A QUIEN LE INTERESE

En este rincón apartado he decidido publicar. La hipocresía que se vive en la página de TR (Todo Relatos) me obligó a abandonarla. Disfruto escribiendo y aún siendo consciente de que mis fantasías son minoritarias me parece injusto que aquellos que me seguían en TR se queden sin poder disfrutar de mis relatos.



No pretendo ser pretencioso. No quiero decir que mis escritos sean buenos, soy consciente de que no es así, pero aún lo soy más de que en este mundo retorcido de nuestras íntimas fantasías muchos buscamos algo que echarnos a los ojos que se acerque a nuestros fetiches, tabúes y quimeras eróticas.



Mi propósito es dejar al lector interesado y que se pueda identificar con mis inofensivos delirios una muestra de mi producción literaria dedicada al mundo de la sumisión, dominación, esclavitud y relaciones de poder. Fabulaciones en suma con las que más de uno sueña en secreto y que yo me dedico a poner negro sobre blanco con mayor o menor acierto.

Como que esta es una página abierta, he creado un grupo de admisión restringida en Yahoo (ver enlace) donde he puesto aquellos relatos que considero más fuertes, no sea que un alma sensible de esas que van por ahí salvando al mundo de la gente mala como yo se topase con uno de esos relatos y le salieran sarpullidos en el hipotálamo.



En este grupo sólo aceptaré miembros bajo petición expresa y siempre que me convenzan de su buena fe. Los relatos están en formato docx. y pueden ser descargados directamente.



Los relatos de ADELA también están en este grupo.



Aquí tenéis un enlace directo al grupo, pero recordad: miembros SOLO bajo admisión.



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domingo, 12 de julio de 2015

ESCLAVO DE CAMILA


Los primeros quince años de mi vida fueron tranquilos y agradables. Vivíamos en Teixeira, al sur del estado de Bahía, mi padre era el dueño de una fábrica de zapatos. Podía considerársenos ricos porque el negocio iba bien. Teníamos sirvientes fieles que hacían nuestra vida agradable y el dinero entraba en casa en abundancia.

Poco antes de cumplir los dieciséis mi padre murió de un accidente al caer de su caballo y partírse el cuello. Mi madre se hundió en una profunda depresión y mi tío Gétulo, hermano de mi padre, se hizo con la fábrica. Yo no había cumplido aún la mayoría de edad. Me faltaban menos de tres años y pensé que al cumplir los dieciocho podría tomar las riendas de mi heredad. Pero mi tío Gétulo era un hombre ambicioso. Pagó al notario y al juez y falsificaron la herencia de manera que cuando me apresté a reclamarla se me dijo que nada había heredado. Mi padre se lo había dejado todo a mi tío.

Yo sabía que era mentira y así se lo dije a mi tío que me expulsó de nuestra casa. Mi madre, haciendo gala de una total falta de escrúpulos se convirtió en la esposa de mi tío y yo la odié por eso. Ella me dijo que lo que debía hacer era pedir perdón al tío Gétulo y aceptar las cosas como venían. Pero me negué. Tenía mi orgullo. De esta manera me encontré vagando por todo el estado de Bahía con unas pocas monedas y mi bagaje cultural, pues había recibido una esmerada educación.

Intenté encontrar trabajo en un periódico e incluso como contable, pero no había nada. La grave crisis económica había generado cientos de miles de desempleados que sólo tenían una alternativa: emplearse en condiciones cercanas a la esclavitud en alguna de las muchas plantaciones de cacao que se habían creado en la zona y que regentaban hombres potentados a quienes el alza producida por la conocida como «Fiebre del cacao» había enriquecido hasta límites grotescos.

Di con mis pasos en el puerto de San Jorge des Ilheus, lugar donde se concentraban las mayores fortunas procedentes del cacao. Mi primer empleo no tuvo nada que ver con el cacao pero me sirvió para ser contratado. Nada más llegar a la ciudad me dirigí por casualidad a uno de los muchos clubs privados a los que sólo podían entrar los miembros de la aristocracia cacaotera: los dueños de las plantaciones.

La encargada de personal del club me miró con desprecio y me valoró como si estuviera examinando un cordero o un buey. Cuando me preguntó a qué me había dedicado le expliqué que mi padre tenía una fábrica de zapatos. Ella se rió de mí con una risa fiera. Me sentí profundamente humillado pero el hambre no sabe de orgullos y acepté el único puesto de trabajo que aquella mujer me ofrecía a cambio de comida y techo y como salario las propinas que recibiera de los clientes: «Digamos que tiene que ver con la fábrica de tu padre —volvió a reirse antes de sentenciar con total desdén y desprecio—: limpiabotas».

El único lenguaje con el que se dirigían a mí los clientes era mediante el chasquido de sus dedos. Cuando escuchaba el característico tronar que hacen la fricción de un pulgar con un anular levantaba la cabeza y miraba en la dirección que suponía venía el chasquido hasta localizar una gruesa mano con dedos cargados de anillos que era la responsable de mi llamada y allí me dirigía con mi caja de limpiabotas y la mirada gacha, tal y como me había instruido mi empleadora.

Por regla general el potentado que requería mis servicios se hallaba rodeado de varias putas que le reían sus gracias y bebían champagne francés mientras le mostraban sus tetas que él tocaba sin miramientos. Yo me arrodillaba y él, sin mirarme, levantaba una pierna y esperaba que yo tomara su pie en mis manos para dirigirlo a la peana sobre la que lo apoyaba.

La mayoría de propietarios de las haciendas de cacao habían arrebatado sus tierras a sangre y fuego en la época que se inició la expansión de este producto. Zonas selváticas donde los cacaotales crecían vírgenes fueron prácticamente tomadas por la fuerza de las armas desalojando a los pobres que vivían en ellas, normalmente antiguos esclavos o descendientes de éstos ya que cuando estos hechos tuvieron lugar no hacía más de veinte años que se había abolido la esclavitud.

Incluso entre los usurpadores hubo guerras para arrebatarse tierras fértiles unos a otros. Los plantadores pagaban verdaderos ejércitos de matones con los que intimidaban a los pocos negros que vagaban por las zonas apetecidas hasta echarlos de los lugares en los que llevaban hasta dos décadas viviendo y después usaron estos mismos ejércitos para apropiarse de las tierras de otros «conquistadores» a los que consideraban más débiles.

Nació de la sangre y el terror una nueva aristocracia. Aquellos hombres que ahora poseían las fértiles tierras de Bahía se hacían llamar coroneles, graduación militar que ninguno ostentaba legalmente pero así se les consideraba por el hecho de comandar un verdadero ejército de matones y rufianes.

No tuve que esperar mucho para encontrar trabajo como peón en una de esas plantaciones. No conocía nada del trabajo que debía hacerse en una plantación de cacao pero daba igual, era el único trabajo posible si no quería seguir siendo limpiabotas el resto de mis días. Me pasé casi un mes lustrando botas hasta que un día me atreví a pedirle trabajo al hombre a cuyos pies desarrollaba mi trabajo.

—Dísculpeme coronel — osé hablar al coronel don Melquiades Melo-Antunes de quien sabía era uno de los más ricos hacendados.

El hombre me miró sorprendido. Cómo un miserable limpiabotas osaba hablarle…

—¿Le gusta cómo he dejado sus botas, coronel? — fue lo primero que se me ocurrió para parar el golpe que pensaba que me iba a soltar.

Un día vi a uno de esos engreídos coroneles pegarle una patada a uno de mis compañeros limpiabotas porque el hombre le había pisado una mano al mover el pie y el jodido criado había osado quejarse. Pero sorprendentemente no me golpeó. Se miró las botas y después de un rato me miró a los ojos taladrándome con su dura mirada cargada de desprecio y curiosidad por un ser tan infinitamente inferior como yo que había osado dirigirle la palabra.

—¿Qué te pasa chico? ¿No aprecias tu trabajo? ¿Quieres perderlo?

—Sí señor, lo aprecio, y no, no quiero perderlo, lo que quiero es cambiarlo.

—¿Y para qué quieres cambiar de trabajo?

—Conozco todo sobre el cacao —mentí con naturalidad— y me gustaría trabajar en su hacienda. Necesito ganar dinero.

—Ya tengo capataz.

—Lo imagino. Me conformaría con que me emplease como simple peón. Luego ya será cosa mía y del destino que pueda ascender en la escala social.

No sé cómo fui capaz de soltarle aquel discurso pues en realidad estaba cagado de miedo. El caso es que cuando pensaba que me iban a despedir el hombre lanzó una fuerte risotada, levantó una pierna y me puso su bota en el hombro. Me quedé quieto, inmóvil.

 La matrona que vigilaba el local se acercó corriendo ante el escándalo del coronel. Se llevó una mano a la boca al ver que don Melquiades, espatarrado en el sofá, me tenía una bota sobre el hombro.

—Cúanto le pagáis a los limpiabotas como éste — levantó la bota y me golpeó el hombro al dejarla caer de nuevo para señalarme a mí.

—Nada coronel, comida y techo… se ganan las propinas.

—No me extraña que quiera cambiar de trabajo. En fin muchacho, si trabajas tan bien como lustras las botas te voy a contratar — se rió el coronel mientras besaba a una de las putitas que le reía las gracias al tiempo que se reía de mí.

El coronel Melquiades Melo-Antunes, sin levantar la bota de mi hombro, sacó una tarjeta de su cartera y en ella garabateó el nombre del capataz de su plantación.

—Toma —me dijo arrojándome la tarjeta a la cara— éste es el pago por tu servicio de hoy. Búscate la vida para llegar a Itabuna y pregunta allí por la plantación «Aureliana» todo el mundo la conoce. Dale esta tarjeta a mi capataz. Pago diez reales a la semana. Si mi capataz te considera válido el trabajo es tuyo.

―Gracias don Melquíades, gracias ― le dije emocionado y a despecho de mi dignidad de nacimiento me humllé besándole las botas.






***







«Aureliana» ese era el nombre de la plantación de don Melquiades. Supe que Aureliana era tanto el nombre de su mujer como el de su propia abuela en cuyo honor se bautizó la hacienda con su nombre. Los coroneles ponían a sus plantaciones el nombre de sus esposas, madres, abuelas, tías o hijas, pero siempre un nombre de mujer. La hacienda «Aureliana» se encontraba en Itabuna, a unas treinta millas al oeste de Ilheus.

Como regalo que me hice a mí mismo por el tiempo pasado en aquel club de ociosos señoritos me quedé con los instrumentos del que había sido mi trabajo y los guardé junto a mi escaso equipaje. Cuando el coronel me liberó del peso de su bota le di las gracias profusamente y abandoné el club.

Tenía hambre y unas pocas monedas en el bolsillo de las escasas propinas conseguidas. Cargando con mi maleta empecé a caminar en dirección a Itabuna. Llegué a la pequeña ciudad por la noche y dormí en una cuadra por lo que tuve que pagar medio real, casi toda mi fortuna. A la mañana siguiente empecé por preguntar el camino para ir a la hacienda «Aureliana». Me dijeron que el capataz se encontraba en aquellos momentos en el almacén de doña Régula haciendo acopio de provisiones para la hacienda.

Vi un carro grande en cuyo pescante estaba sentado un negro famélico en actitud de espera. Era un muchacho de unos quince años, flaco, vestido con harapos y descalzo. En el costado del carromato se podía leer el nombre «Aureliana» y me dirijí hacia él.

Cuando le pregunté por el capataz sus ojos se tornaron vidriosos y me pareció percibir un estremecimiento de angustia. Me miró asustado y señaló con el muñón de su brazo extremadamente delgado hacia la puerta del comercio de doña Régula. Entré con la tarjeta en la mano y vi a un hombre blanco, de unos cuarenta años de edad, alto, fuerte, grueso, el rostro moreno por el sol, vestido con ropas que no eran de la calidad de la que lucían los potentados pero desde luego no eran los harapos que había visto en el muchacho manco del carromato. Tenía el sombrero en una mano, un látigo corto en la otra, calzaba altas botas como las que estaba acostumbrado a lustrar y hablaba con tono meloso con quien intuí al instante que debía ser doña Régula, una mujer oronda, mulata clara y de risa fácil, que estaba sentada al otro lado de un largo mostrador de madera.

Esperé a que el hombre terminara de hablar con la mujer. Él se volvió hacia los dos negros que habían estado haciendo viajes hacia el carromato y cargándolo con los sacos, bultos y paquetes que estaban apilados en el suelo.

—¿Habéis acabado ya de cargar el carro, zopencos? — su voz era gruesa y retumbaba en el aire del local. La risa que escapó de doña Régula me hizo estremecer.

—Perdón señor, es usted don Pablo, el capataz de la hacienda «Aureliana» — me atreví a preguntar intentando no mirar a los ojos a aquel hombre alto y fuerte como un caballo de tiro.

—¿Quien quiere saberlo?

Le entregué la tarjeta que me había dado don Melquiades y él la tomó en su manaza. La examinó dándole la vuelta y mirándola de arriba abajo y de lado a lado.

—¿Te la dio el coronel, muchacho?

—Sí don Pablo — musité asustado ante la fuerza que emanaba de aquel hombre que se me antojó un ser cruel y despiadado — me dio trabajo en su hacienda y me dijo que le buscara a usted, que le entregara la tarjeta y así sabría.

Me examinó detenidamente. Sólo le faltó que me levantara los labios para mirarme los dientes y me apretase los biceps, o me hiciera acuclillar para dar un salto y comprobar la potencia de mis piernas. No hacía ni cuarenta años que se había abolido la esclavitud y seguían coexistiendo hábitos de antaño con las nuevas formas de relación.

Supongo que le extrañó que yo fuera blanco. No había muchos blancos trabajando en las plantaciones. Casi todos eran negros y mayoritariamente mulatos. Los blancos, como el caso de don Pablo, eran los encargados o capataces, pero no los peones que hacían el duro trabajo.

Me miró con desdén y se golpeó la caña de las botas con el látigo antes de encasquetarse el sombrero de ala ancha y decirme:

—Ayuda a los negros a cargar el carro.

El negrito manco y don Pablo viajaron en el pescante del carro en tanto que los dos negros y yo mismo lo hicimos caminando. Una milla y media de camino pedregoso hasta que llegamos a una enorme cancela con una doble puerta en cuyo arco, en la parte superior, rezaba un cartel con el nombre de la hacienda: «Aureliana».

El negrito manco se bajó del pescante y con su mano sana y ayudándose del muñón abrió la pesada cancela. Volvió a subirse al carro y cruzaron la frontera. Los dos negros y yo la cruzamos después y ellos, los negros, se ocuparon de cerrar las pesadas puertas.

El ruido metálico al chocar la una contra la otra me produjo una extraña sensación. Era como si tuviera la certeza que ya no podría volver a salir de allí por propia voluntad. Como si en aquel preciso instante comenzara una condena a perpetuidad.

Avanzamos por un camino que parecía un túnel bajo las copas altas de los árboles que bordeaban las orillas del sendero. A lo lejos se vislumbraba la luz del final y como flotando de manera irreal fui percibiendo la forma de la lujosa construcción: la Casa Grande de los amos.

Llegamos al final de ese túnel de densa vegetación que apenas dejaba pasar los rayos de sol. Era Agosto y hacía frío para lo que son estas tierras. Las nubes amenazaban tormenta. Don Pablo, el capataz, miró hacia el cielo y chasqueó la lengua.

—Habrá que recoger el cacao antes de que se ponga a diluviar — le dijo a nadie.

Al llegar frente la Casa Grande de los amos la carreta siguió hacia la derecha por una zona de edificaciones que se prolongaban en una especie de avenida: establos, almacenes, aserraderos, una casita blanca parecida en la forma a la Casa Grande pero de tamaño minúsculo comparada con aquella. En la puerta de la casita blanca vi a una mujer de aspecto severo que sostenía la mano de una negrita que lloraba.

—¡Renata! — gritó don Pablo — manda venir una cuadrilla que se ocupe de las provisiones.

La tal Renata, mujer en la cuarentena, blanca, cabellos negros recogidos en un moño del que escapaban algunos mechones que se movían revoloteando cerca de su rostro severo pero bonito, hizo un gesto de desdén y mostró un látigo corto en la otra mano.

—Tengo trabajo — dijo tirando de la mano de la niña negra que lloraba — doña Angustias quiere que sus órdenes se cumplan al momento, lo sabes.

—Sí lo sé… ¿no puedes encargar a Pura del castigo? — gritó don Pablo molesto porque los amos nuncan pensaban en las necesidades de la plantación, sólo en que la legión de sirvientes y trabajadores cumplieran con sus caprichos.

—No, la señora quiere que sea yo quien lo haga. Le diré a Purita que vaya a avisar a la cuadrilla.

La esposa del capataz entró en la casita tirando con fuerza de la negrita que seguía sollozando y oí cómo gritaba el nombre de su hija con fuerza ¡Purita, Purita!

El carro continuó su camino hasta que el capataz lo detuvo ante la desvencijada puerta de una enorme edificación que lucía un pomposo rótulo en el que se leía la palabra «Almacén». En aquel momento desconocía que aquel anodino edificio tenía la llave de la libertad, una llave que guardaban celosa y profundamente los amos.

Los dos negros y yo mismo, a una orden de don Pablo, nos pusimos a descargar el carro. Un trueno desgarró el ambiente en el momento que una caterva de negros y mulatos desarrapados y famélicos llegaron corriendo de alguna parte y se unieron a nosotros en la labor de descargar el carro. Don Pablo, de pie en el pescante del carromato ladraba sus órdenes con fiereza.

En menos de cinco minutos habíamos trasladado los pesados sacos al interior del almacén y mis dos compañeros junto con los nuevos que habían llegado para descargar partieron corriendo hacia los campos. El negrito manco, al que no había visto mientras descargábamos, llegó tirando de las riendas de un bonito jamelgo que don Pablo montó con agilidad a pesar de su estatura y gordura, y partió al galope tras los negros en dirección a los cacaotales.

Yo me quedé allí, bajo el porche del almacén, guareciéndome de la lluvia sin saber qué hacer cuando miré en dirección a la Casa Grande y allí vi la figura de una mujer. ¿Sería la señora a la que había hecho referencia Renata? Era una mujer mayor, de unos sesenta años. Como Renata, llevaba el cabello negro, beteado de hebras de plata, recogido en un tenso moño. Era un mujer que había sido hermosa, sin duda, pero que la edad había convertido en una matrona gruesa, de rostro saludable, vestida de oscuro con una falda que le llegaba hasta casi los tobillos por la que asomaban unas relucientes botas. Estaba apoyada con sus manos de dedos artríticos y regordetes pero rebosantes de anillos de oro y brillantes y otras piedras preciosas y miraba en dirección a la pequeña casita blanca de donde había escuchado un profundo chillido infantil.

Me volví instintivamente hacia el alarido pero desde donde estaba no podía ver gran cosa. Abandonando la protección del tejadillo y mojándome bajo la lluvia avancé pegado a la pared del almacén hasta darle la vuelta y poder ver la casita blanca. En el jardincito que la rodeaba se encontraba Renata y la negrita que era quien había proferido el terrible alarido que me había helado la sangre.

El brazo de Renata enarbolaba una vara de bambú que subía y bajaba cortando el aire y la carne del culito de la negrita que a cada golpe aumentaba sus bramidos. Miré hacia la veranda donde seguía aferrada con sus agarrotadas manos aquella vieja que me fijé que contemplaba con deleite el castigo que la mujer del capataz infligía a la negrita, castigo que, según había oído en la breve conversación de don Pablo con su esposa, había impuesto la misma mujer que con insano placer lo contemplaba.

No sé cuantos latigazos se llevó la negrita, pero no fueron menos de una docena. Cuando hubo terminado Renata le acarició maternalmente la cabecita mientras le desataba las manitas de las argollas del pilón al que la había inmovilizado con grilletes y la mandó de vuelta con su señora.

—Anda, ve con el ama, y recuerda pedirle perdón si quieres que te cure — oí que la ejecutora del castigo le decía a la niña castigada que seguía llorando a lágrima viva.

Vi a la pequeña correr con el culo al aire mostrando las sangrantes cicatrices del reciente castigo. Corrió la pequeña hasta llegar a los escalones que ascendían a la veranda de la Casa Grande y fue a arrojarse a las piernas de la vieja.

—¿Está bien así doña Angustias? — Renata habló a voz en grito cuando vio que la vieja mujer de la Casa Grande examinaba con atención las heridas del culo de la niña que lloraba abrazada a sus rodillas.

—Sí, perfecto. Venga, pasa adentro, perezosa — le dijo la anciana mujer a la niña y ambas desaparecieron en el interior de la gran casona.

Entonces Renata reparó en mi presencia. Como si la hubiera sorprendido bañándose desnuda se estiró púdicamente la falda que le llegaba hasta las rodillas. Calzaba unas altas botas negras como las que había visto en su marido, pero así cómo las de él brillaban bastante las de ella estaban sucias de barro y polvo.

—¿Tú quien eres? — me preguntó con recelo pues supongo que mi aspecto no es el de un señorito pero tampoco soy negro ni mulato.

—Me llamo Lucas, señora… su esposo, don Pablo, acababa de contratarme pero no me ha dicho qué debo hacer. Se han ido todos mientras yo estaba apilando sacos en el almacén — señalo con el pulgar por encima del hombro hacia donde se encontraba la edificación.

—Bueno, yo te daré trabajo. Vete dentro — señaló su casita blanca — verás un cubo y un estropajo. Limpia el suelo. Quiero ver como brilla. ¿Has entendido?

—Desde luego señora.

No sabía cómo dirigirme a ella pero por la autoridad con que me había hablado me pareció que «Señora» era la manera más apropiada. Ya iría conociendo los entresijos de la vida en la plantación.






***






Ese fue mi primer trabajo: hacer de criada para la señora Renata, la mujer del capataz. Una hora después regresó su esposo, don Pablo, el capataz, el hombre alto y grueso que va siempre mostrando el látigo. Se paró delante de mí. Lo primero que vi fueron sus botas. Ya no relucían como antes y eso me dio una idea para congraciarme con él.

—Disculpe, don Pablo, antes de trabajar para don Melquiades era limpiabotas… si usted quiere podría…

—Sí, perfecto — no me dejó terminar, se encaminó hacia el fondo del salón y tomó asiento en una butaca.

Me levanté y le dije que tenía que ir en busca de mis útiles de trabajo. Regresé al minuto con mi caja de limpiabotas. La verdad es que ese trabajo no se me daba mal.

Todos los potentados a los que les había estado lustrando las botas y los zapatos en el último mes habían quedado, más o menos, satisfechos de mi trabajo.

—Tú no has trabajado en tu vida como peón, ¿verdad muchacho? — afirmó más que preguntó don Pablo mientras colocaba la suela de su bota sobre la peana de mi caja negra.

—Oh, sí… claro que he trabajado…

—Mentiroso… enseñame las manos.

Solté el cepillo que dejé dentro de la caja negra y alargando los brazos se las mostré. Él escupió en el suelo con desprecio.

—¡Limpia eso! — oí la voz de Renata.

—Sí señora — y usando la manga de mi camisola limpié el salivazo que había en el suelo.

—Dentro de una semana tendrás las manos desholladas… qué digo una semana, en dos días… será mejor que te busque una tarea más acorde — me dijo.

—Sí don Pablo… gracias don Pablo — contesté mientras me ponía a sacar lustre a sus botas.

El trabajo que me asignó resultó bastante humillante. Era el encargado de llevar agua a los peones mientras trabajaban en el campo, tenía que ayudar a la señora Renata en las tareas de su casa, limpiaba los barracones de los peones mientras estaban fuera y tenía que limpiar las letrinas donde los peones evacuaban. También tenía que retirar, vaciar y limpiar los orinales de la casita de la señora Renata. Tenía la sensación de que me habían tomado por la chacha de todos.

Los negros y los mulatos se reían de mí al volver con el crepúsculo. Me llamaban la criadita. Por las mañanas me levantaba antes que nadie para calentar agua y preparar achicoria para todos.

Don Pablo, no obstante, me pagaba igual que un peón del nivel más bajo. Con mi primer salario semanal me sentí orgulloso. Era el primer dinero que ganaba: 10 reales.

Era una miseria, vale, pero eran mis dineros. Lo que no sabía era que al segundo siguiente ese dinero iba a volatilizarse, en su totalidad.

—La comida semanal son cinco reales, y tres por la cachaça. Has roto una escoba, lo que significa tres reales. Saldo a favor del amo: un real. Si necesitas dinero para comprar sólo tienes que firmar un vale. Mi mujer lleva las cuentas del almacén. Ella anota todo en su libro.

Me quedé atontado ante aquel juego de prestidigitación. El día de mi primera paga resulta que debía a don Melquiades un real. Don Pablo rugió en una estruendosa carcajada y varios peones negros que se hallaban en el almacén que era donde se nos pagaba, le secundaron.

Entonces me explicó el funcionamiento. El amo pagaba diez reales a la semana, la comida valía cinco, la bebida, en función del consumo, había que pagarla toda, todo lo que rompíamos o echábamos a perder se descontaba de nuestro salario, cualquier artículo del que tuvieramos necesidad veníamos obligados a comprarlo al amo, en el almacén. No era necesario mover dinero, todo se anotaba en un libro de saldos.

Entradas, salidas y saldos. Si las compras y gastos eran superiores a los ingresos por salario el saldo era negativo, deudor para el peón y acreedor para el amo. Purita, la hija de don Pablo me explicó que quien quería abandonar la plantación «Aureliana» primero tenía que saldar la cuenta. ¿Y cómo podía hacerse eso?, pensé yo dando vueltas a la cabeza pensando en el perverso sistema que los patronos habían diseñado para mantener a los negros y pardos en la esclavitud una vez abolida ésta.

Poco a poco fui tomando confianza con los demás peones. Gracias a que sé leer y escribir me gané el respeto de la mayoría. Griseldo, un negro de pocas luces había recibido una carta y nadie se la podía leer. Normalmente cuando recibían carta tenían que esperar a que el amo y su familia se trasladaran a la hacienda para pasar el verano, o para la temporada de caza. Entonces la señora Aureliana, o sus hijas Camila o Engracia, se las leían. A doña Angustias, la madre del amo, no se atrevían a pedirle que les leyera nada, la temían.

—Trae Griseldo, yo te leo — le dije al negro tonto, pero cuando tomé el papel en mis manos se me ocurrió que a pesar de que yo era considerado como el sirviente de los esclavos tenía que aprovecharme de mis armas para dar un salto de calidad en mi posición respecto a mis teóricos iguales.

Griseldo me miraba esperando que empezara a leer, pero yo seguía meditando qué provecho podía sacar de mi pericia intelectual. Nadie, ni siquiera el capataz, eran capaces de leer. Don Pablo, doña Renata y la señorita Purita apenas conocían las letras y algo de números, pero eran incapaces de leer toda una epístola y rechazaban ayudar a los peones que les proponían que les leyeran.

—Parece que es de tu madre, Griseldo — le dije tras leer el primer párrafo que a buen seguro le habría escrito un blanco culto pero pobre por un par de reales.

A Griseldo se le nublaron los ojos. Ansiaba saber qué decía aquella carta y lo noté en su mirada anhelante. Me aproveché, lo reconozco.

—Si quieres que te la lea tienes que chuparme la polla — le dije de manera apacible, como si le estuviera pidiendo a cambio un cigarrillo.

Precisamente tabaco fue lo que me ofreció. Una cajetilla entera, todo un tesoro. En la plantación los cigarrillos funcionaban como medio de pago. Negué con la cabeza sonriendo aunque me agencié uno que me llevé a los labios, a modo de propina. Quería una mamada. Hacía meses que no cataba hembra y andaba necesitado. Griseldo que apenas conservaba dientes me venía como anillo al dedo. Me bajé los pantalones y mostré mi miembro que con la sola perspectiva de la próxima felación comenzó a tomar tamaño.

Estábamos en uno de los barracones. Varias mujeres negras y mulatas se rieron con risa gruesa. Los hombres se pusieron nerviosos. Lucas, el último mono, la criada de los negros humillaba a uno de los suyos. Griseldo era considerado como un ser abyecto pero no dejaba de ser alguien a quien el resto de peones consideraba superior a mí. Los miré a todos desafiante mientras me acomodaba en el duro suelo y apoyaba la espalda en el muro, dispuesto a recibir la boca de Griseldo en homenaje.

Fue una victoria moral que elevó mi autoestima a la par que alivió mi líbido encarcelada. Griseldo accedió. Era un poco limitado mentalmente, retrasadillo. Se arrodilló entre mis piernas y se metió mi pene en la boca. Entre las carcajadas de los otros peones e incluso de las hembras que soltaban comentarios lascivos sobre las notables dimensiones de mi aparato genital, me corrí en la boca del negro.

A la mañana siguiente me levanté antes que nadie para hervir agua para la achicoria. A medida que los peones se fueron levantando noté que ya no me miraban por encima del hombro. La ocurrencia de canjear una mamada a cambio de leer la carta a Griseldo había obrado en mi favor en forma de una cierta admiración general.

Cuando don Pablo se había llevado a los hombres y mujeres a los campos me ocupaba de mis tareas. La señora Renata no solía acompañar nunca a su marido. Por regla general ella y su hija Purita se iban a la Casa Grande después de desayunar, desayuno que yo mismo les preparaba.

La señora Renata, antes de dirigirse hacia la mansión me ponía tareas de hogar, de su hogar. Tenía que hacer la colada, limpiar su baño, fregar los suelos, retirar los orinales, vaciarlos y limpiarlos antes de devolverlos a sus respectivas habitaciones… trabajo de criada. El caso es que no me sentía mal porque por regla general estaba solo, sin nadie que se metiera conmigo.

A veces, desde el jardín de la casita del capataz, mientras ponía la colada a secar o apaleaba los colchones, miraba hacia la Casa Grande. Era un edificio de estilo colonial. Una hacienda construida en tiempos de la esclavitud. El coronel Melquiades Melo-Antunes había incrementado sus tierras ganándolas a los habitantes de la selva a sangre y fuego poco después de la abolición, pero la hacienda principal databa de dos siglos atrás, en pleno auge del sistema esclavista.

La abolición llegó cuando doña Angustias, la madre del coronel, tenía veinte años. Ella nunca había aceptado que los negros dejaran de ser esclavos. A pesar de que toda la familia vivía en una lujosa mansión en San Jorge des Ilheus ella no había querido abandonar la plantación. Decía que los negros requerían la presencia cercana y vigilante de alguno de los amos y por eso se había negado a abandonar la heredad que llevaba el nombre de su madre, «Aureliana», el mismo nombre de su nuera, la esposa del coronel.

Muchas veces la veía pasearse por la amplia veranda. A veces dormitaba en alguna de las numerosas hamacas que colgaban en el porche, o en las cómodas tumbonas hechas de mimbre y forradas con piel de jaguar, de ocelotes y de simios plateados, animales que antaño habitaban en las selvas donde crecía libre y salvaje el cacao. Una de las actividades de mayor prestigio social era la cacería de grandes felinos de los que se codiciaban especialmente sus lujosas pieles.

Siempre iba acompañada de un par de negritas que eran algo así como sus mascotas. A menudo veía a la niña que el primer día que llegué vi cómo doña Renata la azotaba, al parecer por orden del ama.

Doña Angustias en ocasiones se dedicaba a observarme. Imagino que debía chocarle que un blanco joven como yo estuviera como peón, mejor dicho, como mucamo de la familia del capataz pues eso era en lo que día a día me iba convirtiendo.

En las horas que me pasaba en la pequeña casa de doña Renata y mientra ella y su hija Purita se hallaban fiscalizando la organización doméstica de la Casa Grande, yo aprovechaba para chafardear. Recorría las pocas habitaciones de la casa y husmeaba en armarios y cómodas. Me sorprendió descubrir unas bragas de seda en la habitación de la señorita Pura. A mí me tocaba hacer la colada íntima de la familia Mendes y no las había visto antes. Un día en que me hallaba yo oliendo aquellas elegantes bragas fui sorprendido por la señorita Pura.

—¡Vaya, mira tú, el mucamito se dedica a olisquear mis bragas! ¿Puede saberse qué coño estás haciendo oliendo mis bragas? — me gritó exasperada la señorita Pura.

Me puse rojo como la amapola. Escondí las bragas detrás de mí y fui incapaz de dar una contestación. ¿Qué podía decir en mi defensa? Nada, mejor un vergonzoso silencio que una torpe mentira, me dije, y que sea lo que dios quiera.

Purita avanzó despacio hacia mí, haciendo resonar los tacones de sus botas. En la hacienda era el calzado habitual, tanto de hombres como de mujeres, blancos, por supuesto. Los negros iban descalzos, otra más de las reminiscencias de la esclavitud.

Me tendió la mano cuando se detuvo delante de mí y esperó a que le devolviera las bragas que había ocultado a mi espalda.

—¿Te gustan? ¿A que son bonitas? Me las regaló la señorita Camila. Eran suyas. Se las vi en una ocasión y ella vio cómo me las quedaba mirando anonadada. Se las sacó y me las dio. Aún no las he estrenado, así que el olor es de ella — me contó sin mostrarse molesta por haberme pillado en aquella vergonzosa actitud.

—Sí señorita Pura, son bonitas — fue lo único que atiné a contestar bajando la mirada para no encontrarme con sus bonitos ojos negros que se reían de mi azoramiento.

Pura se rió con una risa franca y alegre. Era una muchacha atractiva, de unos dieciocho años, tenía una buena mata de cabello negro azabache y piel morena. Tenía un gran parecido con su madre, doña Renata. Ambas eran de constitución voluptuosa. La madre era una mujer fuerte, podía decirse que guapa aunque siempre tenía una expresión seria, la hija era más femenina y se la veía casi siempre alegre.

—Ellas tienen todo lo que desean, solo tienen que pedírselo a su padre y éste las complace al instante. Yo en cambio todo lo que tengo o me lo han regalado o me lo he ganado, y los regalos suelen ser siempre parte de un pago, me comprendes, ¿no?

Me la quedé mirando sin acabar de saber si la había entendido o no. Ella manoseaba su bonita braga como distraída.

—¿Quiere decir que lo regalado era el pago por algún servicio?

—Chico listo. No deja de ser algo que he tenido que ganarme. Como tú también tienes que ganarte tu mísero salario. No me gusta verte husmeando por mi habitación. Ya que estás aquí, arréglala y límpiala — me dijo arrojándome las bragas a la cara y marchándose mientras lanzaba una cristalina risa que no sé si me hizo estremecer de miedo o de placer.





***




Don Pablo manejaba el látigo para estimular a los peones, pero no como castigo. Según me contó Griseldo los castigos los imponía el amo y cualquiera de las señoras, y eso sucedía cuando la familia venía a pasar una temporada, normalmente el verano o las épocas de caza, a la plantación.

—¿Y doña Angustias? —pregunté yo— ella siempre está aquí. ¿No impone castigos? El  día de mi llegada vi a doña Renata azotar a una negrita y por lo que entendí había sido por orden de la señora Angustias.

—Claro que impone castigos, pero sólo a los domésticos. No suele meterse con los peones. Ella vive aislada en su mundo dentro de la Casa Grande, es una señora auténtica — comentó con adoración Griseldo.

—¿Cuántos años tienes? — le pregunté.

—No lo sé —se encogió de hombros— doce, quince, tal vez diecisiete… no lo sé.

Me lo quedé mirando. Era evidente que sufría una ligera deficiencia mental, pero ni era tan tonto como parecía ni mucho menos mala persona. A veces me daba lástima ver que se sometía a mis deseos cuando le hacía que me la mamase a cambio de leerle las cartas de su madre.

-¿Quieres mucho a tu madre, Griseldo?

—Más que a nada en este mundo, don Lucas. Más que a nada…

Me gustaba que me llamara don Lucas. Era el único, por supuesto. Supongo que si en lugar de hacer de mucama me hubiese estado partiendo el alma cosechando en el campo, con el añadido de ser blanco, todos los peones, que o eran negros o eran mulatos, me habría llamado don Lucas, pero sólo Griseldo me llamaba así, y he de reconocer que me gustaba.

—¿Conoces bien a los amos?

Griseldo asintió con vehemencia y sonrió.

—A veces la señora Angustias pide a doña Renata que lleve a uno de los peones a la Casa Grande para trabajar, sobre todo cuando hay que cargar pesos, o hacer reparaciones. Casi siempre quiere que vaya yo. A mí me gusta mucho porque ese día no tengo que trabajar dejándome las manos cortando las vainas del cacao —me enseñó las palmas de las manos cuarteadas de cientos de pequeños cortes que se hacían con el machete al cortar los granos — y doña Angustias casi siempre me hace un regalo.

—¿Qué clase de regalo?

Griseldo titubeó y vi que se ruborizaba. Se le ponían las orejas como si se le hubieran encendido cuando pasaba vergüenza.

—Dime, hombre… ¿qué regalos?

—Bueno, si está contenta con mi trabajo al final del día me deja que le chupe ahí abajo.

Abrí los ojos como platos. ¿Qué pretendía explicarme el tarado ese? ¿Qué doña Angustias a sus sesenta años se aprovechaba sexualmente de un muchacho retrasado como Griseldo? No quise insistir y viendo que seguía azorado le hice otra pregunta.

—Y al coronel y a su esposa, ¿los conoces?

—Claro que sí… y a las señoritas. Dentro de poco vendrán para pasar el verano en la hacienda. Siempre eligen a uno o dos peones, aunque por regla general hembras, para que ayuden a servir en la Casa Grande. A mí me eligieron el año pasado junto con Basilia. A Basilia la cogen siempre.

—¿Y estuviste todo el tiempo de criado?

—De la mañana a la noche. Es menos cansado y menos peligroso, pero también es duro. A ellos les gusta exigir y humillar.

—¿A ellos?

—A los amos, a don Melquiades, a su mujer, a sus hijas y al señorito Gastón.

—¿Qué quieres decir que les gusta humillar?

—Pues eso. Tratan a los sirvientes peor que a sus perros, es como si pensaran que aún somos sus esclavos. Nos consideran menos que una mierda.

Griseldo se había puesto triste. Pensé que a lo mejor aquello de que era un poco tonto no dejaba de ser una leyenda que él mismo alimentaba para librarse de muchas cosas desagradables, aunque hubiese otras que no podía evitar.

Una tarde don Pablo trajo unas botellas de cachaça a los barracones. Los casados, junto con sus mujeres y sus hijos, también acudieron a la fiesta. Se había vendido el cacao recolectado a cincuenta mil reales la arroba. Todo un record, toda una fortuna para el coronel y su familia. Se habían cosido diez mil sacos con lo que echar cuentas resultaba sencillo, al menos para mí: 500.000.000 de reales. ¡Dios mío, no era capaz de imaginarme dónde metería don Melquiades todo aquel dinero.

—En el banco — me aclaró Purita que junto con don Pablo y doña Renata acudirían aquella noche a la fiesta de los peones.

—Sí claro, supongo que es así… pero es muchísimo dinero — resoplé aún sintiendo ahogo por el espanto no asimilado de la magnitud de la fortuna que le habían proporcionado aquel centenar de negros y mulatos.

—¿Y eso quiere decir que nos va a pagar más? —pregunté casi con miedo a la respuesta de la joven.

Las risotadas de Pura llamaron la atención a los que ya estaban en el barracón dispuestos a celebrar el gran negocio de los amos del que ellos eran los únicos y verdaderos artífices.

—El blanquito quiere saber si el amo os va a aumentar el salario por el hecho de que haya ingresado 500 millones de reales de la cosecha — dijo entre carcajadas mientras se golpeaba los muslos y agitaba la cabeza en un éxtasis de hilaridad.

Todos rieron. Me pregunté de qué coño se reían. Yo sí había contribuido poco pues me dedicaba a limpiar botas, ropa interior y fregar suelos, pero ellos se dejaban la piel, la sangre, la vida en el campo. Me parecía lógico que el amo recompensara un poco a sus peones.

Me di  cuenta de que aquellos hombres, mujeres y niños, seguían teniendo alma de esclavos. Se conformaban con cualquier cosa. Eran felices sin apenas nada.

Purita me contó que al capataz y a su familia el coronel les daría una gratificación.

—Nosotros somos los que hacemos trabajar a estos animales, entre los que tú estás incluido aunque no seas muy productivo que digamos — me dijo con cierto tono de desdén— es lógico que nos recompense.

—Sí, es la lógica del sistema. Supongo que es más fácil pagar a uno que obliga a los demás a trabajar que recompensar a todos los trabajadores, máxime cuando éstos son dóciles y se conforman con poco o nada. Dios mío, quinientos millones de reales. No se me ocurre qué podría hacer con semejante fortuna — comenté anonadado.

Las mujeres habían estado preparando una vaca que doña Angustias había dado para que los peones celebraran el éxito de la cosecha. Aquella misma mañana recibió un telegrama de su hijo, el coronel, en el que le anunciaba los beneficios. Doña Angustias decidió mostrarse generosa con los habitantes de la senzala y autorizó a don Pablo para que se asara una vaca para celebrarlo.

En el mismo telegrama se comunicaba que en menos de una semana llegaría el coronel con su mujer y sus hijas. El señorito vendría más adelante pues había sido invitado por sus futuros suegros a un viaje en su yate.

El olor a la carne asada me abrió el apetito. Mi dieta era como la de la mayoría de los peones. Carne en salazón, pescado en salazón y mijo hervido. Eso era todo. Y encima lo pagábamos a unos precios desorbitados en el almacén del coronel que llevaba la señora Renata.

Me senté en un rincón con un plato que me trajo una niña junto con un vaso de cachaça. Algunos negros trajeron instrumentos, guitarras, bongos, panderetas y hasta una gaita que un mulato aprendió a tocar durante el tiempo que fue criado de un amo descendiente de gallegos. La alegría, junto con la comida, la cachaça y los bailes pronto alcanzaron cotas elevadas.

Yo no podía dejar de pensar en los montones de dinero que toda esa gente le había procurado al coronel y a su familia y todo lo que recibían a cambio era una escuálida vaca a repartir entre un centenar y unas pocas botellas de cachaça que destilaban ellos mismos por lo que al coronel no le costaba ni un real. Qué injusto era el mundo que nos tocaba vivir.

Los niños estaban tan o más contentos que sus padres. En la plantación había al menos una veintena de niños. Los amos, según me había explicado doña Renata en alguna de las raras ocasiones en que se dignaba tener una conversación conmigo, fomentaban que los hombres de su hacienda buscaran pareja y tuvieran hijos.

—Las deudas con el almacén crecen hasta el infinito cuando hay esposa e hijos que mantener — me aclaró con cinismo doña Renata al día siguiente de la fiesta mientras fumaba un cigarrillo sentada en su butaca y yo, de rodillas, frotaba una a una las maderas del suelo.

Yo no respondí, es más, creo que hablaba retóricamente, no necesitaba contrastar con un miserable peón que era tan poca cosa que lo usaban de mucamo, por lo que se limitaba a servirse de mí como público mudo.

—Y después están las preñadas. ¿Te has fijado que siempre hay alguna que otra hembra embarazada o recién parida?

Esta vez levanté los ojos. Ella me miró sonriente al tiempo que con el dedo índice de su mano derecha golpeaba el cigarrillo para arrojar la ceniza que cayó al suelo. Me acerqué de rodillas para hacer desaparecer el residuo que estropeaba mi trabajo.

—Doña Angustias considera que los negros siguen siendo sus esclavos y en la Casa Grande se siguen conservando costumbres y tradiciones de los tiempos no muy lejanos de la esclavitud.

¿A qué costumbres se refería doña Renata que tuvieran que ver con las hembras preñadas o recién paridas? Pero a la señora Renata se le acabaron de golpe las ganas de mostrarse amable y condescendiente con su chacha.

—¡Maldición, me había olvidado! — doña Renata se levantó de un brinco del sillón y arrojó la colilla al suelo. Luego la pisó y salió disparada hacia la cocina.

Retiré la colilla y me puse a frotar con el paño el cerco oscuro que había dejado marcado en la madera.  Escuché el ruido de los tacones de los zapatos de doña Renata que repiqueteaban con nerviosismo. Luego apareció de nuevo en el salón. De la mano llevaba cogida a una negrita que tenía todo el aspecto de haberse despertado en aquel mismo momento.

—¡Corre, lleva a Lolita a la Casa Grande. Es para doña Angustias. Le prometí que se la tendría preparada para después de la siesta! ¡Dios mío, cómo se me ha podido pasar! Si te pregunta porqué has tardado tanto le dices que la pequeña estaba muy sucia. Tendrás que enroscarle a la niña en los pies. Más tarde te explicaré porqué, ahora simplemente haz lo que te ordeno.

Me puse en pie y ella me colocó la manita de la niña entre mis manos mientras me empujaba fuera de su casita al tiempo que me apremiaba a que me diera prisa.

Trastabillé y la pequeña lo hizo conmigo porque iba cogida a mi mano con toda la fuerza de sus manitas. Cuando llegué a la Casa Grande la señorita Pura estaba en el vestíbulo riñendo a una sirvienta. Al verme entrar con la niña dejó a la pobre negra que sollozaba y se encaminó a grandes pasos hasta mí.

—¿Puede saberse dónde te habías metido? Doña Angustias hace como una hora que reclama a su almohada. Corre, está en su alcoba. La segunda de la derecha.

Purita me mostraba el camino con el brazo y el índice extendidos y me miraba con los ojos llameantes.  Yo me quedé quieto, asustado. No sabía de qué iba todo aquello. De repente doña Renata me acababa de meter en un lío. Pura tiró de mí con ambas manos agarrándome por la solapa y me envió escaleras arriba.

Estaba totalmente confuso y aturdido. Pero no que quedaba otra que cumplir con las órdenes recibidas. Llamé con los nudillos a la puerta de caoba y esperé un rato sin que recibiera permiso de pasar o que alguien me abriera la puerta. Cuando estaba por largarme el taconeo de unos pasos precipitados llegaron hasta mí. Me paré. La puerta se abrió. Una mulata de más o menos mi edad me fulminó con la mirada.

—¡Pasa, has hecho esperar mucho a la señora… no te arriendo la ganancia! — la mulata cerró la puerta tras de mi y nos adelantó con su paso vivo.

La mulata era una muchacha preciosa. Increiblemente guapa. Tenía unos ojos verdes de intensa mirada y sus labios, pintados de rojo incitaban a besarlos. Vestía una falda corta e iba desnuda de cintura para arriba. Calzaba unos lustrosos escarpines de tacón de aguja que repiqueteaban de manera hipnótica.

—¿Quién es, Venus?

Era la voz de la señora, de doña Angustias. Una voz áspera que venía de la estancia contigua. Los aposentos del ama eran inmensos, constando de varios salones interconectados. La mulata nos empujó hacia la puerta correcta.

—Es la pequeña perra, mi ama, ahora la traigo — respondió elevando la voz la mulata que se llamaba Venus — ¿Por qué has tardado tanto, estúpido? El ama está muy irritada — me dijo enfadada la mulata bajando la voz.

—He venido cuando se me ha ordenado que lo hiciera. ¿Quién eres tú?

No me respondió. Entramos en la sala que se encontraba en una tenue penumbra. Un diván se encontraba junto a la pared y en él se hallaba recostada la señora Angustias. La mujer que a veces veía en la veranda estaba desnuda. Aparté la vista por respeto y pudor pero alcancé a ver su cuerpo desnudo. Para tener sesenta años me pareció que tenía un cuerpo que aún podía considerarse hermoso aunque algo rellenito. Sus pechos estaban caidos pero eran consistentes. Ella estaba recostada de lado y ofrecía su culo y sus muslos a la vista. Tenía la piel muy blanca. Un poco de celulitis coronaba la zona que unía nalgas y muslos.

—Ahora arrodíllate ante la señora y bésale los pies. No hables si no te pregunta. Limítate a besarle los pies y no dejes de hacerlo hasta que ella te aparte.

No entendía nada pero no supe negarme. Me hallaba como atrapado en una sensación extraña, ambigua. Aquella mujer vivía en un ambiente de cincuenta años atrás, pero su sola presencia, además de voluptuosa, emanaba una autoridad a la que no sabía oponerme, lo mismo me sudecía con la extraña y bella mulata.

Venus me arrebató a la pequeña negrita y me empujó con su mano de uñas lacadas en rojo. Aquella mulata parecía más una señora rica que una sirvienta. No sabía qué pensar de ella, ni de la mujer que esperaba en el diván a que me humillara a sus pies.

Me arrodillé ante el diván. Al levantar la vista me encontré con los pies de doña Angustias. Veía el contorno de sus sonrosadas plantas y acerqué el rostro. Un tenue olor que no me resultó desagradable en absoluto me invadió las fosas nasales. Al contrario, aquel olor ejercía sobre mi voluntad una fuerza que me atraía poderosamente hacia sus pies. Posé mis labios en sus plantas. Eran suaves.

Doña Angustias me presionó el rostro con uno de sus pies, apretando sin hacer excesiva fuerza. La mórbida calidez de sus plantas me envolvió y sin retirarme me apreté contra ellas.

Apenas podía ver nada. Los pies de la señora me cubrían casi todo el rostro. Por encima de sus dedos atisbé su cara. Ella estaba recostada de lado y se sostenía sobre un codo, la cara apoyada en la palma de su mano. Tenía el cabello suelto. Era largo y grisáceo. Siempre la había visto vestida de negro y con el cabello recogido en un terso moño. Ahora tenía la impresión de hallarme ante una diosa de la antigüedad, una diosa vieja pero lasciva. Ella jugueteó con mi rostro presionando con sus pies sobre mi cara hasta que me apartó con fuerza y caí al suelo.

—¿La negrita está bastante caliente, Venus?

La mulata palpó el vientre desnudo de la niña y negó.

—Creo que se ha enfriado un poco.

—Que se encargue el muchacho — ordenó doña Angustias.

Venus cogió a la niña de la mano. Tiró de ella con fuerza y la obligó a estirarse en el suelo.

—Quieta ahí, Lolita — dijo Venus que se acercó a mí, se agachó se descazló uno de sus bonitos zapatos de tacón y me lo tendió.

Miré a la mulata desconcertado. ¿Qué tenía que hacer con aquel zapato? ¿Tenía que limpiarlo? Eso fue lo que le pregunté.

—No, es para que le pegues a Lolita en el vientre… con la suela. Tienes que calentarla para poder enroscarla después a los pies de la señora.

Me quedé con el zapato de tacón en la mano. Miraba alternativamente a Lolita que permanecía quieta en el suelo, como una muerta, y después dirigía mi mirada a la señora que seguía recostada en el diván, esperando que actuara.

—¿Quieres acabar siendo azotado en el cepo? — me preguntó Venus impaciente mientras apoyaba el pie descalzo sobre el otro zapato — ¡Venga, empieza!

Recuerdo que yo me encontraba como abducido. No entendía nada pero me resultaba imposible no obedecer a la mulata. Me acerqué a Lolita y empecé a sacudirle golpes con la suela del zapato de la mulata en el vientre. La chiquilla gritaba pero no intentaba evitar los golpes. No sé cuantos le di, tal vez seis, quizá fueran veinte, no lo sé.

—Suficiente — la voz de doña Angustias hizo que me detuviera.

—Ahora ponme el zapato y luego coge a la negrita y enróscala en los pies de doña Angustias — de nuevo la voz de Venus.

Obedecí como un autómata. Noté el calor que subía de la barriguita de la niña. Los golpes con la suela del zapato habían calentado su piel. Calcé a la mulata casi con miedo. Me temblaban las manos. Después cogí a la niña que sollozaba en brazos. Era muy pequeña y pesaba poco. La coloqué en el extremo del diván y la apreté contra los pies de doña Angustias. La mujer compuso una expresión placentera en su rostro. Yo miraba aquello totalmente anonadado.

—Puedes irte — la orden de Venus me volvió a la realidad. La miré, miré el cuadro que componía doña Angustias con la pequeña negra dando calor a sus pies y luego me di la vuelta.

La mulata me acompañó. No pude evitar mirar hacia donde venía el ruido de los tacones. Se me hacía extraño ver a una mulata tan bien vestida y calzando unos zapatos propios de las señoritas blancas y ricas.

—¿Qué miras, estúpido? ¡Largo de aquí! — me escupió mientras abría la puerta.

Salí de allí aturdido. Me giré justo para ver cómo cerraba la puerta y volví a escuchar el hipnótico taconeo de sus pasos alejándose.






***





Estuve varios días pensando en lo que había vivido y había visto. Me repugnaba recordar cómo había cedido sin oponer resistencia ante el capricho de aquella mujer y había pegado una paliza a la negrita empleando el zapato de la enigmática mulata.

Recuerdo que tanto la señora como Venus contemplaron sin inmutarse cómo pegaba a la niña. Miraban sin el menor atisbo de compasión, pero tampoco había emoción en sus miradas. Las dos miraban como si estuvieran presenciando algo normal, habitual.

También estuve intentando encontrar respuesta a mi reacción, o a mis sentimientos, lo que sentí cuando tuve que besar los pies de doña Angustias. Me recordó el tiempo que pasé de limpiabotas, o cuando el capataz o su mujer me hacían limpiarles los zapatos. Sentía un extraño placer al ver y oler el cuero brillante, y el olor a betún.

La vez que don Melquiades me puso la bota en el hombro, lejos de molestarme o humillarme, experimenté una sensación de inquietud en el bajo vientre. Como si hubiera algo de lo que debía avergonzarme y sin embargo me produjera cierto placer. Al besar los pies de la vieja dama me sentí igual. Una turbación vergonzosa. Mi pene había reaccionado ante el olor de los pies de doña Angustias, ante la sensación de sometimiento que experimenté al verme arrodillado para besarle los pies.

No quise pensar más o me volvería loco. Una mañana que Purita estaba de buen humor se sentó en la butaca de su padre mientras yo sacaba brillo al suelo de madera. Ella tenía ganas de hablar y aproveché su buen humor para conseguir alguna información que me interesaba.

—¡Qué…! ¿Te pegó la vieja el otro día cuando le llevaste a su perrita?

—No. No me pegó, señorita Pura. Pero tuve que pegarle a Lolita. Fue horrible.

—¿Hizo que le pegaras con un zapato en el vientre?

—Sí… ¿cómo lo sabe?

—¡Bah, siempre es igual…! ¿Se la llevaste fría, no?

Levanté la cara para mirarla. Era atractiva. La comparé con Venus y salió perdiendo, pero Purita tenía sus encantos. No entendí a qué se refería.

—Sí hombre… que el cuerpo de la perrita no tenía la temperatura que le gusta a la señora…

—Eso es. Exactamente. Venus me dijo que le pegase con la suela de su zapato. Tuve que descalzarla… luego le pegué en el vientre. Fue espantoso. Cómo chillaba y cómo lloraba la niña.

—Y luego tuviste que enroscar a la perrita en los pies de la vieja… ¿verdad?

—Efectivamente.

—Acércame una banqueta para que apoye los pies — me ordenó con gesto indolente.

Obedecí. Dejé de frotar el suelo y cogí un escabel de los varios que había diseminados por el salón y se lo acerqué. Ella estiró las piernas hasta que apoyó los pies. Llevaba unos zapatos de tacón parecidos a los de Venus, en los que me había fijado porque la había tenido que descalzar y porque con ellos puestos se estilizaba mucho más la noble figura de la mulata.

—Lolita es su perrita. ¿Sabes la historia de los perros mejicanos, una leyenda sobre perros sin pelo que se decía que absorbían los dolores, o mejor dicho, las dolencias de los humanos? — negué con la cabeza — durante la época de la esclavitud esta creencia estúpida se encontraba muy extendida entre los ricos hacendados. En otras partes las mujeres ricas e histéricas van a tomar baños de barro a lujosos balnearios, aquí estaban firmemente convencidos de la bondad de la teoría de los perros sin pelo. Se apoyaban los pies descalzos sobre el cuerpo desnudo de uno de esos perros y la dolencia abandonaba el cuerpo de la mujer y pasaba a la del perro.

»Los plantadores que tenían numerosos esclavos y no tenían perros mejicanos decidieron que a falta de perros buenos eran los esclavos. Los esclavos eran considerados meras propiedades, ni siquiera les daban categoría de seres humanos. En su escala de valores los esclavos se encontraban por debajo de los perros. Además, los negros, como bien sabes, no tienen vello en su cuerpo. Algún avispado hizo la relación perro igual esclavo y ante la ausencia de vello corporal la ecuación terminó por resolverse: perro mejicano igual a esclavo negro.

Había dejado de frotar el suelo escuchando embelesado la disertación de Purita. Parecía una maestra dando una explicación a su alumno. Ella debió pensar algo parecido porque de repente se calló y lanzó una de sus carcajadas contagiosas. Luego volvió a adquirir la pose de solemnidad y prosiguió.

—No sé muy bien cuando surgió esa leyenda entre los propietarios de esclavos pero si la esclavitud permaneció en vigor durante casi cuatrocientos años, puedes imaginarte que prácticamente nació con ella. En la historia de la esclavitud en este país cada mujer blanca y rica incluidas sus hijas, ha tenido su esclavo perro. En las haciendas había tantos niños negros como señoras y señoritas había en la Casa Grande cuya única misión en la vida era aliviar las dolencias de sus amas recibiendo en sus cuerpos las enfermedades que éstas les transmitían a través de sus pies.

»Las mujeres ricas siempre tenían dolencias. Especialmente enfermaban de los nervios. Muchas decían que la estulticia, la estupidez de sus esclavos las ponían tan nerviosas que enfermaban. El esclavo perro siempre debía estar a mano por si la señora le necesitaba para curar sus dolencias. Sabes, los negros, que no son idiotas, se dieron cuenta de que era preciso seguir la corriente a sus amos y a sus histéricas amas. Cuando la señora en cuestión retiraba los pies de su esclavo éste se levantaba y cojeaba, como si estuviera baldado, como si la dolencia de la señora le hubiera traspasado a su cuerpo a través de las plantas de sus pies. Esta comedia agradaba sumamente a las señoras que solían preguntar a esos niños que recibían sus humores insanos si les dolía muy fuerte, a lo que solían quejarse, gemir y lamentarse de su desgracia.

»Como sabrás doña Angustias disfrutó de la esclavitud de los negros hasta que tuvo veinte años. No obstante, para ella la esclavitud nunca ha sido abolida y sigue comportándose con los negros como si todavía fuesen esclavos. Y lo gracioso de todo es que casi tiene razón. Los negros no son más libres que cuando eran esclavos, en cualquier caso sólo son libres para morirse de hambre. Los hacendados de ahora saben eso y con el sistema imperante que obliga a los negros peones a adquirir todo lo que compren al almacén del amo también saben que ahora tienen a los negros más atrapados que antes, cuando la relación era de amo a esclavo.

»Durante la esclavitud el amo se encargaba de mantener al esclavo, a cambio de su obediencia absoluta el amo lo alimentaba, mal pero lo alimentaba, lo vestía, mal pero lo vestía, le daba un techo, mal pero se lo proporcionaba, y si caía enfermo procuraba mantenerlo con vida. Ahora, haciendo lo mismo y viviendo de manera muy parecida, el negro encima tiene que pagar por lo que antes el amo le proporcionaba gratis.

—Supongo que es una paradoja que se produce porque la libertad no la ganaron los esclavos sino que fueron los amos quienes, presionados por cuestiones económicas, se la concedieron, pero evidentemente con sus condiciones — me atreví a formular —los negros aún tienen que recorrer un largo camino para obtener la verdadera libertad.

—Para la familia Melo-Antunes tú eres tan esclavo como los negros. El mundo se divide entre ricos y pobres. En medio estamos los que nos ponemos al servicio de los ricos para hacerles el trabajo sucio. Ahora sigue frotando el suelo. A mamá le gusta que brille.

—Sí señorita Pura — contesté bajando la cabeza y prosiguiendo mi servicial tarea.

Cuando terminé intenté averiguar más cosas. Tenía que aprovechar que la señorita Pura parecía estar de buen humor.

—¿Quiere que le limpie los zapatos, señorita Pura? — me ofrecí.

Ella se los miró y dudó. Sus escarpines brillaban porque yo mismo se los había lustrado la noche anterior. Finalmente dio su consentimiento. Se los saqué y me puse a abrillantarlos, sentado en el suelo, a sus pies. Tenía unos pies bonitos y recordé el día que besé los de doña Angustias. Ahora, ante la visión de las plantas de los pies de Purita directamente experimenté una erección que rápidamente procuré esconder cerrando los muslos cuanto pude.

—Sus zapatos son como los que llevaba el otro día Venus — dije para introducir a la mulata, de la que quería obtener información, en la conversación que pretendía iniciar.

—Venus es una puta… no, una mala puta — se corrigió Purita.

Ella se rió al ver mi expresión desconcertada. No tuve que preguntar el motivo, Purita parecía deseosa de difamar a la mulata, aunque sólo fuese ante un miserable peón blanco.

—Venus es hija del amo, de don Melquiades, que tuvo con una mulata. Es lo que en términos de raza se conoce como una cuarterona. La señora Aureliana, la esposa del amo,  mató a la madre después de que diera a luz. Perla se llamaba la mulata en la que el amo Melquiades engendró su semilla. Doña Angustias entendió que su nuera quisiera morirse cuando al poco de casarse nació Venus y la imbécil de Perla fue a presentar la pequeña recién nacida a la nueva señora de la hacienda. Perla se pavoneaba, se ufanaba. Doña Aureliana tenía ganas de llorar. Con qué desfachatez aquella estúpida negra venía a alardear de su odioso bebé.

»El amo Melquiades estaba orgulloso. Todos los hombres sois iguales — dijo Purita con desdén — a él le caía la baba al saber que la bastardilla era suya, una muesca más en su polla. Su esposa, doña Aureliana, que procedía de familia de ricos hacendados, se sintió humillada y doña Angustias la llamó a su lado. Después de la conversación doña Aureliana parecía otra. Perla vivió un año, el tiempo que doña Angustias le dio para que amamantara a la pequeña Venus. Luego un día su cuerpo amaneció tirado en una cuneta. Tenía el cuello roto. No hubo investigación, se dijo que había intentado fugarse en la noche, se había tropezado y roto el cuello al caer. Caso cerrado.

—¿Y la pequeña? ¿Qué fue de ella? — pregunté cautivado por la historia.

—La adoptó doña Angustias. A la niña aún le faltaba un año de mamar y la señora le puso una nodriza. En la época de la esclavitud las damas ricas tomaban leche materna del pecho de sus esclavas, decían que las protegía de enfermedades propias de los negros. Doña Angustias aprovechó a la negra que escogió, que acababa de ser madre, para que alimentara  a Venus, a ella misma y si le sobraba algo para el propio hijo de la nodriza

—¿Cómo dice? ¿Tomaban leche de los pechos de las esclavas? — pregunté incrédulo.

Pura sonrió. Ella conocía muchas historias de la época de la esclavitud y le gustaba saber más cosas que un muchacho culto como yo.

—Tomaban… y toman. Fíjate que en la Casa Grande siempre hay hembras con niños de pecho. Ya lo verás… bueno, el caso es que doña Angustias crió a la mulatilla Venus casi como si fuera su hija. Nadie sabe porqué lo hizo. El caso es que Venus se convirtió en la protegida de la gran señora. Eso trajo muchos conflictos con doña Aureliana y con sus hijas, las señoritas Camila y Engracia. Pero Venus hace lo que sea para complacer a su ama, doña Angustias, con quien mantiene una más que turbia relación. No se sabe si es una relación de madre e hija, de ama y esclava o sencillamente de dos amantes. Tal vez sean las tres cosas simultáneamente.

»La señora Aureliana y sus hijas odian a Venus, pero no pueden hacerle nada porque es la protegida de la señora Angustias. Ahora Venus debe tener veinte años. No me extrañaría nada que el amo Melquíades decidiera un día de estos hacerle un bebé.

—¡Pero si es su hija! — exclamé desconcertado.

—¿Y? ¿Te crees que eso les importa algo a los amos? En la época de la esclavitud por regla general una tercera parte de los niños de una plantación tenían por padre al amo de la hacienda. ¿Crees tú que eso hacía que la esclavitud de esos niños fuera más llevadera? No. Rotúndamente no. Los amos gozaban de sus esclavas y por ende contribuían a aumentar su propiedad esclava.

»Había muchos amos que incluso tenían como criados domésticos personales a algunos de sus propios hijos bastardos y no se libraban del látigo si no satisfacían a su amo. Las esposas de los hacendados toleraban aquella práctica lasciva porque al fin y a la postre aumentaba su patrimonio, pero siempre que tenían ocasión descargaban sus frustraciones con los pequeños bastardos haciendo que fueran castigados por tonterías y normalmente de manera bastante cruel.

—¿Puedo saber cómo siendo usted una muchacha tan joven sabe tanto de estos temas? — intenté halagarla pues como política para sobrevivir era mucho mejor que no tener en contra a los que podían hacerle a uno la vida imposible.

—Tan joven y tan tonta… puedes decirlo… no me ofende. No he tenido estudios, pero sé mucho de la vida. Todas esas cosas me las contaba doña Angustias cuando era pequeña. Yo me pasaba muchas horas jugando con las señoritas y cuando la señora nos reunía a todas a la hora de la merienda le gustaba contarnos historias que ella conocía de la época de la esclavitud. Creo que es por eso que las señoritas sienten tanta añoranza de una época que no han podido disfrutar y que les hubiera encantado vivirla con todos sus privilegios.

La señorita Pura se marchó y yo me quedé sacando brillo a los suelos de su casita.





***




Llegó el mes de diciembre. Para la Navidad empezaba el período del verano austral, la temporada de caza y las estancias de los ricos en sus haciendas. Don Pablo y doña Renata pusieron a todos los domésticos a limpiar la Casa Grande para que estuviera al gusto de la señora y sus hijas, quienes eran muy quisquillosas.

Reclutaron a un montón de hembras que normalmente trabajaban en los cacaotales para que ayudaran a limpiar. El trabajo era ingente. Todo, desde el dorado más ínfimo hasta el trapo de cocina más humilde debía ser o abrillantado, o lavado y luego planchado, pasando por cortinas, sofás, camas, cristalerías, cuberterías, ventanas, suelos, orinales… todo tenía que relucir y lucir limpio y brillante.

Tres días antes de Navidad llegaron los señores. El chófer los llevaba hasta Itabuna, los equipajes seguían en un autocar de linea, descargado por una docena de negros de la plantación bajo la estricta vigilancia de don Pablo y trasladado a dos carretas. Los señores y sus hijas gustaban de hacer su llegada a la plantación montados a caballo.

Era media tarde y doña Renata me dio permiso para salir al jardín a ver la llegada de los amos y sus hijas. A ambos lados de las escaleras de entrada de la puerta principal se ponían en fila los domésticos de la casa, unos veinte entre hembras y niños así como un par de hombres. Todos mirando al suelo, con las manos cruzadas delante del mandil y el cuerpo recto como si llevaran una escoba a la espalda.

Doña Angustias apareció en la veranda para recibir a su familia. Lucía un vestido azul oscuro, casi negro, de una sola pieza, como si fuera una túnica, y el tejido era brillante. Según le diera el sol los reflejos se desplazaban formando aguas. Le llegaba hasta mitad de las pantorrillas y calzaba unos zapatos clásicos de salón, de tacón afilado pero no muy alto. No llevaba medias y la piel de sus piernas se veía muy blancas. Lolita, la niña a la que tuve que golpear en el vientre para que su cuerpo tomara calor permanecía a su lado quieta, como un perrito.

—Ahí llega la familia real — me susurró Pura que había llegado a mi lado.

En el patio acababa de hacer entrada el amo. Montaba un bayo zaino de bella estampa. Media cabeza más atrás iba la señora, doña Aureliana. Era una mujer gruesa, yo diría que más gruesa que su esposo. El caballo que montaba daba la impresión que se iba a hundir bajo su peso. Vestía un elegante traje de amazona en el que destacaban unas altas y brillantes botas de montar armadas de afiladas espuelas que refulgían cuando les daba el sol. La mujer parecía satisfecha de sí misma. Era como si una reina llegara a sus posesiones. Miraba con orgullo.

Las señoritas Camila y Engracia cerraban la comitiva. Eran jóvenes y muy guapas. Al igual que su madre vestían elegantes trajes de amazona y calzaban altas y relucientes botas. Parecían aburridas. Miraban hacia todos lados con desdén aristocrático. Los peones de la hacienda, hombres, mujeres y niños se habían reunido ante el patio para ver la llegada de los amos. Las dos señoritas miraban con desdén los rostros oscuros y admirados de los peones. Las evalué en un momento: ricas, mimadas y caprichosas, la mayor, Camila de unos veinte años, y Engracia, la pequeña de unos dieciséis o diecisiete.

Cuatro mozos acudieron raudos para ayudar a desmontar al amo y a las señoras. Don Pablo, doña Renata y la señorita Pura, en calidad de capataces fueron a presentar sus respetos a los propietarios.

—Amo, ama… — dijo en actitud extremadamente servil don Pablo — mientras ayudaba a desmontar al señor Melquíades.

—Aquí estamos de nuevo, Pablo, qué, ¿cómo va todo? ¿la cosecha?

—Excelente, amo. Excelente. De primera. Diez mil sacos, amo.

—Fantástico. El precio del cacao está este año en cincuenta mil reales. Eso hacen… vamos a ver… vamos a ver… — don Melquíades simuló contar, como si no supiera ya lo que había ingresado, pero le gustaba darse importancia — sí, unos quinientos millones de reales…

—Eso es amo… una fortuna, amo.

A don Melquíades le gustaba representar aquella farsa delante de los negros, comportarse como si desconociera el total de la producción. Le producía un placer especial decir en voz alta la cantidad de dinero que él y su familia habían ganado sin mover un músculo, todo gracias al trabajo deslomante de sus peones.

—¿Has oído Aureliana? Quinientos millones más… jejejeje… bueno, bueno… por Navidad seguro que el ama dispone que se os dé una pequeña gratificación… ¿verdad amorcito?

Don Melquíades no escatimaba a su oronda esposa ridículos requiebros y otras cursiladas.

—No sé, no sé… ya veremos… — contestó la señora mientras Renata la ayudaba a desmontar.

Pura se dirigió hacia las señoritas para ofrecer su ayuda. Engracia desmontó por sí misma pero Camila esperó que Pura, con quien había compartido infancia, se humillara ayudándola en un acto que todos sabían que no precisaba la menor ayuda, pues era una joven esbelta y atlética.

—Señorita Camila — susurró Pura inclinando la cabeza.

Camila ni la miró. Le tendió la mano que Pura besó servilmente y luego dejó caer las riendas para que la empleada se hiciera cargo de su jamelgo. Camila avanzó hacia donde estaba su padre.

Yo miraba, mejor dicho, admiraba la nada sutil manera de los amos de hacer notar su presencia a negros y sirvientes, pues a pesar de su posición de privilegio del capataz y su familia, en presencia de los verdaderos amos adoptaban una sumisión servilmente abyecta.

La señora Aureliana estaba de evidente mal humor. Al poner pie a tierra trastabilló y se tuvo que agarrar a Renata que la asió con fuerza. A la oronda señora le debió parecer ridícula su postura y sin venir a cuento estampó una tremenda bofetada a una niñita negra que había sido la elegida por los peones de la hacienda para hacer entrega de un bonito ramo de flores de bienvenida.

―¡Aureliana! ― exclamó el amo sorprendido por la reacción de su esposa.

―¡Esta niña… por poco me hace caer! ― respondió la señora de la casa en busca de una excusa que sonó poco convincente.

―Le traía un bonito ramo de flores, madre ― terció la señorita Camila sorprendida por la brutal e ilógica reacción de su madre.

Doña Aureliana se atusó el cabello y se estiró la falda para acomodar un poco su elegante traje de amazona que a ella, por su volumen no le quedaba tan bien como a sus esbeltas hijas.

―¡Ay, hija, lo siento… ya sabes cómo me incomodan estos niños de los peones… levanta pequeña, a ver, déjame ver las flores! ― doña Aureliana se mostró ahora más amable aunque se notaba claramente que no lo hacía de corazón sino para mostrar una cara más amable ante los abatidos rostros de los peones que habían presenciado desconcertados la brusca reacción del ama.

La niña, con la mejilla marcada por la bofetada de la mano de la señora se levantó temblando de miedo y le acercó temerosa el pequeño ramo que las mujeres habían cogido y compuesto aquella misma mañana para agradar a la señora.

Doña Aureliana cogió el ramo de la niña, se lo acercó a la nariz y sin mirarla se lo pasó a Renata para que se ocupara de él. Luego ofreció su regordeta mano cargada de anillos de oro y brillantes a la pequeña para que la besara. La niña se arrodilló y besó con fervor la mano que momentos antes la había golpeado.

Más adelante, cuando los amos se hubieran bañado y quitado el cansancio del viaje, por la tarde, después de la comida, la señora y sus hijas irían al poblado de los peones para representar la puesta en escena de su autoridad. Me contó Purita que era tradición que la señora y sus hijas, al inicio de cada temporada, hicieran una especie de recorrido para recibir la veneración de las hembras y los niños, una especie de ceremonia de besamanos donde las señoras daban caramelos a los niños y repartían algunas prebendas entre las mujeres que a juicio de Renata, que las acompañaba, habían merecido el reconocimiento de los amos por su abnegación en el trabajo.

―Renata, que me preparen el baño inmediatamente ― ordenó doña Aureliana echando a andar hacia la veranda donde la esperaba su suegra.

Renata murmuró afirmativamente y dio un par de órdenes. De inmediato las dos hileras de veinte sirvientes que seguían formados al pie de la escalinata se dispersaron corriendo. Media docena de mujeres salieron con cubos para cargar agua. Otras alimentaron el fuego de las cocinas donde pondrían a calentar el agua.

Se me antojó exagerada la cantidad de agua que las criadas ponían a calentar y fue Basilia, la mulata que cuando los amos se hallaban en la plantación solía ser reclamada para que asistiera en la casa como doméstica quien me lo aclaró.

―Las señoritas también querrán tomar su baño, por eso van a preparar agua caliente para llenar tres bañeras.

Doña Angustias recibió a su hijo en la veranda. Don Melquíades besó respetuosamente la mano a su madre. Luego las señoritas saludaron a su abuela. Ésta, después que las niñas le mostraran debidamente sus respetos besando su mano, las besó ella misma en ambas mejillas. Finalmente doña Angustias recibió el homenaje de respeto de su nuera, doña Aureliana.

A la vieja señora de la heredad se la veía feliz por tener de nuevo a su familia en la hacienda. Ella no entendía por qué sólo pasaban un par de temporadas al año en la plantación, pero el caso es que las mujeres Melo-Antunes se sentían más a gusto en la ciudad. No obstante para todas ellas las temporadas que pasaban en la gran finca de cacao tenían otros alicientes, el principal era poder ir a cazar, montar a caballo y sentirse como pequeñas diosas servidas por numerosos sirvientes.

Quien peor llevaba la llegada de los amos era Venus, la impactante mulata protegida de doña Angustias que se mantuvo en un discreto segundo plano. La presencia de las señoras la sacaba de la Casa Grande. Doña Aureliana no quería ni verla en la casa y doña Angustias tenía para con su nuera esa pequeña deferencia: enviaba a Venus a trabajar a los cacaotales, aunque lo cierto es que la joven se pasaba toda la temporada de verano sin dar un palo al agua.

Venus salió de la Casa Grande al tiempo que las señoras entraban en ella. Dos criadas fueron con la mulata. La muchacha se instalaría con ellas en una cabaña del poblado acondicionada especialmente para que disfrutara de un mínimo de comodidades.

Doña Aureliana mandó llamar a la mulata Basilia para que se incorporara al servicio de la Casa Grande. Renata se lo comunicó.

―Basilia, recoge tus cosas. Te vas a servir a la Casa Grande.

Basilia me guiñó un ojo. A la mulata le gustaba más estar al servicio de las señoras que dejándose las manos en la recolección y el mantenimiento de los cacaotales.

―¡Basilia para mí! ― dijo la señorita Engracia con su voz atiplada.

―¡Ni hablar! ― replicó enfadada su hermana ― ¡Mírala ella, qué lista, te vas a quedar con la menos torpe, sí hombre…! ¡Mamá, yo soy la mayor, me toca a mí poder elegir criada! ― intentó la señorita Camila imponer su mayoría de edad.

―Ni para una ni para otra. Basilia me atenderá a mí. Luego os vais con vuestro padre y escogéis una para cada una… vamos Basilia, tienes que bañarme ― la señora Aureliana hizo una seña a la mulata que aguardaba con la mirada gacha que las señoras terminaran de disputársela.




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