A QUIEN LE INTERESE

En este rincón apartado he decidido publicar. La hipocresía que se vive en la página de TR (Todo Relatos) me obligó a abandonarla. Disfruto escribiendo y aún siendo consciente de que mis fantasías son minoritarias me parece injusto que aquellos que me seguían en TR se queden sin poder disfrutar de mis relatos.



No pretendo ser pretencioso. No quiero decir que mis escritos sean buenos, soy consciente de que no es así, pero aún lo soy más de que en este mundo retorcido de nuestras íntimas fantasías muchos buscamos algo que echarnos a los ojos que se acerque a nuestros fetiches, tabúes y quimeras eróticas.



Mi propósito es dejar al lector interesado y que se pueda identificar con mis inofensivos delirios una muestra de mi producción literaria dedicada al mundo de la sumisión, dominación, esclavitud y relaciones de poder. Fabulaciones en suma con las que más de uno sueña en secreto y que yo me dedico a poner negro sobre blanco con mayor o menor acierto.

Como que esta es una página abierta, he creado un grupo de admisión restringida en Yahoo (ver enlace) donde he puesto aquellos relatos que considero más fuertes, no sea que un alma sensible de esas que van por ahí salvando al mundo de la gente mala como yo se topase con uno de esos relatos y le salieran sarpullidos en el hipotálamo.



En este grupo sólo aceptaré miembros bajo petición expresa y siempre que me convenzan de su buena fe. Los relatos están en formato docx. y pueden ser descargados directamente.



Los relatos de ADELA también están en este grupo.



Aquí tenéis un enlace directo al grupo, pero recordad: miembros SOLO bajo admisión.



http://es.groups.yahoo.com/group/relatosdeluk



domingo, 1 de mayo de 2016

PLANTACIÓN NUEVA ÁFRICA

La crisis mundial hacía ya cinco décadas que nos había traído el nuevo orden panárabe y panafricano. Europa dependía absolutamente de Africa para comer y de Arabia y los países del Golfo para obtener energía que suministraban en cuenta gotas, lo justo para poder calentarse y hacer funcionar algunas industrias. Las clases dominantes europeas pactaron con sus homónimos árabes y africanos el suministro de mano de obra esclava para que siguiera el abastecimiento tanto de cereal como de petróleo. Europa en aquella época era un viviro de mendigos y gente sin posibilidades de subsistir por lo que al principio a los antiguos ricos europeos les resultó relativamente sencillo poder pagar con carne humana las transacciones comerciales pero tras cinco décadas de expolio apenas quedaban pobres con los que comerciar y empezaron a utilizar a las clases medias para seguir consiguiendo comida y petróleo.

Nos llegó una notificación oficial del gobierno por la que se instaba a toda mi familia a presentarnos un día determinado en el muelle de embarque, sin más equipaje que un atillo por persona donde llevar algo de ropa. El resto debía quedar en nuestros hogares. Mi padre nos reunió a todos y nos comunicó la situación. No había escapatoria. Los ricos tenían a su favor las fuerzas armadas e intentar resistir o simplemente huir a otros espacios resultaba imposible. Así que el día señalado, junto con varios miles de personas más en nuestra misma situación, nos presentamos a las autoridades del puerto.

—Tengamos fe — nos aleccionó mi padre — no sé gran cosa del futuro que nos espera, no os mentiré diciendo que es halagüeño, pero una cosa sí sé, y es que no separan a las familias. Eso quiere decir que quien nos compre nos adquirirá a todos, a los seis, y eso en sí mismo es bueno porque significa que permaneceremos unidos, aunque sea en la desgracia. De esta manera las penas, todos juntos y unidos, costarán menos de pasar.

Yo era la mayor de cuatro hermanos. Mis padres, mis tres hermanos y yo constituíamos una de las numerosas familias que nos iban a embarcar, aún con destino desconocido para nosotros, y al final del camino seríamos comprados por una familia árabe o una africana, en función de nuestro destino final.

—Esa es una verdad a medias, señor — comentó un joven atractivo que estaba cerca de nosotros y había escuchado las palabras de padre — sí es cierto que compran unidades familiares enteras, pero una vez en poder de un amo éste puede vender a sus miembros según su necesidad o simplemente según su capricho. Por lo que sé utilizan la venta de miembros de una familia para castigarla.

Miré a mi padre y vi que su rostro era un auténtico rictus de amargura, lo que me empujó a concluir que el joven tenía razón y que mi padre no había querido contarnos toda la verdad para darnos ánimos. En ese momento odié a ese muchacho. ¿Por qué no podía quedarse calladito? Lo único que había conseguido era que en mi madre y mis hermanas se instalara el miedo que había de unirse a la angustia que de por sí ya sentíamos ante nuestro incierto futuro.

El chico se dio cuenta de que había metido la pata, se disculpó, nos ofreció toda su ayuda si la necesitábamos y se marchó a otra parte dejándonos sumidos en el dolor, la angustia, el miedo y la impotencia.

Tras entregarnos a cada uno una cédula de identificación fuimos guiados por soldados armados por el muelle y nos obligaron a embarcar en una inmenso carguero fondeado en el puerto. Nuestro miedo se incrementó al comprobar que la tripulación y los vigilantes del barco eran negros. Nos metieron en las bodegas de carga del barco de donde no saldríamos en la siguiente semana que duraría el viaje, así nos lo hizo saber una elegante africana que parecía tener mando sobre la tripulación.

El viaje fue dantesco, infernal. Estábamos sentados unos al lado de otros, apretujados, sin poder movernos ni levantarnos. Mucho menos pasear. Dos veces al día nos daban en una sucia lata el equivalente a dos cazos de agua y un mendrugo de pan. Teníamos que hacernos las necesidades encima y sin posibilidad alguna de lavarnos. Al cabo de unas pocas horas el ambiente en la bodega era insoportable a causa del hedor malsano.

Hubo un intento de rebelión pero la mujer que nos había recibido en el barco acabó con ella en dos segundos. Entró en la bodega acompañada de dos soldados que llevaban perros de presa sujetos con correas, se dirigió al centro del recinto, desenfundó una pistola, disparó dos tiros y cayeron muertos un niño y un hombre. Fin de la revuelta.

Nuestros guardianes tenían previsto sacarnos a cubierta una vez durante el viaje para que nos asearamos un poco y respirar aire puro, pero la odiosa negra nos comunicó que sería suprimido ese privilegio debido a la revuelta, así que al llegar a nuestro destino olíamos peor que cerdos.

El muchacho que en el muelle nos advirtió de que nuestros futuros amos no eran tan bondadosos como mi padre nos quería dar a entender me susurró:

—Castigo. La negra acaba de castigarnos. Es un mensaje: si no obedecemos, castigo. Ese es el futuro que nos aguarda.

Me giré al oír su voz y reconocerla.

—¿No tienes nada mejor que hacer que explicarme lo negro que es mi futuro? — le solté irritada.

—Negro es la palabra adecuada, guapa — me soltó y me sostuvo la mirada.

No me había dado cuenta pero lo tenía a mi izquierda. Habíamos pasado tres días sin apenas luz y cuando entraron la mujer negra y los soldados pusieron en marcha unas turbinas que inundaron la bodega de luz. Me eché a reír y él me sonrió. Era un muchacho atractivo de más o menos mi edad. En el fondo necesitaba hablar con alguien así que casi agradecí su presencia. Con dos intervenciones suyas casi se había hecho como de la familia. Nos presentamos. Él se llamaba Nico y era estudiante becado de medicina. Le di mi nombre: Sarah. Y le conté que también estudiaba en la universidad de medicina sólo que yo no tenía beca, mis estudios los pagaba mi padre.

—¿Y tu familia?

—No tengo a nadie. Soy huérfano.

El infame viaje llegó a su fin. Nos desembarcaron en Mombasa, Kenya, a la sazón uno de los países más ricos de la Nueva Africa. Fue un alivio abandonar aquella inmensa y nauseabunda letrina. Nico se pegó a nuestra familia, bueno, a mí. A mi padre no le hizo mucha gracia reconocer al chaval que le había enmendado la plana delante de toda su familia pero Nico era un muchacho amable y sociable y pronto le cayó bien a toda mi familia, mi padre incluido.

Nos llevaron a una especie de campo de concentración a la espera de ser vendidos. Al menos allí nos pudimos lavar. Nos hicieron desnudar y depositar nuestras apestosas vestimentas en un inmenso hoyo. Luego las rociaron con petróleo y las quemaron. Nico estaba a mi lado contemplando la columna de humo y fuego que se elevaba contra el cielo azul de Kenya.

—Es más que un símbolo, el final de nuestra existencia como la conocemos y el nacimiento de una nueva vida.

—No digas que será una vida llena de humillación y sufrimiento, por favor — le dije.

Nico sonrió.

—¿Sabes? El destino a veces tiene golpes escondidos. La abuela de mi bisabuela fue de las primeras colonizadoras de este país, cuando se le conocía por el nombre de Africa Oriental Británica que en 1920 se convirtió en la Colonia Británica de Kenya. Esa antepasada mía, Nora Treverton, compró diez mil acres de tierra en Meru, en el interior del país, que pagó al Sultán de Zanzíbar. Sus tierras las trabajaban más de un millar de esclavos negros y ahora, uno de sus descendientes va a ser vendido como esclavo. Tal vez quien me compre es descenciente de esclavo de mi antepasada. ¿No es irónico?

—Mejor no des a conocer tu linaje, no sea que la mala suerte te haya perseguido hasta aquí.

Los dos nos reímos y sentí su mano que cogía la mía. Hacía apenas diez días que nos conocíamos pero las circunstancias hicieron que tuviera la sensación de que lo conocía de toda la vida. Me dio un ligero apretón y yo se lo devolví. Acabábamos de sellar una especie de pacto duradero.

A partir de la segunda semana empezaron a venir futuros compradores. La mayoría eran negros pero también vi árabes. Me sorprendió ver entre nuestros futuros amos una gran cantidad de mujeres. Todas mis creencias sobre la sumisión femenina de las mujeres árabes y africanas se diluyó como por ensalmo cuando vi varias de esas mujeres comportarse con crueldad con los esclavos que acababan de adquirir.

—Fíjate que no todo se reduce a una cuestión racial. Es evidente que las razas negra y arábiga hoy por hoy dominan el mundo, imponen su ley a las otras razas, eso no lo discuto, pero sí afirmo que en el fondo subyace la importante cuestión económica: la riqueza en definitiva. Y entre los propios árabes y los negros hay diferencias sociales, tanto o más apabullantes de las que hay en Europa. ¿Crees que esas mujeres y hombres que han pasado por aquí para adquirir esclavos son pobres?

—No, no me lo ha parecido. Todas vestían con elegancia y, no sé… tenían esa seguridad insultante que tienen los ricos y poderosos — convine con Nico.

Tenía razón Nico. A partir de ese momento me fijé en los compradores que se acercaban al campo donde estábamos recluidos. Tanto hombres como mujeres, fuesen árabes, fuesen africanos, todos se distinguían por aparentar ser gente adinerada. Realmente no vi pobres revisando nuestros dientes, las manos que te apretaban las mejillas para que abrieras la boca eran manos suaves, poco acostumbradas al trabajo físico.



***



En cuestión de un mes la población esclava del centro de acogida se había reducido a la mitad. Me fijé en un detalle que al principio me había pasado desapercibido. El primer día de nuestra llegada a ese centro nos marcaron con una cruz pintada en la espalda. Yo pensé que todos habíamos recibido esa marca pero me di cuenta que aquellos que iban siendo adquiridos en las diversas y constantes visitas de los compradores no llevaban esa marca en la espalda. Se lo comenté a Nico.

—Yo lo que creo —me dijo él— es que alguien muy poderoso se encargó el primer día de marcar a los que quería, por eso sólo se han vendido esclavos sin la marca. Y por tanto creo que todos los que llevamos esa cruz a la espalda ya estamos vendidos desde el primer día. Fíjate que lo primero que hacen los compradores es girar al esclavo,darle la vuelta… ¿y para qué? Pues para ver si está disponible. Si tiene marca lo dejan y a otro.

Nico tenía razón. Un día se nos comunicó que todos los que habíamos sido marcados con una cruz a nuestra llegada que recogiéramos nuestras escasas pertenencias y nos situáramos en la zona de embarque.

En total éramos unos trescientos. Nos indicaron que nos agrupásemos por familias. Pude contar unas cincuenta. Nico se pegó a mí. Fue mamá quien le sugirió que se pusiera con nosotros ya que él iba solo. Creo que todos le habíamos tomado cariño a Nico, a pesar de que al principio le habíamos cogido ojeriza por sus destructivas intervenciones.

Una especie de gigantesca falúa se acercó al embarcadero y nos obligaron a subir a ella. De nuevo nos encerraron en la sentina. Todo el mundo se puso a temblar de miedo. Después de la experiencia del viaje hasta Mombasa, pensar en repetirla suponía un golpe muy duro a nuestra maltrecha moral. Pero en esta ocasión el viaje duró sólo unas horas.

Nos desembarcaron en la isla de Zanzíbar. A medida que íbamos desembarcando unos policías nos metían a empujones en camiones que aguardaban junto a la escalerilla por donde descendíamos y cuando uno estaba lleno lo cerraban. Los siete seguíamos juntos, nosotros seis y Nico. Noté su mano acariciar mi cabello y le agredecí el gesto.

Cuando los diez camiones hubieron sido llenados con esclavos, hacinados y apretujados hasta la asfixia, se pusieron en marcha. No pudimos ver nada. No había ventanillas. Nos asfixiábamos. El calor fuera era inclemente pero dentro de los vehículos cerrados era aterrador. Por suerte el viaje no duró más de una hora. Nos descargaron a golpes, obligándonos a saltar al suelo y correr a formar según nos indicaban a gritos unas imponentes mujeres de aspecto árabe que nos golpeaban con sus látigos si no corríamos a obedecer sus órdenes.

A continuación nos llevaron andando por un sendero flanqueado por altas cañas a través de las cuales pude atisbar grandes extensiones de campos que eran trabajados por esclavos blancos.

Llegamos a un espacio abierto donde vi una imponente mansión de estilo colonial. Deduje que debía ser la residencia de nuestros nuevos amos, de quienes no sabíamos nada, absolutamente nada, pero seguimos caminando azuzados por los látigos de las feroces guardianas árabes que manejaban unos látigos muy finos pero que tenían una peculiaridad que los convertía en temibles: el mango del látigo llevaba incorporada una batería pequeña que proporcionaba electricidad a la larga tralla y cuando ésta alcanzaba la piel del esclavo producía una descarga eléctrica de considerable potencia.

Varias veces sentí la horrible mordedura de ese látigo y Nico se colocó detrás de mí para parar con su espalda los golpes que pudieran ir dirigidos a la mía. Una de las árabes le gritó en perfecto inglés a Nico que se separara de mí pero Nico la miró con carita de niño indefenso y esa mujerona transformó su rostro crispado de momentos antes en una sonrisa lasciva y nos dejó en paz.

Agradecí a Dios que Nico fuese un muchacho tan atractivo pues era evidente que la guardiana debía haber pensado que en algún momento podría echar mano de él y no quiso maltratarlo. Curiosamente sentí una punzada de celos. Me estaba acostumbrando a Nico y tal vez, sólo tal vez, me estaba enamorando de él. Pero le agradecí que me hubiera salvado, ni que fuese momentáneamente, de aquellas terribles descargas que te dajaban marcas como de quemaduras en la piel.

Seguimos andando y llegamos a una especie de poblado. Era evidente, por la sencillez de las construcciones que se trataba del poblado de los esclavos. Nos asignaron una cabaña en la que nos acomodamos los siete más otra familia de tres miembros, matrimonio y una hija de más o menos mi edad, en total diez por cabaña.

Para no faltar a la cortesía británica mi padre se presentó formalmente. El matrimonio Handicot, Arthur y Florence, y su hija Evelyn tenían mucho miedo. Al parecer sus abuelos habían sido propietarios de tierras en Kenya y expulsados del país cuando la revolución de los negros. Regresaron a Inglaterra pero lo habían perdido todo. Recurrieron a la familia, que pertenecía a la aristocracia pero tan sólo les dieron unas migajas y tuvieron que buscarse la vida. En la actualidad los Handicot habían logrado una posición humilde pero sólida. No obstante, como a nosotros, les había llegado la citación oficial conforme serían expatriados como esclavos para que el gobierno pudiera comprar alimentos y energía para las clases altas de Inglaterra.

Nico se interesó rápidamente por la historia de la familia Handicot. Estuvieron charlando un buen rato y al final llegaron a la conclusión que sus antepasados habían tenido una buena relación de amistad. Enseguida se formó un buen clima de confianza entre los Handicot, nosotros y Nico Treverton.

La guardiana árabe que le había hecho ojitos a Nico cuando me protegía de su látigo entró en nuestra cabaña. Digo nuestra por el sentido de propiedad que tenemos los occidentales, pero era evidente que allí nada nos pertenecía. La mujer, que supimos que se llamaba Yanina, nos exigió que le entregaramos nuestra documentación, la que nos habían facilitado en Southampton antes de embarcar hacia Mombassa, donde constaba nuestra filiación, datos fenotípicos y una fotografía reciente.

En perfecto inglés nos comunicó que a partir de ese momento pertenecíamos como esclavos a la familia N'Bata. Los diez miembros de ambas familias estábamos de pie, con la mirada baja, temerosos. Cuando la tal Yanina nos hubo dicho a quién pertenecíamos esbozó una sonrisa y exhibió una larga fusta. Error. No era una fusta aunque su uso fuera el mismo. Se trataba de una pértiga eléctrica. Lo supe cuando la árabe me tocó con ella en un pecho y una dolorosa descarga me hizo dar un grito.

—¡De rodillas, todos de rodillas, cuando una de las guardianas os llame o se dirija a vosotros debéis arrodillaros y postrar la cabeza en el suelo! ¿Ha quedado claro?

Yo me arrodillé de inmediato y el resto me imitó. Todos postramos la cabeza sobre el suelo de tierra prensada de la cabaña. Yanina continuó dándonos detalles de cómo debíamos comportarnos. Supuse que en cada una de las cabañas donde nos habían alojado a los nuevos esclavos en esos momentos debía haber una de las guardianas árabes haciendo lo mismo que estaba haciendo Yanina, es decir, aleccionarnos.

—Si notáis que os tocan la cabeza o la espalda con la punta de la pértiga sin que os dé un calambrazo significa que deberéis besar los pies de quien os ha tocado. ¿Está claro?

Sentí el contacto de la punta de la pértiga en mi nuca y al instante reaccioné besando sus botas. De no ser porque la situación no era para disquisiciones de salón hubiera dicho que esas guardianas árabes vestían de modo muy sugerente. Se cubrían la cabeza con un pañuelo o Hiyab de colores y llevaban una túnica de seda hasta el inicio de las rodillas. Calzaban altas botas de montar que les llegaban hasta el final de la túnica, por lo que no se veían sus piernas.

—Difícilmente tendréis contacto con los amos pero existe la posibilidad de que algunos de vosotros seáis destinados a servir en la mansión. Para esos advertir que a los amos no se les puede mirar a los ojos, no se les puede hablar si antes ellos no os han dirigido la palabra y si os llaman os postraréis pero con la peculiaridad que deberéis poner las manos extendidas palmas arriba frente a vuestra cabeza. Eso significa que sois tan inferiores a ellos que les ofrecéis vuestras manos para que os las pisen. Si os las pisan se quedarán de pie sobre vuestras manos y eso significa que deberéis besarlos.

Yanina se marchó con nuestros documentos no sin antes advertirnos que estaba prohibido salir del poblado. Nos levantamos del suelo y nos miramos entre asustados, angustiados y avergonzados. Era evidente que para esa gente éramos escoria.




***



Esa noche Nico salió de la cabaña y no regresó prácticamente hasta el alba. Ese chico era una joya. Había ido a enterarse dónde estábamos, qué podíamos esperar. Para ello habló con familias que llevaban ya bastante tiempo de esclavos de los N'Bata. No perdió tiempo en contarnos todo lo que había averiguado.

—Los N'Bata son una familia poderosa. Entre su etnia son considerados nobleza, el equivalente a nuestra aristocracia. Nuestros amos son Oulubime N'Bata, el patriarca, Adissa N'Bata, su mujer, Fele N'Bata, su hija mayor y Abike N'Bata, la menor. Con ellos vive la madre del amo, la matriarca, N'Endaye N'Bata. Se dedican a la explotación del cultivo de algodón y a la venta de esclavos a los países del Golfo. Además tienen un criadero de esclavos que dirigen la señora Adissa y su hija Fele.

»Al parecer tienen más de un millar de esclavos, todos blancos aunque también tienen esclavos mestizos, todos aquellos que el amo Oulubime ha procreado con esclavas blancas. Tienen una guardia pretoriana que se ocupa de la seguridad de los amos y de la disciplina de los esclavos compuesta por mujeres árabes. Ayer conocimos a Yanina que al parecer está al cargo de nuestra cabaña y la de otras hasta un total de cincuenta. Otras guardianas se reparten el resto en la misma proporción.

»Las reglas para los esclavos son muy estríctas y los amos son muy crueles. Hoy seguramente seremos destinados. La propia Yanina, que será nuestra guardiana, se encargará de decirnos a donde nos destinan, puede que algunas de las mujeres vayan al criadero donde serán montadas por sementales o por el amo Oulubime o alguno de sus invitados, con el fin de que resulten preñadas, los hombres puede que sean destinados a trabajar en el campo y algunas otras pueden ser destinadas a tareas domésticas.

Poco después de contarnos Nico todo lo que había averiguado se presentó Yanina en nuestra barraca. Lo primero que hizo fue gritar: «¡De rodillas!» y todos caímos al suelo como sacos de patatas. Para ver si habíamos aprendido lo que nos dijo la noche anterior se acercó a mí y me tocó con la punta de la pértiga. Rápidamente repté por el suelo la distancia que me separaba de sus pies y besé sus botas. Luego nos permitó levantarnos y nos entregó a cada uno de nosotros nuestras credenciales platificadas con una cadenilla que debíamos colocarnos colgando del cuello para que en todo momento los amos o las guardianas pudieran saber nuestro nombre y destino.

—En el documento de identidad podréis ver dónde habéis sido destinados — nos dijo Yanina.

Rápidamente le dí la vuelta al mío y leí: «Servicio doméstico general». Mamá me miró, a ella también la habían destinado igual que a mí. Papá fue a parar a los campos lo mismo que el señor Handicot. Mis hermanas Candela y Laura al criadero lo mismo que Evelyn Handicot. La mamá de Evelyn Servicio doméstico interior. Mi hermanito Peter preguntó qué quería decir «Mascota» y Yanina se rió.

—Animal de compañía.

Todos nos miramos extrañados. La sonrisa en el rostro de la mujer árabe no presagiaba nada bueno para Peter. Me giré hacia Nico y le pregunté su destino. Él se limitó a mostrarme su tarjeta de identificación. «Servicio de alcoba». Iba a preguntarle si sabía qué significaba pero Yanina se me adelantó.

—¡Tú, chico… has tenido suerte, eh! Esclavo de alcoba. En fin, eso te hace inasequible para mí. Lástima, te había echado el ojo, pero en fin, le has gustado a todas.

Noté que Nico se ruborizaba. Yo estaba aturdida. Aquello por fuerza tenía que ser una pesadilla. No tuve tiempo de pensar en ello. Yanina nos sacó a todos de la cabaña y nos repartió según destino y nos hizo formar con diferentes grupos conducidos por otras guardianas árabes que vestían como Yanina. Ésta se ocupó de todos los que de una manera u otra formaríamos parte del ingente servicio doméstico de la mansión de los amos.

Yanina montó en su caballo y nos hizo pasar delante de ella. En procesión recorrimos el sendero que llevaba hasta la lujosa mansión de estilo colonial que ayer habíamos visto al pasar por delante camino del poblado de esclavos. Nico, mi madre, la señora Handicot, Peter y yo caminábamos deprisa para evitar que nos alcanzara el látigo electrificado de Yanina que hacía voltear por encima de nuestras cabezas.

Yanina nos dejó a mamá y a mí en el lavadero y dio instrucciones a una esclava para que nos diera trabajo mientras ella se llevaba a Peter, Nico y la señora Handicot al interior de la inmensa mansión colonial a la que entraron por una de las puertas de servicio.

Sandra, la esclava veterana que nos tenía que instruir nos ofreció una cálida sonrisa que madre y yo agradecimos de todo corazón.

—Habéis tenido suerte. El Servicio Doméstico Exterior es el mejor destino, mejor que el criadero, mejor que los campos y mucho mejor que estar destinado en el servicio doméstico interior.

—¿Por qué? — le pregunté yo inocentemente.

—Porque las de interior tratan con los amos y nosotras no.

El rostro de Sandra cambió de inmediato. El sonido de unos tacones sobre las losas del patio fue el motivo de ese cambio. Con voz áspera, de la que no quedaban vestigios de su anterior dulzura, nos dio instrucciones de cómo debíamos lavar el montón de ropa que nos puso en las manos en un cesto.

—¡Vaya, carne fresca! — escuchamos una voz que tenía un acento similar al de Yanina.

Madre y yo tardamos en reaccionar pero lo hicimos cuando vimos a las cuatro esclavas que estaban en el lavadero arrojarse al suelo en actitud de postración.

—Y considerabas que podías tomarte un respiro para dejar tu trabajo, ¿eh Sandra?

Desde mi posición con la cabeza pegada al suelo sólo pude vislumbrar el brillo de unas altas y relucientes botas de montar que se acercaban a la cabeza de Sandra. Al oír su nombre la esclava veterana se puso a lamer aquellas botas con estudiado entusiasmo.

—El ama Yanina me ha ordenado que instruyera a las nuevas esclavas, ama Saira, se lo juro ama Saira, no me estaba tomando ningún respiro.

La pértiga que llevaba en la mano la tal ama Saira, que por el timbre de su voz supuse era una mujer joven, descendió vertiginosa y golpeó la espalda de Sandra que dejó escapar un alarido desgarrador que no impidió que siguiera lamiendo las botas de su torturadora.

—Cuando acabes tu turno pásate por mi alojamiento, esclava. Ahora seguid trabajando. Vosotras dos — se refería a mi madre y a mí — seguidme, de rodillas.

Madre y yo obedecimos. Nos pusimos a gatear tras las botas de aquella mujer. Ahora sí pude verla de espaldas y su aspecto juvenil me confirmó que se trataba de una muchacha más que de una mujer.

Cruzamos el patio polvoriento tras la guardiana que entró en una casita con jardín que se hallaba al otro lado de la mansión. Una niña blanca salió a su encuentro a cuatro patas y se abrazó a sus botas.

—Me gusta que te muestres servil como una perra, Elena, pero no te servirá de nada. Vuelve a tu trabajo, cuando llegue el momento te azotaré.

La niña sollozó, volvió a besar las botas del ama Saira y se retiró gateando hacia lo que me pareció una cocina. Supuse que debía ser la esclava de Saira, o de Yanina o de ambas pues aquella casita, coquetona pero de no muy grandes dimensiones, tenía todo el aspecto de ser la vivienda de las guardianas. Saira nos lo confirmó al instante.

—Yo soy el ama Saira. Aquí vivimos el ama Yanina y yo. Ella — se refería a Yanina — se encarga de controlar a las esclavas del servicio doméstico interior y yo de las de exterior. Es decir, a parte de los amos que todo lo pueden, sólo yo me encargaré de decidir si vuestro trabajo es correcto o no y en consecuencia os impondré el castigo que considere. ¿No os han enseñado que si vuestra guardiana se dirige a vosotras tenéis que besarle los pies?

—Sí ama Saira, perdónenos ama Saira — respondimos mi madre y yo a la vez mientras gateábamos a toda prisa para tumbarnos sobre sus lustrosas botas.

—Este error supone diez latigazos… pero por ser la primera vez os perdono. Vuestro trabajo comprende todas las actividades de servicio doméstico que deben llevarse a cabo en el exterior. Lavaréis la ropa, cortaréis leña, sacaréis agua del pozo para suministrar a las cocinas, y cuando uno de los amos quiera bañarse además de sacarla la subiréis a sus aposentos. Luego, cuando terminen el baño os encargaréis de vaciar la bañera. También os tocará encargaros de limpiar la piscina de los señores, arreglar el cesped, hacer de parasol cuando los amos os reclamen y arrancar las malas hierbas del jardín así como atender y servir a las señoras cuando decidan visitar el invernadero que deberéis mantener siempre limpio. Sólo entraréis a la casa para el tema del agua de los baños de los amos. ¿Ha quedado claro?

—Sí ama Saira.

—Perfecto, besadme los pies y a trabajar.

Mi madre y yo, a una, nos inclinamos sobre las botas de la joven árabe y las besamos. Antes de marchar hacia el lavadero logré dirigirle una mirada sin que ella me viera. Deduje que tenía mi edad. Era una chica joven, entre los dieciocho y los veinte años, muy guapa, de una belleza distinta del ama Yanina que por sus rasgos se notaba mucho que era árabe. Saira debía tener mezcla de sangres porque podía haber pasado perfectamente por occidental. Lo cierto, me dije, es que es realmente guapa.




***



Al cabo de un mes no reconocía a mi madre ni ella a mí. El hambre, el trabajo inacabable, los castigos, el miedo… todo ello pasaba una terrible factura a nuestro aspecto.

Yo, que en mi vida había lavado un plato y menos aún una camisa, entre otras cosas porque teníamos una criada negra —qué ironía— lavavajillas y lavadora automática, ahora pasaba varias horas al día restregando a mano sábanas, manteles, servilletas, cortinas y visillos, y ropa de todo tipo, desde una falda a unas medias o unas bragas.

Tenía las manos casi insensibles porque el agua del pozo que surtía tanto las cocinas, como los baños como el lavadero, estaba muy fría. Antes de subirla en cubos a las habitaciones de los amos cuando querían darse un baño debíamos calentarla en la amplia repisa del hogar de la cocina donde siempre ardían brasas que una esclava se encargaba de mantener encendidas y bien provista.

Subir los cubos con agua caliente a las habitaciones de los amos suponía una tensión añadida. El ama Yanina nos seguía látigo en ristre para vigilar que no derramáramos ni una gota. Llenar una bañera me suponía hacer diez viajes cargando dos pesados cubos llenos de agua y después otros tantos viajes para vaciarla.

Desde que empezamos nuestro trabajo como esclavas a diario había tenido que satisfacer la necesidad de agua de al menos uno de los amos pero hasta el momento no había visto a ninguno. Cada vez que entraba en la habitación en que había de llenar la bañera Yanina me empujaba hacia el cuarto anexo y sólo podía dar una ojeada a la habitación. Unas veces estaba vacía porque cada habitación tenía varios cuartos anexos y cuando conseguí ver a alguna de las amas ésta yacía en la cama y estaba vuelta de espaldas a la puerta con lo que sólo había conseguido ver la oscura piel de las dos hijas de mis amos.

No es que quisiera tener que estar frente a los amos pero sí tenía curiosidad por ver cómo eran y hasta la fecha no había tenido oportunidad. Cuando salían de casa no podía verlos porque el lavadero, el invernadero, el jardín, el pozo y la piscina que eran nuestros espacios de trabajo habituales, se encontraban en la parte trasera de la gran mansión y ellos solían ir en cochazos, cuyos conductores blancos los recogían en la fachada principal, o a caballo y para ello los mozos de cuadra les llevaban la montura a la puerta principal.

La primera vez que vi a una de las amas fue una mañana cuando al ama Saira me llamó. Yo dejé de cortar leña, que era algo que odiaba porque me salían duricias en las palmas de las manos y corrí a postrarme a sus pies para besar sus botas.

—La esclava que se ocupa de los orinales de los amos está indispuesta. Hoy te ocuparás tú.

¿Indispuesta? Sí, pensé, seguro que está indispuesta. El látigo indispone mucho. Cada día veía al ama Yanina salir de la mansión seguida de una u otra esclava. Se metía en la casita que compartía con el ama Saira y se encerraba con ella. Las dos árabes, cuando nos tenían que castigar, se llevaban a la víctima al jardincito trasero de su casita y allí procedían a arrancar alaridos de dolor a la pobre esclava. Un día pude ver el jardín trasero de las árabes y se me paró el corazón. Talmente era una sala de tortura al aire libre.

Había de todo para causar dolor. Tenían un poste para atar a las esclavas y azotarlas, tenían braseros siempre llenos de resocoldos con hierros en su interior poniéndose al rojo, tenían una mesa con todo tipo de látigos y otros artilugios ideados para causar dolor, como hierros de tensión, que se colocaban en la cabeza de la castigada y se ajustaban alrededor del cráneo dando vueltas a un perno que la iba oprimiendo, tenían empulgueras donde nos metían las manos y nos trituraban los huesos pisando sobre la palanca que hacía que se juntaran las mordazas. Estaban también los temiblos látigos y fustas eléctricos y un buen número de cepos de castigo.

—Subes a las habitaciones de los amos y buscas debajo de la cama el orinal. Lo sacas y te marchas. No mires a ningún lado más que al suelo. Dudo mucho que ninguno de los amos te dirija la palabra por tanto no has de hacer más que lo que te he dicho. Si te dicen algo ¿sabes cómo actuar?

—El ama Yanina nos dijo que debíamos postrarnos igual que hacemos ante los guardias pero con la salvedad de que hemos de ofrecer nuestras manos por delante de la cabeza para que nos las pisen si eso es lo que quieren.

Sentí vergüenza al oírme a mí misma recitar la humillante forma que debíamos dirigirnos a los amos.

—Muy bien. Ahora andando. Y suerte.

Me sorprendió que esa muchacha cruel me deseara suerte. Tenía las pantorrillas llenas de cicatrices que me dejaba la fusta eléctrica porque el ama Saira era muy aficionada a golpearnos en esa parte del cuerpo cuando consideraba que no hacíamos las cosas como era debido. A veces incluso nos pegaba por diversión, por vernos saltar como reacción a la mordida del golpe asociada a la picada del calambre.

Entré por la cocina, lógicamente las esclavas no teníamos permitido acceder a la mansión por la puerta principal, pero la cocina, donde estaban las dependencias de las esclavas domésticas de interior, conectaba por unas escaleras con el hall de la casa principal.

Sentí un gran temor y a la vez un gran deseo de encontrarme con alguna de las amas. Hacía un mes que las servía y no las había visto nunca. Al mismo tiempo pensé en el peligro que entrañaba el deseo de buena suerte que me había lanzado el ama Saira. Llegué incluso a desar no encontrarme con ninguna de las amas.

El amo sabía que no estaba, no porque lo hubiera visto salir, pero cada día su esclavo caballerizo le acercaba su jaca a la puerta principal y él marchaba a los campos en primer lugar y al criadero después, o el chófer se lo llevaba a la ciudad. Normalmente las amas pasaban la mayor parte del tiempo en la cama, o desparramadas por los sofás de los salones, comiendo, viendo la televisión o simplemente holgando.

A la piscina no iban porque estábamos en la temporada de lluvias. Me imaginé que a final de mes, cuando se entraba en la estación seca, empezaría a verlas en la piscina, pero ahora no era época. También salían muy a menudo a cabalgar por su inmensa propiedad y algunas veces se hacían llevar a la ciudad para gastar el ingente dinero de su padre.

Cuando llegué al hall estuve a punto de quedarme sin habla y caer de culo. Quedé impresionada por el grandioso lujo que destilaba la mansión. Tuve la impresión de hallarme en una de esas mansiones victorianas que había visto en series de la BBC. Cuadros de artistas reconocidos, alfombras persas, esculturas en bronce, hierro y mármol, tapices en las paredes, porcelanas chinas, sillones de cuero brillantes, muebles de maderas nobles lustrosas y lujosas lámparas de techo de estilo araña con miles de bombillas.

Por un momento pensé en el durísimo trabajo de las criadas del servicio doméstico interior teniendo que sacar el polvo a todas aquellas bombillas, o puliendo los muebles y los sillones, o repasando una y otra vez los dorados y bronces. De hecho pasé por al lado de no menos de quince esclavas blancas arrodilladas y frotando sin cesar los brillantes suelos de mármol.


 (Continúa...)

EL RELATO COMPLETO PODÉIS ENCONTRARLO EN MI GRUPO DE YAHOO. EN LA PÁGINA PRINCIPAL DE ESTE BLOG ENCONTRARÉIS UN ENLACE. SALUDOS.

LUK.

domingo, 10 de abril de 2016

VIDAS DE SURINAM por Johnnie Flamenco

VIDAS  DE  SURINAM

  


Esta historia está ubicada en el año 1740, en la Guayana holandesa de Surinam, al noreste de sur América, y en el estado esclavista que se instauró con los primeros colonos españoles que invadieron estas virginales tierras y que se afianzó con los colonos holandeses cuando se hicieron con el control de la región y de la ciudad más importante de Surinam, Paramaribo.  

Surinam está bendecida con tierras muy fértiles debido al caudaloso rio del mismo nombre que divide esta colonia europea de protectorado holandés. Su fuente de riqueza procede de los extensos campos de caña de azúcar que en su día crearon los primeros hacendados españoles y británicos que  se  afincaron en la zona, y que con la nueva oleada de plantadores holandeses, Surinam se convirtió en un extenso campo de producción del dulce producto.   

Para que esta región se convirtiera en uno de los centros de producción de azúcar más importante de América, como no podía ser de otra manera, cuenta con el sacrificado y agotador trabajo de los oriundos nativos y de los negros importados de África que viven y son sometidos a un férreo sistema esclavista.  

Los blancos europeos lo tienen muy claro respecto al estado racial que define a la raza negra. «Un negro solo puede ser esclavo del hombre blanco». Tienen el concepto de que los negros son una variante del mono, y por lo tanto se les debe considerar como animales a los que hay que domesticar y adiestrar para el beneficio del hombre blanco.   

En Surinam como en el resto de Guayanas europeas limítrofes, prácticamente no existe un negro que no tenga un amo. Los negros son mera mercancía y mano de obra  con los que poder tratar y explotar hasta sus últimos días de vida.  

Las plantaciones más pudientes de la zona cuentan con recuas de negros de hasta doscientos ejemplares. Familias enteras de negros con varias generaciones son esclavos de los plantadores europeos, y que para prevalecer su subsistencia no tienen más remedio que someterse al dictado que les imponen sus amos blancos y las leyes que han creado para tal fin.    

Por lo tanto son los negros quienes trabajan los campos de caña de azúcar, quienes llevan a cabo la plantación y recolección, el picado de la caña y la molienda, para concluir con los diversos procesos hasta extraer la apreciada sustancia.   

También y haciendo referencia a un número considerable de hembras negras, si muestran una buena actitud son destinadas para cubrir las necesidades de la familia del amo en la casa de éste. Se convierten en siervas que se ocupan de atender y servir a sus superiores con entregada sumisión, y como corresponde  por ser esclavas y negras según las normas establecidas por las damas y esposas de los hacendados europeos.

Esta es la historia de un caso singular que acaparó la atención del distinguido club social que forman las damas y esposas holandesas en Paramaribo, y que se reúnen un fin de semana al mes para ponerse al día de cotilleos y para hacer una vida social que tanto anhelan cuando permanecen en sus plantaciones apartadas de la civilización y de toda vida social con sus iguales. También  aprovechan la estancia en Paramaribo para hacer las compras pertinentes y para encargar o  recoger los pedidos que hacen a un galeón holandés que arriba en el puerto cada dos meses después de atravesar el atlántico procedente de los países bajos e Italia.      

Quiero destacar por la importancia que tiene en esta historia la hacienda y plantación de los Van Der Broek. Una de las más significativas de Surinam. La familia del amo Richard estaba formaba por éste, su guapa esposa missy Johana Van Der Broek, y sus dos hijas pequeñas, missy Kalie y missy Anna. El término missy en holandés se traduce como ama o dueña, y las esclavas domésticas y esclavos en general tienen la obligación de añadirlo cada vez que pronuncian o se dirigen a sus amas.     

Johana Van Der Broek es una dama que está en la treintena  de  edad y destaca tanto por su determinación, dotes de mando, y su moderna mentalidad.  Se educó en Ámsterdam y París y para todas sus homónimas en Surinam  es un referente por la cultura que atesora y por la filosofía feminista que manifiesta abiertamente.

Sin embargo no se puede decir que missy Johana  sea una contestataria o una rebelde por el pensamiento que manifiesta, todo lo contrario, fue una esposa tradicional que cumplía con su papel de esposa y  madre a la perfección, y hoy por hoy sigue estando perfectamente integrada y adaptada a la vida selvática y al clima tropical de estas latitudes. Y por supuesto es una firme defensora de la esclavitud de los negros. Es ella misma quien se encarga de seleccionar entre las negras de su plantación a las más dotadas para el servicio doméstico, y su esposo la encomendaba de vez en cuando para comprar mercancía negra en el mercado de esclavos de Paramaribo.    

La plantación de los Van Der Broek lleva el nombre de «Wasiba». Nombre autóctono que le pusieron los antiguos propietarios españoles que se hicieron con la propiedad.

La recua de esclavos de los Van Der Broek, siempre variable a la alza, ronda los 160
ejemplares entre los esclavos de campo y los domésticos. Esta cantidad va en aumento paulatinamente puesto que una media entre veinte y treinta negras  quedan embarazadas cada año. De hecho las hijas de missy Johana fueron amamantadas desde su nacimiento por las respectivas negras nodrizas que la missy  escogió para que sus hijas crecieran con salud e inmunes a enfermedades tropicales.  

Una particularidad que une tanto a los esclavos machos como a las esclavas hembras en Surinam es que solo pueden cubrir sus piernas y partes pudientes  con pantalones o faldas, lo que hace que las hembras siempre vayan con sus pechos al descubierto. Y por su puesto como una norma intransigente por los propietarios de esclavos, es que ninguno, ya sea macho o hembra, bajo ningún concepto deben cubrir sus pies con calzado, siempre deben ir descalzos. El razonamiento del hombre blanco en este aspecto es concluyente: «Los animales no se calzan y por lo tanto los negros tampoco».

La vida de los Van Der Broek llevaba la normalidad que le concedía su estatus de plantadores  potentados, pero un lamentable suceso llevó a missy Johana a tomar las riendas de todo. El amo Richard falleció fulminantemente debido a que contrajo un extraño virus tropical.  

He aquí donde entro yo en escena y con el debido respeto a los lectores de esta historia, me presento. Me llamo  Manuel Fernández De Boer,  de padre español y madre holandesa. Nací en Madrid pero a la edad de tres años mis padres hicieron el viaje hacia el nuevo mundo en busca de nuevos alicientes y porque a mi padre le ofrecieron una mejora de empleo y sueldo como contable en el despacho del señor comendador de Paramaribo. Mi padre hablaba holandés y ese fue el principal pasaporte para que los tres embarcáramos en un galeón rumbo a las tierras fértiles de Surinam.    

En esos tiempos coincidiendo con nuestra llegada  el protectorado de Surinam pasó definitivamente a manos de los holandeses que se estrenaban como regidores de la región. Al reino de España, por razones que no logro entender, le fue dando de lado al control y la gobernación de Surinam. El traspaso de poderes se hizo a nivel político y tanto los hacendados españoles como los holandeses mantuvieron y siguen manteniendo una cordial colaboración.  

Nuestra vida en Paramaribo se asentó rápidamente. Mi padre empezó a trabajar en el despacho del nuevo comendador holandés y mi madre abrió un pequeño comercio de telas que tuvo muy buena acogida entre las damas de la región. 

Cuando contaba con cuatro años empecé a ir al colegio destinado para los hijos de los europeos, y con el tiempo mi padre reforzó mi educación enseñándome matemáticas y contabilidad. 

A la edad de quince años el comendador autorizó a mi padre para que me acogiera como su aprendiz y comencé a ganar mis primeros salarios. Éramos una familia que gozaba de cierto prestigio y respeto  por parte de la comunidad de holandeses y españoles.

Cuando contaba con  diecisiete años mi padre falleció y después de la tristeza que nos causó a mi madre y a mí su pérdida, el comendador me ofreció el puesto de mi padre para el cual yo era la persona más cualificada en ese momento.      

El comendador para aliviar la tristeza de mi madre le regaló una esclava de quince años y de nombre Yuri para que la ayudara en su tienda y no se sintiera sola. Mi madre no es que sea una firme defensora de la esclavitud de los negros pero tampoco es contraria a ella, y aceptó el regalo del comendador conocedora de las costumbres de la tierra que nos había acogido y porque de lo contrario el comendador se hubiera sentido ofendido.  

El traspaso de propiedad de Yuri se hizo en la entrada de nuestra casa.  A la semana del fallecimiento de mi padre el comendador se presentó en su distinguido carruaje a las puertas de nuestra casa y enseguida tanto mi madre como yo salimos a su encuentro. En el pescante trasero del carruaje venía Yuri y una vez que el comendador informó a mi madre sobre el regalo que quería hacerle, le dio el documento acreditativo que convertía a mi madre en dueña de una esclava negra.
   
Con un gesto del comendador a su cochero,  éste bajó a Yuri del carruaje y la negra una vez llegó a nosotros se arrodilló a los pies de mi madre y con la cabeza completamente inclinada se quedó inmóvil en esa posición a la espera de que el traspaso de propiedad se hiciera de forma legal.       

—Señor comendador, me abruma su generosidad. No era necesario que me obsequiara con una esclava. 

—Claro que sí querida Marjorie. Es lo menos que puedo hacer por usted para mitigar el desconsuelo que nos ha causado a todos la muerte de José. Esta hembra está adiestrada por mi propia esposa y le aseguro que le será de utilidad. Cuando le dije a mi esposa lo que quería regalarle a usted,  fue ella misma quien se ocupó con sumo gusto de seleccionar a esta negra para que sea su esclava de ahora en adelante. Ya sabe que  mi mujer es una buena clienta suya y la tiene en alta estima por la labor que hace en su tienda a la hora de surtir de telas de Europa a la comunidad de Paramaribo.  

—Muchas gracias señor comendador. Para mí es un honor contar con su esposa entre mis clientas.  Por favor, cuando la vea  exprésele mi sincera gratitud por la molestia que se ha tomado. Y a usted lo único que puedo expresarle es mi más sentido agradecimiento por este caro y estimable regalo que me hace.     

—Je,je. No piense en el precio de esta negra, querida. Eso es lo de menos. Lo importante es que entiende holandés, es dócil, sumisa y aprende rápido. Aquí le hago entrega del documento de propiedad  de esta esclava a su nombre.  

—Lo vuelvo a reiterar mi agradecimiento señor comendador. Acepto muy honrada  este documento que me convierte en propietaria de esta negra. Muchísimas gracias.    

—En fin. Solo queda desear que ojalá Dios haya acogido en su reino al bueno de José.  

Esta es una de las maneras en que un negro o una negra pueden cambiar de dueño en Surinam puesto que como meras propiedades que son, se pueden comprar, vender, regalar o traficar con ellos.      

En un principio pensé que  mi madre estaría incomoda por la responsabilidad de tener una esclava, su primera esclava.  Pero me sorprendió con la soltura y lo bien que instruyó a Yuri para que se adaptara a nuestros gustos y necesidades con prontitud.   Enseguida la convirtió en su ayudante  en la tienda y cuando estábamos en casa Yuri se descubrió como una diligente criada.  

Después de los tres años trascurridos de este acontecimiento mi madre está encantada por tener una esclava, y Yuri es muy feliz por tenernos a nosotros como sus amos. Mi madre no es partidaria de los castigos corporales a los esclavos, y la verdad es que Yuri no se hace merecedora de que mi madre tenga que corregirla puesto que es muy servil y obediente, hasta el punto que después de llevar dos meses con nosotros se me ofreció por si quería hacerla mi esclava de cama. A ningún hombre le amarga un dulce aunque sea negro, y cuando me apetece Yuri se encarga de aliviar mi libido.     

Tras llevar tres años ocupando el puesto de mi padre en las dependencias oficiales de la casa del comendador, ocurrió un acontecimiento que en ese momento no podía  imaginarme el grado de implicación profesional y emocional que me iba a ocasionar.

Una mañana estando en mi mesa de contabilidad vino el señor comendador y se dirigió a mí en estos términos.

—Manuel, mañana vamos a recibir la visita de la viuda de Richard Van Der Broek. Que como bien sabes  falleció de forma repentina hace tres meses.   En el entierro de su difunto esposo lady Johana me pidió que la ayudase en un tema en particular.

»Mañana será la primera vez que venga a la ciudad después del fatídico desenlace. Cuando despachemos nuestros asuntos te la presentaré,  y lo que tenga que proponerte tú verás si te interesa, pero es conveniente para todos que la plantación de los Van Der Broek siga rindiendo igual que cuando vivía el malogrado Richard. Entiendes lo que quiero decir, Manuel.    

—Sí, claro.  Está bien señor Comendador. Pero…  ¿De qué se trata señor?

—Ya te informará mañana Lady Johana. No seas impaciente, Manuel. Ahora necesito que me acompañes al puerto.  Tenemos que visitar a un comerciante que se hace el remolón a la hora de pagar los impuestos.         

He de decir que lo que me adelantó el señor comendador esa mañana me tuvo intrigado hasta el día siguiente. Que el comendador me fuera a presentar a la plantadora y que ésta tuviera una propuesta que hacerme, solo me lo podía tomar como un honor y una gran responsabilidad, a parte del inmenso placer que me iba a ocasionar poder conocer a una dama tan insigne y respetada en Surinam.      

Todo el mundo, sobre todo la comunidad holandesa conoce a Lady Johana Van Der Broek, la esposa y ahora viuda del plantador Richard Van Der Broek.  La dama es un pilar de la comunidad de esposas de plantadores y la presidenta del club social que formaron las damas años atrás en Paramaribo. La dama no tiene ascendencia de familia noble pero muchas personas en Paramaribo la tratan de lady debido a los exquisitos modales que manifiesta en público y por el respeto que le tienen.     

Cuando pasea por las calles de la cuidad siempre acompañada por un par de esclavas domésticas de su recua, no hay señor o dama que no salude con visible afecto a la insigne dama cuando se cruzan con ella. 

Desde que puedo recordar siempre me ha llamado la atención la distinguida plantadora  por la elegancia y el porte que manifiesta. Que unido a su belleza y su aire mayestático,  la hace caminar por las calles de Paramaribo  con un garbo y una altivez que a mí siempre me ha fascinado. Supongo que como a todos los caballeros de Paramaribo.    

Por lo tanto se puede decir que casi no me sorprendió tratándose de quien se trataba cuando se presentó en el despacho del señor comendador la importante dama luciendo un vestido que no era negro como cabía esperar,  sino de color gris marengo. La insigne y siempre elegante dama no era partidaria de vestir de luto  más allá de los noventa días de duelo a partir del entierro del difunto.  Pero desde luego el vestido elegido por lady Johana para acudir por primera vez a Paramaribo después de quedarse viuda, tampoco iba a dar pie para que nadie la criticara por su osadía.       

Fue a partir de ese día en que tuve el honor de conocer a lady Johana cuando comencé a sublimar a la insigne dama por la personalidad y la fortaleza que manifestó ante el reto que tenía por delante de tener que llevar ella sola a partir de ese momento su plantación de caña de azúcar como lo hacía su esposo.  

Siempre le agradeceré al señor comendador que me recomendara a la dama para la ayuda que necesitaba. Pero todo comenzó cuando tuve el placer de besarle la mano por primera vez cuando el señor comendador nos presentó.

—Lady Johana,  permítame que le presente al joven contable de quien le hablé.  Se llama Manuel Fernández de Boer. Manuel, te presento a lady Johana Van Der Broek, que hoy nos honra con su visita.  

—Todo el mundo en Paramaribo conoce a lady Van Der Broek. Pero para mí es un inmenso honor poder conocerla personalmente. Permítame que le bese la mano para manifestarle mis respetos y también aprovecho la ocasión para  trasmitirle  mi sentido pésame por el triste fallecimiento de su esposo. Desde este momento quedo a sus pies señora.   

—Gracias Manuel. Sin duda se ve que eres un joven muy respetuoso y atento. Y que hables perfectamente holandés y español manifiesta que eres un joven cultivado. Me gusta. Espero que a partir de hoy podamos iniciar una bonita y constructiva amistad. 

—Nada me complacería más que usted me considerara entre sus amistades lady Johana. Usted es una personalidad en Paramaribo. Dígame en qué puedo servirla para que yo pueda presumir de encontrarme entre sus servidores.     

—Ja,ja. Qué galante.  Desconocía que el joven contable del señor comendador me tuviera en tan alta estima.   

—Bueno lady Johana. Los dejo solos para que usted pueda charlar tranquilamente con Manuel y pueda expresarle  de que manera puede servirla. 

—Gracias señor comendador. Recuérdele a su encantadora esposa, mi querida amiga Eleonor, que el fin de semana que viene tendremos nuevamente una reunión en nuestro club después del duelo de tres meses que he llevado a cabo  recluida en mi plantación.     

—Descuide lady Johana. Se lo recordaré. Y sobre el asunto que hemos tratado, no se preocupe, que los mejores ejemplares de negros y negras que vengan en el próximo barco de África quedaran a buen recaudo hasta que usted y otros importantes plantadores de la zona los examinen en primer lugar.  

—Gracias por su atención señor comendador.  

—No tiene que agradecerme nada querida Johana.  Cómo dice Manuel en español: Señora mía, ya sabe que este humilde comendador está a sus pies y a su disposición para servirla en todo lo que me requiera.     

—Sé que usted siempre se ha mostrado muy amable conmigo  y por eso le molesto para que me ayude a aliviar la carga y la responsabilidad que tengo por delante.    

—Se lo ruego señora mía.  De molestia nada de nada. Todo lo contrario. Es un honor y un placer para mí que me tenga en cuenta para poder servirla. En estas tristes y a la vez nuevas circunstancias,  no dude que tendrá en mí, aparte de a un admirador, a un siervo y a un esclavo que la servirá con enfermiza vehemencia para satisfacer sus necesidades.          

—Ja,ja. Está bien señor comendador. Lo tendré presente de ahora en adelante.       

No negaré que cuando me quedé a solas con la señora Johana en las dependencias del comendador comencé a ponerme algo nervioso. A mis veinte años era la primera vez que una dama de la notoriedad de la plantadora requería de mi atención, y por motivos que aún no descifraba tenía un enorme interés por poder cumplir con los deseos de la dama y que ésta quedara satisfecha de mi servicio en lo que tuviera que proponerme, fuese lo que fuese.     

—Por favor lady Johana.  Tome asiento. 

—Gracias Manuel. Supongo que estarás intrigado de que el comendador me haya hablado de ti.    

—Pues la verdad en que estoy en ascuas señora mía. Pero nada me causará una mayor satisfacción que pudiera serle de utilidad. 

—Pues verás Manuel, como ya sabes, por el fallecimiento de mi esposo ahora tengo que ocuparme yo de las finanzas y de la contabilidad de mi plantación.  Respecto al control y vigilancia de mis esclavos de campo van a seguir ocupándose de ellos mis dos capataces. En mi casa todo va a seguir igual y de mis esclavas domésticas ya me ocupo yo. Pero me gustaría poder  contar con tus conocimientos de contabilidad y poder contratarte para que vayas actualizando mis cuentas mensualmente. Creo que con que fueras a mi plantación cuatro días al mes, uno por semana, sería suficiente para que todo siguiera como antes de que mi difunto esposo nos dejase. Por supuesto cubriría con los gastos de desplazamiento que tendrías que hacer en las barcazas para ir y volver de mi plantación, aparte de los honorarios que te pagaría por tu trabajo y que tú mismo valorarás. Y bien.  ¿Qué te parece mi propuesta, Manuel? 

—Lady Johana, en primer lugar déjeme que le exprese que me honra usted por la confianza que deposita en mí. Nunca he llevado las cuentas de una plantación y no sé si estaré a la altura de lo que demanda de mí. Pero si el señor comendador no tiene ninguna objeción respecto a que trabaje para usted cuatro días al mes.   Permítame decirle que estaré encantado y pondré todo mi empeño y conocimiento a su servicio para que la contabilidad de su plantación continúe con el rigor y la  clarividencia que a buen seguro su difunto esposo instauró en sus finanzas.       

—El gobernador está al tanto de la propuesta que quería hacerte.  Por esa parte no tienes de qué preocuparte. Entonces querido Manuel,  ¿entiendo que aceptas el trabajo que te ofrezco?  

—Sí lady Johana. Seré su contable y mi disposición será  máxima  cuando esté en su plantación para que usted nunca tenga que arrepentirse y piense con el tiempo que no se equivocó al elegirme a mí para tan dichosa tarea. Muchísimas gracias por la confianza que deposita en mí, señora Johana.     

—Ja,ja… Hacía mucho tiempo que nadie me llamaba «señora» en español.  Pues entonces, trato hecho.    

Podría parecer que acepté la oferta de trabajo porque me podía interesar económicamente. A nadie le amarga ganar un dinero extra. Pero lo cierto es que en ningún momento pensé en los honorarios que le pediría a la insigne dama y poco me interesaba. En esa primera conversación que mantuve con la que se iba a convertir en mi patrona a tiempo parcial, creo que fue cuando empecé a sublimar a tan imponente y bella dama, y también fue cuando la escudriñe por primera vez de pies a cabeza mientras estuvimos hablando sentados uno en frente del otro.    

Pocas damas, por no decir ninguna, había en Surinam con la figura que lucía Johana Van Der Broek, incluso después de haber dado a luz dos veces.  Era una dama  que todos los hombres podrían catalogar  como «una mujer de bandera».   El vestido de falda larga que llevó en nuestro primer encuentro era de talle ceñido a la cintura y mostraba en sus curvas lo bien que se conservaba. La postura mayestática que adoptó cuando se sentó con su espada completamente erguida  y sus piernas juntadas e inclinadas hacia un lado,  me hizo pensar en ese momento que la ilustre dama atesoraba una clase y saber estar que lo único que le faltaba era que ostentara un título nobiliario de envergadura porque aparentaba pertenecer a la más notable nobleza europea.       

Me causó tal impresión nuestro primer encuentro que hasta a hurtadillas me fijé en los relucientes e impolutos botines negros que calzaba. No es especialmente raro que una hacendada dueña de una buena recua de esclavas domésticas tuviera a una de ellas especialmente dedicada a limpiar y abrillantar su calzado. Pero me llamó la atención el brillo que desprendía tan elegantes botines, a buen seguro importados de París.      

Todavía no he hecho mención a la belleza del rostro de la sublime dama porque lo he querido dejar para el final en esta primera descripción que hago de la dama que cambió mi vida. Su cabello siempre recogido cuando se arreglaba para salir de su propiedad es de color castaño claro, su tez de piel es blanca inmaculada como corresponde a su ascendencia holandesa. Sus ojos verdes aguamarina te hipnotizan si los miras fijamente, y sus labios perfectamente perfilados  te invitan directamente a desear besárselos.  Y cuando sonríe  su perfecta y blanca dentadura te embriaga y te hace sentir que estás ante una Diosa. Era y sigue siendo una dama radiante que desprende belleza y hermosura por sus cuatro costados.       

Sé que después de esta descripción se puede pensar que me enamoré de una viuda que me llevaba unos quince años de adelanto. Y yo no negaré que probablemente fuera así. Pero en aquel momento yo lo interpreté como pura fascinación puesto que un joven contable de veinte años solo podía fantasear con ser amado por una dama que en todos los aspectos le superaba. La señora Johana pertenecía a un estatus que estaba muy por encima del mío y era consciente de ello. Pero el solo hecho de poder disfrutar de su compañía y de poder trabajar para la importante plantadora me brindaba la posibilidad de empaparme de su personalidad, de su exquisita cultura y formas, y sobre todo de su manera de entender la vida.  

Nuestro primer encuentro terminó en la entrada del edificio institucional del señor comendador después de convertirme en su contable y mantener una más que deliciosa charla comentando vicisitudes de Paramaribo y aspectos de mi vida.

Me agradó que me dijese que conocía a mi madre y que una vez entró y compró unas telas para cortinas en su tienda. Hasta lamentó que no pudiera ir más a menudo a ver las novedades debido a la apretada agenda que siempre tenía cuando venía mensualmente a la ciudad.

Cuando salimos al exterior de las dependencias del comendador vi como las dos sirvientas negras que se quedaron fuera y que siempre acompañaban a su missy, se apresuraron en llegar hasta la dama para seguir con su obligación. Una abrió rápidamente una sombrilla para cubrirla del sol y la otra que iba cargada de paquetería quedó discretamente situada detrás de la primera. Una escena así es más que habitual que se vea en Paramaribo teniendo como protagonistas a las ricas plantadoras o las hijas de éstas.     

Pero como ya he mencionado, en Surinam las esclavas negras  llevan sus pechos al descubierto y por consiguiente sus espaldas. Me llamó la atención que ambas esclavas  tenían sus espaldas cicatrizadas de los estragos que hace el látigo que tanto temen todos los negros en Surinam. Tampoco pude verles bien sus rostros puesto que en todo momento las negras conservaron sus cabezas completamente inclinadas ante su missy, excesivamente inclinadas diría yo, y por consiguiente la mirada no la levantaban de sus propios pies  teniendo que intuir en todo momento como servir a su missy sin molestarla.       

Por supuesto no hice mención alguna a la señora Johana sobre esa apreciación y la acompañe seguida por sus sirvientas hasta la verja principal de la entrada. Una vez allí quedamos para mi primera visita a su plantación y nos despedimos, con anécdota y torpeza por mi parte que hizo sonrojarme. 

—Bueno Manuel. Gracias por acompañarme hasta aquí. Entonces nos vemos el sábado que viene. Te estaré esperando en el embarcadero de mi plantación. 

—No tiene por qué hacerme ese honor de esperar en su embarcadero mi llegada lady Johana. Cuando la barcaza atraque en el embarcadero en su propiedad seguro que sabré llegar hasta su casa.   

—Eso no debe de preocuparte querido Manuel. En mi plantación yo dicto las normas.

—Sí claro. Por supuesto. Discúlpeme. No quería…

—Ja,ja,ja… No te azores que estaba bromeando. ¡Qué monada! Ja,ja…

—Seguro que ya se habrá dado cuenta que usted causa a quienes la conocen el deber de profesarle un gran respeto, y yo no quisiera que pensase que debido a mi juventud no voy a ser uno más de los que desean ponerse a sus pies para servirla. 

—¡Oh Manuel ¡ Sin duda eres todo un caballero y sabes cómo tratar a una dama.  Te voy a  confesar una cosa. Me complace como los hombres apuestos ya sean veteranos o jóvenes se ponen a mi disposición, y su caballerosidad la extienden a mis pies. Lo tendré en cuenta de ahora en adelante.  

»Ja,ja,ja.  ¿Y ahora porqué te azoras?   He dicho algo inoportuno. ¿No habrá sido porque te he incluido entre los jóvenes apuestos de Paramaribo? Es lo que tú eres.  

—Señora Johana. No sé qué decir. Salvo que le agradezco el cumplido que me hace y me alegra enormemente ser de su agrado.  

—Que te parece querido Manuel si dejas de incluir señora al decir mi nombre y lo cambias por doña. Me gusta cómo suena en español esa palabra. «doña». Salvo que te parezca que  me he convertido en una  viuda  tan vieja que no lo consideras conveniente. 

—Por favor seño…  disculpe… doña Johana. Cómo me va a parecer a mí eso. No creo que haya nadie en este continente ni en Europa que a usted la pudiera considerar una dama vieja. Usted es todo lo contrario. Lamento que se haya quedado viuda pero eso no quita para que usted sea ahora la viuda más joven y hermosa de todo Surinam. Si me permite decírselo.        

—Ja,ja,ja… Vaya, ahora vas a conseguir que sea yo la que se ruborice.  

—Le ruego que me disculpe doña Johana, si cree que me estoy tomando demasiadas licencias con usted. Pero lo que le expreso es la pura verdad.  

—No tengo nada que disculparte, Manuel. Me gusta que seas sincero, y además, a que dama no le gusta sentirse agasajada y ensalzada. Solo estoy pensando que se aventura una bonita amistad entre nosotros. Desde el respeto que nos vamos a dispensar, por su puesto.

—Desde luego doña Johana. Nada me causaría  mayor regocijo que me considerase entre sus amistades, aparte de convertirme en su servidor, por supuesto.    

—Está bien, pero eso tendrás que ganártelo jovenzuelo. Ja,ja… Entonces, hasta el sábado que viene, Manuel.   

—Hasta el sábado que viene «doña Johana».  

La insigne dama me ofreció el dorso de su mano para que yo pudiera besarlo por segunda vez. Cuando lo hice, por un momento desee no separar mis labios de su suave y blanca piel, pero la cuenta atrás que iba a llevar hasta que llegara el sábado convenido supe desde ese mismo instante que se me iba a hacer eterna.

Hasta mi madre se dio cuenta de mi estado de excitación desde que me levanté a las siete de la mañana del sábado en cuestión y que me llevaría a la plantación de la dama que me había cautivado. Tenía un traje para ocasiones especiales que todavía no había estrenado y que mi amada madre me había regalado. Cuando aparecí hecho un pincel en el salón de mi casa para desayunar, tanto ella como Yuri se deshicieron en alabar lo elegante y apuesto que estaba.   

—Hijo, que guapo estás.  Parece que más que irte a trabajar para Johana Van Der Broek, te has acicalado para quedar con una novia. Ja,ja… Seguro que la joven viuda quedará gratamente  sorprendida cuando te vea y sabrá apreciar el interés que has puesto por presentarte en  su plantación con una apariencia tan digna.    

—Lo importante madre es que aprecie el interés que voy a poner por llevarle las cuentas de su plantación con el rigor que merecen.  

—Seguro que también quedará satisfecha de tu buen hacer, hijo. Salúdala de mi parte y recuérdale que mi tienda está siempre a su disposición para lo que necesite. 

—Sí madre, se lo diré. Aunque ya te dije que lamentaba no disponer de más tiempo cuando viene a Paramaribo para poder visitar tu tienda. Seguro que con la relación que vamos a mantener a partir de ahora se va a tomar la molestia de dedicarse algo más de tiempo para poder ir a visitarte. Bueno, me voy. Quiero coger la primera barcaza que salga para remontar el rio.   

—Está muy guapo, amo.  Que tenga un buen día, amo. 

—Gracias Yuri. Esperemos que así sea. 
  
A las nueve de la mañana tomé la primera barcaza a remos que sale de Paramaribo y se adentra en el interior de Surinam hasta recorrer toda su longitud navegable.   En algo más de una hora se llega a las tierras de los Van Der Broek y sin poder evitarlo estaba deseando volver a ver a la dama que tanta fascinación había levantado en mí desde nuestro primer encuentro. 

Mientras los diez negros remeros hacían navegar la barcaza con las seis personas que la ocupábamos, no pude ni mínimamente sospechar con todo lo que me iba a encontrar y a sorprender al mismo tiempo en la propiedad de mi nueva patrona.

Cuando la barcaza se desvió por un momento de su curso para dejarme en el embarcadero de la plantación Wasiba, solo divisé a un negro que esperaba mi llegada. Una vez pisé tierra firme y la barcaza continuó su viaje el negro vino a mi encuentro y se presentó en un más que fluido holandés.  

—¿Es usted el contable Don Manuel?

—Así es. ¿Y tú quién eres?   

—Me llamo Utapam, y soy esclavo de esta plantación. La missy me ha ordenado que venga a recibirlo y para decirle que debemos esperar aquí su llegada.

—Está bien. Seguro que estará ocupada con sus quehaceres.  

En el embarcadero de Doña Johana había un pequeño techado con una bancada para sentarse, y hacia allí nos dirigimos el esclavo y yo a la espera de la aparición de la dueña.

El negro se mostró muy servicial conmigo y me pidió que le traspasara el bolso de mano de piel que llevaba y que había sido de mi padre. En el bolso llevaba material de despacho y hojas de contabilidad por si eran necesarias. Cuando me senté en la bancada y mientras esperábamos pensé que era un buen momento para que el negro me  informara sobre los cambios surgidos en la plantación tras la muerte del amo Richard.  

—Utapam. Puedes sentarte a mi lado si quieres —. A mí no me molesta.   

—¡Oh no, Don Manuel!   Si la missy me viera sentado a su lado como si yo fuera un blanco como usted… tenga por seguro que iría directo al árbol de los castigos.   Pero le agradezco el detalle que ha tenido con este negro, señor. 

—Bueno, como quieras. Pero mientras esperamos, me gustaría que me hablases   de cómo trascurre la vida de tu missy ahora que está al mando de toda su propiedad después del fallecimiento de tu amo.       

—Pues…  no sé qué  contarle Don Manuel.  Ya antes de la muerte del amo Richard la missy mandaba mucho. En su casa  no ha habido cambio alguno y los esclavos de campo siguen trabajando dirigidos y vigilados por los capataces. Bueno, si ha habido un cambio en un aspecto… pero en cierto punto tiene su lógica debido a la nueva situación, y que la missy quiere hacernos ver a todos sus esclavos que ella aunque sea una mujer está capacitada para llevar las riendas de esta plantación.

—¿Cuál ha sido ese cambio que se ha producido?

—Pues que ahora es la propia missy quien lleva a cabo los castigos a los esclavos. Casi siempre se ocupaban de azotarnos los capataces cuando los amos ordenaban algún castigo, pero desde la muerte del amo es la propia missy quien se encarga de empuñar el látigo.  

—Vaya. Pues sí que es un cambio significativo.  No es nada habitual que los propios amos de las plantaciones se molesten en llevar a cabo los castigos que ellos mismos ordenan. Pero como tú bien has dicho, creo que tu missy quiere demostraros que aunque haya fallecido su esposo la plantación va a seguir estando gobernada igual que antes y que su autoridad va a ser inquebrantable.  

—Creo que la missy está a punto de llegar, Don Manuel.   

—¿Por qué lo crees Utapam? Yo no veo nada aun en el horizonte del camino.   

—Pero yo si oigo restallar su nuevo látigo.  

Como era de esperar la respuesta que me dio el negro me sorprendió por la agudeza  que demostraba de oído.  Pero lo que me iba a dejar con la boca abierta  fue  cuando divise en el horizonte del camino que unía la casa de los Van Der Broek con el embarcadero a cuatro negros que iban enganchados y embocados, y tiraban de un carruaje clásico de capota extensible. Al frente y en lo alto del carruaje sosteniendo con una mano las riendas que enganchaban en los bocados de los negros mientras que con la otra mano blandía un largo látigo para la doma de caballos, venía la dueña de todo lo que mi vista alcanzaba ver. Doña Johana. La missy.  

Creo que cerré un par de veces los ojos para volverlos a abrir todo lo que podía y así constatar que no era una alucinación lo que estaba viendo. Mientras el carruaje se acercaba al embarcadero pude ir detallando la fastuosa imagen que inundaba mis ojos.  

Los cuatro negros que formaban dos delanteros y dos traseros a ambos lados de la viga central del carruaje, empujaban con sus brazos sobre las dos barras transversales que cruzaban la viga.    Los negros solo llevaban como vestimenta una especie de calzones blancos que les servía solamente para cubrir sus partes pudientes. Pero según se acercaba el carruaje mi vista quedó atrapada ante la majestuosa visión que mostraba la suprema dueña.    

Vestida de blanco inmaculado, su conjunto de amazona estaba compuesto por unos pantalones y una blusa con chorreras que contrastaba con las relucientes botas negras de montar que calzaba. Para rematar su estilismo, el sombrero de ala ancha modelo Chemise de paja blanca con cinta de color negra,  no dejaba lugar a la más mínima duda, doña Johana se mostraba como lo que era en su plantación: la reina suprema de su propiedad y de sus esclavos negros.  

Pero si no tenía suficiente con la visión que desprendía la potentada plantadora  para quedarme completamente embobado, lo que terminó por rendirme al aura que desprendía la missy, no fue otra cosa que ver con que altivez, exigencia y severidad azotaba las espaldas de sus «negros caballos». El látigo que era de la típica doma y azuce de equinos, se compone de una vara fina y flexible de dos metros de longitud y una tira de cuero trenzado de la misma largura que la vara. 

Doña Johana revelaba que sabía manejar el látigo con total maestría y cualquiera de los cuatro negros que quería azuzar no se libraba de sentir como el cuero del látigo restallaba sobre su espalda.     

Reconozco que cuando doña Johana detuvo el carruaje tirando hacía ella a través de las riendas conectadas a los bocados de sus negros, yo me levanté del banco y fue cuando me di cuenta que las piernas me flojeaban. Utapam con un gesto de su mano me indicó que fuéramos a su encuentro y eso hicimos pero con diferentes pasos. Yo fui quien comenzó a recorrer caminando la pasarela del embarcadero  pero Utapam salió corriendo para llegar hasta su missy con prontitud.  

En un último gesto por mi parte antes de volver a estar ante la todopoderosa dama, me saqué un pañuelo de mi bolsillo y quise secarme el sudor de mi rostro que no sabía si me lo había provocado el calor que ya empezaba a aflorar a esa hora de la mañana, o si mi sudoración estaba provocada por la impresión que me había causado la escena que me estaba brindado la augusta amazona y su cuádriga de esclavos negros.   

Mientras caminaba hacia el carruaje todavía me quedaba por ver una nuestra más del poderío que ejercía la joven viuda en su territorio. Esta vez el protagonista fue Utapam que cuando llegó al carruaje de su missy la saludó con una pronunciada reverencia que no tuvo ni respuesta ni atención por parte de la dueña, y a continuación se puso a cuatro patas al lado del carruaje para que su espalda facilitara la bajada de la amazona.     

Doña Johana una vez que utilizó y pisó la espalda de su esclavo para bajar del carruaje me regaló una dulce sonrisa, y haciendo gala de su cortesía caminó unos pasos en mi dirección con los brazos extendidos para ofrecerme un cálido recibimiento y la bienvenida a su plantación.  

—Buenos días Manuel.  Qué apuesto has venido. Discúlpame que te haya hecho esperar. Es que hoy estoy entrenando a mi cuadriga de negros y aún me queda mucha doma que aplicarles. Ayer mismo terminé de elegir al último negro que junto a los otros van a llevar de ahora en adelante una vida de caballo. Quería recibirte de esta manera para obsequiar tu disposición por querer trabajar para mí.   

—Buenos días lady Johana… doña Johana quería decir. No tengo nada que disculparle, faltaría más. Aquí estoy como acordamos. Y en todo caso debería ser yo quien debería obsequiarla por darme esta oportunidad. Pero le muestro mi sincera gratitud por la molestia que se ha tomado en recibirme de esta manera. Le confieso que ha causado efecto y estoy impresionado por el recibimiento que ha querido hacerme. Mientras dirigía su carruaje hacia aquí azuzando a sus esclavos,  la única duda que he tenido ha sido que no sabía si quien dirigía a los negros era una amazona o una Diosa.  

—Oh, mi querido Manuel. Me estás mal acostumbrando con tus constantes halagos a mi persona. Ja,ja… Definitivamente no voy a tener más remedio que proclamarte mi admirador oficial. Ja,ja…

—Créame señora mía, nada de lo que yo pudiera llegar a decirle equilibraría la majestuosidad que usted desprende. Solo dígame donde tengo que firmar para convertirme de forma oficial en su admirador, que lo haré de inmediato.    

—Ja,ja,ja. Qué adulador. Bueno, tiempo tendremos durante todo el día de hoy  para que sigas alabándome, que como veo, ese es tu deseo. Ja,ja. Pero ahora tenemos trabajo por delante y tengo que enseñarte mi plantación y donde trabajarás para ponerte al día sobre mis cuentas.   

—Desde este instante me tiene a sus órdenes, doña Johana.  

—Me gusta lo bien que pronuncias en español «doña Johana». Me siento importante.

—Es que usted lo es. Y lo oirá de mis labios todas las veces que desee, patrona. 

—Ja,ja,ja. Tomo nota. Venga lisonjero, sube a mi carruaje, junto a mí. Ya verás cómo mis caballos negros van a trotar y correr de vuelta a mi casa. Lo de ser tirada en mi carruaje por negros era un capricho que tenía desde hace tiempo pero mi difunto esposo no lo consideraba decoroso. Como si hubiera que mantener algún tipo de  decoro con los esclavos. Mi esposo era un bendito. Que Dios lo tenga en su gloria.

Permanecer en los dominios de doña Johana Van Der Broek supuso para mí conocer en profundidad la verdadera vida que transcurre en una plantación donde el amo, o en este caso el ama, mantiene un férreo sometimiento sobre sus esclavos para que todo funcione con el orden debido. Pero lo que más deseaba en ese primer día, atraído como un imán, no era otra cosa que inundarme de la fastuosa personalidad que manifestaba la missy de Wasiba, la plantación de los Van Der Broek.   

No relataré el excesivo número de latigazos que le lanzó la missy a su cuadriga de esclavos negros para que no perdieran el ritmo. Ni tampoco describiré como quedaron las espadas de éstos cuando llegamos a la gran casa. Pero si diré porque me pareció curioso que los cuatro negros cuando pararon en la entrada de la casa echaban espumarajos blancos por la boca debido a los bocados que llevaban. Lo primero que pensé fue en el paralelismo que se daba con los caballos auténticos cuando se les lleva al límite de su resistencia. 

La casa de doña Johana es la típica que construyen los plantadores importantes de la zona. Una casa de dos plantas hecha con las mejores maderas y un coqueto porche que envuelve el perímetro de la primera planta. La limitación de la zona de residencia y lo que hay en su entorno es lo que se denomina la hacienda de los amos. La hacienda de los Van Der Broek es muy completa puesto que se compone de una cuadra de caballos, un almacén de suministros,  un jardín con cenador y un pequeño estanque con jardín y columpio.  

Después en un rincón de la hacienda se encuentra la zona de almacenamiento de la caña de azúcar y las dos casitas de los capataces. Y todo esto salpicado con arboleda y vegetación de la zona que crea el gratificante sombrío que se agradece cuando el sol está en todo lo alto y aprieta con el rigor que lo hace en estas latitudes. 

Cuando bajamos del carruaje y subimos los tres escalones de la entrada de la casa salieron a recibir a la missy sus dos preciosas hijas de seis y cuatro años acompañadas por sus cuidadoras que por supuesto eran esclavas negras de máxima confianza de la dueña. Después de los tiernos abrazos que se dedicaron entre madre e hijas, doña Johana me presentó a las dulces niñas. Seguidamente nos adentramos al interior de la casa que como podía esperar estaba decorada con sumo gusto con objetos de valor en cada recodo, y todo relucía como su fuera nuevo. Sobre todo me llamó la atención el suelo que era de caoba y daba reparo pisarlo por el brillo que desprendía.   

Doña Johana se dio cuenta de mi titubeante caminar mientras la seguía y después de reírse discretamente de mi extraña fijación me aclaró el motivo de tan pulido suelo, mientras un par de esclavas domésticas de apartaron de nuestra dirección no antes de saludar a su missy con respectivas genuflexiones.      

—Manuel, puedes pisar el suelo sin miedo. No lo vas a romper, ja,ja,ja…  Tengo a dos esclavas domésticas destinadas exclusivamente a mantener el suelo de esta casa como una patena.  Se pasan diez horas al día arrodilladas sacando el máximo esplendor a la caoba en las dos plantas.  Así que no te preocupes por las huellas que puedas dejar. Antes de cinco minutos estarán haciendo el mismo recorrido que nosotros pero arrodilladas. Ya te puedes imaginar para qué.       

—Pues lo único que se me ocurre decir, es que hacen un buen trabajo, ya lo creo.

—Ya me costó en su día hacerles entender que quería que fregaran y abrillantaran  el suelo de esta casa diariamente  para que  se pudiera comer directamente en él si ese fuera el caso. Me refiero a nosotros los blancos, por supuesto.  Ja,ja…    

—Claro, la he entendido.    

Una vez que atravesamos el gran recibidor seguí a la dueña hasta el despacho que había sido de su esposo. Doña Johana una vez que entramos en las entrañas de la dirección de la plantación, tomó asiento al frente de la mesa de despacho y  tuvo  el gesto que demostrarme la confianza que había depositado en mí ofreciéndome sentarme a su lado en otro asiento que yo mismo puse donde me indicó. Fue ella misma quien abrió con una llave varios cajones y sacó varios  libros de contabilidad y carpetas llenas de facturas que comenzó a extender sobre la mesa para que yo fuera conociendo como llevaba la contabilidad su difunto esposo.     

—Manuel, como podrás entender, mi esposo se ocupaba de estos asuntos y de los esclavos de campo. Yo ahora sigo encargándome de las esclavas domésticas y ahora también debo dirigir a los capataces que vigilan a los esclavos de campo para el buen funcionamiento de la plantación. De ahí que necesitara a un contable que me trasmitiera confianza para poder delegar la contabilidad de mi plantación.  

—Pues yo le aseguro doña Johana que la confianza que ha depositado en mí se la devolveré con mi abnegado trabajo y confidencialidad para que sus cuentas cuadren como lo hacían hasta ahora. 

—Pues si es así voy a tomarme la confianza que nos hemos brindado para hacerte una pregunta. ¿Te apetecería pasar todo el fin de semana en mi casa  para que te pongas al día de todo el funcionamiento de la plantación? Nada me complacería más que aceptaras mi invitación, y por supuesto, no solo te dedicarás a hacer números. También dispondremos de tiempo para el ocio o lo que nos apetezca hacer. 

—Eh… por mí aceptaría su invitación con sumo gusto doña Johana. Pero mi madre  estará esperando mi regreso esta noche. Si no regreso seguro que se preocupará.      

—Eso tiene fácil solución. Esta tarde enviaré a Utapan con un caballo a Paramaribo e irá a tu casa para informar a tu madre del cambio de planes.

—¿Se puede ir desde aquí a Paramaribo en caballo?

—Utapan sí. Él es nativo y como otros esclavos conocen sendas y caminos perdidos que nosotros los blancos desconocemos. En un par de horas estará llamando a la puerta de vuestra casa e informará a tu madre. 

—En ese caso. No tengo ningún inconveniente y acepto su invitación con gran complacencia, doña Johana.


***


Que la señora y ama de la casa se ocupara de sus hijas y de sus sirvientas era algo que entraba dentro de la normalidad, pero me llamó poderosamente la atención que me dijese que a partir de ahora ella también se ocuparía de los esclavos de campo. Las esposas no solían encargarse de ese menester y mucho menos iban a la plantación para ver como sus esclavos trabajaban en los campos de caña de azúcar de sol a sol. Pero esperé a mejor momento para preguntarle por esa responsabilidad que podía delegar en sus capataces.  

Una vez que comprendí como llevaba las cuentas el amo Richard, doña Johana me dejó a solas en el despacho para que empezara a poner las cuentas al día mientras la dueña se fue para organizar el almuerzo y para cambiarse de ropa.    

Era una oportunidad única la que tenía por delante para consolidar mi reputación ante el comendador y la sociedad elitista de Paramaribo. Afianzarme como contable de una de las más importantes plantaciones de Surinam podría suponer para mí conseguir notoriedad y prestigio e incluso podría conseguir que me afianzase como un invitado más en las pomposas  fiestas  que organizaban los plantadores en sus haciendas. Doña Johana tenía la llave de todo eso y yo tenía toda la predisposición para conseguir que me tomara como su hombre de confianza.  Pero por razones que podrían entenderse por mi falta de madurez a mis veinte años, la fascinación que sentía por la dueña de Wasiba superaba toda expectativa respecto a mi prometedor futuro. Solo deseaba conocer en profundidad a  doña Johana y disfrutar cada minuto del tiempo que me quisiera conceder a su lado. Su fascinante personalidad unida a su belleza me había cautivado y  deseaba verla cómo se manejaba en sus dominios. Sabía que doña Johana era mucha dama para mí, y que no estaba a mi alcance, pero no podía evitar sentirme atraído por la joven y hermosa viuda que emanaba seguridad y sensualidad por todos los poros de su piel.  

Estuve  trabajando tres horas en el despacho de la casa y ya había conseguido cuadrar varios extractos de facturas. También me dio tiempo para ver que doña Johana era una viuda rica en toda regla. El volumen de azúcar que le proporcionaba su plantación le hacía obtener unos pingües beneficios anuales,   que ya eran acumulativos desde que su esposo compró la plantación a unos españoles doce años atrás. La solvencia de los Van Der Broek no sorprendía a nadie en Surinam pero descubrí que el amo Richard tenía la virtud del ahorro y había dejado a su viuda una considerable riqueza traducida en algo más de dos millones de florines y un total en monedas de oro que estaba tasado en treinta kilos de peso. Toda una fortuna. 


Cuando doña Johana regresó al despacho para comunicarme que era la hora del almuerzo, me olvide de inmediato de sus finanzas ante la imagen que me ofreció.  Se había cambiado de vestimenta y de su conjunto de amazona había pasado a lucir un espectacular vestido azul turquesa que dejaba tanto sus hombros como su canalillo al descubierto. Su frondoso y brilloso cabello ondeaba suelto y había maquillado su bello rostro.    Era una dama increíblemente hermosa y radiante que me dejó sin habla y sin saber a qué venía ese engalanamiento.  

—¿Te gusta mi vestido nuevo, Manuel?  

—Es muy bonito doña Johana. Pero seguro que el vestido luce así de bien por la modelo que lo lleva. Estoy convencido de ello.   

—-Ja,ja,ja… Oh, mi querido Manuel. Como sigas siendo tan adulador conmigo no voy a tener más remedio que decirle a Utapan que me traiga unos grilletes de los que usamos para los esclavos díscolos y así me garantizo que siempre te tendré a mi disposición para que sigas engordando mi ego. Ja,ja…

—No le hace falta que me encadene como a un esclavo para que siempre que lo desee me tenga a sus pies alagándola como se merece, mi señora.    

—Ja,ja,ja… Sin duda eres un joven muy atrevido. Seguro que te muestras como un lisonjero con todas las jóvenes de Paramaribo que te hacen tilín.  

—Ni mucho menos, doña Johana. La verdad es que todavía no se ha cruzado en mi vida ninguna joven que me interese para que yo le preste atención. 

—Entonces voy a tener que pensar que me adulas por la riqueza que poseo. Sobre todo ahora que conoces mi patrimonio.  

—Creo que tengo un eximente de peso para esa sibilina intención que me atribuye.  Llevo trasmitiéndole mi admiración desde que nos conocimos la semana pasada.  Y respecto a su patrimonio, ya saben todos los ciudadanos de Paramaribo que los Van Der Broek son una familia pudiente y solvente como pocas. Y ya le he dado mi palabra respecto a la confidencialidad que mantendré respecto a su patrimonio.  Creo que es mi deber como su contable y  porque así lo aprendí de mi padre.   

—Mi querido Manuel. No hace falta que te pongas tan serio. Solo estaba poniéndote a prueba. Ja,ja,ja. No hace falta que te conozca en profundidad para saber que tus adulaciones a mi persona te salen de dentro. Del lugar donde la razón no puede intervenir y le permite al corazón poder expresarse. Por eso me encanta que sientas por mí admiración. Soy yo la que se siente enaltecida de ver como un joven apuesto como tú, con su caballerosidad y galantería se pone a mis pies para alagarme.   

»Créeme querido Manuel,  desde que nos conocemos has hecho que la tristeza de mi corazón se apacigüe por la trágica perdida que he sufrido. Has conseguido que vuelva a ser la misma de antes y tenga ganas de vivir lo que el destino me depare.  
   
—Usted todavía es una dama joven y seguro que le quedan muchas cosas buenas que vivir. Estoy seguro de ello doña Johana.

—Yo también deseo que así sea mi querido Manuel. Bueno, cambiando de tema.   ¿Has podido hacerte con las cuentas según las llevaba mi difunto esposo?

—Creo que sí doña Johana. He de reconocer que al amo Richard llevaba las cuentas con orden y clarividencia, y me será fácil seguir su cometido.  

—Ya me dijo el señor comendador que eras un buen contable y que eras el idóneo para que yo te contratase. Mi buen amigo el comendador no se equivocada. Pero por hoy ya has terminado de hacer números. Ahora vamos a almorzar en el cenador de mi jardín, ya lo he dispuesto todo. Así podremos hablar de tus honorarios, que aún no me has dicho nada.

—Ese asunto lo resolveremos de inmediato, doña Johana. Me pagará lo que usted considere justo que merezco cobrar. Para mí el dinero será una minucia comparado con poder servirla adecuadamente.   

—Bueno, siendo así ya hablaremos de tu retribución otro día. No quisiera que algún día alguien pudiera pensar que te he contratado para que seas mi esclavo. Ja,ja,ja…  También quiero que te conozcan y se relacionen contigo mis dos preciosas hijas. Que como ya has visto esta mañana, son dos preciosidades y todavía no encajan que su padre se haya ido para siempre con Dios.      

—No puedo estar más de acuerdo con usted respecto a lo bellas que son.  Las dos se parecen a su madre. Por lo tanto solo podían ser tan guapas como su progenitora.  

—Ja,ja,ja. Manuel. Como sigas así vete tomando en serio lo de los grilletes para no dejarte salir de mi casa nunca y así tenerte todo el día agasajándome.  Ja,ja,ja…  

No hacía falta que doña Johana cumpliera su sorna de engrillarme. Ya estaba yo encadenado al aura que desprendía tan sublime dama. Hubiera trabajado para ella de forma altruista si así me lo hubiera pedido. El irrefrenable deseo de compartir parte de la vida de la plantadora aplastaba cualquier interés que pudiera existir y  fuera ventajoso para mí. 


El almuerzo resultó maravilloso. Todo me pareció de una exquisitez insuperable.  Sus encantadoras hijas se mostraron  muy afables conmigo y a pesar de su corta edad ya poseían unos modales en la mesa que me sorprendió por su compostura ante un invitado como lo era yo. Era evidente que su madre las estaba educando para la vida regalada y de alto estatus que iban a llevar.   

Sin embargo contrastaba los exquisitos modales que me ofrecía doña Johana con el trato altivo que mostró en alguna ocasión ante las tres sirvientas negras que se ocuparon de servirnos. Creo que pude reconocer a dos de ellas que fueron las que acompañaron a su missy a Paramaribo cuando conocí a mi nueva patrona. La tercera, de nombre Cora, era la mayor de las tres con diferencia y  era la que dirigía el servicio y la que consultaba a su missy para poner o recoger los platos a su debido tiempo. Las tres, como era preceptivo, llevaban sus pechos desnudos y solo una falda larga y un turbante blanco en la cabeza que les ocultaba sus cabellos era la única vestimenta que llevaban, eso sí, su ropaje era de un blanco tan impoluto que resaltaba con la negrura de sus pieles.

Después del almuerzo las cuidadoras de las niñas se las llevaron para hacer la siesta mientras que doña Johana dispuso para que pudiéramos tomar un licor digestivo en el porche de su casa. Fue en ese momento tan placentero cuando tuvimos nuestra primera discrepancia respecto al origen y el sentido de la vida de los negros.

—Doña Johana, la oí decir al señor comendador que quería ver el siguiente cargamento de esclavos africanos que llegase a Paramaribo. ¿Es que dispone de pocos esclavos para la plantación? 

—No es que esté falta de esclavos, poseo un buena recua, pero al mismo tiempo que mi esposo murieron cuatro negros en las mismas extrañas circunstancias.    Solo quiero ir a echar un vistazo por si repongo algún ejemplar.  

—¿Entonces quiere decir que el extraño virus afectó por igual a su esposo que a esos cuatro negros?  

—Parece ser que así fue. El médico que atendió a mi esposo y el veterinario que examinó a los negros llegaron a esa conclusión.  

—¿Y no cree que esta tragedia puede servir para sostener la teoría de que los negros son una raza de seres humanos y no el pariente más cercano del simio o del mono?

—¡Pero qué tontería estás diciendo, Manuel! ¿Acaso estás poniendo al mismo nivel  a mi difunto esposo con esos desdichados negros?

—No doña Johana, no los comparo. Solo lo expongo desde el punto de vista de la teoría  evolutiva del hombre, que como bien sabrá, se debate en los círculos más intelectuales de Londres y Paris, y que sostiene que el negro es más hermano del hombre blanco que de los monos. 

—Lo que me parece es que lees demasiada bazofia de la que llega de Europa en los barcos. ¿Acaso crees que los negros son iguales que nosotros? ¿Qué deberíamos sentarlos a nuestra mesa y compartir la misma comida? No me digas que eres uno de esos que proclaman la igualdad entre blancos y negros, y que nosotros no deberíamos esclavizar a los negros.  

—Déjeme que me explique doña Johana, puesto que me está mal interpretando…

—¡No jovencito! No te estoy mal interpretando. No me tomes como si yo fuera una ilusa. Conozco esa delirante teoría que circula por las ciudades más avanzadas de Europa. Lo que no exime que en esas mismas ciudades haya gente tan extravagante y pintoresca que haya conseguido hacerse oír aunque defiendan una majadería sin sentido.    

—Pero doña Johana, le ruego que me deje expresar lo que yo opino. 

—Bien, habla. Pero ten presente que en tu explicación está tu continuidad como mi contable. Te ha quedado claro. Lo último que deseo es tener en mi plantación a un liberador de negros. Sería lo que me faltaba. 

Fue como un rayo lo que me atravesó de arriba abajo cuando doña Johana, que la había hecho enfadar, puso mi continuidad como su contable dependiendo de si le agradaba la explicación que oyera de mis labios.   

Reconozco que en ese instante me entró un sudor frio y la garganta se me secó de un plumazo ante la posibilidad de salir para siempre de la vida de la dama que me había cautivado. Supe que tenía que dar una explicación con la sensatez suficiente como para no molestarla, y no debería cerrarme a la veracidad de susodicha teoría.   Doña Johana era una firme defensora de la esclavitud de los negros y si no medía bien mis palabras podría hacer que se sintiera ofendida, con el consiguiente final fatídico para mis expectativas.     

Por lo tanto tragué saliva y le di un trago al licor de manzana que estábamos tomando antes de exponer mi pensamiento.   

—Verá doña Johana. Por supuesto que no pienso que usted sea una ilusa. En todo caso soy yo el imberbe por reflexionar sobre esa teoría de la evolución humana y no haber sabido explicarme. Y por supuesto que no he querido comparar al amo Richard con esos negros que han muerto. Su esposo era un hombre de bien que ha contribuido con la prosperidad de este protectorado. Ha sido  una persona que ha dejado un legado para ser recordado en el tiempo. Y los negros, negros han sido y como negros han muerto.  

»Lo que le he comentado lo hacía desde el punto de vista médico-científico, y sobre esos bichos invisibles que denominan virus. Para esos asesinos no existe diferencia a la hora de atacar a un ser vivo ya sea de la especie que sea. Pero los hay en esta zona que solo se ceban con los blancos y con los negros y no atacan a ninguna otra especie animal. Solo he querido trasmitirle que me parece insólito y que algo tenemos en común los blancos y los negros para que estos virus se salgan con la suya y acaben con las vidas de quienes los contrae.     

—Pues haber empezado por ahí, Manuel. En ese tema de los virus, y muy a mi pesar no tengo más que aceptar que a esos asesinos diminutos no les importa ni el color de la piel, ni la superioridad ni la inferioridad de unos y de otros a la hora de introducirse en sus organismos. En esto estamos de acuerdo.   

»Entonces, dime Manuel.  ¿Cuál es tu opinión sobre la supremacía del hombre blanco sobre todas las especies que habitan en la tierra, incluidos los negros y sus  ancestros los simios y los monos? 

—Creo que ha sido nuestra inteligencia la que nos ha llevado a dominar al resto de especies que habitan en la tierra.   

—Bien, también estamos de acuerdo en eso. Pero y a los negros, ¿Dónde los sitúas? ¿Qué son para ti,  animales o  personas?       

Cuando creía que me había librado de sufrir el peso del mando que ostentaba doña Johana sobre mí, me hizo la pregunta clave que llevaba varios años debatiendo en mi interior y que no podía concluirla. Pero en un arrebato de arrojo quise ser sincero con la dama que había puesto mi continuidad a su lado en el filo de la navaja. 

—Pues verá doña Johana. Tanto en el despacho del comendador como en este día de hoy que estoy teniendo el honor que compartir con usted, siempre ha apreciado mi sinceridad. Y apelando a su complacencia por esta cualidad de mi persona le voy a ser del todo sincero.    

»No sé dónde colocar a los negros. No sé si encajan como los descendientes de los simios o como una raza, eso sí distinta, pero al fin y al cabo una raza hermana de la nuestra, los seres humanos. Hasta es posible que se encuentren en medio de ambas. Eso es lo que expresa esa teoría de la evolución. Se piensa que nosotros los blancos somos una evolución del hombre negro aunque del mismo árbol genealógico.  Pero no lo tengo nada claro doña Johana, esa es la verdad.   

—Pues verás Manuel. Esas teorías lo único que pretenden es lo que han conseguido en ti: hacerte dudar. Hacer que te sientas inseguro y que te cuestiones que Dios no ha tenido nada que ver con darnos la supremacía en la tierra para gestionar todo lo que en ella habita. Voy a explicarte porqué las cosas son como son y cada especie debe ocupar el lugar que le corresponde. Dios nos hizo a su imagen y semejanza.  ¿No es así, Manuel?

—Así se dice en la biblia, doña Johana.     

—Y nos dotó de una inteligencia superior a cualquier otra forma de vida  para que pusiéramos a éstas en su justo orden y lugar, y así pudiéramos nosotros multiplicarnos y prosperar en la vida. Hasta aquí nadie discute nuestra existencia en la tierra. ¿Estoy en lo cierto? 

—Sí doña Johana. 

—Pues si estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, que pintan los negros para los sitúen a nuestro nivel. Dios no es negro. Si fuera así, los negros serían los inteligentes y con toda seguridad nos someterían como hacemos nosotros con ellos.

»Querido Manuel, no seré yo quien cuestione las cualidades y similitudes que compartimos con los negros,  pero por que se las hemos ido inculcando nosotros los blancos a través de los siglos.   

»Si no nos hubiéramos molestado en domesticarlos y adiestrarlos para ponerlos a nuestro servicio, seguirían viviendo en la selva y compartiendo los árboles y la comida con sus hermanos los simios.     

»Haberlos tomado y sometido para que sean nuestros esclavos es lo mejor que les podía haber pasado en sus vidas. Les hemos enseñado el lenguaje, la virtud del trabajo, el respeto a sus superiores, y un montón de aspectos que los ha humanizado en cierta medida. Pero eso no hace que sean nuestros semejantes.   Simplemente tienen el don de la imitación y nosotros los blancos somos el espejo donde ellos se miran para copiar ciertas actitudes humanas. Pero no por eso dejan de ser animales.    

»Creo que mi opinión como propietaria actualmente de 155 ejemplares de negros y negras, me da la autoridad moral para aclarar esta distorsión que se está propagando en Europa por parte de unos cuantos locos idealistas sobre el lugar que deben ocupar los negros. Para ellos y su continuidad como especie domesticada por el hombre blanco solo pasa por su total esclavización. De esta manera su subsistencia está garantizada al poder controlar su natalidad y su disponibilidad.   

»Espero querido Manuel que te haya convencido y aclarado este aspecto que por lo que veo  te ha hecho dudar sobre la existencia de los negros y su razón de ser.     

Me encontraba en una posición cómo para no contrariar o debatir la férrea convicción que manifestaba la dueña de más de centenar y medio de esclavos negros. Y la verdad era que yo estaba de acuerdo en parte con el argumento que me había expuesto la poderosa dama. Por lo tanto no quise entrar en ese debate y la di como ganadora ya que me quedó claro que era un tema tabú para la propietaria de negros.     

—Usted doña Johana, sin duda es una voz más que autorizada para explicar el origen de los negros y su razón de ser. Usted vive rodeada de ellos y seguro que ve diariamente escenas en su comportamiento que la hacen tener muy claro su convicción de que son una especie animal y no humana.   

—Así es querido Manuel.  Y ahora mismo tú mismo vas a presenciar mientras nos tomamos este licor de manzana un acto por parte de uno de mis esclavos que te hará pensar si algún blanco imitaría ese comportamiento denigrante, desde nuestro punto de vista, pero que para ellos no es más que una muestra de sumisión a su amo. En este caso su missy. Y además lo hará de buen grado.  ¡Cora!  Ve en busca de Utapan y dile que se presente aquí inmediatamente.  

—Sí missy.

—Después de lo que vas a presenciar por parte de  ese simio evolucionado, lo mandaré para que vaya  a Paramaribo y avise a tu madre de que llegarás mañana.   

—Está bien doña Johana. Déjeme que le vuelva a agradecer la invitación que me ha ofrecido de quedarme en su plantación el fin de semana.  

—Acepto tu cumplido. Y discúlpame si me he exaltado con el tema de los negros.   Es que hay cosas que lo único que pretenden es empañar y confundir a la opinión pública, y eso no le hace ningún bien a nuestra civilización y su progreso.    

—No tengo nada que disculparle doña Johana. En todo caso soy yo quien le pide disculpas  por no haber sabido explicarme con lucidez y haberle dado la impresión de que cuestionaba el sometimiento de los negros por considerarlos nuestros iguales. 

—Está bien. Acepto tus disculpas. Aun eres joven y es normal que desees conocer las nuevas corrientes de pensamiento que salen a la luz en el viejo continente.  Pero hay que saber diferenciar cuáles son las corrientes positivas que nos aportan conocimiento y cuáles son las que lo único que pretenden es manipular y confundir nuestro pensamiento.

—Es un buen consejo el que me brinda, doña Johana. Lo tendré en cuenta de ahora en adelante. Muchas gracias. 

Me sentí reconfortado de ver que las aguas  volvían  a su cauce  y que reaparecía la encantadora dama que me estaba concediendo el privilegio de tomarme como su invitado cuando la realidad era que yo comenzaba a ser su subordinado como su contable. Pero lo que no pude ni imaginar era lo que estaba a punto de presenciar y que me produjo tal impresión y me provocó tal torrente de sensaciones que creo que fue ese momento el preludio de cómo se fue fraguando nuestra amistad y nuestra relación entre patrona y empleado  que cambió mi vida.  

Utapam vino corriendo atravesando la zona de la hacienda y una vez que subió los tres peldaños que daba acceso al porche encaminó sus pasos en dirección a nosotros para presentarse ante su missy. Lo sucedido a continuación se puede describir como una demostración de hasta qué punto doña Johana tenía domesticados y sometidos a sus esclavos. Pero he de reconocer que lo que presencié me fascinó de tal manera que desequilibró mi juicio respecto a mis pensamientos y deseos.     

Todo empezó cuando Utapam llegó por un lado de la mesa ante su missy y le dedicó una profunda reverencia. 

—Qué desea, missy.      

—Pues voy a desear un par de cositas de ti. Pero para empezar. ¡Arrodíllate a mis pies, esclavo!  



(Continúa...)


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LUK.