A QUIEN LE INTERESE

En este rincón apartado he decidido publicar. La hipocresía que se vive en la página de TR (Todo Relatos) me obligó a abandonarla. Disfruto escribiendo y aún siendo consciente de que mis fantasías son minoritarias me parece injusto que aquellos que me seguían en TR se queden sin poder disfrutar de mis relatos.



No pretendo ser pretencioso. No quiero decir que mis escritos sean buenos, soy consciente de que no es así, pero aún lo soy más de que en este mundo retorcido de nuestras íntimas fantasías muchos buscamos algo que echarnos a los ojos que se acerque a nuestros fetiches, tabúes y quimeras eróticas.



Mi propósito es dejar al lector interesado y que se pueda identificar con mis inofensivos delirios una muestra de mi producción literaria dedicada al mundo de la sumisión, dominación, esclavitud y relaciones de poder. Fabulaciones en suma con las que más de uno sueña en secreto y que yo me dedico a poner negro sobre blanco con mayor o menor acierto.

Como que esta es una página abierta, he creado un grupo de admisión restringida en Yahoo (ver enlace) donde he puesto aquellos relatos que considero más fuertes, no sea que un alma sensible de esas que van por ahí salvando al mundo de la gente mala como yo se topase con uno de esos relatos y le salieran sarpullidos en el hipotálamo.



En este grupo sólo aceptaré miembros bajo petición expresa y siempre que me convenzan de su buena fe. Los relatos están en formato docx. y pueden ser descargados directamente.



Los relatos de ADELA también están en este grupo.



Aquí tenéis un enlace directo al grupo, pero recordad: miembros SOLO bajo admisión.



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miércoles, 19 de abril de 2017

MISSY GYNNIE LA BENÉVOLA


Tenía catorce años cuando me casé con un primo lejano de mi madre treinta y cinco años mayor que yo. En el pueblo, Sufolk, Virginia, apenas había muchachos que me gustaran y quería salir de casa de mis padres. Mi tío Osburn me ofrecía mucho más de lo que podría conseguir quedándome y aguardando que me saliera una oferta mejor. Si bien era consciente de que aún era muy joven muchas de mis amigas de edades parecidas a la mía ya se habían casado, así que decidí aceptar la oferta del tío Osburn.

A mi padre, al contrario que mi madre, no le gustó nada que tomara aquella decisión.

—Pero padre, el tío Osburn es rico, tiene tierras, animales y esclavos, seré una señora. ¿Quién va a darme una posición mejor que la que él me ofrece? — justifiqué mi descisión.

—Pero es que tiene mi edad hija mía. Podría ser tu padre, o incluso tu abuelo.

—Pero no lo es y será mi esposo — respondí con aplomo.

Me estuvo haciendo reflexiones durante dos días enteros, pero yo me mantuve firme y al final tuvo que consentir. Nos casamos un mes después en la iglesia metodista del pueblo y ese mismo día partimos hacia su propiedad en Virginia.

Osburn me había contado que era propietario de mil acres de tierras de cultivo donde plantaba tabaco y algodón, poseía una casa que, decía, era una mansión, tenía media docena de caballos, cerdos, vacas y ovejas y era propietario de unos cincuenta esclavos. Todo aquello iba también a ser mío y ya me veía como una señora importante, con mis esclavos y mi mansión y todo eso…, pero yo era una chiquilla a la que aún le gustaba jugar con muñecas y lo cierto es que no sabía muy bien dónde me metía.

Cuando llegamos a Paraíso, ese era el nombre de su pequeña plantación, quedé impresionada por la casa que él llamaba mansión. No era en realidad una mansión como las de las grandes plantaciones del esplendoroso Sur pero sí era una casa bonita.

Lo primero que hizo Osburn, mi flamante esposo, fue aporrear el triángulo con el que se llamaba a los esclavos a reunión. El triángulo colgaba en el porche y Osburn lo golpeaba frenéticamente. Yo aguardaba nerviosa a su lado mientres vi aparecer un montón de negros por todas partes, llenando el patio frente al que se encontraba la Casa Grande.

—¡Todos de rodillas! — gritó Osburn con su vozarrón  imponente.

Yo miraba entre arrobada y alucinada aquel espectáculo que me pareció casi lujurioso al ver el poder que tenía mi esposo. Los negros se arrodillaron al instante de recibir su orden y aquello me pareció casi magia.

Osburn les comunicó a todos los esclavos quién era yo. «Es vuestra  nueva missy, a la que tendréis que respetar y obedecer como si de mí mismo se tratara» les aleccionó con su fuerte vozarrón.

—Ella es el ama Gynnie, la nueva missu — y me rodeó con su brazo por los hombros, acercándome a él con firmeza, como queriendo investirme de su propia autoridad ante los esclavos.

Después de eso los mandó de nuevo a trabajar. Me fijé que la inmensa mayoría eran hembras y niños. Conté no más de una docena de varones adultos. Osburn debió leer mi pensamiento porque se refirió a eso nada más entrar en la casa, lo que yo hice sin tocar el suelo con mis pies, como manda la tradición, llevada en volandas en sus fuertes brazos.

—Los machos sólo dan problemas. Es más fácil domeñar a las hembras y sus hijos, y además trabajan tanto o más que los machos — me dijo sin soltarme.

Aquel gesto de llevarme en brazos como era tradición para traspasar el portal de mi casa la primera vez me emocionó y con mis brazos rodeé su cuello y le besé en la mejilla. El me sonrió y me besó en los labios. Hubiese querido gritar cuando sentí su poderosa lengua abrir mis labios y mis dientes y colarse como una enorme serpiente en mi boca, pero no quise herir sus sentimientos rechazándolo de buenas a primeras y aguanté. Pensé que si quería tener una vida regalada como la que me ofrecía el tío Osburn, ahora mi esposo, tendría que ceder en algunas cosas.

Cuando terminó de besarme noté que respiraba aceleradamente, como si jadease. Le sonreí poniendo cara de niña buena. Si eso me funcionaba con mi padre también habría de funcionar con mi esposo que tenía más o menos la misma edad. Además mi madre, que no sólo no se opuso a mi boda sino que a ella le pareció más que conveniente, durante el mes que tardamos en casarnos me estuvo aleccionando sobre lo que una esposa sumisa le debe a su marido.

Osburn me depositó en el suelo y me miró con un brillo especial en sus ojos. Luego chasqueó los dedos dos veces. Yo miré su enorme mano con la que acababa de hacer los chasquidos, pensé que quería que me comportase como un perrito pero al instante comprendí el por qué de aquella llamada: dos chiquillas vinieron corriendo a nuestro encuentro y se arrojaron a los pies de mi esposo.

Mi marido calzaba siempre botas altas y las llevaba muy brillantes, algo que a mí me gustaba y me fascinaba. Las dos niñas se quedaron con sus caritas pegadas a las botas de Osburn y no dejaban de besarlas frenéticamente. Yo me reí.

—Estas son Zinia y Cleo. Son tuyas. Es mi primer regalo de casados — me dijo con orgullo mi marido.

—¿Mías? ¿Para mí? ¿Quieres decir…?

—Sí. Son tus esclavas. Una esposa necesita al menos una doncella. Tú tendrás dos. Son hermanas. Zinia es la mayor, tiene doce años y Cleo la pequeña, tiene diez. Son muy obedientes y muy dóciles. Te gustarán. ¡Besad los pies de vuestra nueva ama, missu Gynnie! — les ordenó con su voz de trueno.

Ambas despegaron sus labios de las relucientes botas de mi esposo y a gatas se desplazaron frente a mí para besar mis zapatos. Experimenté una sensación muy agradable. Era la primera vez en mi vida que besaban mis pies. Había leído historias de elegantes damas del profundo Sur que vivían rodeadas de esclavas y éstas tenían que besarles los pies para demostrar su devoción. Mamá me decía que cuando una mujer tiene esclavas a sus pies es que ha llegado a lo más alto. Yo me sentía en aquellos momentos en lo más alto.

—Acompañad a vuestra ama a la habitación de la antigua missu y mostradle sus vestidos, botas y zapatos, a ver qué puede aprovechar. La missu Melanie era más o menos de su talla, seguro que algo podrá aprovechar. Luego la preparáis para mi. Cuando esté lista me avisáis. Venga, espabilad, no os quedéis aquí como dos tontas… y enviadme a Lucas.

Las dos chiquillas me cogieron, cada una de una mano, y tiraron de mí para que las siguiera. Al instante me gustaron. Eran de piel clara. Durante la presentación que Osburn había hecho de mí a los esclavos que había reunido en el patio me fijé que había muchos chiquillos que como estas dos tenían la piel clara, mucho más que las negras y negros adultos. En mi ingenua y bendita ignorancia no sabía a qué se debía aquella despigmentación que se daba en bastantes de los niños.

En el pasillo largo que había en la zona Oeste de la casa había dos habitaciones, una en cada lado del pasillo.

—Ésta es la habitación del amo, del señor — me dijo Zinia tapándose la boca para ocultar una media sonrisa de timidez.

—Y ésta es la de la missy, de la señora — dijo Cleo que también se tapó la boca con timidez.

Me quedé muerta al ver lo grande que era aquel cuarto. Tenía varios armarios inmensos. Los abrieron todos y empezaron a sacar vestidos, sombreros, chales, ropa interior, zapatos, botas, zapatillas y sandalias y lo dispusieron todo para que lo pudiera examinar cómodamente.

Yo no había traído nada de casa de mis padres salvo lo puesto, porque nada tenía. Osburn me dijo que en mi nueva casa encontraría todo tipo de ropa y calzado que había conservado de su difunta esposa y que si no me iba bien que no me preocupase, que me compraría todo nuevo. Mi madre le dijo que no sería necesario comprarme nada nuevo porque yo era buena cosiendo y si era necesario me arreglaría yo misma los vestidos. No hizo falta. Me probé uno, el que más me gustaba, y me sentaba como hecho para mí.

—Ahora los zapatos, missy — me dijo Zinia arrodillándose en el suelo para calzarme.

—Las sandalias — le dije. Sólo había un par, pero eran de tacón, de fiesta. Probablemente nunca tendría oportunidad de ponérmelas salvo que fuésemos invitados a algún baile de la buena sociedad, pero yo quería ponérmelas.

Zinia me calzó y se retiró para que pudiera contemplarme. Me puse de pie y al tratar de caminar Cleo tuvo que sujetarme para no caer. No estaba acostumbrada a aquellos tacones tan altos y sentí vértigo. Pero me gusto la sensación que experimenté con aquellas elegantes sandalias. Estuve caminando un rato por la habitación hasta comprobar que no me caía.

—Ahora las botas, missy — me dijo Zinia tomando un par en sus manos y mostrándomelas.

Me acerqué y acaricié el fino cuero con mis manos. Me estremecí de placer ante la visión de aquellas altas botas. Eran muy parecidas a las que calzaba mi marido salvo que tenían un poco de tacón que no tenía las suyas. Me senté en el silloncito y Cleo me descalzó las sandalias. Zinia me puso las botas. Me levanté y me dirigí al espejo de cuerpo entero. Me miré y me gustó la imagen que me devolvió el espejo.

Estaba en la gloria. No podía creer en mi buena suerte. En ningún momento pensé que aquellos vestidos y zapatos habían pertenecido a una muerta. Tenía la impresión de que todo aquello se había hecho para mí, que estaba allí esperando a que yo llegara para tomar posesión.

Mientras yo me contemplaba embelesada en el espejo las dos esclavas salieron de mi cuarto para regresar poco después guiando a dos machitos que transportaban entre los dos la pesada bañera de zinc y cerámica que dispusieron en medio de la enorme habitación. Luego las dos hermanas ayudaron a los machitos a transportar una decena de baldes llenos de agua caliente que vertieron casi todos en la bañera.

Zinia echó a los muchachos y cerró la puerta. Me tomó de la mano y me llevó frente a la tina. Cleo me descalzó las botas y me ayudó a entrar en el agua que estaba deliciosa de temperatura porque la habían ido mezclando con cubos de agua fría hasta encontrar el tono adecuado.

Me recosté en el espaldar de la tina y me dejé hacer. Fue maravilloso. Las manos de Zinia y Cleo me enjabonaron con delicadeza y me frotaron desde el cabello de la cabeza hasta las uñas de los dedos de mis pies, hasta dejarme como nueva. Luego me ayudaron a salir de la tina, me secaron con toallas de algodón suave y me vistieron con una delicada bata de seda.

—Voy a avisar al amo que la missu ya está preparada para recibirlo — dijo Zinia haciéndome una profunda reverencia.

Cuando entró Osburn sabía a qué venía. Madre me había explicado todo con sumo detalle. Yo creía estar preparada, pero cuando mi marido fue desnudado por mis esclavas y quedó con el grueso miembro al aire me llevé una tremenda impresión. Madre había dado medidas normales y corrientes pero aquel falo no tenía nada de normal y corriente. Era monstruoso. ¿Y eso tiene que metérmelo por la rajita? Me parecía imposible.

Osburn envió a las dos esclavas fuera del cuarto y se metió en la cama a mi lado. Yo llevaba aún la bata de fina seda y él me la quitó con movimientos muy suaves. Quedé totalmente desnuda y me abracé los pechos para esconderlos. Él sonrió y con su enorme manaza me apartó los brazos suavemente. Mis pechos eran más bien pequeños, incluso creo que me pareció vislumbrar los de Zinia y eran más grandes que los míos. Su manaza me acarició ambos senos. Se me puso la piel de gallina. Temía que me los fuese a estrujar. Sin embargo él seguía tratándome con suma suavidad y mis pezones reaccionaron creciendo bajo sus dedos.

—No tengas miedo, gatita, no te haré daño — me dijo y acercándose a mi cara me besó en la boca.

Me quedé como paralizada. Su fuerte lengua de nuevo abrió todas las barreras que podían ponerle mis dientes y me inundó la boca con aquella serpiente viscosa e interminable. Me dieron arcadas pero me contuve. Madre me había insistido en cuales eran mis obligaciones de esposa y no quería fracasar, así que me predispuse a lo que fuera.

Osburn dejó mis pechos y sin dejar de besarme me levantó en vilo. Él se tendió en la cama boca arriba y me hizo descender hasta que mis agujeritos toparon con su grueso, largo y endurecido miembro. Finalmente me liberó la boca para decirme que tenía que separar las piernas.

—Cabálgame. Imagina que vas a caballo y yo soy tu alazán. Mi polla es tu silla de montar.

Asentí tragando saliva. Estaba muerta de miedo. Osburn hizo una ligera presión en mis hombros con sus manazas y el principio de la enorme cabeza de su pene me penetró un poco. Viendo que yo estaba seca llamó con su vozarrón a Zinia. Mi esclava entró rauda y se arrodilló al lado de la cama.

—Lámele el agujero del culo, eso siempre surge efecto — dijo sin dejar de mirarme.

Yo estaba a horcajadas con un trocito del miembro de mi esposo clavado en mi raja pero sin poder engullirlo en mi interior. Noté la lengua de Zinia escarbar mi ano. Al principio sentí vergüenza. Posiblemente ese agujero no estaba todo lo limpio que debía pero esa sensación de embarazo dio paso rápidamente a otra muy placentera. Me gustaba lo que me hacía Zinia y entonces mi rajita comenzó a fabricar fluidos. Me daba gustito y poco a poco el agujerito de la rajita empezó a tragarse el pollón de mi esposo. Osburn me cogió con sus manazas por las caderas y empezó a subirme y bajarme por su mastil. Sentí un dolor repentino. Acababa de desprecintarme.

El tardó poco. En menos de dos minutos empezó a gemir, luego a rugir y finalmente descargó en mis entrañas un chorro de cálida esperma. Yo no sentí ningún placer, pero al menos no había sentido excesivo dolor. Él me desempaló levantándome en vilo y cuando su pene abandonó mi cuevita se escuchó un ruido como de descorche ¡blop! y me puse a reír.

—Zinia, limpia a tu ama y que venga Lucas para limpiarme.

Me tendí al lado de mi esposo en la cama y Zinia se ocupó de todo. Me separó las piernas, se subió a la cama, se estiró y colocó su cara en mi cuevita. Con la lengua me limpió de todas las inmundicias que había vertido mi esposo en mi interior. Eso sí me gustó. La suavidad de la lengua de Zinia me dio placer. Mis piernas temblaron y agarré con mis manos la cabeza de la esclava para que no apartara la cara de mi sexo. Me estremecí de placer y gemí cuando me vino el orgasmo. Osburn se rió.

—¡Jajajajaja…! Pero qué putilla eres — me dijo — ¿te gusta lo que te hace Zinia, verdad?

—Sí — contesté totalmente ruborizada.

—Todas sois iguales, mi Melanie también tenía sus orgasmos cuando Zinia la limpiaba con la lengua. No sois como las negras, a ellas sí les gusta que las folle, obtienen placer de mi polla. Vosotras sois más delicadas. Pero bueno, he de decirte que has cumplido bien y me ha gustado mucho — me dijo Osburn mientras Lucas, su esclavo, le limpiaba el miembro con la boca, lamiéndolo.

Él también se corrió de nuevo, esta vez en la boca de Lucas. Me dijo que era inevitable, que por eso se hacía limpiar por Lucas — No tiene dientes, ¿sabes? — me aclaró para que entendiera porqué le daba tanto placer que le limpiara él.

Cuando Lucas terminó de vaciar a su amo se tragó toda su lefa y luego lo vistió. Se fueron ambos dejándome a mí con Zinia que seguía lamiéndome. Era mi primera experiencia sexual y sólo podía decir que prefería a Zinia mucho más que a mi esposo. Pero estaba contenta porque no lo había defraudado y porque no me había hecho demasiado daño.




***



Al día siguiente estaba muy escocida de mis partes. Se lo dije a mi esposo con gran vergüenza y me dijo que era normal, que como mujer blanca era débil y que lo comprendía.

—A las negras no les pasa, me las follo y luego a trabajar — se rió en el desayuno.

Cleo me sirvió café, huevos, tostadas y tocino frito que devoré con apetito. Osburn terminó de comer mucho antes que yo y se levantó de la mesa y se sentó en su sillón. Llamó a Lucas.

—¡Perro! ¿has lustrado ya mis botas?

Me fijé que Osburn calzaba sus zapatillas. Lucas, que era un mestizo de unos catorce o quince años, entró corriendo en el comedor con las botas de mi marido en las manos. Se arrodilló a sus pies, le descalzó las zapatillas y le besó las plantas con devoción de perro. Luego le calzó las botas.

—No olvides que es muy importante que los esclavos besen tus pies cada vez que los llames. Es fundamental para mantener el orden natural de las cosas, es básico para el mantenimiento de las relaciones entre amos y esclavos. ¿No lo olvidarás, esposa?

—No lo olvidaré, esposo — le sonreí mientras daba un mordisco a una tostada.

Cleo estaba de pie, apartada ligeramente de la mesa pero a mi lado, esperando cualquier orden que pudiera darle. Me había levantado de la cama con una inmensa sensación de felicidad. Era ya toda una mujer, era la señora de Paraíso, y me gustaba.

—Voy a vigilar el trabajo de los esclavos en los campos, cielo, te dejo con tus responsabilidades domésticas. Pásatelo bien, querida.

Me levanté de la mesa y me acerqué a mi esposo, me puse de puntillas y le besé en los labios. Él de nuevo invadió mi boca con su gruesa lengua y me pellizcó las nalgas antes de marcharse seguido de su fiel Lucas.

—Recoge todo esto, Cleo — le ordené a la esclava dejándome caer en el sillón donde había estado sentado mi esposo.

Entre Cleo y Zinia recogieron la mesa mientras yo las observaba cómodamente instalada en el sillón de mi marido. Cuando hubieron terminado mis dos esclavas se arrodillaron una a cada lado del sillón. Las miré satisfecha. Me gustaba tener dos esclavas sólo para mí. En mi casa no teníamos esclavos y por tanto era una sensación nueva que me producía un agradable cosquilleo en el estómago ver que estaban pendientes de mi comodidad.

—¿Desea conocer a las esclavas del servicio doméstico? — me sugirió Zinia.

—Sí, supongo que como la señora que soy debería saber a quien tengo bajo mis órdenes directas — dije en voz alta pero para mí misma.

Zinia se ocupó de que todas las esclavas de la Casa Grande formaran en las dependencias del servicio. Cuando estuvieron todas vino a avisarme. Fui con ella y Cleo detrás de mí y me quedé atónita cuando los conté. Estaban una al lado de la otra y ocupaban la inmensa sala de servicio, con las manos delante del delantal y la cabeza sumisamente inclinada. Había doce esclavas, la mitad hembras adultas y la mitad niños.

—Dios, pero si sólo somos dos, mi esposo y yo… cómo puede ser que necesitemos doce esclavos para que nos atiendan.

Zinia me explicó lo que hacía cada uno al tiempo que me daba sus nombres. Quedé muy satisfecha cuando tras decir el nombre de cada una de las esclavas éstas se arrodillaban a mis pies y me besaban los zapatos. Mientras Zinia recitaba las tareas de las que se ocupaba la esclava se mantenía postrada con sus labios sobre mis pies. Me gustó que se postraran y me besaran los pies, me hizo sentir como una reina. Recordé las palabras de Osburn: «No olvides que es muy importante que los esclavos besen tus pies cada vez que los llames. Es fundamental para mantener el orden natural de las cosas, es básico para el mantenimiento de las relaciones entre amos y esclavos. ¿No lo olvidarás, esposa?»

A la última que me presentó fue a Doris. Era ésta una negra muy oscura que se encargaba de controlar todos los trabajos de la casa. Me gustó porque de esta manera yo sólo tenía que tratar con ella si algo no funcionaba como yo consideraba que debía funcionar.

—Bueno, y ahora… ¿qué? — dije cuando volvíamos a estar arriba en el salón.

No iba a estar vigilando a las esclavas para que hicieran su trabajo, para eso estaba Doris. Además, yo seguía siendo una chiquilla y me apetecía divertirme… ¿pero cómo iba a hacerlo allí?

—¿Qué puedo hacer, Zinia? Me refiero para divertirme — le pregunté a mi esclava.

—Lo que la missy quiera hacer. ¿Le gustaría visitar la plantación? ¿Bañarse en el río? ¿Dar un paseo a caballo? ¿Ir a recoger flores?

—Sí, sí… quiero ir a coger flores — aplaudí ilusionada ante la perspectiva.

Como estaba sola con mis dos esclavas no me ruboricé cuando me di cuenta de que acababa de comportarme como una chiquilla en lugar de como un ama severa y digna. Pero a Zinia y a Cleo también les agradó mi idea. Lo vi en sus caritas encendidas por la ilusión.

—Venga, vamos — les dije cogiendo mi sombrero.

—No puede salir así al campo, missy — me dijo Zinia y al instante humilló la mirada, como temiendo que me enfadase por su atrevimiento.

—¿Así? ¿Cómo?

—Con estos zapatos de tacón, missy. Debería ponerse unas bonitas botas. Cleo se las ha lustrado nada más levantarse.

Accedí a su sugerencia, entre otras cosas porque recordé que mi esposo me había advertido que era necesario que los esclavos nos vieran siempre calzando botas altas y sobre todo que estuvieran bien lustrosas.

—Los negros son como niños. Ellos han de ir descalzos por fuerza y les fascina vernos calzando botas altas y relucientes — me había dicho Osburn — además las botas, junto con el látigo, son el símbolo más evidente de nuestro poder sobre ellos, por eso vienen obligados a besárnoslas cuando los llamamos.

Fui a mi habitación y Cleo me mostró orgullosa el par de botas que habían pertenecido a la señora Melanie y que ella había lustrado para mí. Me senté y Cleo y Zinia se arrodillaron a mis pies, me descalzaron los elegantes zapatos de tacón y me pusieron las botas. Me levanté y me miré en el espejo.

—Pero con estas faldas largas no se ven las botas — dije en voz alta — de qué sirve que las lleve si no se pueden ver.

—Cámbiese el vestido, missy. En el armario de missu Melanie encontrará todo tipo de prendas cómodas.

Entusiasmada abrí uno de los armarios y estuve rebuscando entre las faldas, chaquetas, camisas, chalecos y demás accesorios de ropa femenina. Me decidí por una camisa sin mangas, un chalequito rosa y una falda de cuero extremadamente corta, que me llegaba a las rodillas.

—Ahora sí se ven bien las botas — exclamé de nuevo ante el espejo.

Encontré un sombrero de ala ancha y lo cambié por el sombrerito. Tenía aspecto de vaquera y me gustó. Acompañada de mis dos esclavas salimos al patio y ellas me guiaron. Primero fuimos a ver el poblado de los esclavos. Había muy pocas mujeres que básicamente se encargaban de vigilar a los niños menores de seis años, edad en la que al parecer los poníamos a trabajar, bien en los campos, bien en el servico doméstico de la Casa Grande.

Entré en varias cabañas y las examiné con gran curiosidad. Eran pequeñas y tenían pocos muebles. — ¿Y no tienen dormitorios? — pregunté extrañada de ver que sólo tenían una pieza.

—Los esclavos duermen todos juntos aquí mismo — Zinia señaló el círculo de la cabaña que era de tierra prensada.

—¿Y las camas? ¿Dónde las tienen?

—No tienen missy, duermen en el suelo. En las caballerizas duermen varios esclavos por si a los amos les da por salir con el caballo a cualquier hora de la noche o madrugada. En la Casa Grande siempre duermen en la zona de servicio no menos de cuatro esclavas por si a los amos se les ocurre tener hambre en mitad de la noche o cualquier otro capricho. Estos también duermen en el suelo de la cocina. Lucas y una de nosotras dormimos en el felpudo de la entrada de las habitaciones del massa y la missu — me explicó detalladamente Zinia demostrándome que no tenía ni idea de cómo eran las cosas en una plantación con esclavos.

Con cada una de las esclavas con las que me crucé disfruté de su servilismo. Todas se arrodillaron y me besaron las botas cuando les pregunté alguna cosa.

—Bueno, ya he visto el poblado, ahora vamos a coger flores — les dije a Zinia y Cleo que aplaudieron contentas por mi decisión.

Nada más salir del poblado Cleo se puso a correr y yo la seguí. Zinia se nos unió y las tres corrimos alocadas, dando grititos casi infantiles y saltos que ponían de manifiesto una alegría feroz. Me apetecía correr, saltar y jugar y Cleo y Zinia satisfacían plenamente esa necesidad porque las veía disfrutar. Corriendo, saltando y dando pequeños gritos de alegría llegamos a un prado cercano al riachuelo. Cleo se puso a coger flores y yo la imité. Había violetas, margaritas y tulipanes que recogimos en grandes cantidades.

—Vamos a hacernos un collar con flores — dije sacando un rodete de hilo púrpura que encontré en el bolsillo de mi chaleco.

Partí tres trozos largos y di uno a cada una de mis esclavas que lo recibieron como si les hubiera dado oro puro. Estuvimos entretenidas un par de horas confeccionando nuestros vistosos collares. Al terminar nos los colocamos en el pelo. Tuve que ayudar a Cleo que tenía menos habilidad en sus manos.

A medio día el sol apretaba fuerte y me noté sudada a pesar de lo liviano de mi vestimenta.

—¡Vamos a bañarnos! — les dije de repente.

Zinia y Cleo me miraron atónitas.

—¿No os gusta bañaros en el río? — les pregunté al ver la carita de sorpresa que habían puesto las hermanas.

—¡Oh, sí missy, desde luego… pero…!

—¿? — enarqué las cejas interrogativamente y ellas dejaron escapar un risita.

—Somos esclavas, missy…

—¿Y?

—Missu Melanie no nos permitía jugar ni bañarnos ni correr…

Claro, me dije, la difunta esposa de Osburn era toda una dama, no como yo que no soy más que una chiquilla tonta.

—Está bien… si no queréis bañaros… — dejé la frase en el aire y adopté una expresión fingidamente desdeñosa.

—¡Oh, missy, sí queremos, sí queremos…! — dijeron las dos al unísono acercándose a mí a base de estirar el cuello.

—¡Entonces desnudadme y sacadme las botas… vamos a bañarnos! — casi grité y me conmovió la alegría que vi en sus oscuros rostros.

Me desnudaron, me sacaron las botas y luego se quitaron la saya. Yo en medio les tendí la mano. Nos las cogimos y entramos las tres en el agua. Estaba fría y dimos grititos mientras retrocedíamos dando saltitos. Como yo era más alta y más fuerte que ellas cuando volvimos a acercarnos cautelosamente a la orilla las empujé y las arrojé al cauce del río. Sus grititos me hicieron reír. Luego salieron a todo correr y me pillaron desprevenida. Me cogieron cada una de una mano y tirando con todas sus fuerzas me lanzaron al agua.

Ellas, que ya estaban mojadas y habían pasado el susto inicial, se tiraron al río y empezó una guerra de agua. Nos salpicamos las tres contra las tres. Fue muy divertido. Cuando nos cansamos salimos del riachuelo y nos tendimos en la hierba calentada por el sol para secarnos.

Yo estaba en medio de mis dos esclavas. El sol quedó cubierto momentánemente por una nubecilla y sentimos frío. Ambas se apretujaron a mi cuerpo, una por cada lado y nos dimos calor. Me sentía muy dichosa. El sol volvió a hacer acto de presencia pero ellas siguieron pegadas a mí.

Me giré de cara a Zinia. La mayor de mis dos esclavas era muy bonita. Era mestiza y el tono de su piel era el del chocolate con leche. Tenía el rostro muy fino, sus labios eran muy voluptuosos, eran carnosos pero no parecían hinchados como los de los negros puros. Pero lo que más la embellecía eran sus ojos azules. Cleo también los tenía azules. Como los de mi esposo, pensé, pero no hice ninguna relación de causalidad, más bien en mi ingenuidad lo atribuí a la casualidad.

Zinia cerró los ojos y entreabrió los labios. No lo pude evitar. Me acerqué y se los besé con dulzura. Me separé y ella, sin abrir los ojos esbozó una maravillosa sonrisa. Me animé y le acaricié un pezón. Su sonrisa se ensanchó tanto como creció su pezoncito. Nos reímos las dos. Recordé la experiencia de la noche anterior en la cama con mi esposo. No me había hecho sufrir pero tampoco me había dado placer. Sólo lo obtuve cuando Zinia me tuvo que excitar metiéndome la lengua en el agujero del culo y después cuando me limpió la rajita con la lengua.

—¡Vamos, tengo hambre! — dije levantándome de pronto — Cleo, ponme las botas, y tú Zinia, vísteme — les ordené con aspereza.

—Sí ama — contestaron las dos un poco asustadas por aquel imprevisible cambio de humor.

Volvimos a la casa. Mi marido había dicho que a mediodía comería conmigo.





***




Al día siguiente volvía a tener escoceduras entre las piernas. Mi rajita estaba inflamada porque mi marido volvió a empalarme con su grueso mástil. Tampoco obtuve placer y sí mucho más dolor que la primera noche. En esta ocasión ni la lengua de Zinia tras ser desempalada me trajo paz en el bajo vientre.

—Hoy dormirás a los pies de mi cama, Zinia — le dije cuando terminó la deliciosa higiene que me hacía.

—¡No!

Volteé la cara para mirar a mi esposo que era quien había dicho eso.

—Lo siento, pero me la llevo, tengo trabajo para ella, que se quede Cleo.

No repliqué. La esclava era mía pero yo no era más que una chiquilla que sentía temor ante aquel hombre corpulento que era mi esposo. Le dije a Cleo que dormiría en el felpudo de la entrada de mi habitación. No quería a la pequeña para lo que quería a su hermana. Cleo asintió. Me ayudó a meterme en la cama y mi esposo, después de darme un beso, salió de mi cuarto agarrando a Zinia de un brazo.

—¿Qué trabajo te dio a hacer ayer noche el amo? — le pregunté a Zinia nada más verla por la mañana.

Mi esclava no me contestó. Osburn, que ya había terminado de desayunar, estaba repantingado en su sillón, leyendo el periódico, con Lucas besándole las plantas de los pies que mantenía sobre la espalda de una de las esclavas domésticas que se encontraba arrodillada frente al sillón. Mi marido levantó la vista de lo que estuviera leyendo y miró a Zinia. Yo vi esa mirada y no me gustó.

—Te he hecho una pregunta, Zinia.

Pero la morena siguió sin contestarme. Recogió el plato de mi esposo de la mesa y se fue a la cocina.

—Lucas, ve a buscar el regalo de la missu — oí que mi esposo le ordenaba a su esclavo.

¿Un regalo para mí? De repente me olvidé del desplante de Zinia y vi a Lucas regresar con un paquete alargado envuelto en papel de regalo. El chico se arrodilló ante mí y me lo tendió.

Con nervios, emocionada como siempre que recibía un regalo, arranqué el papel y me encontré con un bonito estuche de piel. Lo acaricié con mis dedos temblorosos y miré a mi esposo.

—Ábrelo, lo vas a necesitar de aquí en adelante — me dijo el formando una sonrisa torva en sus labios.

Abrí la funda y vi una larga fusta con mango de madera labrada. Era nueva. Y muy bonita. La tomé y la saqué del estuche. La levanté e hice un movimiento rápido de muñeca. El instrumento emitió un silbido lacerante. Me sonreí.

—Este es el complemento que toda missu debe llevar siempre colgando de su muñeca. Está forrada con piel de serpiente, lo que hace que sus golpes sean más dolorosos porque rasgan la piel. Verás, pasa la mano a contrapelo… notarás como si se levantaran unas pequeñas escamas, esas son las que al retirar el látigo rompen la piel de los esclavos — me contó.

Me la quedé mirando. Era fascinante. Nunca había tenido un instrumento así en mis manos y noté como si me transmitiera fuerza y seguridad en mi misma. Hice sonar la campanilla de llamada a los criados y al poco acudió Doris.

—Lleva a Zinia al roble de los azotes, Doris. Le quitas la ropa, la quiero desnuda. Yo iré cuando termine de desayunar.

—Sí mi ama.

Doris se había arrodillado y antes de marchar me besó los pies tal y como debía hacer cualquier esclavo al que me dirigiese.

—¿Vas a azotar a Zinia, querida? — me preguntó Osburn mientras se acariciaba sin ningún disimulo su abultada entrepierna.

—No sé… ya lo decidiré.

—Si decides azotarla casi mejor que cojas el látigo grande que está en la entrada. Le llamamos «revientanegros». Ese sí hace daño.

No contesté pero dirigí la mirada al enorme látigo que colgaba en la entrada. Llamé a Cleo.

—Descuelga el látigo grande, Cleo — le ordené — y dámelo.

Me quedé sentada a la mesa como media hora acariciando el látigo que Cleo me ha había descolgado de la pared. La chiquilla permaneció temerosa arrodillada a mis pies. Creo que sabía para quién iban a ser sus caricias.

Finalmente desestimé usar aquella bestia de casi tres metros de longitud. Manejar aquel monstruo requería pericia y yo no la tenía. Tomé la fusta que me había regalado mi esposo y volví a blandirla. Con aquel instrumento no se requería experiencia, era realmente fácil de usar.

Cuando me pareció oportuno fui hacia el roble viejo que según me había explicado mi esposo era el lugar donde ataba a los esclavos que habían de ser azotados. Al llegar vi a Zinia desnuda y con las manos en alto encadenadas. La cadena pasaba por una de las ramas bajas y estaba atada a otro saliente del árbol. Zinia quedaba a un palmo del suelo. Debía dolerle todo el cuerpo porque yo había demorado bastante en acudir.

Me acerqué hasta quedar a su lado, a su espalda. Le puse la mano en las nalgas y noté que se estremecía. Sentí compasión. ¿Realmente iba a pegarle? No había azotado a nadie en la vida. Ahora podía, Zinia me había desobedecido y ese era motivo más que suficiente para que la castigase. Decidí darle una oportunidad más.

—Si me dices qué trabajos te mandó el amo ayer por la noche no te azotaré.

Aguardé unos segundos. Zinia seguía sin abrir la boca. Levanté el brazo y entonces vi que todo su cuerpo temblaba a pequeñas sacudidas. Dios mío, estaba llorando. Bajé el brazo y arrastrando el látigo por el suelo le di la vuelta a su cuerpo hasta ponerme delante. Efectivamente, estaba llorando. Al verme su llanto se tornó escandaloso.

Entonces habló. Entre llantos y sollozos me dijo sin ambages: —El amo se nos folla, ama, nos folla cuando le apetece.

Se me hizo un nudo en la garganta. Si yo me consideraba una niña ¿qué era Zinia? No podía ser cierto. —¡Mientes! — grité y levantando el brazo le solté un latigazo que le cruzó el rostro, y resbaló por su cuello, un pecho y llegó hasta la cadera. Osburn tenía razón, le había rajado medio cuerpo de un solo trallazo y de la marca púrpura que se formó al instante manaron unas pequeñísimas gotitas de sangre que no llegaron ni a resbalar por su piel.

—¡No miento ama, no miento! Pregunte a cualquiera ama… no miento, lo juro.

Bajé el brazo. Tal vez era cierto. Recordé la mirada que le dirigió Osburn en el comedor cuando le pregunté qué trabajos había tenido que hacer la noche anterior. Me giré y busqué con la mirada. Buscaba a Doris. No la vi. Ella que imaginó que la buscaba se hizo visible. Salió de detrás de la maleza donde aguardaba por si la necesitaba y entonces la vi.

—¡Doris, desátala, bájala del árbol…! — le ordené.

Me fui hacia la casa. Estaba confundida. Decidí interrogar a Cleo, si era cierto lo que había dicho Zinia ella lo sabría. Me la crucé en el salón. La agarré por una oreja y la arrastré tras de mi. Cleo se puso a llorar. Le hacía daño. Le di un empujón y la tiré dentro de mi habitación. Cerré la puerta y avancé hacia ella. Tenía que aprovechar mi superioridad, hacer que me tuviera miedo. Le pegué una bofetada y cayó al suelo. Sin dejar de lloriquear gateó hasta mis pies y me besó las botas.

—¡Levanta! — le ordené con voz autoritaria.

Cleo se incorporó pero se quedó sobre sus rodillas. Mejor así, pensé. Le planteé la pregunta directa.

—¿El amo se folla a tu hermana?

Cleo abrió sus bonitos ojos asustada. Me miró llorosa y abrió la boca pero de sus labios no salió ningún sonido. Levanté el brazo y la abofeteé.

—¡Habla o te juro que te azotaré! — le grité — ¡te azotaré hasta que se te vean los huesos, te lo juro!

Fue suficiente. Debió ver mi determinación y habló. Me contó que cada noche el amo, mi esposo, se llevaba unos días a Zinia y otros a ella a su propia habitación y allí las violaba. Mientras hablaba le caían gruesos lagrimones por sus bonitas mejillas. Pensé en las dimensiones de la polla de mi esposo y en cómo debían ser las cuevitas de Zinia y Cleo que eran dos y cuatro años menores que yo.

Cuando terminó se arrojó a mis pies y me suplicó perdón mientras me besaba las botas. Me agaché y la cogí por los hombros para obligarla a levantarse. Cuando estuvo de pie me abrazó y lloró sobre mis pechos. Entonces la abracé yo y traté de consolarla. Zinia no me había mentido. Pobrecillas.

Llamaron a la puerta. Era Doris que traía a Zinia. Le dije que entrara a mi esclava y cerrase la puerta. Zinia al vernos a su hermanita y a mí abrazadas nos rodeó a ambas con sus brazos. No pude evitar ponerme a llorar cuando vi la larga marca púrpura que cruzaba a Zinia de arriba abajo, desde la mejilla izquierda hasta la cadera derecha, atravesando todo su cuerpo en diagonal. Le pedí perdón y las tres nos abrazamos como si fuéramos hermanas y lloramos durante mucho rato.

Mi esposo no vino a comer. Tuve que hacerlo yo sola, servida por Cleo y Zinia. Tenía remordimientos por cómo las había tratado. Había creído que me engañaban o me ocultaban algo cuando tan sólo trataban de ocultarme la depravación de mi marido. Pensé en compensarlas. Ya se me ocurriría algo.





***




La oportunidad de compensar a mis esclavas me llegó una semana después. Durante las noches de esa última semana pude verificar lo que me habían contado Cleo y Zinia. Osburn venía a mis aposentos, se metía desnudo en mi cama y me follaba mecánicamente. El primer día había tenido la colaboración de la lengua de mi esclava en el ano para excitarme y lubricar mi cuevita, pero las demás noches me folló en seco y me hacía más daño que placer me daba.

Al terminar Lucas le limpiaba el miembro con la lengua y al acabar se marchaba llevándose unos días a Zinia y otros a Cleo. Yo me quedaba con la que él no se llevaba. Me hacía limpiar con la lengua hasta tener un orgasmo. Después me acostaba pero no podía dormir. Una de las noches me levanté de la cama y ordené a Zinia, que es la que se había quedado conmigo, que me pusiera un chal sobre los hombros y me calzara las botas.

Seguida de Zinia salí al patio. Rodeé la casa que estaba en silencio y me acerqué por fuera a la ventana del dormitorio de Osburn. Tenía que verlo con mis propios ojos. Me agaché para no ser vista desde el cuarto y lentamente ascendí hasta que mis ojos pudieron tener una visión del interior de la habitación, débilmente iluminada por la trémula llama de un quinqué. Fue espantoso. Cleo, desnudita, a cuatro patas sobre la cama y mi marido de rodillas y también desnudo, la bombeaba por detrás. Cleo estaba amordazada, motivo por el cual nunca escuchaba gritos. No había peligro que mi esposo me descubriara espiándolo porque estaba de lado y toda su atención se hallaba puesta en correrse dentro de la pequeña esclava.

Me entraron nauseas y frío. Me retiré de la ventana y Zinia, al ver que estaba como mareada, me cogió por la cintura para evitar que me cayera. Fuimos juntas de esa guisa hasta mi cuarto. Me senté en el borde de la cama. Zinia se arrodilló a mis pies para descalzarme. Dejó mis botas bien alineadas y me ayudó a meterme en la cama.

La llamé, le dije que se acostara conmigo. Zinia vaciló unos segundos pero finalmente se quitó su saya y se metió entre las sábanas a mi lado. La abracé. Nos abrazamos. Pasamos la noche juntas, besándonos. No hicimos el amor pero nos besamos con ternura hasta que caímos dormidas.

Cuando me desperté Zinia no estaba en la cama. La busqué con la mirada y me la encontré sentada en el suelo. Estaba dando lustre a mis botas. Le sonreí y le pedí que dejara mis botas y subiera a la cama. Quería que me hiciera el amor. Zinia me sonrió. La marca del único latigazo que le pegué hacía una semana aún se veía como una línea más oscura en su rostro y en su pecho. La marca en el vientre y en la cadera apenas se notaba ya.

Zinia me hizo gozar por tres veces. Mientras me estaba haciendo la higiene íntima entró Cleo. Tenía la cara triste. Yo estaba con las piernas fuera de la cama y el cuerpo echado hacia atrás para que Zinia me lavara. Llamé a la pequeña. Cleo se arrodilló y me besó los pies. Me levantó las piernas y me besó las plantas y los dedos de los pies. Me gustó la devoción que puso en ese gesto de sometimiento.

—Ama, han dejado en la casa un cartel con el programa de las fiestas del pueblo. Seguro que el amo querrá llevarla. Siempre va para San Juan — me dijo Zinia.

Durante el desayuno Osburn parecía de buen humor. Me comentó lo del programa de las fiestas y me dijo que por la tarde, después de comer, iríamos en la calesa. Le dediqué una sonrisa forzada.

—Me llevaré a mis niñas — le dije.

—¿Por qué? Son esclavas. Las esclavas no van a divertirse, tienen trabajo aquí. Llévate sólo a una.

—Mis esclavas vienen conmigo o no iré. Las dos — le dije dispuesta a imponer mi voluntad en aquel tema.

—Está bien, como quieras.

Pude ver la ilusión reflejada en el rostro de Zinia y Cleo. Era la manera que había decidido recompensarlas. A mi marido le molestó mi actitud y se lo hizo pagar a Lucas al que pateó la cara con sus botas cuando le estaba repasando el brillo antes de marchar.

Cuando me quedé a solas con mis esclavas abrí los brazos y las dos corrieron a abrazarme. Me gustaban mis niñas, como las llamaba íntimamente. Esa mañana la pasé en mis aposentos revisando los vestidos de la difunta Melanie. Cleo y Zinia se pasaron el rato sacando vestidos y probándomelos. Los repasé escrupulosamente buscando pequeños descosidos y pequeñas manchas. Al final había hecho una pila con aquellos que Zinia, que era buena costurera, tendría que arreglar y a Cleo le ordené que me lavara el que había escogido para aquella tarde. Tendría que lavarlo, secarlo y plancharlo, todo en unas pocas horas.

Cuando Cleo marchó a lavar mi vestido me quedé sola con Zinia en mi habitación. Ella ya se había puesto a la labor de zurcir los remedos que quería que se hiciesen en mis vestidos. Me senté en el suelo a su lado y contemplé cómo trabajaba. Tenía buenas manos para la costura y me gustaba mirarla trabajar. Zinia de vez en cuando me lanzaba una mirada furtiva y se reía. Yo también me reía. Me gustaba Zinia, era muy bella. Le acerqué la mano a la mejilla y le rocé la casi imperceptible cicatriz que le había hecho el día que iba a azotarla. Zinia me tomó la mano y me besó los dedos. Me gustó aquella espontánea muestra de devoción y respeto.

Por la tarde, después de comer, me vistieron con el vestido que Cleo había lavado, secado y planchado en un tiempo récord y me hice calzar unos bonitos zapatos de tacón. Subimos a la calesa que sólo tenía espacio para dos. Me sentí pequeña al lado de mi inmenso marido. Lucas, Zinia y Cleo llevaban una cadena atada al cuello que a su vez iba atada al eje posterior de la calesa. Nuestros esclavos irían caminando detrás de nosotros.

Osburn llevó la calesa al paso para que nuestros esclavos pudieran seguirnos. De vez en cuando azotaba un poco el caballo para ponerlo al trote. Entonces los esclavos tenían que correr si no querían caer y ser arrastrados por el carro. Yo iba lanzando miradas hacia atrás para comprobar que mis esclavas seguían allí.

Llegamos al pueblo y Osburn dejó calesa y caballo en el establo de Jenkins, quien por medio dólar se ocuparía de guardarlos además de almohazar al animal y darle pienso.

Enlacé mi brazo en el de mi esposo y me sentí orgullosa de ser la señora  Ginebra de Osburn Marthens, missu Gynnie para los esclavos. Detrás de nosotros iban Lucas, Zinia y Cleo. De vez en cuando me giraba, como cuando viajábamos en la carreta, para comprobar que nuestros esclavos nos seguían.

Osburn se detuvo en varias ocasiones para saludar a viejos conocidos, matrimonios mayores con los que yo apenas tenía relación. No obstante me mostré simpática, especialmente con las señoras. Una de las veces los dos hombres, mi esposo y Joshua McIvern decidieron tomarse una copa en el bar y se llevaron con ellos a sus esclavos. Su esposa, la señora Evelin McIvern me enlazó el brazo y les dijo a los hombres que las mujeres íbamos a hacer cosas de mujeres.

Me gustó missu Evelin. Era una mujer mucho mayor que yo, calculo que rondaría los cincuenta y era de formas contundentes pero tenía una alegría natural desbordante que contagiaba.

—Mientras ellos se emborrachan iremos a mirar sombreros y zapatos en la nueva tienda de la señorita Jocelyn… tiene auténticas monadas — me dijo guiñándome un ojo y añadió — y luego nos tomaremos un té y un pedazo de tarta de manzana en la nueva pastelería. ¿Te apetece?

—Me encantaría.

La esclava de missu Evelin y mis dos niñas nos siguieron. En la tienda de la señorita Jocelyn pasamos un buen rato probándonos sombreros, viendo bolsos y probándonos fantásticos zapatos.

—Me muero por los zapatos… ¿no te pasa a ti lo mismo? — me dijo missu Evelin mientras su pequeña esclava luchaba denodadamente para probarle unas botas altas de las que se había prendado.

—También me gustan mucho los zapatos, missy Evelin…

—Llámame Ivy, a secas.

—Gracias señora Ivy… a mí puede llamarme Gynnie, Ginebra se me hace raro.

—De acuerdo, Gynnie. Tú, idiota, ¿acabas ya de ponerme las botas?

—Ay, missu, se le han hinchado los pies y no le caben.

—Será so burra la niña esta — la señora Ivy se enfadó con su esclava y le dio un bofetón con su gruesa mano que le dejó los dedos marcados — espabila si no quieres probar los tacones de mis zapatos durante toda una semana — la amenazó.

La pequeña Sarah, que así se llamaba la esclava de la señora Ivy, logró al fin calzar las botas a su ama y ésta se paseó por la tienda mirándoselas todo el rato, fascinada por el increíble brillo que tenía aquella carísima piel.

—¿Te gustan Gynnie?

—Me encantan, señora Ivy — no me salía llamarla Ivy a secas. Tenía edad suficiente para ser mi madre y no me salía de natural tutearla. Ella no insistió.

—¿Y a ti, Sarah? ¿Te gustan?

—Sí missy, son preciosas — respondió la arrodillada Sarah fascinada por aquellas elegantes y brillantes botas.

—Pues quiero que nunca pierdan este brillo. Si algún día no brillan como ahora te saltaré la piel de la espalda a latigazos.

La señora Ivy finalmente se compró aquel lindo par de altas y relucientes botas. Salimos de la tienda con Sarah cargando el paquete de las botas y nos encaminamos a la nueva pastelería. Nos acomodamos en un reservado del primer piso desde donde podíamos ver la calle sin que nadie de los paseantes tuviera una buena visión de nosotras.

—Sarah, métete debajo de la mesa, cielo. Mis pies te necesitan.

—Sí missu.

La niña negra dejó el paquete de las botas apoyado en la pared y se introdujo bajo la mesa. Tuve que apartar un poco las piernas para que pudiera meterse y estar allí abajo. Me fijé que la cara de la señora Ivy adquiría una dulcificación repentina. Me lo aclaró al ver que yo la miraba extrañada.

—Me está besando los pies. No hay nada más agradable que tus esclavas te besen los pies. ¿Tus esclavas te los besan, cariño? — me preguntó.

—Así es, y me gusta mucho… aunque a veces, cuando he estado todo el día con los pies metidos dentro de las altas botas pienso que debe molestarles el olor que hacen. Si yo lo noto ellas que me los tienen que besar seguro que lo sienten mucho más.

—¡Bah, no debes preocuparte por lo que sientan las esclavas! Son un bien de Dios que nos ha dado el Señor para que las mujeres blancas tengamos un alivio de nuestra pesada vida cotidina.

—Sí, supongo que así ha de ser…

—Son monas tus esclavas… ¿son hermanas?

—Sí señora Ivy, Zinia y Cleo. Son buenas esclavas.

—¿Las castigas a menudo?

—Bueno, no hace mucho que las tengo y la verdad es que son buenas chicas. Alguna que otra bofetada si me impaciento, pero aún no les impuesto ningún castigo de verdad — dije pensando que el latigazo que le di a Zinia en la cara no podía catalogarse de castigo propiamente dicho.

—Eso está bien, que sean buenas esclavas, pero aunque sean más buenas que el Santo Job debes acostumbrarte a que las negras necesitan látigo. Su naturaleza es perversa, siempre buscan trabajar lo menos posible, y son mentirosas y ladinas. Yo tengo siete esclavas en la casa y cada día de la semana castigo a una aunque no haya hecho nada malo. Es bueno para tenerlas sometidas, hija, hazme caso. No es necesario que las baldes a palos, es más, eso sólo en casos de gravedad, como que roben comida de la cocina, o se muestren rebeldes y orgullosas, para el día a día, lo que yo suelo hacer es pisarlas. Me hago calzar los zapatos de tacón, estos mismos que llevo puestos, y durante un buen rato las piso con los tacones. Es un castigo en extremo doloroso pero no les deja secuelas que les impida trabajar. Yo estoy muy gorda y tengo que controlar la presión con que las piso, pero tú que eres casi una niña apuesto a que podrías pasearte calzada con tus tacones y no les romperías ni un solo hueso.

Me imaginé a la señora Ivy desnuda, calzando sólo sus nuevas botas y caminando sobre una alfombra formada por sus siete esclavas y me gustó lo que vieron los ojos de mi imaginación. Me sonrojé con esos pensamientos pero la llegada de la deliciosa tarta me devolvió a la realidad.

La señora Ivy dejó un poquito de su tercer trozo de tarta en el plato y lo bajó al suelo.

—Ya puedes calzarme, Sarah, y cómete la tarta que te he dejado.

Entonces pensé en Zinia y Cleo que se habían pasado todo el rato de rodillas, una a cada lado de mi silla. Yo me había comido toda la tarta, las dos porciones que me habían servido y no había dejado ni las migas. Pobrecillas, seguro que les hubiera gustado que hiciera como vieron hacer a la señora Ivy con su esclava.




***




Al salir de la pastelería nos cruzamos con un puesto ambulante que vendía caramelos. Compré dos cucuruchos llenos. Me guardé uno en el bolsillo y tras ofrecer a mi nueva amiga comí yo. Me reí viendo la cara de deseo de Zinia y Cleo. Ellas no sabían que el segundo cucurucho, el que me había guardado en el bolsillo, sería para ellas, pero no podía dárselo ahora, missu Ivy seguro que me regañaría.

Pasamos una tarde estupenda. Recogimos a nuestros esposos que habían bebido más de la cuenta y paseamos por la feria. Vimos a una mujer barbuda. A dos mellizas compartiendo el mismo cuerpo. Enanos de todos los tamaños y formas. Compramos dulces. Lanzamos herraduras y yo gané una muñeca de la que no me separé en toda la tarde. El fin de feria fue una disputada subasta de esclavos.

—Es lo mejor de la feria — me contó la señora Ivy — los buscan en todas las plantaciones. Compran aquellos negros más extraños, taras de nacimiento o fruto de los castigos de sus amos. El año pasado me compré una niña sin piernas. La uso de cojín para los pies, es un encanto — y se rió mostrándome toda la dentadura.

Me encapriché de un negrito que no medía más de tres palmos y eso que, según decía el subastador, había cumplido ya los quince años. Se llamaba Samu y se asemejaba más a un simio que a un ser humano. Vi que mi esposo se lo miraba con un extraño brillo en sus ojos. Supuse que le daba vergüenza mostrar su deseo delante de los McIvern y delante de todas las personas de bien que se habían dado cita en la curiosa casa de subastas establecida especialmente para la feria. Entonces tuve una idea.

—¡Oh, Osburn, cómpramelo, cómprame a ese negrito que asemeja un monito, ese tan chiquito! — le supliqué intentando que mi comportamiento fuera lo más infantil posible.

¿Qué buen esposo negaría a su jovencísima esposa un capricho como aquél? Todo el mundo entendería que se decidiera a comprármelo. Me pareció que babeaba cuando accedió generosamente a gastarse unos dólares para darme a mí ese capricho.

Cuando el subastador me entregó la cadena a la que iba atado el chiquillo me sentí muy satisfecha. Incluso me pareció que muchas damas me miraban con envidia. Con sólo catorce años era la señora de Osburn Marthens y disfrutaba de los privilegios de una mujer casada y las ventajas de que todo el mundo siguiera considerándome una niña.

La missu Ivy alargó la mano para acariciar a mi nueva propiedad y el chiquillo se escondió detrás de mis faldas. Me reí de la manera más infantil posible y miré de reojo a mi esposo. Osburn tenía la mirada perdida en mí y en el monito, como acabamos llamando a Samu. Tuve una corazonada. Estaba segura de que mi esposo se excitaba viéndome a mí como una niña, pero una niña ama, una niña que gobernaba a su lado medio centenar de esclavos. Fue una revelación instintiva y como pude comprobar no iba desencaminada.

—¿Le gusta, señora Ivy?

—Es una curiosidad, pero no creo que sirva para gran cosa — me respondió sin poder ocultar que hubiera deseado atreverse a pedirle a su esposo que se lo comprara, pero la gente mayor tiene miedo a hacer el ridículo. Que lo haga una chiquilla de catorce años tiene su disculpa, pero una mujer madura teme más al ridículo que a la muerte.

—Pues pienso adiestrarlo para que haga sólo lo que yo quiera que haga. Su aspecto me recuerda al de un monito — y cuando quise darme cuenta Samu se había metido bajo mis faldas provocando las risas de los que nos miraban —… y al parecer se porta como un monito… — y las risas continuaron con mayor fuerza.

Nos sentamos en una terraza donde servían refrescos y cerveza junto con empanadas calientes. Mi esposo y el marido de la señora Ivy se levantaron cuando la camarera puso cuatro jarras de cerveza sobre la mesa.

—Vamos Lucas, tienes que aliviarme para hacer sitio — le dijo mi esposo a su negro y el señor McIvern llamó a su esclavo para acompañar a mi marido.

 Lucas y el esclavo del señor McIvern siguieron cabizbajos a sus amos hacia un cuarto que habían habilitado especialmente para los días de feria. Allí los hombres orinaban en aquella especie de letrina común, pero los caballeros que tenían esclavo propio evitaban mostrar su pene ante los demás. Se limitaban a introducirlo en la boca abierta de su esclavo y orinaban en él. En la letrina para las mujeres ese ataque de pudor no tenía lugar gracias a nuestras amplias y largas faldas, pero por lo que sé muchas llevaban bajo sus miriñaques una pequeña esclava a la que usaban para que les limpiara la vulva después de mear.

El fin de la jornada lo pasamos en la herrería de Maissie, una fulana que había puesto una casa de castigos en la que por un precio acordado ella y sus chicas torturaban al esclavo de aquellas damas que no querían mancharse las manos castigando a sus negros y por unos pocos dólares uno podía asistir al espectáculo.

—¿Vamos a casa de Maissie? — sugirió la señora Ivy a los cuatro.

Yo encogí los hombros porque no sabía qué era eso, pero a mi esposo los ojos le hicieron chiribitas. Con las cervezas que llevaban consumidas los dos hombres aceptaron de inmediato la propuesta de diversión de la señora McIvern.

—Tú te sentarás a mi lado… dejemos a esos — señaló a su esposo y al mío que ya se frotaban la entrepierna pensando en lo bien que lo iban a pasar — y cogiéndome por el brazo en actitud protectora.

Le pregunté qué ofrecía la tal Maissie y la señora Ivy me puso en antecedentes. No me gustó mucho lo que me contó. La idea de ver despellajar a un esclavo para divertirme no era lo que yo tenía entre mis preferencias, pero acepté para no parecer lo que era realmente, una chiquilla ingenua.

Era la última sesión del día y había cola para entrar. Los hombres sacaron las entradas y conseguimos una buena plaza, en primera fila, que eran las más caras. Zinia y Cleo andaban pegadas a mi espalda y las mandé acomodarse de rodillas delante de mí cuando tomé asiento. Sarah se colocó a los pies de su dueña y ésta le ordenó que la descalzara y le besara los pies.

—En mi casa cuando tengo que contemplar el castigo de algún esclavo me gusta que mi Sarah me bese los pies ¿a ti no?

—Aún no he mandado castigar a ningún esclavo, señora Ivy.

—Bueno, ya tendrás tiempo. De hecho te vendrá bien estar en casa de Maissie. Seguro que tomas buenas ideas. El arte de castigar a los esclavos es un refinamiento en manos de esa mujer.

Mi esposo y el señor McIvern estaban a continuación de la señora Ivy. Me adelanté un poco para mirarlos y vi que sus esclavos respectivos estaban arrodillados entre sus piernas. Evelin me guiñó un ojo.

—Ventajas de ser un hombre, cielo. Ellos se pueden hacer aliviar en cualquier sitio, en cambio a nosotras no nos está permitido y en todo caso es mucho más complicado.

Comenzó la sesión y pronto la sala se llenó de alaridos proferidos por las cuatro esclavos que iban a ser torturados. Sus propietarias habían pactado con Maissie los castigos y ellas, porque todas eran elegantes damas, se situaron en el mejor lugar de la sala para poder presenciar muy de cerca el sufrimiento de sus esclavos, que eran dos varones y dos hembras.

Mi esposo, al que controlaba por el rabillo del ojo, se corrió dos veces en la boca de Lucas y la señora Ivy acabó tocándose la rajita por debajo de la falda. Zinia y Cleo se abrazaron a mis piernas asustadas por los alaridos de los castigados.

Regresamos a nuestra propiedad con el ocaso en el firmamento. Osburn, a pesar de sus dos eyaculaciones, parecía estar muy excitado. Durante el viaje de regreso no dejó de lanzarme miradas lascivas y se mostró muy cariñoso conmigo. Mi monito iba sentado en el suelo de la carreta y la cadena a la que lo llevaba atado descansaba en mi mano. Me fijé que Osburn no dejaba de mirarlo. Supuse que le gustaría darle por el culo.

Por la noche tuve que soportar las embestidas secas de Osburn en mi cama. Volvió a hacerme daño porque no permitía que Zinia me excitase con la lengua. Al parecer le gustaba encontrar resistencia en mi cuevita seca. La galanura del primer día fue un espejismo.

Cuando se hubo corrido en mi interior Lucas lo higienizó como hacía siempre, con la boca y la lengua, y antes de abandonar mi habitación me pidió si le dejaba a mi monito. Le dije que sí, pero que no me lo lastimara porque era mío y lo quería entero.

Osburn se fue a su habitación llevándose al pequeño, al diminuto esclavo y Zinia y Cleo se evitaron, una de las dos, tener que pasar la noche con mi marido.

—Cleo, tráeme el vestido que llevaba esta tarde — le ordené a la pequeña una vez hube quedado a solas con mis dos esclavas.

Zinia me miraba agradecida por haber prestado el simio al amo. Le sonreí y le acaricié su bonito rostro. Ella me besó la mano agradecida. Rebusqué en los bolsillos del vestido que me había acercado Cleo y saqué el cucurucho de caramelos. A mis esclavas se les iluminó el rostro.

—Son para vosotras dos — les dije — pero no podréis comer ninguno hasta mañana. Esta noche la tenéis que pasar dándome placer. Cleo, tú me besarás los pies y Zinia, tú me lamerás la cuevita. ¿De acuerdo?

Ambas asintieron contentas. Tuve rampas en las piernas y en la pelvis de tantos orgasmos que me arrancaron.




***




A la mañana siguiente mandé a Cleo que fuera a buscarme mi mascota. El pobre estaba escocido. Evidentemente mi esposo lo había estado empalando toda la noche. Al verlo a la luz del día me conmoví al darme cuenta de su escaso tamaño. Cleo lo trajo de la mano y la del monito apenas se veía. Su muñeca no tenía mayor grosor que la pata de una gallina. Me puse de pie para ver hasta dónde me llegaba y tuve que taparme la boca para no reír al ver que a duras penas pasaba de mis rodillas.

—¿Qué te ha hecho el amo, Samu? — le dije arrodillándome para que no me viera tan alta.

El enanito negó con la cabeza y trató de apartarse de mí. Lo cogí con mi mano por su cuello y vi que podía cerrarla y aún me bailaba en el hueco que quedaba entre mis dedos. Era un auténtico engendro de la naturaleza. Yo había visto muchos enanos en ferias y estos eran fornidos, chaparros y bajitos pero fuertes. Samu era tan poca cosa que se me antojó que podría estrangularlo con sólo hacer fuerza con mi mano. Lo atraje hacia mí sin forzarlo y él se dejó. Entonces lo abracé con cariño y se dejó ir.

—Venga, cuéntame… ¿qué te ha hecho el amo?

No habló. Se puso a llorar y me dio mucha pena.

Me puse de pie y Samu se abrazó a mis rodillas. Me las besó y su gesto me conmovió. Decidí dejar el interrogatorio para más adelante, cuando me tuviera más confianza. Podía imaginarme qué le había hecho mi esposo sólo con ver las rojeces de su ano dilatado.


Zinia me puso las botas y observé que el enanito se ponía a temblar. De seguro que ha tenido malas experiencias con sus anteriores amos, me dije al verlo que me miraba las botas con fijación y su cuerpecillo se ponía a temblar.



(Continúa): 

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