A QUIEN LE INTERESE

En este rincón apartado he decidido publicar. La hipocresía que se vive en la página de TR (Todo Relatos) me obligó a abandonarla. Disfruto escribiendo y aún siendo consciente de que mis fantasías son minoritarias me parece injusto que aquellos que me seguían en TR se queden sin poder disfrutar de mis relatos.



No pretendo ser pretencioso. No quiero decir que mis escritos sean buenos, soy consciente de que no es así, pero aún lo soy más de que en este mundo retorcido de nuestras íntimas fantasías muchos buscamos algo que echarnos a los ojos que se acerque a nuestros fetiches, tabúes y quimeras eróticas.



Mi propósito es dejar al lector interesado y que se pueda identificar con mis inofensivos delirios una muestra de mi producción literaria dedicada al mundo de la sumisión, dominación, esclavitud y relaciones de poder. Fabulaciones en suma con las que más de uno sueña en secreto y que yo me dedico a poner negro sobre blanco con mayor o menor acierto.

Como que esta es una página abierta, he creado un grupo de admisión restringida en Yahoo (ver enlace) donde he puesto aquellos relatos que considero más fuertes, no sea que un alma sensible de esas que van por ahí salvando al mundo de la gente mala como yo se topase con uno de esos relatos y le salieran sarpullidos en el hipotálamo.



En este grupo sólo aceptaré miembros bajo petición expresa y siempre que me convenzan de su buena fe. Los relatos están en formato docx. y pueden ser descargados directamente.



Los relatos de ADELA también están en este grupo.



Aquí tenéis un enlace directo al grupo, pero recordad: miembros SOLO bajo admisión.



http://es.groups.yahoo.com/group/relatosdeluk



miércoles, 23 de julio de 2014

MÄRIT

La llegada a la granja «Kudufarme» ya le hizo presagiar a Märit que no iba a ser fácil su adaptación a un medio que desconocía absolutamente. Lo primero que hizo nada más descender de la vieja pickup Daytona fue lanzar un grito con toda la potencia de sus pulmones que asustó a los negros de la servidumbre e incluso a los que estaban trabajando en el veld.

—¿Qué sucede, mi amor? — Ben se lanzó prácticamente sobre su flamante esposa creyendo que estaba herida — ¿estás bien? ¿qué ocurre?

Märit señaló con mano temblorosa el cadáver de una negra de pequeño tamaño que estaba siendo despedazado por una partida de hienas a escasos veinte metros de la entrada de la granja, en los aledaños del sendero que llevaba al kraal, el poblado de los negros que estaban adjudicados a la granja.

—Ah, eso — respiró aliviado Ben — nuestros negros asignados son de diferentes etnias. Los San tienen creencias anímistas. Esta joven habrá muerto por alguna infección de la que los miembros de su tribu desconocen las causas y entonces ofrendan su cuerpo a los dioses. No obstante no estarán muy contentos. Ellos creen que si se lo comen las hienas el espíritu del difunto se reencarnará en un nivel inferior al actual, si es un león dará un gran salto en el avance positivo del alma. Están muy influenciados por filosofías indostánicas y creen en la reencarnación.

—¿Y hemos de presenciar este aberrante espectáculo muy a menudo?

—No es habitual aunque supongo que las hienas habrán robado el cadáver. Normalmente lo exponen en un lugar cerca del kraal — Ben se giró buscando a su criado — ¡Miku, mi rifle, rápido!

Un joven bien parecido de unos dieciséis años entró en la casa y salió disparado hacia donde estaba Ben y su esposa. Miku se arrodilló a los pies del amo Ben y le tendió el arma. Los dos disparos fueron consecutivos y rápidos. Una de las hienas agonizaba con una bala que le había entrado por el oído y las otras dos habían huído a toda velocidad.

—No quiero ver el cuerpo de la negra esa, que se lo lleven al kraal. Y diles que el amo Ben les concede la hiena para que se la coman a la salud de la nueva memsahib. Märit, éste es Miku, mi boy, mi criado personal, y ahora te presentaré a los criados de la casa.

Märit se fijó en Miku, que seguía de rodillas y ahora le hacía a ella profundas reverencias. Ben la rodeó con paternal protección por los hombros y la acompañó hasta el que iba a ser su nuevo hogar, el lugar donde reinaban las memsahibs blancas.

Ben ladró unas cuantas voces en algún incomprensible dialecto africano y pronto aparecieron los temerosos rostros de media docena de negros, un varón adulto, una hembra adulta, el ya conocido Miku, una joven hembra adolescente y un par de totós, niños negros, un varoncito y una hembrita.

—¡De rodillas, de rodillas, vamos… estáis ante la nueva memsahib, la meuvru Märit… de rodillas! — les ordenó Ben.

Märit asistió fascinada al servil recibimiento que su esposo obligaba a los criados a tributarle. Se sintió halagada y reconfortada al ver a aquellas gentes obedientes a las órdenes de su esposo pero a la vez se sintió temerosa porque sabía que ella sería ahora la señora, la memsahib, y la responsabilidad de la casa recaería sobre sus hombros. Y ella no estaba acostumbrada a tratar con los negros que el gobierno reubicaba para asignarlos a los colonos que se atrevían a instalarse en la frontera.

Es más, Märit era una joven insegura, llena de prejuicios sociales hacia los indígenas pero ciertamente débil como para asumir una posición de dominio sobre aquellas gentes que no tenían más remedio que someterse a los blancos.

Desde hacía varios años el gobierno africaner había empezado una política de reubicación de las tribus indígenas existentes en el Transvaal, de aquellos grupos que ocupaban tierras productivas, obligándoles a abandonarlas y a reasentarse en zonas de tierras yermas e improductivas. Debido a la imposibilidad de sobrevivir de la agricultura en las tierras adjudicadas comenzó una hola migratoria interior que el gobierno resolvió adjudicando nominalmente a los negros que pedían salir de las tierras de reubicación a aquellos colonos blancos que se emplazaran en zonas fronterizas.

Los negros que querían abandonar el territorio al que habían sido reasignados, la inmensa mayoría, podían solicitar al gobierno que fueran «asignados» como servidores de colonos que se instalaban en las fértiles pero peligrosas tierras fronterizas. El granjero que recibía mano de obra negra procedente de los reubicados que rechazaban las nuevas tierras, se convertía en un amo poderoso pues si no estaba satisfecho del rendimiento de sus peones podía expulsarlos. A los negros rechazados por los colonos el gobierno los recluía en zonas deprimidas, ghetos inmundos llamados bantustanes donde la supervivencia se hacía realmente difícil, por lo que la expulsión significaba la miseria más absoluta.

El amo gobernaba a sus nativos adjudicados con todos los poderes del estado reunidos en él. El amo hacía sus leyes y las aplicaba según su propio parecer, de manera que los negros que trabajaban para los colonos dependían en cada caso del amo que les había tocado en suerte.

El sistema era dado a tremendas injusticias, a comportamientos caprichosos y a excesos de todo tipo cometidos por los blancos sobre su personal de color. En «Kudo», la enorme granja propiedad de Ben Laurens, y ahora también de su esposa Märit, trabajaban un centenar de negros de las etnias San y Xhosa, que vivían sometidos a su autoridad.

Märit no conocía ese aspecto extremo de la segregación racial imperante en su país desde hacía años. Para Märit los negros eran esas personas que eran invariablemente sirvientes en las casas de los blancos. Ella había vivido toda su vida en Durban y los negros formaban parte del paisaje invisible de la ciudad. Dentro del nucleo urbano sólo podían vivir aquellos negros que tuvieran contrato de trabajo, invariablemente en el servicio doméstico o en trabajos serviles o sucios y peligrosos, y en consecuencia disponían de un pase. Cuando paseaba por las calles de su ciudad no se cruzaba nunca con ningún negro porque estos estaban obligados a apartarse del camino de un blanco.

En su casa tenían un par de criadas negras a las que casi nunca veía el rostro porque su madre las hacía ir con la cabeza permanentemente inclinada en actitud de sumisa reverencia. Su familia pertenecía a la clase media y por eso sólo disponían de un par de meids, criadas, pero tenía amigas del colegio que sus padres eran gente potentada que en sus mansiones tenían docenas de esos sigilosos y temerosos negros.

Märit saludó indecisa con gestos de su cabeza a los criados que su esposo había mandado arrodillar.

—Hemos de hacernos respetar por los sirvientes, Märit, si es que queremos tenerlos dominados. Es importante que vean en ti determinación, no te muestres dubitativa, sé firme, aunque te equivoques, pero que no vean debilidad en ti — le dijo su esposo acercándose al oído para no tener que levantar la voz.

Märit lo miró confusa. Ella no estaba acostumbrada a esa situación. ¿Y si fracasaba? ¿Y si los criados se reían de ella? ¿Y si se equivocaba? Ben percibió el pánico en la turbia mirada azul de su bella esposa y se apresuró a tranquilizarla.

—Lo harás bien, querida, seguro. Verás que es muy fácil. Además, seguro que aprenderás de las reuniones de las memsahibs de la zona. Corinna Klaasverg es la presidenta del círculo de señoras del Transvaal Norte y seguro que te acogerá en su seno para que no te sientas perdida. Ella es una mujer fuerte. Mi difunta esposa y ella eran grandes amigas, seguro que también lo será de ti.

Märit asintió poco convencida y guiada por la mano de Ben en su codo entró en la casa atravesando la hilera de negros postrados que la miraban furtivamente, como queriendo evaluar a la nueva memsahib.

Ben le enseñó la casa. Era de una sola planta, una construcción típica del veld sudafricano. La cocina era amplia y tenía salida al patio, por donde entraba y salía el personal doméstico que por otra parte tenía prohibido hacerlo por la puerta principal. El salón era grande y además contaba con un despacho y dos grandes habitaciones con amplios ventanales que proporcionaban mucha luz durante todo el día así como también una salida a la parte posterior del patio y el jardín que rodeaba la casa.

Tanto en el salón como en las dos habitaciones-dormitorio, había un sistema de ventilación manual formado por un sistema de cuerdas que tras tirar de ellas ponían en movimiento grandes ventiladores de aspas. Los dos niños eran los encargados de accionar las poleas.

—Esta es tu habitación, espero que te guste. Grace y Tembi la han limpiado a fondo. Era la de mi difunta esposa. En los armarios sigue estando su ropa. Si no tienes prejuicios creo que estrechándola un poco podrás aprovechar casi toda ella. Erais de la misma talla sólo que Sonja estaba un poco más rellenita — dijo Ben tomando un marco que había sobre el tocador en el que había una fotografía de una hermosa mujer, unos pocos años mayor de lo que era ahora Märit.

—En la escuela me enseñaron corte y confección. Y mamá también me adiestró para ser una buena ama de casa — dijo Märit ruborizándose un poco.

Ben le sonrió. Realmente estaba muy enamorado de Märit. Dirigió su mirada a los pies de ella y por un momento Märit se sintió incómoda. ¿Mi calzado no es el adecuado?, pensó la joven que también bajó la vista hacia sus elegantes zapatos de tacón.

—Creo que calzábais el mismo número de pie — le comentó él agachándose para abrir la puerta lateral de un gran armario.

Märit se quedó sin habla. Allí dentro había perfectamente ordenados no menos de una veintena de pares de zapatos de todo tipo, cerrados, de tacón, planos, sandalias, botas, chinelas… el objeto de deseo de cualquier mujer porque para colmo se trataba de elegantes modelos muy bien conservados.

—Sonja era una fanática del calzado… del suyo, por supuesto — se rió Ben — para los zapatos vale lo mismo que para los vestidos. Si no tienes manías son todos tuyos, creo que calzábais similar.

—¡Oh, Ben, es fantástico… son preciosos! — dijo agachándose para coger un modelo de sandalia que sostuvo entre sus manos con auténtica veneración.

A Märit nunca le había faltado de nada pero no podía alardear de tener unos padres ricos. Ahora, en su condición de esposa de un colono importante iba a dar un salto cualitativo en su vida. Gozaría de una posición social muy superior a la que había tenido siendo hija de sus padres.

Ben se enterneció al ver la ilusión reflejada en la mirada azul de su joven esposa. Tenía quince años más que Märit y la trataba como si fuera un delicado jarrón. Se le acercó y la besó con ternura en la comisura de los labios. Märit, que había estado tensa todo el día se abrazó a su esposo sin soltar las sandalias de su predecesora y se abandonó al aroma masculino que irradiaba bajo su camisa de lino de los domingos.

—Bueno, lo primero que tienes que hacer es escoger a tu meid personal. Tembi, la hija de Grace ya lo era de Sonja. Si no te gusta te enviaré a algunas muchachas del kraal para que elijas…

—Seguiré la tradición, seguro que será más fácil entenderme con Tembi si ya había hecho anteriormente este trabajo que teniendo que enseñar a una de esas torpes campesinas. ¿Puedes decirle que venga? Me apetece darme un baño. Por cierto, ¿tenemos bañera?

Ben soltó una carcajada ante la expresión de duda de su esposa.

—Bueno, no es como las del Ritz pero hace el caso. Karen se hizo instalar una pileta de teca en el cobertizo. Le diré a Sam que la llene. La fuente está justo al lado y el agua que sale curiosamente es bastante tibia, ideal para tomar un relajante baño.

—Pero me verá todo el mundo desnuda ahí fuera — se horrorizó Märit.

—Bueno, todo el mundo sólo soy yo. Está detrás de la casa por lo que en caso de que viniera una visita no podría verte.

—Pero están los negros… los sirvientes…

—¿Sentirías vergüenza de desnudarte delante de un perro o de cualquier otro animal?

—Pues… no… supongo que no…

—Entonces estamos al cabo de la calle. Lo dicho, aquí «todo el mundo» soy yo — le repitió y le dio un suave beso en los labios antes de marchar — ahora mismo te envío a Tembi. Es una buena chica, pero no olvides nunca cual es tu situación, tu posición. Tú eres la meuvru, la señora, la memsahib y ella no es más que una criada, tu criada. Si es necesario puedes castigarla.

—No lo olvidaré, Ben — le sonrió nerviosa.







***





Tembi entró silenciosa en la habitación de su ama. Märit no la oyó porque estaba inclinada sobre una de sus maletas. Sam y Miku habían entrado el equipaje y aun cuando no llevaba mucho se sentía agobiada por lo grande que era su habitación. En su casa había compartido con su hermana Florence una habitación que no era ni la mitad de la que tenía ahora.

Memsahib — carraspeó Tembi y de inmediato bajó la mirada al suelo.

—¡Oh, Dios, qué susto me has dado…! Tembi…! ¿no…?

—Sí memsahib, le pido disculpas — musitó en voz baja Tembi.

Märit la miró de arriba abajo. Vio sus pies descalzos. Normal que no la hubiera oído entrar. Sigilosa como una pantera, se dijo Märit.

—Bueno, parece que tú vas a ser mi meid, mi criada… — Märit se sentía insegura, no sabía qué tono adoptar con la chica.

—Si la memsahib me quiere a su servicio intentaré no defraudarla.

Märit la miró de arriba abajo. La muchacha, más o menos de su edad, era agraciada. Tenía un rostro oval casi perfecto, de formas armoniosas, pómulos altos, ojos grandes pero ligeramente rasgados que miraban como un gato y labios increiblemente sensuales. Lo que más la impresionó fue que llevaba el torso al descubierto, mostrando unos jóvenes e insolentes bonitos pechos.

Cuando Ben hizo arrodillar a los sirvientes para que le diesen la bienvenida, Märit estaba tan nerviosa que ni siquiera se había fijado en ese detalle. Ahora la tenía allí, delante de ella, con su belleza exultante a la vista.

—¿No tienes un vestido, una blusa con que taparte? — le preguntó señalándole los pechos desnudos con cierta aprensión.

—Son las normas, meuvru. El amo Ben quiere que las hembras muestren sus pechos.

—Vaya… — se limitó a decir como una tonta.

El ventanal de la habitación estaba abierto de par en par. Märit vio pasar a Sam y a Miku cargando baldes de agua que sacaban de la fuente. El ruido del manubrio se escuchaba con fuerza y eso le sirvió a Märit para desviar la mirada hacia el patio trasero.

Esperó a que los dos hombres hubieran terminado de llenar la bañera y entonces empezó a quitarse el vestido.

—Permítame, señora — Tembi se acercó dispuesta a quitarle el vestido — eso forma parte de mi trabajo, memsahib.

Märit se puso roja. Ella nunca había tenido una doncella para ella sola. En su casa tenían dos meids que tenían que ocuparse de todos los trabajos de la casa por lo que tanto ella como su hermana tenían que apañarse solas en estas tareas.

Tembi se puso a desabrochar con habilidad los corchetes de la parte de atrás del vestido y Märit dejó que la chica hiciera lo que tenía que hacer. Pensaba en pedirle que se diera la vuelta para poder quitarse la ropa. Le daba apuro que la viera en ropa interior, y no digamos desnuda, pero no sabía cómo decírselo.

Sin apenas darse cuenta Tembi le estaba quitando el vestido pasándolo por encima de su cabeza, con habilidad, sin apenas rozar su peinado. Märit se sintió obscena en bragas y sostén pero Tembi tuvo la habilidad de mirarla sin verla, un arte propio de las criadas expertas.

—¿Cuánto tiempo serviste a la memsahib Karen, Tembi? — le preguntó Märit que intentó de inicio dar confianza a la doncella.

—Empecé a servirla cuando cumplí los ocho años, meuvru Märit.

—¡Vaya, eso debe ser mucho tiempo! ¿Qué edad tienes ahora?

—Dieciocho, memsahib.

—Diez años, realmente puede decirse que eres toda un experta — sonrió nerviosa Märit al darse cuenta de que ella sólo tenía un año más que su criada.

La sirvienta se ruborizó y agachó aún más la cabeza. Dio un paso atrás y dobló el vestido de su ama.

—¿Quiere que lo lave… el vestido?

—Esto… sí, mejor lávalo… he sudado un poco… ya sabes… este calor que hace aquí… en Durban la temperatura es mucho más suave… debe ser por la cercanía del mar.

A Tembi se le abrieron los ojos al oír la mención del mar. Ella no había visto nunca el mar y era una de sus ilusiones. Por un momento pensó que si su ama estaba satisfecha de su servicio tal vez se la llevara con ocasión de algún viaje que hiciera para ir a visitar a su familia. Märit se dio cuenta del cambio en la expresión de su criada.

—¿Conoces Durban, Tembi? — le preguntó sin tener muy claro si podía salir ya al exterior para tomar su baño. Sam y Miku estaban terminando de llenar la pileta, por lo que decidió esperar un poco. La conversación le iba bien, y además de intimar un poco con la muchacha que iba a convertirse prácticamente en su sombra le servía para aguardar a que los dos negros regresaran a sus obligaciones dejándole el camino libre.

La doncella negó con la cabeza sin levantarla. Märit, desnuda, se había sentado sobre el extremo de su cama y Tembi le miraba los pies descalzos.

—Es una ciudad preciosa. Y el mar… añoro el mar. ¿Has estado alguna vez en el mar?

Tembi repitió su negación con un movimiento de cabeza. Märit volvió la vista inquieta hacia el ventanal abierto. Oyó las voces de Sam y Miku alejarse, señal de que la pileta debía estar rebosante de agua. Tembi, que también había estado al caso salió de la alcoba atravesando el amplio ventanal abierto y se giró para ver si la meuvru la seguía.

—¡Espera!  — dijo Märit — ¡Busca un albornoz, seguro que la memsahib Sonja tenía uno.

Tembi negó con la cabeza.

—No meuvru. El ama Sonja gustaba de pasearse desnuda.

—Ah, ya… claro, claro… está bien… vamos.

Cuando sus pies descalzos pisaron las piedrecillas del jardín Märit se quedó como paralizada. No estaba acostumbrada a caminar descalza y menos sobre los diminutos guijarros que formaban aquella grava.

—¡Tembi! — a Märit le salió una llamada lastimera, como una niña pequeña recurriría a su madre al sentirse en peligro.

La doncella, que ya había entrado en el cobertizo asomó la cabeza y se la quedó mirando sin saber qué ocurría ahora.

—Creo que tendrás que ir a buscarme mis zapatillas… no estoy acostumbrada a caminar descalza… — le dijo notando que se ruborizaba.

Tembi pasó por su lado y entró en la habitación. Poco después salía con las elegantes zapatillas de la meuvru en las manos. Se arrodilló en la grava y la calzó. Märit pisó con convicción y sintió alivio al no notar las piedrecillas en sus pies y entró en el cobertizo.

La pileta era grande. Oval y construida en fina teca, madera considerada de la mejor especie tanto en la construcción de muebles de calidad como para embarcaciones. Meuvru Sonja Laurens quiso que le construyeran una bañera con esa madera. Märit pasó la mano sobre la superficie redondeada de la parte superior y sintió la finura de un trabajo excelente. Miró a Tembi que aguardaba a un lado a que terminara de examinar la bonita pileta. Para Tembi era un orgullo que la nueva memsahib reconociera la categoría de la que había sido su ama hasta hacía cosa de medio año, cuando murió de una fulminante enfermedad dejando a Tembi sumida en una inquietante melancolía.

—Es preciosa Tembi… qué buen gusto tenía tu ama… — susurró admirada Märit.

—Sí memsahib, meuvru Sonja era una gran dama. ¿La descalzo ya, mi señora?

—¿Eh? ¿Qué? Ah, sí… sí… claro, descálzame. Qué tonta, no voy a meterme en el agua con las chinelas… — Märit soltó una risita avergonzada.

Tembi se arrodilló y le descalzó primero un pie y luego el otro. La muchacha demoró en la acción para recrearse en la visión de los bellos pies de Märit. Con cuidado Tembi acompañó el pie sujetándolo por el tobillo hasta posarlo sobre la alfombrilla de goma de color rosa sobre la que se encontraba Märit. Se levantó como azorada para probar el agua con el codo.

—Creo que está perfecta, meuvru — dijo Tembi.

Märit levantó una pierna, la pasó por el borde de la pileta de teca y se introdujo en el agua. No estaba fría, pero el calor era tan intenso que la primera impresión de Märit fue de escalofrío y retiró el pie como si le hubiera picado un alacrán. Tembi la miró horrorizada. Ella acababa de decirle que estaba perfecta y la memsahib parecía no opinar lo mismo.

—Sí, sí lo está… creo… lo que pasa es que soy un poco friolera… — se rió Märit que volvió a introducir el pie en el agua al que siguió la pierna hasta medio muslo y finalmente entró toda ella.

Tembi suspiró aliviada. Por nada del mundo quería perder su puesto al servicio de la meuvru. De alguna manera se sentía una privilegiada. Miraba a sus compañeros del kraal por encima del hombro. Ella no tenía que doblar la espalda bajo el sol, encallecer sus manos, cargar fardos como una mula y esperar a la hora del descanso para saciar la sed. Ella era como una extensión de la meuvru, una sombra. Iba donde iba ella y si bien alguna vez tenía que soportar humillaciones o alguna bofetada se encontraba casi a salvo del látigo.

—¿Desea que la enjabone, meuvru?

—Sí… hazlo… — Märit volvió a ruborizarse mientras se sentaba en la pileta y dejaba que el agua le cubriera hasta el inicio de los pechos.

Tembi se calzó la manopla de esponja natural y echó un chorrito de gel, mojó el guante en el agua y empezó a frotar la espalda de la meuvru con suavidad.

—Mmm… qué bien — gimió Märit que no estaba acostumbrada a esos lujos.

Las pobres criadas que tenían en casa de sus padres no tenían tiempo de prodigarles a ella y a su hermana ese tipo de cuidados, bastante trabajo tenían con llevar entre las dos todas las tareas domésticas porque ni su madre, ni su hermana ni ella misma hacían la menor de las labores de la casa, dejándolas todas para las dos negras.

Märit cerró los ojos y sintió la suavidad del guante de esponja natural recorrer su nuca, su espalda, bajar hasta los riñones, acariciarle la cintura y subir luego por el vientre. Tembi se detuvo justo al llegar a los pechos. Märit sintió una contradictoria sensación de vergüenza y deseo a la vez. Quería que la joven siguiera más arriba, que pasara la suave mano por sus pechos pero a la vez se sentía culpable del pecado de la lujuria.

Dios, pensó, siempre con esa rémora pegada a mi alma. ¿Por qué no puedo dar rienda libre a mis deseos y apetencias? ¿Por qué siempre acude a mí esa sensación de estar haciendo algo malo? Apoyando las manos en los laterales de la pileta Märit se levantó de golpe asustando a Tembi que se retiró a un lado.

Tembi miró al suelo. Temía haber ido demasiado lejos. Podía ser que esta meuvru no fuera como la memsahib Sonja. Su antigua meuvru podía ser muy cruel con ella y con todos los sirvientes pero cuando sentía deseos lascivos la hacía participar en sus juegos eróticos y a Tembi le gustaba la ternura con que la memsahib Sonja la usaba para satisfacerse. Pero esta meuvru podía ser que no le gustase lo que a la otra. Debería andarse con cuidado.

Märit salió de la bañera con cierta precipitación, se calzó ella misma las chinelas y salió chorreando agua camino de su habitación.

Tembi recogió el agua del suelo y mandó a Sam y a Miku que vaciaran la pileta. Luego entró en la alcoba de su ama totalmente avergonzada por lo que había estado a punto de hacer. Seguro que la nueva meuvru la castigaría por su osadía.

Märit se había enrollado el cuerpo con una toalla y se había sentado en la mecedora que había en la amplia habitación. Había encendido un cigarrillo y fumaba dando nerviosas caladas y arrojando la ceniza al suelo. Tembi recogió con una escobilla los restos de ceniza y preguntó a Märit qué deseaba ponerse para la cena.






***





Aún faltaba una hora para la cena. El sol comenzaba a declinar y el calor comenzaba a hacerse soportable. Märit, vestida con una falda corta, una blusa azul turquesa sin mangas, zapatos de tacón mediano y el cabello recogido en un moño mal compuesto que ella misma se había hecho, salió a la veranda. A lo lejos se veía el veld y antes la parte superior de las chozas del kraal. Había encendido un nuevo cigarrillo y fumaba saboreando cada calada mientras sus ojos azules se perdían en la inmensidad del paisaje monótono del veld.

Tembi salió a la terraza y vio a Märit apoyada en la barandilla. Se acercó silenciosa, como siempre y de nuevo Märit se asustó al darse cuenta de sopetón de su cercana presencia.

—¿Siempre te mueves tan sigilosa? — le espetó Märit con cierta aspereza.

Märit se sentía culpable y molesta por lo equívoco de la escena de la pileta y trasladaba su irritación a la sumisa criada.

—Lo siento meuvru, pero al tener que ir descalza apenas hago ruido al andar.

—Pues carraspea, o date a conocer de alguna manera, pero no vuelvas a asustarme como fueras un león a punto de saltar sobre su presa.

—Disculpe, memsahib, procuraré no volver a asustarla — le dijo mostrándose compungida.

—Perdona… no quería mostrarme dura… pero es que me has asustado… — quiso quitarle hierro Märit a la reprimenda exagerada que había soltado a la muchacha sin que en realidad hubiera hecho nada malo para merecerla. Era más que probable, reflexionó, que la joven se desplazara con aquel increible sigilo porque así lo habría querido su antigua ama — sabes, podrías servirme un té… frío… me apetece. ¿Tenemos hielo?

Tembi asintió con la cabeza y tras hacer una profunda inclinación se dio media vuelta y se dirigió a la cocina. Märit vio que rodeaba la casa para entrar por la puerta lateral. Los sirvientes tenían prohibido usar la puerta principal.

En aquel momento Miku apareció cargando con una mecedora. Subió los tres escalones de la terraza y dejó el balancín junto a Märit que lo miraba divertida.

—El amo Ben me ha encargado que le trajera la mecedora… es para usted, memsahib.

Miku le hizo, como antes Tembi, una profunda y exagerada reverencia y ella tomó asiento. Se dio un ligero impulso con los pies y la madera gruñó al mecerse. Miku seguía inclinado, como si estuviera esperando el permiso de Märit para erguir el cuerpo. En ese instante llegó Tembi con una bandeja de plata sobre la que brillaba un alto vaso de té con hielo y una ramita de menta.

—Ummmm… delicioso… tenía mucha sed. Aquí hace un calor espantoso.

—Iré a buscar a Mirlo, meuvru, para que la abanique.

—¿Mirlo?

—Sí meuvru, es uno de mis hermanitos. Él y Tannit se ocupan de la ventilación.

—Estupendo… tráelo…

Miku seguía inclinado y a Märit le dio cierta pena. ¿Debía autorizarle a que dejara la reverencia? ¿Cómo hacerlo? «Puedes incorporarte, Miku, ya es suficiente» ¿Debía decir eso o algo por el estilo? Se sentía ridícula. Tembi también le hacía reverencias pero no se quedaba doblada esperando su permiso. Decidió hacer una broma.

—¿Te ha dado un ataque de lumbago, Miku? — se rió Märit.

—No meuvru, espero su permiso para incorporarme.

—Bien, pues ya lo tienes. No es necesario que te quedes doblado hasta que te autorice, Miku, una vez has hecho la reverencia ya estoy satisfecha.

—Son órdenes del amo Ben, meuvru.

—Vaya, entonces hablaré con mi marido. Ahora puedes retirarte.

Miku se retiró caminando hacia atrás, sin darle la espalda, en una clara muestra de servil sumisión. Märit reflexionó sobre la actitud del muchacho. Lo había estado observando y era un ejemplar bellísimo. No era negro puro, era mulato, no un mulato claro pero el tono de su piel revelaba mezcla de sangre negra y blanca. Qué muchacho tan extraño, tan guapo y a la vez tan sumiso, pensó Märit.

—Tembi, ¿tú no tienes sed?

La sirvienta de Märit asintió con la cabeza.

—Venga, ve a prepararte un té y vienes a tomártelo aquí en la terraza — le dijo Märit en un intento de acercamiento con su criada.

Tembi la miró como si se hubiera vuelto loca. Märit le sonrió pero Tembi se limitó a menear negativamente la cabeza.

—¿No?

—No meuvru, no está bien que los sirvientes beban con los amos.

Märit suspiró. Tembi tenía razón. ¿Cómo se le había ocurrido aquella tontería? Ahora era la señora de Kudufarme, no era la oficinista gris que miraba aterrada a los negros con que se cruzaba por las calles de Durban. El primer día que vio a Ben de hecho estaba tan asustada que aceptó su invitación a toma un café cuando por su natural timidez nunca habría accedido a sentarse con un extraño. Unos negros que al parecer habían bebido un poco estaban haciendo jaleo cuando ella pasaba por allí. Se le encogió el corazón. Estaba aterrada. Suerte que un furgón policial los detuvo y los arrestaron por desórdenes públicos. Aún estaba secándose el sudor de la frente cuando la cálida voz de Ben dijo algo sobre: el café con hielo o el brandy son ideales para sofocar un susto, señorita…

Märit se sobresaltó pero algo en la mirada de aquel hombre que podía ser su padre la tranquilizó. Aceptó entrar con el a un bar. Ben se hizo cargo de la situación con energía comedida, pero con firmeza. Eso es lo que Märit necesitaba: seguridad, y Ben emanaba seguridad.

El noviazgo fue breve. Tan grande fue la impresión que él causó en el corazón romántico de Märit que la primera vez que él le propuso pensar en una posible boda ella dijo que sí al instante. La madre de Märit pronto quedó fascinada por la arrolladora personalidad de Ben Laurens, colono, granjero endurecido en la frontera, hombre de recursos y firmes convicciones políticas y religiosas, un defensor a ultranza del modo de vida de los auténticos boers, que no dudaba en poner en su sitio a un camarero negro si consideraba que su mirada no expresaba la sumisión que él esperaba de la raza sometida.

—La segregación es buena para nosotros los blancos, mi pequeña y adorada Märit. Nos permite en todo momento saber quienes somos y dónde estamos. Los negros son, por lo general escoria y es necesario que entiendan que su único lugar en esta tierra sólo es posible al servicio del hombre blanco.

Ben aleccionaba a Märit a base de discursos de la índole de éste y de otros parecidos, donde el tema principal eran los negros y su posición de sometimiento al hombre blanco. O bien loaba las políticas de reubicación del gobierno que expulsaba a los negros que habitaban tierras fértiles para dárselas a los colonos blancos.

—Los negros son perezosos por naturaleza. Dejar que siguieran explotando unas tierras que son incapaces de hacer rendir según el auténtico potencial que atesoran era una manera de despreciar los recursos de ésta nuestra patria. Con la reubicación fantásticas tierras productivas están siendo explotadas por el espíritu emprendedor de nuestra raza. Y de rebote los colonos que exponemos nuestro patrimonio e incluso nuestras vidas instalándonos en las tierras de la frontera con la revuelta e insegura Rodhesia, podemos disfrutar de cupos de peones negros que nos son asignados para hacerles trabajar — le explicó en una ocasión.

—¿Y cuantos peones de esos tienes asignados? — le preguntó ella haciendo ver que se interesaba por la granja de la que sería la dueña el día que se casaran.

—Más de cien. El gobierno nos asigna familias enteras y estos kafres tienen montones de crías. En total deben ser unas diez familias, pero como las negras son como conejas, tienen totós a mansalva.

—¿Y los totós también trabajan? — se interesó Märit.

—Evidentemente. Cada día hay que arrancar las malas hierbas que se beben el agua del maíz y esa es una tarea que los totós pueden hacer perfectamente.

Ben tenía prisa en casarse. Viudo reciente, se había desplazado a Durban en busca de esposa. Märit había sido su primer intento. Se enamoró al instante nada más verla tan asustada ante aquel par de negros que vociferaban. Si la policía no los hubiese detenido él mismo les habría pegado una paliza y los habría llevado a comisaría.

Märit no sabía a ciencia cierta qué quería, sólo sabía que Ben la había fascinado por completo y escuchándolo incluso se sentía con fuerzas para intentar adaptarse a una vida considerada dura porque estaría apartada de la civilización, rodeada de negros hostiles. Aunque los negros se mostraban sumisos y dóciles con los blancos, en el fondo los odiaban. Las granjas estaban diseminadas en toda la zona y los vecinos más próximos se encontraban a diez millas. Suerte que las esposas de los colonos parecían haberse organizado para paliar las soledades propias y tenían actividades que la ayudarían a soportar el tedio de la soledad.

—Mirlo, saluda a la meuvru como quiere el amo que hagas — Märit oyó la voz de Tembi que la sacó de sus recuerdos.

—Vaya, así que tú eres Mirlo… ¿sabes que un mirlo es un pájaro? — le preguntó Märit tratando de mostrarse amable y simpática con el totó.

El niño la miró aterrorizado, abriendo sus enormes ojos como si de faros iluminados se tratara. Pero no contestó. No estaba habituado a que la meuvru anterior charlara con él. Meuvru Sonja se limitaba a darle órdenes y de vez en cuando a azotarle las pantorrillas con la fusta que siempre llevaba en la mano para que moviera más deprisa el aventador.

A punto de desmayarse, Mirlo se dejó caer de rodillas y postró la cabeza en el suelo. Märit lo miró y luego miró a Tembi. Mirlo apoyó los labios sobre los zapatos negros de la meuvru. Märit miró extrañada a Tembi, como interrogándola por la actitud extraña del niño.

—El amo Ben quiere que Mirlo y Tannit, los totós de la casa, se postren ante los amos blancos y besen sus pies.

—Entiendo… pero en esa posición no podrá darme viento — se rió Märit con cierto nerviosismo.

—Está esperando que la meuvru le dé permiso para levantarse.

—Claro, venga Mirlo, vuela, vuela… — Märit se rió de su juego de palabras pero pronto se calló al ver que ni Tembi ni el pequeño Mirlo entendían el chiste.

Mirlo empezó a abanicarla y el aire que hacía el niño alivió rápidamente los asfixiantes calores que sufría Märit. Se tomó su té en silencio mientras lanzaba miradas a Tembi que permanecía de pie, la mirada baja y las manos cruzadas delante del sharong que vestía. De vez en cuando no podía evitar contemplar los pechos de la criada, pequeños y duros cuyos pezones la apuntaban con insolencia. Le molestaba la cruda desnudez de Tembi aunque al mismo tiempo le fascinaba.






***




Poco después escuchó el sonido inconfundible de los cascos de un caballo. Märit, que se había quedado traspuesta en la mecedora, sintiendo la brisa que desplazaba Mirlo al batir el aventador ahora que el sol estaba bajo, abrió los ojos a tiempo para ver a su esposo desmontar de un enorme alazán. Samuel salió corriendo por la cocina y llegó justo después de que Ben pusiera pie a tierra.

—¡Al suelo, Sam, de rodillas, de rodillas! — oyó Märit la voz ronca de su esposo y vio que el negro, atribulado, se arrodillaba a los pies de su esposo e inclinando la cabeza le besaba las botas con absoluta humildad — ¡Sabes que quiero que cuando llego estés esperándome para sujetar las riendas! ¿Es que quieres volver al veld? ¿Quieres dejar de trabajar como doméstico? ¿Es eso, prefieres el campo? ¡Vuelve a fallar y te azotaré… o mejor, de azotaré y luego te venderé!

Märit asistió asombrada a la regañina. Ben dejó al negro con la cabeza en el suelo y caminó hacia la casa. Luego Märit vio a Sam llevarse al animal hacia las cuadras, caminando con abatimiento.

—¡Aquí está mi princesa, la reina de mi hogar! ¿Qué tal tu primer contacto con tus dominios, majestad? — Ben le hizo una pomposa reverencia que no tenía nada que ver con las que le hacían los criados, ésta era fruto de la alegre ironía — veo que ya has visto para qué sirven los totós en la casa.

—Me ha estado dando aire, es insoportable el calor…

—Pues prepárate, cuando el sol se esconda tendrás que ponerte una chaqueta, y de noche hace frío. ¿Dónde está Miku, Tembi? Ve a buscarlo, otro que se va a llevar unos latigazos — dijo Ben golpeándose las altas cañas de las botas con la fusta, haciendo que se levantaran pequeñas nubecillas de polvo.

El polvo, pensó Märit, porqué ha de haber tanto polvo aquí. Mientras había estado descansando en la mecedora se había fijado en la ligera y casi inapreciable bruma que parecía invadir el ambiente. Era el fino polvillo en suspensión el que formaba la ilusión de la neblina.

Miku llegó con otra mecedora para que se sentara su amo. Después de que Miku dejara la mecedora, Ben lo agarró de una oreja y lo zarandeó, obligándole a arrodillarse.

—Ocúpate de mis botas, perro — le dijo Ben tomando asiento.

Miku se arrodilló y esperó a que el amo estirase las piernas y le apoyase una bota sobre el hombro para empezar a drapearla y sacarle el polvo. Grace salió de la cocina con una bandeja de plata donde llevaba una copa de brandy que ofreció a su amo con una profunda reverencia. Märit se fijó que a la negra le colgaban los pechos por la postura.

Ben tomó la copa y dejó a la negra doblada. Primero dio un sorbo. Demoró en tragar el contenido y finalmente, tras un chasquido de la lengua hizo un gesto indolente con la mano que Grace entendió como permiso para retirarse.

—Y bien… ¿Cuál es tu primera impresión? ¿Te gusta tu nueva vida? Seguro que es mejor que pasarse el día de 9 a 5 en una gris oficina, ¿no?

Märit asintió nerviosa. Entregó el vaso de té vacío a Tembi que hizo una profunda reverencia al cogerlo y abandonó la terraza sigilosamente para ir a la cocina. Aprovechando que sólo estaba el pequeño Mirlo que seguía abanicándola y que empezaba a dar muestras de agotamiento, Märit se sinceró con Ben.

—¿Es necesario que las mujeres negras vayan con los pechos desnudos?

Ben soltó una carcajada, levantó una pierna y la dejó caer de nuevo sobre el hombro de Miku, golpeándoselo con el talón.

A Märit le pareció que se reía de ella y medio la enfureció. Siguió desgranando las cosas que no entendía.

—¿No es un poco exagerado que nuestros sirvientes tengan que permanecer medio doblados, como si les hubiera sobrevenido un repentino ataque de lumbalgia, cuando nos atienden? ¿Y que los totós tengan que postrarse y besar nuestros pies cuando les llamamos? Hay cosas que no acabo de entender, Ben…

—Mi pequeña reina. Hoy acabas de tomar las riendas de tu pequeño imperio, es normal que las reglas que rigen aquí te resulten extrañas, pero es imprescindible que las observes y las hagas observar a los negros. Toda esta gente — hizo un ademán con el brazo abarcando tanto la casa como los campos del veld — no está aquí por su propia voluntad. El gobierno los ha desplazado de sus tierras, los ha colocado en sitios donde el suelo es rocoso y no crecen ni las malas hierbas, en consecuencia tienen que abandonar los asentamientos. Pero como lo tienen prohibido tienen que pedir a las autoridades que sean asignados a colonos como nosotros, o los Klaasverg, o los Van Hunter o los De Meers, por citar algunos. Les pagamos con lo que les permitimos que cultiven en las pocas tierras que circundan el kraal y unos sueldos miserables que deben gastar en nuestras tiendas para poder comprar comida y ropa. ¿Y sabes por qué?

Märit se encogió de hombros. Le gustaba que Ben le explicase las cosas. Durante el breve noviazgo, cuando pasaban la tarde en un salón de té charlando él le explicaba con claridad lo que pensaba y lo que ella debía pensar, la formaba para su nueva vida y ella lo entendía. Pero ahora estaba ya en esa nueva vida y necesitaba comprender más.

—Porque los negros han de entender que sólo tienen una posibilidad de relacionarse con los blancos: como sus subordinados, como sus sirvientes… y para ello es necesario que nosotros, los amos, les impongamos rituales simbólicos. La mayoría de los negros son animistas. Adoran dioses paganos, fetiches de cerámica que cuecen ellos mismos… tienen mentalidad de siervos, de esclavos. Hemos de hacerles ver que deben someterse al poder del hombre blanco y para ello la simbología, el rito, son imprescindibles.

»Las formas en las relaciones de subordinación lo son todo. Que tengan que permanecer doblados ante nosotros o de rodillas cuando les reñimos les recuerda quien es el amo y qué son ellos. Las hembras tienen que ir desnudas de medio cuerpo para arriba porque de esta manera son más vulnerables. Es como si estuvieran permanentemente ofreciendo los pechos a la mano del amo… o del ama — se rió Ben y Märit lo miró medio asustada — ya conocerás a las esposas de los plantadores. Te aseguro que pronto encontrarás práctico que Tembi y Grace vayan por ahí con los pechos al aire. Sonja solía pellizcarles los pezones cuando la irritaban con sus continuas torpezas.

»Y los totós… te preguntas porqué hacemos que los niños se muestren aún más serviles que sus padres. Ellos son el futuro. Ellos formarán las legiones de trabajadores que necesita este país. Lo que estamos haciendo ahora con los niños es enseñarles sin ambages cual es su lugar. Los totós son aún más susceptibles de ser moldeados. Ellos son arcilla blanda en nuestras manos. Con ellos nos hemos de mostrar aún más duros y más intransigentes que con los mayores para que el día de mañana, cuando ocupen el lugar de sus padres en los campos, en las fábricas, o como criados en las casas de los blancos tengan bien asimilado que no son más que siervos.

Märit miró a su esposo con veneración. Se explicaba tan bien. Cualquier tema que a ella le costaba entender por sí misma cuando él se lo desmenuzaba le parecía claro y meridiano, aunque luego volvieran a ella sus dudas típicas de la inseguridad de la que hacía gala.

—Los colonos no somos monstruos que nos pasamos el día azotando a nuestros negros — prosiguió Ben animado ante la devoción que parecía entrever en la forma que su joven esposa lo miraba, detectando reverencia en su actitud, confianza ciega en todo cuanto él dijera o propusiera — pero verás que es imposible someterlos, y para eso están aquí, para que sean sometidos a nuestra voluntad, sin usar métodos disciplinarios que en ocasiones pueden parecer duros. Pero te acostumbrarás.

»Una vez al mes hay zafarrancho de limpieza en la casa. Sonja escogía a varias jóvenes del kraal para que ese día trabajaran baldeando hasta el último rincón de la casa. Invariablemente una o más de esas chicas acababan en el triángulo de castigo recibiendo unos latigazos. No entienden otra manera de trabajar si no es por el miedo al castigo. Sonja, al principio se oponía, pero las otras mujeres de los colonos la convencieron de que era más que necesario decidir cual o cuales de las chicas del kraal no se habían destacado en el ardor aplicado a su trabajo y en consecuencia recibían unos latigazos. Eso te tocará a ti hacerlo dentro de poco, pero no te preocupes, seguro que Corinna Klaasverg ya habrá contactado contigo antes de que eso ocurra. Hazle caso a Corinna, ella era íntima amiga de Sonja y también lo será de ti.

Miku terminó de cepillar las botas del amo Ben y éste se las contempló con detenimiento sin quitarlas de los hombros del arrodillado muchacho. Finalmente se metió la mano en el bolsillo, sacó un caramelo y lo arrojó al suelo.

—Cuando hacen las cosas bien solemos premiarlos. Los negros son caprichosos, como niños pequeños, y les encantan esos caramelos que en el pueblo venden a 10 centavos las dos libras y media… puedes cogerlo Miku — le dijo a su criado — con los negros funciona perfectamente el sistema de castigos y premios. Se trata de docilizarlos, ya verás con qué facilidad lo logras, mujer, no te preocupes. Ahora vamos a cenar. Grace es una excelente cocinera.

Märit se levantó y tomando el brazo que su esposo le ofrecía entró en su casa, en el nuevo hogar que ahora era responsabilidad suya.





***



Durante la cena los totós Mirlo y Tannit, su hermana un año más pequeña, estuvieron accionando los ventiladores manuales. El calor había remitido ostensiblemente pero a Ben le gustaba ver a los pequeños tirando de las cuerdas sin cesar.

—Sonja no quería ver a los sirvientes ociosos y hacía que los pequeños accionaran los ventiladores cuando comíamos — le explicó Ben que comía con apetito.

Sam y Grace sirvieron los platos en la mesa. Cada vez que llenaban el de Märit o el de Ben se deshacían en reverencias que a Märit hacían sentir incómoda.

—Cada vez que me sirven algo, o les llamo para darles alguna orden me hacen un montón de reverencias y genuflexiones. ¿No crees que es algo exagerado? Con que se muestren serviciales y prudentes es suficiente, ¿no?

—No Märit, deja que hagan lo que deben hacer. Las formas, los símbolos, los rituales son imprescindibles en nuestro mundo. Si hemos de someterlos han de sentirse sometidos y mostrándose humillados es la manera de que tengan permanente conciencia de su inferioridad.

—Pero, y si no lo hacen porque están atareados… hay veces que exigir determinados gestos a los sirvientes es excesivo.

—No lo es Märit, nunca es excesivo, al contrario, nunca es suficiente. Nuestra seguridad depende de su sometimiento. Ellos son más de cien y nosotros sólo dos. Mientras nos teman y respeten se mantendrán sumisos, si aprecian debilidad podemos correr peligro. No te tomes estas recomendaciones a broma, el tema es serio, querida.

Sam volvió a entrar de nuevo en el comedor llevando una fuente con asado que dejó en el centro de la mesa.

Ben cogió un trozo de asado y lo arrojó al suelo.

—Para vosotros, Sam — dijo Ben.

Ante el estupor de Märit el criado se arrodilló junto al amo y antes de recoger el trozo humeante de carne del suelo le tomó la mano y la cubrió de besos y agradecimiento.

Luego el sirviente recogió el trozo de carne y se lo llevó a la cocina donde lo compartiría con Grace, los totós, Tembi y Miku, lo cual ayudaría a complementar su aburrida dieta de gachas hervidas.

—Como puedes ver no todo son castigos e imposiciones. También hay que darles de vez en cuando una recompensa, los negros son como niños y como tales hay que tratarlos, política de castigos y premios. Aprende Märit, tú debes llevar la casa y el saber llevar a los sirvientes con mano firme pero también con detalles de un mínimo de generosidad es muy conveniente para que afiances tu poder.

Después de la cena Ben se acomodó en su sillón y Märit tomó asiento en el sofá de al lado. Tembi entró con el servicio de café y una botella de brandy con dos copas. Sirvió a sus amos y se apartó a un rincón del comedor.

—Miku.

Ben se limitó a pronunciar el nombre de su criado y el muchacho apareció al instante. Se arrodilló frente al sillón y su amo estiró una pierna. Miku tomó la bota y se la sacó. Luego hizo lo mismo con la otra. Ben estiró las piernas y apoyó los talones de sus pies desnudos en los hombros de su criado.

—Esto es vida, cielo — dio Ben tras soltar un largo suspiro placentero mientras movía los dedos de los pies que rozaban las orejas de Miku — tienes que probarlo. No hay nada más delicioso que después de una dura jornada de trabajo bajo un sol de justicia, que te den un relajante masaje en los pies.

Ben levantó una pierna y posó la planta desnuda de su pie sobre el rostro de Miku que rápidamente lo tomó por el tobillo para que su amo no tuviera que hacer el menor esfuerzo.

—Los dedos Miku — se limitó a ordenar el amo y el criado sacó la lengua y la pasó por los sudados dedos del pie de Ben Laurens — es de largo el mejor momento del día… por la noche, después de cenar, cuando puedo disfrutar de los privilegios que me concede mi posición.

Märit miraba asombrada con qué docilidad se sometía Miku a las humillaciones a las que lo sometía su esposo.

—Creo que me iré a dormir… tengo algo de jaqueca y el día ha estado lleno de emociones que me han agotado — se justificó Märit mientras se levantaba.

Tembi abandonó su posición junto a la pared para acudir junto a su ama. Tendría que desvestirla y peinarla. Había esperado que la meuvru tuviera una bonita ropa de cama, camisones, saltos de cama, como tenía la memsahib Sonja, pero el ajuar de meuvru Märit la había decepcionado bastante.

Ben gruñó algo parecido a «que descanses», fastidiado porque el anuncio de la jaqueca significaba en el lenguaje de cualquier matrimonio la negativa de la esposa a satisfacer al marido en sus obligaciones conyugales. Pero Ben rápidamente pensó en quien calentaría su polla aquella noche. Posiblemente iría al kraal y se traería a alguna adolescente virgen, y si no siempre podía disfrutar de la boca o el culo de Miku.






***




Tembi había dejado sobre la cama el único camisón de dormir que había encontrado en el equipaje de la meuvru. Märit no sabía muy bien qué actitud adoptar con Tembi. No estaba acostumbrada a tener una doncella para ella sola y si bien era algo que había envidiado siempre a las pocas amigas que disfrutaban de ese privilegio, ahora que ella también lo tenía la hacía sentirse algo violenta.

Ya le había pasado aquella misma tarde, cuando decidió tomar un baño nada más instalarse en la casa. Le había resultado placentero que Tembi la desnudara. Dejarse hacer por otra lo que siempre había hecho ella sola le había gustado pero no así que la viese desnuda. Ben le había dejado bien claro que para ellos, los amos, la presencia de los criados no les coartaba en absoluto eran invisibles. La desfachatez con la que Ben había usado a Miku para descansar sus pies, usándolo como si fuera un mueble la había incomodado, pero en lo más íntimo de su ser se había sentido fascinada por lo que representaba de simbología del poder que tenían sobre los negros.

Tembi comenzó a desabrocharle los botones de la bata. De nuevo quedó desnuda ante su meid. Instintivamente se cubrió los pechos cruzando los brazos y le pareció percibir una disimulada sonrisa de burla en la muchacha.

—Sólo he encontrado este camisón en su equipaje, meuvru — dijo Tembi tomándolo en sus manos y desplegándolo para mostrárselo.

Märit se sintió avergonzada. Aquel camisón ni siquiera se lo había comprado ella sino que se lo había regalado su tía abuela y era un modelo antiguo. Tembi vio la cara medio de desolación de su señora al contemplar el largo camisón que colgaba hasta el suelo.

Tembi decidió actuar por su cuenta. Era evidente que a su nueva memsahib no le gustaba su propio ajuar. Dejó el anticuado camisón sobre la cama y se dirigió hacia uno de los altos armarios y abrió las dos hojas espejeadas para dejar a la vista la colección de verdaderas maravillas que en su día pertenecieran a meuvru Sonja, su antigua dueña.

A Tembi le gustaba acariciar con las yemas de los dedos las suaves telas de los vestidos de su antigua señora. La memsahib Sonja era una mujer con clase y Tembi necesitaba que la nueva meuvru también lo fuera. Para ella, criada de la casa, es más, meid de la señora de la casa, cuanto más distinguida fuera ésta más se elevaba su prestigio entre los negros del kraal.

Los negros de casa, nombre desdeñoso que recibían de los amos los sirvientes directos que atendían en el interior de sus mansiones, se pavoneaban ante sus compañeros que vivían en el kraal que los envidiaban por su suerte. Tembi recordaba lo orgullosa que iba cuando acompañaba a la señora las veces que se aventuraba a pasear por el kraal o por el veld. Ese orgullo nacía de las miradas de admiración que la meuvru despertaba en los toscos trabajadores de la granja. Por eso era importante que la nueva memsahib fuese también digna de admirar.

Es un poco paradita, pensó Tembi mientras contemplaba la expresión de admiración de Märit en tanto se acercaba lentamente hacia el armario abierto que ella flanqueaba con semblante atrevidamente radiante, pero seguro que es como todas, sucumbirá al lujo y al poder.

—¿La señora desea que le pruebe alguno de los negligées? También hay camisones de dormir que la señora Sonja se hacía traer de Ciudad del Cabo.

—No sé si debería — dijo con el rostro púrpura por una ineludible vergüenza que experimentaba al ser consciente de que Tembi veía en ella el deseo y la admiración por las cosas de su predecesora.

—Ahora usted es el ama, meuvru, y todo es suyo. Hágase a la idea de que ha encargado todo un vestuario completo a una de esas tiendas de moda donde van las meuvrous blancas para que se las vea bonitas. Puede probarse lo que le apetezca. Si hay algo que le va grande yo misma se lo puedo arreglar. Se me da bien coser, meuvru.

—Pe-pero ella está… quiero decir que… — Märit estaba indecisa y Tembi comprendió que sólo necesitaba un empujoncito para dar el paso.

—Si quiere mañana quemo todo el vestuario de meuvru Sonja… si no piensa usarlo está ocupando un espacio que necesitaré para colocar sus cosas.

Märit volvió a ruborizarse. ¿Qué cosas? ¿Estas birrias que hay en mi equipaje? Tembi tiene razón, ahora todo es mío, debo decidir qué hago, se dijo Märit que acabó de acercarse al armario y empezó a tocar los vestidos colgados, la ropa interior perfectamente ordenada, los camisones, saltos de cama y demás pulcramente doblados.

—¡Éste! — dijo con energía mientras se ponía delante de su cuerpo un bonito camisón de seda cruda que le llegaba hasta medio muslo — no vamos a quemar nada, como bien has dicho ahora es mío. Mañana repasaremos todo lo que hay y sólo daré aquello que o bien no me guste o me vaya realmente grande.

A Tembi le gustó la determinación con la que se había expresado su meuvru y cogiéndole el negligée se lo pasó por la cabeza y lo acomodó sobre sus bonitas formas. Luego Märit fue a sentarse ante el tocador para que Tembi le deshiciera el peinado y le cepillara el cabello.

Märit contempló a su meid mientras pasaba el cepillo con destreza, evitando darle tirones. Pensó que la muchacha era una bendición para ella, la persona que necesitaba para abrirse paso en este mundo que era absolutamente desconocido para ella y que se regía por reglas que aún no comprendía y que, pensó, nunca llegaría a comprender, pero al menos debo conocerlas.

Tembi dobló el pico de la sábana de la manera que le gustaba a su antigua meuvru  que lo hiciera  y vio con satisfacción que a Märit también le gustó el detalle a tenor de la sonrisa que le acababa de dedicar. Märit se sentó en el lateral de la cama y Tembi se arrodilló de inmediato para descalzarla.

Bueno, a esto no creo que me resulte difícil adaptarme, se dijo Märit mientras Tembi, con una reverencial devoción le quitaba las chinelas, las colocaba pulcramente apareadas bajo la mesita de noche y con las manos le limpiaba las plantas de los pies para evitar que ensuciara las bonitas sábanas de su cama adoselada.

—Y tú, ¿Dónde duermes, Tembi? Me refiero a los criados de la casa… no he visto habitaciones para el servicio — le preguntó Märit mientras la sirvienta la tapaba con la fina sábana.

—Mi madre y Sam tienen una cabaña en el kraal.

—¿Por qué no le llamas padre?

—¿A quién, meuvru?

—A Sam.

—Porque no lo es, meuvru.

—Yo pensaba… lo siento…

—La meuvru no debe excusarse, sólo soy su criada, meuvru. Los negros ya tienen esas cosas, muchos no conocen a su padre, puede ser cualquiera — le respondió con cierta amargura mientras recogía del suelo las medias que le había quitado antes.

Märit pensó que la muchacha estaba siendo insolente. Según Ben debería regañarla, incluso castigarla, pero Märit sentía tanta vergüenza que prefirió pasar por alto el tono del comentario. Cambió de tema.

—¿Y tú, y Miku? ¿También dormís en el kraal? — Märit intentó componer una sonrisa pero se temía que la respuesta no iba a ser convencional por la súbita bajada de ojos de la criada.

—Miku pertenece al amo Ben y duerme donde el amo Ben decide que debe dormir. Muchas veces duerme en el felpudo de la entrada de la habitación del amo. Otras veces duerme fuera, al otro lado del ventanal — señaló a su espalda para dejar claro dónde se refería con lo de «fuera».

—¿Fuera? — preguntó sorprendida Märit. ¿No hace frío por las noches?

—Sí, meuvru, pero eso al amo no le importa, él duerme caliente. De todas formas Miku se busca la vida, le aseguro que no pasa frío.

—Claro — de nuevo obvió el insolente comentario de su criada por que en el fondo estaba cargado de razón — ¿y tú? ¿Dónde duermes tú? ¿Con tu madre, en el kraal?

—Yo tengo cabaña propia en el kraal. Pero siempre he dormido donde mi dueña me ha indicado, lo mismo que Miku. Unas veces la meuvru Sonja me hacía dormir en el felpudo, otras veces fuera — de nuevo volvió a señalar con el pulgar a su espalda para acotar el espacio al que hacía referencia — a veces quería que durmiera con ella…

—¿Con ella? — Märit abrió los ojos asombrada, temerosa de la connotación sexual que podía interpretarse y Tembi dejó escapar una risita mientras se encogía de hombros como vergonzosa.

—Bueno, me refiero aquí, en la habitación, pero no con ella, claro, ella dormía en esta preciosa cama — la voz de Tembi se hizo ligeramente más ronca con la emoción, le gustaba y fascinaba el lujo de los amos — mientras que yo lo hacía en el suelo, a sus pies… a veces me dejaba ir a mi cabaña en el kraal.

—Ya… — fue lo único que dijo Märit que estaba incorporada, sentada, en su cama y miraba a Tembi con cierto recelo.

Por la cabeza de Märit había pasado una posible relación lésbica entre ama y criada pero rápidamente sus valores sociales y religiosos lo rechazaron.

Pensó en sí misma avergonzándose de haber interpretado mal las palabras de Tembi. Ese «¿con ella?» que me ha salido no ha sido muy acertado por mi parte, pensó, pero rápidamente su mente pensó en otro tema: ahora seguro que espera a que le diga dónde tiene que dormir. Me gustaría tenerla cerca, al menos las primeras noches… pero… qué hago… ya sé, le diré que la quiero cerca y que ella elija donde quiere dormir… Märit se felicitó por la conclusión a la que acababa de llegar.

—Bien, entonces ahora toca decidir dónde vas a dormir, tú ¿te parece? Por ser el primer día, bueno, la primera noche, no te negaré que me gustaría tenerte cerca, saber que estás cerca por si te necesito… dormiré más tranquila, pero quiero que decidas tú dónde quieres dormir… salvo en tu cabaña elige el sitio que quieras — ese último condicionante le había parecido una monstruosidad, una arbitrariedad, pero ella era el ama y podía decidir ese tipo de cosas. La vida de los criados dependía de las disposiciones de sus amos.

—Dormiré donde la meuvru decida que quiere que duerma, meuvru — respondió Tembi pasándole la responsabilidad.

Si de ella dependiera prefiriría dormir en su cabaña del kraal. Siempre que lo hacía, si el amo Ben no obligaba a Miku a dormir dentro de su habitación, en el suelo, el muchacho solía ir a terminar la noche acostándose a su lado. Si el amo había bebido lo suficiente como para estar tranquilo de que no se iba a despertar hasta las nueve, a la que estaba convencido de que dormía la borrachera se iba al kraal y la buscaba.

Tembi sentía por el muchacho un cúmulo de sentimientos, desde amor maternal hasta amistad sincera pasando por el amor físico y el espiritual propio del enamoramiento. Pero ambos eran negros y ambos pertenecían a sus amos blancos. Sabían que no podían decidir libremente amarse y aprovechaban las pocas oportunidades que les daba su relación con sus amos para disfrutar de sus cuerpos jóvenes, sin pensar en el día de mañana.

—Entonces, si no te importa… preferiría que durmieras aquí, en la habitación. Puedes ponerte una flazada en el suelo… y búscate alguna manta, no quisiera que pasaras frío por mi culpa — pareció disculparse Märit que estaba más que avergonzada por lo que pudiera pensar de ella su criada.

El generador de luz eléctrica sólo funcionaba durante el día porque la dinamo se cargaba de corriente mediante una noria a la que estaban atados cuatro negros, uno en cada brazo del cabestrante, y que durante el día no cesaban de dar vueltas alrededor de un eje. Pero a partir de las ocho de la tarde dejaban el trabajo y por tanto no había electricidad.

A veces Ben había pensado en tener a cuatro negros, por turnos, constantemente atados a la noria, pero consideró que no justificaba aquel gasto de fuerza de trabajo inutilmente puesto que de noche, en la casa, el generador no resultaba imprescindible. Eso sí, con el canto del gallo las aspas de la noria se ponían en movimiento. Meuvru Sonja era lo primero que miraba cuando se despertaba, que las aspas del molino de la electricidad dieran vueltas y vueltas, lentas y regulares, lo que significaba que sus negros ya estaban trabajando y ella podría disponer de luz electrica en la casa.

Tembi apagó la luz del candil y se estiró en el suelo, sobre el jergón que se había hecho a base de una manta y de un conejo de peluche que usaría de almohada, dispuesta a pasar la primera noche bajo el dominio de una nueva dueña.






***





El olor del café recién hecho despertó a Märit. Abrió los ojos y en un primer momento se quedó desconcertada, confusa, no era consciente de dónde se hallaba. Segundos después, las formas de la habitación, con las cortinas corridas para que entrara a raudales la luz del sol y la visión de Tembi arrodillada al lado de la cama sosteniendo una bandeja de plata en la que estaba la taza humeante con el café recién hecho devolvieron a Märit a su realidad actual.

—Buenos días, meuvru — dijo la hermosa indígena con la mirada sumisamente humillada.

—¡Oh, Tembi, eres un cielo… no hay nada que me apetezca más cuando abro los ojos por las mañanas que tomarme una buena taza de café bien cargada — le dijo incorporándose en la cama para quedar sentada con la espalda apoyada en el respaldo.

Tembi le alcanzó la bandeja y de ella tomó Märit el platillo. La cucharilla tintineó cuando removió con cuidado el contenido.

—¿Me has puesto azúcar?

Tembi negó y señaló con un gesto el pequeño azucarero sobre la reluciente bandeja de plata.

—No sabía cuanto azúcar le gusta a la meuvru — se justificó la criada — la próxima vez se lo serviré como le gusta.

—Perfecto, me gusta solo, bien fuerte… es el mejor antídoto contra la pereza y la indolencia — trató de sonreír Märit — ¿has dormido bien?

—Sí memsahib. Todo lo bien que se puede dormir en el suelo — murmuró.

Märit se mordió los labios. Tendría que pensar en la manera de hacerle ver a Tembi que ella no había inventado la sociedad en la que vivían y que sus comentarios sarcásticos, independientemente de que pudieran estar justificados en orden a la moral y a la razón humana, no eran procedentes toda vez que en el fondo la molestaban. A nadie le gusta quedar como un ser ruín, se dijo Märit dando otro sorbo al café que quemaba en sus labios y su lengua. No obstante volvió a pasar por alto el comentario insidioso de Tembi. Ya tendría ocasión de hablar con ella y dejar algunos puntos claros en su relación.

Creo que es una chica lista, bastará con que le haga ver que puedo ser una buena meuvru para ella pero que debe saber qué lugar ocupa respecto a mí, decidió Märit mientras dejaba la taza y el platillo sobre la bandeja de plata que Tembi seguía aguantando de rodillas.

—Tráeme una jofaina y una toalla, quiero lavarme — le ordenó con aplomo, pues quería empezar a marcar ciertas distancias después de lo ridícula que se había sentido el día anterior mostrándose débil e indecisa. Eso tenía que cambiar, se prometió.

—Ya se lo he preparado, memsahib… lo tiene sobre el alfeizar de la ventana.

Märit buscó y encontró los útiles para lavarse donde Tembi acababa de indicarle. No supo porqué pero le molestó no haberse dado cuenta antes y reaccionó incómoda y de mal talante.

—Pues a partir de ahora quiero la jofaina con agua a treinta grados, la pastilla de jabón, la toalla y una alfombra de goma precisamente aquí — dijo Märit señalando una mesita en un rincón donde había una maceta con una flor bastante ajada — toma, llévate esto — dijo cogiendo el pequeño tiesto como si estuviera infestado de pulgas y tendiéndoselo a Tembi que corrió a cogerlo — venga, ¿no me has oído? Aquí… quiero aquí las cosas… y falta la alfombrilla de goma, ¿o quieres tener que pasarte media hora recogiendo el agua que arroje al suelo? — se rió Märit tratando de quitar hierro al asunto, como si disimulara la carga de reprimenda que había dado a su orden.

Märit se inclinó sobre la jofaina. Ella misma se había desnudado y ahora se sostenía los pechos con uno de los antebrazos y sostenía con la otra mano libre el cabello recogido en un manojo mientras Tembi, detrás de ella le iba arrojando agua de la jarra sobre la nuca. Cuando se sintió bastante despejada metió las manos en el agua que había caído dentro de la jofaina y se la llevó a la cara con energía.

Märit se irguió. No había ningún sirviente en el jardín y eso la hizo sentirse más segura de su denudez. No parecía que Tembi mostrara excesivo interés por verla desnuda y eso la tranquilizó. Echó la cabeza para atrás y se anudó una toalla en el pelo.

—Hoy quiero visitar la plantación… ¿qué vestido me recomiendas? Ya viste que no traje gran cosa en mi equipaje, lo dejé casi todo en Durban — mintió parcialmente Märit — dentro de poco iré al pueblo a ver qué puedo comprar… me acompañarás, ¿verdad?

—Sí memsahib, yo tengo que obedecerla en todo, así que si quiere que la acompañe eso es lo que tendré que hacer.

Märit, aún desnuda, con el cabello envuelto por la toalla, se puso en jarras, con las manos en las caderas y miró con intensidad a la criada.

—Vamos a ver, Tembi, el que pretenda ser amable contigo no debes confundirlo con que sea estúpida. Ya sé que eres mi sirvienta, mi meid, mi criada y por tanto debes hacer lo que yo ordene y disponga… si utilizo esas expresiones coloquiales es para crear un clima distendido entre ambas. Tenemos que pasar mucho tiempo juntas, por tanto pienso que es mejor que nos soportemos y no nos odiemos… al menos que no me odies tú… ¿te queda claro? Te agradeceré te abstengas de hacer comentarios mordaces… la próxima vez igual me encuentras irritada y podría usar mi poder para castigarte.

Märit no se había dado cuenta pero cuando terminó la filípica Tembi estaba postrada en el suelo y le estaba besando los pies descalzos. Casi sin darse cuenta dio un saltito hacia atrás, como asustada por la reacción de la negra. Entonces recordó lo que le había explicado Ben el día anterior: «los criados deben arrodillarse y besar nuestros pies cuando les estamos riñendo o reconviniendo», le había dicho más o menos su esposo a la hora de la cena que fue, en realidad una clase de sociedad, del tipo de sociedad que rige en el veld.

—Tembi… qué… qué haces… — balbuceó Märit creyendo que se había excedido en la regañina a la pobre muchacha.

—Actúo según las normas impuestas por mis amos, ama — Tembi empleó el apelativo «ama» con la finalidad de marcar distancias. Ella también tenía su orgullo y sus armas.

—Tienes razón… ahora dejemos esto. Estoy segura de que nos llevaremos bien. Empecemos de nuevo… ¿qué ropa me sugieres para una jornada recorriendo mis propiedades?

—¿A pie o a caballo, ama?

—¿Yo tengo caballo?

—El de meuvru Sonja, ama — Tembi había dejado de besar los pies de Märit pero continuaba de rodillas.

—Bueno, mejor dejaré el tema de la equitación para otro día… hoy me apetece más caminar… además, no soy muy buena amazona — se rió Märit.

Meuvru Sonja tenía una falda de loneta muy resistente que usaba por igual para montar a caballo que para pasear por el veld. Una blusa sin mangas, yo le llevaré una sombrilla para protegerla del sol, y botas altas, las mismas botas que empleaba para ejercitarse en la equitación. En el veld hay piedras, y alimañas y es prudente que las memsahibs, que son muy delicadas, se aventuren por estas tierras con sus pies bien protegidos.

Märit se mordió los labios de nuevo. Al parecer Tembi era una fuente constante de sarcasmos y comentarios mal intencionados. ¿Era igual con su antigua dueña? ¿O tal vez se aprovechaba de su buen carácter y de que, estaba segura, leía en su cara que era incapaz de ordenar que la azotaran. En fin, suspiró… he de tener paciencia.

—Entonces saca esa falda, esa blusa y esas botas. Creo que tendré que ir a Klinspring antes de lo que pensaba. Usar la ropa de tu antigua ama está bien, pero al final pensaré de mi misma que no tengo personalidad — dijo más para sí misma que para Tembi.

La criada la vistió diligentemente, con su habilidad característica. A Märit la maravillaba ver cómo movía los dedos, con qué agilidad luchaba y vencía contra botones, hojales y corchetes. Cuando estuvo vestida tomó asiento en el diván y esperó a que Tembi le calzara las botas.

Nunca había calzado  y aún menos poseido unas botas tan elegantes como aquellas. Se fijó, sin darle importancia, que Tembi parecía temblar mientras la calzaba. Luego se puso de pie y la ayudó a levantarse.

—¡Mírese, ama! — dijo Temby y  en su voz, salvo por la expresión «ama» que significaba que seguía dolida con Märit, había adoración.

Tembi la llevó hasta delante de las puertas con espejo del armario y la figura que llegó a los ojos de Märit le gustó… le gustó mucho.

—Le falta una cosa, ama, un detalle muy importante… todas las meuvrous lo utilizan.

—¿Qué es?

Tembi se levantó y abrió el cajón superior de la cómoda. Extrajo con cierta reverencia un látigo de equitación que había pertenecido a su anterior ama y arrodillándose ante Märit se lo entregó.

—¡Wow! — exclamó Märit — un látigo — murmuró admirada y lo probó haciendo silbar el aire de un par de golpes.

—Parece que lo haya hecho toda la vida, ama — dijo Tembi.

Märit le sonrió y le acarició la mejilla con la lengüeta de la fusta.

—Pues procura moderar tu lengua si no quieres probarlo — le dijo y se echó a reír.







***




Ben se quedó mudo de asombro al ver entrar a su joven esposa en el salón donde él estaba tomándose su segundo desayuno del día. Ben solía levantarse pronto para acudir a dar las órdenes a los capataces, luego comprobaba los partes que le daban, revisaba la lista de enfermos, y la de castigados antes de dar un paseo a caballo por el veld y a eso de las nueve regresaba a la casa para recuperar energías desayunando de nuevo.

—¡Que me aspen, Märit… eres la viva estampa de Sonja…! ¿Esta ropa…? Es suya, ¿verdad?

—Si mi cielo… ayer me dijiste que podía usarla — contestó modosita, como sintiéndose cuestionada por el comentario comparador. Empezaba a molestarla que la comparasen con la antigua señora de «Kudufarm».

—Desde luego mi amor… y lo mantengo… perdóname, es que por un momento me ha parecido… bueno, tú eres mucho más joven. De hecho te pareces mucho a ella de cuando nos casamos. Debía tener más o menos tu edad.

Ben se había levantado de la mesa y había tomado distancia para admirar a su joven esposa.

—Sólo hay una cosa que es diferente… ¿sabes, cual es Tembi? — Ben le preguntó a la criada porque había sido la sirvienta de Sonja desde que la negra tenía ocho años y por tanto seguro que sabría a qué se refería él.

—Las espuelas, amo Ben. El ama Sonja solía calzar espuelas.

—Exacto. Buena chica Tembi — la felicitó Ben que añadió — Sonja y Tembi se llevaban bastante bien para ser señora y criada, espero que satisfagas a la meuvru Märit del mismo modo que lo hacías con la meuvru Sonja, Tembi. Y tú, Märit, si no estás contenta con ella no dudes en usar el látigo que ya veo que has encontrado.

—Me lo ha dado Tembi. Seguro que no será necesario que tenga que castigarla… Tembi y yo nos estamos conociendo — Märit lanzó a Tembi una mirada entre de complicidad y de advertencia que la criada recibió bajando la mirada humildemente.

—Y qué planes tienes para hoy… es tu primer día como señora de nuestra pequeña hacienda.

—Pues me gustaría visitarla, conocer todos los parajes y rincones.

—La yegua de Sonja ahora es tuya… pero si vas a cogerla te recomiendo que calces espuelas… estos animales son como los negros, necesitan caña, jajajaja… — se rió de manera estentórea de su chiste de pésimo gusto.

—Creo que hoy prefiero ir a pie. Otro día probaré a montar… no soy muy experta, sabes…

—Como quieras. Cuando te decidas llévate a Miku, es un excelente mozo de cuadra. ¡Miku, Miku… ven aquí animal! — llamó de repente a su sirviente que permanecía debajo de la mesa donde había estado desayunando su amo.

Märit lanzó una involuntaria exclamación al ver de dónde aparecía el sirviente. Ben soltó una carcajada al percatarse de su sorpresa.

—Siempre desayuno con Miku bajo la mesa. A estas horas Sonja solía estar dormida y aprovechaba para alivios de hombres — le confesó con cierto azoramiento al darse cuenta de que había pocas maneras de interpretar lo que acababa de decir.

Märit dirigió rápidamente su mirada a la entrepierna de su esposo y pudo apreciar que la bragueta estaba bajada y un sospechoso bulto levantaba la tela de su pantalón. Miku se secó las comisuras de los labios disimuladamente.

—Miku, cualquier orden que la meuvru te dé en mi ausencia debes obedecerla como si te la hubiera dado yo mismo… ¿entendido?

—Sí mi amo — respondió totalmente avergonzado el mulato que intuía que la meuvru había captado claramente a qué se refería el amo con lo de los alivios de hombres.

Ben aprovechaba la menor oportunidad para hacerse chupar la polla por su criado, aunque de momento tenía cuidado de hacerlo cuando no se hallara presente su esposa. Con Sonja era diferente, pero también tenía claro que Märit no era Sonja. Aquélla necesitaría un poco de tiempo para considerar normales ciertas prácticas que los amos solían llevar a cabo con sus negros. No obstante Ben confiaba que las damas del veld se encargarían de poner al corriente a su pudorosa esposa de algunos pequeños vicios que ellas habían llegado a tolerar.

Ben regresó a su desayuno que aún no había terminado y Miku a su lugar bajo la mesa. Märit, roja como un pimiento mientras intentaba apartar de su mente lo que había deducido de las palabras de su esposo que la actitud de éste y la vergüenza evidente del sirviente ayudaban a corroborar, hizo un gesto a Tembi para indicarle que se iban.

Salieron al porche. El día estaba despejado. El sol brillaba como una bola de fuego en lo alto. Märit se puso una mano sobre la frente, formando visera ante sus ojos para protegerse de la luminosidad de la mañana, y escrutó el veld en todas direcciones.

—Lo primero que quiero conocer es eso que llamáis el kraal, vamos Tembi — dijo bajando los tres peldaños y echando a andar hacia el sendero donde la tarde anterior, nada más llegar, había visto a un grupo de hienas disputarse el cadáver de una niña negra.

Tembi dio unos cuantos pasos rápidos para situarse a la altura de su señora y cuando llegó a su lado abrió la sombrilla que elevó con el brazo extendido para protegerla del ardiente sol.

El camino de tierra tenía surcos producidos por rodadas de carros grabadas en los días de lluvia. Märit pensó que no se atrevía a imaginar que en ese paraje abrasado por el sol pudiese llover alguna vez. No siendo una muchacha excesivamente ágil, Märit caminaba con cuidado, intentanto afianzar bien los pies para evitar torceduras.

—En clase de gimnasia siempre me suspendían — dijo Märit con el rostro arrebolado por el rubor cuando tras pisar una rodada se tuvo que agarrar con fuerza al brazo de Tembi que llevaba en alto para no caer.

—Puede cogerse a mí, ama… a mí nunca me suspendieron la gimnasia… evidentemente porque nunca he ido a la escuela — dijo.

Märit la miró casi con odio. De nuevo una de sus pullas. ¡Pero cómo había que decirle las cosas a aquella muchacha! Pero se sentía tan abochornada de su propia inseguridad física que no tuvo aliento para regañarla otra vez.

Märit se detuvo al ver lo que parecían los huesos de un cadaver roídos por depredadores o carroñeros. Se asustó sobremanera pero luego recordó la desagradable escena con que había sido recibida el día anterios, cuando vio a unas hienas despedazar el cuerpo de una negra del kraal que había muerto hacía poco.

—¿Eso es la niña que murió hace poco en el kraal? — preguntó con cautela Märit.

—Lo que queda de ella. Su familia debe estar destrozada.

—No me extraña.

—No es por lo que usted piensa, ama. Eran San, una de las tribus más primitivas del país. Sus creencias religiosas son extrañas. Cuando muere alguien  dejan su cuerpo para que sea devorado en la confianza de que sea un león, pero fueron hienas, y eso significa, según ellos, desgracia para el muerto, cuya alma no volverá a reencarnarse más que en una alimaña.

Märit escuchó con atención. La versión de Tembi era muy parecida a la que su esposo le había dado. Sintió una cierta aversión al ver el tronco con las costillas repeladas de carne. Las hienas se habían dado un festín y sólo de imaginarlo se le puso la piel de gallina. En cualquier caso constatar que aquella gente eran paganos la reafirmaba en sus convicciones de que eran una raza inferior. Sus creencias se veían gratamente consolidadas, lo cual era muy importante para justificarse a uno mismo las curiosas relaciones de dominación y sometimiento que se daba entre blancos y negros.

Continuaron camino hasta llegar al kraal. No estaba lejos, una media milla, pero habían ido a paso muy lento y a Märit se le antojó lejano de la casa, lo cual, de alguna manera, la aliviaba por que una cosa era una criada o un criado negros, gente inferior a todas luces pero a los que una podía llegar a conocer, que toda una tribu de negros amenazantes.

Desde el momento en que los rostros tenían nombres era más sencillo verlos como algo cercano, algo que no producía miedo. Sin embargo, la masa, en especial un grupo de negros desconocidos generaba en Märit una auténtica sensación de miedo, de peligro. Era algo visceral y pensó aliviada que estando alejados de la casa tendría menos ocasiones de encontrárselos por sorpresa.

Los gritos de los niños que desde que Märit divisara el poblado no habían cesado, se convirtieron en un respetuoso silencio en el mismo momento que se percataron de su presencia.

—Es la memsahib de la casa — el mensaje corrió como la pólvora entre los pequeños y hasta llegó a las pocas mujeres que los guardaban.

Märit se sintió penetrantemente observada. En las miradas de aquellos niños extremadamente delgados no había insolencia, sólo una mezcla de pavor y curiosidad.

—¡De rodillas, de rodillas, que viene la memsahib blanca! — las mujeres reaccionaron llamando a los pequeños a cumplir las disposiciones que debían observar.

Märit se vio sorprendida al verse de repente rodeada de niños postrados a sus pies. Se puso nerviosa, no esperaba aquello.

—¿Qué hago Tembi, qué hago? — le preguntó indecisa Märit a su sirvienta.

Märit se quedó boquiabierta cuando escuchó a Tembi hablar en una lengua que ella desconocía absolutamente y las hembras y los niños la esuchaban con suma atención. El tono empleado por la criada de la señora era firme y autoritario. Märit no sabía qué les estaba diciendo, pero fuera lo que fuese era convincente a tenor de la cara de resignado acatamiento que expresaban los rostros de los niños arrodillados.

Cuando Tembi dejó de hablar se colocó al lado de su meuvru y volvió a protegerla con la sombrilla. A Märit le pareció que Tembi hacía ostentación orgullosa de su cercanía a la señora. Los negros del veld envidiaban la posición de los negros de la casa porque estos de alguna manera tenían contacto directo con los amos.

Entonces como un rumor Märit escuchó una letanía en la que no identificaba las palabras pero tenía la sensación de estar en misa. Märit se irguió cuando tuvo claro que aquella manifestación sólo podía ser hecha en su honor. El rumor empezó a adquirir musicalidad cuando las dos hembras empezaron a cantar. Las dos mujeres, arrodilladas también, como los niños, consiguieron emocionar a Märit con la bonita melodía que le ofrecieron.

—Luego tendrás que explicarme todo esto, Tembi — le susurró a su criada cubriéndose la boca con la mano como intentando evitar que los negros no entendieran lo que decía.

—Sí ama, usted ponga cara y mirada altivas. Es lo que esperan ellos.

Märit le hizo caso e intentó componer una pose indolente y arrogante a la vez. Escuchó los cánticos con complacencia y cuando se callaron a punto estuvo de ponerse a aplaudir, cosa que no hizo por que Tembi volvió a hablarles en su lengua.

—¿Qué les has dicho? — le preguntó Märit cuando Tembi hubo terminado su discurso.

—Que ahora la memsahib atenderá las peticiones que quieran hacerle. Sólo las dos mujeres. Los niños no.

—Vaya, podrías haberme pedido mi opinión, ¿no te parece?

—Es lo que hacía meuvru Sonja, y lo que ellas esperan que haga usted. Si no quiere hacerlo usted es la que manda. Les digo que no quiere y se acabó.

Märit apretó los puños. Otra vez ese tono insolente de Tembi. Pero tenía claro que de momento, mientras no conociera cómo funcionaban las cosas en esa tierra, dependía de ella para todo lo relacionado con la casa y con el campo.

—Está bien, diles que acepto — se resignó Märit — pero no entiendo ni una palabra de lo que hablan.

—No se preocupe, ellas sí la entienden a usted… y además le hablarán en el idioma de los blancos. La canción les está permitido cantarla en su lengua pero para dirigirse a los amos blancos deben hacerlo en su idioma. Voy a decirles que le traigan una silla.

Las dos hembras cargaron con una silla de brazos en la que Märit tomó asiento. Los niños se diseminaron alrededor de ella, mirándola con temor y fascinación. Uno de ellos se desplazó a gatas hasta llegar a los pies de Märit. Ésta se inclinó sonriente para acariciarlo pero al ver su mano el niño se arrojó al suelo y se puso a besarle las botas.

Märit miró sorprendida a Tembi que permanecía a su lado.

—Pensaba que iba a pegarle, ama. No están acostumbrados a recibir caricias de las memsahibs, señora.

—¡Dios mío! ¿Por qué iba a pegarle?

—Eso mismo se preguntan ellos — fue la respuesta de Tembi, como siempre rayando la insolencia, pero viendo que no debía tensar la cuerda con su ama cambió el tono para decirle — todos los totós sienten fascinación por las altas botas de los amos y las memsahibs, meuvru.

—¿En serio?

—Como ya sabe los totós están obligados a besarle los pies. No lo hacen porque tienen miedo. No es habitual que la meuvru se presente en el poblado y están un poco tensos. Es diferente cuando se les llama para algún servicio en la casa. En la mansión tienen clara su situación y cumplen con las normas escrupulosamente, sin embargo aquí están un poco desconcertados. Deles a las dos hembras orden de que los totós cumplan con el deber que tienen de besarles pies, de esta manera todos se sentirán más relajados.

—¿Estás segura de que es prudente? A mí no me importa que se olviden de esas normas extravagantes…

—Pero para ellos es importante que vean a su meuvru como lo que ellos consideran que es. Como realmente la ven.

—¿Y cómo me ven, Tembi?

—Como el ama, como una diosa blanca que tiene el poder de hacer que sufran o que sean felices. Es una cuestión muy compleja que no sé explicar, pero le aseguro que es así como la ven. Deles lo que esperan recibir: su autoridad.

—De acuerdo.

Märit tragó saliva y en afrikaaner les ordenó que transmitieran a los totós que ella quería que besaran sus botas. Märit experimentó vergüenza al dar aquella orden pero quedó impresionada al ver la reacción de los totós.

Fue una locura. Los niños querían todos ser los primeros. Para ellos era un honor y querían destacar ante la nueva meuvru. Tembi tuvo que poner orden y hacer filas para que los pequeños pasaran uno por uno delante de la memsahib que permanecía sentada, erguida, hierática como una virgen o una diosa, mientras contemplaba azorada el homenaje de servilismo que recibía de los más débiles.





***





Märit había quedado impactada ante la reacción servil de los niños. De alguna manera la hicieron sentir importante. Luego permitió que las dos mujeres le hicieran sus peticiones. Prometió intentar darles satisfacción. Una le había pedido un par de metros de tela para hacerse un sharong y la otra le pidió que intercediera ante el amo para que liberase a su hijo mayor que llevaba una semana castigado en la noria.

—Pensaba que en la noria trabajaban igual que en otros lugares de la granja, pero me ha parecido entender que allí ponen a los castigados — le comentó a Tembi cuando abandonaban el kraal — ¿es cierto eso?

—Sí meuvru, la hembra no ha mentido.

—Quiero ir a ver la noria.

Tembi asintió y encaminó sus pasos por uno de los senderos que acababan en el kraal. Poco después Märit admiraba la gigantesca noria que procuraba electricidad a la casa durante el día. El cabestrante con cuatro enorme troncos de dura madera era movido por la fuerza de cuatro negros encadenados cada uno a uno de los cuatro brazos. Un capataz vigilaba atentamente que ninguno de los cuatro negros dejara ni por un momento de empujar.

El capataz hizo una reverencia a la señora cuando la vio e intentando mostrarle que velaba por sus intereses se puso a azotar las espaldas de los cuatro con gran fuerza. Märit se paró en seco y se cogió al brazo de Tembi. Contrajo los músculos de su rostro cuando un par de gotas de sangre de la espalda del negro más cercano a ella le salpicaron en la cara.

—Vamos Tembi, ya he tenido bastante — le dijo a su meid provocando la sonrisa de conmiseración del capataz que siguió despellejando cruelmente las espaldas de los cuatro negros.

Märit tuvo bastante para el primer día. Regresó a la casa y pidió a Miku que le llenara la bañera. Se había olvidado por completo del hijo de aquella hembra que le había suplicado que intercediera por él ante el amo.

—El agua está a punto, meuvru Märit — oyó ésta que le decían desde el jardín.

Märit se había recostado en el diván de su cuarto, agotada por el tremendo calor. Se inclinó para mirar y vio al sirviente de su esposo arrodillado ante la puerta ventana de su habitación que estaba abierta de par en par.

—Gracias Miku… ¿puedes ir a decirle a Tembi que venga a ayudarme?

—Desde luego, meuvru — respondió Miku con una sonrisa.

Märit se la devolvió. Encontraba al muchacho terriblemente atractivo. Ella sólo era unos dos o tres años mayor que él. En muchos aspectos le recordaba a Dollar, un sirviente negro de su prima Lea, la hija de su tía Julie, la hermana de su madre que había tenido más suerte en la vida y había casado con un hombre rico.

Muchos veranos Märit era invitada a la mansión de su tía Julie que tenía piscina. A Märit le encantaba ir a casa de su prima. Vivían de un modo tan distinto… tenían una legión de criadas y criados negros, su mansión era como un palacio, además de la piscina tenían un jardín tan grande que Lea, de pequeña tenía en él su propia casita de muñecas de tamaño natural, lo que hacía las delicias de Märit cuando tenía la suerte de ser invitada a pasar unos días con la familia de su tía Julie. Era tan grande la propiedad donde estaba la casona de sus tíos que además de jardín y piscina tenían una pista de tenis.

Märit amaba y odiaba a la vez ir a aquella mansión donde de manera sutil tanto su tía como su prima se encargaban de restregarle su riqueza por los morros a la vez que la hacían sentirse una pobretona. Pero era tanta la dicha que experimentaba pasando unos días allí que daba por buenas las pequeñas humillaciones que tenía que soportar.

Dollar era uno de los criados, un muchacho de la misma edad que su prima Lea y que ella misma. Se encargaba del mantenimiento del jardín, la piscina y de la pista de tenis.

La llegada de Tembi interrumpió sus recuerdos. Por un momento Märit creyó que se había quedado traspuesta. Abrió los ojos y vio a Tembi de pie delante de ella.

—¡Ah, eres tú, Tembi, ayúdame a sacarme las botas y a desnudarme, Miku ya me ha preparado la bañera!

De nuevo el baño resultó una vergonzante y a la vez placentera experiencia para Märit. Tembi parecía otra cuando la enjabonaba. Era como si la negra fuera consciente del placer que arrancaba a su ama y deseara crearle un estado de dependencia de sus caricias. Por su parte Tembi, a pesar de la actitud un poco desafiante con la que se enfrentaba a Märit, encontraba a ésta deliciosa, no sólo físicamente, que también, sino que la consideraba diferente a todas las blancas que había conocido hasta el momento.

Quieras que no Tembi no tenía más remedio que comparar a Märit con la meuvru Sonja. Su relación con la difunta señora Laurens había sido equívoca y especial. Tembi había acabado subyugada, enamorada de aquella mujer que podía ser extremadamente tierna con ella y sumamente cruel con cualquiera de las criadas y los totós. Ahora no sabía si quería que su nueva ama fuera como la difunta meuvru. Veía que Märit era totalmente diferente. Era una muchacha no mucho mayor que ella, guapa, tímida, buena persona, que tenía miedo de su nueva vida. Sentía que Märit deseaba apoyarse en ella y por eso jugaba su baza de probar su resistencia comportándose con cierta insolenca, sólo para probarla.

Tembi sabía que era peligroso jugar con las memsahibs. Ahora Märit parecía un pajarillo indefenso y frágil que podía precisar de su ayuda, pero Märit acabaría cogiéndole gusto a su rol de dueña de todo aquello y podía darse el caso de que le hiciera pagar su actitud a veces insolente. Por ello aprovechaba la cercanía del baño, de vestirla o desnudarla para lanzarle mensajes corporales de deseo y amor. Si Märit llegaba a quererla la vida de Tembi mejoraría sustancialmente.

Märit comió sola en el salón comedor. Grace y Tembi la sirvieron. Ben no estaba, había ido con la furgoneta al pueblo. Märit se sentía incómoda estando vigilada por dos mujeres cuya única preocupación era estar atentas al menor deseo o necesidad de ella para satisfacerlo al instante.

Grace era una magnífica cocinera. Märit comió con apetito y con gusto. Sólo cuando estaba a punto de terminar el segundo plato, del que había repetido, fue consciente de que los criados sólo comían gachas hervidas.

La cazuela estaba encima de la mesa. Märit miró su interior y vio que habían sobrado unos trozos de pollo en salsa. Recordó la cena de la noche anterior cuando su esposo arrojó un trozo de asado al suelo para que se lo repartieran los criados de la casa.

—Podéis comeros lo que ha sobrado. El amo Ben no comerá en casa y para la noche me apetece comer otra cosa.

Grace se arrodilló y tomó la mano de Märit para cubrirla de besos. Tembi no quiso humillarse. Se mantuvo firme y digna mientras veía a su madre humillarse. Merit se puso colorada pero por otra parte le gustó sentirse reverenciada. Grace la hacía sentirse en esos momentos como alguien importante, al menos importante para los criados de la casa, porque podía haber decidido no darles las sobras y hubiera estado bien, correcto, OK, sin embargo había optado por la piedad y la actitud sumisa de Grace a la vez que la hacía avergonzarse la hacía sentirse importante.

Märit recordó también la reciente escena en el kraal, con las dos hembras y la docena de niños besando sus pies con fervor. Ahora Grace humillándose de aquella manera por un poco de comida que hubiera podido tirar. De alguna manera estaba tomando conciencia de que tenía un poder que le proporcionaba su calidad de esposa del amo.

La visión de los negros encadenados a la noria y azotados la había descompuesto, pero la sensación de sentirse reverenciada le había gustado. Como le habían gustado las caricias de Tembi mientras la bañaba. Miró a Tembi y la vio allí, de pie, mostrándose digna.

—Tembi, tomaré el café en la veranda. Como que a ti parece que no te gusta el pollo en salsa, mientras tus padres y los pequeños se lo comen tú podrías ocuparte de abanicarme — Märit la miró con una sonrisa triunfal. De alguna manera le hacía pagar las pequeñas insolencias que le había soportado y le lanzaba un mensaje claro: tu madre se ha ganado el derecho a comerse mis sobras por su actitud agradecida, tú en cambio te has mostrado orgullosa e indiferente a mi regalo, en consecuencia vas a tener que aguantarte.

Tembi fue pillada por sorpresa por su ama. Märit se había mostrado más bien débil, una chica frágil e insegura, pero ahora le había dado un aviso. Tembi se inclinó en una reverencia y marchó a la cocina a preparar el café de su ama.

—Eres tonta, Tembi — le dijo en susurros su madre cuando estaban en la cocina — la meuvru parece tonta pero no lo es. Deberías haberte arrodillado conmigo para agradecerle las sobras, ahora podrías estar con nosotros dándote un festín.

Tembi sacudió la mano despectivamente, fingiendo que no le importaba mucho el castigo que le había impuesto la meuvru Märit.

Abandonó la cocina con la bandeja de plata sobre la que llevaba el platillo y la taza de la elegante vajilla de Limoges con el café sin azúcar. El comedor estaba vacío. Siguió hasta la terraza. Märit se había apoltronado en la mecedora y vio a Miku ofreciéndole lumbre a la señora que reía con gran coquetería mientras Miku ocultaba el rubor de sus mejillas mirando al suelo fijamente. A Tembi le molestó que la meuvru coqueteara con Miku. El amo Ben podía ser muy celoso y si descubría que la meuvru se tomaba confianzas con su sirviente Miku tendría muchos números para sufrir las consecuencias.

—¡Miku! Te recuerdo que el amo Ben quiere sus botas de montar bien enlustradas… ¿ya las has abrillantado?

Märit quedó sorprendida de que Tembi se tomara aquellas atribuciones. Al instante entendió que a su criada le había molestado verla a ella coquetear con Miku.

—Es cierto, casi lo olvido, disculpe meuvru… tengo obligaciones.

Märit miró a Tembi con rabia. Miku le caía muy bien, le recordaba mucho a Dollar, el criado de su prima Lea. Märit se sentía culpable de lo que sucedió tres años atrás al pobre Dollar y tratar bien a Miku, que se le parecía, la hacía sentirse bien.

Tembi se arrodilló delante de Märit y le tendió la bandeja. Märit tomó la taza mirando fijamente a su doncella.

—Qué pasa, ¿te molesta que hable con Miku? — dijo Märit — ¡sigue de rodillas, no te he dado permiso para que te levantes! — le dijo con autoridad cuando vio que la negra iba a ponerse de pie.

—No, ama, no me molesta que hable con Miku, lo que me molesta es que el amo Ben lo castigue por no haber obedecido sus órdenes.

—Vaya, yo más bien diría que lo que ocurre es que Miku te gusta… y te ha molestado verlo reír conmigo.

Era absolutamente cierta la suposición de Märit pero Tembi no iba a reconocerlo y menos aún ante ella.

—Yo también necesito que limpies bien mis botas — dijo Märit extendiendo las piernas y acercando las suelas de las botas al rostro de Tembi que seguía arrodillada.

—Tendrá que elegir entre que la abanique o que le lustre las botas.

—Qué insolente eres — Märit la miró con el ceño fruncido — pues vas a hacer ambas cosas, por lista… tráeme uno de los escabeles del salón… ya verás.

Tembi se levantó y fue a cumplir la orden. Regresó arrastrando un pesado escabel que hacía conjunto con los sofás que servían para estirar las piernas y descansar en ellos los pies.

—Sácame las botas y te quedas arrodillada delante del escabel. Me las limpias y mientras lo haces sólo tienes que soplar en mis pies — le dijo Märit triunfante.

Tembi tuvo que reconocer que la meuvru no era la muchacha asustadiza y frágil que había pensado que era. Al menos con ella estaba empezando a atreverse. La obedeció sin rechistar. Le descalzó las botas, se arrodilló delante de los pies que la meuvru descansaba sobre el escabel y mientras iba abrillantando el cuero de las botas iba soplando en las plantas de sus pies.







***




Durante la cena Märit recordó la petición que le había hecho una de las hembras del kraal. Märit se lo contó a su esposo entusiasmada. Él aún se entusiasmó más al ver el propio apasionamiento de su dulce esposa cuando le contaba admirada que se había sentido como una reina, adorada por los totós.

—Ben, amor mío… una de las hembras me pidió que intercediera ante ti por su hijo… está castigado en la noria.

—Ya sé quien es. Es un insolente. No puedo perdonarle…

—Pero lleva una semana encadenado…

—Y más que llevará. No lo sacaré de allí hasta que me lo suplique o caiga muerto. He de quebrarle el orgullo y a los zulús sólo hay una manera de someterlos, demostrarles que el amo es más fuerte.

—¿Pero no eran San las hembras del kraal, Tembi? — Märit se giró hacia su criada que estaba detrás de ella para atenderla en la mesa.

—Sí, las hembras sí, pero muchas de las San son forzadas por los zulús — le aclaró Ben mientras Tembi regresaba a su rincón silenciosa al no ser necesaria ninguna respuesta a la meuvru.

Märit no insistió ante su esposo. Lo había intentado. Ella era contraria a los castigos violentos pero no iba a hacerse responsable de un sistema que ella no había ideado.

Al terminar la cena Ben llamó a Grace. La criada se acercó al amo temerosa y se arrodilló con la cabeza gacha, como si temiera haberlo disgustado. Ben le preguntó si había sobrado comida de la cena.

—Sí amo Ben, bastante…

—Puedes retirarte Grace — le dijo Ben.

—Este mediodía les he autorizado a que se comieran mis sobras… ¿he hecho bien, esposo?

Ben le sonrió. Estaba muy enamorado de aquella muchacha que podría ser su hija.

—Desde luego mi amorcito… todo lo que tú decidas en esta casa estará siempre bien hecho.

—¿Y qué vas a hacer con las sobras de la cena?

—Tú eres la señora de la casa y a ti te corresponde esta responsabilidad.

—Entonces les diré que se las pueden comer. De alguna manera hoy he castigado a Tembi dejándola sin comer mis sobras… a veces me parece un poco insolente y he querido marcarle el sitio, sabes… por eso ahora, como esta tarde parece que ha aprendido la lección…

—Me parece fantástico todo lo que tú decidas respecto a los criados de casa, esa una responsabilidad tuya, lo mismo que los totós del kraal que aún no trabajan en el veld. Puedes usarlos para que te arreglen el jardín, o para que hagan trabajos en la casa cuando ordenes zafarrancho de limpieza… o para lo que tu quieras… tú eres la responsable, querida…

Märit se quedó extasiada. No sabía eso y experimentó una agradable sensación de servir para algo, de tener una parcela donde ella sería la señora, en mayúsculas, con decisiones que deberían ser obedecidas y Ben se sonrió al ver la ilusión que le hacía.

—No obstante, creo que esta noche deberías decir a Grace que dé las sobras a los perros. Sonja, que antes que tú era la que llevaba la parte doméstica de la granja, cada día decidía qué hacer con nuestras sobras. Sólo había tres posibilidades: una, si los domésticos se habían portado bien les autorizaba a disfrutarlas, dos, independientemente de eso siempre alternaba los criados con nuestros perros y tres, si los perros habían comido el día antes y quería castigar a los criados mandaba que se tirasen a la basura. Hoy deberías hacer que Grace llevara las sobras a nuestra jauría.

—¿Perros? — preguntó Märit sorprendida.

—Sí cielo, a lo mejor no los has visto pero seguro que los debes haber oído, montan una gran escandalera durante el día. Los tenemos para vigilar y controlar a los negros del veld, para que no tengan intenciones de escapar. Los negros no son de fiar y sin los vigilantes y los perros trabajarían un día sí y diez se los pasarían fugados, vagando por ahí en busca de un poco de aguardiente. Luego regresarían, porque a la larga no tienen escapatoria, pero de esta manera, con los mastines nos aseguramos que trabajen todos los días. Y como comen de todo los alimentamos con nuestras sobras. Sonja solía llevar un control estricto de a quien daba las sobras, procurando que los perros recibieran más que los criados. Es lo justo.

—Está bien… así lo haré — le dijo Märit un poco avergonzada por lo que significaba aquella decisión. De alguna manera debían considerar a los perros más importantes que a los negros y eso, aunque pudiera entenderlo, le parecía íntimamente vergonzoso.

Ben se levantó de la mesa y se acomodó en el sofá. Miku arrastró el escabel de cuero para que el amo descansara los pies. Ben le ordenó que le descalzara y le hiciera un masaje en los pies.

Märit se levantó de la mesa y se fue a la cocina. Tenía que cumplir con sus obligaciones de señora de la casa.

Cuando entró Sam, Grace y los totós Tannit y Mirlo, que habían estado accionando con las cuerdas los ventiladores del salón, estaban comiendo sus insípidas gachas. Al verla entrar se levantaron de golpe y se quedaron con la cabeza inclinada en una clara muestra de respeto. Märit de nuevo sintió vergüenza y les mandó que siguieran cenando.

—Sólo he venido a decirte, Grace, que la cena estaba exquisita… — hizo una pausa que la cocinera aprovechó para agradecerle el cumplido — …pero hoy tendrás que llevar los restos de la cazuela a los establos de los perros.

Märit salió con cierta precipitación de la cocina. Se sentía ruín y miserable y no quería permanecer más tiempo ante la mirada de perro apaleado de sus negros del servicio doméstico.

Tembi se quedó en la cocina. Se sentó y su madre le sirvió un plato de gachas hervidas que la muchacha devoró con prontitud para acudir cuanto antes al salón por si la meuvru necesitaba de ella.

—Menuda mierda — comentó Tembi en voz baja a su madre — con esta sigue el tema igual. Parece que los perros son más importantes que las personas… al menos que las personas negras.

—No te quejes, al menos de vez en cuando podemos comer lo mismo que los perros, las sobras del amo. En el veld se tienen que conformar con las mismas gachas y de lo único que pueden disfrutar es de algunos tomates que tienen que cultivar ellos mismos cuando acababan la jornada de trabajo — le respondió su madre que era una mujer práctica y docilizada.

Cuando Tembi regresó al salón Märit estaba sentada sobre las piernas de su esposo. Se estaban besando y él la toqueteaba. A Tembi le desagradó aquella exhibición de cariño baboso y lascivo al que se entregaban los blancos delante de sus criados negros como si éstos no existieran.

Sin saber porqué lo hizo Tembi golpeó con el pie descalzo una peana de marfil que sostenía una pequeña vasija de cristal coloreado, alguna baratija comprada por la antigua meuvru en algún mercadillo artesanal. El estrépido del cristal al estrellarse contra el suelo detuvo drásticamente los besos y las carantoñas de los amos. Märit se volvió asustada y vio el estropicio delante de Tembi que se había quedado asombrada ante su propio atrevimiento.

—¿Qué ha sido eso, Tembi? — preguntó con dureza Märit.

—Lo siento meuvru, me he tropezado sin querer y se ha roto… ahora mismo lo recojo y lo limpio…

Märit estaba enfurecida. No tenía pruebas porque no lo había visto, pero estaba segura, convencida de que Tembi había roto la figurilla expresamente.

Tembi recogió en silencio los restos de los cristales rotos bajo la atenta y fría mirada de Märit que maquinaba su próximo paso. No quería dejar impune la falta, estaba segura de ello, de Tembi. Algo le decía que la muchacha lo había hecho expresamente y eso la molestaba de manera especial.

—Vete a mi habitación y prepárame la cama… yo iré dentro de un rato… y por cierto… hoy quiero que te quedes a dormir, fuera, en la entrada del jardín.

Meuvru, quería esta noche dormir en el kraal… — empezó a decir Tembi pero Märit la cortó sin miramientos.

—Esta noche no va a poder ser… ya me has oído… ahora vete.

Ben volvió a besarla cuando Tembi desapareció del salón. Le gustaba ver a su esposa mostrarse altiva y si podía ser, cruel, ante los negros. Con su anterior esposa había sido increiblemente feliz viendo con que altivez trataba a los criados y especialmente cuando castigaba a alguno de ellos, especialmente a los totós, a los que Sonja parecía tener una especial ojeriza. Confiaba en que Märit, que parecía ser todo lo contrario de lo que era su difunta esposa, acabara comportándose como ella.

Ben conocía el veld, conocía a los granjeros, conocía a sus esposas e hijas. Ninguna de ellas era capaz de sustraerse al vicio intenso de ser obedecida como una reina y hasta las más pusilánimes acababan alguna vez ejerciendo su poder despótico sobre sus desvalidos criados.






***





Tembi durmió esa noche fuera de la casa, pegada a la puerta-ventana de la habitación de Märit que daba al jardín, junto al cobertizo donde la bañaba. Primero tuvo que desnudar a su ama, cepillarle el cabello durante casi una hora mientras ella se limaba las uñas de las manos y tras acostarla se quedó esperando arrodillada hasta que su durmiera.

—Quiero que te quedes aquí hasta que veas que me he dormido. Luego te vas a dormir fuera, junto al ventanal, que te vea si me despierto.

—Sí ama.

Tembi tenía claro que la meuvru la estaba castigando. La estaba poniendo en su sitio. Pero Tembi estaba acostumbrada a este tipo de sanciones. Había servido a la meuvru Sonja desde los ocho hasta los dieciocho años y había padecido todo tipo de humillaciones. A pesar de su corta edad estaba curtida en el trato con las inestables meuvrus, irritables señoras blancas, odiosas memsahibs que se aburrían y consagraban sus vidas a hacer imposible las de sus criados.

Lo único que lamentó Tembi fue no poder ir a dormir a su cabaña en el kraal. Tenía ganas de Miku y no se atrevía a retozar con el muchacho en el jardín, frente a la habitación de la meuvru. Así que se hizo un lecho con una tela de loneta y cogió su peluche. Se acurrucó junto al cristal de la puerta-ventana y se puso a pensar en su vida con su nueva dueña.

Märit le parecía una buena ama, pero tal vez la había clasificado mal. Ya le había mostrado los dientes un par de veces así que debería andarse con cuidado. Por otra parte le gustaba mucho la nueva señora. Físicamente no era ninguna belleza pero sí era atractiva. Además su inseguridad aparente aún la hacía más deseable. Tal vez fuera por lo distinta que era de su antigua ama. Por lo demás el ama Märit tenía tan sólo un año más que ella y eso hacía que por fuerza su relación fuera enteramente distinta a la que había mantenido con la memsahib Sonja.

A Tembi le molestaba tener que reconocer que necesitaba empatizar con su dueña. Con meuvru Sonja había logrado una relación extraña pero estable. Tembi había acabado por convertirse en la pequeña puta de la memsahib y había acabado por sentirse viciada de aquella mujer que era capaz de hacerla llorar por placer y momentos después la abrazaba y la consolaba hasta hacerla sentir como si fuera una madre.

Tembi despreciaba a su madre, la amaba, cierto, pero su relación con la señora había hecho que se avergonzara de su propia madre. La meuvru Sonja solía humillar a Grace delante de Tembi. Una vez incluso hizo que le pegara, un acto cruel y ruín por parte de la memsahib, pero Tembi pegó a su madre sin remordimiento alguno. Fue como demostrarle a la señora que podía confiar en ella.

Con el ama Märit la vida aún estaba por descubrir. Tembi acabó dormida con la mejilla apoyada contra el frío cristal del ventanal.

A la mañana siguiente los rayos del sol calentaron el cuerpo que se le había quedado aterido de frío. Contrariamente al día, en que las temperaturas alcanzaban valores que impedían razonar, por la noche hacía un frío atroz, sobre todo si se dormía fuera, sin apenas abrigo.

Märit se sorprendió al ver entrar a Tembi temblando. No podía imaginar que fuera de la casa hiciera tanto frío de noche.

—Es una característica de este clima tan agresivo, memsahib, durante el día podemos alcanzar los cincuenta grados y por la noche la temperatura baja por debajo de diez, una diferencia de cuarenta grados — le explicó castañeándole todavía los dientes cuando Märit le preguntó.

Pobrecilla, se dijo Märit mientras Tembi la ayudaba a vestirse, no tenía ni idea de que pasara esto. Lo tendré en cuenta para próximas ocasiones. Mejor la hago dormir dentro de la casa, o incluso en mi habitación.

Había acabado de desayunar cuando escuchó el ruido del motor de un auto que se detenía frente al porche. Miró a Tembi que a su vez la miró a ella, pero la criada bajó la cabeza instantáneamente.

—¿Quien puede ser Tembi? Ve a ver.

Märit apartó el plato del desayuno y encendió un cigarrillo. Le gustaba fumar, y había encontrado una cajetilla de Ben. Se dijo que tendría que ir a comprar para ella.

—¡Vaya, vaya… tú debes ser la nueva palomita de Ben Laurens…! ¿Me equivoco?

Märit se quedó a media calada cuando apareció una mujer que podría ser su madre por la edad. Vestía como para ir a montar a caballo, con una camisa de volantes sin mangas, abotonada hasta el cuello, una falda escocesa a media pierna y altas y lustrosas botas de montar con espuelas y en su mano llevaba un látigo de equitación con el que se iba dando golpecitos en las vainas de las botas.

—Espero que el idiota de tu esposo te haya hablado de mí. Soy Corinna Klaasverg y era la mejor amiga de tu antecesora, y espero poder serlo de ti — le dijo extendiendo una mano que Märit, acongojada por el ímpetu y fogosidad de aquella mujer, estrechó con escasa fuerza.

Corinna se sentó en una silla junto a Märit y le cogió un cigarrillo de la cajetilla abierta que había sobre la mesa. Ella misma se dio lumbre con un encendedor de gasolina, dio una fuerte calada y expulsó el humo acompañado de un largo suspiro de placer.

—¡Aaaaaahhh… qué delicia fumar…! — comentó en voz alta — ¡Tembi, ve a ver si encuentras a mi boy por ahí… si lo ves dile que venga volando si no quiere que le caliente el culo… — y volviéndose de nuevo a Märit — no sabes la suerte que tienes de tener a Tembi. Sonja la adiestró y es una criada perfecta, pero yo tengo que arrastrar a un subnormal tras otro.

Märit sonrió sin saber qué decir. Aquella mujer era como un torbellino. Ben le había hablado de ella. Era uno de los pilares de la sociedad de damas del veld, alguien de quien convenía ser amiga.                                                                                                                               

—Y bien… he venido a buscarte. Tienes que darte a conocer. Para ello daremos una fiesta dentro de un mes, pero en el interín quiero que empieces a conocer a aquellas damas que te convienen.

A Märit le aterraba la idea de ser presentada en sociedad. Siempre había tenido un bajo concepto de sí misma, posiblemente fomentado por su tía y su prima que se habían ocupado constantemente de recordarle que no pertenecía a su elevada clase social y eso la había hecho sentirse insegura. Por otro lado estaba su educación altamente represiva que no la había dejado desarrollarse como mujer y como persona y finalmente el vértigo que le causaba sentirse indefectiblemente comparada con su antecesora, Sonja Laurens, una auténtica dama, no como ella que a sí misma se veía aún como una niña.

Pero de la misma inseguridad nacía la incapacidad para negarse ahora a las pretensiones sociales de Corinna Klaasverg. De buena gana se habría enfrentado a aquella especie de torbellino que venía a organizarle la vida social pero se limitó a asentir con una sonrisa bobalicona en sus labios.

—¡Vaya, por aquí aparece el príncipe del veld! — dijo al ver entrar a su boy cariacontecido — ¿dónde te habías metido? ¡Ven aquí inmediatamente, perro! — le gritó alargando el brazo para agarrarle de una oreja y tironearlo para acercarlo.

Märit a punto estuvo de gritar cuando vio que la oreja del negro estaba prácticamente desgajada del cráneo. La cara tensa y contraída por el dolor era indicativa del sufrimiento que en aquellos momentos acuciaba al pequeño boy. Con el nombre de boy se llamaba a los criados personales. Por regla general los boys estaban al servicio de los amos pero muchas mujeres, muchas memsahibs, preferían tener como doncella a un boy antes que a una muchacha.

—¡No te muevas… no te muevas o será peor… quieto… quieto… — le dijo Corinna sin solterle la oreja desgajada mientras le acercaba a la cara la incandescente brasa del cigarrillo que tenía entre sus dedos a medio consumir.

Märit miró con aprensión e incluso pudo oler el olor a carne quemada cuando la brasa del cigarrillo entró en contacto con el pómulo del boy que rugió de dolor. 

—¡Pídeme perdón, al suelo… pídeme perdón! — Corinna soltó la orejita medio desgajada del niño negro y le plantó un bofetón en toda la cara. El boy se trastabilleó y fue a caerse de culo al suelo.

Tembi, en un rincón, miraba la escena en silencio, observando la reacción de su memsahib ante la violencia que solía emplear la meuvru Corinna con sus criados. Lo único que pudo ver Tembi fue la expresión de sorpresa y horror de Märit, y eso la tranquilizó.

El negro reaccionó reptando por el suelo hasta las botas de la meuvru Corinna que se puso a besar con ansia mientras le suplicaba que lo perdonase.

Märit se preguntaba de qué debía disculparse el muchachito al que no había visto cometer ninguna falta. Como si la memsahib Corinna estuviese leyendo la mente de Märit le dijo:

—Ya irás aprendiendo, cielo… a esta gentuza hemos de someterlos constantemente. Han de saber cual es su sitio — y golpeando con el dedo índice sobre el cigarrillo a medio consumir provocó una lluvia de ceniza que se posó sobre sus botas — ¡y aprovecha para limpiarme las botas! — luego miró a Märit, que cada vez estaba más asombrada y le dijo—: ¡Estoy sedienta… me tomaría una cerveza fresca!

Tembi se puso alerta pero Märit pareció no haber captado la directa indirecta. La muchacha carraspeó apenas de manera perceptible y finalmente, Märit, que parecía talmente atontada se dio cuenta.

—¡Oh, sí, claro… claro… una cerveza… una cerveza, claro…! ¡Tembi… Tembi…! Tenemos cerveza, ¿verdad? — preguntó con absoluta inseguridad.

—Sí ama, voy a traer… ¿mi señora querrá también tomar cerveza?

—Claro que va a tomar cerveza…. Tráenos un par de cervezas bien frescas, negrita.

Märit miró a Corinna sintiendo vergüenza por no tener la suficiente autoridad para mandar en su propia casa, suplicando en silencio para que Tembi no tardara demasiado en regresar de la cocina con las cervezas, bebida que por cierto no le gustaba en absoluto, pero que en aquellos momentos deseaba tomarse de un trago para ver si el alcohol la ayudaba a animarse para no dejarse avasallar por aquella mujerona.

Märit sintió cierto alivio al comprobar que Corinna estaba concentrada en el trabajo de su boy en sus botas. La vio levantar ligeramente uno de los pies y acercarle la suela de la bota a la cara del niño negro quien rápidamente desplazó la lengua por toda su extensión.

—Siempre pisa una alguna bosta y si no las sacas a tiempo se secan y luego vas por ahí despidiendo malos olores — comentó Carinna sin dejar de mirar a su boy — ¿aun no llega esa negra tuya con las cervezas? Si fuera mía la mandaba media hora al triángulo.

Märit asintió sin entender. En ese preciso instante llegó Tembi con una bandeja con dos cervezas heladas. A Märit, aunque no le gustara, la boca se le hizo agua ante el color ámbar de las botellas transparentes, perladas de la humedad que producía el frío de la nevera en contraste con el ambiente cálido del aire.

Corinna dio un trago largo a su cerveza y luego chasqueó la lengua.

—¿Estás a punto? Te voy a llevar a ver algunas de las granjas más importantes… y luego pasaremos por Klinspring… que te conozcan las fuerzas vivas.

Märit se levantó y siguió a Corinna Klaasverg fuera de la casa. Niklos, el boy de Corinna saltó a la trasera de la ranchera amarilla y Märit hizo una seña a Tembi para que se subiera con el chico detrás. Corinna y ella viajarían en la cabina.






***




—He conocido a Corinna Klaasverg… me ha llevado a visitar las granjas vecinas y he conocido al menos a tres de las damas más influyentes del veld del norte. Ha sido una jornada de lo más provechosa — le explicó por la noche aparentemente emocionada a su esposo mientras cenaban.

—Es importante que te relaciones con las damas de nuestro entorno, Märit, muy importante, y que ellas te acepten. Nada puede hacer el esposo socialmente. Las relaciones sociales están en manos de las damas por lo que confío en que sabrás estar a bien con todas ellas… al menos con las que es conveniente estar…

Märit hizo un amago de sonrisa. Temía defraudar a su esposo. Era consciente de que en la mujer reposaba el sagrado buen nombre de la familia. La sociedad blanca sudafricana se regía, en cuanto a relaciones sociales, por un complejo sistema dominado por las mujeres. La esposa de un granjero era la que conseguía el prestigio de la familia y Märit tenía miedo de no saber estar a la altura.

—Corinna me ha dado mucha confianza. Es una mujer imponente — le contó admirada.

—Sí, es una mujer excepcional. Fue una gran amiga de mi Sonja. Aprende de ella, es uno de los pilares de la Asociación de Damas.

—Sí, lo procuraré.

Märit intentaba transmitir tranquilidad a su esposo pero lo cierto es que estaba asustada. Todavía estaba intentando digerir alguna de las revelaciones de las que había tenido conocimiento ese mismo día. La más sorprendente, sin duda, saber quien era en realidad Miku, el joven sirviente de su esposo. Aún recordaba la cara de tonta que se le había quedado cuando Gladyss, la hija mayor de Corinna, una joven de su edad, le había preguntado en voz baja, entre susurros y complicidades, si se tiraba — había usado esa expresión — al hijo de Sonja.

—Desconocía que Sonja tuviera un hijo — respondió con cara de sorpresa, obviando el luctuoso detalle de que pudiera considerarla infiel a su esposo y tan obscenamente promiscua y depravada como para intentar cometer adulterio con el hijo que desconocía que tuviera la difunta esposa de aquél — ¿y dónde está ese joven? ¿está estudiando en la universidad, tal vez? Ben no me ha dicho que hubieran tenido hijos… ¿sería hijo de un matrimonio anterior de Sonja?

La mente de Märit había trabajado a toda velocidad. Por lo poco que sabía, Sonja era algo mayor que Ben. Tal vez Sonja se hubiera casado joven con otro y quedado viuda y luego aportado un hijo al matrimonio con el que ahora era su esposo, pero eso se contradecía con lo que Ben le había dicho el otro día, cuando la vio vestida con las ropas de Sonja, en que sugirió que se parecían como dos gotas de agua cuando Sonja tenía su misma edad, lo que no cuadraba con el hecho de que en esa época ya fuera una viuda con un hijo, al menos no parecía normal.

Las risas de Gladyss la dejaron confundida y molesta pero a punto estuvo de desmayarse cuando la joven Gladyss le dijo, casi con un morboso placer quien era ese hijo del que Ben no le había hablado.

—Me refiero a Miku… el que ahora es sirviente de tu esposo.

¿Por qué Ben no le había dicho nada? Tal vez para protegerla. Ben, y eso lo sabía Märit, la consideraba hermosa y la quería como a la esposa que había elegido, pero la trataba como si pensara que no estaba preparada para asumir las diferentes y crudas realidades que se daban en aquella sociedad dura y cruel.

Tal vez Ben se sentía incómodo teniendo que herir sus castos oídos con una historia que rezumaba perversión se mirase por donde se mirase, y había confiado en que fuesen las propia damas de la asociación las que la pusieran al corriente y así le evitaran a él una confesión sumamente desagradable.

Mientras tomaban el té después de la cena miró a Miku que como empezaba a ser habitual se dedicaba a masajear los pies de su amo frotándose las mejillas y el rostro contra sus plantas mientras éste permanecía apoltronado en su sillón con las piernas extendidas y los pies apoyados sobre el alto escabel de cuero de vaca para que Miku pudiera tributarle el humillante ceremonial nocturno.

Märit ya había percibido que el tono de la piel de Miku era más claro que el de Tembi, por ejemplo, aunque no mucho más. El mestizaje dejaba algunos signos que diferenciaban un poco a Miku del resto de nativos, y aunque no se había parado a pensar en ello había dado por supuesto que la madre de Miku habría sido violada por un capataz, o por el propio amo, aunque descartó inconscientemente este último extremo, pues consideraba a Ben un hombre recto y de rígida moral, incapaz de degradar a una mujer, ni siquiera tratándose de una negra.

Pero lo que de ninguna de las maneras hubiera podido sospechar era que Sonja fuera la madre de Miku. ¡Qué horror!

Después de que Gladyss la dejara anonadada rumiando la horripilante revelación fue prácticamente la hora de regresar a la granja. Corinna la llevó en su ranchera amarilla y se despidieron besándose, algo natural entre mujeres, aunque a Märit le pareció que los labios de Corinna se habían demorado en exceso en sus comisuras, y si bien no la había repugnado físicamente si había sentido un instintivo rechazo a esa cercanía que en su mente provinciana sólo quería relacionar con el matrimonio.

Corinna también debe saber lo de Miku, se dijo Märit, claro que lo sabe, si lo sabe la hija como no lo va a saber la madre que además era la mejor amiga de Sonja. Märit estaba desorientada y confundida. Mandó a Tembi que la bañara y estuvo silenciosa mientras su sirvienta le hacía rememorar las caricias que su marido no le prodigaba por las noches. Ben sólo había consumado el matrimonio en la noche de bodas, en el hotel de Durban, en una experiencia más bien triste que Märit atribuyó a ella misma, pero desde que había tomado posesión como señora de la granja Ben no había visitado su alcoba.

Tengo que hablar con Tembi, ella debe saber cosas, pero ahora no. No puedo. Tengo que pensar en reponerme y aparecer contenta ante Ben.

Ciertamente, dejando a parte el broche que había puesto la joven Gladyss al soltarle casi a bocajarro la revelación del origen materno de Miku, el día había sido útil y provechoso para Märit. Ella era consciente de su inferioridad en relación a las mujeres de los colonos que vivían ya en esa dura tierra del Veld del Norte, como se la llamaba. Märit se consideraba y se tenía por una provinciana, no tenía ínfulas ni pretendía aparentar lo que no era, pero a su favor tenía que quería aprender.

Las matronas de la Asociación parecían haberla acogido con los brazos abiertos. Märit solía caer bien a todo el mundo, con esa apariencia de fragilidad, seguro que había excitado el instinto maternal de alguna de esas señoronas.

Märit había esperado encontrarse con auténticas granjeras y en lugar de eso había conocido a la élite femenina de la comarca, una especie de cruce entre pionera, dispuesta a arrostrar cualquier peligro en pos de la supervivencia, y frívola princesa rusa, entre capataz duro y cruel y madre abnegada amante de sus hijos. Y los hijos… había conocido a dos, a Gladyss Klaasverg y a Florie Mankiewich.

Los Mankiewich, al igual que los Klaasverg, eran una de las más importantes familias. Sus antepasados eran de origen polaco pero ellos se consideraban afrikaners puros debido a que llevaban más de un siglo y medio en aquellas tierras. Florie Mankiewich la acogió con gran entusiasmo. Tenía su misma edad y era una muchacha muy hermosa, angelical al parecer de Märit.

Ben hizo una señal a Miku y éste le calzó las botas. Se levantó y besó a su esposa delicadamente en la frente.

—Tengo que irme, cielo… se ha producido una fuga en la hacienda Mankiewich y todos hemos de ayudar. Me llevo el rifle y el caballo… hemos acordado hacer una batida nocturna, los negros confían que no sabremos seguirles el rastro por la noche pero no tienen ni idea de lo hábiles y eficaces que son los nuevos mastines de Harald Mankiewich. Estaré de vuelta al amanecer, seguro. Tú no salgas de casa. Miku se quedará aquí para que te sientas protegida.

Märit salió al porche para despedir a su esposo. Se había puesto un chal sobre los hombros porque empezaba a refrescar. Dos negros enormes caminaron al lado del caballo de Ben cuando la saludó llevándose la mano al ala del sombrero.

—¡Tembi, entremos en casa y cierra bien todas las puertas! — ordenó Märit entrando por la puerta principal.

Märit se encaminó a la cocina donde Grace, Sam y los pequeños estaban cenando sus insípidas y, a todas luces, insuficientes gachas hervidas. Recordó que a ella competía dar destino a las sobras que habían dejado Ben y ella ese día. Las dos últimas decisiones, influida por el temor a decepcionar a su esposo, habían recaído en los perros.

Grace se levantó al verla en el quicio de la puerta y Sam iba a hacerlo también cuando Märit les hizo señas de que no lo hicieran.

—No hace falta, seguid comiendo. Sólo quería decirte, Grace, que hoy las sobras os las podéis comer vosotros. El amo Ben me ha informado que ha habido una fuga en una finca cercana y pienso que es peligroso que salgas a llevar la comida a los perros, mejor hoy las aprovecháis vosotros.

Grace humilló la cabeza y en lugar de sentarse se arrodilló para cogerle la mano que le cubrió de besos de agradecimiento. Märit se estremeció. Grace y su familia debía pasar verdadera hambre si por unas miserables sobras le daba aquellas serviles muestras de gratitud. Pensó que los domésticos de la casa no tenían la misma oportunidad que los trabajadores del kraal que podían cultivar sus propios alimentos. Por poco que lograran era mucho más de lo que podían conseguir Grace y los suyos.

Märit se sintió satisfecha de haber hecho una buena acción, o al menos así lo veía ella: decidir que las sobras de su comida fuera para sus sirvientes en lugar de para los perros le pareció el colmo de la bondad y la generosidad.

—Miku, Tembi, podéis ir a la cocina, le he dicho a Grace que hoy las sobras son para los sirvientes… yo me voy a tomar una ginebra… Tembi, antes de ir a comer sírveme un vaso con hielo y me traes los cigarrillos.

Märit se acomodó en el sofá satisfecha. Estaba tomando decisiones por ella misma, sin que la influenciara lo que Ben podía pensar de ella. Seguro que a cada orden que daba él la comparaba con lo que habría hecho Sonja. Eso la molestaba.

—Lo siento memsahib, no hay hielo — salió Grace de la cocina para comunicarle a Märit la desgraciada circunstancia — hoy han dejado de mover la noria antes de tiempo, supongo que por los hechos de la granja Mankiewich y el generador eléctrico no funciona.

Märit se sintió terriblemente frustrada. Una simple orden que daba y no podía ser atendida porque unos negros habían dejado de mover las aspas del molino que generaba la corriente eléctica de la casa.

—Pues que vuelvan a mover los brazos de la noria ahora mismo. Quiero hielo y lo tendré — reaccionó como una niña mimada Märit sin pararse a comprender el alcance de su propia orden.

Grace no se movió del sitio. Eso aún exasperó más a Märit.

—Acabo de darte una orden, Grace, y quiero ser obedecida — le dijo mirándola desde el sofá intentando componer una mirada realmente dura.

—Lo sé memsahib, pero… no sé qué hacer… el amo no está y él se encarga de estos asuntos. No sabría a donde ir ni a quien dar sus órdenes, lo siento memsahib. Si lo desea puedo mandar a buscar a uno de los capataces… seguro que estarán en el kraal divirtiéndose con alguna joven.

Märit se puso furiosa. Ella tampoco sabría a dónde encaminar sus órdenes. Si quisiera se pondría un chal y saldría a fuera, tocaría la campana que sabía servía para llamar a los empleados blancos, los capataces, y transmitir al que se acercase sus deseos y órdenes… pero se moría de vergüenza sólo de pensarlo. ¿Y si le preguntaba para qué quería poner el generador en marcha? Por las noches era sabido que no funcionaba y ese día había dejado de hacerlo un par de horas antes por fuerza de causa mayor. ¿Qué le diría, que quería hielo para su ginebra? ¡Por Dios, qué vergüenza! Aún le reprocharía haberlo sacado de la placidez de una noche de sexo con una de las muchas negras del kraal.

—Está bien, tomaré la ginebra sin hielo, puedes volver a la cocina… y dile a Tembi que venga…

—Está acabando de comer, memsahib, cuando termine se la mando… — murmuró Grace por lo bajo, pensando que Märit no la habría oído, pero sí lo había hecho, y Märit estalló de indignación.

—¿Qué pasa? ¿Doy órdenes en mi propia casa y mis criados no las obedecen? Seguro que a meuvru Sonja no os atrevíais a llevarle la contraria… ella os azotaba sin miramientos, es eso, ¿no? ¡Pues se van a acabar las contemplaciones, desde hoy van a cambiar las cosas…! ¡Y arrodíllate, que te estoy riñendo, de rodillas!

Märit se levantó casi de un salto del sofá, descalza, con la copa en la mano. Grace se hundió y se puso a sollozar intentando besarle los pies. Märit se apartó. Acababa de darse cuenta de que se había comportado como una chiquilla mimada, una chiquilla que odia no ver satisfechos sus caprichosos deseos y monta un berrienche, sólo que ella podía tener los antojos que se le diera la gana y exigir que se cumplieran, para eso tenía criados que vivían atemorizados, pendientes de satisfacer a los amos bajo la permanente amenaza de verse despedidos. Un negro reubicado que era despedido podía acabar sus días en una mina de sal o en un horno de la siderurgia en el centro del país, daba igual que fuera hombre o mujer, niño o niña, viejo o joven… el destino de los rechazados por los colonos del veld del norte era morir lentamente entre espantosos sufrimientos en una de las minas del gobierno, pozos de muerte donde cientos de negros desubicados y no adaptados purgaban su escasa docilidad.

Grace era dócil, súmamente dócil, motivo por el cual aún experimentaba como culpa propia no ser capaz de proporcionarle a aquella joven blanca, que tenía el poder de decidir sobre su futuro, aquello que exigía. Grace estaba acostumbrada a no plantearse la racionalidad de las órdenes de las memshaibs blancas. Ella no se preguntaba si era lógico poner la estructura de la noria en movimiento porque le apetecía tomar la ginebra con hiello. La meuvru quería que se hiciese y ella no podía satisfacer sus órdenes, eso era lo que realmente importaba.

Tembi apareció en el salón. Los gritos de Märit habían atraído su atención. Cuando Märit la vio se le abrió el cielo.

—Vuelve a la cocina Grace, déjalo… déjalo… Tembi, ven aquí… te necesito. Ponme una copa de ginebra… la tomaré sóla, creo que la necesito. Y luego me haces un masaje en los pies… estoy muy nerviosa y eso me calmará.

—Sí meuvru… madre, vaya a la cocina, ¿me ha oído, madre? Vuelva a la cocina, la meuvru no va a hacerle nada — le dijo la muchacha a su madre cogiéndola por los hombros para que se levantase del suelo donde seguía gimiendo.

Märit estaba avergonzada. Se había puesto hecha un basilisco con la pobre Grace. No había sido justa con ella. Esperó nerviosa a que Tembi calmara a la criada y regresara a la cocina. Sam también salió de la zona de servicio donde pasaban más tiempo los criados, y miró a Märit que se puso roja al sentirse observada por el enorme negro.

Sam la asustaba. Era dócil, tanto o más que Grace, pero su enormidad la asustaba. El negro tomó a su compañera y se la llevó. Grace arrastraba los pies y sollozaba. Märit se sentía como un monstruo. Con su reacción y sus amenazas por no haber visto colmado su estúpido capricho había destrozado a la pobre Grace y ahora se sentía ruín, miserable.

Cuando Tembi, después de que Sam se llevara a Grace, le tendió la copa llena de ginegra, Märit la tomó y se sentó en el sillón que solía ocupar Ben. Tembi le acercó el escabel, un enorme puff de cuero de vaca muy flexible que se hundió un poco cuando Märit apoyó los pies en su superficie brillante.

Tembi se arrodilló ante su meuvru e imitando lo que hacía Miku cuando servía al amo Ben por las noches después de cenar aproximó su rostro a los pies de Märit y restregó sus mejillas contra sus plantas. Märit sintió un estremecimiento recorrer todas las terminales nerviosas, desde las puntas de los pies hasta la raíz del cabello pasando por el centro neurálgico del deseo.

Se llevó la copa a los labios y sintió el perfumado olor de la ginebra embotando sus sentidos. Luego el alcohol bajó por su garganta y cuando se hubo asentado en su estómago experimentó una oleada de fuerte calor que la hizo subir los colores a su rostro.

En esos momentos agradeció infinitamente la actitud de Tembi. Al mostrarse tan sumisa y sometida la hacía olvidar el ridículo que había hecho riñendo a Grace por aquel capricho suyo a la que había hecho responsable de sus propias limitaciones. Era como si le dijera que no se preocupara, que ella era el ama, que seguía teniendo autoridad sobre los sirvientes y que ella, Tembi, la obedecería aún a sabiendas que estaba equivocada.

Märit sintió una intensa corriente de afecto por la respuesta de Tembi, tan intensa que sintió ganas de bajar los pies al suelo y cogerle la cara entre las manos para besarla. No, no lo haría, pero pensó que le gustaría hacerlo. Tembi era una muchacha guapa. Ella conocía varón porque es lo que tocaba, pero no había disfrutado la única vez que había sido penetrada por su esposo y de hecho respiraba aliviada cuando por las noches él no se presentaba a reclamar sus privilegios maritales.

Esa noche ninguno de los sirvientes fueron a dormir al kraal. Se quedaron en la cocina. Miku esperó fuera, en el porche, el regreso del amo y Märit le dijo a Tembi que esa noche dormiría en la habitación con ella, en el suelo.


Tembi la cepilló el cabello y después de desnudarla y ponerle uno de los bonitos saltos de cama de la memsahib Sonja, se acomodó en el suelo, al lado de la cama.




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