A QUIEN LE INTERESE

En este rincón apartado he decidido publicar. La hipocresía que se vive en la página de TR (Todo Relatos) me obligó a abandonarla. Disfruto escribiendo y aún siendo consciente de que mis fantasías son minoritarias me parece injusto que aquellos que me seguían en TR se queden sin poder disfrutar de mis relatos.



No pretendo ser pretencioso. No quiero decir que mis escritos sean buenos, soy consciente de que no es así, pero aún lo soy más de que en este mundo retorcido de nuestras íntimas fantasías muchos buscamos algo que echarnos a los ojos que se acerque a nuestros fetiches, tabúes y quimeras eróticas.



Mi propósito es dejar al lector interesado y que se pueda identificar con mis inofensivos delirios una muestra de mi producción literaria dedicada al mundo de la sumisión, dominación, esclavitud y relaciones de poder. Fabulaciones en suma con las que más de uno sueña en secreto y que yo me dedico a poner negro sobre blanco con mayor o menor acierto.

Como que esta es una página abierta, he creado un grupo de admisión restringida en Yahoo (ver enlace) donde he puesto aquellos relatos que considero más fuertes, no sea que un alma sensible de esas que van por ahí salvando al mundo de la gente mala como yo se topase con uno de esos relatos y le salieran sarpullidos en el hipotálamo.



En este grupo sólo aceptaré miembros bajo petición expresa y siempre que me convenzan de su buena fe. Los relatos están en formato docx. y pueden ser descargados directamente.



Los relatos de ADELA también están en este grupo.



Aquí tenéis un enlace directo al grupo, pero recordad: miembros SOLO bajo admisión.



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domingo, 3 de julio de 2016

NIÑAS

Leoncio Gamboa Araujo y Valentín Meneses O'Hara avanzaban a caballo por el polvoriento camino que llevaba a la hacienda El Bajío, situado en la provincia de Artemisa. Habían sido invitados por los de Alquiza y Roncal a pasar la semana previa de las navidades en la hacienda cafetal orgullo de la familia Alquiza.

—¡Negro guardiero… negro guardiero… me cago en tus muelas, hijo de la gran puta, voy a dar parte a tu dueña para que te apalee el lomo, vago, holgazán! — gritó desaforado el niño Leoncio cuando transcurrido menos de un minuto ningún esclavo vino a abrir la talabarda que daba acceso a la coqueta propiedad de los Alquiza de Roncal.

—Calma Leoncio, que no son tus negros — le reprendió su amigo.

El niño Leoncio soltó un bufido. Tenía razón su amigo del alma, pero a él le sublevaba que los esclavos no actuaran prestos para satisfacer sus deseos o necesidades, fueran los negros propios o ajenos.

Poco después de una cabaña o bohío cercano emergió un negro reseco de carnes que andaba arrastrando una pierna a la que faltaba un pie. En la otra pierna una cadena gruesa de hierro grillada al tobillo arrastraba una muy pesada bola del mismo metal que debía rozar las 50 arrobas como mínimo, señal de que en sus tiempos fue cimarrón.

—Ahí viene el perro guardián — se rió el señorito Leoncio de la cómica y triste figura que avanzaba renqueante y temeroso a abrir la pesada cancela.

—Buenos días tengan los amitos — dijo el negro y a la que habló los dos jóvenes criollos pudieron ver que le faltaban todos los dientes.

Con manos temblorosas el negro desprendió la cadena que cerraba la cancela y la empujó con exasperante lentitud. Esta vez Leoncio reprimió su ira pues se conocía que en las condiciones que se hallaba el negro guardiero le resultaba muy difícil practicar la diligencia.

No obstante no se privó el altivo señorito de amenazar al pobre esclavo.

—¡Acércate, perro! — casi le ladró desde lo alto de su montura.

El viejo arrastró su pierna coja y su bola de peso con penalidad y abrazó la bota del niño Leoncio que el flanco derecho del caballo le presentaba en el estribo y la besó con sometimiento y temor.

—Que sepas que me quejaré vivamente a tu ama, doña Isabel de Alquiza, de tu pereza y escasa predisposición a los amos que debes obedecer y atender.

El negro guardiero no replicó ni dejó de besar el cuero negro de la bota del altivo niño mientras éste lo reprendió. Con el mismo pie que le besaba el negro, el niño Leoncio lo apartó de una patada yendo el viejo carcamal a dar con sus viejos huesos en el suelo.

—Venga, déjalo ya Leoncio… ¿no ves cómo anda el pobre animal?

—Espero que andará peor cuando Isabel le haga probar el cuero.

—Dudo que Isabel se exceda con un negro tan lisiado. Además el pobre tiene justificada su tardanza por el estado en que vive.

—Ya veremos. De seguro que me quejaré a la que un día ha de ser mi esposa y le exigiré un buen castigo para el perro ese.

Era evidente que el negro guardiero era un antiguo cimarrón. La falta de un pie y la cadena con bola de 50 libras así lo atestiguaban. Por otra parte era típico que en las haciendas se diera este destino a algunos cimarrones recuperados, a los que después de lisiar mantenían encadenados como perros de guardia. Leoncio lo sabía porque en la  hacienda que él heredaría de sus padres, La Tina de Vuelta Abajo, tenían como esclavo guardiero al negro Gango, antiguo cimarrón al que también habían amputado un pie como castigo y además de cargar la pesada bola de hierro en el otro pie iba encadenado por el cuello como un perro, dándole la cadena veinte metros de libertad que era toda la que podría disfrutar en lo que le quedase de vida.

Don Valentín Meneses meneó la cabeza. Leoncio Gamboa era su mejor amigo y a ambos les unía su interés por las hijas de Alquiza, doña Isabel y doña Rosario, Charo la llamaban por su juventud, pero a veces le disgustaba la altanería y hasta crueldad que gastaba con los esclavos.

Pusieron sus bayos al paso para seguir el camino frondoso que serpenteaba dentro de la hermosa propiedad de las de Alquiza y Roncal. Ambos jóvenes esperaban pasar un tiempo agradable con sus prometidas. Las hermosas niñas de Alquiza eran bocado apetecible para todos los hijos de los más selectos plantadores. Buen partido por fortuna y hermosura.

Eran las de Alquiza huérfanas de padre desde hacía un año y la madre de ambas muchachas, doña Angustias de Alquiza, era una mujer melindrosa a la que podía la indolencia. Isabel de Alquiza y Roncal era quien se ocupaba de dirigir el negocio del cafetal, motivo que la obligaba a pasar larguísimas temporadas en la finca en detrimento de su actividad social en La Habana.

Rosario, Charo, su hermana, dos años menor que Isabel, era una muchacha más hermosa si cabe pero ni la mitad de seria y comprometida en la dirección del negocio familiar que su hermana mayor, en quien dejaba por entero la responsabilidad.

Los Gamboa, don Cándido y doña Piedad, habían concertado el matrimonio de su primogénito, Leoncio Gamboa, con la primogénita de los de Alquiza y Roncal, don Lucas y doña Angustias, desde que los niños eran infantes, por el mucho afecto y estima que se profesaban ambas familias desde tiempos de los tatarabuelos de ambos, amistad que los descendientes habían cultivado y mantenido cuando no aumentado, como se desprende del pacto de esponsales que realizaran para casar a los hijos primogénitos de ambas familias y unirlas más sólidamente para el futuro.

Tras la muerte de don Lucas, don Cándido quiso reafirmar que la promesa, al menos por parte de los Gamboa, se mantenía firme y en vigor. Precisamente esta visita de ahora, que se completaría con devolución de visita una semana después por parte de todos los presentes, a la hacienda azucarera La Tina, propiedad de los Gamboa situada en Vuelta Abajo, con el fin de pasar la navidad y fijar la fecha de los esponsales de manera oficial, suponía la formalización oficial de aquella promesa.

El traslado desde El Bajío, situado en Artemisa, hasta La Tina, en Vuelta Abajo, podría hacerse fácil y cómodamente a caballo y en calesa, pues ambas provincias quedaban relativamente cerca.

El niño Leoncio no las traía todas consigo. Pareciese como que retrasaba el encuentro con la amada por lo lento que llevaba el caballo por el agradable sendero que conducía hacia la mansión. Sus lances y amoríos con una mulata de La Habana habían llegado a los castos oídos de su prometida y eso siempre era enojoso.

—Tienes pavor a enfrentar a Isabel, ¿verdad Leoncio? — le comentó Valentín que conocía las circunstancias del desagradable e inoportuno soplo que había llegado hasta el cafetal de los Alquiza.

—Si supiera quien promovió la calumnia… te juro… te juro…

—Qué calumnia ni que nada, Leoncio. Lo que se dice por ahí es un secreto a voces que tu te guardas poco de cubrir. Si Isabel pasara más tiempo en fiestas y bailes en La Habana tú te guardarías mucho de ir con la furcia esa a pecho descubierto.

—Cortaré con Cecilia después de las navidades. Vamos a oficializar el compromiso y fijar fecha para la boda, por tanto he de poner fin a eso, aunque me pese.

—Tú no amas a Isabel, Leoncio… creo que no la mereces.

—La amo, sí, pero un poco como amo a mi querida y santa madre, o a mis queridísimas hermanas. Es un amor sereno y tranquilo, pero Cecilia, ay Cecilia, ella es pasión, es fuego, es amor en mayúsculas. Lástima que no sea esclava para adquirirla.

—Isabel le arrancaría los ojos y se haría una alfombra para los pies con la piel de su espalda si hubiese de convivir con su rival.

—Es verdad. Además, lo dicho, aunque me duela y me pese, he de cortar esos amoríos. No conviene que la niña Isabel albergue dudas y recelos.

Valentín Meneses, a diferencia de su amigo Gamboa, sí estaba enamorado de Rosario de Alquiza, la hermana menor de Isabel. Rosario, a quien todos llamaban Charo, era la alegría unida a la belleza. Era frescura y hermosura, ingenuidad y donosura. Era pizpireta y coqueta, atrevida y caprichosa y siempre andaba metida en líos por su cabecita loca. Valentín Meneses bebía los vientos por la simpática, alegre y hermosa Rosario.

Don Valentín era mozo de buen ver, muy apuesto y varonil. En su cabello rojizo y lleno de salvajes bucles se veía la herencia irlandesa por parte de madre. Su nombre completo era Valentín Meneses y O'Hara, y tal vez era aquel rostro pecoso o aquellas greñas igneas las que habían enamorado a la casquivana Rosario. El caso es que entrambos había nacido una pasión hermosa que tenía al bueno de Valentín cautivo de las coqueterías de la pequeña de los Alquiza.

Valentín Meneses y O'Hara se desvivía por satisfacer los más alambicados caprichos de Charo Alquiza. Al muchacho, de natural amable con la servidumbre, le costaba Dios y ayuda ver la altivez y despotismo que se gastaba su amada en lo tocante a los esclavos. Pero por amor era capaz el mozo de tolerar a la que había de ser su esposa los desvaríos que se le antojasen.

La última vez que se habían visto habían reñido, nada grave, disputas de enamorados dijo doña Angustias de Alquiza, a causa de una esclava a la que Charo castigó con gran crueldad por una tontería, cosa que enfrentó a Valentín con su amada. El mozo era sensible y refractario a las injusticias flagrantes, y consideró el castigo impuesto por su amada como un exceso sin justificación. Las palabras que se dijeron flotaban ahora en la mente de Valentín y rezaba para que el disgusto que se ocasionaron ambos con la disputa fuese ya pasto del olvido.

Avanzaron en silencio los dos jóvenes con sus monturas al paso, cada cual pensando en sus propios asuntos, uno deseoso de ver a su amada, el otro receloso de cómo le recibiría.

Tras una frondosa curva se les apareció a la vista la magnífica casa mansión de los Alquiza y Roncal. Vieron ambos muchachos las gráciles figuras de dos bellezas que paseaban entre los jardines fragantes cultivados por mano de la propia Isabel, seguidas de sendas esclavas jóvenes que les llevaban sombrilla para protegerlas del inclemente sol tropical.

Fue Charo de Alquiza la primera en percatarse de la llegada de los mozos y levantó la mano agitándola a modo de saludo.

—Ya están aquí, Isabel… vayamos a recibirles — dijo visiblemente excitada la más joven.

—Ve tu, cielo, primero debo pasarme por el secadero. Vamos a estar ocupadas con los invitados y es preciso que dé buenas órdenes a los esclavos para que no se eche a perder la cosecha, que este año ha sido más escasa que en los pasados.

Charo no se opuso. Le molestaban las tareas que su hermana había hecho suyas desde la muerte del padre de ambas. Si Isabel quería perderse el recibimiento a los dos mozos allá ella.

—Vamos Josefa, apúrate sino quieres pasarte dos o tres días en el cepo — amenazó Rosario a su esclava que le llevaba la sombrilla.

Cogiéndose las faldas para recogérselas Charo echó a correr hacia el batey. Josefa tuvo que esforzarse en seguir a su ama para cubrirla con el parasol.

—¡Pancha, acércate! — se detuvo Charo antes de llegar hasta los invitados para llamar a una negra que se encontraba cargando un balde de agua y se encaminaba hacia la mansión.

La negra Pancha era una de las esclavas de confianza de la casa. Esclava de doña Angustias, tenía a su cargo el control de los domésticos.

—Deja lo que estés haciendo y búscame a tu hijo Panchito y a otro muleque de las criadas. Los traes para que sirvan a los caballeros durante su estancia, que estén bien limpios… ¿entendido?

La negra Pancha se había arrodillado ante la joven ama como era preceptivo. Las normas que en su día establecieran los primeros de Alquiza se seguían con absoluta fidelidad porque se consideraba que era la mejor manera de tener sometidos a los esclavos. Era por ello que cuando un amo llamaba a un esclavo éste debía arrodillarse y escuchar en esa posición todo cuanto tuviera que decirle el amo.

Si la llamada del amo era para dar instrucciones al esclavo, éste, tras escuchar con la cabeza gacha lo que aquél tuviera a bien ordenarle, debía besarle la mano una vez terminado el discurso. Si la llamada era para reñir o reconvenir al esclavo, éste debía postrarse y besarle las botas mientras durase la reprimenda y permanecer en postración hasta recibir permiso del amo para retirarse.

Pancha aguardó de rodillas y la cabeza gacha, la mirada en las lustrosas botas de la niña Charo— cuando ésta terminó de darle las órdenes le acercó la mano que sostenía su inseparable fusta de equitación y la esclava la tomó y la besó con grandes muestras de devoción.

Los esclavos eran conscientes de que halagando la vanidad de los amos corrían mejor suerte, al menos en condiciones normales, y nada halagaba más a los dueños que sus esclavos se mostraran dóciles y sumisos. Ver buena predisposición y entrega mientras les besaban los pies o las manos era algo que siempre reconfortaba al amo, y Pancha era más que consciente de ese detalle que ella observaba desde niña con su ama doña Angustias.

La negra, tras besar devotamente la mano de la niña Charo se levantó con dificultad y echó a correr a fin de dar cumplimiento a las órdenes que le había dado. Charo se volvió hacia los jóvenes que en aquel momento llegaban a su altura montando aún sus jacos polvorientos.




***





—Buenos días, flor del azahar — dijo galante el niño Leoncio haciendo una reverencia desde lo alto de la montura.

A la niña Charo le encantó el piropo y tapándose la boca preciosa con una mano enguantada dejó escapar unas cortas pero notorias risitas de satisfacción.

—Veo que no se han traído esclavos para que los sirvan… ya he mandado a por un par de machitos que en breve estarán a su disposición. ¡Tú, Fabián, acércate! — llamó con estridente voz la hermosa muchacha a un negro que cortaba florecillas en un rincón del vergel.

El tal Fabián dejó lo que hacía y fue al trote en pos de la niña Charo. Llegó ante ella y se arrodilló como era preceptivo.

—Ayuda a desmontar a los amos y ocúpate de la yeguada. ¡Rápido, zopenco! — casi gritó la niña Charo al tiempo que daba un cachete al negro y le dejaba la mano tendida para que se la besara.

Valentín desmontó de un salto. A él le incomodaban muchas de las costumbres propias de los hacendados, como usar la espalda de un esclavo para montar o desmontar, y muchos otros vicios por los que se dejaban llevar en su endiosada existencia.

No es que Valentín estuviera en contra de la esclavitud de los negros como medio de vida para los blancos, que no lo estaba, al contrario, era un ferviente defensor ante las ideas abolicionistas que a pesar de que iban llegando a la isla en cuentagotas no por ello eran ideas menos peligrosas, pero detestaba el abuso y la indolencia a la que habían llegado los propietarios de esclavos en su trato con los negros.

Leoncio en cambio disfrutó del ofrecimiento. Aguardó a que el negro Fabián se pusiera de rodillas junto a su flanco izquierdo y desmontó con parsimonia e incluso se quedó con ambos pies sobre la espalda del esclavo para regodearse en su poder y la humillación que significaba para el paciente esclavo.

—Buenos días, niña Charo — dijo Valentín inclinándose para besar la mano de su amada.

La joven se la tendió con indolencia, como se la tendería a un negro esclavo. Era evidente que aún andaba molestosa por lo sucedido un mes atrás a cuenta del castigo que había impuesto a una esclava.

Tras retirar la mano sin mirar a Valentín la pizpireta joven se acercó a Leoncio, que acababa de descender al suelo desde la espalda del negro escabel, y alzándose de puntillas le estampó un fraternal beso en la mejilla, provocando de inmediato una punzada de celos en Valentín Meneses que sabía que la niña le estaba haciendo pagar los malos humores que aún viciaban su corazón tras la agria disputa mantenida en la última visita del caballero a su amada.

—Vayamos a la casa, caballeros. Quiero que saluden primero a mi mamá y luego, cuando les traigan los esclavos que han de servirles en su estancia podrán retirarse para que los bañen y acicalen — les dijo la risueña niña Charo.

—Y su hermana Isabel… ¿no se encuentra en la finca? — preguntó modoso Leoncio.

—¡Cá…! Claro que está, como siempre enfangada en los asuntos de la dirección de la hacienda! Me ha dicho que tiene que dejar ultimado un asunto con los mayorales y luego nos ve a todos en la casa.

Josefa andaba tras los tres jóvenes. Su amita estaba en medio de ambos, que le sacaban una buena altura y no sabía dónde meter la sombrilla sin riesgo de tocar a los mozos. Optó por seguir a prudente distancia a su señorita, preparada a soportar su malhumor por si la llamaba irritada y culpándola de no cubrirla con la maldita sombrilla.

Subieron los peldaños del pórtico que rodeaba la mansión de estilo colonial y entraron en el interior, justo a un inmenso salón en sombras donde reinaba un agradable frescor en contraposición con el terrible calor del mediodía tropical que abrasaba el batey.

Valentín se fijó que en las esquinas del salón había cuatro niños esclavos, uno en cada uno de los rincones, que se afanaban a tirar cada cual de una cuerda que pendía del techo. Con ese movimiento accionaban la puesta en marcha de cuatro enormes ventiladores de inmensas palas en forma de hélice que desplazaban el aire en todas direcciones. Pero no acababa ahí el ingenio. Valentín se quedó maravillado de lo que vió.

—Desconocía este sistema que han ideado ustedes para mantener el frescor dentro de la casa, señorita Rosario — le comentó al oído a su amada.

—Cosas de mi hermana Isabel — respondió la joven con un movimiento laxo de su mano como restando importancia al invento.

Lo que había sorprendido a Valentín era que encima de cada ventilador, en una posición de grave peligro se hallaba otro pequeño esclavo armado con un atomizador y se dedicaba a accionar la mancha. El agua salía atomizada y las palas del ventilador la esparcían. El efecto era una sensación refrescante para los habitantes del salón pues la velocidad de las palas hacía que las gotitas atomizadas se enfriaran, repercutiendo favorablemente a mantener una temperatura mucho más baja que en el exterior.

Valentín estuvo un buen rato observando el trabajo de los ocho pequeños esclavos. Los cuatro que tiraban de las cuerdas sudaban como pollos. Para que las palas cogieran velocidad y sobre todo para mantenerla constante, los obligaba a jalar repetida, veloz y fuertemente de la cuerda. Los otros cuatro no tenían un trabajo excesivamente agotador ya que se limitaban a accionar sin cesar el gatillo del atomizador, pero estaban agarrados al eje del ventilador y debían hacerlo con todas sus fuerzas sino querían caer al suelo desde notable altura, ya que los techos eran bastante altos.

Isabel de Alquiza entró en el salón y saludó a los recién llegados. Con Leoncio el saludo fue más bien frío. Su prometido intentó algún que otro requiebro pero ella lo ignoró con altivez y se dirigió a Valentín Meneses con claro afán de ningunear a su prometido.

—Señorita Isabel, usted tan bella y hermosa como siempre — se inclinó cortesmente Valentín Meneses ante la anfitriona y besó la mano que la joven le tendía.

—Y usted tan galante como siempre.

A Leoncio se le engurjitó una vena de la sien, signo de que rabiaba por dentro. Era consciente de que el coqueteo de Isabel con Valentín formaba parte del castigo que le estaba infligiendo, no obstante odiaba verse apartado. Como venganza se dedicó a cortejar con piropos a la pequeña Charo que siempre los recibía con sumo gusto dada su coquetería natural.

—¿Han saludado a mamá? — preguntó en general Isabel.

Los dos invitados negaron y Leoncio decidió que cortejar a la matriarca Alquiza era una buena manera de llegar al corazón de Isabel.

En ese mismo momento entró en el refrescado salón una silla de manos transportada por dos fornidos esclavos. Doña Angustias hizo acto de presencia como si fuera una moderna Cleopatra. Desde hacía ya varios años, aún en vida de su esposo, doña Angustias había decidido que no le apetecía para nada caminar cuando los esclavos podían hacerlo por ella y se hacía llevar en silla de manos incluso dentro de su casa.

Leoncio se avanzó el primero a saludar a la dueña de la finca. Hizo una profunda reverencia y besó la regordeta mano, cuajada de anillos de brillantes, de doña Angustias.

—Cada día más joven y bella, doña Angustias.

—¡Oh, adulador! No se ría usted de una pobre impedida, niño Leoncio.

—Me uno al cumplido, doña, y aún añadiría que se la ve a usted en plena forma — dijo Valentín que no quería quedar atrás a la hora de lisonjear a la madre de su amada.

—Son ustedes unos pillos, pero he de confesarles que incluso sabiendo que mienten me complace oír sus galanterías. ¡Pancha, Pancha… ven rápido mujer…! ¿Dónde está mi cojín para los pies? — reclamó la dueña al ver entrar en aquel momento a su esclava que traía a su hijo Panchito y a otro muchachito, ambos recién lavaditos y repeinados, siguiendo las órdenes de la niña Charo.

—Ahora mismito se la traigo, mi señora amita  — respondió de lejos la negra que buscaba a la niña Charo para mostrarle a los elegidos por ella para atender al señorito Leoncio y al señorito Valentín.

Pero Charo estaba en plena coquetería con los invitados y fue Isabel quien decidió hacerse cargo de la situación doméstica.

—Está bien, Pancha, déjame a mí los niños y ve en busca de Manuelita antes de que madre se enfade.

—Sí mi amita — Pancha había escuchado la orden de Isabel como correspondía, de rodillas y con la mirada clavada en los pies de la joven.

—Me hago vieja, queridos. Por mucho que intenten rejuvenecerme con sus galanterías lo cierto es que la edad no perdona — comentó doña Angustias a los dos galanes que parecían escoltarla — mis pobres pies ya no aguantan como antes. Ahora he de desplazarme en esta silla de manos y constantemente necesito descansar mis pies en mi cojín de las dolencias.

Pancha llegó llevando de la mano a una niña de no más de cuatro años, totalmente desnudita y colándose entre los dos caballeros la colocó estirada en el suelo. Después tomó los pies de su dueña, los descalzó de sus zapatos y le acomodó las plantas en la barriguita de Manuelita.

—¡Aaaaay…! — suspiró doña Angustias frotándose los pies contra el vientre cálido de la niña esclava — sufro dolencias reumáticas que solo reculan ante el contacto directo de mis pies con la carne joven de un pequeño esclavo. No saben ustedes el alivio que experimento descansando los pies en Manuelita.

—Caballeros — terció Isabel llevando de la mano a Panchito y a Josué — aquí tienen a sus sirvientes. Si lo desean ahora mismo los llevarán a sus habitaciones donde ya han de tener dispuesta la bañera con agua tibia para que tomen un relajante baño.

Don Leoncio y  don Valentín hicieron nueva reverencia a la matriarca y se dejaron guiar por los pequeños servidores que los llevaron a sus estancias.

—Así que tú eres Panchito, el hijo de la Pancha — dijo el niño Leoncio al pequeño esclavo que se hallaba arrodillado a sus pies para descalzarle las botas.

—Sí señor amo.

—Y Manuelita… la niña cojín…

—Es mi hermanita, señor amo.

—¿Has servido a algún amo anteriormente?

—Sí señor amo, yo servía a don Lucas, el amo, y también me han prestado en ocasiones a otros niños amos como usted, don Leoncio.

—Estupendo, me imagino que sabrás satisfacerme.

Panchito terminó de descalzar las botas al niño Leoncio y cuando las hubo dejado en el suelo se inclinó y le besó los pies. Leoncio se frotó el miembro que comenzaba a endurecérsele.

—Venga Pancho, antes de bañarme mámamela.

—Sí señor amo.





***




Durante la copiosa y abundante comida servida por media docena de negras jóvenes, doña Angustias siguió descansando sus cansados pies sobre el vientre de Manuelita. Pancha, madre de la pequeña, y esclava de confianza de la matriarca, no quitaba ojo de la niña. Era preciso que la pequeña supiera soportar las incomodidades que los pies de su ama seguramente le reportarían.

—Pancha — llamó la niña Isabel a la criada.

Isabel también estaba preocupada por si Manuelita se ponía a llorar. Alguna vez había sucedido y eso irritaba a doña Angustias. De resultas ella se vería obligada a castigar a la pequeña y eso era algo que la disgustaba hacer.

La negra Pancha acudió a la vera de la niña Isabel y se le arrodilló.

—¿Le has dado uno de tus bebedizos para atontarla?

—Sí amita. Por Dios, espero que funcione. No quisiera que se repitiera lo de la última vez mi niña.

—Yo tampoco. Me vigiles de cerca a la Manuelita por si acaso ves que empieza a lloriquear. ¿Le has frotado el vientre con alcanfor? Ya sabes que a la señora le gusta sentir el vientre de tu niña caliente.

—Sí amita, una buena friega le he hecho antes de ponerla a los pies de la señora ama.

—Bien, vuelve a tu sitio y ojo avizor.

—Sí mi niña — Pancha se inclinó y besó las botas de la niña Isabel.

Valentín Meneses, que se encontraba sentado al lado de Isabel, había puesto su atención en la conversación susurrada entre el ama y la esclava.

—¿No será muy duro para Manuela, señorita Isabel? — quiso saber el invitado.

—¿Por qué lo dice? Mi madre no le está haciendo nada — contestó algo airada y molesta Isabel.

La niña Isabel tenía a orgullo que desde que ella se ocupaba del negocio en su finca no  se cometían desmanes con los negros esclavos. Sabía de muchas haciendas donde el maltrato sin razón a los esclavos era moneda de curso legal pero en El Bajío imperaba la justicia, al menos de manera habitual. Siempre podía producirse algún exceso por parte de su madre o de su hermana, más dadas a despreciar la vida de los esclavos.

—Pasarse varias horas aguantando en su famélica barriguita los pies de su señora madre no debe ser nada cómodo.

—La posible incomodidad que puedan sufrir nuestros esclavos, si se da, está justificada por que tiene lugar para proveer nuestra comodidad. Ese el sino de los esclavos, querido Meneses, sufrir para nuestro comfort. ¿No lo ve usted de la misma manera?

—Desde luego que sí, señorita Isabel, le ruego que no tome a mal mi comentario, sólo tenía curiosidad… no sé… la pequeña parece tensa, como si tuviera miedo.

—Imagino que conoce usted las tretas de los esclavos para evitarse hacer lo que no les gusta. Esté usted tranquilo, Valentín, Manuelita no está sufriendo — puso punto final Isabel a la preocupación del amado de su hermana poniéndole una mano suave sobre el brazo y dedicándole una tierna sonrisa.

Leoncio estaba en el otro extremo de la mesa por lo que no pudo seguir la conversación que mantenían Isabel y su amigo. El altivo muchacho estaba un poco molesto porque Isabel no le estaba dedicando amables sonrisas. Parecía disgustada con él a causa de los comentarios que habían llegado desde La Habana relacionados con sus amoríos con una bellísima mulata.

—Por cierto, señorita Charo… ¿sabe usted quién es el esclavo de la puerta de ustedes?

—Goyo, le llaman el Turco… un cimarrón como la mayoría de esclavos guardianes de la puerta en las haciendas del país. ¿Por qué lo pregunta, Leoncio?

—Porque cuando hemos llegado nos ha faltado al respeto.

—Cuero, cuero y más cuero es lo que me digo yo que necesitan estos desagradecidos. Pero yo nada puedo hacer, aquí las decisiones de la disciplina corresponden a mi santa hermana — la niña Charo pronunció lo de santa con evidente sorna, provocando la sonrisa de Leoncio.

—¿De qué manera le ha faltado Goyo al respeto, Leoncio? — preguntó Isabel que después de la acusación lanzada por un invitado no podía hacer como que no había oído su comentario.

La puya lanzada por su hermana también la ponía en una posición delicada. Si no hacía nada al respecto sería tomada por laxa y lo contrario sería castigar al pobre negro, algo que de merecerlo no dudaría en sancionar sin que le temblase el pulso, pero Isabel conocía a su prometido e imaginaba ya que la supuesta falta de respeto por parte del excimarrón no era más que un pretexto para ponerla en un brete.

—Aquí don Valentín puede atestiguar que el muy perro del negro se ha hecho el remolón a la hora de obedecer mis órdenes, y nos ha tenido más tiempo del prudente esperando a darnos paso franco a la propiedad.

Leoncio miró a su amigo con expresión severa, que venía a decir que debía confirmarle aunque él sabía que no era cierto de lo que acusaba al esclavo. Isabel giró hacia Valentín Meneses en espera de la confirmación.

No le hizo falta mucho a la niña Isabel para saber que Valentín batallaba con su conciencia. Era evidente que iba a mentir para no dejar a su amigo Leoncio como un mentiroso.

—Así es, niña Isabel… Leoncio dice verdad — le dijo pero sin atreverse a sostener la mirada de su interlocutora.

Ese detalle reafirmó a Isabel en la sospecha de que lo denunciado por Leoncio no era más que una bravata. Goyo había sido cimarrón pero el cruel castigo que recibió tras su captura lo convirtió en un perro dócil. Isabel sabía que Goyo, el actual Goyo, el anciano excimarrón, por nada del mundo osaría faltar al respeto a un joven amo invitado al Bajío.

—Bien, si usted me lo confirma daré órdenes para que den bocabajo al esclavo guardiero.

Isabel había sido ladina en su respuesta. De alguna manera cargaba en la conciencia de Valentín el sufrimiento que pudiera padecer el pobre Goyo.

Valentín enrojeció y por un momento lanzó una furtiva mirada a Isabel y al ver su sonrisa supo que ella le había calado y lo ponía ahora a prueba. Antes de que dé las órdenes del castigo intentaré hablar con ella para explicarle que he mentido para no dejar a mi amigo en mal lugar, ella lo entenderá, entre otras cosas porque es una chica lista y ya sabe de mi falta de veracidad, se dijo Valentín que no conseguía bajar el rubor de sus mejillas que la vergüenza le provocaba.

—¡Estupendo, ya tenemos diversión para la tarde! — irrumpió feliz como unos cascabeles la niña Charo.

—¿A qué diversión te refieres, niña? — preguntó doña Angustias que parecía un poco fuera de lugar. Todo el rato se lo pasaba mirando bajo la mesa, como para cerciorarse que Manuelita no se hubiera dormido y en consecuencia, para mantenerla en vigilia, se dedicaba a clavarle las uñas de uno de sus pies en la carita, las mejillas, los labios o los párpados, sitios sensibles en los que el dolor actuaría para impedir la somnolencia.

—Pues qué va a ser madre, el bocabajo.

—¿Va a haber un bocabajo?

—Sí madre, ¿está usted tan pendiente de la esclava de sus pies que no se entera de la misa la media. Es Goyo, el Turco… el cimarrón de la puerta. Isabel va a darle bocabajo por faltar al respeto al niño Leoncio — le contó entusiasmada Charo.

—¡Oh, qué bien… un bocabajo! Desde que murió tu padre que no podemos disfrutar de este tipo de espectáculos — confesó doña Angustias — y es que mi hija Isabel es tan buena con los negros que le cuesta dios y ayuda meterlos en vereda. Yo creo que en esta familia hace falta un hombre como usted, Leoncio.

El niño Gamboa hizo una inclinación de cabeza y miró de soslayo a su prometida. Isabel echaba chispas por los ojos.

El fallecido don Lucas era un hombre de carácter, un hacendado al uso, que sometía a sus esclavos a crueles castigos a poco que se detectara el menor fallo, error o signo de orgullo en ellos. Don Lucas era de los que creía que para mantener a raya a la esclavatura nada mejor que el cuero, los torniquetes, los bocabajos, los hierros candentes, el dentista y mil maneras imaginativas más de dar tormento a los pobres negros.

Desde su muerte Isabel había tomado el mando y la dirección de la hacienda y aquellos espantosos y atroces castigos, que incluso se habían dado por pura diversión en las fiestas que antaño organizaban los hacendados, habían pasado a ser aplicados únicamente en pura justicia, la justicia de Isabel.

En consecuencia la niña Isabel era adorada por todos los esclavos, tanto los domésticos como los de campo. La idolatraban y se notaba en la producción, que se había incrementado, siempre al pairo del clima que era quien dictaba la abundancia de las cosechas, y en el cimarronaje que había descendido hasta la práctica inexistencia de fugas de esclavos de la hacienda El Bajío.

Valentín Meneses se retorcía las manos bajo la mesa por la mala conciencia que lo abrumaba. Para salvar la honra de su amigo Leoncio había mentido y con ello había condenado al pobre negro a una cruel tanda de los temibles latigazos que se daban con el esclavo boca abajo, manos y pies fijados a cuatro estacas clavadas en el suelo.

El bocabajo, como se llamaba familiarmente tanto por amos como por esclavos, era el castigo rutinario. Se implantó como remedio para evitar a las preñadas que habían de recibir cuero que el látigo lastimara la carga esclava que vivía en su vientre. Se excavaba un agujero donde acomodar el henchido vientre de la preñada y se procedía a darle de latigazos. Por extensión, y porque resultaba cómodo al ejecutor, se aplicó el castigo del cuero de esta forma a todos los esclavos que hubieren de recibirlo.

La pobre Isabel vivía atrapada en un mundo cruel que ella quería humanizar en la medida de sus posibilidades, pero le resultaba difícil compaginar sus buenos sentimientos con la dirección de una hacienda laboriosa como la suya. Si bien no ordenaba crueles castigos por diversión, en multitud de ocasiones se veía obligada a ejercer su autoridad pues era consciente de que los esclavos se le subirían a las barbas si se mostraba débil. Era compasiva pero a la vez se obligaba a ser dura.

Ahora se sabía obligada a dar escarmiento injusto a un pobre viejo por una frivolidad de su prometido, jaleado por su madre y por su hermana, quienes no sentían la misma compasión por el sufrimiento gratuito de los negros.

—Espero verle en el bocabajo, don Valentín — le dijo la niña Isabel al pobre muchacho cuando se levantó de la mesa para atender las necesidades domésticas de la casa una vez finalizada la comida.






***




Las esclavas sirvieron el café en el pórtico. Los dos palanquines trasladaron la silla de doña Angustias al exterior y Pancha recogió a su hija Manuelita del suelo para llevarla junto a la señora.

—Toma cielo, chupa estas hierbas, te ayudarán a aguantar, pero sobre todo no llores, no llores por lo que más quieras, ya sabes cómo se pone la niña Angustias cuando le lloras en teniéndote los pies sobre la barriguita.

Pancha acunó en brazos a su hija y examinó su carita en la que se veían claramente las señales de las uñas de los pies de la señora en forma de marcas vívidas que se habían inflamado y tomado un vivo color púrpura.

La negra esclava besó a su hijita en la frente y se arrodilló ante doña Angustias para colocársela bajo sus pies.

—La niña está fría, Pancha. Dale alcanfor — se quejó doña Angustias nada más posar sus ancianas plantas sobre la piel de la Manuelita.

Pancha tomó un paño de algodón al que había bañado en una solución casera a base de alcanfor, ajenjo y guaraná y con él frotó el vientre de la pequeña. La fuerte fricción calentó de inmediato la piel de la pequeña y por ende, la decocción de las hierbas, que tenían propiedades analgésicas, sedantes y antiinflamatorias, proveía contra el reuma al ser absorbido por los pies de la dueña obteniendo ésta grandes beneficios que la ignorancia criolla e interesada atribuía al hecho de descansar los pies en cuerpo humano, infantil y esclavo.

A Manuelita también le beneficiaban aquellas fricciones ya que el guaraná tenía notables propiedades sedantes que contribuían a mantener a la pequeña calma y tranquila a pesar de que la dueña no cesaba todo el rato de importunarla, ora pisando con fuerza el vientre ora flexionando los dedos y clavándole las uñas en la piel.

El uso medicinal de las hierbas estaba muy extendido entre las esclavas como medio para protegerse de la sistemática crueldad con que los amos los sometían y Pancha era toda una experta. La niña Isabel incluso le pedía a la esclava de su madre que le hiciera todo tipo de infusiones si iba restreñida, o si necesitaba un diurético o, las más habituales, para calmar las típicas jaquecas femeninas.

La negra se retiró cuando comprobó que la señora se mostraba satisfecha con la calidez del vientre de su hijita.

—¿Obtiene buenos rendimientos de la negrita, doña Angustias? — se interesó Leoncio por los remedios caseros de la matriarca — me refiero a si le curan los dolores del reúma.

—Es miel sobre hojuelas, niño. Manuelita me es perfecta para calmar mis angustias causadas por el molesto reuma.

—En mi casa, mi madre y mis hermanas suelen usar negritas como la suya para aliviarse de las terribles jaquecas que las asaltan.

—Nosotras tenemos a Pancha que es una herbolaria de primera — intervino Isabel quien no creía en los cuentos que pregonaban la bondad medicinal de tener los pies sobre la barriga frotada de linimentos de un niño esclavo — tomar sus decocciones nos alivian de muchos males.

—Yo prefiero el método tradicional. Mi madre y mi abuela ya tenían en la hacienda un grupito de muleques que usaban exclusivamente para traspasarles por el vientre sus dolencias, que eran muchas. Las mujeres de mi familia siempre hemos sido delicadas de salud. Jaquecas, reuma, artritis, el mal de la regla… en fin, un sin número de atrocidades que hemos de sufrir las señoras —se explayó gozosa doña Angustias— y como tenemos propiedades humanas las usamos para aliviarnos de esos males insidiosos.

—Como le digo, en mi casa tanto mi señora madre como mis adorables hermanas son también en extremo partidarias de esos métodos, que por demás a mí me parecen muy naturales y saludables.

—Pero si manteniendo los pies de la dama sobre el vientre del niño ésta traspasa a aquél sus humores y dolencias… ¿no quedan baldadas las pobres criaturas?

—¿Y qué importancia tiene que se balden los negros esclavos si con ello alivian nuestros males, don Valentín? Para eso tenemos esclavos, señor mío — intervino la niña Charo que seguía algo enfadada con su novio a causa de la disputa habida un mes antes a cuento de un castigo impuesto por ella que el joven consideró de una excesiva crueldad de todo punto injustificada.

El niño Valentín bajó la cabeza. No deseaba por nada del mundo volver a reavivar razones que le alejaran aún más del cariño de la niña Charo. En realidad Valentín Meneses se había juramentado para no volver a cometer la estupidez de reñir con la niña Charo a cuenta de cómo tratase ella a sus esclavas. Para algo era su dueña y tenía potestad para hacer lo que quisiera con ellas.

—El amigo Valentín… todo un defensor de los derechos de los esclavos — se rió el niño Leoncio que chasqueó los dedos para llamar a su pequeño lacayo.

Panchito casi voló por entre los sillones donde descansaban los señores y las señoritas para postrarse a los pies del niño Leoncio. Éste levantó ligeramente un pierna y tras mover el pie en todas direcciones decidió que sus botas necesitaban un rápido cepillado, y así se lo indicó al pequeño esclavo.

—Venga muchacho, aplícate con mis botas si no quieres recibir cuero lindo.

Isabel, que escuchó el pedido de su prometido dio un respingo. En El Bajío no se daba cuero sin su autorización expresa o por su orden y por tanto temía que el niño Leoncio ideara un supuesto descontento con Panchito para reclamarle castigo, cuando él sabía que a ella le molestaba administrar justicia que no fuera justa, y la niña Isabel tenía del cierto que si se la exigía no sería para nada justa sino por capricho o maldad, o por ponerla a ella en la circunstancia de devenir en despótica dueña.

—Tengo la impresión que los esclavos de El Bajío no reciben mucho cuero — comentó en voz alta el niño Leoncio después de echar un gran par de bocanadas de denso humo del cigarro — por cierto, doña Isabel, excelentes los tabacos… los hacen vuestros esclavos.

—Así es don Leoncio. A parte del cafetal tengo destinados unos pocos acres al cultivo de la verde planta, sólo para consumo interno, sin pretensión de comerciar, para amigos e invitados. Yo misma disfruto de algún que otro buen cigarro hecho por las manos de nuestras esclavas.

La niña Charo, que vivía molesta con su hermana porque no la permitía castigar esclavos que no fueran los propios, metió cucharada refiriéndose a la primera parte del comentario del niño Leoncio.

—Si se fija mi querídisima hermana solo le ha contestado a lo referente al tabaco, pero ha callado sobre su impresión relativa a la vagancia, dejadez y perversidad de los esclavos, vicios que se solapan precisamente por blandura de los amos y mi hermana se pasa de madrecita. No hay cuero que se dé aquí que no tenga que estar autorizado por ella en persona y autoriza bien pocos escarmientos cuando a todas luces la mayoría de estos negros precisan cuero del bueno — atacó Charo a su hermana con el tema que tantas discusiones les traía en su vida cotidiana por lo que la más joven de las Alquiza aprovechaba la circunstancia de la presencia de invitados para poner de manifiesto su malestar.

—Ah, mal asunto la blandura cuando se trata de dirigir haciendas con muchos esclavos ¿Cuál es el número de la dotación de negros de El Bajío, niña Isabel?

—Contamos con cerca de doscientos, la mayoría hembras y niños por ser poco necesaria la fuerza física y sí preponderante la habilidad. Bien es sabido que tanto las hembras como los muleques son más dóciles y fáciles de llevar. Nuestros negros son todos de extrema docilidad y es por ello que no me gusta prodigar cuero si no es estrictamente necesario.

—Me parece su criterio nobilísimo y asaz consecuente, doña Isabel — terció Valentín Meneses que seguía abrumado por su colaboración involuntaria pero determinante para el bocabajo que habría de recibir el negro Goyo, y con la loa a los clementes principios que inspiraban a la niña Isabel quería mostrarle su apoyo incondicional.

La niña Isabel le agradeció su apoyo con una breve inclinación de cabeza y una luminosa sonrisa que hirió a Leoncio en la intimidad de su celoso corazón.

—No puedo estar en mayor desacuerdo con ustedes dos — intervino Leoncio — el negro es malicioso y taimado por naturaleza, busca siempre orillar el trabajo que le encomienda su amo, intentará por todos los medios dañarle mediante una producción por debajo de la que podría ofrecer con su trabajo y escamoteará cuando pueda la debida sumisión y sometimiento a su dueño. Es por eso, queridas damas, que la semana que viene podrán ser testigos en mi hacienda de Vuelta Abajo, en mi querida La Tina, de cómo debe gobernarse a los negros, con mano dura.

—Estoy deseando estar ya allí, don Leoncio — le lanzó un cable de auxilio la niña Charo con un más que coqueto parpadeo — echo en falta ver negros verdaderamente sometidos.

—No pase pena su merced que los verá. Y verá cuan imaginativos son los castigos que idean mi santa madre y mis adoradas hermanas, que son las que más empeño ponen en mantener sometidos a los esclavos.

—Pues no me parece a mí que en El Bajío los negros no se muestren en extremo dóciles y sumisos. He podido constatar que todos los esclavos cuando son llamados se postran ante ustedes con reverente devoción, la misma con la que besan sus bellas manos o sus lindos pies según convenga el llamado — intervino de nuevo Valentín Meneses.

De nuevo recibió de Isabel un signo de agradecimiento en forma de bella sonrisa. Leoncio intentó ignorar el detalle para no ponerse más nervioso y en consecuencia colocarse en evidencia por una mala salida de tono producto de los celos.

—¿Cuándo dará comienzo el bocabajo del negro Goyo, Isabelita? — preguntó doña Angustias que ahora parecía más que complacida con el laxo estar bajo sus pies de la niña Manuelita.

—A la puesta del sol madre. Ya sabe que soy del parecer que toda la dotación presencie los castigos severos.

—Bien observado por su merced — de nuevo Valentín Meneses quiso congraciarse con la niña Isabel ponderando sus decisiones — el castigo no debe ser parte de la venganza sino tomado como medio de reflexión para los demás esclavos. Que vean qué les sucederá si no se aquietan o se acomodan a los deseos nobles de sus dueños.

—Jijijiji —la niña Charo dejó escapar un risita tonta tras las palabras de don Valentín— no sé si podrá reflexionar mucho el Turco… más que nada por el ruido que hace el cuero al estallar contra la carne de esclavo, jijijiji… lo va a desconcertar, jajajajaja…

Leoncio soltó una carcajada y la niña Isabel hizo un mohín de disgusto por la frivolidad del comentario de su hermana.

—Debe perdonar a Charo, Valentín — dijo Isabel algo puesta al ataque — de niña, en tiempos de papá, gustaba de sentarse en sus rodillas cuando mis padres presidían los castigos, del que el bocabajo era el rey, y creo que aún no ha superado esa etapa de la infancia.

La niña Charo se revolvió molesta en su sillón y por respuesta soltó una terrible bofetada a su esclava Josefa que en aquellos momentos le acercaba un chal porque se había girado un poco de relente.

Josefa cayó de culo aturdida por lo imprevisto del golpe. Miró desconcertada a su joven ama y cuando vio la rabia brillar en sus ojos decidió mostrarse dócil y compungida. Reptando por el suelo fue a posar sus labios en las botas que calzaban los pequeños y bellos pies de la niña Rosario.

La esclava de Isabel, que también le traía su chal, se quedó a medio camino de llevar a cabo su trabajo después de ver la reacción de la niña Charo. Isabel hizo un gesto indolente con la mano hacia Morika, su esclava personal desde el nacimiento, y la niña se acercó con paso rápido y silencioso.

—¿Tiene frío mi niña ama? — preguntó la muchacha arrodillándose al lado de Isabel.

—Sí Morika, ponme el chal por las espaldas — dijo y se inclinó ligeramente en su butaca hacia adelante para facilitar el trabajo de su esclava.

La tal Morika acomodó la prenda con habilidad y rapidez y cuando vio que la espalda de su dueña regresaba al respaldo de la butaca se arrodilló a sus pies y enterró su rostro en sus lustrosas botas.

—Aaay — suspiró el niño Valentín ante la escena — qué bonito es ver a las esclavas mostrando ese respeto por sus amas, esa consideración, casi idolatría. No hay estampa más enternecedora que ver a una joven hermosa como usted, Isabel, contemplando indolente pero afectuosa cómo le muesta su esclava tanta devoción al besar con pasión las elegantes botas que calzan sus pies.

—En El Bajío siempre hemos fomentado en nuestros esclavos que nos demuestren el amor y la devoción que nos profesan besando nuestros pies — dijo doña Angustias que en aquellos momento posaba la ancha planta de su pie sobre la carita de la niña esclava que le servía de cojín.

—Es usted el vivo retrato de mi santa madre, doña Angustias — dijo Leoncio para halagar la vanidad de la señora. Era conocida la admiración que la doña de El Bajío sentía por la dueña y señora de La Tina.

Doña Piedad, la madre de Leoncito y de las niñas Adela y Renata era una mujer de gran carácter, la verdadera dueña de la fortuna de los Gamboa que procedía de la herencia familiar de los Araujo. Era dama hermosa a la que la edad había respetado en su belleza.

Temida y amada por su esposo e idolatrada por sus hijos, era quien gobernaba vida y haciendas. Don Cándido, el amante esposo, se dedicaba a multiplicar la fortuna familiar mediante negocios relacionados con la trata de negros en tanto era la señora de la casa la que gobernaba la familia y quien disponía en las haciendas, muy especialmente en La Tina que era donde ella había pasado su infancia.

—Me halaga usted comparándome con su santa madre a quien tanta admiración profeso. No soy digna ni de limpiarle los zapatos — repuso con excesiva modestia doña Angustias — mucho he aprendido yo de ella. Recuerdo una vez, siempre lo tengo presente, cuando en una ocasión nos invitó en su magnífica casa de La Habana:

«Mire Angustias — me dijo después de que pegara una espeluznante paliza con el tacón de su zapato a una criadita torpe y tontuela que derramó unas gotas de café al servírmelo — a los esclavos primero se les pega, duro, fuerte, con ánimo de causarles mucho mal. Después se les acaricia con ternura».

»Yo me la quedé mirando sin entender demasiado qué pretendía la dueña y ella, sonriendo me lo aclaró:

«Fíjese… ¿ve ahora a lo que me refiero? Lo que yo le diga, doña Angustias» — y acarició la cabeza de la niña con amor maternal a lo que la esclavita no pudo por menos que besar con devoción las maravillosas manos que la habían castigado.

»Nunca podré olvidar su maravilloso consejo que he intentado inculcar en mis hijas. Sólo tienen que ver ustedes como nuestros esclavos se desviven porque mi Isabel les dé la bendición después de reñirles o castigarles.

Todas las miradas confluyeron en la niña Isabel que de natural modesta no pudo por menos que ruborizarse.

Valentín la miró con el ceño ligeramente fruncido. Isabel estaba molesta por lo que había dicho su madre de ella. Nunca pegaba palizas a los esclavos para después mostrarse compasiva con su sufrimiento. Si los esclavos la veneraban era precisamente por que les evitaba este tipo de situaciones tan propias en otras haciendas.




(Continúa...)


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LUK.