buscamos algo que echarnos a los ojos que se acerque a nuestros fetiches, tabúes y quimeras eróticas.



Mi propósito es dejar al lector interesado y que se pueda identificar con mis inofensivos delirios una muestra de mi producción literaria dedicada al mundo de la sumisión, dominación, esclavitud y relaciones de poder. Fabulaciones en suma con las que más de uno sueña en secreto y que yo me dedico a poner negro sobre blanco con mayor o menor acierto.

Como que esta es una página abierta, he creado un grupo de admisión restringida en Yahoo (ver enlace) donde he puesto aquellos relatos que considero más fuertes, no sea que un alma sensible de esas que van por ahí salvando al mundo de la gente mala como yo se topase con uno de esos relatos y le salieran sarpullidos en el hipotálamo.



En este grupo sólo aceptaré miembros bajo petición expresa y siempre que me convenzan de su buena fe. Los relatos están en formato docx. y pueden ser descargados directamente.



Los relatos de ADELA también están en este grupo.



Aquí tenéis un enlace directo al grupo, pero recordad: miembros SOLO bajo admisión.



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martes, 2 de febrero de 2016

MEMSAHIBS





Olivia Fenton estaba adormecida. No soportaba el rigor de los casi cuarenta y cinco grados a la sombra en las horas centrales del día y sólo esperaba que llegara la noche cuando la temperatura descendería hasta los diez grados.

El efecto del calor abrumador genera molicie y a ella se abandonan tanto lady Olivia como el resto de esposas e hijas de los oficiales del acuartelamiento de Bihar, al norte de la India.

De la delgadísima y joven Olivia Fenton que llegó a Bihar con dieciocho años no queda ni rastro. Las carnes, cada vez más abundantes debido a la ausencia de ejercicio y las copiosas comidas y la ingesta de alcohol, no ayudan a tolerar el calor.

Sus nervios son delicados y esos sirvientes holgazanes, siempre intentando escabullirse del trabajo y de sus obligaciones, que la obligaban a una a imponer entre su servidumbre una especie de disciplina militar para tenerlos sometidos… es agotador.

El criado se acerca sigiloso. Ante todo debe evitar que la Memsahib Olivia despierte bruscamente. En una pequeña bandeja de plata lleva una nota para la Memsahib.

Olivia abre los ojos con suma pereza y atisba la figura arrodillada de uno de sus criados. Desde su cheslong intuye el moreno y esquelético cuerpo postrado en el suelo. Busca con la mirada a la niña que debería estar proporcionándole aire y no la ve. La muy golfa se ha quedado dormida. Eso la irrita enórMemente. Hace un esfuerzo y se levanta. Pasa por el lado del criado arrodillado que sostiene la bandeja con una nota y camina hacia la niña que dormita agarrada al enorme abanico.

Se detiene. Va descalza y busca sus zapatos. Están tirados en el suelo, ladeados. Se acerca y con el pie los endereza. Son clásicos, con un poco de tacón. Se los pone y camina de nuevo hacia la muchachita dormida.

Se demora un poco pensando en cómo la va a castigar por la osadía de quedarse dormida. Decide lo más cómodo para ella. Pisarla, simple sí, pero doloroso. La pisa. Le clava el tacón en el dorso de la manita que tiene apoyada en el suelo. La niña se despierta y grita. Olivia pisa con más fuera, con toda su fuerza. La chiquilla berrea de dolor.

Se vuelve satisfecha a su cheslong. Toma la nota de la bandeja que sostiene el criado y la lee. El viento que produce el abanico la alivia del calor. La niña está donde debe estar, de pie, tras ella, moviendo el abanico. Los sollozos de la cría la reconfortan.

Es un recado de Corinne, la joven esposa del nuevo oficial de caballería, el teniente Fellowes, un muchacho apuesto. Todas las mujeres han hecho sus apuestas sobre quién será la afortunada que logre ponerle los cuernos a la dulce Corinne.

Por las tardes, en el Club de Oficiales, las señoras toman el té, charlan y chismean, organizan fiestas… la vida en Bihar es muy aburrida. La única ventaja es que aquí, lejos de todo, pueden jugar a ser mezquinas diosas, mezquinas y endiosadas mujeres de todas las edades. Todas pueden ser diosas mezquinas, desde las hijas hasta las madres pasando por las esposas.

A Olivia Fenton le llaman La coronela. Lógico, es la esposa del coronel, el oficial de mayor rango y en consecuencia su esposa es la mujer de mayor rango. Le gusta el poder. Cuando llegó a la India tenía dieciocho años y sólo pensaba en marchar, en volver a Inglaterra. Veinte años después sólo piensa en conservar su estatus en Bihar, donde tiene categoría de gobernadora, y ese es el otro nombre con que se la conoce.

Da dos palmadas y el muchacho que le ha traído la nota aparece veloz aunque sigiloso. Se postra en el suelo. La cara pegada al piso y los brazos estirados por delante, en clara actitud de adoración.

—Avisa a Shamila, tiene que vestirme. Y tu ten preparado el rickshaw.

—Sí Memsahib.

Olivia se levanta y mira a la niña que sigue moviendo el abanico. No recuerda su nombre. Para ella todos los pequeños sirvientes tienen el mismo aspecto. Llega Shamila, su criada personal. Como deben hacer todos los sirvientes Shamila se postra en el suelo.

—Se ha quedado dormida otra vez. Encárgate de que reciba quince latigazos — dice Olivia mirándose las uñas de la mano derecha donde advierte en una de ellas un ligero desportillado del barniz.

—Sí Memsahib.

Shamila mira a la niña con cara de pena y luego sigue a su señora hasta sus aposentos donde la ayudará a vestirse.





***




Corinne está nerviosa. Aguarda la llegada de lady Fenton con cierta angustia. Necesita su consejo. Ve llegar el rickshaw. El coolie , de aspecto enfermizo, está en los huesos. El Club de Oficiales está en lo alto de la colina, emplazado como si se tratara de un fuerte, lo que obliga a los coolie s que transportan a los británicos a un esfuerzo agotador.

Corinne desciende los cuatro peldaños de la entrada al Club para recibir a la matrona Fenton. A sus casi cuarenta años lady Olivia parece que tenga cincuenta debido a sus abundantes carnes, aunque ese bien repartido sobrepeso no ha mermado su extraordinaria belleza, en todo caso la ha modificado.

—¡Oh, mi querida niña, pareces preocupada!

—Y que lo diga, lady Fenton, gracias por atender mi súplica.

—Cielo, una inglesa no suplica, eso lo hacen los nativos cuando están de rodillas a nuestros pies — suelta una carcajada acorde con su volumen pectoral.

Olivia está sudando. Suda como un cerdo. Odia tener que vestirse para acudir al Club. En la intimidad de su casa lleva vaporosas túnicas o directamente va desnuda. Nadie la ve, puesto que los criados nativos no son nadie, pero al salir de casa tiene que vestirse y odia cada vez más las calurosas ropas occidentales.

—Estoy muerta de calor. Vamos adentro. ¿Han traído hielo estos malditos criados? Me van a oír, se van a enterar como no esté el hielo. ¡Malik…Malik… maldito indio cabrón…! ¿Y el hielo?

—¡Oh gran Memsahib, divina Memsahib… acaban de traer al menos dos toneladas directamente de las montañas del Himalaya! — le contesta el servil Malik doblado como un junco y haciendo reverencias constantes a la todopoderosa esposa del coronel Fenton, el amo del lugar.

Dos sirvientes acompañan a las Memsahibs hasta la zona de mujeres del Club. Esa excepción en un club inglés fue obra de lady Olivia. Lógicamente los oficiales se negaron a que las damas, o sea sus esposas e hijas, pudieran frecuentar el Club de Oficiales, faltaría más… pero finalmente tuvieron que claudicar ante la tenacidad de la esposa del coronel, quien acabó accediendo a las singulares peticiones de su esposa.

Las malas lenguas hablan de que lady Olivia dejó de acceder a los caprichos sexuales de su esposo hasta que éste no aceptara poner un ala del Club a disposición de las mujeres.

De eso hacía ya bastantes años y en la actualidad los orgullosos oficiales de Su Majestad del acantonamiento de Bihar aceptaban con naturalidad la presencia de sus esposas e hijas mayores en el Club.

—Acomodémonos en el salón Rosa, querida — sugiere lady Olivia resoplando por culpa del incómodo vestido y del calor — ¡Malik, quiero a media docena de esos bastardos agitando el aire sin parar! — ordena dejándose caer sobre su sillón preferido que cuando ella está presente nadie osa ocupar.

—Desde luego Memsahib, faltaría más excelencia — contesta el servil encargado de la zona femenina del Club.

Segundos después los grandes ventiladores que cuelgan del techo empiezan a moverse. Malik ha colocado a seis chiquillos en las manivelas que accionan el movimiento de los toscos aparatos de refrigeración.

—Y bien, gatita, qué la tiene tan preocupada que la ha impelido a sacarme de mi irrenunciable siesta de después de comer.

—Verá milady… perdón, lady Olivia —Corinne es tan tímida y está tan preocupada que olvida que siendo ella misma una lady no tiene necesidad de dar ese tratamiento a la voluptuosa señora Fenton— se trata de mis sirvientes…

La joven Corinne hace una pausa y se mira la punta de sus zapatos. Es una muchacha excesivamente tímida e insegura y cuando está a punto de verbalizar sus preocupaciones piensa que tal vez no sean tan importantes para tomárselas como ella se las está tomando.

—Continúe, cielo… ¿qué les pasa a sus sirvientes?

—Bueno, no se trata de mis sirvientes sino de una sirvienta. En concreto de Malena, mi doncella.

Lady Olivia enarca una ceja y mira con curiosidad a la muchacha. Cree que ya sabe cual es su problema doméstico. Viendo que Corinne no sabe cómo contarle el problema ella la ayuda.

—Su apuesto maridito se la folla, ¿es eso?

El rubor encendió las mejillas pecosas de lady Corinne Fellowes. Sus manos retorcieron la punta de uno de sus guantes que llevaba en una mano.

—Así es, lady Olivia. ¿Cómo lo ha sabido?

Una carcajada que resonó por la vacía ala femenina del Club asustó a Corinne que se sobresaltó dando un respingo.

—Eso no debe preocuparla, cariño. En absoluto. Tiene que aparcar los preceptos morales con los que llegó aquí. El bueno de Richard no hace algo que no hagan los demás oficiales. Es más, es bueno que lo haga, demuestra ser como los otros — Olivia vuelve a lanzar una de sus sonoras carcajadas al tiempo que coge las manos de la modosa Corinne.

—Pero…

—Sí cielo, sé cómo se siente. ¿Cuantos años tiene?

—Veinte — balbucea con timidez.

—Más o menos los mismos que yo tenía cuando vine aquí. Al principio le costará, pero verá que se acostumbra. Lo que tiene que hacer es sacar partido de las debilidades de él.

Los ojos azules de Corinne se abren interrogando a la matrona que sonríe mostrándole una perfecta hilera de blancos dientes. Olivia le da unas palmaditas en las manos y llama a Malik.

—¡Malik, sírvenos un par de gintónics!

—Al instante Memsahib.

—Lo que tiene que hacer es no mostrarse angustiada. Hacerle saber que usted sabe que se la folla. Hacerle sentir culpable, es lo que hacemos todas, y por último darle a entender que no se piensa oponer a que satisfaga sus apetitos sexuales con las sirvientas, pero que quiere reciprocidad por su parte. A partir de ahí verá su reacción.

»Si se siente molesto dígale que lo ha hablado conmigo y también exíjale discreción. Si él recibe su reacción con agrado no será necesario que le exija discreción pero igualmente le comenta que lo ha hablado con la esposa de su Comandante en jefe.

»Dígale también que no olvide sus deseos de maternidad. Él tiene que cumplir como mínimo hasta que la preñe. Una vez esté usted en estado exíjale que preñe a alguna de sus sirvientas. Siempre es bueno tener una criada preñada, así no tendrá que estropear sus bonitos pechos amamantando a su criatura y de paso se habrá ganado un pequeño siervo que puede serlo de su hijo o hija.

—¿Pero cómo podré convivir con mi doncella sabiendo que cuando mi marido abandona mi lecho visita el suyo? — la voz de Corinne se quiebra por la angustia. No acaba de ver claros los consejos de lady Olivia.

—Si tanto le molesta lo tiene fácil, convierta la vida de su sirvienta en un infierno. Tenemos el poder de hacer con ellas lo que se nos antoje. Y no se imagina lo gratificante que le resultará hacerlo.

La llegada de una camarera nativa pone fin a la conversación. La muchacha se arrodilla mostrándoles la bandeja que sostiene entre sus manos. Las dos Memsahibs toman sus copas, lady Olivia hace chocar la suya y brinda por su joven amiga. Corinne sonríe y beben un sorbo de la burbujeante y refrescante bebida.

A pesar de que disponen de una mesa las dos mujeres dejan sus copas sobre la bandeja que sigue mostrando la arrodillada sirvienta que permanecerá en esa posición hasta que las dos Memsahibs se hayan acabado sus bebidas.

—La semana que viene está prevista la llegada a Bihar de mi sobrina Hester. Confío que se hagan buenas amigas. Ella tiene diecinueve años y por lo que sé es una muchacha muy recatada. Tiene usted que espabilarse pronto para que Hester tenga una buena referencia, un buen modelo a seguir.

—Oh, es usted muy amable, pero no sé si seré la persona adecuada para instruir a su sobrina.

—Seguro que sí, querida… ¿otro gintónic?

—Bueno…

—¡Malik, dos más de lo mismo!

—Sí excelencia.

—No sé porqué pero sospecho que usted es demasiado blanda con sus criados nativos… ¿les pega a menudo?

—Bueno, yo… — el rubor cubre de nuevo el pecoso rostro de Corinne.

—Nada, nada… eso es imprescindible. No hay nada que guste y excite más a nuestros esposos que ver a su dulce mujercita castigar a los sirvientes. Ahora le daré unos consejos sobre cómo castigarlos. Cosas sencillas pero prácticas.

—Es una suerte poder contar con alguien como usted, lady Olivia — le dice agradecida Corinne cuando de nuevo se presenta la sirvienta con los dos nuevos gintónics.

—Es mi obligación. ¡Malik, nos quedaremos a ésta muchacha… la usaremos como modelo para que la Memsahib Corinne practique un poco el arte de castigaros!

Una nueva carcajada de lady Olivia resuena en el ala femenina del Club.






***





Hester Abbey traqueteaba sobre el rickshaw que la lleva por los polvorientos caminos que conducen al acantonamiento militar de Bihar. Dos mulas, dirigidas por un par de niños famélicos, cargaban con sus baúles. Estaba irritada por culpa del calor y las incomodidades del viaje. Sudaba a chorros bajo su inapropiado vestido occidental.

Poco antes de alcanzar la muralla que protege la ciudad de Rathan, donde se halla el acuartelamiento, el carruaje en el que viaja Hester es interceptado por una avanzadilla militar a caballo.

La comanda un maduro aunque apuesto capitán, Gordon MacMahon, un solterón empedernido cuyo agrio carácter es atribuido a las malas experiencias amorosas de su vida.

El coolie  se detiene jadeando. Interiormente agradece al sahib capitán que le haya dado el alto. Se halla al límite de sus fuerzas.

—Buenos días, señorita… ¿puedo ver su documentación?

Hester lanza una furibunda mirada al capitán y mientras le entrega los papeles le hace saber quién es.

—Soy la sobrina del coronel Fenton, si no me equivoco de su coronel — le informa Hester recalcando el posesivo y levantando la barbilla con estudiada dignidad.

Gordon se queda mirando a la joven. Así que esta beldad altiva es la sobrina del viejo Fenton, piensa el capitán. Con una reverencia desde lo alto de su montura se inclina para devolverle los documentos sin haberlos siquiera mirado.

—¿Así es cómo usted ejerce sus labores de vigilancia y control? No ha comprobado que sea quien digo ser, sargento.

La confusión en el grado que ostenta Gordon con orgullo lo envara pero rápidamente se destensa y esboza una sonrisa.

—Una joven tan hermosa como usted sería incapaz de soltar una mentira tan gorda, señorita Abbey. Hester Abbey, supongo. Capitán Gordon MacMahon a sus pies y a su servicio.

Hester se ruboriza. El apuesto militar —a ella le da igual que sea sargento o teniente coronel— sabe su nombre y eso que ni se ha dignado ojear sus documentos de identidad.

—Vaya, veo que sabe usted mi nombre, capitán —esta vez le da el cargo que indican sus galones— muy atento por su parte.

—Estábamos prevenidos de su llegada, señorita Abbey. Disculpe que le haya solicitado la documentación, pero me advirtieron que debía esperar a una joven muy guapa, y resulta que usted es mucho más que guapa, si me lo permite le diré que es usted un ángel.

El rubor colorea el aniñado rostro de Hester y toda su altivez inicial se esfuma por el sumidero de su vanidad.

—Permítame que la escolte hasta la residencia de su tío. Si no me equivoco, lady Olivia la está esperando.

—Mi tía, claro. Bien, me pongo en sus manos, capitán Gordon.

El capitán Gordon desmonta de su caballo y se acerca al vehículo. Grita unas órdenes a sus subordinados en urdu y le tiende la mano a la joven para que pueda descender.

—¡Oh, veo que quiere obligarme a hacer el resto del camino a pie… y con este calor! — finge angustia la hermosa joven.

La guardia que comanda el capitán está formada por cipayos, soldados indios bajo bandera británica. Dos de ellos se acercan portando un palanquín que es una silla de manos.

—En absoluto, milady, mis hombres la llevaran en andas. Verá que es mucho más cómodo que el rickshaw.

Gordon MacMahon la ayuda a subirse al palanquín y él monta su caballo. El coolie  pide que la joven le pague y lo único que recibe es un latigazo que le propina el capitán ante una risita estúpida de la joven que ve que se va a evitar unas monedas.

Del mismo modo los cipayos cargan en sus monturas los baúles que transportaban las dos mulas. Los dos muchachuelos que había contratado para el tranporte huyen para evitar el látigo del sahib renunciando a la paga prometida.

—Tendré que pagarle a usted por el transporte, comandante — se ríe Hester.

—Capitán, milady, no me ascienda todavía — le dice Gordon — y no, invita el gobierno de Su Graciosa Majestad.

La comitiva se dirige lentamente a la puerta amurallada de la ciudad. Después de cruzarla Hester mira fascinada el gentío, la muchedumbre que pulula en ella. Lleva pocas semanas en la India y ya se siente fascinada por su ambiente. Se siente dichosa de que su tía haya accedido a acogerla en su seno.

Lady Olivia era la hermana de la madre de Hester. Al quedar huérfana su tía se ofreció para ocuparse de ella. Hester aceptó el ofrecimiento que le había llegado por carta medio año atrás. Viajar a la India, todo un sueño. Vivir allí, con todo lo que había oído… fascinante.

Había llegado a Mumbai en barco. Un viaje agradable donde había conocido a una joven que iba a casarse con un oficial. La muchacha iba acompañada de su futura suegra, que hacía años que vivía en la India, y fue esa mujer quien le explicó cuanto sabía y conocía de la India, poniéndola en antecedentes sobre las relaciones de los británicos con la población nativa.

Hester se sintió conmovida por la enorme miseria que observó en las calles de Rathan. El capitán MacMahon, sable en mano, abría paso a la silla de manos en la que era transportada la sobrina del coronel Fenton. La joven llegó a sentir miedo cuando una docena de sucios mendigos de diferentes edades, famélicos todos, lisiados algunos, rostros desolados por la miseria la mayoría, intentaban abalanzarse hacia ella con las manos extendidas.

Hester, asustada, buscó algunas monedas en su bolso para arrojáselas y librarse de ellos pero el capitán se lo prohibió con una dura mirada al tiempo que hacía voltear su sable y cercenaba una manita que se había agarrado a su tobillo. Hester lanzó un grito agudo cuando aquellos deditos sucios se quedaron agarrando su zapato, separados del brazo de su propietario, un niño apenas, que lanzaba alaridos de dolor sujetándose el sangrante muñón.

—Lo siento, señorita Abbey, no tenía otra opción — se disculpó el capitán ante una lívida Hester que con dos dedos se desprendió con asco de la mano cercenada que había quedado prendida a su pie.

El resto del camino hasta alcanzar la guarnición lo vivió Hester con temor hasta que llegaron a una zona donde la miseria había casi desaparecido.

—Esta zona es mucho más tranquila, aquí vive la aristocrácia hindú, señorita — le contó el capitán Gordon con una medio sonrisa— el barrio de los desclasados ya ha quedado atrás.

Hester comprobó que las calles por las que ahora la silla de manos avanzaba sin tener que sortear nubes de mendigos, estaban rodeadas mansiones lujosas. Todo estaba más limpio. Vio a muchos criados indios acompañando a mujeres de tez oscura que vestían lujosos sharis. Criados que protegían a sus señoras con sombrillas, otros que cargaban paquetes caminando detrás de ellas e incluso vio a un sirviente arrodillado ante una bella joven que lo estaba riñendo encolerizada.

—Menuda bronca — se rió Hester tapándose la boca.

—Posiblemente el muchacho sea severamente azotado. Ella es una de las hijas de la Raní de Bihar. Su palacio se encuentra a una milla de aquí… es increiblemente lujoso.

Hester miró al capitán fascinada. Había oído hablar de las princesas indias, de su belleza, de su gusto por el lujo desmesurado, de su sensualidad y también de su crueldad para con sus súbditos.

Finalmente atravesaron las puertas de la fortificación. El palanquín se detuvo delante de la casa señorial del coronel Fenton y su esposa. Sus tíos. El capitán se despidió de ella besando su mano con galantería. A Hester le dolió haberse mostrado altiva con él. Le dedicó una de sus mejores sonrisas y se despidieron.






***





—Vaya, vaya, prima Hester, así que has cazado al viejo Gordon, jajajajaja…

Quien así le hablaba a Hester era Alice Fenton, la hija de Olivia y Richard Fenton.

—Yo no he cazado a nadie, cariño —replicó Hester incómoda y visiblemente ruborizada por el comentario de su prima.

Alice disfrutaba cuando tenía ocasión de sacar los colores a su prima. Tenían más o menos la misma edad. Cuando llegó a Bihar, Hester pensó que serían como hermanas, pero parecía que Alice tuviese miedo de perder su envidiable posición tanto en su propia casa como en la mezquina sociedad civil y militar del acuartelamiento.

No obstante sus temores Alice había acogido a su prima con confianza. Eran muy distintas como para hacerse íntimas amigas, pero no podía decirse que fuesen enemigas. No. No lo eran, sólo que a Alice le gustaba demostrarle a su prima que ella era quien aspiraba a ser la primera dama de Bihar y mantenía ciertas y prudentes distancias con su prima.

Con quien Hester había hecho una bonita amistad era con Corinne Fellowes, la linda y tímida esposa del apuesto capitán Fellowes.

—He oído que vas a salir a cazar con el capitán Gordon — le comenta Alice que está recostada en su cheslong mientras come bombones de una bandeja que le sostiene Nikhila de rodillas.

—Tus espías parece que funcionan a la perfección, querida — le responde Hester con disimulada rabia.

—Yo más bien diría que tienes fugas entre tus sirvientes — replica con malicia Alice.

Hester fulmina a Shusila con la mirada. La sirvienta, temerosa, inclina la cabeza hasta tocar con la frente los pies de su Memsahib.

La acusación de la Memsahib Alice es muy obvia. Hester sólo cuenta con dos sirvientes, que son Shusila y su pequeña hija Ossie, una niña de seis años.

Hester se levanta. No piensa dar a su prima la satisfacción de castigar a Shusila.

—Vamos, tienes que vestirme para la cacería — le dije a su criada.

Nada más entrar en su alcoba Hester cierra la puerta y Shusila se arroja a los pies de su Memsahib. Le jura en su mal inglés que ella no le ha dicho nada a ninguna otra de las criadas o criados de la casa. Le besa los pies y solloza suplicándole que la crea.

—Está bien, Shusila, te creo. La Memsahib Alice seguro que buscaba que te castigara. Tranquila, no te voy a hacer nada. ¿Me has lustrado las botas?

—Claro Memsahib, la Memsahib Hester no poder ir con botas no brillo — le dice Shusila ahora de rodillas, secándose las lágrimas y besando la mano de Hester para demostrarle su agradecimiento por creerla — Ossie pasado toda la mañana dando lustre, Mem.

Shusila viste a su Memsahib con un elegante traje de amazona y le calza las altas botas de montar. Luego le entrega la fusta y le calza las espuelas.

—Voy a tener que llevarte, Shusila, no se trata de ningún castigo, es simplemente que no puedo ir sola con el capitán. No te sabe mal, ¿verdad?

—Shusila su sirvienta, Mem, Shusila obedece.

La sirvienta, que estaba arrrodillada terminando de ajustarle las espuelas se inclina sobre sus pies y le besa las botas. Hester sonríe contenta. Lo que más le gusta de la India es que los sirvientes nativos deben mostrar un respeto rayano a la adoración por sus amos.

El servicio doméstico que se procuran los británicos es procedente de la casta inferior de los hindús, shudras y dalits, que son la casta servil. Entre estas castas inferiores existe un profundo arraigo secular del espíritu servil. Durante siglos han sido esclavos de las castas más elevadas y ahora reciben a los nuevos amos de la India con la misma sensibilidad.

—Dile a Ossie que venga, Shusila…

Shusila se levanta y abre la puerta de un pequeño cuarto adosado, una minúscula habitación de dos metros cuadrados donde viven encerradas ella y su pequeña hija.

—Ossie, la Memsahib quiere verte, hija.

La pequeña Ossie no se llama así. Hester se lo cambió porque el auténtico le parecía impronunciable. Shusila y la niña aceptaron con resignación el cambio. Ossie era en realidad el nombre de una muñeca que Hester había tenido de pequeña y a la cual le recordaba la hija de su sirvienta, por eso le puso ese nombre.

Ossie se estira en el suelo para besar los pies de su Memsahib, y cuando Hester le dice que se levante la niña sonríe al ver en la mano de su ama un dulce caramelo.

—Toma preciosa, para ti. Es un premio por lo bien que has abrillantado mis botas.

La niña lanza a su Memsahib una sonrisa deslumbrante. Adora a la Memsahib Hester. Ella y su madre se sienten muy felices por servir a la Memsahib Hester. A diferencia de la Memsahib Alice y especialmente de la Memsahib Olivia, nunca las castiga. Es exigente y puede mostrarse altiva, pero nunca las castiga.

La pequeña se arrodilla, coge el caramelo de manos de su Memsahib y aprovecha su cercanía para besarlas. Hester se ríe. Le hace mucha gracia la niña.

—Vamos, Shusila… si el sahib Gordon trae más de un sirviente con él te dejaré que te quedes en casa con tu niña.

—Gracias Memsahib. La Memsahib ser muy buena con Shusila y con la pequeña Ossie.

Cuando Hester llega al cruce de caminos donde han acordado encontrarse se encuentra con que el capitán Gordon está acompañado de una media docena de sirvientes. Dos mujeres jóvenes y cuatro chiquillos.

Hester cumple su palabra y le da permiso a Shusila para que vuelva a casa.







***





Regresaron de la cacería que era casi de noche. Hester estaba un poco sorprendida y muy fascinada. El capitán Gordon se había mostrado muy atento con ella. Montados a caballo habían recorrido un largo camino. Habían abandonado la plaza militar y se habían adentrado en los espléndidos parajes de las famosas llanuras de Bihar.

La intensidad aromática de la flora circundante casi la había mareado. El constante chillido de los monos que se desplazaban por los altos árboles la había llegado a poner nerviosa.

—¿Está asustada, Memsahib? — le preguntó Gordon.

Ella negó nerviosa. Sí lo estaba, pero no quería parecer una muchacha ridícula y tonta. Alice le había hablado de las divertidas cacerías que se realizaban en Bihar en las que participaban las señoras deduciendo por ello que aquellas damas y señoritas no debían mostrarse nerviosas y temerosas.

Las dos criadas y los cuatro muchachos los seguían a pie. Iban sumamente cargados. Transportaban una cesta de picnic y todo lo necesario para pasar una tarde agradable y cómoda. Hester les iba lanzando miradas compasivas viéndolos sufrir para seguir el paso de los caballos.

—No podíamos haber traído una carreta para llevar los víveres y las sillas, capitán.

—Podríamos, efectivamente, pero como puede ver no es necesario… tenemos a nuestros coolie s que hacen este trabajo perfectamente.

Hester se ruborizó. ¿Habría parecido una tonta por hacer aquella observación? El capitán Gordon se percató de la incomodidad de su acompañante.

—No deben darle pena, están acostumbrados. Y son fuertes. No se deje engañar por sus cuerpos famélicos. Son así. Comen nuestras sobras y están más fuertes que nosotros — lanzó una carcajada al aire y Hester le devolvió una sonrisa.

Ahora le sabía mal la manera como lo había tratado cuando se vieron por primera vez justo antes de llegar a Rathan. El capitán era un hombre extraño, cierto, pero muy apuesto.

Llevaba algo más de un mes en casa de sus tíos y en ese tiempo se había acostumbrado a ver cómo trataban a los sirvientes indios. No es que le importara, pues como buena inglesa los consideraba seres inferiores, pero le molestaba la crueldad gratuita que mostraban tanto sus tíos como su prima con ellos.

Acamparon en un altozano boscoso desde el que se tenía una maravillosa vista del Ganges. A Hester se le hinchó el corazón de felicidad. Era todo tan exótico y bello.

Mientras las dos muchachas se quedaron para instalar comodamente a su sahib y a la Memsahib para la posterior merienda, Gordon y Hester, seguidos de los cuatro chiquillos se adentraron en el bosquecillo para tratar de cobrarse algunas piezas, o al menos para divertirse un rato disparando unos tiros.

El capitán le tendió un rifle de repetición.

—Es la última revolución en armamento ligero, señorita — le explicó el capitán mientras le mostraba el funcionamiento del rifle.

Buscaron acomodo en una especie de vaguada despejada frente a la que se alzaba un viejo templo hindú abandonado. De entre las ruinas salían constantes gritos y chillidos.

—Malditos monos, no hay nada que me dé más placer que meterle una bala en la cabeza a uno de esos chillones — comentó el capitán haciendo referencia a los monos.

En la India los monos eran uno más de los animales sagrados. Había millones de ellos, incluso en las ciudades, paseándose con total desvergüenza como si fueran ciudadanos de pleno derecho, sin ser molestados. A los ingleses les divertía cazarlos a balazos, y se había convertido en uno de los deportes más populares entre la legación militar y civil británica de Bihar.

A Hester le daban miedo y asco. No obstante, pensar en matar una criatura de Dios era algo que la intranquilizaba. En Inglaterra había matado zorros, pero aparte de ser un deporte consideraba que se hacía un bien a los granjeros evitando que aquellos animales les esquilmaran las gallinas y las ovejas.

Hester, algo nerviosa, preguntó por los niños que se hallaban detrás de ellos. ¿Cuál era su función?

—Hacen el papel de lebreles. Irán a buscar las piezas que vayamos cazando — le explicó pacientemente el capitán, a quien agradaba la ingenuidad y timidez que mostraba la joven en su presencia.

Hester se rió tapándose la boca con timidez. Se acababa de imaginar a los niños a cuatro patas, con rabo y orejas puntiagudas ladrando y alborotando tal y como hacían los lebreles de verdad.

Gordon la miró sonriente. Le pasó uno de los rifles que ella tomó con destreza.

Cuando la conoció al ir a recibirla a la entrada de Rathan temió que se tratara de otra de las altivas y orgullosas inglesitas de las que tenía sobrado conocimiento por que así es como eran todas las Memsahibs que vivían en la colonia británica.

Hester le había gustado desde el primer momento. Su altivez inicial se había ido trocando poco a poco en ingenua timidez y si bien le gustaban las damas altivas se sentía más a gusto con las apocadas.

No obstante Hester le desconcertaba. En ocasiones se mostraba como una niña pero había veces en que demostraba una fortaleza que podía llegar a intimidarle. Él era un hombre extraño. Era soltero. Vivía en una casa rodeado de sirvientes nativos a los que trataba como esclavos. No le gustaban las muchachas altivas cuando se mostraban desdeñosas con él pero se inflamaba de pasión cuando esas mismas Memsahibs se mostraban despreciativas y hasta crueles con sus sirvientas nativas.

Hester no había dado muestras de crueldad con los sirvientes pero podía imaginársela comportándose despóticamente con su doncella.

—¿Sabe usted disparar, señorita Abbey?

—Sí capitán Gordon. En Inglaterra he asistido a numerosas cacerías. Claro que allí era diferente, disparábamos contra los zorros a los que perseguíamos a caballo. Esto de ahora se me antoja un poco morboso. Esperar a que esos monitos se pongan a tiro para cazarlos… no sé… ¿no le parece un poco cruel?

—La India es un país cruel, un país de contrastes. Una reducidísima parte de su población ha sometido brutalmente a la mayoría de sus compatriotas. Tienen costumbres crueles. Nosotros somos sus conquistadores y por tanto hemos de actuar con firmeza, lo que implica cierta crueldad. Además, estos monos son peligrosos. No permita que se le acerquen. La morderían a la menor oportunidad de hacerlo.

Hester se estremeció. Había visto a uno de esos simios mostrar sus afilados caninos y supuso que podían ser animales peligrosos.

—Ahí tiene una hembra a tiro, Memsahib Abbey.

Hester se revolvió. Se hechó el fusil al hombro y antes de que Gordon pudiera darle instrucciones el animal caía de espaldas al suelo con un agujero en el rostro. Hester miró al capitán con los ojos luminosos.

Gordon MacMahon no supo si ponerse a aplaudir o a elogiarla. Menuda destreza. Y qué puntería. Lo que hizo fue ladrar órdenes a uno de los chiquillos, que como él se había quedado embobado viendo la efectividad resolutiva de la bella Memsahib, y al instante partió corriendo a cobrarse la pieza de la joven.

Tuvieron que llevar al animal entre dos lacayos. Gordon silbó con admiración cuando tuvieron el cadáver a sus pies.

—Maldición, señorita Abbey, creo que es el ejemplar más hermoso que se ha cazado por aquí en muchos años.

Hester, superada la angustia inicial por el hecho de quitar la vida a un ser vivo que para mayor paradoja tenía muchas semejanzas con un ser humano, se mostró contenta y satisfecha de su suerte.

Le gustó a la joven que el capitán halagara su puntería y su destreza en el manejo de las armas de fuego.

A partir de aquel momento iniciaron una metódica masacre. Los lebreles humanos no daban abasto. Piezas de todos los tamaños se amontonaban en el emplazamiento que habían elegido los cazadores.

—¿Qué vamos a hacer con todo esto, capitán Gordon? — preguntó Hester visiblemente satisfecha y emocionada ante el dantesco espectáculo.

—Mis sirvientes los cargarán de regreso. Les quitarán la piel que curtirán en la ciudad. Le regalaré las que estén en mejor estado. Bueno, no es correcto que diga que le voy a regalar nada, usted ha cazado la mayoría de las piezas — galanteó Gordon ante el regocijo de Hester.

—¿Y con la carne?

—Mis criados la pondrán en salazón. En el ejército se las damos a los cipayos como base de su alimentación.

—¿Pero no consideran a los monos animales sagrados, capitán?

—Efectivamente, Memsahib, pero si quieren comer proteinas ya saben lo que les toca. Y le aseguro que se lo comen. Es una manera más de someterlos, por la humillación.

—¿Estamos seguros, capitán? Los cipayos son muy numerosos, nos superan en diez a uno según escuché decir a m tío.

—No hay peligro. Son una raza servil. Se sienten felices sirviéndonos y comen a diario, algo que fuera del ejército no tendrían ni mucho menos asegurado.

Hester respiró tranquila.

Las dos criadas de Gordon MacMahon prepararon la merienda. Hester y el capitán se sentaron en las mecedoras que habían hecho transportar y disfrutaron de un delicioso ágape a media tarde, cuando el calor del sol empezaba a aflojar de manera considerable.

Hester meditó sobre lo que el capitán le había contado de los cipayos. Recordó que su tío, el coronel Richard Fenton tenía como sirviente personal a uno de esos cipayos. Turmal, que compaginaba su servicio como cipayo con el de lacayo en la casa del coronel, era un nativo inmenso, una mole y a Hester le impresionaba ver a ese gigante arrodillado a los pies de su tío para lustrarle las botas, una de las ocupaciones constantes de los asistentes de los oficiales.

Después de comer el capitán dio permiso a los sirvientes para que se comieran los restos que ellos habían dejado pero dejó a dos de los niños sin comer. Les ordenó que se ocuparan de cepillarles las botas a él y a la Memsahib.

—Es importante que los nativos nos vean siempre con las botas relucientes, eso nos da autoridad, Memsahib Hester… no lo olvide.

—Lo sé capitán, vivo en casa del jefe del acuartelamiento. Le puedo asegurar que en toda mi vida había llevado el calzado más brillante que aquí — le contestó Hester risueña.

El capitán tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para disimular la erección que se encabritó en su entrepierna cuando el niño que asistía a Hester se puso a cepillarle las altas botas. Nada ponía más caliente a Gordon que lo que estaba presenciando. Hester no se percató de la angustia del capitán y disfrutó de la sumisión del pequeño hindú.

Por su parte a Hester lo que más le gustaba de su nueva vida en la India era precisamente el poder disponer de una servidumbre entregada. Incluso el hecho de saber que podía castigarlos si así le apetecía era una posibilidad, que aunque no había puesto en práctica, le resultaba intensamente seductora.

«Yo tampoco les pego mucho a los criados —le había comentado su amiga Corinne Fellowes— pero saber que puedo hacerlo si así me place me resulta sumamente agradable».

Gordon no conocía en exceso a Hester. Varios bailes en el Club, unos cuantos paseos por la tarde, tomar el té en otro par de ocasiones con la familia Fenton y ahora aquella excursión. A pesar de eso intuía cómo era la joven de la que se estaba enamorando: bien educada en los principios clasistas que regía la sociedad inglesa, de buen corazón, algo altiva, insegura e impresionable. Pero necesitaba saber más.

Decidió poner en práctica una artimaña para conocer algo más a la joven y para ello aprovechó un comentario inocente que había hecho Hester después de comer. La muchacha, ahíta tras la deliciosa comida había dicho que ahora, si estuviera en casa de su tía, haría una siesta con Ossie acariciándole los pies mientras su madre la abanicaría.

Aquel comentario inocente iba a aprovecharlo Gordon de manera artera. Lógicamente no podía dar cumplimiento al deseo de la muchacha porque no estaría bien visto que ella sesteara allí donde se encontraban. Pero Gordon había anotado mentalmente el comentario.

—Si no tiene inconveniente cuando regresemos a casa azotaré a Gutrha.

—¿Gutrha? ¿Quién es Gutrha? — preguntó sorprendida Hester.

—El mozo que está abrillantando sus botas, Memsahib Hester.

—¿Y por qué? ¿Qué ha hecho el pobrecillo? Si se ha portado muy bien.

El niño, que había entendido perfectamente lo que había dicho el sahib Gordon comenzó a lloriquear y a suplicar a la Memsahib besando sus botas. Hester miró desolada al chiquillo y luego a Gordon que sonreía enigmáticamente.

—He puesto a Gurtrha a su servicio y no ha estado a la altura de lo que se espera de nuestros sirvientes.

Hester miró con extrañeza al capitán esperando que le aclarase qué había hecho mal el niño.

—Él ha oído su deseo de recibir caricias en sus pies cansados y por tanto debía haberse ofrecido a descalzarle las botas para complacerla a usted. Sin embargo el muy ladino no ha hecho nada.

—Me parece injusto, capitán. Si se lo hubiera ordenado y él se hubiera negado lo entendería e incluso aplaudiría su decisión, pero lo que usted considera una falta de entrega del muchacho a mí me parece que no ha sido más que prudencia. Él ha estado pendiente de mis deseos todo el tiempo y los ha satisfecho perfectamente.

Gordon lanzó una carcajada al aire y luego encendió un cigarro.

—Ha dado usted una respuesta magnífica, Memsahib. La inmensa mayoría de las damas y señoritas de Rathan no hubiera puesto la menor objeción al castigo que he anunciado para Gurtrha, alguna incluso me habría sugerido algo más fuerte que unos simples latigazos. Sin embargo usted ha mostrado ser una mujer ecuánime y justa.

Hester se ruborizó ante los halagos del capitán. Éste se sintió complacido de que la joven mostrara de nuevo aquella timidez que a él tanto lo excitaba.

—Entiendo entonces que no va a azotarlo, ¿verdad capitán?

—Lo siento pero sí. Después azotaré a Gurtrha, he dicho que es usted ecuánime y justa, pero yo no lo soy — le sonrió Gordon con aire satisfecho—. A mí me hubiera gustado que Gurtrha le hubiera pedido permiso para descalzarla y aliviar el cansancio de sus pies.

—En ese caso permítame a mí imponer el castigo.

—Adelante.

—Tres latigazos… y no muy fuertes.

Gordon MacMahon sonrió, se inclinó levemente, le tomó la mano y se la llevó a los labios.

—Así se hará… y si quiere puede venir a mi casa a presenciar el castigo…

—¡Oh, no, mi tía Olivia ya me obliga más de las veces que yo lo desearía a contemplar los castigos que ella y su hija imponen constantemente a los sirvientes. Prefiero que mañana venga a visitarme. Lleve consigo a Gurtrha y así podré ver que realmente ha sido castigado según mis indicaciones. ¿Le parece bien?

—Me parece fantástico, Memsahib Hester.

Y nuevamente el prendado capitán volvió a besar la dulce mano de la joven.






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