A QUIEN LE INTERESE

En este rincón apartado he decidido publicar. La hipocresía que se vive en la página de TR (Todo Relatos) me obligó a abandonarla. Disfruto escribiendo y aún siendo consciente de que mis fantasías son minoritarias me parece injusto que aquellos que me seguían en TR se queden sin poder disfrutar de mis relatos.



No pretendo ser pretencioso. No quiero decir que mis escritos sean buenos, soy consciente de que no es así, pero aún lo soy más de que en este mundo retorcido de nuestras íntimas fantasías muchos buscamos algo que echarnos a los ojos que se acerque a nuestros fetiches, tabúes y quimeras eróticas.



Mi propósito es dejar al lector interesado y que se pueda identificar con mis inofensivos delirios una muestra de mi producción literaria dedicada al mundo de la sumisión, dominación, esclavitud y relaciones de poder. Fabulaciones en suma con las que más de uno sueña en secreto y que yo me dedico a poner negro sobre blanco con mayor o menor acierto.

Como que esta es una página abierta, he creado un grupo de admisión restringida en Yahoo (ver enlace) donde he puesto aquellos relatos que considero más fuertes, no sea que un alma sensible de esas que van por ahí salvando al mundo de la gente mala como yo se topase con uno de esos relatos y le salieran sarpullidos en el hipotálamo.



En este grupo sólo aceptaré miembros bajo petición expresa y siempre que me convenzan de su buena fe. Los relatos están en formato docx. y pueden ser descargados directamente.



Los relatos de ADELA también están en este grupo.



Aquí tenéis un enlace directo al grupo, pero recordad: miembros SOLO bajo admisión.



http://es.groups.yahoo.com/group/relatosdeluk



miércoles, 4 de marzo de 2015

TOBI, EL ESCLAVO DE MAMÁ

Me llamo, perdón me llamaba, Charleston y soy un chico normal. Bueno, normal para mí pero para la sociedad soy un ser no aprovechable por lo que amparados en las leyes raciales inspiradas en el nazismo del siglo pasado mi familia tenía dos opciones perfectamente legales: eugenesia o esclavitud. Para mi felicidad mi madre optó por la segunda posibilidad y a partir de los cinco años, cuando se certificó legalmente que estaba afectado por lo que ellos llaman un grave déficit de atención, fui declarado legalmente esclavo de familia.

Lo primero que hizo mamá cuando salió del juzgado con los documentos que le otorgaban mi propiedad fue comprarme un collar y una correa de perro.

—Verás qué mono vas a estar con tu collarcito, Charleston… bueno, creo que tendríamos que cambiarte el nombre… no te parece hijo? — mamá siempre me habla como si yo fuera normal, algo que le agradezco — me parece que junto con tu hermana decidiremos tu nuevo nombre… tiene que ser un nombre corto, verás cómo te resultará más sencillo atender por un nombre cortito que por ese inacabable nombre que te puse cuando creía que estabas destinado a grandes proezas… en fin… Dios nos lo da, Dios nos lo quita — suspiró mamá y tras enganchar la correa al collar echó a andar dando algunos tirones para que la siguiera.

Cruzamos el brigdetower y yo trotaba tras los pasos de mamá fijándome en el brillo que destellaba de sus zapatos de salón y escuchando el repiqueteo de sus tacones sobre el pavimento.

Cuando la juez firmó mi sentencia de esclavitud yo no manifesté ninguna emoción, esa es una de las características que define mi personalidad, que ellos llaman enfermedad de déficit de atención, pero por dentro me sentía eufórico.

En casa ya teníamos un par de esclavos y sabía que cuando eran llamados por sus amos debían arrodillarse y besarles los pies. Yo envidiaba a Candy y a Luca por ese motivo y por eso, cuando la juez le dijo a mamá que le concedía la propiedad de su hijo hubiera saltado de alegría porque esperaba poder realizar mis fantasías más íntimas sin que me tildaran de pervertido, sencillamente por que sería mi obligación como esclavo.

—Entra hijo… aquí — mamá había abierto el portón trasero en lugar de la puerta lateral del todo terreno y con un gesto y una sonrisa me señaló su interior que tenía una red de fibra para que los perros lebreles que teníamos no molestaran a mi hermana que solía viajar en el asiento trasero.

Miré a mami con carita de pena y ella me hizo un mohín y me pellizcó la mejillas.

—Éste es ahora tu sitio hijo… estarás cómodo, ya lo verás — me puso la mano en la espalda y me empujó suavemente para que entrara en la perrera.

Mami cerró el portón de un golpe y se subió al asiento del conductor. Yo estaba de rodillas en el maletero y pegué mi cara a los rombos de la red para poder mirar. Siempre que íbamos en coche y conducía mamá me quedaba mirando fíjamente los pedales. Me gustaba ver cómo sus pies pisaban el acelerador y el embrague y el freno. Fantaseaba en que yo ponía mi cara sobre la base de los pedales y mami me pisaba a mí para dar gas o para frenar.

—Vas cómodo cuqui? — mami me hizo la pregunta mirándome por el espejo retrovisor y dedicándome una cariñosa sonrisa con sus labios rojos perfilados con ese carmín intenso con que gustaba maquillárselos y que me dejaba cercos con el perfil de sus labios cuando me besaba en las mejillas.

Afirmé con la cabeza como tenía por costumbre. No hablaba nunca. A veces decía palabras sueltas cuando quería significar algo que quería y no se me daba pero nunca componía frases enteras. No es que no supiera. Todos pensaban que yo era tonto pero nada más lejos de la realidad. Lo que pasa es que yo tenía un mundo interior muy vivo y enriquecedor y no me apetecía compartirlo con nadie por miedo a que no me entendieran y me lo arrebataran. Mis ondas iban en un sentido diferente a las del resto del mundo.

—Tendrás que empezar a decir algunas cositas querido… ahora eres un esclavo de casa, familiar, y tendrías que esforzarte en pronunciar algunas palabras que serán básicas en tu vocabulario de esclavo… verdad que harás eso por mami? No me gustaría tener que pegarte por no ser un esclavo obediente.

La sonrisa que empleó al decir aquello me obligó a mí a sonreír. No solía mostrar mis emociones pero casi me da la risa al escucharla decir que no le gustaría pegarme.

Candy y Luca se llevaban auténticas palizas por cualquier nimiedad y aunque yo era aún muy pequeño tenía claro que a la gente que tenía esclavos les cambiaba el carácter e incluso sus valores morales a la hora de tratarlos. Los esclavos domésticos no tenían derechos, eran basura, las leyes amparaban a los propietarios que podían hacer con ellos lo que quisieran.

La esclavitud ha existido siempre y aunque el trato a los esclavos ha diferido en el grado de brutalidad que han empleado sus amos con ellos, el fondo siempre ha sido el mismo. El esclavo es una cosa, una propiedad y el amo, su propietario, tiene todo el poder de hacer con su cosa lo que le venga en gana sin tener que dar explicaciones a nadie.

Actualmente, en una sociedad tan moderna que tiene superados estigmas tales como la brutalidad física en el trato de los esclavos, no se estila aplicar castigos cruentos que pueden acabar con la vida del esclavo, pero eso no significa que no se los castigue. Hay mil formas de causar dolor sin necesidad de matar al esclavo.

Y hay otro factor importante: el coste. Un terrateniente romano de la antigüedad podía poseer cinco mil esclavos procedentes de la conquista de otros paises que el emperador le concedía graciosamente como recompensa por haber financiado la guerra.

El amo no sufría por el coste que podía representar perder a un esclavo si se le iba la mano ya fuese en el transcurso de un castigo ejemplarizante, ya fuera en el transcurso de una orgía, pero actualmente los esclavos cuestan dinero y en una familia de clase media alta como la nuestra lo habitual es llegar a tener media docena a lo sumo. No es cuestión de que se les mueran por un exceso de pasión castigadora.

Por eso me sonreí cuando mamá me dijo que no querría verse obligada a castigarme. Como si yo no supiera que muchas veces se inventaba los errores de Candy o de Luca para tener una justificación para calentarles el culo, o la espalda, con la vara.

Mamá era una persona normal, amante de los animales, madre de familia ejemplar, miembro de una sociedad cristiana que hacía colectas para paliar el hambre de los pobres, pero vigilando que los desclasados siguieran engrosando las huestes de la miseria de manera que siguieran engendrando hijos que no podrían mantener y acabaran en los horfanatos religiosos y así poder seguir comprando esclavos. Las damas de las clases altas eran piadosas postulantas pero sin embargo, a la hora de ejercer su poder sobre los esclavos que poseían eran incapaces de sustraerse a la tentación de ejercerlo en toda su extensión, incluso con crueldad.

Y lo mismo le sucedía a mi madre, a mi hermana, a mi padre, a mi abuela, a mis tías y a mis primas, y a todos aquellos que disfrutaban de una posición social lo suficientemente desahogada como para permitirse comprar esclavos domésticos.

—De que te ríes Charleston? — me preguntó mamá mirándome por el retrovisor mientras se encendía un cigarrillo sin dejar de estar atenta a la conducción.

Negué violentamente con un gesto lateral de mi cabeza y me escondí tras el parapeto de los asientos.

En casa hubo una gran conmoción cuando llegó mamá llevándome tras ella con la correa de perro.

—Ha sido duro, hija mía, pero era la esclavitud o una inyección letal. Tu hermanito ha sido declarado oficialmente deficiente. Desde hoy es esclavo de familia. Charleston… arrodíllate cielo.

Me encantaba la voz dulce de mamá cuando me hablaba. Ahora me daba órdenes y su tono seguía siendo igual de dulce. Obedientemente me arrodillé tras sus piernas. No lo pretendí pero resultó inevitable: al hallarme de rodillas detrás de mamá sufrí una pequeña erección.

Mi cara quedó a menos de media pulgada de las pantorrillas de mamá y sentí un irreflexivo deseo de besarlas. Pero me contuve. Algo me decía que debía esperar mi oportunidad, que no debía molestarla con iniciativas que la pudiesen importunar.

—Para diferenciarlo de nuestros esclavos domésticos, Candy y Luca, y dadas las características de vuestro hermano, ahora esclavo, he pensado que deberíamos darle la función de mascota. ¿Qué os parece, Sophie, mamá…?

Qué democrática era mi madre. Mi hermana y la abuela Augusta apoyaron unánimemente la propuesta de nuestra madre y desde ese momento empezó mi vida como esclavo mascota de mi familia.

Lo del nombre no fue tan unánime. Lo siguiente que propuso mamá fue cambiarme el nombre por otro mucho más ad hoc. Ahí surgieron tantas alternativas como miembros había en el debate.

Mamá propuso el poco imaginativo nombre de Tobi, mi hermana Sophie se decantó por Suso, mi temida abuela prefería Tresky y mi padre, cuando llegó más tarde dudaba entre Fabián y César. Lógicamente ahora me llamo Tobi.






***






Mamá, después de que eligiera mi nuevo nombre, se me llevó con ella a sus habitaciones. Tenía que hablar conmigo para darme una serie de normas.

—Tobi, Tobi — chasqueó los dedos girándose para mirarme sobre su hombro — ven con mami Tobi… camina en cuatro patitas, como si fueses un perrito. Ahora eres el perrito de mami.

Ella echó a andar contoneándose sobre sus tacones y yo la seguí como un auténtico perrito. Parecía que lo hubiese hecho toda la vida. Me sentí cómodo gateando detrás de mamá, con mi mirada persiguiendo los destellos de sus bonitos zapatos de salón negros que aquella misma mañana, antes de partir hacia el juzgado, la buena de Candy le había estado lustrando durante casi una hora.

—Pasa Tobi, pasa — me dijo mamá cuando llegamos a su habitación.

Subir las escaleras que daban al piso superior donde se encontraban las alcobas me había costado un poco más pero salí bastante airoso para ser la primera vez, incluso mamá me felicitó por lo bien que me acompasaba a su paso. Ella abrió la puerta y se hizo a un lado para que entrara yo. Cuando había sobrepasado justo el umbral mamá me empujó por el culito con su pie. Sólo me empujó pero al notar el frío cuero de su escarpín en mis muslos me asusté y di un saltito hacia delante.

—¡Jajajaja…! ¡Qué gracioso! — se rió mami — creo que convertirte en mascota será algo relativamente sencillo, estás muy gracioso — me dijo volviendo a empujarme con el pie para ver si repetía el saltito, pero esta vez me movi con elegancia y miré hacia atrás para ver la expresión de mamá. Ella compuso un mohín pero al instante relajó sus facciones y asomó su característico rostro risueño. Mami siempre me sonreía.

Me detuve en medio de su habitación. Había entrado muchas veces, especialmente por las noches, cuando tenía miedo y buscaba su compañía, pero antes lo había hecho como hijo, ahora lo hacía como esclavo. Un extraño sentimiento me invadió y me quedé quietecito esperando ver qué hacía ella.

Mami caminó con su acostumbrado porte, un pie delante del otro como si desfilara en un pase de modelos. Mamá tenía treinta años y para mí era la mujer más hermosa del mundo, y no es amor de hijo, bueno de esclavo, pero es que lo era.

Medía un metro setenta, con sus habituales tacones un metro setenta y cinco, no era gruesa ni delgada sino que estaba perfectamente compensada. Un poquito de vientre, sensual en todo caso, unos senos correctamente proporcionados, piernas largas de muslos poderosos y pantorillas redondeadas y estilizadas, tobillos finos, pies y manos grandes pero perfectos, dedos largos, uñas siempre esmaltadas de un color diferente cada día, el mismo barniz para los pies que para las manos, cabello en media melena negro azabache, estilo años veinte, con flequillo travieso y las puntas que abrazaban su largo cuello de cisne redondeadas y retorcidas hacia dentro. Y después estaban sus ojos, verde caribe y su boca, sensual, de labios siempre muy rojos y sonrientes que mostraban sus perfectos dientes blancos.

Y esa voz cantarina que la hacía parecer tonta pero era muy lista, mucho. Sabía lo que quería y cómo conseguirlo.

Se sentó en el borde de la cama y se palmeó los muslos en una clara llamada al perrito. Tardé unos segundos en reaccionar. Tenía que acostumbrarme a que ahora era la mascota. Me desplacé a gatas hasta llegar a tocar sus piernas con la frente. La mano blanca y suave de uñas rojas me alborotó el cabello en un claro gesto cariñoso.

—Bueno Tobi. Te voy a confesar una cosa: estoy contenta. Y lo estoy porque te has tomado tu nueva situación con mucha voluntad de hacer bien las cosas. Eso está bien. No obstante es probable que al principio te cueste desempeñarte con la debida corrección que se le exige a un esclavo. Pero no temas, aprenderás. Mira — me dijo y me mostró una fusta de equitación que había aparecido entre sus manos.

La blandió en el aire e hizo que silbara por dos veces al mover su muñeca de arriba abajo a gran velocidad. Se me erizaron los pelillos de la nuca pero la cristalina carcajada que dejó escapar a continuación ayudó a que me relajara.

—No temas tontín. Mami tendrá que usarla, seguro, más de una vez en tu cuerpecito, pero no va a pasarte nada… nada grave, quiero decir, te dolerá un poquito pero se te pasará pronto. Quiero que sepas que mami nunca tendrá intención de hacerte llorar… todo dependerá de ti, de tu actitud para evitar que mami no se vea obligada a hacerte demasiada pupa. Lo entiendes?

—Sí mamá.

A mi madre se le iluminaron los ojos. Yo pocas veces hablaba y esta vez lo había hecho alto y claro. Me pellizcó cariñosamente una mejilla y me dijo:

—Verás, si quieres puedes llamarme mamá, pero también puedes llamarme ama, es lo mismo pero quitándole la primera letra… o mejor aún, puedes ladrar. Vas a ser un perrito, no? Un ladrido es sí ama, dos es no ama. De momento te voy a dejar elegir. A ver, ladra… para probar…

—¡Guau! ¡Guau! ¡Guau!

Mamá aplaudió entusiasmada por mis esfuerzos por asumir mi nuevo papel.

—Lo has hecho fenómeno, cariño. Ahora unas poquitas normas, nada complicado. Para empezar. ¿Te has fijado qué hacen Candy y Luca cuando alguno de nosotros los llama?

—¡Guau!

—¡Muuuy bieeeen! ¿Y qué hacen Tobi?

Hablar me costaba, cierto, así que se lo mostré. Me incliné y posé mis labios sobre sus elegantes zapatos de salón.

—¡Fantástico, Tobi…! Eso mismo tendrás que hacer tú, cariño. Sea quien sea quien te llame tendrás que besarle los pies, o los zapatos si está calzado. Todos los esclavos deben hacer eso, y tú ahora eres nuestro esclavo. Se hace para que en todo momento el esclavo sea consciente de lo que es, de quien es y ante quien está. ¿Lo comprendes, vida mía?

Asentí con la cabeza sin dejar de besuquear sus zapatos. Mami me acarició con su suave y perfecta mano, enredando sus largos y finos dedos en mi cabello mientras yo me llenaba del olor del cuero de sus elegantes zapatos.

—Ya está bien Tobi, ahora desnúdate y me das tu ropita. En casa ya no la necesitarás. Ya te habrás fijado que Candy y Luca también van desnudos por la casa. Tú también. Sólo en invierno, y si te sacamos a la calle, te pondremos una fundita para que no te nos mueras de frío.

Me quité todo y lo dejé bien ordenadito en un montoncito en el suelo.

—¡Muy bien, así me gusta, todo ordenado… luego Candy se lo llevará para lavarlo y guardarlo! A ver, ponte de pie, deja que mire una cosa — me ordenó mami haciéndome señal con el dedo índice.

Me puse de pie y avancé totalmente desnudito los dos pasos que me separaban de mamá.

—¡Santo cielo! — exclamó mamá después de un largo y modulado silbido de admiración que me hizo sonrojar porque me imaginaba a qué era debido — ¡menudo armamento cariño… no veo el modo de que pasen unos pocos años para usarte como mereces.

La mano de mamá acariciaba ahora mi pene. A pesar de mi corta edad ya apuntaba un buen aparalaje genital. Sentí un agradable cosquilleo en mi bajo vientre porque mamá me pasaba el dedo pulgar sobre la cabecita del pene.

—¡En fin! — suspiró largamente — confío que seas de esos niños precoces, cielo. Bien, la última instrucción por hoy. Posición de espera. Ahora te voy a enseñar cómo debes permanecer cuando yo, o cualquier miembro de la familia y eso abarca tías y primas como ya debes imaginarte, te dé la orden de: «En posición». Es fácil. De rodillas, apoya el mentón en el suelo, levanta el culo en pompa, separa los muslos y extiende los brazos, pegados al cuerpo, pon en el suelo las manos vueltas del revés, como si esperases que te cayera algo en ellas. ¿Lo pillas?

En lugar de contestar adopté la postura que me había descrito. Mamá aplaudió contenta y me acercó sus pies apoyando suavemente las suelas de sus zapatos sobre mis manos extendidas. No me ordenó nada pero no me pude resistir. Avancé un poco la cara y sacando la lengua la paseé brevemente por encima del brillante cuero de sus zapatos.






***






Contrariamente a lo que cualquier persona normal podría pensar mi vida como esclavo y mascota de mi familia me resultó más bien placentera. Interioricé rápidamente que era un perrito y todo se me hizo muy sencillo. No obstante eso no significa que mi vida fuera fácil. También me tocó sufrir, y mucho.

Papi me encontró una utilidad muy placentera para él. Cuando llegaba de trabajar yo gateaba a todo correr para lengüetearle los zapatos. Luego lo seguía hasta su habitación donde Luca lo esperaba para desnudarle. Papi se acomodaba en su sillón con las piernas abiertas y yo me colaba entre sus muslos. Tenía que meterme en la boca su grueso cipote y esperar hasta que se orinaba.

No me gustaba nada. A veces me daban arcadas y me soltaba un par de guantazos que me dejaban aturdido. Después de tragarme todos sus orines debía seguir chupando hasta que se le ponía grande y dura y en cuestión de unos cinco minutos se sucedía la segunda descarga. Esta vez el líquido era más denso y pegajoso y me lo tenía que tragar igual que antes me había tragado su orina.

La abuela no me orinaba directamente en la boca. Ella prefería mear en el orinal y cuando estaba repleto de orines lo vaciaban Candy y Luca sorbiendo directamente del recipiente. Lo que le gustaba hacerme la abuela era darme el pecho. Me cogía igual que las madres hacen con sus crías y me perdía entre sus blandos pechos. Ella se reía cuando lograba succionar sus oscuros y enormes pezones de los que siempre manaba un extraño líquido que según decía producían sus hormonas constantemente y que tenía un gusto parecido a la leche de almendras que a mí me encantaba porque era muy dulce.

Mamá y Sophie eran las personas que pasaban más tiempo conmigo, y a mí me encantaba porque eran las que más quería. A mamá porque ella era única y excepcional y a mi hermana porque sentía devoción por ella a pesar de lo mal que me trataba.

Sophie me llevaba cinco años. Cuando me convirtieron en esclavo de la familia ella tenía diez años. Una chica a esa edad puede ser muy cruel. Y Sophie me odiaba. Supongo que cuando yo nací la desplacé de su trono. Les pasa a todos los hermanos mayores, que odian a los pequeños porque les usurpan su posición de favoritos.

—¡Ven perro! — era su clásica llamada. Mamá me llamaba Tobi, o pequeñín, o simplemente hijo mío. La abuela pequeño esclavo. Padre de ninguna manera, simplemente se bajaba la bragueta y yo debía considerarme llamado. Pero Sophie me llamaba perro. No perrito, no. Perro. Así. Por mucho que me sintiera a gusto en mi situación de esclavo me dolía el desprecio que me mostraba mi hermana, a quien yo adoraba.

Sophie me hacía poner en posición, que como he explicado consistía en mantener la cabeza pegada al suelo y el culo en pompa, pero en lugar de estar frente a ella me hacía mostrarle el culo. Ella permanecía sentada con una pierna cruzada y se dedicaba a darme golpes en los genitales con la suela de su escarpín mientras balanceaba la pierna.

No eran golpes muy fuertes pero cada vez que la punta de su zapato tocaba mis testículos el dolor era muy intenso. Yo tenía mucho aguante pero al cabo de un rato de recibir pataditas acababa gimiendo y sollozando.

—¿Te duele perro? — me preguntaba cuando yo ya lloraba desconsoladamente.

Yo contestaba con un ladrido porque sabía que a ella le gustaba que ladrara.

—¿Quieres que mi zapato deje de golpearte?

—¡Guau!

—Entonces suplícale perro.

Tal vez ese era el mejor momento. Me daba la vuelta sin despegar la cara del suelo y me ponía frente a ella. Entonces tenía que lamerle el zapato que solía dejar colgando de los dedos de su pie.

Lo peor era cuando venía la prima Beckie, la hija de la tía Fenella, hermana de mamá. Beckie tenía la misma edad que Sophie y juntas eran mucho más malas que por separado. Tía Fenella no tenía esclavos y Beckie envidiaba a mi hermana que disponía de tres: Candy, Luca y yo.

Tanto Sophie como Beckie estaban enamoradas de Luca. Cuando estaban las dos primitas en casa —iban al mismo colegio y muchas tardes Beckie venía a casa hasta que su madre la recogía por la noche— solían sentarse en el sofá a ver la tele. A mí me usaban para descansar los pies y constantemente hacían sonar la campanilla para que Luca acudiera a ver qué deseaban las señoritas.

A mi me daba mucha rabia porque envidiaba a Luca. Era un muchacho guapo, atractivo y más mayor que las dos niñatas. Luca les llevaba seis años y ellas lo veían super mayor.

Le llamaban a cada rato y le daban infinidad de pequeñas órdenes que Luca obedecía con resignación. Cada vez que sonaba la campanilla el muchacho tenía que arrodillarse ante las dos mocosas y besar las plantas de sus pies antes de preguntar qué deseaban y ellas dejaban escapar risitas estúpidas antes de ordenarle más tonterías.

Cuando la abuela bajaba al salón Luca se acababa para ellas porque se apoderaba de él. A la abuela también le agradaba Luca y sé, porque lo había visto, que el esclavo la ensartaba en su pene vigoroso hasta que la abuela acababa gritando de placer.

Mis primas, molestas por verse privadas de su juguete volvían su ira hacia mí y entonces comenzaban a pegarme y a humillarme. Yo aguantaba todo lo que me hicieran y sólo deseaba que llegara mamá porque ella solía salvarme llevándoseme a su habitación para que la atendiera.







***





Entonces era feliz. Mamá siempre era muy dulce conmigo aunque a veces me hiciera llorar. Me daba besos y me abrazaba y de repente algo había hecho mal. Nunca sabía qué era lo que no hacía bien. Ella se limitaba a decir.

—No Tobi… eso no debes hacerlo.

Yo la miraba sin entender qué era lo que no debía hacer pero ella no me lo aclaraba nunca. Se limitaba a levantar una pierna y yo me tenía que deslizar debajo de la suela de su zapato que mantenía en el aire. Entonces bajaba el pie y me ponía la suela sobre los labios. Me pisaba. Me pisaba hasta hacerme daño.

Cuando hacía eso ella estaba desnuda y yo desde mi posición estirado en el suelo contemplaba sus voluptuosas piernas, y sus muslos, y sus pechos redondos que temblaban por el esfuerzo de pisarme. Al cabo de un rato retiraba el pie y se sentaba en el bancal de delante de la cama. Entonces yo tenía permiso para descalzarla y besarle los pies.

Poderle besar los pies a mamá me compensaba de cualquier crueldad que ella hubiera llevado a cabo con anterioridad, incluso las que estuvieran por llegar.

Me fui haciendo mayor y cada vez tenía más asumida mi condición de esclavo y perro. Cuando cumplí los ocho años mamá hizo construir una caseta de perro en el jardín para que yo vigilara la casa cuando no se me requería.

Tenía que ladrar cuando llegaba alguien a casa, fuera conocido o desconocido. Sophie en verano me sacaba de la caseta, me ponía la correa y me llevaba a pasear. Por el jardín tenía que ir a cuatro patas pero si me sacaban a la calle podía caminar de pie. Llevado por la correa, por supuesto, pero no me obligaban a desplazarme a gatas.

Me encantaba que me sacaran a pasear a la calle. Allí solía ver a otros esclavos que sus amas los llevaban también de una correa. Sophie solía azotarme las pantorrillas a cada momento y cuando llegaba a casa de vuelta tenía tantas marcas enrojecidas en mis piernas que mamá la reñía por no tener medida en el uso del látigo.

Me encantaba que mamá se preocupase por mí aun cuando después ella me hiciera mucho más daño que Sophie.

Cuando cumplí los diez años un día mamá me llevó a la herrería. No me dijo para qué. Yo la seguí como un perrito atado a la correa. En la herrería me arrodillé como era preceptivo. Sólo podía estar de pie cuando salíamos a la calle pero al llegar a donde fuere que habíamos ido, la herrería, un salón de té, una tienda o un centro comercial… entonces tenía que volver a mi posición a gatas.

Después de esperar un buen rato que mamá lo pasó sentada en una silla ojeando una revista como si estuviera en la consulta del médico o en la peluquería mientras yo permanecía echado a sus pies que iba besando a cada ratito cada vez que ella me los acercaba a la cara, salió un mujer. Era la esposa del herrero.

—Viene a por alguna mutilación, señora? — le preguntó la mujer del herrero.

—No, por Dios, sólo quiero marcarlo.

—Entonces me ocuparé yo misma. Mi marido está muy ocupado. Hoy tenemos una docena de mutilaciones.

A mí se me puso la piel de gallina. Desconocía que se mutilara a nadie. Después mamá me explicó que a los esclavos que no eran obedientes sus amas solían castigarlos haciendo que les mutilaran alguna parte de su cuerpo, como las orejas, o la nariz.

Mamá le entregó la correa a la mujer del herrero y yo sentí tanto miedo que me agarré a los pies de mamá. No quería soltarme. Mamá me azotó con la vara pero yo seguí enganchado a sus pies.

—Venga Tobi, que no va a ser nada. Sólo una pequeña quemadura.

—No se preocupe señora, es normal que el niño tenga miedo. Yo lo tendría si supiera que iban a marcarme con un hierro al rojo — dijo la mujer y mamá le lanzó una mirada asesina como diciendo: Vale hombre, a eso le llamo yo una ayuda psicológica perfecta.

Mamá dejó de usar el pequeño látigo en mi espalda porque empezaba a hacerme sangre —era verano e iba desnudo lo que permitía al látigo herirme sin la protección de la funda que me hacían llevar en invierno— y se acuclilló junto a mí que seguía aferrado a sus zapatos de tacón.

—Tobi, vas a ser un esclavo bueno y no me vas a poner ahora en una difícil situación. Yo voy a estar contigo mientras te marcan. Te daré la mano para que estés calmado y cuando todo haya terminado regresaremos a casa y podrás pasarte el resto de la tarde besándome y oliéndome los pies. Venga, sé bueno y ahora dale un besito a mami.

Liberé los zapatos y los tobillos de mamá, me incorporé sobre mis rodillas y dejé que mami me abrazara con todo su cariño.

—Por qué me haces marcar, mami? — estoy tan angustiado que me decido a soltar una frase larga. Mamá me mira sorprendida porque casi nunca digo más que una o dos palabras.

—Bueno… tengo que hacerlo. Es la marca de propiedad. Imagina que un día te pierdes. Si alguien te encuentra sin marca se te podría quedar. Sin embargo, con la marca quien te recogiera vería que tienes propietario y tendría que devolverte a nosotros — mamá se esfuerza en justificar lo que va a hacer.

—El esclavo es hijo suyo? — preguntó la mujer del herrero que se había quedado mirando la escena entre mamá y yo.

—Sí, es esclavo familiar.

—Ay — suspiró la mujer — yo también tengo una hija esclava. Nadie más que nosotras sabe lo que sufrimos las madres que tenemos hijos esclavos.

—Usted la ha marcado?

—Pues claro. No se preocupe, el dolor es muy intenso pero pasa rápido. Después le pone aceite de palma en la quemadura y eso le aliviará. En una semana podrá tocarle la cicatriz sin que le duela.

La mujerona tira de la correa y me veo obligado a seguirla. Mami me acompaña a la sala donde veo un brasero encendido.

—Tiene ya una divisa de propiedad? — le pregunta la mujer del herrero.

—Sí, ya he marcado a los dos esclavos domésticos que tenemos. Los traje aquí.

—Bien, entonces debemos tener el molde por ahí. Un momento.

Mamá me tiene sujeto por los hombros. Yo tiemblo. Recuerdo que Candy y Luca tienen la marca en el pecho. L.A., que son las iniciales de Lena Alardice, el nombre de mamá.

La mujer vuelve con un hierro con mango de madera y en cuyo extremo opuesto veo el perfil de las letras de las iniciales de mami. Me quedo mirándolas con curiosidad. Parece que estén del revés, igual que las letras de las ambulancias. Deduzco que es así para que una vez gravadas en mi piel se puedan leer de frente correctamente.

Entra una chica en la sala. Es la esclava de la herrera. Su madre exhibe una sonrisa.

—Ven Polly, saluda a la señora con el debido respeto. Lady Lena Alardice es la mamá de este chico al que voy a marcar.

La niña me mira y en sus ojos tristes detecto compasión por mí. Eso me angustia todavía más. Se acerca a mamá y se arrodilla ante ella. Mamá sonríe a la niña y avanza ligeramente los pies para que se los bese. Mamá me ha explicado muchas veces que los esclavos tenemos que besar los pies de los amos para demostrarles a éstos nuestra sumisión y respeto.

Mamá, igual que yo, se fija en los agujeros que se ven en la espalda de la chica. Se lo comenta a su madre. Ésta se ríe y le muestra los afilados tacones de sus zapatos de salón.

—¡Jajajajaja! — se los hice de pequeña. Sirven para encajar en ellos los tacones de mis zapatos. De esta manera los lleva clavados en su espalda y los tengo siempre a mano tanto por si me apetece ponérmelos como si lo que quiero es pegarle con ellos — le explica la señora que sigue calentando el hierro en  el brasero.

—Y cómo se los hizo? — le pregunta mamá que aún no ha dado permiso a la niña para que deje de besarle los pies.

—Eso fue un poco doloroso para ella, lo reconozco. Le hice las incisiones con un punzón y luego la mandé estirarse en el suelo y me puse de pie sobre su espalda. Hice encajar los tacones en los agujeros y estuve todo un día pisándola hasta que se los agrandé lo suficiente. Luego le hice llevar un par de mis zapatos con un tacón similar clavados en su espalda hasta que la carne ya no pudo crecer. Ahora ya no le duele cuando lleva mis zapatos clavados.

Mamá hizo una mueca de disgusto. Yo la miré y ella se me acercó para darme un beso en la frente. Me susurró que no debía temer nada. Luego dio permiso a la chiquilla para que dejara de besarle los pies y fuera junto a su madre.

Me retorcí como un gusano cuando se le quema con la brasa de un cigarrillo. Cuando la abuela me saca a pasear por el jardín me hace que escarbe en la tierra para sacar gusanos. Cuando tengo varios los he de poner en el suelo sobre una piedra. Entonces ella les acerca la brasa de su cigarrillo y contempla cómo se retuercen. Cuando ha acabado de divertirse los aplasta bajo las suelas de sus zapatos.

Después de sentir el olor de carne quemada que emanaba de mi vientre chamuscado y de haber gritado como no lo había hecho nunca, me desmayé. Me desperté en casa.

Pensé que lo había soñado pero el dolor de la quemadura me devolvió a la realidad. Mami me había curado aplicando aceite de palma en la herida pero así y todo el dolor que sentía era intenso.

A pesar del dolor insoportable hubiera vuelto a padecer gustoso el martirio de la marca por el simple hecho de que en el momento de despertar tenía las plantas de los pies de mami sobre la cara y el olor que despedían me calmaba el sufrimiento.

Mamá retiró los pies de mi carita cuando se dio cuenta de que acababa de despertarme. Tras la marca perdí el conocimiento y no recuerdo nada de lo que siguió. Mami me dijo que estaba muy orgullosa de mí por lo valiente que había sido y que como premio me iba a permitir estar bajo sus pies el resto de la tarde.

Al cabo de una semana me miraba en el espejo y me sentía orgulloso de lo que podía leer en mi vientre: «E.de F. Propiedad de L.A.»

Al parecer, una vez desmayado, mamá le dijo a la mujer del herrero que me tatuara con la palabra «E.F. Propiedad de…» delante de «L.A.». Le pregunté a mamá qué quería decir E.de F.

—Quiere decir Esclavo de Familia, Propiedad de Lena Alardice. Eso es lo que pone. De este modo todo el mundo que lo lea sabrá que no eres un vulgar esclavo doméstico sino un esclavo de familia.

Curiosamente me sentí orgulloso de llevar escrita en mi cuerpo aquella leyenda. Era esclavo, sí, pero no un esclavo cualquiera, como podían serlo Candy y Luca, no, yo era esclavo de mi familia y pertenecía a mi mami. Qué orgulloso estaba. Y mamá me recompensó abrazándome y estrechándome contra sus pechos. Me gustaba cuando lo hacía, mucho más que chuparle las tetas a la abuela Augusta.





***




La abuela tenía un grupito de amigas. Eran cuatro en total, más o menos todas de edades parecidas. Dos de ellas se habían comprado un esclavo en el orfanato de los niños pobres y la abuela y la otra amiga sintieron envidia.

Una tarde la abuela me puso la correa y le dijo a mamá que se me llevaba de compras. Yo hacía poco que había cumplido los doce años y ni yo ni Candy y Luca, que ya andaban por los dieciocho, respondíamos a lo que quería la abuela.

Ese día visité el orfanato. La abuela se había decidido a darse el capricho de gastar una parte de sus ahorros en un esclavo. Un niño.

Se me encogió el corazón al ver a los niños expuestos que una monja le mostraba a la abuela y a otras señoras que habían ido aquella tarde de compras. Los niños estaban en plataformas, desnudos, arrodillados, y la monja los mostraba a las compradoras explicando las virtudes de cada uno.

Yo gateaba detrás de la abuela y cuando ella se detenía yo tenía que besarle los zapatos. Generalmente la abuela sacaba el pie del zapato y sin mirarme me lo acercaba a la cara para que se lo lamiera. Luego lo volvía a enfundar y seguía caminando.

Después de recorrer todos los estantes donde se encontraban lo pobrecillos y temerosos huérfanos la abuela se decidió por un chiquillo que debía tener la edad que tenía yo el día que aquella juez me convirtió en el esclavo de mamá: cinco añitos.

—No lo querrá como esclavo doméstico, verdad? — interrogó la monja a mi abuela con una sonrisa lasciva en sus labios — es aún muy pequeño para eso.

—No, evidentemente. Si quisiera una criada escogería a alguna de esas chicas que he visto que tienen por ahí. A éste lo quiero como esclavo de compañía. Una mascota… como mi nieto.

—Vaya, así que esa preciosidad que le lengüetea los zapatos es su nieto.

—Sí, pero es propiedad de mi hija y yo quiero uno para mí sola. Qué precio tiene éste?

La abuela acarició la cabecita del niño por el que se estaba interesando y éste se arrugó sobre sí mismo haciéndose un ovillo. Era muy temeroso y vergonzoso.

—Es de lo mejor que tenemos como mascota. Es terriblemente miedoso y servil. Hace las delicias de todas las hermanas del orfanato, sólo tiene un defecto: aguanta poco el sufrimiento. Lo hemos intentado endurecer pero no hay manera. Con sólo ver el látigo empieza a lloriquear.

—Es perfecto — respondió la abuela pasando el dorso de los dedos de su cuidada mano sobre la mejilla del chiquillo.

Salimos del orfanato los tres: la abuela nos llevaba a ambos, a mí y a su nuevo criado de una correa.

Le llamó Lucio y me libró de las sesiones de sexo a las que la abuela me obligaba. A partir de ese día correspondió a Lucio lamer la entrepierna de la abuela Augusta y chupar sus pezones hasta llevarla al orgasmo. Yo me alegré. No es que no me gustara lo que la abuela me obligaba a hacerle, pero odiaba que me quemara con el cigarrillo.

Ahora era Lucio el que se metía entre las piernas de la abuela y era a él a quien apagaba el cigarrillo en las partes más sensibles de su pequeño cuerpo. Lucio lloraba mucho cada vez que tenía que satisfacer a la abuela y aunque me apenaba por él me sentía contento de no ser yo el que tuviera que sufrir los crueles caprichos de la abuela.

Mi hermana se había convertido en una preciosa muchacha de dieciséis años a la que yo espiaba cuando ordenaba a Luca que la sirviera en su habitación. Espiaba por el agujero de la cerradura y me excitaba viendo cómo montaba al pobre Luca. Ella siempre se ponía desnuda a horcajadas sobre el cuerpo de Luca que se hallaba también desnudo y echado de espaldas en su cama.

Sophie se elevaba lentamente y luego descendía. Yo podía ver cómo la tranca de Luca desaparecía en el interior de mi hermana y ella soltaba gemiditos.

—¡Oh, Luca, cómo te quiero, cómo me haces gozar! — exclamaba ella que cada vez lo cabalgaba con más ímpetu.

—¿Qué haces aquí cochino? ¡Estás espiando a tu hermana! — oí la voz de Candy a mis espaldas — si te descubren te azotarán, ven conmigo, corre. La señora Augusta está durmiendo y tu madre no está. Ven.

Candy me tendió la mano y yo la cogí. Corrí tras ella hasta la cocina. Allí, en la zona de servicio había una habitación que compartían los esclavos domésticos. Tenía un solo camastro donde dormían Candy y Luca. Lucio y yo dormíamos en la caseta de perro del jardín. Ahora Luca estaba con mi hermana y Lucio debía estar sollozando a los pies de la abuela. Candy cerró la puerta y me dijo que me desnudara. Hacía frío y me habían permitido ponerme una camiseta larga que me servía de vestido.

—Aún no te ha usado nadie, verdad?

No respondí. La miré fijamente. Candy era guapa, me gustaba, pero me daba miedo del mismo modo que me lo daba cualquier mujer.

—Qué calladito eres — se rió Candy mientras se quitaba el viejo vestidito que llevaba para hacer los trabajos domésticos.

Por lo general Candy y Luca iban desnudos cuando tenían que servir en la zona noble de la casa pero cuando se hallaban en las dependencias de los criados mamá les permitía que usaran una especie de batita de algodón. Me quedé alelado contemplando los pequeños pechos de Candy. Ella se sentó en el camastro que compartía con Luca y me hizo señal de que me acercara.

—Has crecido mucho Tobi, y también lo ha hecho esa cosita que te cuelga. ¿Te tocas?

Negué con la cabeza sin dejar de mirarla. Era muy guapa. Su mano me acarició el pene y se me puso duro.

—Pronto lo usarán todas. Tu madre y tu hermana seguro, y tal vez tu abuela. Hasta ahora has hecho de mascota pero pronto te usarán de esclavo de cama. Cuando yo era pequeña también hacía de mascota. Mi ama era una mujer gorda que se complacía pisándome. Después tenía que suplicarle que no me pegara lamiéndole la raja del culo. Suerte que mi antigua ama se encaprichó de un esclavo que compró en una subasta y me vendió a tu madre. Ahora soy una simple criada, pero no me quejo.

Candy me acariciaba la polla mientras me explicaba su vida. De repente se arrodilla y engulle mi tranca en su boca. Me estremezco. Nunca me habían hecho esto. Hasta ahora había tenido que lamer entre las piernas a la abuela y a mamá, Sophie debía tener suficiente con Luca y a mí sólo me quería para que le besara los pies.

Me pongo tenso cuando noto que una poderosa sensación se inicia en mis riñones. Es cómo si por dentro me estuviera desmoronando. Me tiemblan las piernas. Cierro los ojos. Sé que algo desconocido para mí va a suceder, pero de repetente Candy deja de chuparme la polla. Abro los ojos y la miro desconcertado. Ella se ríe.

—¿Te ha gustado?

Asiento con firmeza. Ella se vuelve a reír. Me coge de la mano y me acerca más a ella.

—Bésame los pechos — me ordena.

Obedezco. A la abuela se lo he estado haciendo hasta la llegada de Lucio. Candy los tiene mucho más duros que la abuela. Incluso más duros que los de madre a la que también tengo que chupárselos. Me gusta. Ella me acaricia con ternura y se deja caer de espaldas sobre el camastro. La sigo en su recorrido y me pongo de rodillas sobre la cama entre sus piernas. Candy tiene la rajita muy peluda. Me agarra la cabeza entre sus manos y me fuerza a acercarme a su pubis. Lo huelo y no noto la diferencia entre el olor que hace la abuela ni mami ahí en esa zona. No me disgusta pero prefiero olerles los pies. Eso sí me gusta y me excita.

—¿Qué pasa, no te gusta el olor a hembra? — me pregunta al notar que mi miembro ha perdido turgencia. No respondo — ¿Prefieres besarme los pies?

Afirmo con la cabeza.

—Está bien, te dejo que me los beses pero cuando se te ponga dura te haré lo mismo que has visto a tu hermana hacer con Luca — me dice y me empuja hacia abajo.

Cuando siento los pies de Candy en mi cara noto que me calmo. Siempre me pasa, especialmente con mami. Entonces la voz de mi hermana resuena fuerte llamando a a la criada y todo se acaba. Candy da un brinco y yo caigo al suelo. Se pone la bata y se calza las sandalias viejas que le permiten llevar y sale corriendo del cuartito como una exhalación.

Me quedé frustrado. Había descubierto el placer en la boca cálida de Candy y cuando confiaba en poder hacer lo mismo que Luca con mi hermana se fue todo al garete.






***





Pero faltaba poco para que descubriera el placer que Candy me había insinuado. Mamá me estaba sopesando los genitales como venía haciendo últimamente bastante a menudo. Solía hacerlo desde la cama. Yo me acercaba por un lado y ella alargando la mano me la ponía debajo de los testículos y luego recorría la largura de mi pene acariciándolo con sus largos y finos dedos.

—Esto empieza a estar a punto, Tobi. En nada podrás hacer sumamente feliz a mami.

Yo me estremecía de emoción. Nada había en este mundo que me hiciera a mí más feliz que poder hacerla feliz a ella, a mamá.

Papá seguía usando mi boca para mearse dentro. Ya no era su urinario en exclusiva porque también estaba Lucio a quien mi abuela lo prestaba a papá porque le gustaba ver cómo el niño casi se ahogaba cuando se tenía que tragar el morcillón de padre.

Un día que yo estaba entre las piernas de padre mientras el tomaba el café del desayuno y yo le chupaba la polla mamá le dijo que no volviera a usar mi boca para mearse. Padre la miró por encima del periódico sorprendido por aquella repentina prohibición.

—¿Qué pasa? El niño es esclavo, ¿no?

—Usa a Lucio, a mi madre no le importa.

—¿Y a ti te importa que me mee en la boca de Tobi? — le preguntó incrédulo padre.

—Sí, es mi hijo y no quiero que lo uses de orinal.

—También es mi hijo, y resulta que es nuestro esclavo.

—Te equivocas. De que es mi hijo puedo dar fe, de que tú seas su padre, no. Además es esclavo mío. Aunque sea esclavo de la familia yo soy su propietaria, y he decidido que sólo Sophie y yo podremos usar su boca de letrina. ¿Ha quedado claro?

Yo estaba alucinado. Mamá se enfrentaba a padre por mí. Me sentí orgulloso. Abandoné la entrepierna de papi y me dirigí a gatas hasta los pies de mami que estaba sentada en el otro extremo de la mesa tomando su desayuno.

Mami vestía una bata de seda que transparentaba su bonito cuerpo y calzaba sus zapatillas de estar por casa. Se descalzó y me dio sus pies a besar cosa que hice con extrema pasión y devoción.

—Puedes usar a Candy para aliviarte, no me importa, pero a Tobi ni tocarlo.

—¡Candy! — bramó papá.

La criada que estaba serviendo los desayunos se acercó. Iba desnuda. Papá alargó la mano y le pellizcó un pezón. Candy reprimió un grito pero no hizo nada por zafarse del dolor que le causaba papá.

—Métete de rodillas debajo de la mesa. Te voy a dar de beber — dijo padre.

Candy no dijo nada. Obedeció en silencio. Mami terminó de tomar su desayuno y me ordenó que la siguiera.

Subí tras ella a gatas hasta su dormitorio. Tuve que quitarle la bata porque Candy, que era la que le hacía de doncella, tenía otro trabajo que hacer. Luego le saqué las zapatillas y mamá se tumbó en la cama, desnuda, recostada contra los almohadones apoyados en el cabezal y con las piernas separadas. Me hizo señas de que me acercara.

—Acerca la carita a la entrepierna de mami, cielo — me ordenó con su acostumbrada dulzura.

Recordé el día en que una semana antes había estado en el cuarto de los criados con Candy. En aquella ocasión el olor de su coño me gustó pero seguía prefiriendo oler sus pies. Sin embargo ese día el olor a hembra de mi madre me excitó mucho. Me alegró que mi pene reaccionara como un caballo desbocado al simple olor a hembra que surgía del jardín de las delicias de mamá.

Mamá se rió al ver mi pene crecido y duro como un mástil. A mis trece años daba unas medidas fuera de lo común.

—Ya va siendo hora de que uses tu cosita para dar placer a mami — me dijo susurrante y cariñosa.

Levanté la carita de su húmedo jardín. Tenía la cara mojada y brillante de sus jugos. Mamá chorreaba como una fuente. Parecía estar muy excitada. De la habitación de al lado se escuchó de repente un alarido seguido de un llanto profundo. Era Lucio. Noté que mamá aún mojaba más. Bajé mi carita y di una lamida para recoger la nueva andanada de flujos que la empapaban. Chasquidos de látigo, o de vara, o de cinturón provenían de la habitación de la abuela. Más gritos y más llantos de Lucio.

—Corre, Tobi, métemela dentro… rápido cariño… mete tu cosa dentro del jardín de mamá — me ordenó entre jadeos que aumentaban a medida que los chasquidos de la vara se hacían más audibles.

Me puse estirado encima de mami para acoplarme. No sabía qué debía hacer pero el instinto me llevó de su mano. Estaba tenso como un arco al ser disparado. Mi polla era un duro ariete que buscó el tunel y el camino hacia el interior de mami.

Cuando la hube metido del todo vi que la cara de mami transmutaba. Le gustaba lo que la hacía sentir y eso me enloqueció de placer y devoción. Me rodeó con sus piernas y me abrazó. Mi cara estaba entre sus pechos. Todo lo grande que era mi aparato genital lo tenía yo de bajo en estatura. Besé los pechos de mami mientras empecé a moverme dentro de ella.

De la habitación contigua ya no se oían ni latigazos ni llantos. Ahora sólo se escuchaban los jadeos de mami que pronto devinieron en gritos de placer. Yo seguía moviéndome dentro de ella cada vez con mayor ímpetu, hasta que ella gritó obscenidades que no la había oído decir nunca, ni cuando la lamía.

Pensé que me partiría en dos con sus poderosas piernas. Me apretó tanto que apenas podía moverme. Pero eso era lo que quería ella, que dejara de moverme. Poco a poco fue aflojando la presión de sus piernas y me abrazó por la espalda.

—Sal de dentro de mami… ¿Te has corrido, Tobi? — me preguntó mamá con una vocecilla débil pero cariñosa.

—No señora.

Mamá se rió de mi respuesta. Solía llamarla ama o mama o mami, pero nunca señora. Le gustó y me hizo ponerme encima de ella. Mi polla seguía estando dura y se me aplastó contra su blando vientre. Ahora tenía la cara encima de la de ella y me besó en los labios. Me abrazó y me besó con ternura.

Estuvimos así un buen rato. Luego me dijo que tenía sueño.

—Vete al fondo de la cama y me besas los pies. Mami quiere dormir un ratito, cielo.

Me desplazo hasta el fondo y me atravieso en la cama. Mami se estira y me pone los pies en la cara. Los abrazo, los huelo y los cubro de besos. Me duermo. Nos dormimos.





***






Unos meses más tarde una mañana veo a Luca en la cocina. Está sentado en el banco largo que corre junto al fuego. Es invierno y hace frío pero en la casa se está bien. Luca lleva puesto un mono de trabajo gris. En pleno invierno mamá deja que los esclavos se cubran. Sólo Lucio y yo seguimos yendo desnudos dentro de casa. Luca está lustrando unas botas. Me acerco a él. Me mira y me sonríe.

—Son de tu hermana — me dice guiñándome un ojo.

No le contesto. Sé que él adora a Sophie. Me acerca una de las botas a la cara. Sólo de ver el increible brillo que lucen y oler el cuero recién lustrado tengo una erección y noto que me pongo rojo porque mi polla crece instantáneamente.

—Te gustan los pies y los zapatos de las señoras, eh pillo? — se ríe.

A Luca le sucede lo mismo. Lo sé porque lo he visto por la cerradura del cuarto de mi hermana. Siempre que Sophie llega a casa al volver del trabajo lo llama a su habitación. Mi hermana tiene ya diecisiete años y trabaja en la empresa de papá. Ella heredará la fábrica y tiene que empezar a conocerla desde dentro. Luca deja todo lo que está haciendo cuando oye a mi hermana llamarlo.

Luca sabe lo que tiene que hacer. La ayuda a quitarse la ropa y la descalza. Mi hermana toma asiento en un cómodo silloncito que tiene en su amplio dormitorio y Luca le trae un dry martini, la cajetilla de cigarrillos, su Dupont de oro y el móvil.

Sophie se pasa el rato hablando con sus amigas por el móvil mientras fuma, da sorbos a su dry martini y arroja la ceniza al suelo. Luca permanece de rodillas para hacerle un masaje en los pies. Mi hermana rie y cotillea sin cesar y sin reparar aparentemente en la presencia de Luca. De vez en cuando le acerca el pie desnudo a la cara y Luca le besa la planta y le lame debajo de los deditos mientras ella sigue comentando las novedades con sus amigas.

Por la manera que Luca se tensa cuando Sophie le ofrece los pies para que se los bese sé que le pasa lo mismo que a mí. Eso me hace compartir con el esclavo cierta solidaridad, no sólo por su condición de sirviente sin sueldo sino porque nos une el placer de unos bonitos pies femeninos.

Luca me alborota el pelo y me aparta la bota de mi hermana. Lo miro como cuando a un niño le dan un caramelo y se lo quitan. Él se rie. Luca tiene una risa franca. No lo he oído quejarse nunca de su condición. Creo que le gusta ser esclavo. A mí también me gusta, sobre todo desde que la abuela se compró a Lucio. Yo vivo más tranquilo.

Pobre Lucio, lo pasa mal. La abuela no le da tregua. Se pasa el día clavándole la larga aguja del cabello que suele usar para sostener el moño o lo quema con los cigarrillos que fuma a todas horas. También le divierte pisarle las manos con sus zapatos de tacón de aguja.

—Crees que tu hermana me quiere? — me sorprende Luca con esa pregunta impropia de un esclavo.

—No. Eres un esclavo, como yo. A los esclavos no se les quiere.

Luca me sonríe. Sabe que no suelo hablar con nadie pero con él y con Candy me siento a gusto y hablo.

—Crees que tu madre no te quiere?

—No. Me dice que me quiere, pero no es cierto. Sophie a veces también me lo dice, pero sé que no es verdad. Ella me desprecia.

—Bueno, nosotros las queremos a ellas y eso es lo que cuenta, no te parece? — me dice y vuelve a acercarme la brillante bota de mi hermana a la cara.

Le doy un beso rápido antes de que la aparte de mi cara. Él se ríe y yo también. Vuelve a alborotarme el pelo. Sabe que una sonrisa mía significa que estoy a gusto con él. A Candy también le sonrío cuando me enseña sus tetitas. Ya soy tan alto como ella y siempre me dice que un día le pedirá a mami que me deje follarme. Pero sé que lo dice en broma. Mami la castigaría si osara hablarle así.

—Lárgate chico — me dice dándome un golpecito con la bota de mi hermana en un hombro — si no tengo sus botas brillantes cuando regrese al medio día tu hermana me va a castigar.

—¿Sophie te castiga?

—No la llames Sophie. Si te oye alguien te pondrá el culo caliente con la correa esa que llevas siempre — me dice y me estira de mi correa de perro que mami no me ha sacado esta mañana después de pasearme con ella por el jardín.

—Es mi hermana y se llama así.

—Se llama así, es cierto, pero debes llamarla ama Sophie. Un día le pegó una patada a Candy porque tuvo la ocurrencia de decirle que estaba muy guapa y olvidó llamarle ama. Tu hermana no suele pegarnos pero ella es nuestra ama y si no la respetamos se enfada y puede castigarnos como le plazca.

Asiento avergonzado. No debo olvidar que aunque sea mi hermana debo llamarla ama. Sólo mami me deja que la llame mamá o mami, pero también ella me recuerda de vez en cuando que soy su esclavo y debo mostrarme respetuoso.

—Está bien, acaba de lustrarle las botas rápido. Oigo su coche entrando por el camino de grava.

La casa en que vivimos es un chalet bastante grande con un garaje para dos autos al que se llega por un camino de grava que nos sirve a los esclavos para oirlos llegar por el ruido de los neumáticos al chirriar contra las piedrecillas.

Salgo de la cocina que tiene una puerta trasera que da al jardín y veo el deportivo de Sophie. Candy está barriendo la entrada del garaje y deja la escoba para abrirle la puerta a mi hermana cuando ha detenido el vehículo.

—Limpia bien el coche, Candy — le dice mi hermana a la esclava que se ha arrodillado para besarle los zapatos.

—Sí ama Sophie.

Candy se inclina y posa sus labios sobre los zapatos de salón de mi hermana. Sophie la mira desde lo alto de sus tacones y se sonríe. Intuye que Candy la adora igual que lo hace Luca.

Sophie va hacia la cocina con andar resuelto. Los faldones de su carísimo abrigo de visón largo flotan tras ella dándole un aspecto glamuroso. Sabe que allí debe estar Luca. Entra y lo ve limpiándole las botas. Él escucha su taconeo y levanta el rostro. La mira y le sonríe. Mi hermana se para delante de él y le suelta un bofetón.

—¿Todavía no has terminado de limpiar mis botas, holgazán?

—Perdone ama — susurra Luca que se deja caer de rodillas ante mi hermana.

Sophie le revuelve el pelo de la misma manera que antes Luca me lo había hecho a mí. Luca besa la mano de mi hermana y ésta se sonríe satisfecha. Le gusta sentirse poderosa. Yo estoy convencido de que Sophie ama al esclavo, pero su amor es imposible.

—No deberías darme motivos para que te castigue, Luca — le susurra mi hermana mientras él sigue besándole la mano — dale mis botas a Candy, ella las terminará de abrillantar y tú vente conmigo.

Luca me ve y me da las botas de Sophie. Me dice que se las entregue a Candy para que las limpie y él se va detrás de mi hermana.

No le doy las botas a Candy. Me las quedo yo. Después disfrutaré lustrándolas, pero ahora quiero espiar a esos dos. Estoy seguro de que harán el amor y me gusta verlo.

Cuando se han encerrado en el dormitorio de mi hermana me acerco sigiloso a la puerta y me arrodillo para mirar por el ojo de la cerradura. Luca le está quitando la falda que dobla y deja con cuidado sobre una silla. El abrigo de visón está colgado de una percha en el galán. Luego le desabrocha la blusa y se la quita. Mi hermana está en bragas y zapatos. No lleva sostenes ni medias a pesar de que hace frío. Pienso que es porque el visón la abriga mucho y en la fábrica tiene un despacho con calefacción.

Sophie le dice que le saque las braguitas sin usar las manos.

—Usa los dientes, pero no las rompas.

Luca toma, como una perra lo hace con sus cachorros, con un cuidado exquisito, la cinturilla de goma de las braguitas y empieza a tirar de ella hacia abajo. Tiene que ir cambiando de sitio para que las bragas puedan descender de manera uniforme.

Logra deslizarlas por las largas piernas de mi hermana que levanta un pie y luego el otro para que el esclavo pueda terminar de sacarle las braguitas. Después de superar el primer pie la braga se engancha con el tacón de aguja del elegante escarpín que calza mi hermana. Con un gesto, por el que retuerce el cuello, Luca logra desprender la blonda de la braga del tacón. Las bragas cuelgan ahora de sus dientes y Luca gatea para dejarlas sobre la silla.

Antes de regresar a pies de mi hermana Luca acerca la cara a la braguita de Sophie y la huele ante la risita de ella. Sophie le ordena que se tumbe en la cama de espaldas.

Luca luce una erección poderosa. Su pene es más grande que el mío, pero no mucho, sobre todo si tenemos en cuenta la diferencia de edad.

Sophie, sin sacarse los zapatos, se pone a horcajadas sobre los muslos del esclavo. Se retira ligeramente hacia abajo, hacia las rodillas de Luca para luego doblarse por la mitad y acabar con el rostro ante el miembro morcillón del esclavo.

Miro a Luca y veo que ha cerrado los ojos. Lo envidio. Sé lo que va a hacer ahora mi hermana. Efectivamente. Abre su boquita roja y engulle el miembro de Luca. El esclavo se estremece. Sophie le chupa un rato la polla pero lo deja cuando nota que los estremecimientos de Luca son más intensos y no quiere que se corra… aún no.

Sophie se desplaza con movimientos felinos sobre su presa. Luca la mira con ojillos de pedir compasión. Acaba ya, cálzame dentro de tu cuerpo, parece que le suplique el esclavo. Mi hermana se pone con una rodilla a cada lado de las caderas de Luca y ayudada de una mano dirige el cipote tenso hacia la entrada de su encharcada jungla. Luca reprime un grito de placer cuando ella se enfunda hasta el mango, pero se queda allí, sentada.

—No quiero que te corras — le dice mi hermana. Luca demuda la faz. Cree que no va a poder. Sophie se sonríe y añade —: si no me obedeces le diré a madre que te lleve al veterinario para que te castre.

Asisto al lento orgasmo de mi hermana que sube y baja por la rampa de carne de Luca quien se muerde los labios y se clava las uñas en las palmas de las manos para contener la eyaculación mediante el dolor. Sophie que lo ve se sonríe. No va a ponerle fácil las cosas al esclavo. Detiene por un momento su lento ascender y descender sobre la polla de Luca, se ladea un poco y estira el brazo. Se saca uno de los zapatos y se lo da a Luca.

—Póntelo en la cara. Quiero que lo sujetes con las dos manos y huelas su interior.

La cara de Luca es de pánico. No va a poder cumplir las órdenes de su ama. Yo estoy emocionado viendo aquel suplicio al que lo somete mi hermana. Me acaricio la polla mientras ella vuelve a subir y bajar por el palo engrasado con sus propios fluidos.

Cuando mi hermana comienza a gritar y a retorcerse de placer comunicando su llegada al orgasmo me noto tenso y siento el semen que ha brotado de mi pene en la palma de mi mano. Cuando todo ha pasado Sophie se desploma sobre el pecho de Luca. Lo besa con ternura pero él está llorando. No ha podido obedecer y se ha corrido al final, con los últimos estertores del orgasmo de su ama.






***






—Es una norma cruel e injusta — le dice mi hermana a mamá aquella noche — porqué tengo que castrarlo? — se lamenta Sophie realmente afectada.

—Porque se ha corrido en tu vientre. Lo tienen prohibido si se lo prohibimos, tú lo sabes. Además, has sido tú quien se lo ha prohibido.

—Y si le hubiera dado permiso?

—Pues entonces no tendría que castrarlo — se rió madre.

—Quería ver cuanto aguantaba. Lo he notado especialmente excitado y me ha hecho gracia imponerle la prohibición de eyacular en mi interior.

—Pero se la has impuesto, cielo. Le has ordenado que no se corra y ha desobedecido.

—Cómo me iba a obedecer, he hecho todo lo posible para que no pudiera aguantarse. Si hasta le he puesto uno de mis zapatos en la nariz para que lo oliese mientras lo cabalgaba.

—Ummm… eso ha sido muy cruel por tu parte — se rie madre.

Mi hermana solloza como una niña pequeña. En realidad no quiere que mami castre a Luca. Yo estoy en el suelo, a los pies de mamá, entretenido en mover el zapato que le cuelga de los dedos del pie que tiene cruzado. De vez en cuando mami flexiona los dedos y el zapato se enclasta en su pie sorprendiendo mi lengua que juguetea entre la abertura del zapato y la planta de su pie. El zapato se acopla en el talón y yo me asusto arrancando una sonrisa de mami que invariablemente baja su mano para acariciarme y revolverme el pelo. Yo beso su mano.

—Y por qué no castramos al tarado? — dice Sophie vertiendo su amargura sobre mí.

—El no es esclavo doméstico. Tiene permitido correrse en nuestro interior — responde mamá que ha vuelto a dejar el zapato colgando de sus dedos del pie.

—Si no te lo hubiese dicho no lo sabrías. A que no?

—Cierto. Pero me lo has dicho, luego no me queda otra opción que castrarlo.

—Y si yo te pido que lo perdones?

—Lo siento. Haberlo pensado antes. Mañana llevaré a Luca al veterinario a que lo castren.

—Pero mami… yo no quería… ha sido todo como una prueba… — medio solloza Sophie.

—Es tarde… y ya lo hemos hablado suficiente. Nadie dijo que fuera fácil ser propietaria de esclavos. Los usas, te encoñas con ellos y después, cuando tienes que asumir las responsabilidades todo son llantos y penas. Lo siento.

Nunca he visto a madre tan dura e intransigente, especialmente con Sophie, pero mi hermana no se rinde.

—Vale, de acuerdo. Lo castraremos… pero según sé hay varias maneras de extirparles los genitales. Puedo pedir que conserve la polla?

—No pensaba hacer que se la cortaran. Lo llevaremos a una amiga mía veterinaria que hace verdaderas obras de ingeniería. Tengo una amiga que ha castrado a tres de sus esclavos y sigue usándolos en la cama. Les aplastan los testículos para inutilizarlos, nada de amputar. Luego mi amiga la veterinaria les implanta en el pene una prótesis de silicona que hace que puedan ereccionar.

—¿No tendrá el miembro siempre erecto?

—No, ahí está la gracia. Cuando salen de la clínica sí está erecto y tiene que seguir así durante un mes, hasta que las heridas cicatrizan. En ese tiempo no podrás usarlo pero después tú, o yo, podremos hacer que su miembro ereccione o se mantenga fláccido a voluntad. Si les calientas el pene la silicona se retrae y les queda pequeño. Si quieres usarlo sólo tienes que pisarle la polla. La silicona se va extendiendo por la presión y listo. Ya te lo puedes follar.

—Esto es fantástico, mami… ¿Por qué no me lo has dicho antes?

—Porque esto vale una pasta y no pienso pagar para que tengas ese capricho.

—Hoy he hecho que papá despidiera a dos obreras. Con los sueldos que nos evitaremos papá me dará una recompensa. Mañana despediré a otras dos. Es sencillo. Paga tú la operación y yo te devolveré el dinero.

—Ya veremos.

—Venga mami…

Mi hermana se pone mimosa y se acerca donde está mami sentada. Mi hermana me pega una patada para que me aparte y se sienta en el regazo de madre.

—No le pegues a tu hermano.

—¡Joder mami… no es más que un puto esclavo tarado!

—Cierto, pero este puto esclavo tarado es mi hijo y, por cierto, tu hermano.

—Está bieeeennn… — Sophie recurre a sus trucos de cuando era más pequeña y resultaban infalibles. Se abraza a mamá y la besa en los labios.

Yo hubiera saltado al cuello de mi hermana. Me jode que bese a mamá. Mamá es mía… bueno, es al revés, yo soy de mamá, pero siento que me pertenece. Pero mami se abandona a la lujuria que le transmite Sophie.

No acabo de entenderlas… a las mujeres me refiero. La mayoría son ambivalentes. Tanto hacen sexo con varones como con hembras.  






***





A la mañana siguiente encuentro a Luca llorando. Mi hermana está con él en el cuartito de los esclavos. Me acerco a la puerta a escuchar.

—Deja ya de llorar. Intenté salvarte pero mi madre no accedió. Pero no tengas miedo. No te va a llevar al herrero, te lo hará una veterinaria amiga de mamá… y lo que es mejor, aunque no vas a poder volver a tener placer podrás seguir dándomelo a mí. Mamá me ha prometido que te hará poner una prótesis de silicona con la que podrás tener erecciones.

Me asombra el cinismo de Sophie. Sólo piensa en sí misma. Tal vez no debería asombrarme por eso, así son las cosas, ¿no?

Luca va dejando de sollozar. Espío por la rendija y veo que Sophie lo acaricia. Debe sentir afecto por él, me digo, aunque sigo sin entender por qué le dijo nada a mami. Si no se lo hubiese contado nadie a parte de ellos dos, y yo que estaba espiando, lo hubiese sabido nunca, y yo no lo hubiese delatado, Luca me cae bien. Sin embargo la boba de mi hermana va y se lo dice a mami. ¿Qué esperaba que hiciera mami? Pensándolo bien creo que Sophie no quiere a Luca, sólo lo usa para su placer.

—Dentro de un par de semanas cumplo los dieciocho y le voy a pedir a mamá que te me regale. Serás mío y no te venderé, te lo prometo — le dice Sophie que sigue acariciándolo.

Luca se inclina y besa los zapatos de mi hermana en agradecimiento. Me da mucha pena el pobre Luca.

Cuando veo que mi hermana se levanta del camastro de Luca donde estaba sentada me escabullo por la puerta de la cocina y me voy a mi caseta de perro. Sé que ahora vendrá Sophie a sacarme para que orine, me dará un manguerazo de agua fría para lavarme y me llevará con mamá.

Sophie sale del cuarto de los esclavos y se topa con Candy.

—Ve a buscarme las botas. Tengo que asear al perro de mi hermano — le ordena a la esclava.


Sophie se sirve un café que ya está preparado y se mantiene caliente en el calentador. Se sienta a la mesa de la cocina y se lo toma a sorbitos cortos porque quema. Regresa Candy con las botas de mi hermana. La esclava se arrodilla junto a la silla donde está sentada Sophie que se gira, sin dejar de dar sorbos a su café para que Candy le saque los zapatos y le ponga las botas...

(Continúa...)

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