A QUIEN LE INTERESE

En este rincón apartado he decidido publicar. La hipocresía que se vive en la página de TR (Todo Relatos) me obligó a abandonarla. Disfruto escribiendo y aún siendo consciente de que mis fantasías son minoritarias me parece injusto que aquellos que me seguían en TR se queden sin poder disfrutar de mis relatos.



No pretendo ser pretencioso. No quiero decir que mis escritos sean buenos, soy consciente de que no es así, pero aún lo soy más de que en este mundo retorcido de nuestras íntimas fantasías muchos buscamos algo que echarnos a los ojos que se acerque a nuestros fetiches, tabúes y quimeras eróticas.



Mi propósito es dejar al lector interesado y que se pueda identificar con mis inofensivos delirios una muestra de mi producción literaria dedicada al mundo de la sumisión, dominación, esclavitud y relaciones de poder. Fabulaciones en suma con las que más de uno sueña en secreto y que yo me dedico a poner negro sobre blanco con mayor o menor acierto.

Como que esta es una página abierta, he creado un grupo de admisión restringida en Yahoo (ver enlace) donde he puesto aquellos relatos que considero más fuertes, no sea que un alma sensible de esas que van por ahí salvando al mundo de la gente mala como yo se topase con uno de esos relatos y le salieran sarpullidos en el hipotálamo.



En este grupo sólo aceptaré miembros bajo petición expresa y siempre que me convenzan de su buena fe. Los relatos están en formato docx. y pueden ser descargados directamente.



Los relatos de ADELA también están en este grupo.



Aquí tenéis un enlace directo al grupo, pero recordad: miembros SOLO bajo admisión.



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miércoles, 11 de enero de 2017

KURA, LA PRINCESA MAORÍ

 

1. Kiward Station. Llanuras de Canterbury. Septiembre.


Gwyneira Warden soltó un bufido. Se le hinchó ligeramente la vena de la sien derecha, una reacción que conocían perfectamente bien sus doncellas maoríes y que auguraba un inminente estallido de cólera.

—¡La estás protegiendo, Kira! ¡Tú sabes a dónde ha ido la señorita Kura! ¡Dímelo inmediatamente sino quieres que descuelgue el látigo! — le dijo Gwyneira mientras daba vueltas alrededor de la desconsolada y atemorizada doncella maorí arrodillada en medio del inmenso salón de la mansión de los Warden.

El llanto de Kira, cada vez más sincopado, le impedía responder. Gwyneira detuvo su furioso caminar y se situó delante de la arrodillada criada de su hija Kura.

Kira no desaprovechó la ocasión y se abrazó a los pies de la señora de Kiward Station para suplicarle que no la mandara azotar.

—Kira no sabe, ama Gwyn, Kira no sabe — dijo entre sollozos la muchacha mientras besaba las altas y relucientes botas de la señora.

Melanie Warden, la hija mayor de Gwyneira, observó cómo la temida hinchazón de la sien derecha de su madre se desinflaba con lo que la posibilidad de contemplar un castigo se esfumaba.

—¡Moryn! ¿Qué estás haciendo? — casi gritó Melanie a un muchachito maorí que se estremeció al oír su nombre.

Melanie experimento un morboso placer al ver la expresión de horror del niño. Moana, la ficticia madre del niño, la criada de Gwyneira que estaba limpiando la plata en un extremo del salón, corrió hacia donde se encontraba el asustado pequeño. El niño escondió las manitas detrás de la espalda mientras miraba alternativamente a la que consideraba su madre y a la señorita Melanie que le reclamaba que se acercara.

—Ven aquí Moryn — le ordenó Melanie.

Gwyneira, que había interrumpido el interrogatorio de Kira, también se volvió a ver qué le pasaba a su hija mayor con el pequeño Moryn. Una sombra de angustia cruzó su sereno rostro.

—Enseñame qué tienes en las manos.

Moryn se ruborizó y se empequeñeció. Moana se acercó detrás de su hijo al sofá donde descansaba la señorita Melanie. La hija mayor de Gwyneira zafó sus pies de las manos de Ethecal, su sirvienta maorí que estaba arrodillada haciéndole un relajante masaje en los pies, y se sentó extendiendo una mano.

—Venga Moryn, enséñame qué escondes — insistió Melanie con voz calma pero amenazadora a oídos del pequeño sirviente.

Moana apartó al niño que seguía con las manitas tras la espalda y se arrodilló a los pies de la señorita Melanie.

—Perdona a mi hijo, ama Melanie, perdona a Moryn, ama Melanie — le suplicó postrando la cabeza a los pies de la joven.

—No te va a servir de nada, Moana…, tu hijo necesita disciplina… —todos en la familia sabían que Moana no era la madre de Moryn, al menos la madre biológica, pero existía un acuerdo tácito para que todo el mundo se refiriese a la joven criada de Gyneira Warden como la madre del mestizo— ¡Enséñame lo que has cogido, Moryn!

El pequeño dudaba. Empezó a moverse nervioso. Sabía que la señorita Melanie sentía especial predilección por imponer castigos dolorosos a los sirvientes que cometían alguna falta. Aún no teniendo excesiva conciencia de lo que estaba bien o estaba mal, el pequeño mestizo de maorí y blanco temía que lo que acababa de hacer estuviese catalogado como algo malo, algo censurable, algo reprendible y por tanto, bajo el prisma de los pakehas algo sancionable, castigable.

—¡Moryn!

El pequeño se sobresaltó. La voz de la señorita Kura le llegó como un sonido salvador. Enmarcada en la entrada del salón se recortaba la figura que lo iba a salvar de ser castigado… o eso deseaba él.

El pequeño echó a correr hacia la entrada y se arrojó a los pies de Kura que sonreía de satisfacción al comprobar la devoción de uno de sus súbditos. Para Kura, mestiza de maorí y galesa, los miembros de la tribu arawa eran sus súbditos. Y lo más importante, acababa de fastidiar a su hermana Melanie.

—¡Kura! — exclamó Gwyneira Warden al ver a su hija — ¿Dónde te habías metido? Estaba a punto de azotar a Kira para hacerla confesar.

Kura miró a su madre. Con su cabello pelirrojo y esas pecas que se encendían cuando se enfadaba. La consideraba la mujer más hermosa que existía. La quería con locura pero le molestaba su afán por controlar cada uno de sus movimientos.

—Las mujeres del poblado hacían hoy la ceremonia de iniciación de dos doncellas y necesitaban a su princesa, madre…

El rostro de Gwyneira se iluminó con una pasajera sonrisa que pronto se obligó a que desapareciera para no dar la sensación de que se le había pasado el enfado. Tenía a  orgullo la actitud de Kura respecto a su parte maorí en su ascendencia pero le daba miedo que esa parte de su sangre se impusiera en exceso a su herencia europea.

El pequeño Moryn llegó y se arrojó al suelo. Se abrazó a sus botas sin abrir el puño donde escondía el tesoro por el que había estado cerca de ser castigado por el ama Melanie.

—Ya ha llegado la protectora de los «negros» — Melanie empleó el término en su acepción más despectiva.

—No son negros Melanie… y lo sabes — le respondió Gwyneira molesta por la actitud de desprecio que su hija mayor mostraba por los nativos.

—Son oscuros mamá… y qué más da. Dile a mi hermanita, «la princesa», que no se meta. Estaba a punto de castigar a Moryn… y exijo continuar con ello…

—Enséñame qué tienes escondido, Moryn — Kura le habló con voz dulce para ganarse la confianza del pequeño que temblaba asustado a sus pies. Se agachó y le acarició la cabecita — venga, muéstramelo… te prometo que no te va a pasar nada…

—¡Seguro que ha cogido algo de comer, madre! ¡Son como sabandijas, hay que hacerles ver que no nos pueden robar! ¡Si de pequeños no los disciplinamos convenientemente de mayores nos robarán como ya hacen muchos de ellos! — la voz de Melanie parecía preñada de súplica.

—Madre, lo que argumenta Melanie es cierto, pero no podemos aplicar la justicia de manera ciega. Moryn es todavía muy pequeño y no es consciente de estar haciendo algo malo. El niño ve una galleta, porque me juego lo que quieras a que está escondiendo una de esas galletas que mi hermanita deja a la vista expresamente para incitar a los niños al robo y así tener un motivo para dar rienda suelta a sus imaginativos castigos, y él no entiende todavía que se trata de una trampa… — dijo Kura que seguía acariciando al pequeño Moryn quien continuaba abrazado a sus botas — además, Moryn es como de la familia... es distinto a los otros niños… vive con nosotras desde que nació… es casi como una mascota…

—¡Eso es intolerable, madre, no le consiento a esa india que me acuse de…!

—¡Melanie! — interrumpió Gwyneira a su hija mayor — ¡Soy yo la que no te consiento que faltes al respeto a tu hermana!

—¡Ha empezado ella acusándome de ser cruel con los pequeños monos! — respondió Melanie escupiendo el despectivo término con el que muchos blancos se dirigían a los maoríes.

—¡Basta ya! ¡Moryn es hijo de Moana y Moana es mía, por tanto yo me ocuparé de castigar a Moryn si considero que se lo merece! Ahora… —Gwyneira rebajó un poco el tono y el volumen que había tenido que tensar para imponerse a la constante lucha que desencadenaban sus hijas entre sí— …haced las paces.

Gwyneira se acusaba de no haber sabido hacer que sus hijas se respetaran. Melanie era orgullosa y Kura lo era más, aunque cada una a su manera. Ambas eran dos caracteres muy fuertes incapaces de reconocer sus propios errores y en consecuencia de asumir sus propias responsabilidades.

No obstante sabía que aquellas rencillas eran superficiales pues en el fondo se querían y esas supuestas insalvables diferencias habían empezado a surgir de una manera más recurrente desde que Kura había entrado en la adolescencia y le había cogido aquella manía de considerarse una princesa maorí, algo que a Melanie le molestaba ya que ella nunca podría justificar el serlo.

Envidia pasajera, pensaba Gwyneira. Por otra parte, de eso estaba segura, Kura se sentía insegura por su sangre mestiza. No se sentía identificada ni con la tribu de su padre ni con los denominados pakehas —europeos blancos— y también envidiaba la belleza de su hermana.

Finalmente Moryn había abierto la manita y al suelo había caído una de esas galletitas que tanto entusiasmaban a los pequeños maorís, tal y como había supuesto Kura.

—Ven aquí, Moryn… y tú, Moana, acércate también.

Kura empujó con el pie al pequeño que lloraba atemorizado. Se había dejado convencer por la devoción que experimentaba por la princesa de los arawa de que no le iba a pasar nada, pero ahora su jurisdicción había pasado a manos de la señora de Kiward Station.

Para Moryn, ignorante de que Gwyneira era su verdadera madre, la gran señora de Kiward Station era una especie de Diosa blanca. La temía y la adoraba a partes iguales. Ella tenía el poder de castigar y también el de perdonar. El poder reservado sólo a los Dioses y el pequeño Moryn lo sabía, por eso se arrojó a los pies del ama Gwyn y besó sus botas con fervor, para lograr su perdón.

Moana se acercó a Gwyneira. Kira, que a todas luces se habían olvidado de ella, reculó lentamente sobre sus rodillas para dejar espacio a Moana y su hijo.

—Era una galleta, madre — dijo Kura desplazándola de una patada hasta hacerla llegar donde se encontraba Gwyneira.

Melanie volvió a recostarse en el sofá e hizo una seña autoritaria a Ethecal, su sirvienta maorí, que regresó a sus pies para hacerles friegas.

Gwyneira apartó a su hijo con el pie y jugó con la galletita desplazándola por el suelo con la punta de su bota. Moryn estaba ahora frente a ella, arrodillado, mirando con deleite la galleta que asomaba bajo la suela de la bota del ama Gwyn como la llamaban todos.

—Moana, estoy convencida de que intentas inculcar en tu pequeño que respete las leyes que desde hace más de cien años rigen en Kiward Station… no me cabe duda. Si la señorita Melanie la ha puesto a su alcance o no para tentar a Moryn es una cosa que a todos los efectos no debe influir en mi sentencia y que en cualquier caso yo resolveré con ella, pero en una cosa tiene razón: es de pequeños cuando es más importante inculcarles las normas a los niños para evitar males mayores cuando crezcan.

El problema más importante que tanto Gwyneira Warden como los otros barones de la propiedad tenían con sus trabajadores maorís era la tendencia a tomar aquello que la tierra ofrecía sin cuestionarse que estaban cometiendo delito de robo. Para ellos era una cuestión cultural. Desconocían el sentido de propiedad privada y pensaban que la tierra y lo que ofrecía era de todos.

Otro de los defectos de los indígenas que sublevaba a los colonos era la inconstancia. Cuando se cansaban de trabajar regresaban a sus poblados sin siquiera plantearse que podían ser acusados de sedición.

Para Gwyneira Warden era de vital importancia que los más pequeños crecieran disciplinados. Los arawa, la tribu maorí que vivía en las tierras de Kiward eran tributarios de servidumbre de los Warden, por lo que Gwyneira, la cabeza de familia, tenía puesto todo su empeño en educar en la sumisión y la obedicencia a los maorís de su propiedad. Y no podía hacer una excepción con Moryn por mucho que el niño fuese su hijo. A ojos del mundo era el hijo de su criada y como tal debía ser educado y adiestrado.

—Por otra parte la señorita Kura también tiene razón. Coincido con ella en que para un niño como Moryn la visión de una galleta puede hacerle zozobrar todas sus convicciones y aprendizajes. Y también coincido en que Moryn es un encanto al que todas queremos, incluida la señorita Melanie, aunque no lo parezca — Gwyn lanzó a su hija blanca una mirada a medio camino entre el cariño de madre y la reprobación — pero sintiéndolo en el alma he de darle la razón a la señorita Melanie y tendré que castigar a tu hijo.

Moana se dejó caer de rodillas a los pies de su ama. Kura se mordió los labios. Sabía que Melanie había puesto la galleta para que Moryn cayera en su trampa. El castigo tenía sentido pero le molestaban las malas artes de su hermana.

—Ethe… puedes besarme los pies — le dijo Melanie a su sirvienta henchida de satisfacción al ver que finalmente sus tesis habían triunfado en contra de la pretendida benevolencia de su hermana.

A Gwyneira se le partía el corazón si tenía que castigar a Moryn, pero su estricto sentido del deber la obligaba a no hacer favoritismos que los demás miembros de la tribu arawa pudieran considerar como una debilidad por su parte.

En la casa todo el mundo sabía que Moryn había sido fruto de una tardía locura sentimental de la dueña de Kiward Station. Con Kura había sido distinto. Su relación con Taro, el jefe nominal de la tribu arawa de su propiedad, había sido de carácter público. Kura no dejaba de ser un símbolo para los arawa, un vínculo entre los pakeha dominantes y los indígenas sometidos. La presencia de Kura servía para mantener a los arawa sometidos. Nunca se rebelarían contra la hija de su caudillo, aunque éste no tuviera más que el título sin posibilidad alguna de ejercer el menor poder.

El nacimiento de Moryn había sido casi en secreto. Hacía años que Gwyneira había dado a luz a la princesa de los maorís cuando se encaprichó de manera irracional de uno de sus mozos de cuadra, un hermoso joven maorí que la hizo perder el control sobre sí misma.

Gwyneira mantuvo en secreto sus encuentros con el joven Thekal, su mozo de cuadras personal, muchacho bellísimo por el que Gwyneira perdió la razón de manera pasajera. Sólo Moana, su sierva, estaba al corriente de la aventura amorosa de su ama con el bello efebo maorí. Cuando quedó en estado Gwyn se dio cuenta de lo que había hecho y recobró el sentido común.

No dijo nada de su embarazo, ni siquiera a sus hijas y se recluyó para reflexionar sobre qué debía hacer. Moana le sugirió que se desembarazase de la criatura. Las curanderas maorís lo arreglarían en un abrir y cerrar de ojos, pero Gwyn era una ferviente católica y se negó a abortar. Pero no podía exhibir su embarazo y que después naciera otro mestizo. Kura había sido como una inversión política. El futuro niño sería visto como puro vicio.

Tras debatirse con sus renovados instintos maternales Gwineyra decidió que seguiría adelante con el embarazo fuera de Kiward Station. Marcharía con su criada Moana a girar una larga visita a unos parientes instalados en la Isla Norte y cuando regresara, tras dar a luz al pequeño, Moana lo llevaría abrazado a su pecho. El niño tendría una madre maorí.

A pesar del secretismo impuesto por Gwyneira sobre su embarazo escondido, la verdad acabó saliendo a la luz porque Melanie y Kura, que a la sazón tenían doce y diez años, sospecharon que la madre verdadera del pequeño Moryn era su propia madre. Cuando la sorprendieron dando el pecho al mestizo no tuvo más remedio que contarles la verdad.

A pesar de que Moana había sellado sus labios respecto al misterioso viaje que había hecho con su ama por las Islas de Nueva Zelanda, el personal doméstico de la mansión de Kiward sospechó la verdad, al igual que los empleados blancos que trabajaban para la plantación. Entre los arawa corría el mismo rumor, pero ni Gwyneira ni Moana, la única persona testigo de la verdad, habían confirmado ninguno de los rumores que corrían entre los maorís.

El padre, el bello y joven Thekal, fue silenciado de manera brutal por la propia Gwyneira. Cuando hubo decidido qué hacer con el hijo que llevaba en su vientre un día se presentó en el establo donde Thekal cuidaba de su yegua corb traída de Gales.

El sirviente, que adoraba a su ama, se postró en el suelo para besar sus botas como debían hacer todos los maorís ante sus amos y amas blancas. Mientras Thekal le besaba los pies y le decía cuanto la amaba Gwyneira sacó un revolver del bolsillo de su falda de equitación y le descerrajó un tiro en la nuca.

La versión oficial fue que el sirviente, enloquecido por un amor imposible de ver correspondido había atacado a su ama y ésta se había visto obligada a defenderse. La ley vigente de todas formas habría condenado a muerte al agresor. Nadie quiso ver nada oscuro en aquel suceso, pero los rumores se incrementaron cuando unos meses después del precipitado viaje de la señora de Kiward, la vieron regresar con su criada llevando a un niño mestizo.

Las cuentas no salían. Cuando Gwyn partió con Moana estaba preñada de tres meses. Seis meses después regresaban con el recién nacido de Moana, de quien todo el mundo conocía que sólo era capaz de amar a las mujeres, y que en especial sólo tenía ojos para su dueña.

Pero si había una prueba que daba pábulo a los rumores que corrían por la plantación sobre la supuesta maternidad del pequeño mestizo esa era su densa mata de cabello rojizo y sus fulgurantes ojos verdes, ambas características idénticas a las de la señora de Kiward Station.

Gwyneira vio crecer a su hijo como sirviente suyo y de sus hijas y no había para ella dolor más angustioso que verse obligada a castigar a su pequeño, máxime cuando Melanie había provocado aquella situación en la que Moryn había, en teoría, cometido una falta que en otros indígenas Gwyn castigaba con gran rigor.

Hacía poco se había visto obligada a imponer un severo castigo a Moryn que no acababa de mostrarse enteramente sometido como hacía la mayoría de los temerosos niños maorís. Moryn era en el fondo un muchacho revoltoso. Increiblemente cariñoso pero travieso, como si supiera que no le alcanzaba el temible poder de la señora Warden.

Gwyn, con gran dolor de su corazón, había ordenado a Moana que pegara a su hijo con una vara de fresno en la espalda mientras el pequeño tenía que besarle los pies a ella, el ama, y pedirle perdón con cada varazo, uno de los habituales castigos que se veía obligada a imponer Gwyneira a los chiquillos maorís.

Volver a castigar a su hijo y por una argucia provocada por Melanie, que parecía disfrutar especialmente acusando a su pequeño hermanastro bastardo, se le antojó a Gwyn una crueldad que no estaba dispuesta a asumir.

Después de perorar sobre la naturaleza del delito y la justicia del castigo, Gwyneira optó por ejercer el privilegio de los poderosos: el perdón, que los hacía más asequibles ante sus temerosos súbditos, los indígenas maorís.

—Pero como soy quien manda aquí por esta vez voy a pedonar a Moryn. Quiero que primero pida perdón a la señorita Melanie y si veo que realmente está arrepentido de su acción por esta vez lo perdonaré.

Kura sonrió y miró a su hermana a quien la sonrisa de triunfo se había quedado congelada en su hermoso rostro.

—Suerte que la semana que viene me vuelvo a Inglaterra… allí al menos no tendré que soportar a los ineptos monos que tenemos por sirvientes y trabajadores — dijo con acritud Melanie ante la magnánima resolución final de su madre, que por una parte le había dado la razón a ella pero por otra había satisfecho los deseos de Kura de no castigar al pequeño Moryn.




***



2. Colegio para Señoritas Lady Marchmain. Yorkshire, Inglaterra. Junio. Tres años después.-


Daisy Péshkov estaba exaltadísima. Era la inseparable amiga íntima de Melanie Warden y estaban a punto de finalizar su periodo de estudios en el extranjero. Ambas se lo habían pasado maravillosamente bien en Inglaterra pero ciertamente añoraban su tierra natal: Nueva Zelanda.

Faltaban pocas semanas para terminar el curso y con él su periodo de instrucción. Kura se había negado en redondo a asisitir al prestigioso Colegio para Señoritas de Lady Marchmain en su fabulosa propiedad de Yorkshire. Gwyneira no la había forzado. Suponía que Kura podía sentirse inferior por el mestizaje de su sangre. Sin embargo Melanie había aprovechado al máximo sus tres años de estancia entre muchachas hijas de las familias más ricas y aristocráticas tanto de Inglaterra como de algunas de las colonias.

—¿Sabes que Lady Marchmain va a enviar a media docena de «sus» huérfanas a Nueva Zelanda? — comentó Daisy Péshkov a su amiga Melanie mientras se arreglaban para el baile al que habían sido invitadas aquella noche.

Tratándose de alumnas de diecisiete años y que estaban a punto de finalizar sus estudios en la institución, Lady Marchmain abría un poco la mano a sus pupilas y les permitía asistir a fiestas y otros eventos sociales con mayor liberalidad.

—¿No me digas? ¿Y para qué las envía allá? — preguntó Melanie que intentaba aplicarse lapiz de labios muy concentrada ante el espejo.

—Pues para qué va a ser… para servir. Por lo que pude escuchar buscan lo que llaman familias de acogida que teoricamente se comprometen a alimentarlas, instruirlas y darles protección a cambio de que sirvan como criadas.

—¿Quieres decir que es posible que nos encontremos en Christchurch a alguna de esas bobas que limpian aquí? — Melanie cerró los labios como si pretendiese engullirlos en un gesto muy femenino que había visto hacer con anterioridad a las alumnas más mayores con el objeto de dar el toque final al lápiz de labios que se había aplicado.

—Supongo. No sé si Lady Marchmain habrá incluido a alguna para mi casa — se rió Daisy con su acostumbrado tono frívolo. ¿Y tu madre? ¿Habrá aceptado quedarse con alguna?

—No me imagino volver a ver a Reme limpiando en mi casa — se rió ahora Melanie que miró hacia un rincón donde la tal Reme, la doncella que tenía asignada en el Colegio, le estaba limpiando los zapatos — ¡Tú, idiota…! ¿Has terminado ya con mis zapatos? ¡Pues cálzame ya de una vez!

Daisy soltó una nueva carcajada y se fue hacia su habitación para terminar de arreglarse.

Una hora después ambas jóvenes, vestidas con elegancia bajaban por la escalinata principal cogidas del brazo, felices y hermosas, dispuestas a pasar una velada de lo más excitante: habría un montón de jóvenes apuestos dispuestos a sacarlas a bailar.

El Colegio para Señoritas de Lady Marchmain tenía sus instalaciones en la fastuosa propiedad que ésta tenía en el condado de Yorkshire y utilizaba uno de los palacetes que tenía en el complejo residencial acondicionado a tal efecto y que se encontraba a media milla de la mansión principal, residencia de Lady Marchmain.

—No pretenderás que vayamos caminando hasta la mansión — se quejó Melanie al llegar a la puerta de salida.

—En absoluto. Ya lo he arreglado. Thomas se ha prestado encantado a hacer de lacayo esta noche para nosotras — dijo Daisy conteniendo a duras penas una risita estúpida.

—¿Thomas? ¿El muchacho ese del establo?

—El mismo. Le he prometido diez chelines.

—¿Estás loca? No pienso pagar a un sirviente — se quejó Melanie.

—A mí tampoco me hace gracia chica, pero qué quieres, esto no es Nueva Zelanda y menos aún mi Rusia natal… bueno, la de antes… — dijo Daisy con ensoñación.

Daisy Péshkov había nacido en el seno de una familia aristocrática de la Rusia zarista. En realidad se llamaba princesa Daría Vasilievna Peshkova pero tras la revolución bolchevique ella y su familia tuvieron que huir de Rusia. Para cruzar la frontera tuvieron que conseguir pasaportes falsos que les servirían para demostrar una identidad nueva y su madre decidió que a partir de entonces se llamaría Daisy Péshkov.

Daisy era un nombre americano y su madre admiraba América. La idea inicial era emigrar a Estados Unidos pero los avatares de la guerra civil rusa los llevó a tener que abandonar su tierra por la frontera chino-rusa y acabaron estableciéndose en Shangai tras un largo periplo. Las joyas que lograron sacar les facilitó un éxodo mucho más placentero que a muchos otros de sus compatriotas menos afortunados.

Después de pasar un año en Shangai el padre de Daisy se enteró de la existencia de un país llamado Nueva Zelanda. Era un país de oportunidades para gente con recursos y la fortuna de los Péshkov les iba a dar la oportunidad de adquirir una extensa plantación en una zona rica de la Isla Sur llamado Las Llanuras de Canterbury.

Tsarkoie Station dio en llamarla Olga Péshkov, la madre de Daisy, en honor a la familia real rusa. Con los Péshkov habían huido unos cuantos siervos rusos, mujiks, fieles a la familia y con las tierras adquiridas compraban también a un centenar de maorís que estarían bajo su jurisdicción. De alguna manera sería como reproducir la vida amable y maravillosa que habían llevado en su propiedad de Smolensk, pero con un clima mucho más benigno.

—No obstante no tengo la menor intención de darle un solo penique. Thomas hará su servicio a cambio de un beso. Seguro — dijo Daisy guiñando un ojo con picardía a su amiga Melanie que la miró sorprendida.

—¿Un beso? ¿Tú estás loca? ¿Con un sirviente?

—El chico es guapo — se justificó Daisy.

—Es cierto, pero así y todo…

—¿No me digas que nunca te has liado con un sirviente? — le espetó Daisy divertida.

Melanie se puso roja. Los empleados de su madre en Kiward Station eran hombres rudos a los que por nada del mundo permitiría que la tocasen, aunque sí era cierto que una vez tuvo un equívoco afaire con un joven muy tímido pero no pasó de un beso robado.

—Cuando yo tenía doce años me enamoré de uno de nuestros sirvientes, un mujik realmente encantador. Aún recuerdo su nombre: Pavel. Era uno de nuestros mozos de cuadras. El día que mamá mandó azotar a su madre se acabó nuestro asunto. La madre de Pavel murió a consecuencia del castigo y el muchacho huyó. Papá lo hizo buscar. Era de nuestra propiedad, sabes… no podía irse así como así. De hecho no podía irse. Pero se esfumó.

Daisy se había puesto melancólica y eso divirtió a Melanie a quien la joven aristócrata rusa la fascinaba de manera harto elocuente. La llegada de Thomas, un joven pelirrojo bien parecido aunque algo bobalicón, las hizo volver a la realidad. Llevaban un cuarto de hora esperando en la entrada del palacete. Daisy miró su pequeño reloj de pulsera de oro y diamantes y soltó un bufido al ver al sirviente.

—¡Cómo te atreves a hacernos esperar, idiota!

—Lo siento señorita Péshkov. Lady Clementinne me ha tenido ocupado hasta ahora.

—Esa estúpida… supongo que no le habrás dicho nada del trabajito que vas a hacer para nosotras…

—No señorita Péshkov, se lo juro. Tengo la calesa preparada…

—¿Y te imaginas que la señorita Warden y yo vamos a ensuciarnos los zapatos caminando hasta las cuadras? ¡Tráela aquí inmediatamente…! ¡Y rápido! — le ordenó con el aplomo que tienen los que están acostumbrados a ver satisfechos sus caprichos con una simple orden.

Thomas, que había estado dando vueltas a su gorra entre sus callosas manos hizo un par de reverencias con la cabeza y tras musitar algo ininteligible marchó corriendo en dirección al establo.

Cinco minutos después detenía el joven la calesa que conducía una bonita yegua. Se bajó del pescante y abrió la puertecilla. Hizo una exagerada reverencia y esperó a que las dos elegantes damitas tomaran asiento en su interior. Montó de un salto y arreó al animal que inició el trayecto al paso.

El crepúsculo se había enseñoreado del cielo. Daisy se arrebujó contra su amiga. Un baile era siempre un motivo de felicidad. Poder lucir sus bonitos vestidos, beber champagne, bailar en brazos de los elegantes jóvenes hijos de las mejores familias de Inglaterra. Los bailes organizados en la mansión de Yorkshire de Lady Marchmain eran siempre maravillosos.




***



Lilie Wilkinson aguardaba inquieta ante el despacho de Lady Marchmain. No se atrevía a sentarse en la silla de terciopelo que había junto a la entrada porque por allí pasaban constantemente las altivas señoritas del internado y seguro que la reñirían si la veían en una actitud poco apropiada para una sirvienta.

Lilie era huérfana desde los cuatro años. El hogar para niños que financiaba Lady Marchmain la había acogido y para la joven, que ahora tenía quince años, suponía la diferencia entre estar en la calle prostituyéndose o vivir rodeada de lujo aunque ella no pudiera participar de él más que para limpiar.

En cualquier caso Lilie era como el resto de huérfanas del Hogar Marchmain para niños: un dechado de servilismo y agradecimiento hacia su protectora que ahora la había convocado.

Varias de las jóvenes alumnas pasaron por su lado y le dirigieron las acostumbradas miradas de superioridad cargadas de desprecio que las huérfanas que servían en el Colegio Marchmain para Señoritas solían recibir de aquellas muchachas frívolas y privilegiadas.

Cuando cumplió diez años las monjas que regentaban el Hogar Marchmain para niños huérfanos consideraron que Lilie había desarrollado lo suficiente su sentido de la servidumbre y fue asignada al servicio de las altivas alumnas del Colegio Marchmain.

En esos últimos cinco años había hecho de todo: servir en el comedor de las señoritas, en la lavandería, en el servicio general de limpieza que incluía fregar de rodillas los suelos del lujoso palacete durante todo el día, doncella de alcoba, había estado con las planchadoras, encargada de lustrar el calzado de las señoritas, asistenta en los paseos de las jóvenes alumnas, horas y horas puliendo la plata… de todo, había hecho de todo y siempre con una encomiable entrega y una actitud servil fuera de toda duda.

Mientras esperaba con los nervios corroyéndole el estómago a que se abriera la puerta de doble hoja de la dueña del imperio Marchmain, como la propia MiLady llamaba a su negocio, hizo balance de su vida hasta ese momento. Se sentía contenta con lo que había logrado, lo que achacaba tanto a la fortuna de ser aceptada por Lady Marchmain en su Casa de Acogida, como por su entrega servil y permanente, su devoción por servir. No le había ido tan mal dentro de todo.

Lilie había conocido amigas del orfanato que habían sido expulsadas. Chicas rebeldes que no se sometían de buen grado. Lady Marchmain quería que sus asustados conejitos, como llamaba ella a sus huerfanitas, pusieran el alma en lo único que les exigía: devoción sin límites y obediencia a ultranza. Y en eso había sacado matrícula de honor. Lo contrario era exponerse a ir a parar al arroyo, y Lilie temía abandonar el camino de sumisión en el que se sentía segura y protegida.

Las veces que había ejercido de doncella de alcoba había disfrutado mucho. Era la máxima aspiración de todas las muchachas del Hogar Marchmain para niños huérfanos.

A pesar de que aquellas jóvenes engreidas, fatuas, frívolas y vanidosas la trataban con desprecio a Lilie no le importaba. Es más, lo aceptaba como algo natural. El orden natural de las cosas no cesaba de repetirles Lady Marchmain cuando tenía ocasión.

Lilie disfrutaba acariciando los bonitos vestidos que las señoritas atesoraban en sus armarios. Los olía y se los acercaba a la mejilla. Se imaginaba experimentando la suavidad de las sedas en su piel y se sentía feliz. Otro tanto le ocurría cuando tenía que ordenar los zapatos de las señoritas y limpiarlos, lo que hacía cuando ellas estaban en sus clases. Los tocaba y acariciba. Los acercaba a sus labios y los olfateaba con pasión.

Tal vez lo que menos le había gustado en su larga experiencia como sirvienta en el Colegio para Señoritas de Lady Marchmain había sido tener que pasarse días enteros arrodillada para sacar brillo a los suelos del palacete. El trabajo era agotador.

Terminaba dolorida de rodillas, brazos y manos. Siempre frotando el suelo que las altivas alumnas manchaban sin recato cuando regresaban de sus clases de equitación, dejando las marcas de las sucias suelas de sus botas a su paso que ella tenía que volver a hacer desaparecer de inmediato.

Lo otro que detestaba era la negación de su nombre. No era Lilie para aquellas jovencitas. Simplemente «chica». ¡Eh, tú, chica! En eso se había convertido su bonito nombre. Y los comentarios que hacían entre ellas, comentarios siempre hirientes, destinados a humillar a las muchachas que no tenían la suerte de haber nacido ricas como ellas.

La puerta se abrió con un chasquido que sobresaltó a una ensimismada Lilie.

—Te toca, Lilie… — le dijo la compañera que acababa de abandonar el despacho, Irina, una joven rusa que había tenido que emigrar de su patria porque sus padres, a pesar de pertenecer a las clases oprimidas habían seguido fieles a sus amos y los bolcheviques no perdonaban la traición.

Lilie sonrió a Irina y ésta se le acercó. Le dio un beso en la mejilla.

—Ánimo, yo he tenido suerte, tú también la tendrás, de lo contrario no te habría llamado la bruja.

Evidentemente la bruja era Lady Marchmain que se ocupaba personalmente del destino y la suerte de sus huérfanas así como de la dirección de su institución para señoritas de la alta sociedad.

—¿Te ha encontrado sitio?

—Siiiií… —Irina no pudo evitar un gritito de alegría— me largo al fin del mundo, Lilie… dejo esto para siempre…

—¿Pero a dónde?

—¡Melisa Wilkins! — la voz de Lady Marchmain retumbó desde el interior del despacho.

Lilie en un principio no se reconoció por ese nombre. Hacía siglos que no la llamaban por el nombre que le habían puesto al nacer y sólo reaccionaba a Lilie, el diminutivo que siempre habían empleado para llamarla.

—¡Lilie, te llama la bruja… venga! — le advirtió Irina.

—¡Joder, es verdad, esa soy yo! ¡Voy MiLady, voy…! ya me contarás — le susurró a Irina mientras se adentraba en el sancta sanctorum de la bruja.

Cuando Lilie salió del despacho estaba hecha un flan. Ella también había tenido una suerte increible. Ambas eran enviadas a la joven colonia neozelandesa, y a casas del máximo nivel.

Lady Marchmain la había aleccionado con uno de sus conocidos discursos sobre la humildad y la obediencia, sobre la importancia de mostrar absoluta disposición ante sus nuevas señoras.

Dentro de un mes embarcarían un total de seis chicas del Hogar para huérfanos de Lady Marchmain en un vapor que cruzaría varios océanos hasta llevarlas a su nuevo destino: Nueva Zelanda. Lilie se sentía dichosa.




***



—¿Y mis diez chelines, señorita Daisy? — preguntó el bueno de Thomas cuando abrió la portezuela para que descendieran las jóvenes.

—Cuando regresemos, Thomas… espéranos aquí. A las doce termina la fiesta. Nos tienes que regresar si quieres cobrar — le dijo Daisy ofreciéndole una de sus más cautivadoras sonrisas.

A Thomas no le quedaba otra que aceptar si quería cobrar lo que la joven rusa le había prometido. Se sentó en el pescante dispuesto a pasar las próximas seis horas al raso y las vio alejarse por la espectacular escalinata de entrada a la mansión. Hasta sus oídos llegaron las alegres risas de las dos jóvenes.

—¿Crees que va a colar, Pavel? — preguntó Paddie casi con la esperanza de que le dijera que no y abandonaran la absurda idea de hacerse pasar por lo que no eran.

Pavel Petcovich lo miró con su acostumbrada socarronería.

—Ante todo muéstrate seguro de ti mismo. Sí tú te lo crees ellos también. Hay que ser osado si se quiere conseguir algo en esta vida.

—Y qué coño vamos a hacer en medio de toda esta gente con la que no tenemos nada en común. En cuanto abra la boca sabrán que no soy lo que pretendo — se lamentó Paddie.

Los dos jóvenes, vestidos de etiqueta se detuvieron en la parte de atrás de la mansión, donde nadie podía verlos. Pavel le arregló las solapas del chaqué y con la mano simuló quitarle una mota de polvo.

—Confía en mí, Paddie, te he sacado de esa mierda de mina en la que perdías la vida, hemos comido y dormido como personas en lugar de cómo animales. Hoy, además, vas a experimentar qué se siente al vivir como los ricos. Como esos hijos de papá cuya única preocupación es que su lacayo les tenga planchado el frac para asistir a fiestas como ésta y las botas lustradas mañana por la mañana cuando vayan a dar su paseo a caballo a mediodía.

—No sé, Pavel, de verdad… tengo miedo que nos descubran.

—¿Y qué puede pasar si nos descubren? Nada, nos echarán a patadas, como perros, pero eso ya lo tenemos asegurado… y nuestro culo está acostumbrado a sus botas…

—Jajajaja… eres la hostia, Pavel… venga… con dos cojones — intentó animarse y convencerse Paddie.

Ambos jóvenes tenían una ventaja a su favor. Vestidos con elegancia tenían el aspecto propio de los gentlemen. Pavel, curtido en mil batallas, había adquirido gran soltura para enfrentarse a muchos y muy distintos retos. La vida era una constante sucesión de retos que él disfrutaba salvándolos, superándolos.

Con sólo doce años había huido de la servidumbre impuesta por razón de su condición social: era un mujik hijo de mujiks, que atravesó más de seis mil kilómetros huyendo  en busca de la libertad. Cinco años después y a pesar de su juventud era todo un hombre experimentado, acostumbrado a sobrevivir. Una absurda y peregrina idea de venganza conformaba su espíritu luchador, la cual le proporcionaba la energía suficiente para no rendirse ante los duros golpes de la vida.

—Hemos de esperar la entrada de algún grupito. Si vamos solos no tendremos la menor posibilidad de superar la barrera de los lacayos, pero en grupo sí.

Paddie lió un cigarrillo para él y otro para su compañero Pavel. Fumaron en silencio protegidos por el amparo que les ofrecían tres enormes robles que crecían inusualmente juntos formando una barrera natural tras la que ocultarse. Desde allí podían ver la llegada de carruajes y coches que llevaban a los invitados hasta el principio de las escalinatas.

—Ésta es la nuestra, Paddie, no tires el cigarrillo, nos servirá — le dijo Pavel dándole un ligero codazo a su amigo y echando a andar hacia la entrada principal donde una calesa acababa de dejar a dos jovencitas estúpidas que empezaban a ascender la escalinata entre risitas tan estúpidas como ellas.

Pavel tenía una zancada larga y segura. Paddie casi tuvo que correr para ponerse a su altura. Dieron caza a las dos elegantes muchachas hacia la mitad de la escalinata.

—Paddie, ¿a qué hora le has dicho a Fredie que venga a recogernos? — dijo Pavel en un perfecto inglés que no denotaba el menor rastro de su gutural lengua vernácula.

Había hablado lo suficientemente alto como para que las dos bellezas que seguían riendo lo oyeran. Daisy se giró sin dejar de subir peldaños. No había visto llegar a los dos elegantes muchachos que iban tras ellas ni había visto ningún carruaje que los hubiera podido traer.

Pavel, rubio como el trigo dorado y consciente de su atractivo, guiñó un ojo a la muchacha que lo miraba inquisitorialmente, como si se extrañara de su presencia.

—Buenas noches, señoritas — Pavel se puso a la altura de Melanie y Daisy — ¿saben por casualidad a qué hora terminará la fiesta? Mi lacayo es más torpe que un campesino ruso — dijo a modo de chiste.

Daisy soltó una carcajada a la vez que se le iluminaba la cara. Cualquier referencia a su tierra natal la ponía de inmediato en la buena predisposición.

—En ese caso más que un sirviente lo que tiene usted es un problema — dijo Daisy volviendo a reír con esa risa que sólo ella sabía modular.

Pavel iba a replicar con otro apunte gracioso pero se quedó blanco como el papel. Paddie tuvo que acudir en su ayuda. Nunca había visto a su amigo quedarse bloqueado, como sin saber qué hacer o decir.

—De hecho es galés, uno de esos mineros reconvertidos, lo que viene a ser lo mismo.

Paddie se parodió a sí mismo empleando el típico acento de los galeses pobres y su intervención tuvo la virtud de arrancar una risotada a Melanie, cuya madre era galesa por lo que reconoció el acento.

Del mismo modo que a Daisy se le iluminaba el rostro al hablar de su Rusia, a Melanie le sucedía algo parecido si alguien mentaba el país de procedencia de su madre, de quien tantas historias había oído contar de niña.

Pavel se obligó a espabilar. Acababa de recibir un golpe brutal a sus recuerdos. No. No podía ser. Necesitaba calmarse, serenarse y ordenar sus recuerdos.

Es imposible, no puede ser verdad… además, no se llamaba Daisy, se dijo Pavel que miraba embelesado a la aristócrata rusa que era la muchacha más hermosa que había visto en su vida. Conoce, Pavel, conoce, se insistió el joven que estaba haciendo auténticos esfuerzos por disimular la turbación que le había invadido, esta muchacha no puede ser quien te piensas que es.

Llegaron a la altura superior de la escalinata donde dos lacayos uniformados vigilaban el acceso a la fiesta. No se requería invitación formal pero aquellos dos sabuesos sabrían parar los pies a cualquier intruso que pretendiera colarse en una fiesta donde no estaban invitados.

El más avezado de los lacayos llevaba un ratito mirando a los cuatro jóvenes que ascendían la escalinata entre risas y comentarios estúpidos. Su instinto y su experiencia le hicieron dudar de los dos muchachos. No tenía un motivo concreto ya que ambos vestían adecuadamente y su aspecto era similar al de la mayoría de los cachorros de la nobleza inglesa, siempre tan superficiales y tan dispuestos a humillar a los sirvientes.

A las dos chicas las conocía de vista. Eran alumnas de la escuela de señoritas de Lady Marchmain. Alfred, ese era el nombre del lacayo, se dijo a sí mismo que Paddie no daba el tipo. Pero el otro sí. ¿Qué hacer? Si metía la pata se enteraría Lady Marchmain, eso era seguro, y su ama lo humillaría tanto en público como en privado, pero si estaba en lo cierto su prestigio aumentaría como la espuma.

Alfred decidió confiar en su sagacidad y apostó por su instinto.

—Alto caballeros, podrían mostrarme su invitación, por favor — dijo con una educada insolencia.

Paddie se puso lívido. Pavel le había dicho que no era necesaria invitación dado que la fiesta se daba para las alumnas de último curso y se suponía que eran invitados por éstas. No obstante, órdenes de Lady Marchmain, si había dudas se reclamaba la invitación. Si realmente habían sido invitados por alguna de las alumnas así lo harían saber y en ese caso se confirmaba y luego se pedía humildemente perdón a ambos.

Daisy se quedó mirando a los dos muchachos con expresión divertida. Aquellas situaciones embarazosas le encantaban, especialmente si no la afectaban a ella.

Pavel aún parecía bajo los efectos del shock que le había sacudido las entrañas al fijarse en Daisy. No obstante su sentido práctico lo devolvió a la realidad y cuando iba a sacar a relucir sus dotes para el embrollo apareció una inesperada salvadora: Melanie.

—Son nuestros invitados, chico — sabía que se llamaba Alfred pero decidió humillarlo mostrándose estúpida con él — espero que tengas una buena excusa para justificar tu comportamiento insultante.

Daysi enarcó una ceja y se echó a reír como tenía por costumbre delante de cualquier circunstancia de la vida. Paddie miró a Melanie con ojos de cordero degollado y pudo ver que ella se estaba fijando en él, y no en Pavel que era lo que normalmente hacían todas las chicas.

—Le ruego que me disculpe, señorita Warden, no había visto nunca a estos caballeros y pensé…

—¿Qué pensaste, chico? ¿Que si un caballero no ha sido bendecido por tu mirada de sapo ya no puede ostentar tal condición? Eres un presuntuoso, muchacho… tendré que hablar de tu insolente comportamiento con Lady Marchmain… — Melanie decidió darle la puntilla — mañana almuerzo con ella, así que será un buen momento para hacerle algunas sugerencias respecto a los lacayos de puerta…

—Le suplico que disculpe mi celo, señorita Warden — Alfred estaba blanco como el papel y sudaba a ojos vistas.

Daisy lanzó una de sus irritantes risitas y Pavel decidió poner su grano de arena para certificar la defunción profesional del lacayo.

Pavel se llevó el cigarrillo a los labios, aspiró una fuerte calada y soltó el humo directamente a la cara angustiada del lacayo para acto seguido arrojar la colilla al suelo.

Paddie tuvo el instinto de imitar a su compañero que le había dicho antes que no se deshiciera del pitillo pues les iba a servir, y también arrojó la colilla al suelo.

—Chico, tienes la entrada hecha un vertedero, a ver si limpias un poco, no creo que a las damas les guste ir pisando colillas — le dijo Pavel al horrorizado lacayo.

—Es cierto chico, si mañana le contamos a Lady Marchmain que has estado a punto de echar a perder nuestros zapatos hará que te azoten como mínimo — salió Daisy en ayuda de Pavel, siempre dispuesta a divertirse a costa de la zozobra de los estirados lacayos.

—Lo siento señorita Péshkov, ahora mismo lo limpiaremos… ¡Karl, rápido estúpido, recoge las colillas del suelo! — le gritó de esa manera típica de los criados ingleses para dar una orden a un subordinado, es decir sin, apenas levantar la voz pero con una firmeza que les hacía parecer que estuvieran investidos de una autoritaria dignidad.

Karl era el otro lacayo, que por ser más joven estaba a las órdenes de Alfred. El muchacho era de origen prusiano y se puso firmes ante la orden de su superior, provocando la risa de los cuatro muchachos, que entraron en la fiesta sin más contratiempos mientras Melanie y Daisy reían por lo divertido de la situación.

Una vez dentro el peligro seguía existiendo, pero era más difícil que se descubriera la impostura de los dos muchachos porque el alcohol nublaba las mentes y era más sencillo fabular si uno se mantenía alerta.

En un momento los cuatro jóvenes que habían entrado juntos se dispersaron. Las dos chicas fueron reclamadas nada más pisar la alfombra persa de la entrada por un grupito de histéricas compañeras de último curso que como ellas habían podido asistir a uno de los bailes organizados por Lady Marchmain.

Pavel, seguido de Paddie, se encaminó directamente al fondo de uno de los salones donde por la cola de gente supo que servían bebidas. Necesitaba algo fuerte. Cuando el maldito lacayo se dirigió a Daisy con el tratamiento de señorita Péshkov de nuevo el temblor se apoderó de sus piernas. Suerte que las dos chicas se estaban encarnizando con el lacayo y no habían reparado en que se había vuelto a quedar blanco como la pechera de su traje.

—¿Puedes explicarme que coño te pasa, Pavel? Por dos veces he tenido la impresión de que ibas a desmayarte.

—No es nada. Tengo el estómago vacío. Necesito llenarlo con urgencia.

—Pues este whisky irlandés no me parece a mí que te vaya a quitar el hambre — respondió Paddie con ironía.

Pavel se apartó un poco de la fiesta y se retiró a una zona en penumbra para tragarse el copazo que hacía girar con mano experta antes de llevárselo a los labios. Señorita Péshkov. Aquellas dos palabras resonaban en su mente y su memoria jugaba ahora a destapar recuerdos.

No puede ser. La odiada barinia se llamaba princesa Olga Vasilievna Peshkova, y su hija, la pequeña barinia, princesa Daría Nicolaievna Peshkova, a quien familiarmente llamaban Dasha. Daisy Péshkov. Demasiado parecido. Demasiadas coincidencias.

No tenía ni idea de qué había sido de sus antiguos amos. Tras la revolución seguramente habrían emigrado llevándose su inmensa fortuna en joyas. El dinero lo tenían a buen recaudo en un banco suizo. ¿Podía ser ella? Habían pasado cinco años. Por la edad bien podía ser, además, cuando había soltado su chistecito del campesino ruso a Daisy se le había iluminado el rostro.

A todos los rusos que conocía les cambiaba la expresión cuando alguien mentaba cualquier detalle que pudieran relacionar con la madre patria. Incluso él, que sólo tenía recuerdos dolorosos, se ponía melancólico si escuchaba el gutural acento ruso hablando inglés.

La revolución había expulsado de Rusia a millones de almas y no todos eran ricos aristócratas. Muchos campesinos habían buscado en Europa una salida a su vida tras truncarse su existencia de siglos de sometimiento a una de las noblezas más crueles del planeta, porque tampoco les gustaba lo que les ofrecían los bolcheviques.

Pavel, al igual que varios cientos de compatriotas, había acabado malviviendo en Gales. Muchos habían acabado como estibadores en los puertos, otros engrosaban el ejército de «esclavos» de los propietarios de minas… él había probado fortuna en los criadores de ovejas y caballos. Siempre le habían gustado los caballos. Una oveja era más pequeña y tenía también cuatro patas.

—Qué te ocurre Pavel — Paddie se sentó en una silla junto a su compañero que miraba el fondo vacío de su copa con expresión aturdida.

—Nada, estoy bien. Un vaído. No te preocupes. Vamos a pasarlo bien, a eso hemos venido, ¿no? Tenemos que sacar rendimiento a estos trajes, su alquiler me ha costado una pasta — le respondió aparentemente más calmado.

Daisy se lo estaba pasando en grande. Había bailado todo lo que habían tocado. Los jóvenes caballeros se peleaban por bailar con ella. Melanie no le iba a la zaga. Ambas eran bellas y descaradas, dos cualidades que entusiasmaban a los cachorros de la nobleza en su afán por lograr aquella noche algo más que un beso.

Melanie se sentó en una silla de alto respaldo y chasqueó los dedos en dirección a una doncella. Se alegró de conocerla. Lady Marchmain también usaba a sus huérfanas para que sirvieran en su mansión y especialmente en las fiestas que organizaba para las selectas jovenes cuyos padres pagaban auténticas fortunas para que las instruyeran de cara a saber comportarse en los selectos círculos en los que deberían desenvolverse en sociedad.

Lilie e Irina, tras recibir la noticia de que en un mes abandonarían el orfanato para ir a servir a familias pudientes de Nueva Zelanda afrontaban con mayor alegría de la habitual la dura prueba de servir en aquellas fiestas donde las altivas jovencitas gracias al alcohol se comportaban de manera mucho más cruel de lo que en ellas era habitual.

Cuando vio que la señorita Melanie la reclamaba se alegró. Sabía que Melanie venía de ese pequeño país al que ella pronto iría a servir. Por un momento sintió que la unía algo a aquella muchacha tan hermosa y desenvuelta que conocía porque en los tres años de carrera le había tenido que lavar la ropa interior, servirle la comida en el salón comedor de las señoritas alumnas, volver a limpiar el suelo de las huellas que había dejado al pasar cuando tenía ese servicio asignado o limpiarle las botas después de la diaria clase de equitación.

—Búscame algo que no lleve alcohol… tú sirves en la escuela, ¿no? ¿Cuál es tu nombre que no lo recuerdo?

—Lilie, señorita Melanie — respondió la joven haciendo una graciosa reverencia demostrando su entrenamiento para que las copas llenas que cargaba en la bandeja que sostenía con una sola mano apenas notaran el movimiento.

—Eso, Lilie. Pues eso, buscame algo refrescante — le ordenó Melanie dando muestras de cansancio.

—Sí señorita Melanie.

Las señoritas alumnas no tenían porqué conocer el nombre de las sirvientas, ellas eran simplemente «eh, chica», pero las doncellas sí estaban obligadas a dirigirse a las señoritas alumnas por su nombre anteponiendo el respetuoso señorita delante.

Daisy llegó acalorada y se sentó junto a la silla libre que había al lado de Melanie.

—Tengo los pies hinchados de tanto bailar — se quejó Daisy con una maravillosa sonrisa — lo que daría por tener a mi sirvienta maorí ahora. Mis pobres pies la añoran.

—Y que lo digas, no hay nada más agradable que sentir los labios de esas negras recorrerte las plantas de los pies — le contestó Melanie en el mismo momento que regresaba Lilie con una limonada con hielo picado.

 —Le he conseguido una limonada, señorita Melanie, ¿le va bien?

—Oh, sí, perfecto.

—Yo también quiero una — exclamó Daisy — traéme una para mí, chica.

—Sí señorita Daisy — Lilie volvió a hacer la graciosa reverencia que Daisy ignoró. Estaba acostumbrada desde pequeña a las muestras serviles, primero de los mujiks de su madre y ahora de los nativos maorís que les servían casi como esclavos.

Daisy recordaba cómo debían postrarse los mujiks en presencia de los amos: arrodillados y con la cabeza tocando el suelo delante de sus pies. Su madre, la princesa Olga Vasilievna Peshkova, había mandado apalear a más de una sirvienta por no tocar con la frente en el suelo delante de sus lustrosas botas.

—¿Has vuelto a ver a los chicos con los que hemos entrado? — preguntó Daisy.

—No. Bueno, sí, al rubio lo he visto bailar con un par de chicas, pero al otro no lo he visto.

—El rubio es un bombón — rió Daisy.

—Pues a mí me ha impactado el otro — se ruborizó Melanie que no era tan lanzada como su amiga.

—Desde luego, ya he visto cómo les has echado un cable…

—¿Crees que no estaban invitados? — preguntó casi horrorizada Melanie pensando que podía haber ayudado a entrar a indeseables en aquella fiesta privada.

Daisy se encogió de hombros. A ella le era indiferente. Lo que quería era pasárselo bien y el rubio de los rizos trigueños le pareció un ejemplar digno de una buena diversión.

En el otro extremo del inmenso salón de baile Pavel estaba acariciando el culo terso de una de las sirvientas. La había oído hablar al pedir perdón a una altiva joven que se quejaba de su lentitud en servirle una copa de champagne y pudo escuchar el acento de la doncella que él reconoció de inmediato.

Después de que la irascible joven despidiera a la atribulada sirvienta con un gesto indolente y despreciativo de su enjoyada y blanca mano, Irina se volvió con los ojos llorosos y se encontró de frente la risueña expresión de un chico rubio que la miraba con ternura. Los hoyuelos que se formaban sobre las comisuras de sus labios le conferían un atractivo que se unía al profundo azul de su intensa mirada.

—Eres rusa, ¿verdad? — le preguntó Pavel tomando de la pesada bandeja que llevaba Irina con una sola mano un vaso de whisky en el que mojó apenas los labios.

—Sí señorito.

Pavel se sonrió. Le hacía gracia que lo tomaran por uno de esos pisaverdes estúpidos y arrogantes. Eso significaba que estaba llevando a cabo perfectamente su impostura. Le quitó la bandeja de la mano, la depositó sobre una peana de la que probablemente habrían retirado algún excelso busto para impedir que cayera cuando los participantes de la fiesta fuesen lo suficientemente borrachos, y tomándola del brazo la llevó detrás de la columna donde reinaba la penumbra cómplice de los amantes.

—¿Cómo te llamas?

—Irina señorito — respondió la muchacha atemorizada.

A las jóvenes ricas las temía porque se portaban como tiranas con el servicio pero los chicos ricos le causaban pavor porque si bien solían ser más amables casi siempre se aprovechaban de su superioridad para magrearlas, besarlas metiéndoles la lengua hasta la campanilla y hacerles notar su henchido pene bajo el pantalón apretándose contra sus piernas.

—No me llames señorito. No soy de esos. Dime una cosa, ¿de dónde eres?

—Sirvo como criada en el Colegio para Señoritas de…

—No me refiero a eso — la cortó Pavel con su acostumbrada seguridad — quiero saber de qué parte de Rusia procedes. Porque a mí no me puedes negar que eres rusa.

Irina abrió los ojos sorprendida. El joven no tenía acento ruso. Por un momento pensó que podía tratarse de un emigrado de la aristocracia. Europa estaba llena de ellos y en aquella fiesta era probable que hubiera más de uno.

—De Smolensk, señorito.

—Y dale, que no me llames así, coño… para tu información, yo también nací en Smolensk. Éramos siervos de la princesa Olga Vasilievna Peshkova.

Irina abrió la boca como sorprendida y a la vez asustada.

—Mis padres pertenecían a la familia de la princesa Katerina, su hermana. Todo Smolensk era propiedad de los Péshkovo. Las dos hermanas se tenían las tierras y la gente repartidas — balbuceó Irina.

Pavel mostró su sonrisa más encantadora. Su suerte era inconcebible. Se había pasado la fiesta bailando con unas y otras tratando de evitar a la joven que había conocido a la entrada, esa tal Daisy Péshkov que le había helado la sangre. Ahora iba a salir de dudas gracias a esa muchachita servil, porque Pavel al instante catalogó a Irina como la típica mujik que es fiel y leal a sus amos por mucho que la pisoteen.

—Ya ves, qué pequeño es el mundo — volvió a sonreir Pavel que sabía que tenía a la doncella encandilada a la par que sorprendida.

—Pero cómo va a ser usted un mujik, señorito… no creo que…

—Mira Irina, cuando yo no era más que un niño el Barín, el príncipe Oleg, me hacía limpiarle las botas con la lengua. Mi hermana era una de las sirvientas personales de las hijas de la princesa Olga y a mi madre la mataron a golpes de knut en presencia de sus hijos. Así que no me llames señorito, me ofendes.

—Sí señorito, perdóneme el señorito — balbuceó conmocionada Irina.

—Está bien, me rindo. Llámame cómo te dé la gana, pero háblame de una chica que está hoy en la fiesta. La he conocido al entrar. Me ha dicho que se llama Daisy Péshkov y desde que la he conocido no vivo. ¿La conoces?

—Claro que la conozco señorito. Y usted, si es cierto lo que me ha contado, también debería conocerla. Ella es la hija menor de la princesa Olga, la hermana de nuestra barinia, la princesa Katerina Vasilievna.

—Lo sabía… tenía que ser ella… — murmuró Pavel mordiéndose los labios.

Aprovechando la seguridad de la zona en penumbra donde se encontraban, Pavel rodeó a Irina con los brazos, la estrechó suavemente contra su cuerpo, bajó la cabeza de lado y la besó en los labios con todo su saber amatorio.

Irina creyó morir. Aquel chico tan guapo que acababa de dejarla fascinada y conmocionada por la historia que no podía haberse inventado, pero que a ella le costaba creerse, ahora la llevaba a las más altas cotas de felicidad por ella soñadas. Pavel notó cómo se derretía la joven bajo sus caricias y sus besos.

El joven le acarició un pecho por encima del uniforme de doncella con el dorso de los dedos, suavemente. Irina enrojeció tanto de vergüenza como de felicidad. Aquel muchacho era extraordinario. Si decía ser quien era y resultaba cierto podía llegar a ser para ella como una especie de semidios, un Hércules o un Aquiles modernos… y esos rizos del color del dorado viejo que le caían rebeldes por la frente en la que se marcaban unas atractivas arrugas que Irina atribuyó al sufrimiento a pesar de su juventud… qué guapo era el condenado.

—Anda, sigue sirviendo, guapa, no tengas a las Barinias sedientas, por lo que he visto aquí son igual de altivas que en nuestra amada rusia — le dijo Pavel dándole un último beso en la comisura de los labios.

Irina abandonó la penumbra como si flotara en una nube. No era capaz de imaginarse a aquel apuesto muchacho lamiendo las botas de su Barín. Al contrario, más bien lo veía como uno de esos príncipes de la alta nobleza rusa, calzando espuelas en sus lustradas botas y látigo de montar en la mano, oteando los campos de trigo que sus siervos recogían en la cosecha con el lomo doblado bajo el sol y el peso de la servidumbre secular del campesinado ruso sobre sus doloridas espaldas.

Irina cogió la bandeja de donde la había depositado Pavel y se perdió entre la nube de vestidos de seda y zapatos de tacón que bailaban en manos de apuestos caballeros tan altivos y arrogantes como ellas.

Pavel encendió un cigarrillo y decidió salir a la terraza a tomar aire. Necesitaba aclarar sus ideas y sus pensamientos.

Parecía imposible pero todo apuntaba a que esta vez era verdad. Había dado con ella. Bueno, con ellos. La familia Péshkovo, que al parecer ahora se hacía llamar Péshkov, para probablemente despistar, a los agentes del bolchevismo que perseguían a los nobles expatriados a fin de buscar la manera de hacer retornar a la madre patria las fortunas con las que habían escapado de ella.

Pavel dio una fuerte calada y expiró el humo formando círculos. Se entretuvo contemplando las figuras que se dibujaban en el aire de la noche estrellada de Yorkshire.

No le había reconocido, claro que a él tampoco le había sido fácil y además habían pasado cinco años. Éran dos criaturas. Doce años tenían ambos. Pavel recordó el día en que la barinia Olga los obligó a él y a su hermana Natasha a presenciar el cruel castigo que a la postre acabaría con la vida de su madre.

«Aprenderéis a latigazos a cumplir las leyes que imponen vuestros amos — …bramó la voz chillona de la princesa Olga al casi centenar de siervos que habían sido convocados ante la mansión señorial para asistir al escarmiento de Annia, la viuda que había osado robar manzanas de una de las fincas de los Péshkovo porque sus hijos pasaban hambre desde que el padre había sido ahorcado, cinco años antes, por entrar en las tierras de la barinia Tatiana para hacer pacer a su única vaca —…estas manzanas que ha robado Annia pertenecen a la barinia Daria Nicolaievna y ahora veréis cómo se castiga la rebelión»

Aquellas palabras resonaban en la cabeza de Pavel mientras los ecos de un vals fluían a través de las puertas entreabiertas de la mansión de Lady Marchmain. No podría olvidarlas nunca. El discurso había sido más largo. Mientras el knut, ese horrible símbolo de la opresión que sufría el campesinado ruso a manos de sus amos iba cayendo demoledor sobre las espaldas de su pobre madre.

La barinia Olga había hablado de la ingratitud de los siervos que osaban robar a sus amos. El que se pasara hambre no era motivo ni excusa para violar la sacrosanta propiedad privada de sus dueños. Había recordado a sus temerosos mujiks que contemplaban el castigo de su compañera en absoluto silencio, que ella, la princesa Olga Vasilievna, era como una madre para sus campesinos, si se mostraban sumisos y venían a suplicar ella los escucharía, pero sería inclemente, no tendría piedad, para los que robaran.

Pavel recordaba las súplicas de su hermana Natasha para que cesaran los latigazos. Él no había suplicado. Estaba horrorizado viendo la sangre que iba brotando de la desnuda espalda de su madre, pero no suplicaba. Miraba a la barinia Olga y escuchaba sus palabras que planeaban siniestras sobre los atemorizados y angustiados campesinos, palabras que a sus oídos sonaban tan incomprensibles como el chasquido de los latigazos que lentamente iban matando a su madre.

Al lado de la barinia Olga Vasilievna se hallaba la ultrajada princesa Daría Nicolaievna. Tenía solo doce años y era la propietaria ya de los mejores pastos, de las mejores tierras, de los mejores animales. Annia había robado unas manzanas que crecían en uno de los campos que pertenecían a la joven barinia Daría y su madre, la princesa Olga imponía con la característica brutalidad de la nobleza rusa, el castigo a quien había osado apropiarse de lo que era de una niña.

Pavel, de doce años, curtido en la humillación, el hambre y el trabajo agotador, miraba impotente a los nobles que se habían congregado para comtemplar el castigo de su madre. La princesa Olga había decidido que el castigo se llevara a cabo en una de las jornadas de festejo del doceavo cumpleaños de su hija Daría. Sería un buen espectáculo para los aburridos invitados.

Mientras daba las últimas caladas al cigarrillo Pavel revivió aquel horrible momento. Recordaba los ojos de la princesa Daría, Dasha, la llamaba su madre, que contemplaban sin inmutarse cómo se retorcía aquella campesina que había osado mancillar su propiedad. Suerte que su madre, la princesa Olga, sabía poner a los mujiks en su sitio.

Pavel había esperado ver en los ojos de la hermosa niña un atisbo de piedad, de compasión. Pero los recordaba fríos. Hermosos pero fríos. Un par de horas antes lo primero que había reconocido en aquella joven hermosa que ahora se hacía llamar Daisy eran sus ojos. No había podido evitar trasladarse cinco años atrás.

Seguramente ni siquiera se fijó en mí, pensó Pavel arrojando la colilla al suelo. Yo no era más que un siervo, otro más de los campesinos que le pertenecían a su madre y que un día serían de su propiedad o de su hermana.

A pesar de haber pasado cinco años de aquella pesadilla seguía reviviéndola a menudo. Pavel se había endurecido pero ante el casual reencuentro con una de las responsables de la desgracia más grave que recordaba en su vida había estado a punto de desmoronarse. Se había rehecho hablando con la criada, Irina, que le había puesto en antecedentes y confirmado lo que temía, que aquella hermosura con la que había flirteado para conseguir su objetivo de colarse en la fiesta era quien temía que fuera.

No obstante Pavel no podía hacerla a ella responsable de lo que sucedió. Era una niña. Además, por mucho que se propusiera odiarla se daba cuenta de que aquella niña que contemplaba impasible cómo su madre era salvajemente azotada se había convertido en una mujer hermosa. Y el término hermosa no hacía justicia a lo que la realidad le había mostrado: era como una diosa.

No podía quitarse de la cabeza su risa cristalina, sus pechos que había percibido bajo el vestido de seda, parcialmente cubiertos por la pelliza de armiño con que se había protegido del aire nocturno. Estaban en mayo y el frío no era comparable al que hacía en Smolensk, donde su madre tenía que lavar la ropa de las princesas rompiendo el hielo del lavadero.

Pavel no pudo evitar recordar con ternura el cariño protector de su madre. Un fuego de venganza se apoderó de sus entrañas. Cómo odiaba a la princesa Olga… pero por mucho que lo pretendiera se sentía incapaz de odiar a su hija. Máxime ahora que se había convertido en una frívola y coqueta y hermosa mujercita.

—¿No tendrá un pitillo para mí?

La cantarina voz de Daisy lo sobresaltó. Se volvió bruscamente y la vio allí, de pie, apoyada en la barandilla de piedra de la terraza que daba al exhuberante jardín principal.

—Sí, esto… claro… sí… tome uno — le ofreció la cajetilla de cigarrillos de los que Daisy extrajo uno que se llevó a los labios.

Pavel rebuscó en los bolsillos del frac. Apenas llevaban esos trajes de gala. No entendía cómo esa gente podía ir sin bolsillos. Recordó que en el interior había guardado el Dupont que había robado a un caballero que le había pagado una libra por chupársela.

—Gracias… — dijo Daisy cuando acabó de prender el pitillo, expulsando el humo que provocadoramente le había arrojado a la cara.

Pavel estaba en tensión. Era evidente que el encuentro no tenía nada de casual. Ella había tenido que verlo por fuerza al salir. De no haber querido entablar conversación con él se habría dado media vuelta y se acabó. Sin embargo ahí estaba, más sensual y coqueta de lo que recordaba.

—Le comentaba a mi amiga Melanie que tengo la impresión que le conozco. ¿Hemos coincidido en alguna fiesta? — preguntó Daisy parpadeando con fingida inocencia conocedora del efecto demoledor de sus caidas de ojos.

El último curso en el Colegio para Señoritas de Lady Marchmain contaba con la asistencia de las alumnas a un sinnúmero de eventos sociales, fiestas, meriendas, cacerías, carreras de caballos y cualquier acto social donde la aristocracia se reunía para gozar de su vida licenciosa y ociosa, lo que había dado a Daisy y a Melanie la oportunidad de conocer más gente de la que eran capaces de recordar.

—Lo dudo. No suelo asistir a fiestas… y antes de que lo diga tampoco cazo, ni voy a Ascott…

—Qué aburrido, ¿y qué hace para divertirse?

Pavel no sabía qué decir. No pensaba contarle la verdad, que dedicaba todos sus esfuerzos a sobrevivir y que no le iba mal, pero nada tenía que ver con los que habitualmente vestían esos trajes que él sólo había alquilado.

Tendría que inventarse alguna ocupación digna, pero de momento lo había pillado en fuera de juego, así que buscó un efecto lo suficientemente fuerte aunque no por ello menos peligroso.

—Soy ruso, emigrante.

Daisy abrió los ojos como platos y una increible sonrisa asomó a sus labios rojos.

—¡No me diga! ¡Pero si no tiene acento…! Yo también soy rusa…! ¡Qué agradable coincidencia ¿no es genial?

—Pues usted tampoco tiene acento — le reconoció Pavel pues era la verdad.

—Entonces nos habremos visto en alguna fiesta en Sant Petersburgo… o tal vez estuviera alguna vez en nuestra finca de Smolensk…

—Posiblemente sea eso — Pavel agachó la mirada. Se había convertido en un mentiroso de lo más experimentado pero en esos momentos se sentía en falso, como avergonzado. Y no sabía porqué.

Daisy le contó la historia de su familia antes y después de la revolución. Pavel sabía ya que la princesa Olga y su familia vivían en Nueva Zelanda. Que eran propietarios de una plantación inmensa donde además de producir bienes agrícolas se dedicaban como en toda la isla, a criar ganado ovino y equino. Supo que reinaban sobre una tribu de unos ciento cincuenta miembros y que se sentían felices pero añorados de la madre patria que estaba ahora en manos de los demonios comunistas, que Dios los confunda.

—Los maoríes son como nuestros mujiks, solo que son totalmente indisciplinados. Pero son muy sumisos. ¡Dios mío, qué alegría conocer a alguien de allá —el término hacía referencia a la Rusia de los nobles— sin que sea uno de nuestros antiguos siervos. En la escuela tenemos una criada que era una antigua mujik. Tengo entendido que pertenecía a mi tía Katerina. La pobre fue violada y asesinada por las hordas rojas, me refiero a mi tía, claro, no a la mujik — se rió Daisy por la posible confusión que podía sugerir su explicación — y lo mismo le sucedió a su hija, mi prima Zoya.

»Con nosotros marcharon algunos de nuestros siervos, los criados que nos servían en la casa, claro, los campesinos no, desde luego, esos sólo querían vernos muertos, como a mi pobrecita tía Katerina y la pobre Zoya. Las mataron sus propios siervos, qué horror. Mamá odia a los comunistas… y yo también desde luego…

Daisy parecía haber tomado carrerilla y le estaba contando a aquel pretendido noble ruso todos los sentimientos propios del exilio.

—Sí, supongo que todos tenemos recuerdos que es mejor olvidar — contemporizó Pavel a quien no dejaba de doler aquella conversación — pero ahora estamos en Inglaterra, y podemos disfrutar de una vida más que merecida — le dijo y ella se acercó peligrosamente, levantando el rostro hacia él.

Pavel temblaba y le sudaban las manos. Todo el dolor acumulado se derretía ante aquella sensual y hermosa muchacha. Se avergonzó de sí mismo al pensar en los labios frescos que se abrían a dos dedos de los suyos en lugar de honrar la memoria de su madre y golpear a aquella furcia con toda su alma.

Momentos después se produjo lo inevitable. Los labios de ella se dejaron tocar por los de él. Daisy metió un poco su lengua en una clara invitación a un beso mucho más atrevido que un simple roce de labios.

Pavel recibió la lengua suave entre sus labios y la apretó con más fuerza. Él estaba delgado pero sus fibrosos músculos le conferían un aspecto duro. Ella notó la tensa musculatura bajo la camisa de él y se arrambó aún más. Levantó ligeramente la pierna y con el muslo apretó en la zona de la bragueta notando la dureza de su miembro.

—Es usted hermosa — le susurró él en un momento en que se dieron un respiro.

Ella volvió a besarle con pasión pero brevemente para apartarse luego y mirarle con los ojos brillantes y esa sonrisa mágica que era capaz de componer en sus labios rojos.

—Ya lo sé… — le dijo y zafándose de sus brazos escapó corriendo tanto como le permitían los tacones de sus zapatos.

Pavel se quedó apoyado en la barandilla de piedra. Vio el cigarrillo que ella había dejado apoyado en la repisa cuando habían comenzado a besarse.

Tenía carmín en un extremo. Pavel lo cogió y dio un par de caladas para saborear el gusto de aquellos labios que le habían dejado una marca indeleble en lo más profundo de su ser.


Eres un idiota, Pavel, se dijo mientras pensaba en lo sucedido. ¿Cómo puedes enamorarte de la responsable de la muerte de tu madre? Claro que ella no fue quien dio la orden… fue su madre, la princesa Olga… cuanto odio a esa mujer, trató de justificarse el aturdido joven.



(Continúa...)

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LUK.