A QUIEN LE INTERESE

En este rincón apartado he decidido publicar. La hipocresía que se vive en la página de TR (Todo Relatos) me obligó a abandonarla. Disfruto escribiendo y aún siendo consciente de que mis fantasías son minoritarias me parece injusto que aquellos que me seguían en TR se queden sin poder disfrutar de mis relatos.



No pretendo ser pretencioso. No quiero decir que mis escritos sean buenos, soy consciente de que no es así, pero aún lo soy más de que en este mundo retorcido de nuestras íntimas fantasías muchos buscamos algo que echarnos a los ojos que se acerque a nuestros fetiches, tabúes y quimeras eróticas.



Mi propósito es dejar al lector interesado y que se pueda identificar con mis inofensivos delirios una muestra de mi producción literaria dedicada al mundo de la sumisión, dominación, esclavitud y relaciones de poder. Fabulaciones en suma con las que más de uno sueña en secreto y que yo me dedico a poner negro sobre blanco con mayor o menor acierto.

Como que esta es una página abierta, he creado un grupo de admisión restringida en Yahoo (ver enlace) donde he puesto aquellos relatos que considero más fuertes, no sea que un alma sensible de esas que van por ahí salvando al mundo de la gente mala como yo se topase con uno de esos relatos y le salieran sarpullidos en el hipotálamo.



En este grupo sólo aceptaré miembros bajo petición expresa y siempre que me convenzan de su buena fe. Los relatos están en formato docx. y pueden ser descargados directamente.



Los relatos de ADELA también están en este grupo.



Aquí tenéis un enlace directo al grupo, pero recordad: miembros SOLO bajo admisión.



http://es.groups.yahoo.com/group/relatosdeluk



viernes, 3 de octubre de 2014

LA PRINCESA Y EL ESCLAVO


La litera se bamboleaba cadenciosamente siguiendo el curso del río por su orilla oriental. Mutnoymmé medio dormitaba en su interior, desparramada sobre cómodos cojines. El sol era abrasador. Descorrió las cortinas e hizo una seña a Disenk, su esclava, que caminaba a su lado llevándole las sandalias.

―Falta mucho? Dile a los esclavos que vayan más deprisa o haré que a la vuelta sean azotados...

―Sí alteza... ahora mismo les advierto... pero ya estamos llegando.

―Diles que mantengan la litera más estable. No quiero tanto movimiento, parece que esté viajando en el esquife...

―Sí alteza.

Disenk corrió hacia los porteadores delanteros y les avisó de los deseos de la princesa. Los negros, sudorosos, los músculos tensos, asintieron. Apretaron el paso a la vez que hacían un mayor esfuerzo para que la litera apenas se moviera. Disenk regresó junto a su dueña.

―¡Abanícame! – le ordenó Mutnoymmé.

Disenk cogió el aventador que estaba en la segunda litera, la que llevaban para transportar lo necesario para una salida de la princesa de su palacio. Se metió las sandalias de su ama entre la cintura de su faldellín y colocada junto a su ama comenzó a abanicarla. Mutnoymmé suspiró complacida cuando las primeras oleadas provocadas por el enorme aventador le refrescaron el rostro. Era una delicia tener tantos esclavos que le hacían la vida maravillosa.

Llegaron a la zona reservada para la familia real, donde se encontraba el mejor remanso del río, con una formidable playa natural para bañarse, con una reserva de patos para cazar, con una isla artificial a la que llegar con canoa. Un coto privado que a Mutnoymmé le encantaba visitar.

Los porteadores se detuvieron y bajaron a pulso la litera hasta el suelo. Una de las esclavas de la comitiva se estiró en el suelo para que la princesa descendiera sobre su espalda. Se trataba de una esclava nubia cuya única misión era hacer de escabel para su dueña o de asiento según las necesidades de la princesa.

Mutnoymmé sacó las piernas por la litera y se quedó sentada apoyando los pies en el vientre de la esclava nubia que estaba en el suelo. Disenk corrió a arrodillarse con las sandalias en la mano. Tomó los pies de la princesa para limpiarle las plantas. El polvo del desierto se colaba por todas partes y Mutnoymmé no soportaba que la calzaran si antes no le habían limpiado las plantas de los pies del posible polvo que podían haber tomado.

Disenk con las palmas de las manos acarició las plantas de los pies de la princesa y antes de calzarla se las besó. Mutnoymmé se puso en pie sobre el vientre de la esclava y descendió a la arena de la playa. Rápidamente una esclava se acercó a la princesa portando una alta sombrilla que había sido transportada en la segunda litera y la protegió del sol.

La escolta real se situó escondida entre los árboles cercanos a la orilla porque a la princesa no le gustaba su presencia cercana. Quería que se mantuvieran atentos y vigilantes pero ligeramente apartados.

Mutnoymmé se acercó a los sudorosos porteadores que tenían el cuerpo cubierto en sudor y aún resollaban por el esfuerzo. Al ver que se les acercaba la princesa se postraron en el suelo.

―Que no les den de beber... no quiero ni que se refresquen... entendido? – le dijo Mutnoymmé a Casia, la intendente que se encargaba de ejecutar las órdenes reales – no se lo han ganado. Si a la vuelta no voy cómoda haré que les corten las orejas.

―Sí alteza – dijo Casia haciendo una profunda reverencia a la princesa.

Mutnoymmé que ya se dirigía hacia la orilla del río se detuvo al escuchar un gemido procedente de los postrados porteadores. Se dio media vuelta y se acercó a ellos. Los cuatro eran jóvenes pero había uno entre ellos más joven de lo habitual. Mutnoymmé escrutó a los cuatro muchachos que estaban de rodillas con la cabeza pegada al suelo y volvió a escuchar el gemido. Entonces vio que una zarigüeya estaba mordiendo el pie del más jovencito de los porteadores. Mutnoymmé lanzó una carcajada.

―Pobre rata... se va a envenenar, ja, ja, ja, ja... – volvió a lanzar una cristalina carcajada la bella princesa – ¡el arco Disenk! – ordenó.

Disenk corrió y volvió con el arco y las flechas de la princesa. Armó el brazo, cargó una flecha, tensó la cuerda y apuntó. La zarigüeya seguía dándose su festín, royendo el pie del esclavo que ahora lloraba. No podía moverse estando postrado. Meritatén, la hermana mayor de Mutnoymmé había dejado que una hiena arrancara una pierna a uno de sus esclavos mientras permanecía postrado a sus pies. Mutnoymmé también se divertía con esos accidentes pero además iba a mostrarse piadosa matando a la rata.

La flecha zumbó en el aire y se clavó en el cuello de la enorme rata. Los esclavos presentes respiraron aliviados. El joven porteador también.

―¡Tú! ¡Acércate! – le dijo Mutnoymmé al muchacho al que había salvado el pie de ser devorado por la temible zarigüeya.

El esclavo reptó por la arena hasta colocarse a los pies de la joven princesa. Había dejado un rastro de sangre procedente de las graves heridas que los afilados dientes de la rata habían producido en su pie. El esclavo enterró su rostro entre los pies de la princesa medio hundidos en la arena.

―No me ha gustado que gimieras. Mis esclavos no pueden gemir cuando están en mi presencia.

El esclavo besó los pies de Mutnoymmé y ésta cargó una nueva flecha. Tensó la cuerda y disparó. Esta vez atravesó el cuello del esclavo que quedó muerto a sus pies en el acto.

―¡Casia, que arrojen el cuerpo de este imbécil a los cocodrilos y busca un sustituto para el regreso! – ordenó Mutnoymmé mientras le tendía el arco y el carcaj a la esclava.

―Sí alteza – respondió Casia haciendo una profunda reverencia.

Mutnoymmé se encaminó hacia la orilla seguida a dos pasos por la esclava que le llevaba el parasol y por Disenk, su esclava personal. Disenk extendió sobre la arena, ya cerca del agua, una talla azul de lino. La princesa se sentó en ella. Disenk se arrodilló a su lado y le sacó la tiara de diamantes que coronaba su linda cabeza y después con ambas manos le deshizo las trenza que antes le había hecho dejándole el largo cabello suelto. Después se situó a los pies de la princesa y la descalzó.

―¡Tú, idiota... estás aquí para protegerme del sol, muévete a la izquierda! – riñó a la esclava del parasol.

La muchachita se sobresaltó. Se había quedado atontada mirando los suaves movimientos de Disenk mientras desenredaba el cabello de su ama y no se había percatado de que no estaba protegiéndola del sol.

―¡Disenk... cuando regresemos a palacio ocúpate de que le den veinte latigazos a esta imbécil!

―Sí mi ama.

―¡Los pies Disenk, los pies...!

―Perdóname alteza – respondió Disenk que se puso a acariciarle los pies al momento.

Mutnoymé estuvo un buen rato descansando recostada sobre el lienzo de lino azul mientras Disenk le hacía masajes en los pies y la otra esclava la protegía del ardiente sol. Más atrás se hallaban sus literas sobre la arena, los tres porteadores sedientos – al cuarto lo había matado la princesa – el séquito de esclavas necesario para que la princesa se aventurase a salir de palacio y la guardia real más apartada. Todos estaban de pie, inmóviles bajo el implacable sol.

Mutnoymmé se levantó y elevó ligeramente los brazos. Disenk supo que tenía que desnudar a su alteza. Soltó el broche de oro que sujetaba la túnica corta que cubría su busto y después le quitó el faldellín. Luego se arrodilló para desabrochar la cadenilla de oro que ceñía uno de sus tobillos y finalmente le besó los pies.

Totalmente desnuda Mutnoymmé se dirigió hacia el agua. Todos los esclavos varones tuvieron que postrarse en el suelo con la cara enterrada en la arena. No podían ver a la princesa desnuda.

A sus dieciséis años la princesa tenía un cuerpo escultural. Bien alimentada y amante del ejercicio físico, gran arquera, mejor amazona y buena nadadora, Mutnoymmé había cultivado un cuerpo que rivalizaba en belleza con su hermoso rostro de tez morena y ojos verdes enmarcado por una larga cabellera ensortijada de denso cabello de color caoba.

Las aguas del río estaban frías, sobretodo por el contraste de la temperatura exterior que fácilmente podía alcanzar los cincuenta grados. Los esclavos y esclavas estaban sedientos y sus cuerpos abrasados por el tórrido sol. Pero la princesa se había enfadado con los porteadores, los había castigado sin agua para beber ni refrescarse.

El resto de esclavos estaba pendiente de que la princesa los autorizara a bañarse y beber pero Mutnoymmé ni siquiera pensó en los esclavos. En aquellos momentos estaba disfrutando del frescor de las aguas. Se sentía muy a gusto.

Empezó a nadar con elegantes brazadas. El río bajaba con gran caudal. La otra orilla apenas se distinguía. El cauce era muy hondo. Las aguas estaban tranquilas. Ninguna embarcación podía navegar por aquella zona porque era coto real.

La princesa siguió nadando y se adentró en la zona de juncos. Le gustaba moverse entre los verdes tallos, rodearlos sinuosamente con la elegancia del desplazamiento de su cuerpo. Tomó aire y se zambulló. Buceó más de un minuto, disfrutando de las clarísimas aguas que permitían ver perfectamente las criaturas que habitaban el lecho del río.

Salió a tomar aire, braceó un poco más y volvió a llenarse los pulmones para volver a sumergirse. Tras uno de los atolones más densos de juncos se encontraba dormitando sobre su barquichuela Seenjat, un muchacho joven, hijo de campesinos, que había salido a pescar. Cubierto el rostro con un sombrero de paja y estirado sobre el fondo de la pequeña barca se había quedado dormido. El sedal estaba atado a uno de los remos en el fondo de la barca, se enrollaba en el dedo gordo de uno de sus pies y su anzuelo dormía en el fondo del río a la espera de que picaran.

Mutnoymmé seguía braceando por debajo de las límpidas aguas del río. Sin darse cuenta tiró del invisible sedal y una sacudida en el pie despertó a Seenjat que pensó que había picado una pieza. Tiró con fuerza del sedal y el anzuelo se clavó en el pie de Mutnoymmé. La princesa se sobresaltó al sentir el pinchazo. Vio horrorizada cómo el anzuelo se había clavado bajo el dedo gordo de uno de sus pies y tiraba hacia arriba. Reaccionó con rapidez y con la mano sujetó la linea y tiró con todas sus fuerzas de ella. Seenjat pensó que había picado una bestia inmensa a tenor de la fuerza que hacía la linea del sedal.

El rostro de Seenjat se quedó petrificado cuando vio emerger a una hermosa muchacha que tras recuperar el aire que le faltaba comenzó a insultarlo.

―¡Qué te piensas que estás haciendo, so penco, campesino estúpido, voy a hacer que te asen vivo, imbécil! – le gritó Mutnoymmé desde el agua mostrándole el anzuelo que ahora sostenía en una mano.

Seenjat seguía atónito cuando una enorme serpiente que se deslizaba por entre los juncos se sumergió velozmente y rodeó la cintura de la joven. En cuestión de décimas de segundo el cuerpo de la chillona Mutnoymmé se hundió en las profundidades del río. El hasta este momento aturdido Seenjat se dio cuenta en seguida de lo que acababa de suceder. Un remolino de agua emergía en el punto donde la muchacha acababa de desaparecer, prueba evidente de que seguía allí abajo, debatiéndose con todas sus fuerzas. No se lo pensó ni un segundo. Se ciñó el puñal al cinturón del faldellín y se arrojó al agua de cabeza.

Necesitó unos segundos a que las aguas revueltas por su propia zambullida se calmasen y pudiese ver la escena. Era una enorme serpiente que tenía totalmente presa a la joven de la que sólo podía ver sus piernas y sus pies agitarse con fuerza. Braceó con todas sus fuerzas, desenfundó el cuchillo buscó la cabeza del animal y le rodeó el cuello con un brazo. La serpiente, atacada, reaccionó defensivamente y tuvo que aflojar la presión que hacían sus mortales anillos constrictores sobre el cuerpo de Mutnoymmé a quien comenzaba a faltarle el aire.

Seenjat, con evidente sangre fría y con precisión de cirujano cercenó la cabeza de la serpiente de un certero tajo. La bestia comenzó a descender sin fuerzas hacia el fondo del río y la joven quedó liberada. Seenjat la miró y vio que no salía hacia el exterior. Ha perdido el conocimiento, pensó el muchacho y nadó velozmente hacia ella, la cogió por las axilas y la arrastró hasta la superficie.

La barca seguía amarrada al atolón de juncos. Nadó arrastrando a la muchacha y tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para subirla a la barca. El cuerpo de Mutnoymmé se deslizó como una anguila y rebotó por la madera de la barca hasta que quedó desmadejado en el suelo de la embarcación. Seenjat, libre de la carga de la princesa, trepó con agilidad y saltó al interior de la barca.

Conocía lo que debía hacer en aquellos casos. Se quedó mirando durante un segundo los turgentes pechos de la muchacha que tendría que tocar, ni que fuese ligeramente, para lograr recuperarla. Luego se puso a la labor.

Con ambas manos presionó bajo el esternón y sobre el estómago, una vez, dos veces, tres veces. A la tercera Mutnoymmé abrió los ojos y vomitó un enorme chorro de agua. Seenjat se sonrió aliviado. Luego miró a la muchacha y quedó prendado. En la vida había visto nada tan bello, nada igual. Mutnoymmé estaba atontada. Había estado a punto de morir estrangulada por aquella enorme serpiente y había tragado muchísima agua.

Seenjat, que tenía experiencia en accidentes de este tipo volvió a apretar el estómago de la joven, esta vez con cierta aprensión porque, una vez pasado el peligro, se dio cuenta de lo bellísima que era. Mutnoymmé reaccionó al instante con una nueva y definitiva vomitada de agua. Ya se encontraba mejor y se incorporó con agilidad.

―¡Eres un maldito campesino estúpido y animal...! – le gritó como una loca después de toser media docena de veces seguidas.

Seenjat se quedó al principio sorprendido pero luego sonrió. Le hacía gracia la reacción de aquella muchacha. Seguramente debía ser una joven hija de alguna familia rica, una niña mimada que agradecía con insultos el que le hubiera salvado la vida, pero la encontraba tan guapa que dejó que se desfogara gritándole.

―¡Y me has tocado... has osado tocarme... y me has mirado... no me mires... al suelo, la vista al suelo, no me mires...! – gritó histérica Mutnoymmé.

Seenjat no dejaba de sonreír. Qué le pasaba a aquella loca?

―No sabes quien soy, verdad estúpido campesino? Si lo supieras no estarías mirándome a la cara con esa estúpida sonrisa en tu rostro estúpido. ¡Soy la princesa real Mutnoymmé!

Seenjat dejó de sonreír. Nadie en su sano juicio se haría pasar por una princesa real si no lo fuese. Él no estaba muy familiarizado con los protocolos pero sabía, como todo súbdito de la reina Nefer, que ningún plebeyo podía mirar a la cara a ningún miembro de la familia real, ni a la reina ni a sus tres hijas, las princesas reales. Él conocía el nombre de sus soberanas, la reina Nefer, la princesa Meritatén, la princesa Mutnoymmé y la princesa Mekén, por este mismo orden.

Volvió a mirar a la joven que ahora lo miraba echando chispas por los verdes ojos. Seenjat no sabía a qué atenerse. Si aquella joven era en verdad quien decía ser estaba perdido.

Se encontraba pescando en el coto real, una princesa se había enganchado en su anzuelo, luego había tocado a la princesa para rescatarla de morir ahogada, la había seguido toqueteando para subirla a la barca, le había tocado los pechos para ayudarla a expulsar el agua y la había estado mirando a la cara y lo que no era la cara, todo su espléndido y maravilloso cuerpo desnudo. Era hombre muerto.

―Yo... y-yo... no sabía... perdóname majestad... no sabía quien eras... yo... lo siento...

―¡Ja, ja, ja, ja...! – se rió con su risa cristalina y contagiosa la joven Mutnoymmé – ¡mira que eres ignorante! ¡No tienes que llamarme majestad si no alteza! ¡Si mi madre o mi hermana mayor te oyen te hacen cortar la lengua!

―Te suplico que vuelvas a perdonarme alteza – dijo Seenjat que ahora se había puesto de rodillas sobre la barquichuela y tenía los ojos clavados en los pies de la joven princesa.

―Sabes lo que has hecho?

―Sí alteza... primero salvarte de morir asfixiada por la serpiente y después salvarte de morir ahogada. Te he salvado dos veces el primer día que nos conocemos – dijo Seenjat recuperando el tono jovial que lo caracterizaba, como si todos los delitos que podían atribuírsele no fuesen nada y volviendo a mirar el hermoso rostro de la princesa.

―¡No me mires... no me mires... al suelo... la vista al suelo... eres un súbdito y además plebeyo, no puedes mirarme!

―Sí alteza, perdona mi atrevimiento... pero pedirme que no mire tu hermosura es pedirme un esfuerzo sobrehumano, es como pedirle a un ciego al que se le da la posibilidad de recuperar la visión que renuncie a contemplar tu belleza.

Mutnoymmé se rió. Aquel muchacho, guapísimo por cierto, era muy osado. No estaba acostumbrada a tratar con plebeyos y las veces que lo había hecho se había divertido viéndolos temblar a sus pies. Éste no sólo no temblaba si no que había vulnerado todas las normas y prohibiciones que pesaban sobre los simples mortales en relación con la divinidad que representaban los miembros de la familia real y no parecía afectado.

―¡Rema hacia la orilla. Llévame de regreso donde están mis esclavos. Y no me mires, ponte de espaldas a mí!

Seenjat obedeció. Remó por entre los atolones de juncos hasta que abandonaron la zona y salieron a río abierto. Desde allí pudo ver la cala en la que aguardaban, temerosos por la larga ausencia de la princesa, su cohorte de esclavos y servidores.

―Cual es tu nombre? – oyó Seenjat que decía a su espalda la princesa.

―Seenjat, alteza.

Mutnoymmé no dijo nada más y Seenjat continuó remando. La princesa contempló con agrado el fibroso cuerpo del joven cuyos músculos se tensaban por el esfuerzo de remar. Tenía el tono de la piel más pálido que los arcedianos típicos y su cabello rojizo aún era más inusual. Lo examinó detenidamente y lo encontró muy atractivo.

Cuando la barca embarrancó en la arena de la playa que se formaba en aquella orilla los cuatro guardias saltaron sobre el desprevenido Seenjat y lo redujeron. Mutnoymmé saltó de la barca y se encaminó hacia Disenk que se le acercaba con una toalla. La esclava la secó con movimientos dulces. La princesa chasqueó los dedos y una esclava corrió hacia ella. Mutnoymmé le señaló el suelo a sus pies y la esclava se puso a cuatro patas. La princesa se sentó sobre su espalda. Disenk se arrodilló para limpiar la arena de los pies de su ama. La princesa levantó las piernas y Disenk se las sujetó con una mano mientras que con la otra le quitaba la arena mojada adherida a sus plantas.

Disenk desconocía la pequeña herida que se había echo su ama con el anzuelo y sin querer tocó bajo el dedo gordo con sus dedos para quitarle la arena. Mutnoymmé, que también se había olvidado de la pequeña herida sintió un pellizco de dolor y reaccionó dándole una patada en la cara a Disenk. La esclava rápidamente se postró en el suelo para pedir perdón.

―¡Con la lengua Disenk! – le dijo Mutnoymmé que no estaba enfadada con su servicial esclava.

―Sí mi ama, perdóname mi señora.

Disenk sacó la lengua y la pasó por las plantas de los pies y tras y entre los dedos, limpiando la arena húmeda adherida. La esclava descubrió la pequeña herida que presentaba un par de puntitos de sangre que ya estaba coagulada. La muchacha observó detenidamente la herida y la lamió con extremo cuidado. Después se dedicó a secarle los pies con el lienzo azul de lino.

―No me pongas las sandalias, esta pequeña herida me molesta... llévamelas tú... y que se acerque la litera.

Mutnoymmé se levantó de la espalda de la esclava pero ésta no abandonó su posición a cuatro patas por si a la princesa volvía a apetecerle utilizarla de asiento. Mutnoymmé se acordó del insolente y hermoso muchacho que le había salvado la vida. Se encontraba inmovilizado por sus guardias. Entonces montó en cólera al recordar que un simple pescador había burlado la vigilancia de su guardia y se había adentrado en las sagradas aguas de su coto privado. La princesa hizo una señal para que se acercara el capitán de su guardia personal.

―Esta barca – señaló el bote que seguía varado en la arena de la playa – estaba faenando en mis aguas – así es como vigiláis, inútiles? – le dijo al capitán y después, mostrando una sonrisa perturbadora añadió – Corre a palacio y encárgate que venga inmediatamente una guardia de dacias para que os sustituya a ti y a tus hombres. Creo que tendré que rendirme a la evidencia de que son mejores que vosotros, que no sois más que una panda de inútiles. ¡Ah.. me olvidaba... cincuenta latigazos a cada uno esta noche y una oreja.

El capitán tragó saliva pero hizo una profunda reverencia. Sabía que no serviría de nada pedir clemencia ni excusarse ni justificarse. Podían darse por satisfechos con el castigo. Por algo parecido la princesa Meritatén había hecho asar vivos a tres de sus guardias. Los 50 latigazos y perder una oreja no era nada comparado con la horripilante muerte que sufrieron sus compañeros.

La reina Nefer acababa de organizar su guardia pretoriana de palacio con un destacamento proviniente de las guarniciones del norte que estaban formadas exclusivamente por mujeres guerreras: las temibles dacias, una estirpe guerrera que había sido sometida por una reina antepasada de Nefer hacía de ello ya más de un yenti. Las dacias habían formado parte de los ejércitos de Arcedia con gran éxito. A pesar de ser esclavas por haber sido vencido su pueblo en las guerras dacias, habían demostrado con creces su lealtad a la reina de Arcedia. Nefer había sido la primera en confiar su cuidado personal y el de su familia a un destacamento de élite de dacias.

El capitán partió a todo correr a cumplir la orden de la princesa. Media hora después llegaba un pequeño destacamento de guerreras dacias, ataviadas con su peculiar vestimenta, que se postraron ante Mutnoymmé. La princesa se dirigió a los soldados que aún mantenían preso a Seenjat.

―¡Soltadle! ¡Pero encadenadle a mi litera, ocupará el sitio del que ha muerto! Y tú, capitán... ya puedes regresar con tus estúpidos hombres... y recuerda, id directamente a la ergástula para que se os aplique el castigo que he dictado por vuestra incompetencia.

Las guardias dacias se hicieron cargo de Seenjat al que ataron a uno de los palanquines delanteros de la litera de la princesa. El capitán y los cuatro soldados abandonaron avergonzados la playa y marcharon a sufrir la ignominia de haber sido destituídos y a cumplir con el castigo impuesto por la princesa.

Mutnoymmé le dio una ligera patada a la esclava que seguía a cuatro patas detrás de ella y ésta interpretó que ahora tenía que hacer de escabel para que la princesa subiera a su litera. Efectivamente. La negrita se estiró en el suelo y Mutnoymmé le pisó el vientre para subir a su litera.

Mutnoymmé hizo una señal a Casia y ésta ordenó a los porteadores que cargaran. Levantaron la pesada estructura de madera y la cargaron sobre sus hombros.

―¡Casia, recuérdales que si me mecen demasiado los haré azotar! – le dijo a la intendente cuando los porteadores se pusieron en marcha.

La princesa se recostó en sus almohadones y contempló la espalda de Seenjat al que habían encadenado en la parte delantera y cargaba sobre su hombro uno de los gruesos palanquines. No sabía qué hacer con él. La había salvado de morir, eso era evidente, y, tal y como había puntualizado el muchacho, por dos veces, pero también había cometido un montón de delitos, algunos de ellos castigados con la muerte más atroz. Desde luego había dos de muy graves, uno que estuviera pescando en coto real y el otro que la hubiera tocado. ¡Le había tocado los pechos! Claro que cómo me iba a salvar sin tocarme, se dijo mientras contemplaba cómo se tensaban los músculos de la espalda del muchacho obligados por el peso de la carga que debía transportar.

―¡Disenk, idiota... tengo sed! – le gruñó a su esclava.

―Sí mi señora.

Disenk se movió con rapidez y momentos después caminaba junto a su ama y le ofrecía el pellejo lleno de agua fresca recién recogida del río.

―Ha bebido alguien mientras he estado nadando? – le preguntó sin levantar la voz.

―No mi señora, no nos lo has autorizado.

―Estás segura que ningún esclavo ha bebido?

―Completamente, mi señora – respondió Disenk sin mirarla mientras avanzaba a su lado.

―Y tú? Has bebido? Te has refrescado?

―No mí señora – Disenk estaba casi ofendida por aquella pregunta. La princesa no había dado autorización a nadie para beber o refrescarse, cómo iba a ella a hacerlo?

Mutnoymmé se sonrió. Se fiaba absolutamente de Disenk. Sabía que le era fiel. Antes se dejaría cortar la lengua que decirle una mentira.

Los porteadores sudaban a raudales. El calor era agobiante y no sólo no se les había autorizado a reponer fuerzas mediante la ingestión de líquidos si no que la princesa se lo había prohibido explícitamente. Mutnoymmé sabía que en esos momentos alguno de los porteadores debía estar cerca de la deshidratación. Posiblemente me haya mostrado excesivamente dura al no permitirles que bebieran, se dijo, pero no modificó su actitud.

Los guardias ahora iban delante, abriendo paso por las calles de Aden, la ciudad real. Los plebeyos se amontonaban para ver el paso de la litera en la que viajaba una de las hijas de la reina. Al llegar a su altura, la gente se postraba en el suelo y permanecía humillada hasta que había pasado de largo. Luego se levantaban y buscaban con la mirada un resquicio entre las cortinas para poder ver furtivamente a una de las diosas vivientes.

La litera acababa de detenerse. No avanzaban. Separó la cortina y asomó la cabeza. Vio el gentío postrado en el suelo y más adelante el motivo de su demora: una embarazada que había ido a ver el paso de la princesa y que estaba a punto de parir se había puesto en aquel momento de parto. Varios de las transeuntes que esperaban con ella para ver el paso de la litera habían improvisado en el suelo un paritorio.

Mutnoymmé estaba de malhumor por la parada. Llamó a Disenk y ésta le contó emocionada lo que ocurría.

―¡Casia... Casia...! – gritó enfurecida Mutnoymmé – ¿Desde cuando tengo que esperar porque a una estúpida plebeya se le ocurre ponerse a parir en mitad de la calle? ¡Que la guardia despeje el camino... que empléen la fuerza si es necesario, pero quiero que nos movamos ya...!

Seenjat, encadenado al palanquín escuchó las histéricas órdenes de la hermosa princesa. No podía creer lo que acababa de oír. Giró la cabeza para mirar y vio a la histérica Mutnoymmé gesticulando. Casia pasó por su lado y al ver que estaba mirando hacia atrás le soltó un tremendo latigazo en la cara produciéndole un profundo corte en una de las mejillas.

―¡Mira al suelo, estúpido, al suelo! – le gritó Casia que ahora ya estaba dando órdenes a las dacias.

En cuestión de escasos minutos las feroces dacias cometieron una carnicería. Entre gritos de pánico de la gente sacaron sus espadas y comenzaron a repartir mandobles a ciegas. Cercenaron varios miembros y la gente huyó despavorida.

En el suelo, estirada, con el bebé recién nacido, aún conectado a la madre por el cordón umbilical, se hallaba la muchacha que acababa de parir. Cener, una de las dacias, los degolló sin piedad, primero a la partera y luego al niño. Dos de las guerreras apartaron los cuerpos sin vida y los porteadores pudieron avanzar.

Seenjat estuvo a punto de vomitar. Avanzó arrastrando los encadenados pies y mirando atónito los cuerpos sin vida, decapitados, de la muchacha y el bebé.

Inconscientemente volvió a girar la cabeza y vio la silueta de Mutnoymmé. No podía creer que no hubiera impedido aquella masacre. Era cierto que la princesa no había dado orden de matar a nadie pero había dicho que emplearan la fuerza. Podía haberlo impedido y no lo había hecho.

Disenk no pudo evitar soltar un contenido sollozo al pasar junto a los cadáveres que ahora yacían a un lado de la calle. La gente estaba postrada en el suelo. Nadie osaba protestar por aquel atropello. Los habitantes de Aden estaban acostumbrados a los continuos desmanes de la familia real.

Mutnoymmé también miró los cadáveres de los que habían impedido el paso de su litera. No se incomodó ni se sintió mal por lo que estaba viendo, ella quería avanzar y desde luego había avanzado, posiblemente las dacias podían haber sido más sutiles, pero no podía negar su eficacia. Luego se acomodó en sus almohadones y olvidando la matanza que acababa de provocar se puso a pensar en qué debía hacer con el pesacador que la había salvado pero que había cometido un buen número de delitos de lesa divinidad. Siguió examinándolo y decidió que era muy apuesto.






***





Seenjat estaba encadenado en las mazmorras de palacio. Mutnoymmé había pedido audiencia a su madre, la reina, para consultarle el caso. Disenk la había bañado, perfumado y vestido y ahora se dirigía a los aposentos reales.

―Disenk... – dijo en voz baja mientras caminaba por los lustrosos mármoles de los pasadizos de palacio.

―Sí mi señora?

―Aún no has bebido nada?

―Nada, mi señora.

―Mientras soy recibida por mi madre puedes refrescarte. Luego quiero que vayas a ver al campesino y encárgate de que beba. Debe estar sediento.

―Sí mi ama.

Disenk abandonó la antesala de los aposentos de la reina y se deslizó sigilosa por el laberíntico palacio. Se detuvo a beber copiosamente y luego caminó hasta salir al exterior. El palacio real era una construcción amurallada en cuyo interior se encontraban además de la edificación principal, otras dependencias, increíbles jardines, un sistema de canales que atravesaban los jardines y que daban a un lago artificial. Dentro del complejo, además de la reina y sus hijos vivían más de mil esclavos, sirvientes y guardias.

Disenk salió a los jardines principales y se escoró a la izquierda bajo la sombra de las palmeras. Siguió caminando con miedo hasta llegar a las celdas. Una guerrera dacia montaba guardia. Disenk se estremeció al verla. Su aspecto feroz se veía ampliado por su indumentaria: casco de cuero liso, sin adornos, coraza de cuero dejando un pecho al descubierto, corto faldellín de malla y altas botas de cuero rematadas por afiladas espuelas. Era conocida la habilidad de las dacias como jinetes y las espuelas en sus botas era una concesión que la reina les había permitido que incluyeran en su vestimenta.

―A donde vas? – la interceptó la guardiana amenazadoramente.

―Tengo encargo de la princesa Mutnoymmé de visitar al prisionero Seenjat.

―Muéstrame la autorización.

Disenk se descubrió ligeramente el hombro y le mostró a la guardiana la marca de propiedad de la princesa.

Las esclavas personales de los miembros de la familia real tenían el paso franco a cualquier instalación de palacio y podían dar órdenes en nombre de sus amas sin necesidad de llevarlas por escrito. Nadie se atrevía a poner a prueba la veracidad de aquellas órdenes para no tener que probar la cólera de las princesas, así que la dacia le franqueó el paso.

Disenk avanzó por el pasillo en penumbra. A ambos lados había celdas y muchas estaban ocupadas. De algunas de ellas salían gemidos que movían a la compasión. Disenk se detuvo ante una de las celdas en la que vio a una muchacha nubia colgada de los pies. Tenía el cuerpo marcado a latigazos. Un charco de sangre en el suelo. El cabello largo se apoyaba en el suelo y se mojaba en su propia sangre. A Disenk se le encogió el estómago. La muchacha, que se balanceaba al extremo de la cadena vio a la esclava icta y murmuró algo incomprensible. Disenk le vio los labios. Los tenía reventados y le faltaban varios dientes.

Disenk se marchó angustiada. Apretó el paso y se acercó a una de las carceleras. La custodia de las celdas de palacio estaba bajo control de las guerreras dacias.

―Soy esclava personal de la princesa Mutnoymmé – le dijo Disenk mostrándole la marca en su hombro izquierdo que le abría todas las puertas – quiero ver al prisionero llamado Seenjat y también quiero que se me traiga un odre con agua.

La dacia le abrió la celda en la que se encontraba Seenjat. El muchacho estaba atado. No había sido maltratado pero era evidente que necesitaba reponer su balance hídrico. Disenk se le acercó y lo miró. Era muy guapo. Tenía el cabello rojizo y la tez pecosa aunque bronceada por la constante exposición al sol. No tenía las características típicas de un arcediano.

―Tú eres Seenjat, no? – preguntó la esclava.

―Sí... a ti te he visto caminando al lado de la litera de la princesa...

―Soy Disenk, esclava personal de su alteza real la princesa Mutnoimmé, mi dueña y señora.

―Vienes a torturarme de su parte? Parece que haberle salvado la vida por dos veces no es motivo suficiente para olvidar que le he visto las tetas...

―¡Cierra la boca, insolente! ¿Cómo te atreves a hablar así de su alteza real?

La guardiana entró con un odre lleno de agua fresca y una jofaina que depositó en una mesilla.

―¡Desátalo!

La dacia vaciló. Los prisioneros debían permanecer encadenados a todas horas salvo orden especial de alguna de las princesas o de la propia reina. Recordó que Disenk hablaba por boca de la princesa, o así lo debía creer. Desató al prisionero y abandonó la celda.

Seenjat se frotó las muñecas. Le dolían los hombros de haber transportado la litera de Mutnoymmé. Desperezó sus miembros y se acercó al odre. Disenk le golpeó la mano.

―¡Beberás cuando yo lo diga!

―¡Vaya con la esclava! – se exclamó Seenjat que apartó la mano.

―En estos momentos la princesa debe estar debatiendo con la reina tu futuro, pero creo que no va a ser demasiado halagüeño... has cometido un montón de tonterías...

―¡Venga ya...! ¡Cuando uno salva a alguien de morir no puede entretenerse en respetar los protocolos... deberías saberlo...!

―Lo que yo sepa o piense no tiene ninguna importancia. Dependes de lo que decida la princesa, o la reina. Dime una cosa... qué hacías en aguas reales?

―Yo no sabía que lo eran. Era la primera vez que venía a esta zona. No había guardias, ni indicación de que estuviera prohibido pasar. Me instalé en mi barca a pescar... y al parecer pesqué un pez demasiado gordo para mi sedal – dijo en referencia al anzuelo que se había clavado la princesa. Puedo beber ya?

―Sí, bebe... y refréscate.

Seenjat bebió hasta saciar su sed. Luego echó agua en la jofaina y se refrescó el rostro y las muñecas.

―De dónde eres?

―Soy hijo de una arcediana y su esclavo. Mi padre es britano y fue hecho esclavo por una joven guerrera que se lo quedó como botín de guerra. Luego se casó con él. Vivimos al sur de Aden, varias millas río abajo, entre Karmos y Asuat. Mi madre posee dos fanegas de tierra y de eso vivimos. Yo ayudo a mi padre en el campo y cuando no me necesita pesco para comer.

―Así que eres hijo de un esclavo... y además extranjero... ahora entiendo el extraño color de tu cabello y tu tez más pálida de lo habitual.

―Sí, pero yo no soy esclavo... soy arcediano... como sabrás la esclavitud la transmite la madre y mi madre es una ciudadana libre.

―Yo no apostaría demasiado a que tú sigas siéndolo cuando la reina y la princesa hayan terminado de deliberar.

Disenk llamó a la carcelera y abandonó el recinto. A Seenjat lo volvieron a encadenar, pero esta vez, por orden de Disenk lo colgaron de los pies.

―Cortesía de la princesa – se despidió Disenk dejando creer a Seenjat que aquello era una orden de Mutnoymmé.

Disenk llegó a los aposentos de su señora. Mutnoymmé ya estaba allí.

―Porqué has tardado tanto? – le espetó nada más verla – he tenido que buscarme a esa estúpida y me ha puesto de los nervios. Llévatela y que la azoten... quiero que le peguen fuerte... entendido?

―Sí mi señora.

Disenk se acercó a la niña nubia que estaba arrodillada en un rincón y lloraba con desconsuelo.

―Anda, deja las sandalias de la princesa y ven conmigo... – le dijo Disenk dándole la mano a la negrita.

Disenk abandonó las lujosas estancias de la princesa y ésta que estaba medio desnuda se arrojó sobre su cama. La negrita seguía llorando. Disenk tenía el corazón destrozado. Sentía auténtica devoción por su ama pero no podía acostumbrarse a su despótico carácter, y eso que no era la peor de las princesas.

Llegaron ante Casia y Disenk se la entregó. Miró a la niña nubia con el corazón compungido cuando la agarró con violencia Casia.

―La princesa Mutnoymmé quiere que la azotes.

―Te ha dado más instrucciones?

―Sí, que no te pases... con diez latigazos bastará. Después mándala a algún servicio que no tenga que verla su alteza, al menos por un par de meses – dijo Disenk con aplomo, rezando para que la circasiana se tragara lo que acababa de inventarse.

Casia no cuestionó lo dicho por Disenk y ésta regresó a los aposentos de su señora. Acababa de jugarse la vida por aquella pequeña. Si la princesa llegaba a enterarse de lo que había hecho nada ni nadie podría salvarla de su cólera.

―¡Desnúdame, Disenk! – le ordenó Mutnoymmé cuando la vio entrar.

Disenk le quitó el faldellín, que era la única pieza de ropa que la cubría. Para ello tuvo que levantarle el culo porque Mutnoymmé seguía echada en la cama. Luego la descalzó.

―¡Hazme un masaje en los pies!

―Sí mi señora – contestó arrodillándose y tomando entre sus manos los bellos pies de su ama comenzó a frotárselos.

―Has visto al campesino?

―Sí ama, le he dado de beber. Es un muchacho especial... y muy guapo, si me lo permites.

―Sí, sí lo es... y muy insolente... qué has averiguado? Porque estoy segura de que le has interrogado, no es así?

―Poca cosa mi señora. Sé que es arcediano. Es hijo de una plebeya arcediana y de un esclavo britano. Ayuda a su padre a labrar las pocas fanegas de tierra que tienen cerca de Asuat y en sus ratos libres pesca para ayudar a su familia. Desconocía que se hallara en tu coto privado, alteza.

―No está mal... eres una buena investigadora – le dijo Mutnoymmé que se había incorporado y la miraba apoyada sobre los codos y sonriéndose.

Disenk la miró un momento por encima de los dedos de los pies que le estaba masajeando y se ruborizó. Mutnoymmé le acercó uno de los pies a la cara y le posó la planta sobre el rostro, en un gesto cariñoso. Disenk se la besó.

―Puedo preguntarte, mi señora, si ya has decidido qué hacer con él?

―No te he dicho nunca que eres un poco chismosa?

―Perdóname mi señora... no pretendía serlo... – respondió Disenk temerosa de haber hecho enfadar a su ama.

Disenk besó repetidamente la planta del pie que Mutnoymmé seguía manteniendo sobre su cara por si la princesa se había molestado con su pregunta. Disenk había de ir con cuidado en su relación con la princesa. Era su esclava desde el mismo momento que nació. La reina Nefer, cada vez que había quedado en cinta había mandado que preñaran a una esclava cuyo fruto sería regalado al hijo o hija que pariese la reina.

Cada una de las princesas tenía su propia esclava de nacimiento. Estas esclavas tenían una relación con sus amas muy especial. El hecho de pasarse toda su vida sirviendo a sus amas desde bien pequeñas generaba unos lazos afectivos especiales. Pero las princesas eran seres muy especiales. Entre ellas y sus esclavas personales se había fomentado una relación que en ocasiones podía parecer poco definida pero la realidad decía que aunque se tuvieran confianza unas eran las amas y otras las esclavas y éstas no debían olvidar nunca que lo eran.

Este momento era uno de esos delicados, en el que la pobre esclava se encontraba en el filo de esa relación que por momentos parecía devenir ambigua. Mutnoymmé la estaba riñendo pero el tono empleado sugería que la regañina era más bien amable, pero Disenk no podía interpretar en clave de broma lo que su ama le decía. Por el tono y los gestos que acompañaban la reprimenda podía inferir que no corría peligro pero a ella no le estaba permitido suponer nada, tan sólo debía someterse, que era lo que estaba intentando demostrarle a la princesa besándole los pies. Sólo a la princesa le era dado decidir hasta qué punto iba a ser benévola.

―Le he expuesto el caso a la reina pero a ti no tengo que darte explicaciones.

―Desde luego, alteza... vuelvo a suplicar tu perdón por mi osadía... discúlpame mi señora.

Mutnoymmé volvió a aplastarle la cara con la planta de su pie, pero al hacerlo se rió con franqueza. Disenk supuso que la princesa había estado jugando con ella y no iba a castigarla por su atrevimiento.

―Eres tú muy listilla, me parece que tendré que hacerte azotar para que dejes de ser tan chismosilla... – le dijo riendo a la vez que volvia a aplastarle, sin hacerle daño, los labios con la planta del pie.

Disenk se ruborizó y suspiró aliviada. Ella adoraba a Mutnoymmé, estaba absolutamente enamorada de su dueña. Incluso disfrutaba cuando podía estar a solas con su ama y ésta la hacía partícipe de sus problemas, de sus pensamientos, de sus decisiones. Se sentía valiosa para su señora, aunque como en esta ocasión no obtuviera la información que deseaba conocer.

―¡Venga, báñame...! ¡Después me vestirás y me traerás a mi nuevo esclavo!

Disenk se sonrió. Le acababa de comunicar la decisión que había tomado. El guapo campesino iba a ser el esclavo de su alteza real la princesa Mutnoymmé, y le agradaba aquel muchacho. Lo sentía por él, a nadie le gusta ser esclavo, pero Disenk estaba convencida de que la vida del joven no tenía porque ser, si sabía ganárselo, como la de los demás esclavos.





***





Seenjat estuvo varios minutos a punto de desmoronarse cuando lo descolgaron de las cadenas. Había pasado muchas horas colgado boca abajo y además no había comido nada desde las seis de la mañana, un vaso de leche, media rebanada de pan duro y una pieza de fruta. Ahora sentía sus tripas roncar, la cabeza le daba vueltas y le dolía todo el cuerpo. Estaba débil.

Disenk lo contemplaba con un cierto remordimiento. Había sido idea de ella que lo colgaran boca abajo. Pensó que no debía haber hecho aquello, pero ya estaba hecho. Lo miró sentada en el catre de la celda mientras él se ponía su sucio faldellín. Seenjat buscó sus sandalias bajo el catre en el que estaba sentada Disenk.

―Puede saberse qué estás buscando? – le preguntó Disenk poniéndole la planta del pie descalzo frente a la cara.

―Mis sandalias... esclava – Seenjat pronunció esta última palabra con desprecio, como para herir a Disenk, pero ésta se limitó a reír.

―No las busques, quedaron en la barca... además, ya no necesitarás llevar calzado alguno... por si no lo sabías los esclavos tienen prohibido calzarse.

Ahora fue Disenk quien pronunció la palabra «esclavos» con desprecio.

―Ya te he dicho que yo no soy esclavo. La condición de esclavo la transmite la madre y mi madre es una arcediana, como yo.

―Vale... vamos. No hagas perder más tiempo a la princesa. Te está esperando y suele tener muy mal esperar.

Disenk se levantó y echó a andar sin esperar a Seenjat. El muchacho reaccionó y siguió a la esclava de la princesa. Caminaron por los lujosos pasillos de palacio donde por todas partes se veían esclavas nubias arrodilladas sacando brillo a los suelos.

―Qué has querido decir con eso de que ya no necesitaría mis sandalias – le preguntó Seenjat acelerando el paso hasta ponerse a la altura de Disenk.

―¡Shsssst! – le chistó Disenk llevándose el dedo índice a los labios indicándole que se callara – ¡ya hemos llegado! Ahora entraremos y los dos nos postraremos en el suelo. Si la princesa se acerca a ti lo suficiente tienes que besarle los pies. Si te llama te desplazas de rodillas, sin levantar la cabeza, y al llegar donde se encuentre le besas los pies, y no separas tus labios de sus pies hasta que ella te autorice.

Las dos guardias dacias que custodiaban los aposentos de Mutnoymmé se hicieron a un lado y Disenk abrió la robusta doble puerta de madera negra tallada. Penetraron en el interior de la lujosa estancia y ambos se arrojaron al suelo, con la cara pegada contra el mármol reluciente.

Mutnoymmé estaba acomodada en su silla de brazos. Se había hecho vestir y acicalar con elegancia. Lucía su corona de diamantes, el medallón del sol de oro colgaba en su pecho y sus manos estaban cubiertas de anillos. Las uñas de sus manos y de sus pies habían sido pintadas con esmero. Una niña nubia, parecida a la que antes había mandado azotar, permenacía en el suelo echa un ovillo para que la princesa descansara sus pies sobre su espalda.

―¡Acércate campesino! – se escuchó su voz clara por toda la estancia.

Seenjat, siguiendo las instrucciones de Disenk, se puso de rodillas para avanzar a cuatro patas, pero la princesa lo detuvo.

―¡Así no...! – tronó su voz que dejó al joven petrificado – ¡Repta!

Seenjat obedeció. Volvió a estirarse en el suelo y reptó, como lo haría un gusano, sinuosamente, con dificultad porque tenía el cuerpo extremadamente dolorido pero sin quejarse. El cuerpecillo de la niña negra lo detuvo. Seenjat pudo ver las perfectas plantas de los pies de la princesa, cuyos talones tenía apoyados sobre la espalda de la niña, elevarse majestuosas ante su rostro. El esclavo apoyó el rostro en ellas y las besó. Siguió besando las plantas de los pies de Mutnoymmé mientras ésta no le autorizó a que dejara de hacerlo.

―Puedes considerarte un tipo con mucha suerte, campesino – le dijo Mutnoymmé mientras Seenjat seguía besándole los pies puesto que no le había autorizado a dejar de hacerlo – la reina se hallaba inclinada a condenarte a morir despellejado y asado vivo que es la muerte destinada a los que cometen crímenes de lesa majestad, confiscar las propiedades de tus padres, ahorcar a tu padre y reducir a la esclavitud a tu madre, pero el hecho de que me hayas salvado la vida por dos veces la ha hecho reconsiderar el castigo. Ha salvado a tus padres y te ha condenado a morir decapitado. Es una muerte noble... no te parece, campesino? – Mutnoymmé hizo una ligera pausa pero prosiguió antes de que al pobre Seenjat se le ocurriera decir lo que en aquellos momentos pasaba por su cabeza – Pero no temas, no vas a morir.

»Le he hecho ver a la reina que si no te hubieras arrojado al agua para matar a la serpiente yo estaría muerta y tú habrías podido marchar sin ningún problema. Mis guardias ni se habrían enterado hasta que hubieran hallado mi cuerpo, y eso si es que quedaba algo de él. En consecuencia tu muerte me parecía, cuando menos, injusta. La reina se ha avenido a mis argumentos y ha accedido a perdonarte la vida. Pero la reina considera que debes ser castigado por los delitos que has cometido. Le he propuesto que fueras desterrado pero la reina se ha negado. Eso de que me hubieras pescado con tu anzuelo la ha irritado mucho... a decir verdad a mí también. Finalmente la reina ha decidido reducirte a esclavitud de por vida, o sea que ahora eres mi esclavo. Qué te parece? Has tenido suerte, no? Ahora me debes la vida, estamos en paz.

―Creo que tú, alteza, tienes ventaja en este juego. Es cierto que te debo la vida pero no estamos en paz, al parecer yo te la deberé el resto de mi vida porque siendo tu esclavo mi vida sólo te pertenece a ti – le contestó Seenjat que se consideraba injustamente tratado.

Mutnoymmé le había hablado muy distendida, casi parecía divertirse con la indignación de su esclavo. Seenjat no había dejado de besarle los pies mientras le había contestado pero a todas luces se había tomado la libertad de decir lo que pensaba y eso un esclavo no debe hacerlo bajo ningún concepto, es una cuestión de orden ya que un esclavo no tiene libertad alguna.

―Sigues siendo un deslenguado e insolente. En primer lugar no se trata de ningún juego, así es la vida, necio. En segundo lugar a cualquier otro esclavo que me hablara como tú lo has hecho le haría arrancar la lengua pero como hoy me siento benévola me conformaré con que seas azotado. ¡Disenk... llévatelo a Casia y dile que le dé treinta latigazos! Después que me lo traigan. ¡Fuera de aquí! – le gritó a Seenjat golpeándole la cara con el talón de su pie descalzo.

El joven campesino sintió el dolor intenso en su nariz por el golpe recibido y se postró en el suelo. A decir verdad, siendo un esclavo como ahora era, tenía suerte de que su ama sólo mandara que le dieran treinta latigazos.

Disenk se levantó del suelo y se llevó a Seenjat agarrándolo de un brazo y tirando de él con fuerza. El esclavo se levantó y ambos se retiraron caminando de espaldas con el cuerpo doblado en una reverencia.

―¡Estás loco... hablarle así a la princesa! ¿Pero es que quieres que te haga deshollar vivo?

―¡Ojalá... al menos acabarían de una vez mis problemas!

―¡No seas estúpido, Casia podría torturarte durante días y seguirías vivo! Entiende de una vez que ahora eres un esclavo. Creo que tendré que enseñarte a comportarte si no quieres pasarte el resto de tu vida en la sala de torturas.

Seenjat casi hubiera preferido la muerte, lenta o rápida, le daba igual. Antes morir que vivir esclavo el resto de su vida, aunque fuese el esclavo de aquella hermosa criatura.

Disenk lo entregó a Casia con las órdenes de la princesa y se marchó. Regresó a los aposentos de Mutnoymmé para seguir sirviéndola.

―Qué te ha parecido el campesino? – le preguntó a Disenk la princesa.

―Creo que no está hecho para ser esclavo, mi señora. Tiene determinación y me parece de buenos sentimientos.

―Has preparado tú mi cena?

―Sí mi señora... nunca dejo que lo haga nadie más – respondió Disenk que le estaba sirviendo la comida en sus aposentos.

―Haz venir a la nubia para que la pruebe.

Disenk le hizo una reverencia y luego hizo una señal a la esclava negra que permanecía de rodillas en un rincón. A Disenk le dolía que su señora no se fiara de ella. Siempre se encargaba personalmente de supervisar, cuando no de preparar ella misma, las comidas de su ama y ésta, así y todo, hacía que una esclava probara los alimentos por desconfianza.

La niña nubia se postró en el suelo a los pies de Mutnoymé. Ésta seleccionó algunos trozos de cada uno de los platos y los arrojó al suelo.

―¡Come! – le ordenó secamente y con el pie le acercó la comida que había tirado al suelo.

Mutoymmé esperó un poco a ver si a la negrita le pasaba algo y al ver que seguía igual, incluso más feliz por haber podido llenar un poco su estómago con comida de calidad, se puso ella a comer.

―Dile a la negrita que se quede donde está, que me descalce y me bese los pies mientras como... me relaja.

Disenk permaneció de pie, al lado de su ama mientras ésta comía con apetito y la niña nubia le besaba los pies bajo la mesa.

―Comprendo que le duela tener que ser esclavo, pero no le queda más remedio que someterse – comentó Mutnoymmé – cuando lo traigan llévalo a que lo curen, mañana decidiré qué hago con él.






***






Seenjat estaba limpiando los caballos de la princesa. Hacía un mes que había salvado dos veces en el mismo día a la princesa de morir y el premio había sido verse reducido a esclavitud perpétua. No acababa de creerse que fuera un simple esclavo. Nunca había envidiado nada ni a nadie, para él lo único importante era la libertad. Había aprendido a amar la libertad viendo a su padre, a su amado padre, sometido a esclavitud. Desde pequeño que recordaba a su padre sometido a su madre. Incluso su hermana Anmira sometía a su pobre padre. Seenjat era el único que parecía demostrarle su amor y su afecto.  Trabajaba codo con codo con él en el campo y le ayudaba en casa pues era el esclavo el que también había de ocuparse de las labores domésticas.

Cuantas veces Seenjat había implorado a su madre o a su hermana que perdonaran a su padre por no haber podido cumplir todas las tareas que le ordenaban. Seenjat se solidarizaba con su padre y le ayudaba en muchas cosas pero había momentos en que el joven Seenjat lo abandonaba para hacer lo que más le gustaba, como por ejemplo salir de pesca, y entonces su padre no podía con todo y por ello era castigado.

A pesar de que su madre y su hermana eran muy duras con su padre, Seenjat las quería, las amaba y por eso aún le dolía más que fuesen tan duras y muchas veces injustas con su pobre padre.

Ahora, mientras se ocupaba de cuidar los caballos y el carro de combate y de mantener limpias las botas y el equipamiento de amazona de su ama, Seenjat no dejaba de pensar en su padre al que recordaba trabajando en casa cuando los demás dormían para tener limpios los vestidos de su esposa y de su hija. Muchas noches se había despertado Seenjat de madrugada y veía a su padre que acababa de pulir las sandalias de su esposa y de su hija y después de dejarlas a los pies de sus divanes se iba a dormir unas pocas horas antes de volver a empezar una durísima jornada de trabajo.

Seenjat había sido encargado del cuidado de la cuádriga de la princesa, incluyendo las yeguas árabes y el carro, tenía a su cuidado el equipamiento militar de su ama, casco, coraza, botas, espada, malla... estaba adscrito al servicio de porteadores de la litera de su dueña y además era el encargado de limpiarla tras su utilización y por último, imaginaba que para completar la humillación, le había encomendado la función de letrinero, es decir, diariamente debía recoger el orinal de su alteza, vaciarlo y limpiarlo y devolverlo a su sitio. Todo junto no era un trabajo agotador, al menos no era tan fatigoso y demoledor como era el de su padre pero como él, al menor error, era castigado con el látigo.

Disenk se acercó a la caballeriza donde pasaba la mayor parte del tiempo. Seenjat odiaba a Mutnoymmé. Reconocía su impresionante belleza e inteligencia pero la odiaba por que consideraba injusto que lo hubiera hecho su esclavo después de salvarle la vida. Sin embargo Disenk le caía bien.

―La señora saldrá en su litera dentro de una hora. Está ya limpia?

―Sí, es lo primero que he hecho – le contestó Seenjat dedicándole una sonrisa a la joven esclava.

Disenk se ruborizó. A ella también le caía bien el campesino rubio, como solía llamarle. A pesar de que vivía completamente enamorada y subyugada por su señora, Disenk sentía gran simpatía, e incluso afecto, por Seenjat.

―Cómo tienes la herida de la marca... ha cicatrizado ya? – le preguntó Disenk acercando cuidadosamente, por miedo a hacerle daño, los dedos a la enrojecida y supurante cicatriz que los hierros candentes le habían producido al ser marcado en el hombro con la divisa de la princesa: una letra «M» coronada por una tiara, símbolo que acreditaba que quien luciera esa marca era de su propiedad personal.

―Ya puedes ver que no. Y no creo que hoy sea el mejor día para que termine de cerrar. Cada vez que tengo que cargar el áspero madero de la litera en el hombro me llaga la cicatriz y se me vuelve a abrir. Así llevo casi un mes y no hay manera de que se me cierre.

―Hablaré con la señora, a lo mejor consigo que te envíe a su médico.

―Con que me liberase de cargar su litera durante un par de semanas se curaría – replicó Seenjat mientras terminaba de lustrar las altas botas de combate de la princesa.

Disenk le miró desaprobadoramente, reprochándole esa mala costumbre de hablar de su señora sin el debido respeto que debía exigirse a un esclavo.

―Esa boca, Seenjat, esa boca... después te quejas si la señora manda que te azoten.

Seenjat le dedicó una sonrisa cariñosa a la pulcra y devota esclava.

―Eso es lo que nos diferencia a ti y a mí, hermosa Disenk. Yo no acepto mi situación, tú en cambio te resignas. Incluso a veces pienso que disfrutas cuando te humilla.

―¡Tonto! – le respondió la esclava sofocando una risita y se marchó.

Seenjat la vio alejarse con su paso rápido pero comedido, como intentando pasar desapercibida. Disenk, tal y como había dicho Seenjat, estaba hecha a la esclavitud. Lo que les diferenciaba era que el había nacido libre y amaba la libertad y ella había nacido esclava y había hecho del sometimiento y la servidumbre su estilo de vida. No es que le gustara ser esclava pero no conocía otra forma de vida.

Disenk había aprendido a sobrevivir en una ambiente en el que los esclavos eran seres invisibles, en el que se les exigía cualquier cosa y además debían cumplir con rapidez y eficacia, en el que recibían golpes por el capricho de sus amas, en el que habían de pedir perdón por todo y en el que debían dar las gracias por acabar el día siguiendo con vida.

Disenk había crecido aprendiendo a vivir con angustia, temiendo constantemente las imprevisibles reacciones de su ama, observando el cambiante humor del que ésta gozaba para protegerse. Se diluía en el paisaje, se disimulaba en el entorno para no molestar pero estaba siempre a punto para acudir en auxilio de su señora para solventar su más caprichosa necesidad.

Una hora más tarde cuatro esclavos, entre ellos Seenjat, formaban al lado de cada uno de los palanquines. Un heraldo anunció a la princesa y los cuatro porteadores se postraron en el suelo. Seenjat escuchó a Mutnoymmé irritada riñendo a Disenk por no sabía que problema en sus sandalias. Cuando oyeron el leve crujir de la madera del armazón supieron que la princesa acababa de acomodarse en la litera y los esclavos porteadores se pusieron en pie, listos para cargar sobre sus encallecidos hombros la real carga.

Un latigazo en la espalda de uno de los porteadores delanteros anunció que debían cargar la litera y comenzar a andar. Seenjat iba en la parte trasera. Comenzaron a caminar sobre las ardientes losas del patio en dirección a la salida. A Seenjat le seguían doliendo los pies, no acababa de acostumbrarse a ir descalzo. No entendía porqué a los esclavos no se les estaba permitido calzar sandalias y tenía las plantas de los pies quemadas. En Aden las temperaturas pronto alcanzaban los cincuenta grados.

Desde su posición, Seenjat podía ver a la hermosa princesa a través de las cortinas que se agitaban por el escaso aire que soplaba. Estaba bellísima. No podía entender cómo una muchacha tan bonita podía ser tan arrogante e incluso cruel con sus inferiores.

Mutnoymmé iba cómodamente recostada entre almohadones. Disenk caminaba a su lado llevándole las sandalias. La princesa se giró lo suficiente y pudo ver a su nuevo esclavo. Le hacía gracia que el muchacho pusiera una nota de color pues por tradición  los porteadores eran negros y su piel pecosa y clara junto a su rojiza mata de pelo destacaba entre los ennegrecidos nubios. Seenjat cruzó su mirada con la de su señora y se la aguantó durante más tiempo del prudencial. El esclavo terminó por bajar la vista al suelo, pero había ido demasiado lejos en su insolencia. Mutnoymmé había tomado nota mentalmente de su actitud y estaba dispuesta a hacérselo pagar, pero ya tendría tiempo.

Al salir fuera de las murallas de palacio había una litera esperando a la princesa. Se trataba de la noble señora Ebén, la hija de una poderosa familia de la nobleza arcediana muy amiga de la princesa que aquel día iba a acompañarla en su paseo hasta el río.

La muchacha Ebén y la princesa se saludaron y ambas literas avanzaron una junto a la otra para que las nobles jóvenes pudieran charlar durante el trayecto. Detrás viajaba otra litera cargada con artículos que podían ser necesarios para las dos jóvenes y a pie las seguía un séquito de esclavas dispuestas a hacer a las muchachas la vida más cómoda y placentera.

Seenjat sudaba y además sentía dolor, tanto en las desholladas plantas de sus pies como en la herida del hombro todavía sin cicatrizar producida por el marcado a fuego de la divisa de la princesa. El muchacho contemplaba con rabia a las dos muchachas que charlaban distendidamente mientras eran transportadas por sus esclavos, sin que les importara lo más mínimo el sufrimiento que hacían padecer a estos.

Seenjat sintió una cierta desazón cuando divisó el coto privado del río donde hacía cosa de un mes se selló su destino. Recordó con nitidez la secuencia de los hechos y en su mente trataba de imaginar que hubieran sucedido de manera diferente. Podía haberse marchado tranquilamente dejando a la muchacha ahogarse cuando fue atacada por la serpiente, quien le mandaría arrojarse al agua y, poniendo en riesgo su propia vida, salvarla para luego ser tratado con tanta ingratitud.

Sacudió la cabeza intentando apartar los recuerdos. Por más vueltas que le diera no podía retroceder en el tiempo, y aunque así fuese estaba convencido de que volvería a hacer lo mismo. De hecho, en el momento que tomó la decisión de arrojarse al agua desconocía quien era la muchacha. Pero, lo habría hecho de saber las consecuencias? Tuvo que admitir que sí, que habría actuado de la misma manera porque no fue un acto meditado, fue su reacción natural, espontánea.

Se detuvieron al llegar a la orilla y depositaron la litera en tierra. La niña que servía a la princesa de escabel corrió a estirarse ante el lado de la litera por donde descendería aquélla. Mutnoymmé pisó el cuerpo de la pequeña y descendió. Luego se dirigió a Disenk y le habló al oído.

Disenk le hizo una reverencia y esperó a que la señora y su amiga Ebén se hubieron alejado un poco y se acercó a los porteadores y al resto de esclavos.

―Tenéis permiso de su alteza para refrescaros y beber.... pero sólo cuando las señoras hayan terminado de bañarse... – les explicó a los esclavos – ...todos excepto tú, Seenjat – puntualizó Disenk no sin pesar.

El esclavo cayó de rodillas. Necesitaba beber y echarse agua sobre las ampollas de la quemadura sin curar así como meter los pies en remojo. Miró a Disenk le imploró con la mirada primero, después suplicándole.

―No seas estúpido Seenjat, acaso crees que ha sido una decisión mía? – le espetó Disenk, molesta porque Seenjat la hacía parecer responsable de aquel castigo – ha sido una orden de la señora.

Seenjat tenía ganas de llorar, de rabia, de impotencia, pero decidió no mostrarse débil. Seguro que eso era lo que quería la princesa. No iba a darle ese placer. Se sentó en el suelo con rabia.

―Al menos puedo sentarme? O también molestará a la señora que esté sentado?

―Ya sabes que los esclavos no podemos permanecer sentados en presencia de nuestros amos, pero ahora se están bañando y no creo que te vea. Yo no te lo voy a impedir, pero procura que ella te encuentre de pie cuando salga – le dijo Disenk y se marchó.

Seenjat se sentó. Lo necesitaba. Todos los esclavos estaban a la orilla del río, esperando ansiosos que Mutnoymmé y Ebén salieran del agua. Seenjat las vio, estaban lejos, pero podía distinguir sus figuras e incluso podía oír sus risas. Procuró no sentir odio, más que nada porque siendo esclavo tenía pocas oportunidades de dar salida a su amargura por lo que decidió no acumular más.

Cuando las señoras se acercaban a la orilla todos los esclavos se giraron de espaldas para no mirar sus desnudeces. Desde su posición, Seenjat, podía verlas sin ser visto por ellas. Eran hermosas las dos, sobre todo su ama y señora, lo que contribuía a hacerle más insoportable soportar su desprecio y su crueldad.

Mutnoymmé y Ebén salieron del agua y Disenk y la esclava personal de Ebén acudieron con sendas toallas para secarlas, pero Mutnoymmé la rechazó con un gesto autoritario.

Seenjat vio que las dos muchachas se acercaban donde estaba él. Se puso de pie antes de que lo vieran e inclinó la cabeza profundamente para que resultara evidente de que no estaba mirando sus hermosos cuerpos desnudos.

―Te parece que descansemos en mi litera, Ebén? – oyó Seenjat que la princesa le preguntaba a su amiga.

Seenjat siguió de pie, con la cabeza inclinada y mirando al suelo. Sólo pudo ver los pies cubiertos de arena de las dos muchachas, quienes seguían hablando y actuando como si él no se encontrara allí. Seenjat se sintió como parte del paisaje, un árbol más, una piedra... incluso pensó que formaba parte del mobiliario, como un apéndice de la litera que se veía obligado a transportar.

Pasaron por su lado sin decirle nada. Seenjat no sabía siquiera si lo miraban porque él debía seguir con la vista en el suelo. Escuchó el crujir de la madera cuando los nobles y mojados culos de las dos muchachas tomaron asiento sobre la litera.

―Te apetece que nos sequemos la una a la otra? – dijo Ebén y dejó escapar una risita maliciosa.

―Tengo los pezones húmedos... – contestó la princesa en tono travieso.

―Y yo el jardín aún más mojado...

―Encharcado...? – se rió Mutnoymmé.

Seenjat se ruborizó. Aquellas dos muchachas estaban diciendo procacidades. Claramente se insinuaban la una a la otra. Iban a gozar sexualmente la una de la otra? Y allí mismo, con él de pie y los esclavos aprovechando para refrescarse?

Para Seenjat no era una novedad que dos mujeres se hicieran el amor. Entre las arcedianas no existían tabúes sexuales, al igual que entre los miembros varones. Los arcedianos no ponía límites al goce sexual y lo buscaban constantemente allí donde les era proporcionado sin importarles el género. Lo buscaban indistintamente tanto entre los de su mismo sexo como en los del opuesto. No había convenciones sociales que reprimiesen las prácticas homosexuales y por tanto no estaban estigmatizadas. En ese aspecto a Seenjat debía pesarle y mucho la sangre britana heredada de su padre pues no veía bien tales prácticas aunque las toleraba en los demás.

Seenjat no pudo evitar lanzar una furtiva mirada de reojo hacia la litera. Su señora y Ebén se estaban besando en los labios. Pudo ver que los pies de ambas se apretaban contra el suelo arenoso, hundiéndose por la fuerza que hacían debido a lo forzado de su postura. Seenjat se sintió enrojecer cuando vio entre los labios de las dos jóvenes se desarrollaba una intensa batalla de lenguas. Él se hallaba con la cabeza inclinada pero la tenía levemente ladeada y ahora miraba fijamente la escena voluptuosa que se desarrollaba. Se quedó como hipnotizado contemplándolas.

―¡Qué miras estúpido! ¡La vista al suelo! – oyó que le gritaba Mutnoymmé que al abrir los ojos lo había sorprendido mirándolas.

Seenjat movió rápidamente la cabeza y se quedó en la posición que debía estar, con los ojos clavados en el suelo.

―Es guapo tu esclavo, Mutnoymmé – dijo Ebén cuando separó sus labios de la princesa y se quedó mirando al apabullado Seenjat – no parece arcediano.

―Al parecer es hijo de una arcediana y de un esclavo extranjero. Es un insolente. Es la segunda vez que hoy le sorprendo mirándome. Creo que después lo azotaré... querrás ayudarme? – le preguntó poniendo una voz mimosa y sensual al tiempo que volvía a acariciarle los labios con los suyos.

Las dos muchachas olvidaron al esclavo y se abrazaron. Momentos después levantaron las piernas y se dejaron caer al interior de la litera, sobre los cómodos almohadones que la tapizaban. La arena que llevaban en los pies se desparramó por el interior del habitáculo de la litera pero a las muchachas no les importó porque ya estaban en pleno frenesí sexual.

Seenjat permaneció de pie, con la cabeza exageradamente inclinada por espacio de casi una hora, tiempo durante el cual no dejó de oír cómo gemían ni de escuchar el ruido de sus labios al sorberse ni el de sus cuerpos al rozarase y retozar.

Seenjat no se atrevió a volver a mirar pero los ruidos que le llegaban del interior de la litera eran tan expresivos y significativos que pudo prescindir de sus ojos para saber qué ocurría en el caldeado habitáculo real.

Los cuerpos de ambas muchachas estaban abrazados y se revolcaban sobre los cojines. Se amaban, se besaban, se tocaban, jadeaban, gemían y sudaban. Al cabo de un buen rato los gemidos de ambas se tornaron gritos de placer que llegaron a oídos de los esclavos que permanecían en el agua, púdicamente situados de espaldas a la playa.

Seenjat estaba abochornado y a la vez excitado por el espectáculo que ofrecían las dos muchachas a medio metro de donde él se encontraba. Tras los gritos volvieron los jadeos y los cuerpos se separaron, quedando derengados sobre los almohadones.

―¡Oh, Mutnoymmé..., dios mío, fíjate cómo hemos puesto de piedrecillas y arena toda la litera. Están los cojines sucios... está todo lleno de arena...! – dijo Ebén una vez recuperado el resuello y la calma tras la imponente descarga sexual que había precedido.

―¡No te preocupes! Los esclavos lo limpiarán – respondió la princesa sin dejar de estirar sus miembros.

―A los que les toque les espera un buen trabajo – se rió Ebén.

―Sí... alguno va a dormir poco esta noche – repuso Mutnoymmé que sabía que era Seenjat el que tenía asignada la tarea de limpiar la litera.

Ebén y la princesa salieron de la litera y Disenk y Keké, la esclava de Ebén, corrieron a vestirlas con sus cortas túnicas y el faldellín blanco plisado, los ropajes que habían custodiado mientras sus amas habían permanecido desnudas.

Los esclavos, una vez que la princesa y Ebén estuvieron visibles salieron del agua. Estaban todos satisfechos por haber podido refrescarse y gozar del agua fresca durante tanto tiempo. El único que estaba al borde de una insolación era Seenjat, que aún seguía de pie, con la cabeza muy inclinada.

El ardiente sol le quemaba la espalda y le hacía rabiar la cicatriz abierta de la quemadura. En el viaje de regreso Mutnoymmé se instaló en la litera de su amiga porque la suya estaba sucia y llena de piedras y arena.

Al llegar a palacio Seenjat se hallaba enfermo. Tenía fiebre. Nada más llegar a las caballerizas se puso a limpiar la litera.

Mutnoymmé marchó con Disenk y dos de sus esclavas nubias a sus aposentos. Allí Disenk la bañó y la acicaló. Después Mutnoymmé se recostó en el diván para descansar. Ordenó a Disenk que le acariciara los pies para relajarse.

―¡Disenk...! después de que me hayas servido la cena, a la hora en que los esclavos se retiran a dormir, quiero que vayas a ver a Casia y le digas que azote a mi campesino. Diez latigazos... pero fuertes...

―Sí mi señora – contestó Disenk apenada.

―Quiero que te quedes a presenciar el castigo, después me explicas cómo ha ido.

Disenk, al ponerse el sol y caer la oscuridad de la noche sobre palacio abandonó los aposentos de su señora y fue a cumplir sus órdenes. Cuando se presentó con Casia en las caballerizas la litera estaba reluciente y Seenjat se hallaba en el suelo, inconsciente. Disenk se arrodilló a su lado y le tocó la frente y la espalda.

―¡Está ardiendo! ¡Debe tener muchísima fiebre!

―Ayúdame a levantarlo, lo ataré en ese pilón – dijo Casia.

―¡No! ¡Si lo azotas lo matarás!

―Ese no es mi problema... ¿qué ha ordenado la princesa?

―Sé perfectamente qué ha ordenado pero no hagas nada. Quédate aquí. Iré a decirle que más que unos latigazos lo que éste desgraciado necesita es un médico. Lo ha tenido horas y horas de pie al sol, sin beber, sin permitirle refrescarse y ha cargado con la litera. Y además ya la ha limpiado. Este muchacho está enfermo. Espérame aquí.

Casia gruñó algo indescifrable pero se quedó contemplando el exahusto cuerpo tendido sobre la paja del esclavo.

―Ya estás aquí, Disenk? Cuéntame, ha dicho alguna insolencia el esclavo? Cómo ha quedado después de los latigazos? – le preguntó una animada Mutnoymmé.

―Mi señora, perdóname... pero aún no ha sido azotado – empezó a decir Disenk pero la princesa la cortó de malos modos.

―¡Pero cómo te atreves! ¡Cómo osas desobedecer mis órdenes! ¡Quien te has creído que eres! – le vociferó al tiempo que saltaba del diván y pisaba sin miramientos a la esclava nubia que permanecía tendida a sus pies.

Disenk, con todo el tacto y toda la humildad de la que era capaz le contó el estado en que se encontraba Seenjat y le dijo que no había desobedecido, sólo había venido para saber si debía procederse al castigo a pesar del estado de gravedad que presentaba el pobre campesino.

―¡Qué pasa Disenk... ahora tengo que confirmarte mis órdenes? Si digo que sea azotado lo que tienes que hacer es velar porque se cumplan mis deseos, no preguntarte si voy a cambiar de idea. Regresa y vuelve para decirme que tiene la espalda cuarteada por los latigazos!

―Sí mi señora – respondió Disenk arrojándose a los pies de Mutnoymmé y besándolos para aplacar su furia.

Disenk marchó desconsolada. Le dijo a Casia que procediera y la guadiana esbozó una sonrisa despectiva. Primero Casia, uno vez hubo tenido atado al esclavo lo despabiló haciéndole oler amoniaco. Seenjat, colgando de los brazos vio a Disenk con los ojos vidriosos por la fiebre. Gritó débilmente a cada latigazo. Disenk se tapó el rostro al ver cómo se iba abriendo la carne de la espalda de Seenjat y comenzaba a manar sangre que resbalaba por sus piernas hasta caer al suelo y acabar formando un charco al terminar el castigo.

Casia marchó tan tranquila cuando hubo terminado su trabajo y Disenk se quedó para descolgar a Seenjat. Lo colocó boca abajo y salió corriendo en busca de vendas, gasas, agua de alcohol y un par de hojas de coca que consiguió de la buena de Anekén, una esclava siriana que hacía las funciones de médico de los esclavos. Anekén le hizo jurar que eran para su señora pues el consumo de esas hojas que dormían los sentidos estaban prohibidas a los esclavos.

Disenk curó como pudo al de nuevo inconsciente Seenjat y finalmente regresó con su señora. Mutnoymmé esperaba su regreso y Disenk, postrada en el suelo, le explicó con pelos y señales cómo había transcurrido el castigo, omitiendo, evidentemente, todo lo relativo a lo que había hecho tras la marcha de Casia.

Mutnoymmé, cuando Disenk hubo terminado el relato, pareció no sentirse demasiado orgullosa de lo que había hecho, pero su soberbia y su arrogancia no le permitieron mostrar piedad. Ordenó a Disenk que la desnudara y se tendió en la cama. Disenk le deseó buenas noches, desenrolló su esterilla y se estiró a los pies de la cama de su ama para dormir. Una de las nubias dormía sobre el felpudo de la puerta de entrada de los aposentos de Mutnoymmé.







***





Seenjat se recuperó del tremendo castigo. No fue la cantidad de latigazos lo peor del castigo si no la intensidad con la que azotaba Casia y sobre todo el estado febril en el que se encontraba en el momento de recibirlos, consecuencia del agotamiento, la insolación, el cansancio y la deshidratación que padecía.

Disenk convenció a Mutnoymmé para que autorizara unos días de recuperación para el esclavo.

―Tengo la impresión de que ese insolente campesino te gusta – le dijo Mutnoymmé a su fiel Disenk cuando ésta le suplicó a la mañana siguiente al castigo que autorizara que Seenjat fuese atendido.

Disenk enrojeció. Ella sólo tenía ojos para su señora pero eso no podía confesarlo, aunque lo cierto era que el muchacho pelirrojo le gustaba. Le gustaba su determinación, su obcecación en mantenerse digno cuando a ojos de las amas los esclavos carecían totalmente de dignidad por el mero hecho de ser esclavos.

Disenk respondió a la pulla de su ama, lanzada de buen humor, besándole los pies.

―A lo mejor un día de estos te dejo que retoces con él, a ver si así te preño y me das un nuevo esclavo – le dijo Mutnoymmé dejando una carcajada mientras Disenk, que seguía besándole los pies, se estremecía sólo de pensar en quedar embarazada

En palacio se hablaba mucho de las incursiones bárbaras en las fronteras del reino. Se comentaba la necesidad de dar un golpe de mano fuera de las fronteras y castigar duramente a los osados bantús para que dejaran de ostigar las fronteras de Arcedia.

El pueblo bantú, de rasgos claramente orientales, hacía unos pocos años que se había instalado al sur de Arcedia y a pesar de que tributaban a la reina Nefer no habían sido reducidos a la esclavitud como se había logrado hacer con los otros pueblos fronterizos. Lo cierto era que no se había intentado seriamente debido a la complacencia de los arcedianos, propia de una civilización muy avanzada que se creía muy superior. Las últimas noticias llegadas de la frontera sur exasperó a la reina.

Mutnoymmé, que asistía con sus hermanas y con los generales más destacados del ejército al consejo del reino, una vez terminada la reunión pidió audiencia para hablar con su madre.

―Majestad, déjame mandar un cuerpo de ejército integrado por Dacias. Estas mujeres no tienen miedo y son extremadamente crueles. Las he visto degollar a una partera y a su bebé recién nacido porque interrumpían el paso de mi litera. Es necesario castigar a los bantús y estoy convencida de que con las dacias les daremos un gran escarmiento. Te prometo regresar victoriosa y traerte cientos de esclavos.

La reina le dijo a su hija que se lo pensaría. Sabía que Mutnoymmé, de sus tres hijas, era la que con más interés se tomaba las cuestiones militares. Meritatem, la mayor y a la que por edad le correspondería una iniciativa como aquella, ya había cumplido los 18 años, tan sólo se preocupaba por la moda, por los vestidos y por las fiestas de palacio y asistía al consejo del reino porque era su deber pero se la veía aburrida tratando temas de estado. Mekén era aún muy joven, tan sólo 14 años, y si bien sí se interesaba por las cuestiones de estado lo único que la complacía era asistir con su madre la reina a la sala de los juicios. La reina le dejaba impartir justicia y la pequeña Mekén disfrutaba dictando sentencias que escandalizaban por su inusitada crueldad.

En cambio Mutnoymmé se entrenaba muy a menudo y la había oído discutir de tácticas militares con sus generales. Por otro lado ya tenía dieciséis años, a punto de cumplir diecisiete, ya no era ninguna niña y bien podía darle una oportunidad. La reina confiaba en su hija para que la sucediera y una campaña militar ganada le conferiría gran popularidad.

Semanas después la reina, después de haber hablado con las comandantes dacias y de haberlas amenazado con los más espantosos tormentos si la princesa no regresaba de la incursión sana y salva, le comunicó a Mutnoymmé su autorización.

―¡Disenk, Disenk...! ¡Vamos a la guerra! ¡Voy a a comandar un ejército de dacias, Disenk! ¡Marchamos en un mes! ¡Tienes que prepararlo todo para el viaje...! – le dijo Mutnoymmé a su esclava nada más regresar de la audiencia con la reina.

Disenk no se tomó con el mismo entusiasmo que su señora la noticia. A ella la guerra no sólo no la atraía si no que le repugnaba. Sabía que una guerra representaba sufrimiento, hambre, muerte, dolor, y no eran esas las cosas que la podían hacer feliz. Pero evidentemente la esclava aceptó con resignación la alegría de su señora.

Mutnoymmé decidió, durante el mes de preparativos que quedaba antes de la partida, redoblar su entrenamiento con el carro de combate. Disenk le comunicó a Seenjat que debía tener preparado el carro de la señora para el día siguiente.

Aquella mañana Mutnoymmé se despertó con más ligereza de la habitual. La ansiedad que le producía la cercanía de aquella aventura militar la hacía estar más dispuesta.

Disenk había ido a buscar el traje militar de su ama que Seenjat se había ocupado de abrillantar debidamente. El casco, la coraza, el faldellín de malla y las altas botas. Todo brillaba como un espejo.

―Comeré en el campo de entrenamiento, Disenk. Encárgate de todo – le ordenó a su esclava mientras ésta le calzaba las botas.

Mutnoymmé, seguida de Disenk y de tres esclavas nubias, se presentó en las caballerizas. Tenía que escoger a uno de los palafreneros para que llevara su carro. Cuando entró en el recinto sus palafreneros, Seenjat incluido, se postraron en el suelo. Mutnoymmé caminó entre los cuerpos completamente estirados, haciendo resonar los tacones de sus brillantes botas. Finalmente se detuvo ante Seenjat y le tocó la cabeza con su pie.

―¡Tú, campesino...! ¿qué sabes de caballos?

Seenjat le contestó, con la cabeza pegada al suelo, que era un buen jinete, nada más.

―Bien, probaremos contigo. Serás el conductor de mi carro de combate.

Disenk y las tres esclavas nubias, cargadas con la comida de la princesa y otros artículos imprescindibles para su bienestar, siguieron a pie al carro que conducía Seenjat y en el que iba montada la princesa, piernas separadas, pies fijados al suelo y las manos agarradas a las barras laterales del carro.

Avanzaba lentamente por las abigarradas calles de Aden, provocando el caos allí por donde pasaba, siendo aclamada por la gente del pueblo que parecía enardecido al ver a una de sus princesas ataviada para la guerra.

―¡No te detengas, esclavo... piensa que conduces el carro de tu princesa y no debes detenerte por ninguna razón! ¡Sólo yo puedo ordenarte que te pares! – le dijo a Seenjat cuando éste frenó el carruaje porque había una pequeña aglomeración de chiquillos que intentaba ver de cerca de una divinidad.

Seenjat recordó el día que las dacias degollaron a aquella madre con su bebé recién parido y se le hizo un nudo en la garganta al azuzar a los caballos, rezando para que ninguno de aquellos niños se metiera bajo las ruedas del carro.

Por suerte no hubo ningún incidente y llegaron media hora después al campo de entrenamiento.

Mutnoymmé, excitada ante la perspectiva de la aventura de la guerra se entrenó en el tiro con arco, su especialidad, habilidad en la que destacaba con honores. Se dedicó a lanzar flechas estando en movimiento, para lo que Seenjat tuvo que conducir el carro por el campo de entrenamiento, imprimiendo la velocidad que Mutnoymmé le iba indicando.

La princesa, con el arco armado, estaba tensa para no fallar en el blanco y si Seenjat no atinaba con la velocidad que ella quería se enfurecía, lo cual demostraba con una retahila de insultos seguida de numerosas patadas en las piernas.

Seenjat se tuvo que morder los labios en infinidad de ocasiones para no girarse y decirle que se aclarase. En muchas ocasiones el tenía claro que se había limitado a obedecer sus órdenes pero si la princesa fallaba el blanco le hacía a él responsable por no conducir según ella le decía.

―¡Estúpido, tenías que aflojar en esta curva... he fallado por tu culpa! – le dijo en una de las ocasiones en que previamente le había dado instrucciones precisamente de que apretara más a los caballos en dicha curva.

Pasaron varias horas de tensión. Seenjat sudaba y tenía los músculos tensos. La princesa se reveleba una excelente tiradora pero cada vez que erraba el blanco lo insultaba y le golpeaba. Una de las veces que la princesa falló un blanco relativamente fácil mientras un grupo de dacias la observaba, montó en cólera y azotó con el látigo la espalda de Seenjat, hecha una furia.

―¡No me eches la culpa a mí de tus errores, alteza! – le gritó Seenjat sin poderse controlar después de que le golpeara brutalmente con el látigo y le abriese las cicatrices más recientes, las de su último castigo.

―¡Cállate esclavo! ¡No vuelvas a hablarme si no quieres que me haga un colgante con tu lengua! – le gritó totalmente fuera de sí la princesa.

Disenk, que seguía las evoluciones desde un montículo donde habían instalado la tienda de la princesa, se mordió los labios al ver que el campesino se jugaba la vida al replicar a la señora.

Después la princesa se entrenó en la lucha cuerpo a cuerpo, armada con una espada corta y contra una de las guerreras dacias. La muchacha no se empleó a fondo ni mucho menos pues de hacerlo hubiera vencido a su alteza en un abrir y cerrar de ojos.

Pronto Mutnoymmé abandonó las armas cortas, sabía que no era buena y también sabía que nunca tendría que defenderse de aquella manera, pero le gustaba comprobar si avanzaba, ni que fuese sólo un poquito en aquella disciplina que se le resistía.

Cuando el sol estaba en su zenit la princesa decidió hacer un alto para reponer fuerzas. Se dirigió hacia la tienda que le habían instalado en la colina y Disenk salió a recibirla.

―Has estado maravillosa, mi señora... como siempre... – le dijo arrodillándose a su paso.

―¡Cállate, servil aduladora! – le dijo con desprecio Mutnoymmé apartándola con el pie – ¿Has preparado la comida?

―Sí mi señora... – contestó Disenk sin levantarse del suelo, dolida por el trato que le acababa de dispensar.

De todas formas Disenk disculpó a su ama pues sabía que el mal humor era fruto de que no estaba satisfecha de los resultados del entrenamiento.

―¡Voy a bañarme... cuando regrese quiero comer! ¡Dale al esclavo un lienzo para que pueda secarme...! – le ordenó secamente a Disenk y haciendo una seña a Seenjat, que la seguía a cuatro pasos, para que fuera con ella, se dirigió al estanque de uso privado de las princesas que se habían hecho construir para cuando decidían entrenarse.

Mutnoymmé caminaba con paso vivo, levantando polvo con sus botas al caminar. Seenjat se distanció un poco para no tener que tragarse el polvo que su ama levantaba.

Al llegar a la orilla Mutnoymmé se dejó caer al blando suelo de arena y apoyando las manos en el suelo por detrás de la espalda levantó una pierna y le mostró la bota a Seenjat.

―¡Quítame las botas, esclavo! – le ordenó secamente.

Seenjat se arrodilló. Tomó la bota de su ama entre sus manos y se la sacó. Mutnoymmé le tendió el otro pie. Seenjat hizo lo propio con la otra bota. Después la princesa se levantó del suelo.

―¡Desnúdame...! ¡Y no se te ocurra tocarme... ni mirarme...! Entendido?

―Sí mi señora.

Seenjat le quitó el casco, la coraza y la malla metálica del faldellín. Mutnoymmé terminó desnuda. Su hermoso cuerpo emergió más bello que nunca, perlado de sudor y con los músculos tensos por la fatiga del esfuerzo.

―Quédate aquí mientras me baño, aguantando mi ropaje y mis botas...

―Me podré bañar cuando tú termines, mi señora?

―Cuando yo termine me secarás, me vestirás, me pondrás las botas y regresaremos para que yo coma... – le dijo en un tono despectivo, que de tan altivo y prepotente resultó ofensivo extremadamente ofensivo a oídos de Seenjat.

―Sí mi señora... eso quiere decir que vuelves a dejarme sin poder beber ni refrescarme?

―¡Silencio esclavo! ¡Ya he dicho lo que tenía que decir! ¡Y no me mires... la vista al suelo, esclavo...! ¡Obedece!

Seenjat inclinó la cabeza y se dispuso a esperar, bajo el tórrido sol, de pie, aguantando las ropas de la princesa en una mano y en la otra sus altas botas.

Mutnoymmé estuvo nadando por espacio de un cuarto de hora, salió del agua y se dirigió hacia su esclavo. Seenjat dejó con cuidado las botas y la ropa de la princesa sobre una roca y con la cara girada para no mirarla y con extremo cuidado la secó con la talla de algodón que Disenk le había dado. Después la vistió y la calzó. La princesa se dirigió hacia donde estaban sus esclavas que ya tenían su mesa preparada y Seenjat la siguió a prudente distancia.

Seenjat estaba sediento, necesitaba refrescarse, le escocía la espalda a consecuencia de los latigazos que la princesa, en sus sucesivos arranques de cólera le había propinado, tenía moretones y mataduras en las piernas de las numerosas patadas que le había dado aquélla y además estaba hambriento.

Mutnoymmé se sentó sobre la espalda de la esclava nubia cuya única misión en esta vida era hacerle de escabel o de asiento y Disenk le sirvió la comida de campaña.

Mutnoymmé, desconfiada como siempre, volvió a avergonzar a Disenk dando a probar un poco de cada plato a una de sus esclavas. Tomó varias cosas con los dedos y lo arrojó al suelo. La comida quedó rebozada de arena lo cual disgustó a la probadora que no tuvo más remedio que hincar el diente a aquella mezcla de carne con tierra.

Cuando comprobó que a la esclava no le pasaba nada, salvo algunas muecas de desagrado por la tierra que aún masticaba, se puso a comer con gran apetito no sin antes ordenar a una de las nubias que la cubriese con una sombrilla pues el sol castigaba duramente a esas horas centrales del día y a otra de las esclavas que la abanicara con fuerza para hacer correr un poco de aire en aquel infierno.

Tanto Seenjat, como Disenk, como las otras esclavas del cortejo personal de Mutnoymmé aguardaron de pie mientras la princesa daba cuenta de su apetitosa colación. Cuando terminó dio permiso a Disenk y al resto de esclavas, salvo a las que se estaban ocupando de su bienestar personal, para que comieran su rancho que Disenk había transportado en cajas separadas de la comida de la princesa.

―¡Tú no, esclavo... quiero que me limpies las botas! – le dijo a Seenjat.

El esclavo se sintió desfallecer. Fue otro golpe moral. No acababa de entender porqué lo trataba con tanto desprecio y tanta crueldad después de haberle salvado la vida por dos veces en un mismo día. Seenjat ya se había concienciado de que sería un esclavo el resto de sus días pero no terminaba de comprender aquella inquina que él creía que le profesaba su ama. Obedecía sus órdenes con eficacia y todo lo que hacía lo hacía mejor, mucho mejor que cualquier otro esclavo, no en vano la princesa lo había elegido a él para la plaza de conductor de su carro cuando había otros esclavos que en teoría estaban por delante de él. El caso era que no había día que no recibiera una humillación, un castigo o que lo maltratara con órdenes vejatorias.

Cada mañana debía acudir a los aposentos de la princesa para recoger el orinal lleno de sus heces y excrementos de la noche, vaciarlo, limpiarlo y devolverlo... y lo peor, esperar a que la princesa o Disenk en su ausencia dieran el visto bueno a la limpieza del innoble objeto. Luego, si su cometido le obligaba a estar cerca de la princesa y servirla no solía librarse de algún castigo ni de muchas humillaciones. Disenk le decía que debía reprimir y controlar su orgullo, que ahora era un esclavo y estos no pueden permitirse el lujo de ser orgullosos y menos aún de aparentar tener dignidad. Disenk le recomendaba que reprimiese su lengua, pero Seenjat no podía callarse cada vez que la princesa lo sometía a una nueva humillación.

Ahora volvía humillarlo. Él se había esforzado durante el entrenamiento en cumplir las órdenes, muchas veces contradictorias de su ama, había soportado con paciencia sus insultos, patadas y latigazos cuando le achacaba a él sus propios errores. Lo había dejado sin refrescarse, y lo que era peor aún, sin beber, había permanecido de pie tras ella mientras comía y ahora, cuando debía reponer sus fuerzas le negaba la bozofia que les daban por comida y lo mandaba a permanecer de rodillas a sus pies limpiándole las botas mientras las demás esclavas podían recuperarse en un aparte que habían hecho en el pequeño campamento para no molestar a la princesa.

Mutnoymmé estiró una pierna y acomodó su bota sobre el hombro lacerado de Seenjat. Éste hizo una mueca de dolor y Mutnoymmé le devolvió una sonrisa porque sabía que le estaba haciendo daño. El esclavo buscó con qué limpiarle las botas. No tenía nada a mano salvo su propio faldellín y un pañuelo que llevaba anudado al cuello.

―No busques tanto, esclavo, quiero que me limpies las botas con la lengua... así la tendrás ocupada utilizándola en lo que debe servirle a un esclavo en lugar de dedicarte a protestar... ¡lámeme las botas! – le ordenó, imprimiendo un tono duro a la orden.

Seenjat no quiso tentar la suerte y evitó mirar a la princesa, quien esperaba que eso fuese lo que hiciera el esclavo para abofetearle, pero se contuvo y sacando la lengua se puso a lamer las polvorientas botas de su señora.

Cuando las esclavas terminaron su comida y Mutnoymmé se hubo descansado lo suficiente apartó empujando con el pie a Seenjat después de mirarse las botas y considerar que brillaban lo suficiente.

―¡Vamos esclavo, el entrenamiento sigue!

Seenjat volvió a subirse al carro y tomó las riendas. Mutnoymmé afianzó sus pies en el suelo del carro y cargó el arco. Dos dacias abrieron una compuerta del final de la pista de entrenamiento y comenzaron a surgir de su interior una larga recua de niños y mujeres. Eran esclavos e iban a hacer de blanco móvil para entrenamiento de la princesa.

Seenjat se fijó que ahora las cinco colinas que circundaban el estadio de entrenamiento estaban ocupadas por un gran número de guerreras dacias, dispuestas a contemplar el espectáculo que la princesa iba a regalarles.

―No quiero fallar... ahora se trata de un entrenamiento con blancos vivos y no quiero fallar, así que espabila y haz lo que te diga... – le susurró la princesa a Seenjat – ¡Arre...! – le gritó.

Seenjat estibó las riendas y lanzó a los caballos del carro al galope. El griterío de pánico era indescriptible y se vio además amplificado por los rugidos y vítores que emergieron de las gargantas de las salvajes dacias.

Niños y mujeres corrían en desvandada en todas direcciones. Seenjat llevaba el carro hacia donde le indicaba Mutnoymmé que seleccionaba a las víctimas y luego las cazaba con precisión. Armar, tensar y disparar. Los movimientos de sus brazos y manos, sus hombros y su espalda, eran un perfecto mecanismo sincronizado que convertían a la princesa en un arma letal. Sus flechazos daban todos en el blanco, a unos los atravesaba en el cuello o el corazón fulminándolos al instante, otros eran ensartados en brazos, piernas u otras partes del cuerpo, dejándolos mal heridos.

Por todas partes empezaron a verse esclavos corriendo renqueantes, con una flecha sobresaliendo de alguna parte de su cuerpo y Mutnoymmé yendo tras ellos con determinación de depredador, espoleada y jaleada por los alaridos de placer de las guerreras que seguían con expectación la masacre que estaba llevando a cabo la princesa.

Seenjat estaba horrorizado de la metódica y horrible carnicería que la princesa llevaba a cabo con precisión y sin el menor titubeo. El esclavo se limitaba a conducir el carro y a llorar en silencio ante aquella cruel masacre de mujeres y niños indefensos.

Desde las lomas contiguas las guerreras dacias que seguían el entrenamiento de la princesa la aplaudían a rabiar. Era bien sabido que el ejército adoraba a los reyes a los que veían portarse con valor y destreza en el campo militar. La falta total de escrúpulos de la princesa a la hora de dar caza a los indefensos esclavos había ayudado a granjearse la admiración de la tropa que debería comandar en breve.

El campo de entrenamiento estaba sembrado de cuerpos aseteados. Unos muertos, otros agonizantes. Mutnoymmé dio orden a Seenjat de detener el carro. Se bajó de un salto y paseó triunfal entre los cuerpos yacientes. Se detuvo ante un niño que agonizaba y le aplastó la cabeza con su bota. Miró a su alrededor y las gargantas de las dacias la aclamaron y vitorearon. Mutnoymmé desenvainó la corta espada, aquella que no gustaba de usar en los combates cuerpo a cuerpo porque se sabía inferior, y con un movimiento brutal cercenó el cuello del pequeño esclavo.

Seenjat se tapó la cara pero no pudo evitar escuchar el rugido de aprobación de las cientos de gargantas que aclamaban a la princesa. Mutnoymmé se dedicó a recorrer el campo de entrenamiento, convertido en campo de exterminio, y fue rematando a los supervivientes de la misma manera que había hecho con el primer niño.

Regresaron a palacio después de que las esclavas desmontaran la tienda de la princesa y recogieran todo. Fue la propia princesa la que guió el carro y disfrutó al ser aclamada por las calles de Aden por la turba enfervorecida que salía a su paso.

La princesa no dudó en aplastar a una mujer que cayó bajo las ruedas de su carro. Disenk corría, junto a las otras esclavas, tras la princesa y al igual que Seenjat lloraba ante tal demostración de desprecio por la vida tanto de súbditos como de esclavos.

La vida de unos y otros no valía nada a ojos de la familia real. Mutnoymmé era igual que su madre y sus hermanas e igual que los miembros de la aristocracia arcediana, que mostraban su constante desprecio por la plebe, y no digamos por la vida de los esclavos.

Disenk tuvo que emplearse a fondo en bañar a su ama. Mutnoymmé se lo había pasado en grande durante el día pero ahora tenía polvo, barro y sangre por todo el cuerpo y evidentemente Disenk tenía que hacer que desaparecieran de su bello cuerpo. La coraza, el casco, la malla y las botas fueron llevadas por una esclava nubia a las caballerizas para que Seenjat les devolviera el lustre que debían tener la próxima vez que la señora los utilizase.

Dos horas después Seenjat llamaba a las puertas de las habitaciones de la princesa. Traía el equipamiento de Mutnoymmé limpio y resplandeciente. Disenk le abrió la puerta y Seenjat le entregó las cosas. El esclavo sabía que no debía entrar más que por las mañanas a buscar el orinal y luego a devolverlo, el resto del día tenía vedadas aquellas estancias. Pero Mutnoymmé se sentía eufórica y muy contenta tras el éxito cosechado ante las guerreras dacias.

―Es el esclavo, Disenk? – gritó desde el diván en el que se hallaba recostada.

―¡Sí mi señora!

―Que pase... revisaré cómo me ha abrillantado las botas.

―Pasa, Seenjat... y ya sabes, póstrate a sus pies y no levantes la cabeza si ella no te autoriza... y por lo que más quieras... muérdete la lengua si te humilla o te provoca – le aconsejó Disenk maternalmente.

Seenjat cuando vio a la princesa recostada en el diván se arrojó al suelo y reptó hasta llegar a sus pies. Se quedó con la cabeza pegada al suelo mientras Disenk le mostraba el casco, la coraza y las botas y la princesa los examinaba.

Mutnoymmé le hizo un gesto a la esclava y ésta interpretó que daba su conformidad al trabajo del esclavo. Disenk suspiró aliviada pues últimamente la princesa no hacía más que encontrar defectos a cualquier cosa que hiciera Seenjat, por bien hecha que estuviera. La esclava desapareció al cuarto contiguo para guardar los efectos de su señora.

Mutnoymmé dejó que Seenjat permaneciera más tiempo del normal postrado en el suelo. Finalmente le dio permiso para que levantara la cabeza.

―Puedes levantar la cabeza y besarme los pies, esclavo – concedió Mutnoymmé.

Seenjat acercó su rostro a las plantas de los pies de la princesa y se llenó de su suave olor. Sus labios tocaron la tibia piel de sus cálidos pies y la besaron. Por un momento se sintió como se sentía su padre cada vez que tenía que besar los pies a su madre o a su hermana. 

A Nanetem, la hermana de Seenjat, le gustaba descansar con las piernas estiradas en el diván y hacía que Brintano, su padre y esclavo, le besara las plantas de los pies de la misma manera que ahora Seenjat besaba las de la princesa.

―Qué te ha parecido esclavo... has visto cómo me han vitoreado las dacias? – le dijo muy orgullosa la princesa mientras el esclavo seguía con el rostro enterrado en sus plantas.

Seenjat aún estaba muy afectado por la visión de la terrible masacre de niños y mujeres que su señora había llevado a cabo sin el menor remordimiento. No respondió.

Se concentró en besarle las plantas de los pies. Mutnoymmé la golpeó ligeramente con la planta del pie en la cara al ver que no le constestaba.

―Qué ocurre esclavo? Desde cuando un esclavo no responde a las preguntas de su dueña? Te hago el honor de dirigirme a ti y tú permaneces callado? – le dijo la princesa.

―Discúlpame, mi señora... estaba distraído...

―Un esclavo no puede permitirse el lujo de estar distraído en presencia de su ama...

―No mi señora, claro que no, perdóname... – Seenjat luchaba por comportarse como se supone que debe hacerlo un esclavo, a pesar de que tenía ganas de gritarle que era un monstruo de crueldad.

―Y bien? Qué te ha parecido?

―Bien – mintió lacónicamente.

―Bien? Ya está? Eso es todo? No has visto cómo las feroces dacias se han rendido a mis pies? Pensé que estarías orgulloso de tu ama...

―Sí mi señora... estoy muy orgulloso de que mataras a todos esos niños y mujeres indefensos... de tu arrojo al lanzarles flechas que los atravesaban cuando huían despavoridos para evitar las ruedas de tu carro o los cascos de tus caballos... sí señora, ha sido un acto de gran valor y heroismo el has llevado a cabo... sobre todo cuando has degollado a los niños malheridos que habían sobrevivido...

Disenk, que había escuchado la réplica de Seenjat estuvo a punto de que le diera un síncope. ¿Cómo se atrevía aquel insensato a hablar de aquel modo a la señora? ¡Definitivamente estaba loco!, pensó la pobre y aturdida esclava que esperaba una reacción brutal de su dueña.

A Mutnoymmé le estaba ocurriendo algo parecido a lo que su esclava, no daba crédito a sus oídos. Miró con ferocidad a Seenjat que parecía tranquilo y volvía a besarle los pies. Mutnoymmé buscó algo con que pegar al osado esclavo y encontró una de sus sandalias. Se agachó y la cogió.

―¡Ven aquí... ven aquí inmediatamente... acércate... acércate de rodillas... te vas a enterar... insolente...! – le gritó fuera de sí.

Seenjat obedeció. Se desplazó sobre sus rodillas hasta quedar donde señalaba el dedo índice de Mutnoymmé amenazadoramente extendido. La princesa estaba encolerizada. Seenjat miró un momento a la señora y luego bajó la vista.

―¡Levanta la cara, esclavo!

Mutnoymmé levantó el brazo y descargó la mano, golpeando con todas sus fuerzas. El tacón de la sandalia golpeó la cara del muchacho produciendo un chasquido que a Disenk, que contemplaba asustada la escena la sobrecogió. Seenjat se derrumbó en el suelo. Estaba conmocionado. Había sido como un mazazo. Mutnoymmé volvió a armar su brazo y Seenjat aturdido se volvió a incorporar sobre sus rodillas.

La princesa estaba decidida a volver a golpear la cara del insolente esclavo pero cuando vio que le había partido el púmulo hundiéndole el hueso bajó el brazo y arrojó la sandalia al suelo. Disenk suspiró aliviada pues suponía que no iba a volver a pegarle. Seenjat estaba temblando por el intenso dolor.

―¡Disenk... Disenk...! ¿dónde te has metido, estúpida? ¡No estás nunca cuando te necesito!

―Aquí mi señora, estoy aquí... – respondió la esclava arrojándose a los pies de su ama.

―¡Llévate al esclavo. Quiero que lo azoten... y que pase la noche encepado!

Disenk marchó con Seenjat. No se dirigieron la palabra. Ella estaba asustada y él aturdido. Es extraño, pensó Disenk, lo más normal es que después de lo que le ha contestado el muchacho la señora lo hubiera mandado torturar de la manera más atroz, y en cambio se ha salido con unos latigazos y una noche encepado... y ni siquiera me ha dicho cuantos latigazos quiere que le den.

La joven esclava le dijo a Casia lo que quería la princesa y decidió que los latigazos fuesen quince.

―¡Y no te pases con la fuerza... mañana tiene que volver a conducir el carro de la princesa! – añadió Disenk.

Al regresar a los aposentos reales de la princesa Disenk la encontró pisoteando la cara de una de las esclavas nubias y gritándole obscenidades.

―¡Me habéis puesto muy nerviosa entre todos... tengo unos esclavos inútiles, cuando no insolentes! – se quejó dejando de pisar la cabeza de la niña que se había quedado tendida en el suelo sangrando – ¡Ven a besarme los pies, Disenk, a ver si me relajas un poco! – le ordenó acomodándose en su diván.

Disenk se arrodilló ante el diván y le descalzó las sandalias ensangrentadas que entregó a otra de las nubias para que las limpiara y ella se puso de inmediato a calmar a su señora besando sus pies.

―Te debes preguntar porqué no he ordenado que lo sometieran a tortura después de lo que ha dicho, no es así Disenk? – dijo Mutnoymmé rompiendo el tenso silencio que se había instalado en la habitación.

Disenk la miró un momento por encima de los dedos de los pies que estaba besando, pero no contestó. Hizo un leve encogimiento de hombros que no la comprometía. A veces le gustaría tener los arrestos de Seenjat pero ella era mucho más cobarde, tenía miedo, mucho miedo al dolor.

―Lo he hecho porque me salvó la vida y porque es bueno conduciendo carros. Es listo y aprende rápido, lástima que sea un insolente y un amargado que no acepta su situación.

―Se siente injustamente tratado, mi señora... el piensa que habiéndote salvado la vida por dos veces no merecía ser reducido a esclavitud...

―Y tú que piensas de eso?

―Pues... con todos mis repetos, mi señora... creo que no le falta razón para sentirse mal tratado... y no me refiero sólo al hecho de que haya perdido su libertad, también está el modo en que lo tratas. Si salimos con la litera él es siempre el único que no puede beber y refrescarse. Hoy mismo, después del duro entrenamiento de la mañana lo has dejado sin beber y sin comer. Cómo quieres  que se sienta el muchacho.

―¿Tú también? ¿Es que estás de su parte? – Mutnoymmé volvió a excitarse.

―No mi señora... no estoy de su parte, yo solo estoy de parte de mi señora... pero tú me has preguntado qué pensaba. De hecho es lo mismo que ha sucedido con Seenjat. Es probable que el muchacho sea un poco directo en su manera de expresar sus sentimientos, pero te recuerdo, con todos mis respetos señora, que has sido tú quien le ha preguntado qué le había parecido tu actuación en el entrenamiento. El ha dicho lo que pensaba.

―Decir lo que se piensa a veces trae consecuencias funestas – replicó enfadada la princesa que sentía que los argumentos se le escapaban.

―Entonces, mi señora, dinos... cuando nos hagas una pregunta es mejor para nosotros, tus esclavos, que permanezcamos en silencio? O tal vez mejor aún que mintamos?

Mutnoymmé, cómodamente recostada sobre el respaldo de su diván, jugueteaba con la fusta de equitación y ahora miraba a Disenk sorprendida por lo que consideraba un atrevimiento de su esclava. En los años que hacía que la servía, desde que nació, nunca se había atrevido a discutirle algo. Disenk era la única esclava con la que la princesa podía tener algo parecido a una conversación. Con el resto de esclavas se limitaba a darles órdenes secas y a golpearlas si estaba de mal humor, pero con Disenk, por aquello de la confianza y un cierto afecto que produce el roce, a veces la honraba haciendo algún comentario que la esclava podía responder, pero siempre las respuestas de Disenk habían sido, hasta ese momento, meros halagos y desde luego nunca ponía en tela de juicio los comportamientos de su señora.

―Seguramente tienes razón. Odio admitirlo pero es verdad... yo le he preguntado qué pensaba, como ahora a ti. No me parece muy justo castigaros por decirme lo que pensáis cuando he sido yo quien os ha pedido vuestro parecer... tienes razón.

Disenk suspiró aliviada. La princesa le estaba dando la razón y parecía muy calmada. La esclava besó las plantas de los pies de su señora con mayor ternura y devoción.

―Te parece que es un muchacho listo, el esclavo?

―Sí mi señora... me parece que es muy listo. Es la primera vez que al terminar un entrenamiento, el conductor de uno de tus carros no ha acabado en la rueda de tortura. Por algo será, mi señora – le respondió Disenk disimulando una sonrisa.

Mutnoymmé, ahora que se le había pasado el enfado, tuvo un poco de sentimiento de culpa. 

―Crees que le he roto el pómulo, Disenk? – preguntó la princesa.

―Me temo que sí, mi señora... pero seguro que eso no le impide mañana volver a conducir tu carro de combate...

―Eso espero... no quiero a ningún otro conductor de carros... quiero que sea él el que lo lleve. Me lo voy a llevar a la incursión de batalla... y a ti también, desde luego... no podría pasar sin ti, mi fiel Disenk – le confesó ahora una muy melosa Mutnoymmé.

Al día siguiente Seenjat estaba hecho un guiñapo pero no defraudó las espectativas de la princesa y condujo aún mejor que el día anterior. Mutnoymmé se fijó en su espalda recién azotada y no apreció que el castigo hubiese sido especialmente duro, de lo cual se alegró, aunque le hizo recordar que ella no había dado número de latigazos a Disenk y por tanto aquello había sido obra de su esclava. Ya la apañaría, pensó sonriendo la princesa. Después miró con detenimiento el pómulo hundido. Después de que Disenk le hiciera ver que había sido injusta la hizo sentir un poco de remordimientos.

La jornada se desarrolló de manera similar a la del día anterior salvo en el hecho de que esta vez Seenjat pudo beber y refrescarse durante el descanso del mediodía y después pudo comer con gran apetito con las demás esclavas de la princesa. Las nubias, y la misma Disenk, se burlaron de su voracidad.

―Es que ayer no pude comer nada en todo el día – se justificó Seenjat por sus poco corteses formas a la hora de comer.

Mutnoymmé, que estaba descansando en una tumbona mientras sus esclavas comían, se sonrió al escuchar las palabras del campesino.

La segunda parte del entrenamiento fue de nuevo una masacre de niños y mujeres esclavos a los que Mutnoymmé cazó sin piedad con su arco, demostrando su excelente dominio de aquel arte. De nuevo no dio ni la menor muestra de piedad. La princesa consideraba a aquellos esclavos botín de guerra a los que podía hacer lo que quisiera y además se sentía legitimada para ello.

Seenjat de nuevo se sintió mal al ver la crueldad y sobre todo la frialdad con que la princesa ejecutaba a aquellos pobres infelices pero no dijo nada, y rezó para que no volviera a preguntarle qué le había parecido porque sabía que volvería a contestar lo mismo, y no tenía ganas de ser golpeado de nuevo. De hecho sentía unos fuertes dolores en su rostro y si no conseguía alguna de las prohibidas hojas de coca sería incapaz de dormir. Decidió pedirle ese favor a Disenk.


Durante un mes cada día Seenjat ofició de conductor del carro de la princesa mientras ella se entrenaba en perfeccionar su destreza con el arco. También la asistió en otro tipo de entrenamiento militar, como cuando sirvió de esparring para que Mutnoymmé se ejercitara con la espada. Seenjat no había luchado nunca y la princesa lo venció todas las veces pero a medida que pasaban los días le costaba más, hasta que en las últimas ocasiones una de las guerreras dacias le zancadilleó y así la princesa pudo vencerle. Pero él sabía que había mejorado mucho en aquel arte. Se sintió más seguro si es que debía ir a la guerra.


EL RELATO CONTINUA PERO SI ALGUIEN ESTÁ INTERESADO EN SABER CÓMO TERMINA YA SABE QUE LO ENCONTRARÁ COMPLETO EN MI GRUPO DE YAHOO.
GRACIAS.

LUK.