A QUIEN LE INTERESE

En este rincón apartado he decidido publicar. La hipocresía que se vive en la página de TR (Todo Relatos) me obligó a abandonarla. Disfruto escribiendo y aún siendo consciente de que mis fantasías son minoritarias me parece injusto que aquellos que me seguían en TR se queden sin poder disfrutar de mis relatos.



No pretendo ser pretencioso. No quiero decir que mis escritos sean buenos, soy consciente de que no es así, pero aún lo soy más de que en este mundo retorcido de nuestras íntimas fantasías muchos buscamos algo que echarnos a los ojos que se acerque a nuestros fetiches, tabúes y quimeras eróticas.



Mi propósito es dejar al lector interesado y que se pueda identificar con mis inofensivos delirios una muestra de mi producción literaria dedicada al mundo de la sumisión, dominación, esclavitud y relaciones de poder. Fabulaciones en suma con las que más de uno sueña en secreto y que yo me dedico a poner negro sobre blanco con mayor o menor acierto.

Como que esta es una página abierta, he creado un grupo de admisión restringida en Yahoo (ver enlace) donde he puesto aquellos relatos que considero más fuertes, no sea que un alma sensible de esas que van por ahí salvando al mundo de la gente mala como yo se topase con uno de esos relatos y le salieran sarpullidos en el hipotálamo.



En este grupo sólo aceptaré miembros bajo petición expresa y siempre que me convenzan de su buena fe. Los relatos están en formato docx. y pueden ser descargados directamente.



Los relatos de ADELA también están en este grupo.



Aquí tenéis un enlace directo al grupo, pero recordad: miembros SOLO bajo admisión.



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miércoles, 9 de noviembre de 2016

MELISSA Y TOM

 

1.- Una nauseabunda sesión de limpieza.


Farah Collins tuvo que aguantarse las nauseas. Ni en un millón de años se acostumbraría. Abrió la boca y se introdujo los carnosos y sucios dedos del pie del obeso Nuno Bento, su amo hasta que lograra cancelar la inacabable deuda que la convertía en su esclava.

—¡Venga, Farah... chupa! – la azuzó don Nuno.

Farah lo había hecho una vez a la semana durante quince años y seguía resultándole vomitivo. Sorbió y chupó y pasó la lengua entre los dedos llevándose el sudor y el sebo allí acumulados.

—¿Dónde está la putilla de tu hija? – Bento pareció darse cuenta de que en su otro pie no había una boca para que se lo limpiase como era lo habitual – ¡Matilda, Matilda...! ¿Dónde está Teodora? – gritó – ¿Y Tom? ¿Porqué no está aquí el maldito pelirrojo?

—¡Voy padre, ahora voy! – se oyó la voz aflautada de Matilda, la hija de Nuno Bento, una voz sofocada, tratando de disimular el orgasmo en el que se hallaba inmersa.

En la habitación contigua Matilda Bento se puso en pie y dio una patada en la cara a Tom Collins que lo mandó a rodar por el suelo.

—¡Rápido, ve a ver al amo! ¿Dónde coño se ha metido tu hermana? ¡Cuando la coja le saltaré la piel a tiras! ¡Vete inmediatamente!

Tom Collins, el maldito pelirrojo según palabras de Nuno Bento, hijo de Farah Collins, entró en la habitación. Vio al obeso amo Bento desnudo, espatarrado en su sillón. A su madre de rodillas, chupándole los dedos de uno de los pies. Bento tenía una mano en el miembro que tenía morcillón y la otra agarraba la botella de ron. La mirada del obeso portugués era vidriosa.

—¡Venga muchacho... aquí tienes tu ración de carne semanal! ¡A qué esperas! – le gruñó tras lanzar un eructo.

Tom, tan asqueado como su madre se arrodilló entre las fofas y gruesas piernas del amo.

—¡Venga, pequeño hijo de puta, métetela en la boca!

Tom obedeció. De natural era un muchacho obediente, poco propenso, a diferencia de su hermanastra, a rebelarse, pero en esos momentos le asaltaba el deseo de morder el grueso pene que acababa de meterse en la boca.

No lo haría, desde luego, las represalias podían ser terribles.

Al poco se oyeron gritos y pasos apresurados, golpes y forcejeos.

—¡Aquí está padre, la he encontrado tumbada al sol a la muy zorra! – se oyó decir a la maciza Matilda, la hija de don Bento – ¡pasa, puta asquerosa, arrodíllate! ¿Pensabas que te ibas a librar de limpiarle los pies al amo? ¡Venga zorra, a trabajar... y vete preparando porque cuando hayas terminado te saltaré la piel del culo a latigazos y me fabricaré con ella un monedero! – le gritó con desprecio al tiempo que la empujaba con fuerza y la arrojaba a los nauseabundos pies de su padre.

Bento miró a la muchachita que estaba en el suelo y le acercó el pie a la cara. Le tocó los labios con las sucias uñas de los dedos de su pie para abríselos.

A Teodora se le inflamaba el alma ante aquellas humillaciones. Ella sí pensaba en morder, pero no el pie, no, la yugular. Se juraba que un día mataría a ese cabrón.

De reojo miró a su madre que , arrodillada, pasaba la lengua con frenesí por entre los sebosos dedos del amo y por la rolliza y apestosa planta.

«¡Dios mío, cómo puede llevar quince años soportando tantas vejaciones, trabajando como una mula, comiendo sobras como un perro, aguantando latigazos y diciendo constantemente «sí amo, no amo!» – se dijo Teodora y momentos después se puso también a lamer el pie del amo Bento.

—¡Más despacio, perro! – ladró Nuno Bento al tiempo que le daba un bofetón a Tom Collins en la cabeza – ¡Sabes que me gusta durar! No sé que tiene tu boca y tu lengua que me das más placer que tu madre o tu hermana.
 
Poco después un caliente, espeso y cremoso chorro de semen inundaba la boca de Tom.

Cuando Farah y Teodora oyeron gemir como a un cerdo al amo Bento y vieron que Tom se apartaba de su entrepierna y salía corriendo para vomitar en la playa supieron que se acercaba el fin de la semanal humillación.

El amo Bento quedó medio traspuesto, jadeando, espatarrado, los ojos entrecerrados y las piernas estiradas. Con sumo cuidado comenzaron a cortarle las uñas de los pies y a hacerle la pedicura bajo la atenta vigilancia de Matilda Bento.





***



2.- Teodora.


—¿Te duele, Teo? – le preguntó esa noche Tom a su hermanastra cuando estaban mirando las estrellas en la playa, cerca de la posada que regentaba el amo Bento.

—Pues claro que me duele, imbécil – le contestó airada y despectiva como siempre la bella Teodora – pero a esa puta no le he dado el placer de gritar – añadió esbozando una sonrisa que a la luz de la luna permitió a Tom ver la blanca hilera de perfectos dientes que lucía la boca de su hermanastra.

Tal y como había prometido Matilda, la hija de Bento, después de que le hubieran hecho los pies a su padre se llevó a Teodora al cobertizo, la ató firmemente, la desnudó y la azotó con la vara en las posaderas hasta dejárselas cosidas a marcas rojizas e inflamadas como castigo por haber ido a tomar el sol cuando tenía que estar haciendo la higiene semanal de los pies del amo.

—Un día los mataré, Tom, bastardo inglés, te lo juro.

Tom se la quedó mirando. Sabía que su hermanastra era capaz de cumplir su amenaza. No conocía a nadie con más arrestos, con más valor y determinación en toda la isla de Nevis.

—¿Matarás a tu propio padre?

—Para mí ese cerdo no es mi padre. Y si lo es, qué... un padre no le hace a su hija lo que ese canalla me hace. Y te digo una cosa, bastardo inglés, si lo mato lo haré más por lo que ha hecho sufrir a madre que por lo que me pueda hacer a mí. Si no fuese por madre ya lo habría matado hace tiempo, pero me contengo porque para la pobre mujer representaría acabar como esclava a perpetuidad de la puta de Matilda...

—Mátala a ella también... – dijo Tom.

—Es posible, pero aunque la mate, si nos acusan de asesinato mamá será vendida como esclava a otro. Pero un día lo haré, te lo juro Tom, le mataré a él. Le rabanaré el pescuezo y me mearé en su cara mientras se desangra.

Tom cabeceó. Para él todas esas cosas que decía Teodora no eran más que figuraciones, deseos frustrados. Admiraba a su hermanastra y aunque la creía capaz de muchas cosas dudaba que llegara a hacer lo que prometía.

—Voy a nadar, ¿vienes?

—Te escocerá el culo – repuso Tom.

—Lo que pica cura. Mañana tendré las heridas cicatrizadas. El agua de mar es perfecta. Además, mi culo azotado siempre será más bonito que tu cara de bobo irlandés – se rió la muchacha.

Teodora se puso en pie. Con un grácil movimiento se desprendió del sucio y raído vestido que cayó enrollado a sus pies y miró desde arriba a su hermanastro. A pesar de que Teodora siempre lo trataba con altiva impertinencia, que siempre lo hacía de menos, que siempre buscaba la manera de hacerse la odiosa con él, Tom no podía evitar sentirse cautivado.

Su hermanastra tenía un cuerpo que le quitaba el sueño. Su piel morena devolvió el reflejo de la luna y vio su silueta recortada en la noche, su vientre plano, sus muslos redondos, sus caderas sinuosas y sus pechos perfectos. Antes de que tuviera tiempo de levantarse, ella echó a correr y se zambulló en las quietas aguas del Caribe.





***




3. La vida en Nevis de los Collins.


Farah Collins había nacido en Irlanda. A los dieciocho años, huyendo del hambre, se había convertido en una indentured servant, una sirvienta por contrato de diez años que había comprado un posadero de la isla de Nevis.

Farah le debía a su patrón 550 libras y por su trabajo recibiría a razón de una libra a la semana, lo que hacía diez años de trabajo como sirvienta para devolver aquella cantidad. Lo único que recibía Farah a cambio de su trabajo, una vez deducida la libra por la deuda era comida, techo y dos mudas al año.

Teoricamente, transcurridos esos diez años habría saldado su deuda y sería libre pero había un pequeño inconveniente que impedía respetar los plazos del contrato. En él se hacía constar que cualquier desperfecto que ocasionara se le añadiría al total de la deuda.

La esposa de Nuno Bento, doña Ursula Bento, de la misma edad que Farah, llevaba con celo las cuentas de cuanto la sirvienta rompía y las deudas eran escrupulosamente anotadas en un cuaderno negro que la señora de la casa guardaba bajo llave en su habitación.

—Este jarrón que has roto vale dos libras, Farah... eso son dos semanas más de trabajo, muchacha.

La joven señora Bento parecía obtener un placer especial en comunicarle la traducción en semanas de trabajo de cada anotación que hacía en el libro de contabilidad por el incremento de su deuda a saldar.

—Pero si yo no lo he roto, mi señora, se lo juro...

—Claro que lo has roto, Farah, claro que lo has roto tú... – le decía la mujer del posadero con verdadero placer malsano – y no te olvides de limpiarme los zapatos, tengo que salir y no veo que brillen... Farah, Farah... te conviene no hacerme enfadar...

Farah trabajaba como una mula. Limpiaba la posada, la vivienda de sus amos, atendía clientes, hacía la comida, servía la mesa, cosía, fregaba, planchaba, hacía de doncella de la señora Bento, cuidaba de la pequeña Matilda – una niña de tres años que a tan tierna edad ya apuntaba un carácter terrible –, comía las sobras que le dejaban sus amos, el amo Bento la magreaba y a escondidas de su esposa hacía que se la chupara y de vez en cuando probaba el látigo de doña Ursula por que a menudo no estaba satisfecha con su trabajo.

A los dos años de trabajar para los Bento, el amo Nuno la violó. Farah quedó preñada. Farah pensaba que doña Ursula la mataría a palos pero no fue así. La señora Bento casi se alegró.

—¿Sabes que los hijos de los indentured servants obtienen la condición de sus padres y siguen ligados a los amos hasta que liquidan la deuda? – le dijo la señora Bento cuando se enteró de que estaba en estado – por cierto, la vajilla de porcelana china que has destrozado está valorada en doscientas libras... pobre Farah, ¿sabes cuanto tiempo de trabajo te va a suponer? ¿No? Yo te lo diré: cuatro años, Farah... doscientas semanas... pobrecilla – se rió la señora.

—Pero mi señora... si usted no tiene ninguna vajilla de porcelana china – dijo Farah con su caracterísitca ingenuidad.

—¡Ja, ja, ja... claro que no hija, claro que no... la acabas de romper... ja, ja, ja...! – y la señora se marchó dejando a Farah llorando.

El embarazo no fue óbice para que sus amos siguieran explotándola, exprimiéndola al máximo. Con el vientre a punto de estallar Farah pasaba horas de rodillas fregando suelos, sacando brillo a los muebles y la plata, a botas y zapatos, a los dorados y la cristalería, sirviendo en el bar, haciendo camas, haciendo la comida, cuidando a la horrible señorita Matilda y haciendo de doncella para la señora Benton.

Nació Teodora. Farah dentro de su tragedia, de su desgracia, recibió a su hijita como lo mejor que le había pasado en su vida. Ahora en lugar de tener un vientre enorme que desplazar mientras fregaba o limpiaba tenía un bulto atado a la espalda que pesaba el doble o el triple y que además lloraba.

Aún no hacía un año que había parido a Teodora que una noche llegó a la posada un viajero inglés procedente de Jamaica. Parecía un hombre adinerado. Bien vestido, botas lustrosas que Farah tuvo que abrillantar cuando fue a prepararle la cama, pelirrojo, de mediana edad y obeso.

—Me gustaría que su criada me calentara la cama esta noche – le dijo el caballero inglés a doña Ursula.

La señora negoció el precio por noche de sexo de su criada por un buen fajo de libras. Aaron Brings, ese era el nombre del rico plantador de Jamaica, se pasó la noche violando a Farah Collins, con la pequeña Teodora echada en un jergón a los pies del lecho.

La pequeña Teodora no paraba de llorar y el inglés obligó a Farah a hacerla callar. La pobre sirvienta tuvo que llevarse a la pequeña y dejarla con su jergón en la cocina, desde donde su llanto no importunaría ni al inglés ni a sus amos.

El inglés permaneció una semana y a cambio de aquel fajo de libras tuvo a su disposición cada noche a la pobre Farah, quien, a pesar de la dureza de la vida que llevaba era una joven mujer de veintiún años muy hermosa.

Nueve meses más tarde nacía Tom Collins, un pelirrojo bueno como el pan, que apenas lloraba, ni cuando a su madre se le secaban los pechos a causa de la deficiente alimentación que le daban sus amos.

Doña Ursula se frotó las manos: un nuevo criado. La deuda de Farah crecía cada día a base de desperfectos reales o inventados.

—Tú y tus hijos seréis nuestros criados toda la vida, Farah... tus hijos seguirán sirviendo a mi hija hasta que se muera... – se rió doña Ursula dejando a Farah llorando, con sus dos pequeños, Teodora y Tom, en brazos.

Los niños de Farah fueron creciendo. Desde que pudieron andar doña Ursula los puso a trabajar. Tom era dócil pero Teodora era insolente y rebelde. En más de una ocasión doña Ursula la había tenido que azotar para que obedeciera.

A los cinco años Teodora ayudaba a su madre en las tareas de limpieza de la casa y además hacía de doncella de la horripilante Matilda que ya tenía diez años y era un ser despótico que tenía a Teodora tiranizada.

Pero Teodora no tenía el espíritu sumiso de su madre ni era tan dócil como su hermano lo cual le provocaba constantes enfrentamientos con Matilda que siempre terminaban con doña Ursula azotando el culo de la díscola Teodora.

Hacía cosa de un año una fulminante enfermedad se llevó a doña Ursula en la flor de la vida, a la edad de treinta y cuatro años. Matilda, con veinte recién cumplidos había ocupado su lugar y de su madre había heredado el mismo deleite por anotar en la libreta de las cuentas las nuevas deudas que iba acumulando Farah por desperfectos que ocasionara, ella o su hijos, reales o inventados, y parecía disfrutar igual que su difunta madre cada vez que cerraba la libreta y le comunicaba el montante de la deuda pendiente expresado en años de servicio.

Actualmente Farah, que inicialmente había suscrito un draconiano contrato de diez años, había cumplido ya diecisiete y aún debía otros seis años de trabajo como criada.

Desde que muriese doña Ursula que la dureza de la vida de Farah y sus hijos había mejorado bastante. Matilda recurría menos al látigo que su madre y además temía sinceramente a Teodora. De vez en cuando la castigaba pero no se pasaba con los golpes porque la mirada de odio que le dirigía la muchacha le producía miedo.

Lo peor, aparte de las agotadoras jornadas de trabajo, era la jornada semanal que debían dedicar a limpiar los pies del amo Bento y a cortarle las uñas.

Farah se había habituado a aquella vida. Había pasado mucha hambre en su Irlanda natal y desde que entrara a servir a los Bento comía a diario. Muchas veces eran sobras pero también se las apañaba para escamotear alimentos de la despensa ya que era ella la que cocinaba.

A cambio de tener la tripa llena era capaz de soportar las humillaciones y las duras condiciones de la servidumbre.

Su hijo Tom era, probablemente de los tres, el que menos padecía ya que pasaba muchas horas atendiendo la posada. Lo que peor llevaba era la fijación que le había dado al amo Bento por hacerse chupar la polla por él. 

Teodora había conseguido unos niveles de cierta libertad que se había ganado por su obstinada y permanente actitud de rebelión. Matilda le exigía que le limpiara los zapatos, le hiciera la habitación y ayudara a Farah por las mañanas en la limpieza de la casa, pero la mayoría de las tardes Teodora se iba a la playa y no la reñían ni castigaban por ello.

Ese día había faltado a la ritual limpieza de los pies del obeso y seboso amo Bento y Matilda la había azotado por ello. No excesivamente pues temía a la joven morena, gitana la llamaba por el moreno de su piel y sus enormes ojos negros, pero sí lo suficiente como para que le quedaran marcas en la piel y al contacto con el agua salada del mar sintiera la muchacha un terrible escozor que la hizo maldecirla.





***




4.- El amo Bento, padre de Teodora Collins.


Tom la vio salir del agua. La luna estaba llena y reflejaba el cuerpo perlado de gotas de agua de mar de su hermanastra. Se secó con el propio vestido con una gracia que sólo ella poseía.

Tom se quedó mirando el cabello negro, plagado de rebeldes rizos que le caían por la espalda, y sus tersos, firmes y puntiagudos pechos que parecían desafiar la ley de la gravedad manteniéndose duros y altos.

—Es la última vez que me azota – comentó Teodora con la cabeza ladeada para vaciar un poco de agua que se le había metido en el oído – si vuelve a hacerlo la mataré.

—¡Por Dios, Teo, piensa en mamá, y en mí! ¡Tendrás que huir! ¿y a donde irás? Esto es una isla, te atraparán más pronto que tarde – exclamó Tom preocupado porque conocía a su hermanastra y sabía que no solía amenazar en balde.

—Cada día atracan navíos en la ensenada de los Locos. Me enrolaré como grumete, como polizón, lo que sea, pero escaparé. Te lo juro. Y si quieres puedes venir conmigo. Seremos libres. ¿No te has dado cuenta de que Matilda anota cada día nuevas deudas en su libreta negra? ¡No podremos liquidarlas ni trabajando toda la vida, y yo no pienso pasarme la vida limpiándole las botas y vaciando el orinal de esa hija de puta.

—Pero Teo, ¿y mamá? Ella no querrá escapar, y menos aún que mates a Matilda. Si nos fugamos se lo harán pagar a ella.

Teodora ya se había puesto el vestido y se sentó en la arena, junto a Tom. Miró al horizonte, pensativa.

Estaba claro que ese detalle sobre su madre la impedía hacer lo que deseaba. Hacía años que se planteaba matar a su ama, al amo Bento o al ama Ursula, cuando aún vivía, pero el problema que suponía su madre le impedía ejecutar sus planes.

Teodora y Tom regresaron a la posada. Matilda no les dijo nada, pero los miró con suficiencia.

—¡Teodora! – la llamó Matilda – ¡El amo ha dicho que quiere que duermas en su cuarto. Coje el jergón y sube... ¡ahora!

Teodora miró con odio a Matilda pero obedeció. Obedecía por temor a que su madre sufriera las consecuencias de su rebeldía. Tom puso su jergón en la cocina, junto a su madre que acababa de echarse en el suelo y Teodora cogió el suyo y subió tras Matilda.

Ésta abrió la habitación de su padre e hizo pasar a Teodora.

―Que tengas una buena noche, perrita – le dijo con sarcasmo Matilda antes de cerrar con llave la puerta.

Teodora vio a la luz del candil el grasiento cuerpo desnudo del amo Bento tendido sobre la cama. Sudaba copiosamente. Estaba tan gordo que apenas pudo incorporarse. El hombre le sonrió. Teodora sintió asco. Puro asco. Ese es mi padre, pensó, y ahora voy a tener que chuparle la polla. Eso no es justo. Nadie tendría que verse obligado a pasar por un trance así, se dijo.

Pero Teodora era fuerte. Sabría aprovechar su oportunidad pero de momento tenía que afrontar las duras pruebas que Dios le ponía en su camino.

―¡Acércate pequeña... ven con papá! – dijo Bento mostrando sus encías podridas en una mueca horrible que pretendía ser una sonrisa.

―Le advierto que no voy a dejar que me folle, ¿me oye? – le dijo Teodora con decisión.

La mueca del rostro de Bento se transformó en crispación. Apretó los puños.

―¡Soy tu amo, y tú me obedecerás sino quieres que le diga a Matilda que le arranque a tu madre la piel a latigazos!

―Si se le ocurre penetrarme me escaparé y me confesaré al señor obispo que está esta semana en Nevis, se lo juro.

Bento pareció desmoronarse ante aquella amenaza. Temía a la iglesia como al mismo diablo. Se quedó mirando a su hija boqueando, rabioso, desconcertado, sin saber qué decir. Teodora se anticipó al ver el desconcierto que había provocado.

―Se la chuparé, pero si vuelve a pegar a mamá iré a ver al obispo.

Asintió el obeso Bento. El obispo sólo estaría una semana en Nevis. Hasta que marchara estaba atrapado. Después ya se encargaría de aquella zorrita a la que sólo consideraba como su esclava a pesar de que fuese su hija. Se dejó caer de espaldas y se abrió de piernas.

Teodora se arrodilló y metiéndose con asco el enorme pene de su padre y amo lo masturbó con especial maestría hasta que brotó una asquerosa lefa de caliente y espeso semen que se tuvo que tragar.

Bento gruñó de placer mientras Teodora le limpiaba la entrepierna con un paño humedecido. Miró a su hija con los ojillos de cerdo que su carnoso rostro apenas dejaba visibles.

―Lústrame bien las botas y cuando termines puedes echarte a dormir a los pies de la cama! – le dijo dándose la vuelta con dificultad.

Con el suave rumor que el cepillo producía al rozar contra el cuero de sus botas, Nuno Bento se durmió satisfecho.





***




5.- Naufragio a la vista.


Una semana después las campanas de la iglesia repicaron anunciando naufragio. Tom estaba en la posada. Lo dejó todo y corrió hacia el cuarto donde el amo Bento se pasaba el día descansando sus gorduras en un amplio sillón.

―¡Amo, naufragio, hay naufragio! – dijo Tom excitado – ¿Voy?

Bento se removió en el sillón. Naufragio quería decir posibilidad de «pescar» bienes que flotaban en el mar. Todos los vecinos de Nevis que tuvieran una barca saldrían en busca de lo que el mar tuviera a bien ofrecerles. Si había supervivientes se les remataba a golpes de remo desde las barcas. No eran acciones de rescate, eran acciones de saqueo. Él no podía ir, desde luego, su grado de obesidad tan sólo le permitía pasarse el día espatarrado en el enorme sillón o tendido en su cama.

Teodora y Tom eran buenos marinos. Él les dejaba salir con la barca a pescar para nutrir la despensa de la posada y conocían las corrientes de la costa y los arrecifes.

Además eran fuertes. Tom remaba como un galeote y Teodora era más lista que el hambre. En otros naufragios habían «pescado» buenas gangas y buenos beneficios que lógicamente se había quedado él. Los muchachos estaban contentos porque podían pasar uno o dos días en el mar sin tener que sufrir los latigazos de Matilda ni el trabajo duro del día a día. Luego a lo mejor el amo les daba una limosna como recompensa. El amo Bento accedió.

―Podéis ir. Con el anuncio del naufragio no vendrá ni un solo cliente. Dile a tu madre que hoy tendrá que hacerme ella sola la limpieza de los pies.

A Tom se le revolvieron los hígados. Aquel hombre era cruel. Estaba a punto de negarse. Amaba a su madre y dejarla sola en aquel trance le parecía una canallada. Pero sintió la mano de Farah en su hombro.

―Ve hijo, ve con tu hermana... yo me ocupo del amo. No sufras por mí.

Farah asumía con sumisión su condición de sirvienta y además quería a sus hijos con locura. Sabía que ellos gozaban pasando uno o dos días en el mar, lejos de la tiranía del amo Bento y su hija Matilda.

―Corre, si dejas pasar el tiempo no os dejarán nada. Seguro que el amo Bento os recompensará con una parte del botín. ¿Verdad amo?

―Esto... sí... bueno, ya veremos... vete de una vez... según lo que traigáis os daré una propinilla, pero si no me traéis nada bueno azotaré a vuestra madre... ¡largo de aquí, perro!

Tom salió corriendo. Buscó a su hermana. No la encontró. Llamó a la habitación de la señorita Matilda.

―Ama, ¿puedo entrar?

―¿Qué quieres? – gruñó Matilda desde el interior.

Tom entreabrió la puerta lo justo para meter la cabeza.

―¿Está aquí Teodora, ama? El amo nos ha ordenado coger la barca para acudir al naufragio.

―No, no está aquí. Hace rato que terminó su trabajo y se ha ido a la playa. Un día de estos la ataré con grilletes a la pata de mi cama para tenerla controlada – se quejó Matilda.

Tom cerró con sigilo la puerta de la habitación de la señorita Matilda no fuese a ocurrir que la joven le requiriese para calmar sus apetencias sexuales como había hecho en más de una ocasión. Matilda le llamó.

―¡No te vayas, Tom... entra!

―Pero señorita...

―¡He dicho que entres... es una orden!

Tom obedeció. Matilda estaba tumbada en la cama, medio desnuda. Hacía calor, como siempre. Se estaba abanicando con las piernas abiertas, mostrando a Tom el vello oscuro de su desnuda entrepierna.

Matilda no era guapa pero era una mujer joven y Tom no era de piedra. Sintió un leve excitación bajo su pantalón.

―Acércate... no te voy a pegar, tonto – la voz de Matilda sonaba sugerente, casi dulce para lo que solía – ven... ¿no te he dicho nunca que eres un chico muy guapo? – ahora le sonreía.

―Señorita Matilda... el amo... el amo Bento me ha dicho... – Matilda le interrumpió bruscamente.

―¡Y yo soy el ama... también tienes que obedecerme a mí!

―Pero si yo siempre la obedezco señorita... pero es que hay naufragio... tengo que ir, si no traigo nada su padre le mandará a usted que me azote...

Matilda se puso a reír. Era una risa histérica. Levantaba las piernas, mostrando ahora su culo desnudo sin pudor de ninguna clase y dándose palmetadas con el abanico en el vientre sin poder dejar de reír.

―¡Ja, ja, ja, ja... esto sí que es bueno! ¡Hagas lo que hagas vas a recibir una paliza! ¿No es así Tom Collins?

―Señorita, se lo ruego, tengo que salir con la barca. Le juro que si encuentro alguna joya se la daré directamente a usted... se lo juro... ya sabe que siempre «pesco» algo, señorita – clamó Tom Collins arrodillándose.

―Está bien... lárgate... y quiero un buen regalo cuando vuelvas, o te juro que romperé el palo en la espalda de tu madre – dijo señalando un grueso bastón que en algunas ocasiones había servido para castigar a los Collins.

Tom marchó musitando agradecimientos y cerró la puerta tras de sí, suspirando por haber podido sortear a la terrible Matilda, aunque con cierta decepción por no haber podido bucear entre sus cálidos muslos como había hecho otras veces.

Matilda lo había hecho hombre. A Tom le gustaba Matilda a la que con sus seis años de diferencia en edad veía como a toda una mujer. No era una belleza pero tenía buen cuerpo y era muy lanzada con él. Desde que de vez en cuando pasaba por la cama de su joven ama Tom se había evitado más de una tanda de latigazos.

Se quitó el deseo de meter la boca en el peludo coño de Matilda, se detuvo a llenar un zurrón con carne seca y una cantimplora con agua y corrió cuanto pudo por el camino que llevaba a la playa. Para su desolación no estaba la barca.

Tom Collins vio entonces a su hermana remando, mar adentro. Le entró un ataque de furia, de indignación. ¿Por qué su hermanastra hacía siempre lo que le daba la gana? ¿Por qué disfrutaba haciéndolo rabiar?

―¡Teo, Teo... vuelve... regresa...! – se puso a gritar desde la orilla.

Teodora lo miró. Debía estar como a doscientos metros. Hizo como que se sorprendía de verlo.

―¡Teodora... por el amor de Dios, vuelve, hay naufragio!

―¡Vaya, pero si es el tonto irlandés...! ¿A dónde crees que vas a ir? La barca es mía...

―¡La barca es del amo y me ha autorizado a ir a por el botín. Ya han salido todos. Regresa de una vez! – se desgañitó Tom.

Siempre le hacía lo mismo. Teodora tenía que demostrarle que hacía siempre su santa voluntad. Era terrible. Altanera, orgullosa, irascible, a veces estúpida, siempre impertinente... pero era hermosa. Y era su hermana de madre.

―¡Por favor. Vuelve. Iremos los dos. Yo remaré!

―Y yo decidiré el rumbo. Yo estoy al mando, ¿entendido? – le devolvió a voz en grito mientras se iba acercando.

Teodora se acercó a la orilla. Tom se metió en el agua hasta la cintura y subió a la barca. Su hermana le cedió los remos y se sentó a proa, con las piernas escandalosamente separadas.

―¡Adelante grumete... los tesoros de la mar me pertenecen! – dijo soltando una de sus caracterísiticas y típicas carcajadas.

Tom se puso a remar. El sol aún estaba alto y quemaba, pero más le quemaba la visión de la entrepierna de su hermana.






***




6.- Un negro botín.


Teodora le ordenó remar en dirección opuesta hacia donde habían partido el resto de expedicionarios. Aquella chica tenía un instinto marinero que Tom admiraba. Siempre sabía hacia dónde dirigir sus pasos en el mar. Siempre regresaban con buena «pesca».

El sol se puso y la linea de la costa no se veía. A lo lejos se podían distinguir las farolas de las otras barcas.

―Si fuésemos a donde están los demás no tendríamos opción. Sigue remando, aléjate de ellos, conozco las corrientes.

―Pero Teodora, me duelen los brazos de tanto remar... ¿no podría descansar un rato?

―¡Calla y rema, tonto! – le dijo sentándose en el suelo de la barca y tapándose con un chal pues la noche se les echaba encima y comenzaba a refrescar.

Teodora mantenía la vista fija en las tranquilas aguas, a la búsqueda de cualquier signo que delatara la presencia de restos del naufragio mientras se oía el constante chapoteo que hacían los remos al entrar y salir del agua.

―Un día saldré de Nevis, pelirrojo idiota – le insultó como de costumbre – y seré una señora rica. Nunca más serviré a nadie, otras me servirán a mí. Lo juro.

Tom no le contestó. Siguió remando. Su hermanastra tenía ideas fijas y aunque no sabía cómo lo haría estaba seguro de que lo conseguiría.

―Antes de irme mataré a mi padre y le romperé el espinazo a Matilda – comentó en voz baja Teodora como si estuviera rezando.

―Matilda no es tan mala. Desde que murió doña Ursula no te pega tanto. Además te deja que vayas muchas tardes a la playa...

―Porque me teme – le contestó Teodora tapándose aún más con el chal – pero sigue siendo una hija de puta.

―Conmigo no se porta del todo mal... – continuó Tom la defensa de Matilda sin dejar de remar a pesar de que tenía los brazos agarrotados.

―Lo que te pasa es que estás encoñado. Te ha dejado que le comas la entrepierna y tú, como todos los hombres, tienes el cerebro en la polla – le dijo soltando una carcajada – y es que todos parecéis cortados por el mismo patrón, cuando una mujer os permite bucear en su entrepierna hasta sus pedos os parecen colonia, jajajajajaja…

Tom no replicó. En el fondo su hermana tenía razón. Matilda era una mala puta pero la percepción que de ella tenía se hallaba condicionada por el hecho de que le dejaba correrse entre sus muslos después de haberle lamido la entrepierna.

Un sonido sordo, como de algo duro chocando contra babor, sobresaltó a los dos tripulantes. Teodora se irguió y tomó el bichero. Se asomó por la borda y tras tantear en las oscuras aguas durante unos segundos lanzó un grito de alegría cuando subió a bordo una caja de madera que las corrientes la habían llevado hacia ellos flotando.

Tom dejó los remos y se puso con su hermana a saltar la cerradura. Usaron un martillo y un cincel. Momentos después ambos se quedaban boquiabiertos. No se lo podían creer.

En tantos y tantos naufragios que habían vivido habían sacado gran cantidad de cosas del mar pero nada que ver con lo que ahora brillaba a sus ojos. El cofre estaba lleno de joyas y por su apariencia parecían valiosas.

―¡Joder, tonto irlandés! ¡Soy rica!

―¡Cómo que soy rica... dirás que somos ricos...! ¿no?

―Depende. Si tienes agallas para fugarte conmigo te dejaré que compartas un quinto del tesoro. De nada nos serviría tenerlo enterrado en Nevis. Esto es lo que había estado esperando.

―Pero no podemos cargar con todo esto. Nos lo robarían en dos días... – insistió Tom.

Teodora se puso a meditar.

―¡Cambia el rumbo! ¡Sur suroeste! ¡Rápido, rema con todas tus fuerzas!

Tres horas después Tom Collins tenía los músculos agarrotados y apenas pudo ayudar a su hermanastra a esconder la barca en la playa de la rada del islote de los Murciélagos, uno de tantos promontorios insignificantes y desérticos que salpicaban las islas de barlovento, a una hora de remo de la isla de Nevis.

―¡Cava! – ordenó Teodora dejándose caer en la arena a la sombra de un pino.

Tom, a pesar del agotamiento obedeció a su hermanastra. Con la ayuda de una plancha de hierro oxidada que encontró en la playa se puso a cavar en la blanda y arenosa tierra junto a una cueva natural, al final de la estrecha playa.

Cuando Tom hubo hecho un agujero lo suficientemente profundo Teodora se levantó y abrió de nuevo el cofre. Metió las manos en las joyas y sintió su frío tacto en la piel. Seleccionó las que podían caberle en los bolsillos de su raído vestido y cerró la tapa.

―Yo también quiero coger algo.

―¿Para qué? – replicó de malhumor Teodora.

―Para tener algo, joder, Teo, sólo una pequeña joya... – imploró Tom.

Teodora asintió. Tom se metió en el bolsillo unos bonitos pendientes con broche de oro y una buena perla al final de cada uno. Teodora cerró el cofre y lo enterraron. La fortuna empezaba a sonreírla. Su futuro pronto cambiaría su sino.

―Regresemos. Al amo Bento le daré uno de los collares. Estará contento. Seguro que me azotará para ver si escondo algo, pero ya sabes que a mí no me sueltan la lengua si no quiero. El resto se queda aquí. Con lo que llevo en los bolsillos podremos empezar una nueva vida y el día llegará que podamos venir a por lo demás.

Agotado pero feliz por el descubrimiento, Tom Collins empujó la barca aguas adentro con su hermana sentada a proa. Luego subió y comenzó a remar con fuerza. Regresaban a Nevis.

El sol empezaba a salir. Apenas les quedaba agua de la cantimplora y las corrientes marinas los desviaron de su rumbo. El mar comenzó a picarse. Teodora no paraba de gritarle a su hermanastro que remara con fuerzas en la dirección correcta, pero poco a poco se iban apartando del camino de regreso.

Pasaron diez horas y seguían en medio del mar. Teodora tenía la posición controlada pero si las aguas no encalmaban Tom acabaría por no poder mover ni un solo músculo y entonces irían a la deriva. Ambos muchachos se asustaron. A media tarde el mar encalmó pero Tom estaba exhausto. Teodora no tenía otro remedio que coger los remos.

Entonces hicieron el segundo hallazgo. Teodora había comenzado a remar en la dirección correcta cuando vio ante sí lo que parecía un labrado mascarón de proa.

Teodora dejó de remar. El pintado maderamen se acercaba hacia ellos. Tom, agotado, también miraba la flotante masa de madera que tenían ante ellos. Entonces oyeron un gemido. Teodora se puso en pie e hizo zozobrar la barca. Entonces lo vio. Era un muchacho negro que iba agarrado al mascarón y parecía hallarse a punto de perder el conocimiento.

―Es un negro, Teodora – balbució Tom.

―Ya veo que es un negro, estúpido – le respondió con la acostumbrada «gentileza» su hermana – y si es un negro quiere decir que es un esclavo. Esto también es un tesoro, lo único que a éste no podemos enterrarlo como hemos hecho con las joyas.

El esclavo tenía el rostro abotargado, hinchado, por la sed, la insolación y el agotamiento. Teodora, de pie sobre la barca, detuvo el mascarón cuando arrivó junto a ellos. Le pidió el bichero a su hermanastro y lo alargó en dirección al negro.

―¡Agárrate! – le dijo Teodora.

El muchacho sacó las manos del trozo de madera la que estaba agarrado. Tenía las muñecas encadenadas. Hizo un esfuerzo y se cogió al armazón de hierro del bichero. Teodora jaló con todas sus fuerzas. El negro apenas tenía fuerzas para sujetarse.

―¡Cuidado Teo, puede ser peligroso!

―¿Peligroso? Pero si está más muerto que vivo. ¡Tú, negro del demonio, agárrate con fuerza. Si te caes te clavo el bichero en la espalda y te dejo en el agua para que te desangres y seas pasto de los tiburones! – le amenazó.

El esclavo pareció entender. Haciendo acopio de fuerzas de donde no había se cogió al bichero con ambas manos y en cuestión de pocos segundos se alzaba sobre el gran mascarón que podía aguantar el peso de su cuerpo y momentos después caía de bruces sobre el fondo de la barca, a los pies de Tom y Teodora Collins.

Se hizo el silencio. El mar volvía a estar calmo. El sol empezaba a ponerse. Teodora y Tom seguían de pie, en silencio, mirando al negro a sus pies. Teodora avanzó un pie y le tocó el hombro, dos veces.

―¡Eh, tú! ¡Negro! ¿Dónde está tu amo?

El muchacho, que debía tener un año menos que Tom, es decir, sobre los catorce años, levantó la cara y miró con los ojos entrecerrados a Teodora.

―Me vendieron, señora... me llevaban a Jamaica para ser subastado. No tengo amo...

―Sí tienes amo, estúpido... yo soy tu ama desde este momento. Te he rescatado, eres botín de naufragio, me perteneces. Tu vida me pertenece, así que ya sabes, desde ahora debes llamarme «ama». Ponte a los remos, nos queda un buen trecho para llegar a Nevis.

El negro se movió con gran dificultad. Era evidente que estaba agotado. Teodora se sentó con determinación. Tom seguía de pie. El negro logró sentarse para coger los remos.

―¡Tom, tú coge un remo, el esclavo que coja el otro! ¡Necesita recuperarse y él solo no va a poder llevarnos a casa! ¡Venga, remad!

Tom se sentó junto al esclavo. Cada uno cogió un remo y comenzaron el pesaroso regreso hacia Nevis. Teodora iba pensando qué haría con aquel inesperado botín.

Las joyas le darían una nueva vida, pero el negro era una señal. Ahora era la propietaria de un esclavo. La suerte definitivamente estaba cambiando.






***




7.- Matilda Bento.


Matilda miraba con emoción los pendientes que le había dado Tom. Eran fantásticos, increiblemente hermosos, y lo mejor, eran auténticos, de oro y perlas auténticas. Estaba recostada en su cama. Tom permanecía en pie, con las manos a la espalda, en actitud de prudente respeto.

―No me vas a decir que estas joyas flotaban mansamente por el mar, ¿verdad Tom Collins? Te debes pensar que soy idiota. ¿Dónde está el resto del tesoro?

―No hay más tesoro, señora. Estos pendientes se los arranqué a un cadáver que recogimos con el bichero.

Matilda se lo quedó mirando. La excusa parecía razonable, pero no podía fiarse de una maldito siervo. Tom le caía bien. No era como su hermana. Él era obediente y dócil y la hacía gozar en la cama, pero era un siervo. No podía fiarse. Además seguro que la bruja de su hermana lo manejaba a su antojo. No conseguiría nada de azotarlos a los dos, pero había otros métodos.

―Creo que si le corto las orejas a tu madre, como se hace con los esclavos negros, tal vez se desate tu lengua, Tom Collins.

Tom se quedó lívido. El no sabía nada de la esclavitud. Sabía que existía, que los negros eran esclavos. En Nevis sólo la rica viuda Dollen tenía esclavos, concretamente dos negritas que se ocupaban de la casa y de ella, muy especialmente de ella. Muchas veces había fisgoneado a través de la verja y había visto a la vieja viuda recostada en su hamaca y a una de las negritas besándole los pies y a la otra abanicándola.

Era parecido a lo que una vez a la semana tenían que hacer con el amo Benton, aunque seguramente chupar los pies o la polla del portugués era bastante más desagradable que lamer los pies de la viuda Dollen. Pero no había visto nunca a la viuda cometer ninguna atrocidad con sus esclavas.

Las pegaba con la fusta que llevaba siempre en la mano, pero de la misma manera que él o Teodora recibían correazos que les propinaba, antaño doña Ursula y ahora Matilda. ¿Cortarle las orejas como hacían con los esclavos? ¿Qué quería decir con aquella salvajada Matilda? Seguro que lo hacía para asustarlo. Y a fe que lo consiguió.

Tom Collins cayó sobre sus rodillas al suelo, junto a la cama en la que indolente descansaba Matilda, que contemplaba a través de un espejo de mano el fulgor de sus pendientes colgando de sus pequeñas orejas.

―Por piedad, señora. Le juro que no hemos encontrado nada más de lo que hemos traído. Estos pendientes los traje especialmente para mi señora. Es cierto.

Matilda se sonrió. Alargó una pierna y con la planta descalza de su pie acarició los labios de Tom Collins que al notar la tibia carne la besó de inmediato.

―Ya me habéis azotado, señora, sabéis que soy fuerte pero que temo al látigo. ¿Creéis que habría aguantado los cien correazos que me disteis si hubiese tenido manera de evitarlo? Sabéis que a partir del décimo habría cantado como una rana si hubiera tenido algo que contar.

―¡Ja, ja, ja ,ja... de momento voy a concederte el beneficio de la duda, Tom Collins, pero te vigilaré de cerca...! ¿me oyes?

―Sí señora. Gracias señora – y tomando con ambas manos el pie de Matilda lo cubrió de besos, desde el talón hasta los dedos pasando por la suave planta.

Tom tenía miedo. Teodora había tomado el mando, como siempre, y estaba segura de sí misma, pero Tom estaba asustado. Tal y como había predicho Teodora, el amo Bento no se conformó con el precioso collar que le trajeron como botín.

Sólo erró en que no fue ella la azotada si no su hermanastro Tom.

―He de reconocer que te portaste como todo un hombrecito y aguantaste los cien latigazos con bastante dignidad – comentó Matilda mientras seguía espejeándose y Tom Collins le besaba respetuosamente los dedos del pie – salvo hacia el final – se rió Matilda con cierta malevolencia – en los últimos latigazos me suplicaste que no te azotara más... ¿lo recuerdas?

―Sí señora, lo recuerdo – respondió Tom bajando la cabeza humillado por el recuerdo.

Matilda retiró el pie de las manos de Tom y se sentó en el borde de la cama. Tom seguía de rodillas y Matilda le acarició los largos rizos de color rojo hasta que frotó con fuerza para alborotárselos.

―¿Te duele mucho la espalda, Tom Collins? – le preguntó con cierta ternura.

―Sí, señora... un poco sí...

―Pero la lengua no, ¿verdad?

Tom negó con la cabeza. Matilda se abrió de piernas y con dos dedos separó los labios de su vulva. Le dio luego un manotazo en la cara para indicarle que hiciera lo que esperaba de él.

Tom metió la cabeza entre las piernas de la joven ama y se puso a lamer. Matilda se dejó caer de espaldas sobre la cama. En cuestión de diez minutos tuvo un par de placenteros orgasmos.






***





8.- Perro.


―Pero tú eres tonto, Tom Collins, o es que te entrenas... – le espetó su hermana que parecía bullir de indignación – ¿Cómo se te ocurre regalarle los pendientes a Matilda? ¿Es que no ves que sospechará?

Teodora caminaba como una leona enjaulada e iba soltando bufidos. El esclavo negro permanecía en un rincón, sentado, asustado, sin comprender nada. Lo habían escondido en la caseta que utilizaban de trastero.

El amo Bento no iba por allí, a duras penas se levantaba del sillón para ir a acomodar sus grandiosas posaderas a otro sillón o la cama. Matilda tampoco se acercaba a la caseta. Cuando se necesitaba algo mandaba a uno de los criados.

―Con el regalo y que no dije ni una palabra a pesar de los cien latigazos creo que Matilda se ha apaciguado. Está muy contenta con sus pendientes, y nos conviene que lo esté... ¿no te parece?

Probablemente su hermano tenía razón. Siempre era mejor tener a Matilda contenta que malhumorada.

El esclavo seguía engrillado en manos y tobillos. Tom le pidió a su hermana permiso para quitarle los hierros pero Teodora se negó en redondo.

―¿Tú eres tonto? ¿Quieres que se escape? – dijo Teodora quien para mayor seguridad le colocó un dogal en el cuello y ató una cadena que trabó al techo.

La cadena era lo suficientemente larga para que el negro pudiera desplazarse por todo el refugio pero no más.

―¿Tienes nombre esclavo?

―Mi joven amo me llamaba Perro, ama.

―¡Ja, ja, ja... Perro... me gusta! Seguiré llamándote Perro. Ahora yo soy tu dueña. Me perteneces. Tu vida me pertenece. ¿Entiendes, Perro?

―Sí...

La mano de Teodora se movió como un rayo para golpear en la oscura mejilla del esclavo.

―Sí, ¿qué?

―Sí ama.

―No olvides nunca que me perteneces y puedo hacer contigo lo que quiera. Y cuando te hable ponte de rodillas.

―Sí ama.

―Tom, ahora me voy. Tengo cosas que hacer. Tú quédate aquí, lo amordazas y le das diez latigazos, para que se vaya acostumbrando a que su ama no admite errores.

Teodora miró al negro que estaba arrodillado y a su hermanastro que estaba asombrado de cómo se manejaba en el papel de «señora».

Tom Collins amordazó a Perro y lo ató a la pata de una mesa. Luego descolgó un látigo con el que en alguna ocasión le habían azotado a él y se colocó detrás de Perro.

―Ya has oído a la señora – dijo Tom que parecía disculparse ante el esclavo por lo que se veía obligado a hacer.

Perro no dijo nada. Se hallaba de rodillas y se agarró con fuerza a la pata de la mesa para soportar el dolor que sabía que se avecinaba. Tom acercó más la luz del candil. La estancia estaba algo oscura y necesitaba luz.

Tenía el brazo en alto preparado para descargar el látigo en la espalda del esclavo cuando vio la maraña de viejas cicatrices que la poblaban. Perro apretó los dientes a la espera de la primera descarga. Su carne conocía perfectamente el terrible dolor del látigo y su mente estaba preparada para sufrirlo una vez más. Pero el trallazo no llegó.

―¡Por Dios, chico! ¡P-pe-pero... cómo tienes la espalda! ¿Eso son antiguos latigazos?

―Sí, Tom, son latigazos...

Tom le pegó una patada. No muy fuerte pero que hizo que Perro soltara un gemido.

―¡No vuelvas a llamarme por mi nombre! ¿Entiendes esclavo? ¡Para ti soy el amo. Si quieres puedes llamarme amo Tom!

―Sí amo Tom.

―Eso está mejor. No lo olvides.

―No amo, no lo olvidaré.

Tom se sonrió. Se sintió satisfecho. En ningún momento Teodora había dicho que Perro fuese también su esclavo, pero Tom se sentía su amo. ¿No lo había encontrado él también?

Probablemente cuando estuviera Teo delante él no podría ejercer su derecho sobre su propiedad pues estaba claro que Teodora lo quería para ella en exclusiva pero cuando estuvieran a solas, como ahora, haría valer sus derechos.

De todas formas le parecía una crueldad azotar una espalda que había recibido antes tantos latigazos. Si Teodora quería azotarlo que lo hiciera ella. Tom se sentó. Tenía el látigo entre las manos y le daba vueltas al mango mientras miraba cómo la tralla se enroscaba en el suelo como si fuera una serpiente.

El esclavo seguía arrodillado, tenso, esperando los latigazos. Tenía la cabeza casi entre las rodillas. Tom le tocó con el pie descalzo. Esta vez no le pegó una patada, era como si lo llamase. Perro levantó la cabeza lentamente, giró la cara y lo miró con miedo.

―¿Quién te ha hecho todo esto? – le dijo señalándole con el mango del látigo la espalda zurcida a latigazos.

―Mis antiguos amos. Yo era el juguete del señorito Raoul y de su hermana, la señorita Anne. Cuando no hacía lo que ellos querían mandaban que me azotaran. Cuando no hacía de juguete de los amitos tenía que servir en la Casa Grande. Si la señora no estaba de buen humor, que era lo habitual, todo lo encontraba mal y entonces mandaba que me azotaran porque decía que era muy torpe. Me pegaban mucho, amo Tom... mucho.

A Tom se le había hecho un nudo en la garganta. Si no le pego Teodora se pondrá echa una fiera, pensó Tom. ¿Pero cómo voy a pegarle? Si el pobre es un buen chico, no ha hecho nada... bueno, sí, se ha olvidado de llamarle «ama», pero es que no debe estar acostumbrado a tener nuevos amos. Pero lo iban a vender, eso quiere decir que seguiría siendo esclavo. Mejor que sea nuestro esclavo que no el de otro. Tom se sentía confuso. A mí hace dos días me azotaron y no soy ningún esclavo. Lo siento por él pero debo azotarle.

―Prepárate, voy a pegarte los diez latigazos que ha ordenado tu ama.

El negro lo miró con ojos apenados. Luego se inclinó y besó los pies de Tom. Aquello le gustó. Dejó que los labios de Perro recorrieran sus pies.

―Creo que eres un buen esclavo – le dijo Tom acercándole la planta del pie para que se la besara – pero ahora prepárate, voy a azotarte.





***




9.- Muerte en Nevis.


Teodora y Tom procuraban desviar restos de comidas para poder alimentar a su esclavo escondido. Gracias a la relativa libertad de movimientos que gozaban siempre encontraban el momento para poder llevar a escondidas la comida de Perro.

Teodora estaba muy contenta. Comprobó personalmente cómo había quedado la espalda de Perro después de que Tom lo azotara. Se notaba que no había pegado con todas sus fuerzas pero le había hecho sangre.

Ella también descubrió en ese momento las espantosas cicatrices que poblaban la espalda de Perro. También le preguntó por su pasado.

―Eres negro, por tanto eres inferior a nosotros. He oído decir que en la biblia dice que sois esclavos nuestros – le dijo Teodora a su esclavo mientras lo observaba comer el plato de arroz que había conseguido para él de la cocina.

―Yo no creo que eso sea cierto. El hombre negro no es inferior al hombre blanco...

―¿Ah, no? Entonces dime porqué os cazamos como conejos en vuestra tierra... venga, responde a eso, esclavo insolente – replicó Teodora visiblemente molesta de que su esclavo le llevara la contraria.

―Puede que el hombre blanco sea más fuerte porque tiene armas que mi gente desconoce, pero sigo pensando que no sois superiores a nosotros.

―Piensa que si ahora estás comiendo es porque yo quiero que comas. Podría romperte ahora mismo los brazos si me apeteciera. ¿No demuestra eso que soy superior a ti? 

―No. Eso sólo demuestra... – Teodora no lo dejó continuar. No es más que un esclavo, no debo permitir que me lleve la contraria.

―¡Basta ya! ¡A callar! ¡Yo soy el ama y si digo que los negros merecéis ser esclavos es que lo merecéis! ¡Se acabó el comer por hoy! – le dijo pegándole una patada al plato y volcando el arroz que quedaba – ¡Ahora me vas a besar los pies porque yo quiero que lo hagas! ¡Venga, bésame los pies!

Perro obedeció. Se inclinó y besó los bonitos pies de su joven ama. Teodora se sonrió. La sensación de poder que le proporcionaba tener un esclavo y el placer que obtenía de que le besara los pies la hizo sentirse bien.

―He traído las botas de Matilda. Quiero que las enlustres. ¿Lo has hecho antes?

―Sí ama, siempre tenía que abrillantar las botas del señorito Raoul y las de la señorita Anne. Soy muy bueno sacando brillo a las botas. Desde que tengo memoria cada día he tenido que lustrar varios pares.

―Por tu bien espero que las dejes como espejos. Matilda es muy quisquillosa cuando se trata del brillo de sus botas. Luego enviaré a Tom para que las recoja... y también haré que te vuelva a azotar. Tienes que aprender que eres un ser inferior.

―Sí ama.

Teodora salió del cobertizo y regresó a la casa. Lo que vio la llenó de estupor. El amo Bento tenía en la mano el pañuelo donde ella había guardado la parte del tesoro que habían hallado. Farah estaba de rodillas en el suelo y lloraba. El amo Bento tenía un grueso garrote en la otra mano y golpeaba con él las costillas de Farah mientras le exigía que le dijera donde se hallaba el resto del tesoro.

―¡Tus hijos son unos miserables. Ya sabía yo que mentían, pero ahora vas a hablar, puta irlandesa, o te romperé todos los huesos de la espalda!

El grueso garrote se estampó contra la espalda de Farah. La brillante bota del amo Bento pisaba una mano de Farah. Con la otra mano la mujer intentaba protegerse de los golpes, pero era imposible. Matilda tenía a Tom agarrado con un dogal que le oprimía el cuello.

―La culpa es tuya Matilda – la reprendió su padre – azotaste a ese hijo de puta irlandés como si lo acariciaras. Si le hubieras pegado de verdad hubiese confesado, pero lo hará ahora si no quiere que le reviente la cabeza a su madre... ¡habla, zorra, habla de una vez! – le gritó el amo a Farah mientras le pisoteaba la cara con la otra bota.

Teodora estaba asustada. Era la primera vez en años que veía al enorme amo Bento moverse con relativa facilidad sin necesidad de apoyos.

Nuno Bento estaba en lo cierto. Matilda no había pegado a Tom con saña porque no quería dejarlo lisiado. Le gustaba Tom y obtenía de él grandes placeres. Ahora Matilda tenía a Tom bien sujeto con el dogal.

―Si Tom sabe algo lo dirá si torturamos a su madre. Tom es un muchacho sensible que no permitirá que hagamos daño a Farah si puede evitarlo – dijo Matilda en voz alta y en un claro mensaje al pobre Tom que venía a decir «no te hice todo el daño que podía haberte hecho porque me gustas, pero ahora, si sabes algo, dilo, pues de lo contrario tu madre sufrirá».

Teodora se encontraba escondida, presenciando la escena, como incapaz de moverse. Estaba asustada. Horrorizada. Su madre estaba en el suelo, tenía la cara ensangrentada de los pisotones con que el amo Bento la había pateado. Tenía los pechos amoratados de los golpes que le había propinado con el grueso bastón. Gemía y sollozaba en el suelo. La pobre mujer no sabía nada sobre el tesoro que decía el amo que sus hijos habían escondido.

El amo Bento le pisó de nuevo la cara y levantando el garrote comenzó a descargar nuevos golpes sobre el vientre de Farah.

Teodora tenía ganas de llorar. Ella, que se creía tan fuerte y tan resuelta estaba aterrada. Veía al amo Bento capaz de matar a su madre. Jamás Teodora había pensado que aquel enorme saco de grasa podría suponer ningún peligro pero resultaba que no era así. La iba a matar si no hacía nada para impedirlo, ¿pero qué?

Teodora miró en derredor. No se atrevía a salir al descubierto. Tenía claro que si se enfrentaba al amo Bento las destrozaría, a ella y a su madre. El amo seguía descargando golpes que caían sobre el torturado cuerpo de Farah como si se tratase de un saco de patatas.

Bajo la bota del amo emergían patéticos lamentos de la pobre Farah. Y Tom estaba reducido. Matilda lo tenía bien atrapado por el dogal y lo obligaba a permanecer de rodillas, con las manos entre su cuello y la cuerda para evitar que lo ahogase.

―¿No dices nada, Tom Collins? – bramó el amo Bento que había dejado de golpear a Farah con el bastón – bien, este muchacho necesita ver sangre. Vamos a cortarle la lengua a su madre – anunció el amo.

Tom se revolvió. No podía hablar. El dogal le apretaba demasiado pero el muchacho quería detener aquella carnicería. Quería salvar a su madre y si para ello debían perder sus tesoros los perderían y punto.

―Aflójale un poco el dogal, Matilda, creo que el piojoso irlandés tiene algo que confesar – ordenó el amo con una sonrisa que producía desazón.

Mientras Matilda aflojaba el dogal en el cuello de Tom, Teodora se movió con gran velocidad. Sus ojos habían dado con un gran pico. Cogió la herramienta con ambas manos. La alzó sobre su cabeza y salió corriendo y gritando.

El amo Bento no tuvo tiempo a reaccionar. Era demasiado pesado. Cuando logró darse la vuelta la punta acerada del pico se había incrustado en su cráneo.

Teodora había recorrido los veinte metros de distancia corriendo con todas su fuerzas y enarbolando la herramienta. Había golpeado cerrando los ojos y al abrirlos vio la sangre manar de la cabeza del amo.

Nuno Bento se quedó unos segundos de pie, tambaleándose, con el pico clavado en la cabeza. Luego se desplomó sobre el cuerpo agonizante de Farah.

Matilda también se quedó conmocionada. No daba crédito a sus ojos. Tom, a quien ya habían aflojado la cuerda del dogal, se puso en pie de un brinco, mientras su custodia temblaba de miedo al ver a su padre muerto.

Teodora empezaba a ser consciente de lo que había hecho. El amo estaba muerto. Tom corrió hacia donde se hallaba su madre. Apartó con gran esfuerzo el enorme y seboso cuerpo del amo Bento, que había caído sobre Farah, y dio un grito de horror cuando vio la cara destrozada y ensangrentada de su madre que apenas movía los labios.

Los tremendos taconazos que le había dado el amo Bento le habían hundido los pómulos y destrozado la mandíbula. Tenía el cuerpo lleno de fracturas y enormes hematomas. Farah estaba ciega y no podía hablar. De sus labios machacados apenas salían gemidos.

Tom se puso a llorar cuando notó que su madre ladeaba la cabeza y dejaba de respirar. No había soportado la tremenda paliza, los numeros bastonazos y los pisotones en la cara habían terminado con su frágil constitución, debilitada por dieciocho años de privaciones y sufrimientos constantes. Estaba muerta.





***




10.- Huida de Nevis.


Matilda lloraba mientras cavaba tras la posada. Era de noche. No había clientes. Desde hacía tiempo que nadie se quedaba a dormir, tan solo unos cuantos borrachos se pasaban por el bar. Ahora no había nadie. Sólo se oía el lamento de Matilda y el ruido de la pala al cavar.

La muchacha estaba agotada. Había tenido que cavar la tumba de Farah ella sola. A su padre lo habían troceado con un hacha y metido los trozos en un saco que habían cargado en la barca. Tom Collins la vigilaba con la vieja pistola de su padre.

―¿Qué vas a hacer conmigo, Tom? Sabes que siempre te he tratado bien. Ni siquiera cuando tenía que azotarte te hacía el daño que podía hacerte. No me mates, Tom, yo te quiero.

La súplica de Matilda era sincera. Tom miraba a su antigua ama con lástima. Era la mujer que lo había hecho hombre. Recordaba el placer que obtenía entre sus piernas y sentía lástima por Matilda.

―No sé qué va a decidir Teodora. Ella es la que manda, tú lo sabes. Ahora sigue cavando. Hemos de largarnos de aquí.

Teodora llegó acompañada de Perro, al que seguía manteniendo encadenado de pies y manos. Teodora ordenó al esclavo y a Matilda que dispusieran el cuerpo sin vida de Farah dentro del hoyo. Rezo un breve responso y luego la enterraron.

A continuación amontonó paja seca en los cuatro costados del destartalado edificio que era la posada y prendió fuego. Las llamas devoraron la vieja madera en cuestión de minutos. Cuando las llamas alcanzaron un nivel que permitiría a los habitantes de Nevis darse cuenta de que se había declarado un incendio ya se encontraban en la barca.

Perro remaba. Tom y Teodora miraban hacia el resplandor que se veía en la noche. Las llamas consumían su pasado y al frente, en la negrura del océano se abría su futuro.

Matilda lloraba en silencio, sentada en el fondo de la barca, con los trozos de su padre metidos en un saco.

Apenas las llamas eran un pequeño resplandor a lo lejos. Teodora se guiaba por las constelaciones. Se conocía aquella zona como la palma de su mano. La joven agarró el bichero y apuntó con él a Matilda.

―Empieza a arrojar a tu padre al agua. Su seboso cuerpo alimentará a los tiburones.

Matilda sollozó. Teodora la pinchó con la punta del bichero. Matilda metió la mano en el saco y sacó un brazo que arrojó al agua. Luego sacó otro trozo de su padre y también lo lanzó al mar. En segundos vieron aparecer las temidas aletas sobresaliendo las aguas calmadas, reflejando la luz de la luna.

El cuerpo troceado de Nuno Bento sirvió de pasto a los tiburones. Cuando Matilda hubo arrojado al agua la cabeza de su padre, miró a Teodora.

―Salta al agua, Matilda – le ordenó con voz metálica.

―Por favor, Teodora, por piedad... no me hagas esto.

―He dicho que saltes. ¿Tienes miedo, Matilda? Los tiburones te irán despedazando lentamente. Ahora están excitados porque han comido carne humana. Como que te agitarás en el agua al principio te tantearán. Primero uno te morderá un pie y cuando brote tu sangre servirá para enloquecer a la docena de tiburones y entonces uno a uno irán dando bocados a tu cuerpo. Será una muerte espantosa, Matilda. ¡Salta! – le gritó pinchándola con el bichero.

―Ten piedad Teodora, ten piedad. Yo nunca me he portado mal con vosotros. Ni siquiera con tu madre...

―Asquerosa... – Teodora pronunció el insulto entre dientes – podría recordarte todo lo que nos has hecho, todas y cada una de las humillaciones que nos has hecho pasar, todos y cada uno de los castigos que nos has hecho sufrir, pero no lo voy a hacer. Ahora salta.

―Tom, Tom, díselo tú. Sabes que yo te quería. Hacíamos el amor, y te pegaba poco. Díselo Tom, dile que no podía hacer otra cosa... piedad... piedad...

―Qué patética se te ve, Matilda... siempre con esos aires de marquesa, haciendo que nos arrodilláramos para suplicarte un poco más de comida o para que no anotaras en la libreta el importe de algo que no habíamos roto más que en tu imaginación – Teodora hizo un gesto con la mano bajo su vestido y extrajo la negra libreta donde se anotaban las deudas de Farah y sus hijos y su traducción en años de servicio doméstico y la blandió delante de los ojos de Matilda – sí, la libreta negra, Matilda, ¿recuerdas el placer que te producía tenernos de rodillas suplicándote para que no anotaras una nueva cuenta? Y lo que te gustaba hacer la traducción a semanas de trabajo del importe que acababas de anotar? ¡En pie... y salta!

Matilda recibió un nuevo pinchazo del bichero en el vientre. Estaba de pie, a babor, en precario equilibrio. El pinchazo la hizo doblarse sobre si misma y entonces recibió una patada en la cara que la hechó hacia atrás, braceó en el aire intentando mantener el equilibrio y finalmente cayó con estrépito a las calmas aguas del Caribe.

Perro había dejado de remar. Tom contemplaba la escena con angustia. En su interior no podía odiar a Matilda. La vio bracear y gritar en el agua. Tom miró a su hermana que se sonreía y a la luz de la luna sus hermosos dientes brillaban como perlas.

―Teo, no podemos hacer eso, perdónala Teo. Ella no era tan mala como su madre o como su padre.

―¡Socorro, socorro... sálvame Tom, sálvame... no me dejes morir en el mar...! – se oían los lamentos de Matilda que apenas sabía nadar y comenzaba a hundirse.

Tom divisó las temidas aletas acercarse a gran velocidad. La devorarían. Era espantoso. Entonces tuvo una idea.

―Sálvala Teodora. Sálvala y será tu esclava el resto de tus días.

―¡Socorro, Teodora, sálvame, te pido perdón por todo lo que os he hecho... sálvame y seré tu esclava el resto de mis días!

―Vaya, Tom, gusano irlandés, parece que Matilda y tú tenéis telepatía – se mofó Teodora aunque estaba sopesando la oferta recibida.

Teodora miró hacia popa y vio que las aletas estaban ya muy cerca. Se agarró a babor y alargó el brazo sosteniendo el bichero.

―¿Serás mi esclava el resto de tu vida?

―Sí, lo seré Teodora. Seré tu esclava. Tu más fiel esclava.

―¡Júralo!

―Lo juro. Juro que seré tu esclava el resto de mis días.

―Agárrate fuerte.

Tom y Perro ayudaron a Matilda a subir a la barca. Matilda jadeaba. Estaba empapada y temblaba. Su respiración era agitada.

―¡Perro, déjale los remos a mi esclava, ella remará! – ordenó risueña Teodora.

Era difícil orientarse de noche, pero Teodora y Tom tenían grabadas en su cerebro todas las rutas marítimas de los alrededores de Nevis y dos horas después entraban en la ensenada del islote donde tenían escondido su tesoro.






***





11.- Negreros.


El islote era lugar de paso de galeones de todo tipo. Una pequeña fragata los recogió a los dos días. Transportaba esclavos, no muchos, desde Brasil y en dirección a Jamaica.

Perfecto, pensó Teodora. Jamaica es un buen destino para empezar una nueva vida. Allí nadie hace preguntas sobre el pasado de nadie, ni nadie se pregunta por el origen de las fortunas de la gente.

En el islote había desenterrado su tesoro para proveerse de monedas de oro y otras joyas que pudiera transportar sin peligro y así disponer de capital para establecerse en su nueva vida. Obtuvo buenos dineros que sirvieron para comprarse ropas nuevas.

Teodora iba acompañada de su hermano Tom y de sus dos esclavos, Perro y Matilda. Rumiaba la manera de hacer más dinero. El tesoro que tenía escondido en el Islote no duraría toda la vida. Estando en el mercado de esclavos de Port Royal tuvo la inspiración. Había pagado por un palco. Perro estaba a sus pies. Presenció la subasta.

Le resultó excitante ver a todos aquellos hombres y mujeres, bien vestidos, arrogantes y ricos, pujando ante la carne negra que se hallaba en el estrado. Cuando vio lo que una oronda mujer cargada de joyas y anillos de oro pagaba por una niña negra lo tuvo claro: sería negrera. Comerciaría con esclavos.

Alquiló unos almacenes donde descargaría la mercancía y luego compró un velero. Puso anuncios reclamando tripulación y escogió personalmente a sus hombres. Finalmente se compró el vestuario que iba a resaltar la condición de capitán de su nave: «La buena Farah» la llamó.

Un mes después de haber matado a Nuno Bento, Teodora Collins se hallaba en el castillete de proa, con su casaca roja, su sombrero de ala ancha, pantalón blanco bombacho y botas negras de caña alta hasta por encima de las rodillas, relucientes como espejos que para eso Matilda se había pasado dos horas abrillantándolas. En su mano derecha un látigo corto del que no se separaría jamás. Dio la orden de zarpar.

Comenzó una nueva vida para Teodora y Tom Collins, los hijos de Farah, la pobre indentured servant, o sierva por contrato, que había muerto después de dieciocho años de trabajar como criada sin sueldo de un espantoso matrimonio y su hija. Ahora Teodora tenía en sus manos su propio destino, el de sus esclavos Perro y Matilda e incluso el de su fiel hermanastro Tom.

Durante más de un año el «La buena Farah», velero veloz y de gran maniobrabilidad que Teodora adquirió precisamente por esas características, cabotó por las costas de las islas del Caribe y las del continente, desde Panamá hasta Río de Janeiro en Brasil.

Fondearon en todos los puertos conocidos y por otros menos frecuentados. A cada llegada Teodora, acompañada de su hermano Tom y de sus esclavos personales, Perro y Matilda, bajaba a tierra y se dedicaba a comprar al contado unos cuantos esclavos.

Sabía que siempre había quien quería desprenderse de algún esclavo al que no podía alimentar, o que no tenía medios para controlar. Teodora pagaba siempre con monedas de oro sabiendo que luego revendería a esos esclavos por el triple, el cuádruple o incluso el quíntuplo de su valor.

Tras cada llegada a tierra firme solía cargar con varios nuevos esclavos y luego proseguía su ruta hasta que llenaba la bodega con carne de negro. Cabían cerca de un centenar si se los apretujaba bien.

Teodora, con la carga humana en las sentinas de su embarcación ponía entonces proa hacia los mercados de esclavos que sabía podría obtener mejores rendimientos a su mercancía humana.

Muchas veces emprendía la búsqueda de nuevos esclavos bajo pedido. Poco a poco se había ido haciendo un nombre y en muchas ocasiones era invitada a almorzar en las lujosas mansiones de los más ricos ciudadanos del continente o de las islas del Caribe, donde le hacían extraños encargos que ella aceptaba sabiendo que si podía servirles lo que pedían podría pedir por ello grandes sumas de dinero.

Así Teodora se fue especializando en la búsqueda de curiosidades que luego vendía a buenos precios sin preocuparse, aunque lo intuía, por el motivo de aquellos encargos.

―Me piden seres deformes para lucirlos como si de perros se tratara. No necesitan una esclava que les planche los vestidos o les limpie las botas, quieren algo diferente, que excite sus bajas pasiones y que puedan lucirlo en sociedad – le explicaba Teodora a su esclava Matilda mientras se hallaban en su lujoso camarote y Matilda le hacía la pedicura a su ama.

―¿Quieres decir, mi señora, que esos niños que llevamos en las sentinas van a servir para dar placer a sus amos y amas?

―No lo dudes, no lo dudes Matilda. Una señora que hace unos meses me encargó una parejita de esos seres deformes que localizamos por esas plantaciones me dijo hace poco que ya había preñado a la hembra. Espera que nazca un nuevo ser deforme – le comentó Teodora que ahora se miraba las uñas del pie que acababa de hacerle su esclava – vuelve a pintarme las uñas, idiota... ¿no ves que has hecho una chapuza? Cuando termines te cortaré otro trocito de oreja... y esta noche dormirás encadenada a la pata de mi cama.

―Sí mi ama, perdóname mi ama – le dijo Matilda llevándose a los labios el pie de Teodora y besándolo como haría la más abyecta de las esclavas.

Matilda se había entregado en cuerpo y alma a servir a su dueña. Desde que le perdonara la vida en medio de los tiburones aquella noche en que cambió su vida, la que hasta entonces había sido el terror de los Collins se convirtió en la más entregada de las esclavas.

Teodora no dudaba en castigarla al menor error. Últimamente cada vez que cometía un fallo le cortaba un trocito de una oreja. Llevaba ya, desde que empezara dos meses antes con ese método, una docena de pequeñas mutilaciones y a su oreja derecha le faltaba más de la mitad del apéndice cartilaginoso.

La fortuna de Teodora iba en aumento, así como su reconocimiento social en todo el continente. Su vida pasaba mayormente en «La buena Farah» que había acondicionado para sentirse con la mayor de las comodidades.

Tom, su hermano, era obediente y leal. Se había convertido en su brazo derecho. El muchacho tenía nobles sentimientos pero obdedecía las órdenes de su hermanastra ciegamente. Él se encargaba de transmitir las órdenes de Teodora a la tripulación pero prácticamente convivía con ellos. Si había que azotar a algún marinero se ocupaba personalmente la misma Teodora.

La tripulación la temía pero sentía por ella auténtico respeto no exento de adoración. Les infundía temor reverencial verla pasearse por cubierta, con sus siempre relucientes botas marcando su paso firme, látigo en mano, y con Perro caminando a cuatro patas tras ella, al que llevaba con una correa del cuello.

Matilda apenas salía del lujoso camarote de su ama y se ocupaba de mantenerlo todo limpio y de atender a su señora cuando ésta descansaba entre los mullidos cojines que poblaban su diván con inscrustaciones de diamantes que se había hecho instalar.

El «La buena Farah» surcaba los mares con gran velocidad. Teodora sabía gobernarlo, con la ayuda de Tom, de manera que podían esquivar barcos piratas y grandes tormentas, los dos grandes peligros del mar.

Una noche, cuando se hallaban entre Cuba y Jamaica, una terrible tempestad envolvió la fragata y todos lucharon denodadamente para sortearla. Cuando lograron dejar atrás el ciclón alguien dio aviso de hombre al agua. Teodora miró desde popa.

El velero huía a gran velocidad y atrás, braceando entre las terribles olas, vio desaparecer a su hermano Tom.

No había manera humana de regresar a por él. Imposible. Teodora se mordió los labios cuando tuvo que dar la orden de estibar más velamen para dejar definitivamente la tormenta a sus espaldas.

Ordenó arrojar barriles al agua con la esperanza de que alguno de ellos llegara donde Tom se encontraba y pudiera asirse a su maderamen, aunque era consciente de que si no moría ahogado lo haría devorado por los tiburones que poblaban aquellos mares y que harían acto de presencia tan buen punto el huracán se alejara a otras latitudes.

Teodora mandó rezar un responso por su fiel hermanastro Tom Collins.





***




12.- Tom Collins.


Estaba agotado. Los músculos no le respondían. Los miembros estaban helados. Rezó para que se limitaran a robarle y lo dejaran con vida. Eran dos apestosos borrachos. Se hicieron con su bolsa de oro y lo despojaron de la ropa. Le quitaron las botas pero las tuvieron que dejar, sus pies eran mucho más grandes que los de Tom.

Se alejaron dando tumbos después de asestarle una pedrada. Tom perdió el conocimiento y los dos vagabundos lo dieron por muerto.

Cuando despertó apenas podía moverse. Intentó levantarse pero le resultó imposible. Entonces de su garganta escapó un estertor de angustia: Tenía importantes lagunas de memoria. No recordaba nada de su pasado inmediato. Era como si parte de su memoria hubiera desaparecido.

Finalmente logró levantarse. El frío y el hambre le indicaban que si no hacía algo para remediarlo moriría pronto. Se puso las botas que los ladrones habían dejado abandonadas y caminó con dificultad.

Durante una semana vagó por la zona, entrando de noche en granjas y pequeñas plantaciones para robar alimento. En más de una ocasión tuvo que salir por piernas para evitar que le descerrajaran un tiro al percatarse los propietarios de su furtiva presencia.

Decidió alejarse de las poblaciones e internarse en el campo. Una mañana se topó con una muchacha que cargaba agua en un cántaro tomada de una fuente. La chica se asustó cuando Tom se interpuso en su camino. El aspecto del joven era desolador pero de inmediato Tom le advirtió que no iba a hacerle daño alguno. La muchacha se quedó recelosa, mirándolo con aprensión, pero algo en la expresión del pelirrojo la hizo confiarse.

―Espérame aquí, escondido en el bosque. Te traeré ropa limpia que creo que te sentará bien y algo de comida. Lo primero que tienes que hacer es adecentarte, con ese aspecto no conseguirás nada – le dijo la muchacha después de haber respondido a las preguntas de Tom que versaban exclusivamente sobre el lugar en el que se encontraba.

Tom Collins se hallaba al norte de la isla de Jamaica. El nombre le sonaba. Sus recuerdos seguían en una especie de limbo del que en ocasiones regresaban brevemente y hacían su aparición en su mente a manera de súbita explosión.

A cada fogonazo conseguía recuperar pequeños retazos de su memoria que ahora almacenaba cuidadosamente para reconstruirla cuando tuviera más elementos. Lo malo era que esos fogonazos de repentinos recuerdos se manifestaban de una manera que él no podía controlar.

Sucedían cuando menos lo esperaba y por hechos o situaciones vividas que le traían recuerdos escondidos. Y lo peor era que parecían inconexos, casi sin sentido.

Mabelle, que así se llamaba la mulata que se había apiadado de él, regresó como le había prometido. Le trajo una camisa blanca que no parecía excesivamente usada, un pantalón negro también en buen estado, un sombrero, dos pañuelos y comida.

Tom se sentó en el lindero del bosque y comió con apetito. Al terminar la joven Mabelle le dio una navaja, una brocha, un cazo y jabón. Vertió agua del cántaro en el cazo y le hizo ademán de que se afeitara.

Tom miró a la muchacha con agradecimiento y comenzó a embadurnarse el rostro con jabón. Mabelle le mostró un trozo de cristal que pertenecía a un espejo roto y se lo sostuvo en frente para que pudiera verse.

Al terminar el rostro de Tom volvió a lucir sus aniñadas facciones. No en vano debía estar cerca de cumplir los dieciséis años.

El sol se estaba poniendo. Mabelle tenía la ropa que le había traído en un pañuelo grande a modo de flazada.

―Quítate la ropa que llevas. La quemaremos. Antes de ponerte lo que te he traído quiero que te laves a fondo. Más abajo corre un riachuelo. Ve y lávate. Te espero.

Tom le sonrió. Estaba agradecido a la joven. En el pequeño río Tom se lavó a conciencia. Pensó en la muchacha que se había apiadado de él. Sólo sentía gratitud pero también pensó en ella en otros términos puesto que era una joven muy bella.

Cuando regresó del río se vistió con las ropas que una sonriente Mabelle le tendió. Luego la joven hizo una pequeña hoguera con los arapos de Tom.

―Háblame de ti, Mabelle, ¿quién eres...? ¿a qué te dedicas...? ¿dónde vives...?

Mabelle le explicó que era una esclava, que servía a su dueña, y hacía lo que solían hacer las esclavas, trabajar y obedecer. Le contó que vivía a una milla de allí, en una pequeña plantación, con su ama, su hija pequeña y unos cuantos esclavos.

―Soy muy afortunada, Tom – el nombre y la procedencia no los había olvidado – me dedico a cuidar a la señorita Alice y a mi pequeña Susi. La señora es buena conmigo.

―¿Esclava? ¿Hay esclavos aquí?

Mabelle se lo quedó mirando incrédula.

―¿Que si hay esclavos? Creo que casi todos los habitantes de esta isla lo son. Sólo unos cuantos son los amos, el resto somos esclavos. Ahora debo irme o mi ama me azotará.

―¿No me has dicho que es buena?

―Y lo es. De ser mala en lugar de azotarme me haría empalar – dijo dejando escapar una risita y alejándose de Tom Collins.

Durante varios días Tom permaneció merodeando la pequeña plantación en la que sabía que vivía Mabelle. Un día se introdujo sigilosamente y se escondió. Sentía curiosidad.

Desde donde estaba pudo ver un campo, algo alejado de la modesta casa que parecía ser la casa principal. En él trabajaban una docena de negros, entre los que había varones, hembras y crias. Eran vigilados por un capataz armado de un largo látigo.

El sol era tremendo y los esclavos no paraban de trabajar. En frente de la casa, en el jardín, dos niñas jugaban. Una era blanca y la otra se veía mulata, muy clarita. Supuso que la blanca era la señorita Alice y la mulata la pequeña Susi. Debían tener unos cuatro años. Luego vio a Mabelle. Estaba en el porche y doblaba ropa de un gran cesto.

En una mecedora descansaba una mujer blanca, de unos treinta años. Estaba un poco gorda y no podía considerarse guapa, aunque tampoco podía decir que fuese fea.

Tom se fijó en Mabelle. Parecía que había llorado aunque la distancia no le permitía estar seguro. En todo caso todas las veces que había estado con él siempre la había visto sonreír y ahora desde luego estaba muy seria mientras trabajaba.

La señora no le quitaba ojo de encima. Tom aguzó la vista. La señora tenía algo en la mano que parecía sujetar con fuerza pero lo que fuese lo descansaba en su regazo y eso le impedía ver de qué se trataba. Pronto supo lo que era.

Mabelle acababa de doblar la ropa del cesto. Un grito proveniente del jardín llamó la atención de todos, Tom incluído.

La señorita Alice puesta en pie lloraba con desconsuelo. Susi la miraba asustada, como si no entendiera porqué lloraba. Alice dejó de llorar y de repente le propinó una patada en la cara a su compañera. Mabelle lanzó un grito.

―¡Quieta Susi, no te devuelvas... no pegues a la señorita! – gritó con angustia.

―¡Tráeme a tu hija, Mabelle! – ordenó la señora poniéndose tiesa en la mecedora.

Mabelle corrió por el jardín y cogió a su pequeña en brazos. Estaba llorando después de que la señorita Alice le pegara la patada en la cara. Mabelle caminó hacia la casa con su hijita en brazos, intentando calmarla.

La señorita Alice la siguió, brincando, alegre. Ya no había rastro del llanto histérico de momentos antes. Parecía contenta.

―¡Que se arrodille de espaldas a mí y levántale la saya! – ordenó la señora.

Entonces Tom vio qué era el objeto que no lograba identificar. La señora levantó la mano y enarbolaba una larga fusta.

La señora azotó a la pequeña Susi con una saña especial. Al menos le dio veinte latigazos. Susi lloraba como histérica a medida que la señora le pegaba en la espalda.

La pequeña Alice observaba con morbosidad el castigo que recibía su esclava. Se hallaba tras las faldas de Mabelle, que sujetaba a Susi para que la señora pudiera castigarla. De vez en cuando Alice asomaba su cabecita para observar a Susi llorar mientras era azotada. Alice reprimió una risita en varias ocasiones.

Tom abandonó el escondite y marchó al bosque a donde de vez en cuando acudía Mabelle con comida para él. Ese día no apareció, ni al siguente. Al tercero lo hizo. Se mostró alegre como de costumbre pero Tom se imaginaba su sufrimiento.

―El otro día estuve en la plantación de tu ama. Me escondí. Vi cómo le pegaba a tu hija.

―Sí – se limitó a decir Mabelle y reprimió un sollozo.

Tom se sentó junto a ella y la cogió por los hombros. La mulata apoyó la cabeza en su pecho y se puso a llorar.

―¡Sssshs, calma, calma... si hablar de ello te alivia aquí me tienes!

Mabelle habló. Verbalizar las desgracias tenía su efecto positivo. Le contó que el amo violó a su madre cuando ésta tenía catorce años. Nació ella a resultas del trato carnal con el amo, de ahí su piel mulata.

La señora, muy joven entonces pues apenas tenía dieciséis años cuando casó con el amo, odiaba a la pequeña bastarda y desde luego odiaba con encono a la madre de ésta. Un día, en ausencia del amo, hizo azotar a la madre de Mabelle. El capataz le dijo que si seguía azotándola, tal y como la señora exigía, acabaría matando a la esclava, pero la señora le ordenó seguir dándole latigazos.

La madre de Mabelle murió y el amo se enfadó mucho con su esposa. Le recriminó por no haber pensado en lo que valía una esclava joven como aquella, que no eran ricos para permitirse ese tipo de lujos, y que no sabía de qué se quejaba, de acuerdo, había follado con la esclava pero le había dado una nueva esclava gratis. Eso era puro negocio.

Mabelle creció. La señora no quería verla pero su esposo estaba encantado con su bastardilla y la niña se pasaba el día en la casa, lo que le comportaba que cuando el amo se hallaba ausente la señora se cebara en la niña, pegándola y castigándola sin motivo.

La niña creció y al cumplir los catorce años era todo un bombón. Su padre, el amo, que consideraba a su hija como una esclava más, decidió usarla sexualmente.

Mabelle, que sabía que el amo era su padre, aceptó con resignación su condición de esclava y sufrió ser violada por él hasta que un día supo que estaba embarazada.

El amo ya no volvió a penetrarla y volvió al lecho de la señora que andaba muy preocupada pues aún no había dado ningún hijo a su esposo.

Poco después de que Mabelle quedara embarazada la noticia saltó en la pequeña plantación: la señora por fin iba a tener un hijo. El amo estaba orgulloso, un heredero, por fin.

Finalmente ama y esclava parieron, con apenas un mes de diferencia. Primero Mabelle dio a luz a su pequeña Susi y después la señora a su Alice.

La señora decidió que Susi sería la esclava de su hija.

―Sucede a menudo, Tom. Mi Susi es el juguete de la señorita Alice. La señorita Alice es una niña muy consentida y caprichosa. De repente, sin venir a cuento, cuando las dos están tan tranquilas jugando la señorita Alice se pone a llorar como una histérica y pega a mi hija. Cuando esto sucede la señora me hace que le traiga a mi niña. Tengo que sujetársela para que ella la azote con la larga vara que tiene siempre en la mano.

»Eso es lo que sucedió el otro día. La señorita Alice tuvo uno de sus inexplicables berrinches y se puso a llorar. Además pegó a mi niña y salí corriendo para evitar que Susi se devolviera. Una vez que la señorita Alice le pegó una bofetada mi Susi le tiró del pelo. La señora se ensañó con mi niña. Le pegó tanto en las manos que se le hincharon como globos. Estuvo un mes que no podía tocar nada del dolor que sentían sus manitas.

»Estoy convencida de que la señorita Alice lo hace expresamente. Siempre viene a mirar cómo la señora le pega a mi niña y creo que obtiene un placer malsano provocando que la castiguen.

―Dios mío, y me dijiste que tu ama era una persona buena... no te entiendo.

―Y lo es. Otra ama podría portarse con mucha más crueldad. Somos suyas, mi hija y yo le pertenecemos. Puede hacer con nosotras lo que quiera.

Tom asintió. Le daba pena Mabelle, pero también entendía que la vida era así de dura para los pobres esclavos. Él, al menos, no era esclavo. Recordaba, de su maltrecha memoria, que durante años había sufrido servidumbre y, aunque no recordaba cómo se había librado, sabía, o suponía, que ahora era un hombre libre. Al menos así se sentía.

Tom ya había logrado recordar algunas cosas de su brumoso y reciente pasado.

Seguramente la pérdida de su memoria se debía a que aquellos ladrones le habían golpeado en la cabeza para robarle y debido al estado de debilidad había padecido esa pérdida temporal de memoria.

No se angustiaba por ello, estaba seguro de que la recobraría. De hecho algunos retazos de su reciente pasado comenzaban a poblar el lienzo en el que un día recordaría lo perdido.

Ahora le preocupaba su situación. No podía vivir eternamente de lo que Mabelle le traía a escondidas, entre otras cosas la esclava se arriesgaba a que su ama la sorprendiera robando comida y según le había explicado la propia Mabelle era éste uno de los peores delitos que podía cometer un esclavo.

Mabelle, viendo la angustia que se apoderaba de Tom por su futuro le propuso buscar trabajo en una plantación importante.

―En la de mi ama no es aconsejable. Mata a sus esclavos de hambre y si te contratase dudo que te pagara un salario decente y aún te haría pagar la comida. Búscate la vida en una plantación señorial. En Jamaica hay muchas. A pocas millas de aquí está «Melissa Hill», es una de las plantaciones de azúcar, cacao y café más importantes de la isla. Allí es posible que te contraten.

Tom abrazó a Mabelle y la besó en la frente con cariño. Seguiría su consejo.





***




13.- Buscando trabajo.


Las prendas que le había proporcionado Mabelle le daban un aspecto algo presentable. La propia Mabelle, antes de separarse definitivamente le rindió un último servicio: con el pañuelo de su cabeza que humedeció en la fuente sacó brillo y cepilló las botas de Tom Collins.

Los recuerdos ahora fluían cada vez más, al menos los más alejados, y viendo a Mabelle arrodillada a sus pies lustrándole las botas recordó que él había pasado años limpiando las del amo Bento, las de su mujer y las de su hija Matilda.

Recordó a Matilda con añoranza. No recordaba los últimos meses de su vida pero sí recordaba que Matilda era o había sido su ama y también recordó que a pesar de que era dura con él cuando lo castigaba también era dulce cuando lo tenía entre sus ambarinas piernas.

Llegó a la puerta de la entrada de la hacienda. «Melissa Hill» rezaba en el cartel que colgaba de un arco de piedra que daba entrada a la extensa plantación.

Una amplia avenida flanqueada por altos y frondosos árboles le acompañaron en la casi una milla que tuvo que recorrer a pie. A ambos lados de la avenida podía ver extensiones de campos. Azúcar, cacao, café, algodón. Aquello era inmenso.

Vio al menos una docena de cuadrillas de esclavos negros trabajando duramente bajo el implacable sol del mediodía. Capataces a caballo, con el fusil en la montura y el largo látigo desenrollado pendiendo de una mano vigilaban que los negros no dejaran de trabajar.

Hasta Tom llegó el rumor de los cánticos de los esclavos. Eran melodías tristes en sí mismas. No entendía lo que decían pero sonaban melancólicas, como si contaran la desgraciada existencia de sus protagonistas.

A punto de terminar la avenida divisó una magnífica construcción. Era una gran mansión construída de piedra caliza, blanca. Le extrañó no haber encontrado a nadie.

Ya no se oían los cánticos de los esclavos y allí abundaba el silencio. Llegó a menos de cien metros de la gran casa y entró en la enorme y ajardinada explanda que hacía de patio. Vio a un par de negritos que parecía que arrancaban malas hierbas del jardín.

Tom caminó por el sendero de grava que llevaba a la puerta principal. Se detuvo ante la magnífica mansión y la observó con detenimiento. Era soberbia. Grande. Parecía tener tres plantas, la principal a ras de suelo y dos más. Había gran número de habitaciones, todas ellas con un balcón. En la parte superior, en la tercera, parecía haber un solarium.

Miró en derredor y vio una casita adosada a la gran mansión. Supuso que eran las cocinas. Más allá vio otra casita. No estaba lejos de la mansión. Era pequeña pero parecía acogedora. Incluso tenía su propio jardín. Aún más allá divisó lo que supuso eran viviendas de los esclavos.

Un grupo de cabañas que parecían destinadas a unas pocas familias de negros y finalmente varias hileras de barracones. Para los esclavos que no tenían el privilegio de tener cabaña propia, pensó Tom.

Hacia el otro lado divisó varias edificaciones, todas de madera. Supuso que se trataba de construcciones usadas para la actividad de la plantación: un granero, un establo, un saladero, un ahumadero, una herrería, incluso le pareció que había una tienda.

Una de las edificaciones tenía una gran cruz y supuso que se trataba de una iglesia y otra parecía un hospital. Aquella plantación era inmensa, talmente podía considerarse como una pequeña ciudad. 

Tom estaba abrumado pero le sorprendió no ver por allí actividad. Pero sí la había. Afinó el oído y pudo escuchar ruidos que asoció a los que producía la gente en su trabajo. Ruidos de arrastrar cosas pesadas, golpes de martillo.

Poco a poco sintió como si se le destaparan los oídos y comenzaron a llegarle voces, parecían lejanas pero eran voces. Subió los peldaños que daban a la enorme puerta de entrada. Las escaleras se separaban para dar acceso a un extraordinario porche que se extendía a ambos lados de la casa, incluso le pareció que daban la vuelta y la circundaba.

Cuando iba a llamar a la puerta se llevó un susto de impresión. Una enorme y gruesa negra la abrió de golpe y salió amenazadora con un palo en la mano.

―¿Quién eres tú...? ¡Maldito pobretón blanco! – rugió la gorda esclava.

Tom dio dos pasos hacia atrás para apartarse del arco que podía describir aquel palo en manos de la negra.

―¿Quien es, Bessy? – le llegó una voz femenina del interior de la casa.

No pudo precisar la edad de su propietaria pero sí pudo deducir de que se trataba de alguien muy joven, una adolescente quizás.

―¡Nadie, no es más que un muerto de hambre del que me voy a encargar ahora mismo, señorita Melly! – ¡Ya te estás largando por donde has venido, sucio pobretón!

Tom estaba un poco asustado y confundido. Aquella negra daba miedo. ¿Pero cómo una esclava, porque tenía que ser una esclava, podía hablarle de aquella manera a un blanco sin que recibiera su merecido?, pensó Tom.

―Me llamo Tom Collins, y estoy buscando trabajo – dijo Tom intentando mantener su dignidad ante la insolente negra.

―Pero si es un blanco, Bessy, ¿cómo se te ocurre hablarle así a un blanco? ¿Es que quieres que te mande azotar?

La propietaria de la cálida voz que había oído Tom se corporizó en una joven de más o menos su edad. Tenía la piel blanca, extremadamente blanca, sus brazos desnudos mostraban infinidad de pecas, tenía el cabello rubio que llevaba recogido en una larga cola bien alta y que bajaba hasta media espalda y unos ojos azules de mirada intensa.

Llevaba un vestido corto, sin mangas, estampado con flores rosas y amarillas y calzaba unas altas botas negras, muy brillantes. Alguien se ha pasado muchas horas cepillando estas botas, pensó para sí Tom.

Entre el final de las botas y el principio del vestido dejaba ver unos buenos muslos también lechosos y pecosos y unas rodillas huesudas que afeaban un poco sus, por otra parte, bonitas piernas.

―Perdone señorita, me llamo Tom Collins, busco trabajo. Soy irlandés y sé hacer de todo.

―¡Ji, ji, ji...! – la muchacha se llevó una mano a la boca para taparse los dientes ante aquel estallido de histéricas risitas – ¡Un irlandés, si le ve mi padre le atará a un caballo y le arrastrará fuera de la hacienda, ji, ji, ji...!

Tom se sintió un poco humillado. Primero la negra lo trataba sin el menor respeto y ahora aquella niña estúpida se burlaba de sus orígenes. Iba a protestar pero pensó que mejor sería mostrarse sumiso si quería un empleo.

―Bueno, soy medio inglés... mi padre era inglés... por lo que sé.

La muchacha oyó el último apunte que mejor hubiera callado Tom.

―Vaya, así que no conoce a su padre, ¿eh? Eso tiene un nombre muy feo, ji, ji, ji...

A Tom comenzaban a exasperarle las risitas de la muchacha, pero decidió hacer caso omiso.

―Deje al pobretón ese, señorita Melly, es hora de su baño. Vaya subiendo a sus aposentos que yo me encargo del blanquito este. Lo apaleo un rato y enseguida subo a bañarla, señorita – el sonsonete de la negra casi hace reír a Tom si no fuese por que la amenaza no podía obviarla.

―¡Bessy, negra maleducada. Hablaré con mamá y le pediré que te azoten tu gordo culo con la pala agujereada! ¿No te tengo dicho mil veces que ante un blanco, por pobre que sea, un negro debe mostrarse sumiso? – Melly dejó de reñir a su esclava para dirigirse a Tom – ¿ha visto alguna vez cómo se le pone el culo a una negra que la azotan con la pala agujereada? ¡Ji, ji, ji, ji... les levanta la piel y la carne sale por los agujeros como si fuese carne picada! ¡Es increíblemente divertido!

―No señorita, no lo he visto nunca. Y si me lo permite, no me parece tema de risa – le dijo ya harto de aquella histérica niñata.

Tom se la quedó mirando. Por un momento pensó que la joven iba a explotar de rabia. Tenía muy claro de qué tipo de chica se trataba. Se fijó que era muy nerviosa, no paraba de morderse una uña, miraba hacia todos lados con cierta inquietud.

Seguro que es una mimada y consentida. Debe ser la hija de los amos. Debe tener varias esclavas a su exclusivo servicio. El lustre tan brillante de sus botas lo deben haber sacado sus esclavas pasándose horas cepillándoselas. Seguro que come poco pero no deja que sus esclavos disfruten de sus sobras. Después de comer debe hacer la siesta con cinco negros abanicándola. Cuando da una orden y no la obedecen al instante monta en cólera y se divierte viendo cómo castigan a sus negros.

En segundos Tom Collins la radiografió con bastante exactitud, pero ya estaba lamentando haberla provocado. Si quería trabajo esa no era la mejor manera, enemistándose con la hija del dueño.

―Pues a mí me produce mucha risa. Ahora haga el favor de salir de mi propiedad. Como dice Bessy no es más que un blanco pobretón.

―¡Missy, Missy...! ¿con quién estás hablando?

La voz venía del porche. Segundos después aparecía una señora. Guapa. Elegante. Llevaba un bonito traje verde oscuro de amazona y altas botas de montar, tan lustrosas como las de la chica.

―No es nadie, mami... un maldito blanco pobre que busca limosna. Voy a mandar a Horace que lo eche de la plantación.

―¡Vaya, qué muchacho... qué cabello... parecen lenguas de fuego! – exclamó la señora.

Tom hizo una profunda reverencia quitándose el sombrero.

―A sus pies señora. Me llamo Tom Collins, y su hija tiene razón al decir que soy pobre, pero eso es solo circunstancial. Por el momento mi situación no es buena, pero en poco tiempo recuperaré mi posición. En cualquier caso no pretendo molestar, tan sólo buscaba trabajo. Me han dicho que ésta es la mejor plantación de toda Jamaica.

―Missy, cariño, Bessie ya tiene tu baño a punto. Sube a tus aposentos para que te bañen. Yo me ocupo del caballero – dijo su madre dirigiendo a Tom un repaso con su mirada, de arriba abajo.

Tom creyó leer cierta lascivia en la mirada de la madre de la histérica.

―Si me lo permite, señora, sé hacer prácticamente de todo. Todo lo que me encomienden puedo proponérmelo y salir airoso. Modestia aparte me considero un tipo con suerte porque cualquier cosa se me da bien. Cualquiera… – dijo acariciando la última palabra para darle una entonación más seductora.

―Soy Sarah Brings. Mi esposo, Aaron, y yo somos los propietarios de esta hacienda que como usted bien ha dicho es la mejor y más rica de Jamaica. ¡Missy, te he dicho que subas a tus habitaciones, no me hagas enfadar... y si te encuentras con Lala dile que no he quedado nada contenta del brillo que ha dado a mis botas! – lo dijo sin dejar de mirar a Tom – usted que crée, Tom Collins, ¿mis botas brillan lo suficiente?

―No creo que sea por culpa de su esclava, señora Brings. Por mucho que su esclava las cepille la belleza que usted irradia siempre hará palidecer el brillo de sus botas.

Sarah Brings no hacía más que admirar los músculos que se apreciaban bajo la fina camisa de lino que llevaba Tom. Lo cierto es que se había quedado prendada de la extraña belleza del muchacho.

―¡Ayyyyyyyyyy! – gritó Missy dando un taconazo en el suelo para mostrar su enfado con su madre – ¡Esta tarde pienso ir al cafetal con el látigo!

―Sí cielo, pero ahora ve a que te bañen... adios...

―Venga conmigo, Tom Collins, mi paseo a caballo puede esperar. Hablemos de sus habilidades.

―Será un placer señora.

―Espero que el placer sea mío.

Sarah Brings lo tomó del brazo con su enguantada mano y entró con él en la señorial mansión. Delante iba Missy, evidentemente contrariada porque su madre no le había hecho caso, al contrario, parecía que le gustaba aquel insolente pobretón.





***




14.- El pasado llama a la puerta de Aaron Brings.


Aaron Brings no podía creer lo que veían sus ojos. Cuando Tom le contó que procedía de la pequeña isla de Nevis, que era hijo de una indentured servant que servía en una posada, pensó que se trataba de una coincidencia, pero cuando se fijó en el hoyuelo en la barbilla con forma de estrella que lucía el joven se dijo que no podían darse mayores casualidades.

Habían pasado dieciséis años de aquella vez que estuvo en Nevis y que durante una semana cada noche yació con aquella joven, ¿cómo se llamaba...? ¿Sarah? No, no se llamaba como su esposa, no... era algo parecido... Farah... sí, eso era, Farah, la irlandesa que tenía una niña pequeña que lloraba y que él obligaba a la madre a que la echara de la habitación.

Y ahora el muchacho, Tom Collins, que decía ser medio irlandés y medio inglés, por parte de padre aunque no lo conociera, había llamado a su puerta en busca de trabajo. Y para colmo Sarah, su esposa, estaba encantada con los modales del chico y le presionaba para que lo aceptaran.

―Pero si no es más que un pobre blanco, y para mayor desgracia medio irlandés. Ya sabes tú lo que pienso yo de los irlandeses, los odio. Son una raza de esclavos... Sarah, se razonable...

―Oh, querido, ya sé que los odias, yo también los odio. Mis doncellas cuando vivía en Inglaterra eran o galesas o irlandesas, unas torpes rematadas... pero este chico, Aaron, este chico tiene un algo que lo hace especial. Démosle una oportunidad, querido.

Cuando Sarah Brings se proponía algo era tenaz y testaruda. Su esposo bien que lo sabía. Como también sabía que Sarah quería tener cerca de ella al joven Tom porque era evidente que le gustaba y que acabaría entre sus brazos... o mejor dicho, entre sus piernas.

Eso no le importaba a Aaron. Hacía años que no hacían vida marital y ambos se toleraban mutuamente sus aventuras. Él se pirraba por las jóvenes negras de su plantación y ella por los machitos mejor parecidos.

Bien mirado, pensó Aaron, mejor que me la preñe un blanco, aunque sea irlandés, que no un negro, como ya había ocurrido años atrás, se dijo Aaron. El padre era Bolo, su propio esclavo personal. Aaron hubiese hecho hervir en sebo al maldito negro pero su esposa le dijo que si hacía eso ella también herviría en sebo a las negras que él se tiraba. Aaron aceptó hacer pasar a Sugar por hija de Bolo y Lala, su mujer, aunque todos, incluída Sugar, sabían la verdad.

Aaron estuvo dándole vueltas al asunto toda la noche. Tom Collins… ¿porqué había venido a recalar en «Melissa Hill»? parecía una venganza del destino. Estaba seguro que era su hijo y ahora era más que probable que ese irlandés exótico acabara preñando a su propia esposa, o peor aún, a su hija Missy, a esa tonta histérica y cruel que tenía por hija.

Esa noche se ensañó con la negra que le calentaba la cama. Primero le pisó los pechos hasta dejarle los pezones en carne viva, desollados, arrasados, luego le empaló el ano con el mango del látigo y cuando consiguió que sangrara se la folló con extremada violencia. Cuando terminó, exhausto, la mandó a dormir al suelo, a los pies de la cama.

Después de aquel violento comportamiento con su esclava de cama Aaron Brings durmió como si le hubieran dado un sedante. Aaron Brings, al igual que el resto de su familia, era un desequilibrado. Tendía a comportamientos extremos. Igual se horrorizaba presenciando el castigo de un esclavo que era él mismo quien lo castigaba.


La impresión que le había causado reconocer en Tom Collins el hijo que al parecer tuvo años atrás con aquella sirvienta de Nevis lo había trastocado hasta el punto de dejar medio muerta a la pobre esclava de cama con la que se desfogó.



(Continúa...)

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LUK.