A QUIEN LE INTERESE

En este rincón apartado he decidido publicar. La hipocresía que se vive en la página de TR (Todo Relatos) me obligó a abandonarla. Disfruto escribiendo y aún siendo consciente de que mis fantasías son minoritarias me parece injusto que aquellos que me seguían en TR se queden sin poder disfrutar de mis relatos.



No pretendo ser pretencioso. No quiero decir que mis escritos sean buenos, soy consciente de que no es así, pero aún lo soy más de que en este mundo retorcido de nuestras íntimas fantasías muchos buscamos algo que echarnos a los ojos que se acerque a nuestros fetiches, tabúes y quimeras eróticas.



Mi propósito es dejar al lector interesado y que se pueda identificar con mis inofensivos delirios una muestra de mi producción literaria dedicada al mundo de la sumisión, dominación, esclavitud y relaciones de poder. Fabulaciones en suma con las que más de uno sueña en secreto y que yo me dedico a poner negro sobre blanco con mayor o menor acierto.

Como que esta es una página abierta, he creado un grupo de admisión restringida en Yahoo (ver enlace) donde he puesto aquellos relatos que considero más fuertes, no sea que un alma sensible de esas que van por ahí salvando al mundo de la gente mala como yo se topase con uno de esos relatos y le salieran sarpullidos en el hipotálamo.



En este grupo sólo aceptaré miembros bajo petición expresa y siempre que me convenzan de su buena fe. Los relatos están en formato docx. y pueden ser descargados directamente.



Los relatos de ADELA también están en este grupo.



Aquí tenéis un enlace directo al grupo, pero recordad: miembros SOLO bajo admisión.



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domingo, 12 de marzo de 2017

RAZA BLANCA, RAZA NEGRA por Johnnie Flamenco


Este relato de Johnnie Flamenco es una versión de mis CRIADAS Y SEÑORAS, pero lógicamente desde su estilo y su punto de vista. 

RAZA BLANCA, RAZA NEGRA.

Cuando la secesión se consumó con ochenta y cinco años de retraso, se celebró en los estados sureños por todo lo alto.  El himno de la confederación, Dixie Land sonó por todos los estados segregados.  En los estados del norte pusieron crespones negros en la bandera de la unión mientras que en nuestras casas se colgaron la querida barras y estrellas.  El modelo de 1863 fue el más usado en cualquiera de sus seis o siete versiones. Había vencido la segregación. 
Los próceres de la nueva confederación habían sido muy cuidadosos con la terminología a utilizar. Había que evitar a toda costa una nueva conflagración civil, y sencillamente se había recurrido a desempolvar  algunas viejas leyes sancionadas y no derogadas, y por lo tanto vigentes aunque poco usadas hoy en día. 

Yo me reí del catastrofismo que vaticinaban periódicos sesudos como el Washington Post o el New York Times donde reseñaban que iban a volver  los tiempos de la esclavitud en los estados segregados del sur. 

Recuerdo que compartiendo desayuno con mi madre le manifesté efusivamente que en qué estaban pensando esa gente del norte que creía que íbamos nuevamente a imponer y a someter a los negros a que vivieran en estado de esclavitud.   Era de locos pensar una cosa así.
Mi madre con su pose de señora sureña me ofreció una respuesta que me hizo pensar que estaba de acuerdo con lo que se iba a aprobar en el nuevo parlamento. 

—Hija, lo único que necesitamos es que los negros tengan presente cual va a ser el lugar que siempre van a ocupar respecto a nosotros los blancos.  El que nunca debieron de abandonar.    

—Te refieres a que nunca van a dejar de ser nuestros sirvientes por mucho que se esfuercen en adquirir cultura o nuevas habilidades. ¿Es eso a lo que te refieres, madre?  

—Exactamente Eugenia.  A eso me refiero. ¡Telma!    

—Sí missy. 

—¡Acaso no te has dado cuenta  que la leche no está lo suficientemente caliente!  ¡Es que voy a tener que estar a cada instante pendiente de que realices bien tu trabajo!   

—Lo siento missy.   Cuando he traído la leche en la bandeja echaba humo.  

—¡Cállate respondona!    Llévate la leche y vuelve a calentarla.   Te doy dos minutos para que regreses con la leche caliente.   ¡Te ha quedado claro, Telma!  

—Sí missy.  

Ya no me acordaba que mi madre había conocido a su abuela y que ésta había compartido junto a su esposo la plantación de algodón con más de un centenar de esclavos negros.  Mi madre, o lo que es lo mismo, la señora Alison Phelan,  respetada por todo el mundo,  era la típica señora sureña que tenía sus principios muy arraigados y también tenía muy claro el lugar que debían ocupar los negros después de que dejaran de ser nuestros esclavos, no en vano su abuela, la missy Leonor, una vez abolida la esclavitud se dedicó a glorificar a sus nietas la esplendorosa época dorada de los tiempos anteriores a la guerra que terminó liberando a los esclavos. Ciertamente todas aquellas historias habían hecho mella en mi madre quien seguía profesando por su abuela auténtica idolatría.

Mi madre había crecido en un ambiente donde los negros convivían con nosotros los blancos porque nos eran de utilidad para hacernos la vida más cómoda y porque podíamos hacer que trabajaran en nuestro beneficio.  También pensaba que todos los negros estaban en deuda con nosotros por proporcionarles trabajo y así pudieran ir sobreviviendo en las duras condiciones en las que se encontraban después de dejar de ser esclavos.   

De ahí que se mostrara con su criada de toda la vida como a buen seguro lo hacía su abuela con sus esclavas domésticas.   Yo sabía aunque no lo dijera abiertamente que si de ella hubiera dependido, los negros no hubieran dejado nunca de ser nuestros esclavos.   Cuando  Telma Mae regresó al comedor con el recipiente de la leche humeante mi madre no perdió ocasión de mostrarle la autoridad que ejercía sobre ella.    

—Ya está aquí nuevamente la leche caliente, missy.   

—«Nuevamente» ¿Que quieres decir? ¿Acaso estás insinuando que no tenía razón y que la leche estaba antes caliente?   

—No missy.  Yo no quería decir que no estuviera…

—¡Calla de una vez, negra del demonio!  Menos mal que  afortunadamente las cosas van a cambiar de ahora en adelante para vosotras. Con las nuevas leyes que se van a instaurar  se va a acabar tanta insolencia y tanto desplante que es lo único que recibimos de vosotras después de los años que llevamos  mostrándoos nuestra generosidad por manteneros a nuestro servicio.   

—Lo siento missy.  Yo no quería contradecirla.  De verdad, missy.   Le pido mil disculpas si lo ha entendido así.  

—Con que disimulo y falsedad os salen de la boca palabras de disculpa hoy en día.    Por cierto, sabes que hoy toca limpiar la cubertería de plata. ¿Verdad?  

—Sí missy.  Cuando retire el desayuno de las missys me pondré a ello.  

—Pues mientras terminamos de desayunar mi hija y yo ponte en tu rincón de criada en el pasillo por si necesitamos llamarte.   

—Sí missy.  

Yo acababa de regresar de Harvard después de estar tres años cursando la carrera de periodismo y tenía la impresión de que nada había cambiado entre la relación que se daba entre las señoras blancas amas de casa y sus sirvientas negras.   Siempre era visible un poso de desprecio y desconsideración que las mujeres blancas  mostraban a sus criadas por el simple hecho de que eran negras y habían alcanzado unos derechos que la gente blanca que vivíamos en los estados del sur nunca aceptaron de buen grado.    Los tres años que permanecí en la prestigiosa universidad de Boston mi opinión y mi pensamiento respecto a los negros había cambiado.  Ya no los consideraba como meros animales racionales que estaban en nuestras vidas para aprovecharnos de ellos.   Yo comencé a verlos como seres humanos que sentían como nosotros,  que lloraban y se reían como nosotros, que sufrían y enfermaban como nosotros,  en definitiva que eran como nosotros con la particularidad que su piel era negra, aunque su estado social y su inteligencia estaba a años luz de la raza blanca.       

Mientras mi madre reprendía a su criada, que era también la mía desde que tengo uso de razón no pude evitar mirarla con cara de reprobación.  Me resultaba muy violento que madre humillara a su criada sin importarle lo más mínimo sus sentimientos.  Telma Mae había sido mi nodriza y en cierta medida llegué a considerarla como una segunda madre.   Telma Mae me adora y yo la recompenso mostrándole mi cariño y consideración cuando podemos estar a solas.   

Desde que he regresado de la universidad me está costando acostumbrarme nuevamente a la forma de vida que está instaurada en los llamados estados sureños donde recae todo el trabajo que hay que realizar sobre los negros que trabajan para nosotros,   donde el desprecio y las amenazas a los negros sigue siendo un arma arrojadiza para tenerlos controlados y sometidos a nuestra voluntad.  

Ahora ya no son nuestros esclavos pero por un raquítico salario hacemos que sigan trabajando nuestros campos de algodón, siguen sirviéndonos en nuestras casas, y seguimos manteniéndolos prácticamente en la miseria sin darles opción a que puedan prosperar en la vida.  En los estados sureños no había causado mucha mella el que los negros dejaran de ser esclavos para ser dueños de sus vidas.   Ahora los teníamos a nuestra merced por que necesitaban de nuestro dinero para poder sobrevivir, y según lo que yo conocía de mi entorno, los negros y negras seguían mostrándose ante sus patronos blancos con la misma sumisión que lo hacían sus antepasados cuando eran esclavos.

Cuando Telma Mae se fue al pasillo de la entrada de nuestra casa a la espera de oír la odiosa campanilla de servicio, mi madre no dejó escapar la ocasión para preguntarme por qué le había mostrado esa cara de reprobación.  

—Qué pasa Eugenia, ¿por qué me miras así?   

—Porque no entiendo por qué tratas así a Telma.   Lleva a tu servicio toda la vida y su lealtad a nuestra familia ha sido siempre intachable. 

—Vaya.  Qué pasa Eugenia.  Ahora vas a criticar el trato que le dispenso al servicio.  Desde que has regresado de la universidad has traído unos pensamientos que no me están gustando nada.  A ver si me vas a confesar que te has vuelto una pro-negros.   Porque si es así no voy a tener más remedio que tomar medidas que no te van a gustar.    Es eso Eugenia.  ¿Ahora eres una defensora de los derechos de los negros?  

El tema de los negros y sus supuestos derechos eran un tema que permanecía soterrado en la mentalidad de los habitantes blancos de Jackson y del resto de ciudades sureñas.  Era un tema tabú y mi madre me estaba dejando claro que por ahí no iba a pasar.  Mi madre nunca vio con buenos ojos que su primogénita fuera a la universidad,  pero la muerte de mi padre la hizo recapacitar puesto que algún día tendré que hacerme con la gestión de nuestro campo de algodón y nuestra propiedad en general, y por eso consideró que si me convertía en una mujer culta, defendería con mejores decisiones la economía familiar y mantendría el buen y notable apellido que nuestra familia ha forjado a lo largo de los dos últimos siglos.

Como conocía su mentalidad intenté salir de la mejor manera posible para que la amenaza que me había lanzado no causara efecto.   Yo debía integrarme nuevamente en el ambiente que me había visto nacer y no deseaba entrar con confrontación con mi madre.

—Yo sigo siendo una chica del sur.  Sé perfectamente como es el estado donde me he criado.  Y no tengo ninguna intención de traicionar ni de criticar el estilo de vida que está instaurado en el estado de Mississippi desde tiempos inmemorables.    ¿He contestado a tu pregunta, madre? 

—Uhh, no sé yo.   Solo espero de ti ahora que has vuelto a casa, que te comportes como debe hacerlo una señorita blanca de tu posición.   Ahora que vuelves a relacionarte con tus amigas,  aprende de ellas y observa cómo se desenvuelven con sus criadas, y con los negros en general.  Te vendrá bien para que renazca en ti  la señorita sureña que llevas dentro. 

Por supuesto no me pasó desapercibida la directísima crítica que me había lanzado mi madre sobre el supuesto comportamiento que estaba mostrando desde que había vuelto a casa.  Yo pensaba que no había mostrado un comportamiento que no estuviera en los cánones de lo que se suponía que debía manifestar una señorita como yo.   Yo seguía siendo la misma.    Sobre todo   en la relación que mantenía con las personas negras que servían en nuestra casa.   No me sentó nada bien que cuestionara la forma de pensar que había adquirido a lo largo de mis veintitrés años de edad, incluidos los tres años que había permanecido en Boston.   
Pero mi madre, que es una mujer de carácter y sobre todo cumple con todos los requisitos de una autentica señora sureña, a continuación  tuvo a bien demostrarme que seguía estando muy vigente la supremacía blanca sobre la raza negra en los estados sureños. 

Todo comenzó cuando hizo soñar la estridente campanilla para que hiciera acto de presencia en el comedor Telma Mae.    Antes de que apareciera nuestra fiel criada oí un ruido seco parecido a un «Plaff». Me incliné un poco a un costado de la mesa y vi que a mi madre se le había caído la zapatilla del pie que tenía en suspensión puesto que tenía las piernas cruzadas. 

—Qué desea missy.    

—Ven aquí y cálzame la zapatilla que se me ha caído del pie. 

Telma Mae,  que era todo obediencia hacia su «missy», porque  ese término era el que usaban  las criadas de nuestra casa para referirse a mi madre y como usaban casi todas las criadas de Jackson en referencia a sus señoras,  se arrodilló ante mi madre  no sin mostrar dificultad, recogió la zapatilla y se la enfundó en el pie.  

Telma Mae se incorporó aun mostrando mayor dificultad que cuando se arrodilló y antes de retirarse preguntó a su ama lo que debía preguntar.

—Desea otra cosa, missy.  

—No, puedes volver al pasillo.  

—Sí missy. 

Todas las criadas negras cada vez que tenían que presentarse ante nosotras o cuando debían retirarse tenían la obligación de hacernos una inclinación de sus cabezas y humillar la mirada. Un vestigio de cuando sus antepasadas eran esclavas y que la elite blanca de Jackson jamás se cuestionó hacerla desaparecer entre las numerosas obligaciones que debían aceptar las criadas negras antes de ser contratadas para el servicio doméstico.  

Telma Mae tenía ese gesto asimilado como un acto reflejo.  Se pasaba casi todo el día recibiendo las órdenes de mi madre y a lo largo de los treinta años que llevaba al servicio de la familia Phelan  ya era como un movimiento motriz que le salía sin pensarlo. 

Mientras que la buena de Telma calzaba a su ama, mi madre no me quitaba ojo para ver que reacción mostraba.  Yo me hice la sueca y puse mi atención en el delicioso cruasán que estaba degustando y que hace nuestra cocinera Minnie,  y en el periódico que estaba leyendo. 

Cuando Telma Mae aún no había salido del comedor volví a oír el mismo ruido de antes.  Ya no tuve que inclinarme para saber de dónde procedía ese sonido seco.  A mi madre le apetecía humillar a Telma delante de mí y no se abstuvo lo más mínimo.  

—¡Telma, ven aquí!       

–Sí missy.        

Cuando Telma Mae se giró y regresó sobre sus pasos ya vio que la zapatilla volvía a estar en el suelo, y con toda seguridad adivinó que mi madre lo había hecho adrede.   Una vez que la criada estuvo frente a su señora se quedó de pie y quieta a la espera de acontecimientos. 

—Que pasa Telma.   Acaso eres ciega.   No ves que la zapatilla se me ha vuelto a salir del pie.  Vuelve a arrodillarte y pónmela de nuevo.   

—Sí missy.    

Cuando Telma Mae desapareció de mi visión después de que volviera a arrodillarse ante su ama, mi madre me dedicó una mirada de absoluta suficiencia,  y me retaba a ver si era capaz de reprobarle lo que estaba haciendo. 

Una vez que la pobre Telma se incorporó después de calzarle por segunda vez la zapatilla a mi madre volvió a mostrar su condición de abnegada sirvienta. 

—Desea otra cosa missy.   
 
Esta vez mi madre no le respondió, y delante de las narices de Telma y fusilándola con la mirada mi madre volvió a dejar caer la zapatilla para que impactara contra el suelo.    

—Esta vez no me  has ajustado bien la zapatilla.   Vuelve a ponérmela.

Telma Mae ya era plenamente consciente que su ama la estaba castigando y humillando a la vez.  Pero sin manifestar la más mínima queja la criada de toda la vida volvió por tercera vez a arrodillarse a los pies de mi madre.   

Yo me reconcomía por dentro, pero intente disimular para no brindarle a mi madre el placer de reprobar mis pensamientos. 

A Telma Mae le costó un esfuerzo añadido  volver a incorporarse después de calzarle la zapatilla a mi madre por tercera vez. Pero afortunadamente para mí y sobre todo para Telma mi madre dejó de humillarla.  

—Desea otra cosa missy.   

—No.   Pero tú ya puedes irte al salón rosa y comenzar a limpiar la cubertería de plata.  Cuando veas que hemos terminado de desayunar vuelves aquí para recogerlo todo, y después y sin perder ni un solo minuto regresas nuevamente al salón rosa para continuar con la limpieza de la cubertería.   ¿Lo has entendido bien, Telma? 

—Sí missy.  

—Pues venga.  ¡A limpiar!, que es lo único que medio sabéis hacer todas las negras. 

—Sí missy.      

Cuando Telma Mae salió del comedor cabizbaja y absolutamente herida, mi madre hizo como si no hubiera pasado nada significativo.   

—¿Qué vas hacer hoy, Eugenia?  

—Tengo una cita al mediodía en la ciudad.  Tu buena amiga la señora McDonald quiere hacerme una propuesta de trabajo.  Quiere que me una al equipo de  redactoras de la revista que dirige. Le gustaría que trabajara para  “Women life of south”.   

—Pero hija. Cuando pensabas decirme esa fantástica noticia. 

—Te lo estoy diciendo ahora, madre.  Fue ayer cuando fui a la ciudad que me crucé con tu amiga y después de saludarnos me hizo esa propuesta.  

—Pues yo la vi hace dos semanas y no me comento nada.    

—Hace dos semanas yo todavía no había regresado.  Lo pensaría cuando se ha enterado de que he vuelto titulada en periodismo. 

—Seguramente habrá sido así.    Entonces supongo que te arreglaras para la cita.  

—Claro.  Ahora pienso decirle a Tula Mei que me prepare un baño y después elegiré qué vestido me pongo.   

—Pues llama a tu criada para que vaya preparándote el baño.  ¿No crees?

Yo tenía pensado terminar de desayunar y subir a la planta de los dormitorios donde Tula Mei estaba limpiando y arreglando el mío. Pero mi madre tenía la mosca detrás de la oreja y quiso que yo cogiera la campanilla que tenía asignada para llamar a mi sirvienta y así comprobar que había vuelto a ejercer la autoridad que tenía sobre la hija de Telma Mae.  Mi campanilla tenía un sonido más agudo que la de mi madre  aunque antes de irme a la universidad casi nunca la había utilizado.   Tula Mei me decía que parecía que estaba llamando a un carnero o a una cabra.  No le gustaba que para comunicarme con ella utilizara ese sonido tan histriónico y desagradable.

Tula Mei tenía toda la razón y a la que fue mi amiga de infancia no quise herirla en sus sentimientos con la dichosa campanilla.  Cuando mi madre cortó por lo sano nuestra amistad y la convirtió  con catorce años en mi sirvienta ninguna de las dos lo pasamos bien al principio.   Mi madre vio con buenos ojos que la hija de su criada siguiera los mismos pasos que ésta.   Y eso fue posible porque Telma Mae fue allanando el terreno con un par de años de antelación y cuando salía el tema de que yo ya tenía edad para tener mi propia criada,  Telma Mae rogaba a mi madre para que escogiera a su hija.  

Telma Mae enviudo cuando sus cuatro hijos aun eran pequeños y yo todavía no logro explicarme como ha conseguido sacarlos adelante con el ridículo salario que mi madre le paga.  Bueno, en parte sí que lo entiendo puesto que Tula Mei con catorce años ya pudo ganar algunos dólares.  No muchos la verdad, ya que mi madre dictó a su criada que su hija el primer año a mi servicio apenas ganaría dinero puesto que estaría en periodo de prueba.   Telma Mae no le puso ninguna objeción a su ama y hoy en día no sé qué dinero le paga por atender mis necesidades.  Durante los tres años que he estado ausente Tula Mei ha estado sirviendo a mi hermano menor y ha ayudado a su madre en las tareas domésticas de la casa.   Nuestras criadas tienen la condición de internas y pernoctan en una estancia ubicaba en un extremo de nuestra casa y apenas mi madre les concede algunas horas algunos Domingos para que vayan a visitar a sus familiares.   

Pero volviendo a la mesa del comedor mi madre me estaba retando y con un aplomo del que carecía pero que podía fingir cogí mi campanilla y la zarandee para llamar a mi criada.  

Seguramente como Tula Mei no esperaba  que llamara su atención de esa manera tuve que coger la campanilla por segunda vez y hacerla sonar con mayor fuerza. 

—Hija,  ahora que has vuelto deberías hacer ver a Tula Mei que ya has regresado porque tengo la impresión de que no se ha enterado todavía.   Tienes que hacerle entender que los tres años que se ha pasado a la sopa boba ya se han acabado.   Debes coger a tu criada y meterla en vereda.   ¿Entiendes lo que quiero decir, Eugenia?  

—Sí madre.  Te entiendo perfectamente.  

—Missy, ¿me ha llamado con la campanilla? 

—Sí, y casi se me disloca la muñeca de todo el tiempo que he estado llamándote. 

Tula Mei dibujó una cara como de no entender nada, pero mi criada conocía al dedillo a mi madre y el que estuviera conmigo en la mesa de desayuno la hizo comprender que tenía que mostrarse ante mí con ostensible servilismo.    

—Discúlpeme missy.   Como estaba en su dormitorio no he oído la campana a la primera.  

—Pues que no vuelva a pasar, entendido Tula.   

—Sí missy.     

—Te he hecho llamar para que vayas preparándome el baño. Cuando lo tengas todo listo vuelve a bajar y me avisas. Yo estaré aquí terminando de leer los periódicos.  

—Sí missy. ¿Desea otra cosa de mí, missy?

—No. Puedes retirarte.     

—Sí missy.    

Estaba segura que a Tula Mei no le había gustado el trato que le había dispensado.   Entre nosotras existía una unión que va más allá de la propia que se da entre una señorita blanca y su criada negra.  A Tula Mei también la consideraba como una amiga.  No era el mismo trato de amistad que dispenso a mis amigas blancas,  pero a fin de cuentas yo también tengo hacia Tula Mei un sentimiento de cariño.   Sin embargo yo sabía que Tula me adoraba y sobre todo me admiraba.   Me lo demostraba desde que éramos niñas.  A ella le encantaba todo  lo que yo poseía.  Mis vestidos, mis zapatos, mis juguetes… y sobre todo raro era el día que no exaltaba mi figura y mi belleza.  

Puede que peque de vanidosa, pero lo cierto es que soy muy guapa y diferente al resto de chicas sureñas de Jackson.   La diferencia sobre todo lo marca mi pelo.   Dios me ha dotado de un cabello con una singular y llamativa tonalidad de color rojo cobrizo,  que sumado a que lo tengo ondulado casi en forma de tirabuzón, me hace diferente al resto de chicas sureñas.     Sé que allá donde voy levanto la atención de todo el mundo, ya sean hombres o mujeres.   Yo diría que todos los habitantes de Jackson me conocen y creo que también todos los negros.  

Cuando estoy en mi baño que está adosado a mi dormitorio y me desnudo veo que Tula Mai baja su mirada al suelo.   Sé que desde que he regresado su trato hacia mí ha cambiado respecto al trato que me ofrecía antes de mi marcha.  Noto que ahora está más distante conmigo pero me muestra un mayor grado de respeto.   Me da pena.   Ella es casi analfabeta y seguro que cuando le enseñé mi diploma de licenciatura se tuvo que sentir insignificante a mi lado.  Desde que he regresado no ha dejado en ningún momento de dirigirse a mí de usted, y ya no me llama señorita Eugenia. Ahora se dirige a mí como hace su madre con la mía.  «Missy» es la palabra que más la he oído decir desde mi regreso.  

Reconozco que me gusta el trato que me dispensa ahora pero estoy casi segura que tiene ganas de que vuelva a ser la chica que era antes de marcharme a Harvard.    Sin embargo esa chica pizpireta y despreocupada ya no regresará.    He madurado y ahora soy más consciente de lo que sucede en mi entorno.   Ahora soy una joven señorita licenciada en periodismo y debo mostrarme con la madurez que me corresponde.   

Cuando Tula Mei cierra la puerta del baño  viene a mi encuentro para quitarme la bata pero antes de que pueda hacerlo dejo caer la bata a mis pies.    Como esperaba que sucediera en cuanto se me ha acercado Tula se ha agachado para recogerla y la deposita en una percha.   Antes de marcharme un acto así por mi parte me lo hubiera reprochado aunque se hubiera agachado de igual manera.  Ahora no me dice nada y actúa como la sirvienta negra que es.    Estoy segura que no le ha gustado que la recriminara en el comedor pero opto por no aclarar lo sucedido por que las cosas se van a poner peor para los negros y no sé cómo en Jackson vamos a gestionar las futuras leyes.   Cuando me siento en la bañera y apoyo mi espalda en ella, Tula Mei  me pregunta lo que debe hacer.

—Missy, ¿quiere que le enjabone la espalda y los pies?  

—Sí Tula. Empieza por mis pies.  

Yo cierro los ojos e intento relajarme.  Una de las cosas que más he echado de menos en Boston ha sido que me enjabonara mi criada.   Antes en esa misma situación Tula Mei y yo comentábamos cotilleos de la ciudad mientras me enjabonaba  pero ahora noto que mi criada se siente como una sirvienta más que nunca.   Las cosas van a cambiar en parte y prefiero que la frialdad que se ha instaurado entre nosotras se mantenga hasta ver qué pasa.    

Tula Mei me ha puesto uno de mis vestidos preferidos y cuando me veo en el espejo me encanta todo lo que refleja.   Es cuando mi criada rompe el silencio para decirme cual que los incontables pares de zapatos que tengo quiero ponerme.   

Le pido que coja del armario unos escarpines negros de piel de tres centímetros de tacón que me compré por catálogo para la boda de mi amiga Hilly poco antes de marcharme a Boston. 

Dos de mis tres amigas íntimas ya se han casado.   Hilly y Cinthya ya viven en matrimonio que es la mayor aspiración que tienen la mayoría de chicas sureñas.  Mi amiga Celia sigue soltera y es la que más se parece a mí en la opinión de que las mujeres también tenemos derecho a ser independientes y vivir de nuestro trabajo sin depender de los hombres.         

Después de la cita que tengo nos juntaremos las cuatro en casa de Hilly  y  jugaremos a las cartas mientras me siguen poniendo al día de todo lo que ha ido pasando en Jackson en mi ausencia.

Pero antes de cumplir con la agenda que tengo ocurrió un hecho que me dio que pensar.   Cuando estaba Tula Mei arrodillada a mis pies e intentaba calzarme los zapatos que le había pedido me dio por gastarle una broma.  La relación distante que las dos nos estábamos ofreciendo a veces me incomodaba.   Vi que se dada la ocasión y reaccione de la manera que lo hice para confraternizar con mi criada.       Como estaba frente a mi espejo adopte una pose seria y de arrogancia típica de señorita sureña de toda la vida.  Esto significa que mientras la viste su criada negra  no para de recriminarle cosas y de actuar con autentico despotismo contra su sirvienta. 

—¡Tula Mei!   No veo que los zapatos que me has puesto estén limpios.  Que pasa.  ¿No has tenido tiempo en tres años para darles un repaso?  

—Missy, se lo juro por mi madre.  Dos días antes de que usted regresara le limpié todos los zapatos y botas que tiene.   Se lo juro… al menos estuve cinco horas arrodillada frente al armario y limpie uno a uno todo su zapatero.   

—Pues de eso ya hace una semana y media,  si es que lo has hecho como dices, claro.   Bueno, ¡No que quedes ahí parada!  ¡Ve, coge un trapo y dales un repaso ahora mismo!  ¡Rápido! ¡Ya tendría que estar viendo como me limpias los zapatos! 

—Sí missy.   Ya voy, quiero decir, ya vengo.   Lo siento mucho, missy.   

Cuando Tula Mei fue como un rayo para coger una gamuza yo me tuve que poner la mano en la boca para intentar disimular la risa que me había entrado después de ver como mi criada se deshacía en disculpas por el supuesto desliz que había cometido.  Era curioso que ni siquiera me hubiera replicado puesto que los zapatos estaban más relucientes que una patena.   La pobre ni  siquiera se había dado cuenta de que le estaba gastando una broma porque en ningún momento levantó su mirada de mis pies para mirarme.   Lo único que recibía por mi parte era la voz autoritaria que le dispensé para criticar su trabajo.  

Cuando regresó a mi dormitorio tampoco oso mirarme a la cara porque tiempo no le dio.  Según se acercaba a mí fue agachándose para caer nuevamente arrodillada y postrada a mis pies.  Casi con desesperación comenzó a pasar la gamuza por mis zapatos relucientes.   A mí me estaba pareciendo muy novedoso cómo se estaba mostrando Tula Mei  y confieso que muy divertido.  Quise seguir con la broma y continué criticando su labor.  

—¡Tula Mei!  Espero que no tenga de reprobarte nunca más que  mis zapatos o botas no están como debieran de estar siempre.  O sea,  limpios y relucientes.   ¡Entendido!  

Cuando esperaba nuevas justificaciones por parte de mi criada vi que una gota de lágrima acababa de impactar sobre el zapato que me estaba limpiando.   En ese momento caí en la cuenta  de que me había pasado con Tula.   La pobre lloraba en silencio mientras pasaba la gamuza por mis relucientes zapatos.    Me sentí horriblemente mal y cuando me iba a agachar para decirle que todo había sido una broma que quería gastarle, Tula Mei me respondió de una manera que jamás pensé que lo haría.   Entre sollozos y suplicas me manifestó lo que debería de hacer en esas circunstancias.     

—Missy, lo siento muchísimo.   Si la he defraudado, castígueme.  Usted tiene todo el derecho de corregir mis errores.   Castígueme como crea conveniente.  Usted no necesita que se aprueben las nuevas leyes para castigarme.   Puede hacerlo ya como se le antoje.   Castígueme cuantas veces lo crea necesario y de las maneras que desee hacerlo.   Haga de mí la más entregada y diligente sirvienta negra que una missy blanca pueda tener.    Usted tiene ese derecho sobre mí.   Yo sé que no soy digna ni siquiera de ir lamiendo el suelo que usted pisa, por eso hágame pagar con severidad cada error que cometa por insignificante que éste esa.     Por favor missy, se lo suplico, adiéstreme a su gusto.  Incluso haga de mí su esclava negra si ese es su deseo.      Yo me desviviré y me sacrificaré todo lo que haga falta para que no tenga que repudiarme jamás y pueda permanecer siempre a su lado y a su servicio.     
 
Si digo que después del alegato que me soltó Tula Mei, me quedé boquiabierta y helada, creo que sería fácil de comprender.   No podía dar crédito a lo que había oído por boca de mi criada.  Incluso llegué a pensar que Tula Mei se había liberado de un peso que la oprimía desde hace tiempo al declararme que podía tratarla de ahora en adelante como me diera la gana si me apetecía hacerlo.   Fue todo un shock lo que sentí.  Jamás hubiera imaginado que mi amiga de la infancia se me ofreciera por si quería convertirla en mi esclava.    Era una locura pero en ese momento dejé de valorar lo que me había confesado mi criada y me agache para abrazarla.  Mi criada había roto a llorar a mis pies después de abrirme sus sentimientos.   

Yo sabía que Tula Mei me adoraba y le fascinaba lo que yo representaba ser en nuestra propiedad y en Jackson.  Incluso antes de marcharme a Boston vi que ella se entristeció mucho de pensar que estaría tres años sin poder servirme. Quizás en Tula Mei habían germinado unos sentimientos de amor hacia mí, pero qué podía hacer yo si mi criada se había enamorado de su missy.  

Los tiempos que se avecinaban para los negros iban a ser difíciles aunque nuestras  criadas y criados negros iban a seguir gozando de la protección que le ofrecía mi familia.  Todos nuestros criados vivían en nuestra propiedad y aunque les pagábamos un salario por su servicio, no se regía por ningún horario ni por unas normas establecidas.  Su servicio era permanente.   Como era el caso de Telma Mae, Tula Mei, Minnie la cocinera, Leoncio nuestro mozo de cuadra y Kope nuestro chofer, jardinero y recadero. En otro régimen diferente se encontraban el clan familiar  de peones negros que trabajaban en nuestro campo de algodón cuando era necesario.    

Por esta razón no entendía por qué Tula Mei le angustiaba lo de las nuevas leyes.  La pobre estaba confundida y cuando dejé de abrazarla para ofrecerle una explicación a sus dudas y sus incertidumbres,  también me vi en la obligación de aclararle de que yo no me iba a comportar jamás como las señoras y señoritas blancas que teníamos servicio doméstico negro.   

Como estábamos las dos aguachadas tomé con mis manos su rostro para que entendiera bien todo lo que quería decirle.  También aproveché para limpiarle con mis pulgares  los surcos que habían ocasionado sus lágrimas al correr por sus mejillas.    

—Tula Mei.  Mi amiga de la infancia.  Te estaba gastando una broma, tontina.  Ja,ja…  Los zapatos relucían como el sol.  ¿Es que no te habías dado cuanta?  Tienes ya veintiún años y aun sigues teniendo la misma inocencia de cuando de niñas te gastaba bromas.  Lo recuerdas, ¿verdad?

—Sí missy.  Yo recuerdo todo lo que hemos vivido juntas.      

—Bien.  Ahora escúchame atentamente lo que te voy a decir.   Tú no tienes por qué preocuparte por las nuevas leyes que se van a aprobar, y tampoco deben hacerlo el resto de criadas y criados que vivís en la propiedad de la familia Phelan.   Aquí todo va a seguir igual.   Además, ¿tú qué sabes de las nuevas leyes? ¡Ay! Tontina.  No debes creerte todo lo que se rumorea en Jackson.   Ahora todo se está debatiendo y todavía no se ha concretado ni aprobado nada. ¿Entendido?    

—Sí missy.    

—Y otra cosa.   ¿Cuándo te he castigado yo si alguna vez has cometido alguna torpeza?   A lo sumo te he echado una regañina pero de ahí no ha pasado la cosa.  ¿No es cierto?

—Sí missy.  Usted es la mejor señorita que existe en Jackson y en todos los estados del sur.   Es buena, es inteligente, es la más guapa, y sobre todo es la más bondadosa con nosotros los negros.   

—Vaya. Mi abuela ya se murió pero parece que contigo mi ego se va a sentir reconfortado.  Ja,ja. Así que para terminar, porque se me están durmiendo las piernas de estar agachada, ja,ja… tú sigue sirviéndome como lo haces y yo nunca tendré que reprocharte nada. ¿Entendido?    

—Sí missy.  

—Ah, se me olvidaba. Tu vida está ligada a la mía desde que éramos niñas e  igual que nuestras madres están envejeciendo juntas, espero que nosotras hagamos lo mismo.  ¿Vale? 

—Sí missy.   Yo siempre la serviré con la máxima entrega, y siempre, pero siempre, siempre, me tendrá a sus pies para que haga de mí la mejor criada negra que una missy pueda tener.  

—Ja,ja,ja… Está bien Tula Mei.  Te tomo la palabra y te prometo que lo tendré en cuenta de ahora en adelante. ¿De acuerdo?

—Sí missy. 

Cuando me incorporé tuve que dejar que Tula Mei me agradeciera lo que le había manifestado, mi criada me había cogido las manos que tenía en su rostro y comenzó a besármelas con auténtica devoción.
    
Mire a través del espejo y la imagen que proyectaba me hizo pensar en mi bisabuela.  Seguro que le hubiera gustado ver a su bisnieta teniendo a su criada negra arrodillada y besándole las manos en claro gesto de sumisión y adoración al mismo tiempo.      

Nos vino bien a las dos romper la capa de hielo que se había formado entre nosotras a raíz de mi regreso de Boston.  Ahora ambas teníamos claro el lugar que nos correspondía ocupar en la vida y en el tiempo confuso y turbulento que se avecinaba.    

Una vez arreglada para la cita de trabajo que tenía, esperé en el porche de mi casa a que Kope  me trajera el último auto que había comprado mi madre.   Una furgoneta Pick Up de color crema que es muy común por esta zona.  Los plantadores y comerciantes la usan mucho porque al estar la parte trasera abierta se puede cargar casi de todo.   Kope,  es el único que sabe conducir y es el encargado de ir a la ciudad para proveernos de todo lo que vamos necesitando. Antes de mi marcha a la universidad quise que Kope me enseñara a conducir en la vieja ranchera que teníamos,   pero ha sido en Boston donde he obtenido la licencia para conducir.    Mis amigas ya me lo habían comentado, yo iba a ser la tercera mujer que se viera conduciendo por Jackson. 

Cuando llega Kope a la entrada de la casa con la Pick Up se apresura a bajarse del auto y se queda de pie junto a la puerta que mantiene abierta.   Rodeo el auto y me dispongo para sentarme al volante pero antes le dedico un saludo a nuestro criado negro que parece que está deseando ofrecerme una disculpa por haber tenido que esperar a que llegara.     

—Hola Kope. 

—Buenos días Missy.   Le pido que me disculpe, missy.  Siento que haya tenido que esperarme,  he querido echarle una garrafa de gasolina al auto para que no le juegue una mala pasada.   Perdóneme usted, missy.  Ya no tendrá usted que esperar más veces a este negro para que le  traiga la Pick Up cuando usted lo pida.   Se lo juro, missy. 

—Está bien, Kope.  No pasa nada.  Apenas he estado unos minutos esperando.   Además has hecho bien en echarle gasolina, así no tendré que empujar el auto por falta de combustible. Ja,ja

—Gracias missy.  Es usted muy comprensiva.     

Ya era la segunda vez que conducía la Pick Up nueva de mi madre.   Como era un modelo de auto moderno prácticamente se conducía solo.    Puede que esté mal que yo lo diga pero se me da muy bien conducir.   En Boston perdí el miedo y el respeto que me ocasionaba al principio cuando Kope me dio mis primeras clases en la vieja ranchera sin salir de nuestra propiedad. 

Conduciendo de camino a Jackson,  pensé en las efusivas disculpas que me había ofrecido el bueno de Kope por nada,   tampoco se me había pasado por alto que al igual que Tula Mei, desde mi regreso Kope había dejado me llamarme señorita Eugenia y ahora se dirigía a mí como missy.  También me había dado cuenta que el respeto que me manifestaba ahora se asimilaba al que le brindaba a mi madre.     Probablemente los negros que trabajan para nosotros en la casa, desde mi regreso, comenzaron a verme como la sucesora de la gran matriarca.   De ahí que Kope cuando cerró  la puerta del auto una vez tomé asiento  inclinara su cabeza tres o cuatro veces para despedirse de mí.   

Ya no me veían como la hija joven e inexperta de la missy a la que no temían.   Ahora era la hija de la missy que se había convertido en otra missy, y por lo tanto había que temerla como temían a mi madre.     He de reconocer que me gusta que me vean ahora así.   Mi bisabuela escribió en su diario una frase que mi madre la tiene entre sus favoritas.   «Cuanto más temen los negros a sus amos,  más rendimiento se les puede sacar». Mi bisabuela Eleonor nos dejó un legado a modo de diario y manuscritos que mi madre los conserva como si fueran una reliquia. 

A mi bisabuela le tocó vivir la época dorada de la esclavitud de los negros en los estados sureños, y cuando se casó con mi bisabuelo, que era otro plantador de algodón,  el matrimonio juntó y llegó a tener más de doscientos esclavos en régimen de absoluta esclavitud.     Mi madre, que llegó a conocer de niña a su abuela,  cuando habla de ella se le inundan los ojos. Al parecer mi madre era su nieta favorita y la colmaba con todo tipo de regalos.   Desde un pony pasando por un triciclo de madera, y como no podía ser de otra manera también le regaló una negrita para que fuera su muñeca viviente. La señora Eleonor, mi bisabuela, en esa época ya no era una propietaria de esclavos, pero no tuvo el menor reparo en tomar a la hija de uno de sus peones y apropiársela para que fuera la diversión de su nieta favorita.

Sigo conduciendo por la carretera sin asfaltar que comunica mi casa a las afueras de Jackson con la ciudad.   Y como me ha venido a la cabeza ese pasaje del pasado de mi familia, me estoy acordando ahora de todo lo que me ha dicho mi criada Tula Mei.     Me había suplicado a modo de confesión que podría convertirla en mi esclava si quisiera. Que tenía todo el derecho a castigarla si no cumplía con su obligación.   Seguro que la pobre no era consciente de lo que decía después del berrinche que había pillado por la broma de mal gusto que le había gastado. 

Ahora me río porque pienso que si a cualquiera de mis amigas le dice alguna de sus criadas algo parecido de lo que mi criada me había dicho a mí,  estallarían de puro gozo.   Las tres estarían encantadas de que volvieran los tiempos de la esclavitud de los negros.  Incluso creo que para contrarrestar ese malestar justifican el trato vejatorio que le dispensan a sus criadas negras.  Son unas auténticas tiranas con su servicio doméstico.  Pero para no dejarlas en mal lugar he de decir que se comportan como hacen la mayoría de mujeres sureñas que pueden disponer de sirvientas negras.   El desprecio a los negros y la firme convicción de que son inferiores a los blancos está instaurado en la mentalidad sureña desde los tiempos de mi bisabuela e incluso antes.                 
                 
Circulando por las calles de Jackson noto como todo el mundo me mira cuando paso por su lado conduciendo el auto nuevo de mi madre.    Eso hace que saque mi parte más orgullosa y a la gente que conozco hasta le dedico un leve saludo.   Sin embargo desde que regresé  hace nueve días de Boston me siento extraña entre los míos.  Es como si notase que he evolucionado y ellos siguen anclados en el pasado.  Intuyo que con las nuevas leyes que se van a aprobar en el nuevo parlamento de Atlanta referente a la promulgación de la segregación, me temo que me va a distanciar aún más de mi propia gente.   Sé que debo de contenerme y mostrarme con cautela. Tengo a favor que la propiedad de mi familia está a las afueras de la ciudad y siempre me servirá para desintoxicarme del ambiente de la ciudad y para reflexionar sobre el retraso en igualdad racial que vamos a sufrir en comparación con los estados norteños.    

He aparcado la Pick Up en la entrada de la redacción de la revista que se edita en Jackson.  Todavía la ciudad no está saturada de automóviles como lo está Boston.   Esta apreciación es un signo más del retraso que llevamos respecto a los estados del norte.  

Entro en la redacción y enseguida me ve la señora McDonald que es la directora de la revista,  porque es la promotora y la que sufraga los gastos de edición, pero como mucho tiene unos estudios básicos acorde a las mujeres de su generación.    También reconozco a las dos redactoras que se encuentran en la redacción y sé que el equipo lo componen otras tres mujeres más. También  sé que ninguna de ellas tiene la licenciatura en periodismo pero para los asuntos que se tratan en la revista «Women life of Southern» cuenta más la experiencia en diversos temas femeninos que otra cosa.    

—¡Eugenia!   Ya estás aquí, qué alegría.    Pasa a mi despacho. 

—Buenos días señora McDonald.   Aquí estoy como acordamos.  

—Que bien que hayas regresado convertida en toda una periodista.    Seguro que nos vendrá de maravilla contar con tus conocimientos.   Bueno, eso sí aceptas el trabajo que quiero ofrecerte, claro está. Ja,ja…   

—Pues la verdad es que ya estoy preparada para ir cogiendo experiencia en el tema periodístico. Aunque yo me quiero especializar en el periodismo político, creo que pasar por la redacción de la revista que usted edita me vendrá bien para ir cogiendo experiencia y responsabilidad.   

—¿A la política te quieres dedicar?    Pero si ese es un tema de hombres y de lo más aburridísimo. 

—La política son los cimientos de la democracia, y la democracia es el mayor valor al que pueden aspirar las sociedades modernas.     La política es esencial para poder construir un mundo más igualitario y solidario.    Yo no creo que la política sea aburrida, quien la hace aburrida son algunos políticos.    La política y el periodismo deben ir de la mano para trasmitir y concienciar a las personas sobre los valores humanos que debemos respetar.  

—Vaya.  Se ve que has estudiado mucho en esa universidad que has estado. 

—Harvard.     

—¿Qué dices querida?  

—La universidad en la que he estudiado se llama Harvard.   

—Ah, sí.  En Boston,  ¿no?   Bueno.  Mientras vas viendo si te sale un trabajo en algún periódico de hombres, espero que podamos contar contigo y tus conocimientos en la materia.  Aunque tengo que decirte que somos una revista mensual de pequeña  tirada y sólo tratamos los temas que nos importan a las mujeres sureñas.  Nuestras costumbres, moda, cocina, matrimonio, hijos, servicio doméstico.  Ya sabes, hacemos artículos sobre cosas que nos interesan.        

—Mi madre es una fiel lectora de su revista y yo también le echaba un vistazo cuando me encontraba la revista por la casa.  Sé cuál es la intencionalidad que se quiere trasmitir aunque no sé en qué apartado quiere que yo trabaje. 

—Pues verás querida.  Como tú eres la única periodista de verdad que va a componer el equipo de redacción, he pensado que deberías ser tú la redactora jefe.  Que supervises el trabajo que hacen las demás.   Y si quieres hacer tu propio articulo pues ya veremos sobre  qué tema te interesaría escribir. Y bien, ¿Qué te parece el trabajo que te ofrezco, querida? 

—Me parece bien señora McDonald.  

—Ah, otra cosa.  El salario que puedo pagarte no es mucho. Te pagaré cada mes 150 dólares.  Como lo que quieres es coger experiencia en mi revista espero que no te sientas ofendida por el sueldo que puedo ofrecerte.  

—No se preocupe señora McDonald.   Me conformaré con lo que usted me va a pagar. 

—¡Fantástico!  Entonces salgamos afuera para que les  diga a las chicas que te unes al equipo.  Por fin «Women life of Southern»   tendrá a una periodista de verdad.  Ja,ja…  

Me hizo gracia la manera que tuvo la señora McDonald de calificarme.  Yo me había convertido en una periodista de verdad.   Cosa que era cierta por tener la titulación para tal fin.   Las redactoras, como se hacían llamar, eran las típicas amas de casa blancas sureñas de Jackson.  La revista se fundó cuando la señora McDonald insistió a su marido de que quería tener protagonismo en la ciudad.   El marido, que es productor de algodón y es también el dueño del mayor almacén de suministros agrícolas de Jackson,   por tal de no aguantar más la insistencia a que lo estaba sometiendo su esposa por querer tener fama y verse integrada entre la clase elitista femenina de Jackson,  le financió la fundación de la revista.  

Yo creo que la revista dará pérdidas económicas todos los meses que seguirá sufragando su marido pero al menos la señora McDonald ya goza de la popularidad que tanto deseaba tener en Jackson.     

Las dos redactoras que se encontraba en la redacción en el momento que me uní al equipo, una vez que la directora me presentó como la nueva redactora jefe,  no se lo tomaron de buen grado aunque lo disimularon como solo lo saben hacer las mujeres sureñas.  El aparentar y el fanfarronear lo llevamos en la sangre a la hora de mostrarnos en nuestro entorno.  Las dos mujeres me conocían y el que supieran que me había licenciado en periodismo en una universidad las colocaba directamente por debajo de mí intelectualmente.  Una cuestión que no se lleva nada bien entre las mujeres blancas sureñas es reconocer que hay una igual a ti pero más inteligente.  La envidia entre nosotras es como un deporte que lo practicamos a la más mínima ocasión que se nos presenta.     Sin embargo me hicieron ver con una simpatía fingida que estaban encantadas de que me uniera al equipo.      

Quedé con la señora McDonald que empezaría a trabajar a la semana siguiente y me fui de la redacción de la revista.   Todavía era temprano para ir a casa de Hilly y quise dar un paseo a pie por el centro de la ciudad.  
Mientras caminaba por el centro me encontré con un establecimiento que era de reciente inauguración porque no lo conocía ni había oído hablar de él.   Era un salón de belleza y me apeteció entrar para ver que se ofrecía.  

—Buenas tardes señorita.  Sea usted bienvenida a mi salón de belleza.   Yo me llamo Charlotte y soy la dueña.  ¿Qué desea hacerse para ensalzar su ya de por sí estimable belleza?  Permítame que le diga que tiene usted un cabello precioso, y diferente claro ésta.  Ja,ja…  

—Gracias por el cumplido.  Pues no sé.  Pasaba por aquí y he querido entrar para ver qué servicios se ofrece.  

—Pues entonces permítame que le informe de todo lo que hacemos.  Por supuesto tenemos peluquería y tinte.   También disponemos de los servicios de maquillaje, manicura y como novedad hemos incorporado el servicio de pedicura.    

—Muy bien.   Pues como de mi pelo se ocupó ayer mi criada,  creo que me haré las uñas de las manos y las de los pies.  

—Muy bien señorita.    Ya verá cómo le va a gustar nuestro trabajo.    Aunque déjeme que le haga una pregunta.    ¿Sería incómodo para usted que un negra le toque los pies?  

—No, en absoluto.  

—Mejor.  Ya verá.   Malika  hace las uñas de los pies como nadie.  En el servicio entra el cortado y limado de uñas y si usted lo desea también el pintado.  

—Vale, lo quiero todo en las manos y en los pies. 

—Muy bien.  Por favor acompáñeme.   Por cierto,  ¿Cómo se llama usted?  Si puedo preguntárselo.  

—Claro que puede.  Me llamo Eugenia Phelan.  De la plantación de los Phelan.  

—¡Válgame Dios!  Discúlpeme que no la haya reconocido.    Si no tengo mal entendido creo que usted ha ido a la universidad en el Norte.  Creo recordar que me comentaron que estudiaba periodismo.   

—Así es.  Ya me he licenciado y estoy de vuelta en casa. 

—Sí se lo tengo dicho a mi marido.  Las mujeres podemos hacer todo lo que nos propongamos.  Ja,ja,ja… ¿No está de acuerdo conmigo señorita Phelan?  

—Por supuesto que estoy de acuerdo en lo que dice. 

—A qué mujer no le gusta embellecer su anatomía,  sobre todo las mujeres blancas sureñas consumimos mucho tiempo y le prestamos una atención profusa a nuestra imagen para sentirnos hermosas y atractivas.  Esta dedicación nos las podemos permitir porque para el trabajo doméstico y la crianza de los hijos, que son labores inherentes a nuestra condición, disponemos para ello de nuestras criadas negras.   

Charlotte me invitó a sentarme en un comodísimo asiento con cabezal y pedestal para los pies.    Enseguida vinieron a mi encuentro una mujer mulata y otra más joven negra.   Después de que la mulata me dispensara un respetuoso saludo se preparó para hacerme las uñas de las manos mientras que la negra desestimó mirarme a la cara y saludarme por si me ofendía y  directamente se arrodillo a mis pies frente al pedestal. 

—Ya verá señorita Phelan como a pesar de que son negras mis empleadas saben lo que hacen.

—Estoy convencida de que será así.  

Las mulatas tenían una consideración por parte de los blancos que no distaba mucho del desprecio generalizado que se le dispensaba a los negros. Quizás tenían unas mayores posibilidades de ejercer un trabajo que no fuera el de sirvienta doméstica,  pero sin duda si una de ellas conseguía un trabajo fuera de la servidumbre era porque realmente era muy válida para tal tarea. Por lo tanto cuando la mulata comenzó a limarme las uñas de las manos vi que tenía mucha maña y sabía lo que hacía. Todo el mundo sabíamos que a los mulatos y mulatas que vivían en los estados sureños les corría sangre blanca.  De todos era sabido que muchos  amos y patronos blancos violaban y dejaban embarazadas a las negras que trabajaban en sus casas o en sus negocios,  y  después no se hacían responsables de los bebés y traspasaban el «marrón» a sus mujeres para que decidieran qué hacer con las criaturas y sus madres.

Pero otra cosa era la joven negra que se había postrado a mis pies y que seguramente era criada de Charlotte y pluriempleada en el salón de belleza.   La joven negra, que podía rondar la veintena de años igual que Tula Mei, me descalzó los zapatos con sumo esmero   y a continuación me pasó una toallita húmeda por los pies para secarme el sudor con una delicadeza que parecía que había tomado con sus manos unas joyas.    Cuando me iba a relajar mientras se ocupaban de todas las uñas de mis dedos vino por mi espalda la dueña para indicarle a Malika como debía trabajar sobre mis pies.

—Malika,  la señorita Phelan pertenece a una de las familias más relevantes de Jackson,   tenemos que intentar que salga contenta del salón por el trato que le hemos dispensado.  

—Sí missy.  

—Quiero que trabajes sobre sus pies como si fueran los míos, y quiero que cuando termines le muestres efusivamente tu gratitud a la señorita por haber confiado en una negra desconocida para embellecer sus pies.  ¿Entendido? 

—Sí missy.  

—Ya verá señorita Phelan como le va a gustar la manicura y la pedicura que le vamos a hacer. 

Ya lo había sospechado pero el que la negra se dirigiera a la dueña del salón como «missy»  demostraba que era más su criada que una empleada oficializada en esteticién.   

Elegí para las uñas de las manos una laca brillosa trasparente y para los pies un tono rojo vivo. He de reconocer que quedé muy satisfecha de cómo me dejaron las uñas.  Sobre todo me gustó como quedaron mis pies.  Todavía se veía muy atrevido por esta parte de los estados americanos que una mujer llevara las uñas de los pies con colores intensos como el que yo había elegido.  Sin querer hacerlo intencionadamente quise destacarme  mostrándome diferente a mis conciudadanas.  Yo había evolucionado y al menos respecto a mi imagen quería que me vieran como una mujer a la que no le importaba romper los convencionalismos establecidos en los estados del sur.

Sin embargo había una cuestión entre los blancos sureños  que iba a tener que pasar mucho tiempo hasta que pudieran adoptar en el tema de los negros una mentalidad más transigente y respetuosa.  Lo mismo que ya estaban haciendo los blancos en los estados del norte.     

Un ejemplo más de como consideramos a los negros sucedió cuando Malika tuvo que agradecerme el que yo le hubiera concedido la venia para poder trabajar sobre mis pies.   La joven negra que incluso estuvo diez minutos soplando sobre mis uñas para que se secara la laca roja que me había imprimido, cuando me calzó los zapatos que previamente había limpiado con el mandil que llevaba puesto,  levantó su mirada muy tímidamente para llamar mi atención, y cuando le ofrecí un gesto de complacencia por el buen trabajo que había realizado, Malika cumplió con lo que le había instado su missy con cierto nerviosismo y timidez. 

—Señorita Phelan, le agradezco de corazón que haya dejado que una negra como yo le haga  las uñas de los pies.   Ha sido para mí un inmenso placer poder trabajar sobre unos pies tan distinguidos como los suyos.  Ojalá si vuelve por este salón de belleza quiera volver a verme a sus pies para que pueda ocuparme nuevamente de unos pies tan refinados como los que usted posee.     Muchísimas gracias por la confianza que ha depositado en mí, señorita Phelan.    

Me quedé con las ganas de corresponder a Malika el agradecimiento que me había dispensado pero sé que no está bien visto que una blanca dé las gracias a una negra.   Sin embargo si quise hacerle saber que había quedado muy satisfecha por el trabajo que había realizado sobre las uñas de mis pies  para que se sintiera reconfortada, y de paso para que su missy no tomara represalias contra su criada.   Charlotte estaba pendiente de mí desde la distancia pero podía oír lo que decíamos tanto la negra como yo. 

—Me gusta mucho  como han quedado mis uñas con la laca roja, y la pedicura que me has hecho está muy bien, Malika.   Si vuelvo por aquí seguramente preguntaré a Charlotte por ti.  

—No sabe cómo se lo agradezco señorita Phelan.   Gracias, muchas gracias.  

No me gustó que la dueña estuviera pendiente de nosotras y sobre todo de su criada negra, así que antes de levantarme del asiento cogí mi bolso y le di dos dólares a Malika y otros dos a la mulata de propina.  

Hasta entonces la mulata había permanecido muda mientras estuvo haciéndome las uñas de las manos, pero cuando me cogió la generosa propina que quise darle no tardó en mostrarme su gratitud.  Pero lo que hizo Malika cuando le di su propina, no es que me sorprendiera del todo dado que era una negra,  pero en las circunstancias en la que nos encontrábamos si fue relevante.   

Cuando Malika agarró los dos dólares se postró a mis pies y comenzó a besarme los zapatos que solo interrumpía para darme las gracias por la muestra de generosidad que le había dispensado.   

A la dueña le pagué los ocho dólares que costó el servicio que había pedido y no tuvo más remedio que claudicar ante mí y tragarse su orgullo y su envidia por hacer prevalecer y destacar el trabajo de sus empleadas por encima de su propio establecimiento.  

Regresé en busca de la Pick Up de mi madre, ya era hora de que fuera a casa de mi amiga Hilly a las afueras de Jackson donde se habían construido dos urbanizaciones de casas parceladas  para los ciudadanos blancos de clase media y alta de Jackson.  Ese estilo de vida que se había instaurado en Jackson sí tenía paralelismo con el estilo de vida que se daba en los estados del norte.  Aunque una diferencia sustancial que se daba en los estados sureños respecto a los del norte se podía contemplar en el servicio doméstico, dado que todas las empleadas domésticas que servían en esas casas estaba compuesto por mujeres negras sin excepción.    

Aparqué el auto junto a la ranchera de Celia en la entrada del jardincito que preside la entrada de la casa de Hilly.  Doy por sentado que Celia ya he llegado.   Cuando llamo a la puerta me abre Ronda, la criada de la casa con el bebita de Hilly en sus brazos.   Yo siempre he visto una semejanza de vidas entre la criada de mi madre y Ronda.   Las dos nos habían amamantado a nosotras cuando éramos bebés.  Esto se traducía en que las dos criadas negras ya habían cumplido con creces sus bodas de plata como sirvientas de una misma familia.  La madre de Hilly cedió a su criada a favor de su hija cuando mi amiga tuvo a su primer hijo.   Hilly dio a luz por primera vez cuando llevaba casada un año y el segundo vino a los tres años.  Hilly era la mayor de las cuatro contando con veinticinco años.  Ella ya cumplía con lo establecido para las mujeres sureñas.    Casada y con un mínimo de dos hijos la integraba de lleno en nuestra sociedad.   Otra cosa es que fuera una buena madre, que no lo era, puesto que yo tenía la impresión de que odiaba a los niños.  Al menos en sus primeros años.  Pero para eso estaba Ronda que se los estaba criando además de servir de criada en la casa.     

—Buenas tardes señorita Eugenia.      

–Hola Ronda. 

—Ya están sus tres amigas en la casa.   ¡Pero qué guapa se la ve a usted señorita Eugenia!  Pase al salón que la están esperando para comenzar la partida de cartas. 

—Ya se sabe Ronda,  hacerse esperar te otorga importancia. Ja,ja…

—¡Pero si usted y su familia ya son importantes en Jackson, señorita!    

—Pero hay que seguir haciéndoselo saber a todo el mundo. ¿No crees Ronda?  Ja,ja,ja…

—Yo no sé de esas cosas señorita Eugenia.  Yo solo soy una criada negra.    

Ronda y yo mantenemos una cordial relación,  incluso antes de marcharme Hilly me había reprochado en alguna ocasión la confianza y el respeto que le ofrecía a su criada.  Aunque yo no le hago caso a mi amiga y sigo mostrándome con Ronda con amabilidad. 

Hago acto de aparición en el salón y me encuentro a mis tres amigas sentadas en la mesa. Están dando cuenta a unos deliciosos canapés y bebiendo cola.   Las tres están emperifolladas como mandan los cánones de la feminidad sureña y al verme me escrutan de arriba abajo. 

—Hola chicas.  Espero que me hayáis dejado algunos canapés.  Me ruge el estómago como a un león.    

—No te preocupes Eugenia.   Ronda ha hecho más.     ¡Rondaaa!            

—Sí señora.        

—¡Trae más canapés!      

—Sí, señora.                       

—No te había visto nunca ese vestido, Eugenia.  ¿Te lo has comprado en Boston? 

—No Celia.  Lo tengo desde antes de marcharme a la universidad.

—¡Ya está la señoritinga restregándonos que es la más lista de las cuatro! 

—Pues no lo hago adrede, Cinthya.   Además ya sé que me consideráis la más inteligente, no tengo porque ir proclamándolo a los cuatro vientos. Ja,ja…     

—¿Cómo te ha ido en la entrevista de trabajo?  

—He aceptado trabajar para la revista de la señora McDonald.  Pero espero que sea eventual, me vendrá bien para ir cogiendo experiencia.  

—¡Vaya efusividad que muestras Eugenia!  Parece como si no hubieses tenido más remedio que aceptar el trabajo que te ha ofrecido la fofa y cotilla señora McDonald para que puedas comer todos los días.Ja,ja,ja… ja,ja,ja… ja,ja,ja…     

—Lo cierto es que le estoy haciendo un favor  por aceptar el cargo de redactora jefe de su revista. Aunque no sé si encajaré en el equipo de redacción.   Como sabéis las redactoras son amas de casa con ínfulas de considerarse escritoras.  Ja,ja…      

—¡Guaaauu!   Redactora jefe suena muy bien.    A ver si modernizas a las puritanas que escriben en esa revista para amas de casa viejas y aburridas.     Ja,ja,ja…  ja.ja.ja…  ja.ja.ja… 

La verdad era que esas reuniones con mis amigas cada día me parecían menos interesantes. Lo concebía como un retroceso en mi maduración como persona.    Necesitaba una motivación para que mi vuelta a casa no me resultara anodina y pudiera manifestarme sin causar desavenencias con la gente que me rodeaba.      

—¡Rondaaa! Hace calor, ¿no chicas?      

—Un poco sí, la verdad.   

–Pues yo estoy empezando a sudar.      

–Ya estamos entrando en la primavera,  el sol cada día se va a dejar notar más.  

—Sí señora.   

—Coge el aventador de plumas y refréscanos.    

—¿Y qué  hago con la chiquitina?   Si la suelto en su parque se va a poner a llorar otra vez.     

—Ese es tu problema, Ronda.   Pero no quiero oír los berridos de Mery mientras mueves el aventador.   ¿Me has entendido, Ronda?  

—Sí señora, la he entendido, aunque no sé cómo lo voy hacer.   

No me gustaba ver como trataba Hilly a su criada.  Como no me gustaba ver el trato que le dispensaban a sus criadas mis otras dos amigas.   Las tres estaban cortadas con el mismo patrón. Bueno, como lo estaban todas las mujeres blancas de Jackson.   Ese patrón tenía como principal denominador el desprecio por lo negro.  El vernos con la legitimidad de humillar y explotar a los negros porque así debía de ser comenzaba a molestarme de sobre manera.  Aunque sabía que esa actitud despótica e intransigente que se le dispensaba al servicio doméstico nos hacía sentirnos integradas en nuestras costumbres y en nuestra filosofía de vida sureña.  

Desde mi regreso yo me veía cada día más separada de mi gente.  Mi mentalidad y mis creencias habían evolucionado en Boston y ahora me fijaba en cosas que antes me pasaban desapercibidas. Me sentía extraña, e intenté integrarme en mi grupo de amigas haciendo una pregunta que sabía que iba a dar de que hablar mientras jugábamos otra insulsa partida de cartas.  

—Chicas, ¿qué va a pasar ahora con los negros?  

Las tres se me quedan mirando.  Perece que he tocado el tema estrella.  Pronto nos olvidamos de la partida y entramos en una vorágine de preguntas y respuestas, de suposiciones y certezas, de deseos y realidades.






(Continúa): 

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